Adara: La Hechicera Escarlata

Capítulo 1: Adara

Mi historia… No quisiera tener que contarte mi origen. Mi vida ha sido dolorosa y miserable desde el principio. Pero supongo que debo hacerlo, es lo justo, por todo lo que has hecho por mí hasta ahora. Así que será mejor que te pongas cómodo. Te contaré cómo llegué hasta aquí y  todo lo que formó parte de mi viaje.

 

 

Me encontraba en la sala del trono. El palacio real era hermoso e imponente, un salón enorme con paredes blancas que anunciaban la gloria de mi raza. Sin embargo, yo no estaba ahí para admirar la arquitectura. El motivo de mi “visita” era mucho más amargo.

 

—¡Madre! —exclamé—. Te suplico misericordia.

—¡Silencio! —me respondió ella—. Ya he dado mi veredicto. Tú, Adara, eres un ser híbrido que no comparte nuestra pureza y perfección, por ello serás desterrada para siempre de nuestro Imperio. Como Emperatriz de las ninfas, mi decisión es irrevocable  —sentenció.

—Pero madre —supliqué con lágrimas en los ojos—, mírame, soy de tu propia sangre. No he hecho nada malo.

—¡Basta! —rugió—. Todos debemos pagar por nuestros pecados. Tú eres el fruto de mi lascivia y por ello nunca debiste haber existido. En el pasado dejé que mis sentimientos por ti me cautivaran y cometí error tras error sólo para protegerte, pero ya no más. Nuestra sociedad no admite que seres mestizos como tú destruyan toda la perfección que hemos alcanzado. Así que ya no soy tu madre, soy Halia, la emperatriz de Ydróvia. Emperatriz de las ninfas.

 

La sala estaba repleta de los miembros del consejo imperial y demás miembros de la corte. Todos asintieron en aprobación a las palabras de mi madre.

 

Yo era tan joven e inocente, pero claramente comprendí que no valía la pena suplicar más, ella jamás me escucharía. Impotente, agaché la cabeza y acepté mi destino.

 

—Entiendo  —susurré mientras una última lágrima rodaba por mi mejilla—. No tengo opción, ni siquiera por ser la princesa del Imperio.

—¡Guardias! Llévensela, asegúrense de que no vuelva a  poner un pie en nuestras tierras.

 

Esas fueron las últimas palabras que salieron de la boca de la única persona que yo había amado hasta entonces.

 

La verdad es que nací y me críe en secreto. Mi madre se había enamorado en su juventud, y de ese amor nací yo; pero ella era entonces la princesa de las ninfas y mi padre el príncipe de los hombres lobo.

 

De donde yo vengo, las ninfas son criaturas perfectas.

 

Existen tres clases: Ninfas del Agua, Ninfas del Bosque y Ninfas de la Fauna. Las gobernantes de las tres especies son las Ninfas del Agua. El agua da vida al bosque y la fauna, por lo que su poder no puede compararse.

 

Cada especie tiene el control de lo que menciona en su nombre. Las del agua manipulan dicho elemento en cualquiera de sus estados y a veces pueden hacer lo mismo con cualquier clase de líquido. Las del bosque tienen control sobre las plantas, pueden hacerlas crecer o marchitarse, cuidan las cosechas y se aseguran de que la primavera sea perfecta. Las de la fauna conocen el lenguaje de los animales y pueden manipularlos a su antojo, los cuidan y protegen el equilibrio del ciclo de la vida.

 

Son de tez blanca como la nieve y orejas puntiagudas, su piel es suave como el terciopelo y el color de sus ojos y cabello depende de a que especie pertenezcan. Las mujeres ninfa tienen una figura femenina esbelta y bien definida; y los hombres ninfa son fuertes, altos y delgados.

 

Las ninfas del agua lucen unos ojos de azul brillante y el color de su cabello va del azul más traslucido al más oscuro. Así mismo, las del bosque portan el verde en sus ojos y cabello, en tonos variables. Por ultimo las de la fauna exhiben los tonos marrones.

