Adara: La Hechicera Escarlata

Capítulo 0: Prólogo

—¡Piedad! ¡Piedad! ¡Te lo suplico, no me mates! —rogó el elfo, aterrorizado y con lágrimas en los ojos.

—¿Piedad? —preguntó la ninfa lobo, la sed de sangre en su mirada era tan real como sus palabras—. ¿Acaso tuviste consideración con aquellos jóvenes que te pidieron exactamente lo mismo?, ¿fuiste piadoso con ellos?

—¡Por favor! ¡Te lo suplico! No le haré daño a nadie más. ¡Todo lo hice por mis hijos! Quería que ellos tuvieran una buena vida.

—Y por ello arruinaste la vida de cientos de familias. Asesinaste a muchos jóvenes que se opusieron a ti, y a muchos más con tu hongo asqueroso. Tus drogas y tú ya no volverán a matar a nadie, nunca más.

—¡Por favor! ¡Piensa en mis hijos! Aún son sólo unos niños, si me matas se quedarán solos. Ahora que asesinaste a todos mis aliados y colegas, ya no queda nadie que pueda hacerse cargo de ellos.

—Debiste haber pensado en las consecuencias de tus actos. Muchas madres hoy lloran por sus hijos muertos, ¿acaso te importó? No, y ahora ya es muy tarde para arrepentirse. Tus hijos sobrevivirán sin un padre o una madre. Créeme, sé de lo que hablo.

—Pero…

—Ya basta. No me gusta prolongar demasiado la muerte. La escoria como tú merece ser aniquilada. No quiero que me tome mucho tiempo. Levántate y afronta la muerte como el maldito que eres.

—¡Por favor! ¡Te pagaré cuanto quieras! Eres una mercenaria, ¿no? Por el doble de lo que te pagan contrataré tus servicios, yo…

—¡Suficiente! ¿Crees que hago esto sólo por dinero? Sí, me contrataron para acabar contigo y con tu organización, pero esto lo hago porque quiero. Las personas que pagaron por mis servicios son almas puras e inocentes, todas son víctimas de tu avaricia. Yo sólo sirvo a las víctimas de este mundo. ¡De pie!

 

El elfo se levantó y salió del rincón de la taberna en donde había estado encogiéndose, tratando de hacerse lo más pequeño posible. El miedo poseía su cuerpo y se tambaleó al caminar.

 

La híbrida lo miró, sintió la ira corriendo por sus venas, su sangre hirviendo. Despreciaba al elfo gordo que tenía enfrente.

 

La lujosa y exclusiva taberna estaba chamuscada por todos lados. Las mesas estaban volcadas, la barra despedazada, el techo caído y el suelo destrozado. La sangre estaba acumulada en charcos aquí y allá.

 

Él hinchó su pecho, tratando de hacerse el valiente, a pesar de haberse orinado en los pantalones. A su alrededor pudo observar los cadáveres de sus camaradas. Ella había acabado con todos en menos de cinco minutos. Ni los hechizos de fuego de todos sus hombres juntos pudieron hacerle daño. Ni siquiera él, un lord elfo, experto hechicero (y traficante) de la clase alta, había sido capaz de lastimarla. Ahora estaba exhausto, débil, herido y asustado. No quería morir, pero lo comprendió: ya no había escapatoria.

 

Trató de mirarla a los ojos, pero no pudo. Pensó en algo que decir como últimas palabras, pero antes de que pudiera hablar el golpe final cortó su hilo de pensamiento.

 

—Tch… uno menos —comentó la híbrida limpiando la sangre de su espada—. Al fin podré dar por terminado este encargo. Bien —suspiró y se volvió hasta el estante detrás de la barra, todavía tenía un par de botellas intactas—, al menos aún queda un poco de Brisk.

 

Saltó por encima de lo que quedaba de la barra y tomó una botella. La destapó y bebió.

 

—No está nada mal… —Miró a su alrededor—. Todos ustedes son patéticos —les dijo a los cadáveres inertes—. Yo nunca mataría a los inocentes, a los débiles; pero la escoria como ustedes, los que hacen más miserable la vida de los condenados a la miseria, no merece vivir. Espero que no se lo tomen personal, no tengo más opción que vivir matando, así que decidí que lo haría con un propósito: reducir la carga de los vulnerables, de los marginados. ¿Piedad? De nosotros nunca se apiadaron, ¿por qué tendría que mostrarles misericordia? No me malinterpreten, no hago lo que hago por reconstruir la sociedad, derrocar a los poderosos o crear un mundo mejor… No, yo sólo doy mi pequeño aporte, para así ganarme el pan. Fueron bestias como ustedes las que me arrastraron hasta aquí, las que me arrojaron a este camino, a esta vida… Bueno, ya no importa. Dieron una buena pelea, ¡salud por eso!

 

Bebió lo que quedaba en la botella de un trago. Caminó hasta la salida, dejando sólo destrucción y muerte a su paso.

 

El río de sangre escarlata corría por el suelo.