 

Su obsesión con la perfección no tiene límites, todas las especies son iguales en ese sentido. Son estrictas en muchas cosas, pero sobre todo en cuidar la pureza de su sangre. La primera ley de las ninfas es nunca casarse con un ser de otra raza. Está prohibido mezclar la sangre pura de ninfa con la de algún otro ser inferior. Se creen superiores en todo sentido. Y en caso de que un híbrido nazca de esta unión prohibida, esa criatura bastarda debe ser expulsada del Imperio.

 

Eso fue lo que me pasó a mí.

 

Mi madre en su época como princesa había decidido protegerme. Me mantuvo en secreto, oculta en una pequeña choza a las afueras del Imperio. Sólo su sirvienta más leal y mi abuela sabían de su embarazo. Me dio a luz y le suplicó a mi abuela que no la delatará con el Emperador, mi abuelo.

 

Entonces hicieron un pacto, la sirvienta me criaría en secreto y mi madre vendría a verme de vez en cuando. Al final, cuando tuviera la edad suficiente, se decidiría qué hacer conmigo.

 

Sería muy difícil hacerme pasar desapercibido. Como ves, mi tez no es precisamente blanca, esta piel morena no es el color de una ninfa, mucho menos este cabello color sangre. Y estos ojos blancos de lobo, junto con los colmillos que se notan en mi boca y las garras en mis manos, delatan mi verdadera naturaleza. Aunque al igual que las demás ninfas tengo las orejas puntiagudas y el cuerpo esbelto con una figura bastante femenina, mis otros rasgos demuestran que soy una híbrida, una ninfa lobo. Por eso viví alejada del resto del mundo.

 

Con el paso de los años se hizo evidente que tenía los mismos poderes que una ninfa del agua. Esto es curioso, porque los hombres lobo no son capaces de canalizar la energía esotérica del Prisma y por ello no tienen más poderes que su propia fuerza sobrenatural. Pero yo, mitad ninfa mitad lobo, puedo usar este poder.

 

Te explicaré qué es el Prisma.

 

Según las creencias religiosas de mi mundo, al inicio de la civilización un ser de luz perfecta bajó a convivir con las demás criaturas. Este ser era en extremo poderoso y tenía la forma de un prisma enorme. Todo lo que tocaba a su paso se volvía hermoso y puro. Los habitantes de aquellos tiempos primitivos comenzaron a adorarlo buscando su bendición y su poder. Sólo los lihtnes y los hombres lobo, que ya tenían sus propios dioses, se negaron a adorarlo.

 

Un día, el Prisma convocó a todos sus adoradores a una montaña. Cuando estuvieron ahí reunidos empezó a destellar y su brillo aumentó hasta el punto en que la luz que salía de él casi cegaba a los presentes. Después de eso desapareció para siempre, y en su lugar todas las razas que fueron testigos de aquel suceso obtuvieron poderes mágicos. Estos poderes han sido transmitidos generación tras generación de padres a hijos, canalizándose a través de la hechicería.

 

Los lihtnes son muy parecidos a ustedes los humanos. A pesar de no tener poderes mágicos, su inteligencia es notable y hace muchos años crearon la Comisión Mundial de Comercio, lo que les permitió ponerse por encima de muchas criaturas poderosas y sobrevivir en mi mundo hasta nuestros días como el pilar de la economía.

 

Los hombres lobo son fuertes e imponentes, su raza se compone de guerreros formidables, ya que pueden regenerar sus heridas a una velocidad impresionante y entrenan para la guerra desde que nacen. Adoran a las diosas lunares Rhiannon y Anunit, en lugar de al Prisma Sagrado. Nunca se había conocido a un hombre lobo que pudiera usar magia.

 

Por eso, el día que usé mis poderes de ninfa por primera vez, a los cinco años, mi madre y Eudora, la sirvienta que me cuidaba, se conmocionaron. A partir de entonces comenzaron mi entrenamiento y educación sobre la magia que poseía.

 

Durante muchos años todo fue relativamente perfecto. Mi madre iba a visitarme y Eudora me cuidaba bien. Mis hechizos eran fuertes y mi habilidad sobresaliente; pero todo eso acabó.

 

El emperador y la emperatriz murieron en un accidente y mi madre ascendería al trono, por lo que el consejo la sometió a la prueba de la verdad. Esta prueba se hace a través de la magia de luz de los sacerdotes y expone que tan pura es el alma de una persona.

 

Para ser emperatriz, mi madre debería someterse a la prueba y demostrar que cumplía todas las leyes de Ydróvia.  Tristemente todo terminó mal.

 

Al descubrir el secreto de mi madre, el consejo la obligó a tomar una decisión: renunciar al cargo y ser expulsada junto conmigo del imperio, o expulsarme a mí y tomar su lugar como soberana.

 

En aquel entonces yo sólo tenía quince años, pero eso no importó. Después de varios días de deliberación por parte de mi madre y el consejo, la decisión fue tomada.

 

Ya conoces el resultado.

 

Como me echaron del Imperio tuve que salir de sus límites, a muchos miles de kilómetros del que alguna vez fue mi hogar.

 

El territorio imperial ydróviano se extiende por todo un continente, gobernando a los que alguna vez fueron distintos países, pero que ahora son estados imperiales divididos por razas: el Estado Principal Superior Ninfa, el Estado Capital Elfo y el Estado Menor Duende. Fuera de sus vastos límites, existen las ciudades de los litnhes, regidas por la comisión mundial de comercio; los asentamientos de los hombres lobo, esparcidos por los cuatro puntos cardinales; y mucho más allá el reino vampiro y el país de los ogros. 

 

Luego de mi expulsión, vagué de ciudad en ciudad lihtne buscando qué hacer con mi vida. Nadie estaba dispuesto a darme un trabajo o un lugar donde cobijarme. Las personas eran hostiles y se negaban a prestarme su ayuda.

 

Los ogros y vampiros vivían demasiado lejos como para ir a pedirles asilo, así que terminé en una gran ciudad de lihtnes. Sin embargo, tuve que huir de ellos porque trataron de cazarme para venderme como “espécimen raro” al mejor postor.

 

Entonces entendí que lo único que podía hacer era ir a buscar a mi padre. No sabía absolutamente nada de él, pues mi madre se encargó de mantener toda la información relacionada con los hombres lobo alejada de mí. Así que en mi viaje comencé a reunir información sobre ellos. Robé un mapa y descubrí dónde estaba el clan más cercano: El Clan de los Hombres Lobo del Norte.

 

Se ocultaban detrás de una barrera impenetrable para cualquier ser que no fuera un hombre lobo: El Bosque de los Espíritus de las Lunas. Se decía que los espíritus de los hombres lobo caídos en batalla habían sido sellados como guardianes de ese bosque, para evitar que cualquiera que no fuera un hombre lobo entrara.

 

Con la apariencia que tenía para ese momento, una rara ninfa morena, no podría atravesar ese laberinto, por lo que decidí esperar hasta mi transformación durante los plenilunios, además, necesitaba de mi capacidad regenerativa de mujer lobo.

 

No me había atrevido a ir antes en búsqueda de mi padre por una razón: un pacto de sangre que había hecho con mi madre hacía muchos años.

 

Un pacto de sangre sagrado de las ninfas es la mayor de las promesas. Pactas con una ninfa y sellas esa promesa con sangre sobre una parte de tu cuerpo. La magia de esa clase de juramentos es poderosa y el pago por quebrantarla va desde heridas graves hasta la muerte.

 

Mi madre selló nuestro pacto sobre mi corazón, asegurando así mi muerte en caso de que rompiera nuestra promesa. Me hizo jurar que jamás iría a buscar a mi padre. La razón: todos los hombres lobo eran incapaces de usar magia, excepto yo. Que mis poderes pudieran ser utilizados por mi otra raza sería imperdonable, un sacrilegio, una herejía.

 

Ahora me doy cuenta de que mi madre en realidad nunca me amó, siempre fue primero la princesa y más tarde la emperatriz de las ninfas, pero jamás fue una verdadera madre.

 

Mis posibilidades de sobrevivir al infarto inminente que amenazaba mi vida eran de sólo un uno por ciento. Ir a la aldea de los hombres lobo era una apuesta de muerte segura.

 

No sabía si él estaría allí. Aun así, era el lugar más cercano por dónde comenzar a buscar, y yo estaba decidida a no darme por vencida.

 

El día veintiocho desde mi destierro llegué al bosque.

Lo miré y no pude evitar sentir un escalofrío.

 

Tenía hambre, hasta entonces sólo había comido lo que cazaba por ahí, bebiendo de los manantiales y riachuelos. Estaba cansada, pero esa era mi última oportunidad. Si seguía vagando sin que una sola persona me tendiera una mano… Moriría de hambre, a menos que comenzara a robar. Y yo no quería convertirme en una ladrona. Si dejaba perder esos plenilunios, pasaría un mes hasta los próximos. Esa idea, andar vagando durante un mes más, me llenaba de terror.

 

Con eso en mente me encaré al bosque. Las lunas despuntaban ya en el cielo, brillantes y hermosas. Mi apariencia comenzó a cambiar y en un momento ya no parecía una ninfa. Respiré profundo, cerré los ojos y entré.

 

No quiero aburrirte con demasiados detalles, así que sólo te diré que el bosque fue realmente aterrador. Cada paso me hacía vacilar, pero seguí adelante. Los lamentos de los licántropos caídos me erizaban la piel, pero no me detuve. Luego de dos infernales días ahí dentro, al fin vi la luz y el límite de la arboleda.

 

Corrí hasta la salida y me tropecé cayendo de bruces, usé mis brazos para evitar golpearme la cara. Rodeé hasta terminar en un claro, tendida en el suelo.

 

Alcé la mirada y pude ver frente a mí a dos guardias robustos apuntándome con largas y afiladas lanzas.

 

Rápidamente me puse de pie e hice una reverencia. Al verme se quedaron confusos, pero bajaron la guardia.

 

Mi apariencia de mujer lobo puede que te haya impresionado, pero realmente una mujer lobo de sangre pura es mucho más imponente que yo. A diferencia de mí, tienen hocicos y orejas, es decir, su cabeza es más de lobo que de hombre o mujer. Sus cuerpos son formidables, de enorme tamaño, y están completamente cubiertos de pelo, terminando en una frondosa cola. Mis sencillas orejas sobre la cabeza, la cola peluda y los ojos, colmillos y garras, además de mi humilde estatura, demostraban que no era cien por ciento una mujer lobo.

 

A pesar de todo eso, los guardias se relajaron y me preguntaron en un tono indiferente:

 

—¿Quién eres y qué buscas aquí?

—Soy Adara, vengo de Ydróvia, fui desterrada por las ninfas al ser descubierta mi naturaleza híbrida  —respondí sin titubear—. Estoy buscando a mi padre, hace alrededor de quince años era el príncipe de los hombres lobo. No sé su nombre y no sé si sea de este clan, pero he venido a averiguarlo.

 

Ante mi determinada explicación ambos guardias se miraron. Juntos asintieron y entonces el más imponente habló:

 

—Muy bien, si has podido cruzar nuestro bosque sin un guía significa que eres digna. Te llevaré con nuestro rey. Sígueme.

 

Obedientemente fui tras él. El otro se quedó haciendo guardia en su puesto.

 

Caminamos hasta llegar a la aldea que se veía a lo lejos. Aunque la palabra aldea se quedaba corta para describir semejante poblado. Las otras razas llaman así a los asentamientos de los hombres lobo porque son más pequeños que todo un país, un imperio o un reino, pero aun así, ocultos en las montañas, muy bien podrían llamarse ciudades.

 

Andamos por varias calles hasta que el guardia llamó un carruaje y nos subimos en él. Recorrimos la ciudad durante un cuarto de hora. Por fin, nos bajamos frente a un hermoso palacio. No era ni la mitad de grande que el de las ninfas, pero seguía siendo impresionante.

 

Pasamos por varios pasillos hasta llegar a una puerta de hoja doble que estaba tallada en piedra. El guardia tocó con su lanza dos veces y la puerta fue abierta desde dentro.

 

En el interior, pude observar al rey sentado en su trono al final de la recámara.

 

Él era imponente. Lucía como un licántropo en todo su esplendor. Tenía el hocico largo y grueso; las orejas sobre la cabeza, firmes y puntiagudas. Su pelaje era rojo oscuro y sus ojos eran blancos como la nieve. Aunque estaba sentado, se podía apreciar que era alto, de poco más de dos metros. Su cuerpo era fuerte y musculoso. Llevaba la corona de lado, sobre una de sus orejas, y su traje era una mezcla entre un manto real y una armadura de guerra.

 

A su derecha estaba una especie de sacerdote y a su izquierda varios miembros de lo que supuse sería el consejo real.

 

Llegamos frente al trono y nos arrodillamos delante del rey.

 

—Majestad, esta jovencita cruzó el bosque sin la ayuda de nadie. Su apariencia es distinta a la nuestra, pero tiene similitud con nuestra raza. Solicitó una audiencia con usted y se la he traído para que decida qué hacer con ella mi señor.

—Comprendo  —musitó el rey—. Gracias Lupo. Ve y sigue con tu trabajo.

 

Lupo el guardia se retiró. Yo quedé sola en medio de la gran sala, arrodillada frente al trono.

 

—De pie  —me ordenó el rey, por lo que me erguí—. Dime tu nombre y por qué estás aquí.

—Majestad  —respondí con firmeza—. Me llamo Adara, soy una híbrida de ninfa y hombre lobo. Fui desterrada de Ydróvia por el crimen de no tener sangre pura. Hoy he venido en busca de mi padre, quien era el príncipe de uno de los cuatro clanes de hombres lobo hace más de quince años. No sé si sea usted mi buen señor, humildemente le pido una respuesta. Si no resulta ser como espero, me retiraré de inmediato para seguir con mi búsqueda.

 

Había hablado rápidamente y con energía. Lo único que quería era saber si el hombre lobo sentado frente a mí era a quien buscaba.

 

El rey se levantó y comenzó a caminar hacia mí. Se detuvo a apenas unos centímetros de mi cara. Me miró fijamente a los ojos durante un momento. Todos los presentes estaban expectantes, incluyéndome. Entonces él hizo algo completamente inesperado.

 

Lo primero que sentí fue una conmoción enorme. Luego una sorpresa indescriptible. Finalmente, me relajé y cerré los ojos.

 

El rey estaba abrazándome con todas sus fuerzas. Sentí cómo sus lágrimas caían a mi espalda. Me susurró al oído:

 

—Sabía que algún día lo lograrías, estoy orgulloso de ti. Bienvenida a casa.

 

Sentí que me iba a estallar el pecho de emoción. Me eché a llorar mientras le devolvía el abrazo.

 

—¡Padre! —exclamé.

—Mi niña.

 

Él se volvió hacia su corte y anunció:

 

—¡Hoy es un día de regocijo! Mi hija al fin ha llegado a casa.

—¡Viva! —exclamaron en coro los miembros de la corte— ¡Vivan el rey Volk y la princesa Adara!

—Volk  —murmuré con una sonrisa—. Así que ese es tú nombre… padre.

 

Me sentía tan feliz, pero había algo que no podía pasar por alto.

 

De pronto empecé a sentir puntadas dolorosas que me hicieron caer al suelo. Sentía mi corazón retorciéndose por un dolor implacable y despiadado. Era como si un montón de navajas estuvieran rasgándome por dentro. Grité y me doblé sobre mi cuerpo sosteniendo mi pecho con ambas manos.

 

—¡Padre! —grité—. Mi madre… pac…to de sangre… muerte. Mi…co…razón. No debía ve…nir  aquí.

 

A penas logré decir esas palabras entrecortadas. Mi padre me miraba lleno de angustia mientras ordenaba a gritos que trajeran a un médico y le pedía al sacerdote que se acercara.

 

Yo estaba a punto de perder la conciencia. Mi corazón se quebraba lenta y terriblemente; y entonces tuve una última visión.

 

Esta es otra característica de un pacto de sangre. Al romper la promesa sagrada, una visión te permite ver a la persona con la que realizaste el pacto, sólo como un último recordatorio de que has roto tu palabra.

 

En ese instante vi a mi madre. No era como verla en un recuerdo, realmente la estaba viendo en ese preciso momento y ella me estaba viendo a mí con los ojos de la magia.

 

Ella sonrió con pesar. Entonces escuché su voz en un susurro fantasmal:

 

—Lo siento. No debiste haber roto nuestro pacto.

 

Maldije a mi madre con la poca fuerza que me quedaba y entonces, solté mi último aliento.

 

 

Desperté un mes después. La luz de las lunas llenas entraba por la ventana. El pecho aún me dolía y al tratar de levantarme de la cama me sentí mareada. Me estabilicé un poco, aunque no lo suficiente como para ponerme de pie.

 

Mientras estaba tratando de organizar mis ideas, la puerta de la habitación se abrió y a un lado apareció una joven mujer lobo. Me miró sorprendida y entonces habló:

 

—Princesa  —dijo sonriente—, qué bueno que al fin ha despertado. Traeré a su padre. Con permiso. —Haciendo una reverencia se inclinó para luego salir disparada desde la puerta.

—Espera.  —Traté de gritar, pero estaba demasiado cansada y ella ya se había marchado—. Vaya  —exclamé para mí—. ¿Qué demonios pasó? —pregunté en voz alta.

 

Seguía pensando cuando la puerta se abrió de nuevo, pero quien pasó por ella fue mi padre. Se acercó velozmente hacía mí y me dio un fuerte abrazo.

 

—Hija, que bueno que estás bien  —suspiró aliviado.

—No entiendo nada  —confesé—. ¿Qué sucedió?

 

Mi padre me explicó que luego del espeluznante golpe sufrí, no morí, al parecer caí en una especie de estado catatónico. Creo que me dijiste que ustedes lo llaman coma. Pasé así un mes entero, y ahora, con las siguientes lunas llenas, había despertado.

 

—Así que tuve razón  —murmuré.

—¿Por qué lo dices? —me preguntó mi padre, que había podido escucharme.

—Bueno  —contesté algo tímida, la familiaridad con la que él me hablaba me tenía abrumada—. Supuse que con el poder de las lunas llenas y mi capacidad regenerativa de mujer lobo… quizá tendría una posibilidad de sobrevivir al pacto de sangre.

—Ya veo —musitó mi padre, pensativo—. Acertaste, aunque hicieron falta las siguientes lunas llenas para traerte de vuelta.

—Es cierto —corroboré.

 

La luz de las lunas me hacía sentir cada vez mejor. Quería salir, pero mi padre me lo impidió. Encendió la luz de la habitación y mandó a que me trajeran la cena. Comí despacio, mi estómago se resentía después de un mes de inanición.

 

Mi capacidad regenerativa me había mantenido con vida. La marca de ese maldito pacto ya no estaba sobre mi corazón. Sentía una inmensa alegría mientras cenaba con mi padre. Esa noche dormí sintiéndome en mi hogar.

 

Los días siguientes pasé todo el tiempo con mi padre. Luego de mi rápida recuperación recorrimos toda la ciudad. Me mostró cada parte de sus dominios con orgullo.

 

Descubrí que los hombres y mujeres lobo eran más amables y bondadosos de lo que todas las demás razas afirmaban.

 

Ninguno me vio nunca con recelo u odio, y los niños se me acercaban con curiosidad haciéndome un montón de preguntas sobre el exterior. Los hombres y mujeres lobo no salen de su ciudad, excepto los mercantes, así que los niños que se me acercaban nunca habían visto a nadie de afuera.

 

Esta raza es marginada por las demás, por eso los distintos clanes viven encerrados. En el pasado habían sido los guerreros más poderosos del mundo, asesinos consumados y despiadados liderados por mi abuelo. Sin embargo, la siguiente generación de hombres lobo quería vivir con tranquilidad, por lo que firmaron un acuerdo de paz y se retiraron a vivir lejos de las otras razas, ya que todos los odiaban por su pasado. De eso hacía ya más de ochenta años, pero el desprecio del resto del mundo seguía latente. Temiendo alguna represalia, crearon los bosques como barrera para protegerse y cada clan se encerró en su propio mundo.

 

Las ninfas eran las principales responsables de este acuerdo de paz, y a fin de mantener la armonía entre ambos, mi padre fue chantajeado por mi madre. A cambio de mi vida y de la paz entre el Imperio y ellos, él no intentaría rescatarme de su custodia. Ella temía que con mi poder mágico los hombres lobo retomaran su camino sangriento y obligaran a su Imperio a someterse.

 

La fuerza de la  Alianza y mi hechicería podrían significar la caída del Imperio Ninfa.

 

La Alianza estaba conformada por todos los clanes de hombres lobo. El clan del norte se destacaba por su pelaje rojizo y su habilidad con la espada. El del sur por su pelaje rubio y su habilidad con la arquería. El del oeste por sus tonos grisáceos y por ser excelentes jinetes. Y por último el del este, por su pelaje blanco y negro y su insuperable destreza en el combate cuerpo a cuerpo. Juntos sumaban un ejército de al menos un millón de soldados imparables.

 

En el pasado habían sido capaces de someter al mundo. Hizo falta que todas las razas se unieran bajo el mandato de las ninfas para poder detenerlos. Sólo el poder de la magia logró aplacarlos y así habían llegado a lo que eran en el presente. 

 

Saber todo eso sólo logró que el odio que sentía por mi madre creciera en gran medida.

 

Durante un mes entero mi padre me enseñó la lengua de los hombres lobo, ya que gracias a mi magia podía entenderla, pero no podía escribirla. También me enseñó cómo defenderme en combate, esgrima y otras habilidades de guerra.

 

Yo de verdad era feliz.

 

 

Un día estábamos en el palacio tranquilamente, cuando Lupo entró de pronto con una mirada furiosa en su rostro.

 

—Majestad  —casi gritó—. Un regimiento de ninfas está a la entrada de la ciudad, fueron capaces de surcar el bosque con ayuda de su magia. Nos amenazan con romper el acuerdo de paz con nuestro clan, a menos que entreguemos a la princesa. Tengo un batallón manteniéndolos a raya. ¿Qué hacemos mi señor?

—Llévanos ahí  —ordenó mi padre.

 

Salimos en un carruaje a toda velocidad y en poco tiempo ya estábamos en la entrada de la ciudad. Abrí bien los ojos por la sorpresa al ver lo que nos esperaba.

 

El sacerdote principal de las ninfas montaba a caballo, a su lado estaba el coronel más experto del ejército de Ydróvia y detrás de ambos había al menos unos mil soldados.

 

El sacerdote me miró con todo su odio y apenas nos habíamos puesto a distancia frente a ellos cuando comenzó a vociferar:

 

—¡Maldita! Deberías estar muerta. Es por eso que debimos haberte asesinado cuando pudimos. Yo mismo me aseguraré de que sufras y…

—¡Silencio! —exigió mi padre—. No sé cómo se enteraron de que mi hija está aquí, pero no me interesa seguir escuchando sus palabras. Si no quieren morir, mejor lárguense de nuestras tierras.

 

Los ojos de mi padre destellaban de ira y desprecio.

 

—Princesa. —Ahora el que hablaba era el coronel—. No queremos un conflicto político. Por el bien de su gente y la nuestra, venga con nosotros. Entréguese y le doy mi palabra de que no le haremos daño. Si no me cree, podemos hacer un pacto de sangre.

 

Si una víbora me hubiera hecho esa propuesta, no habría notado ninguna diferencia entre ella y el coronel.

 

—Ya estoy harta de sus malditos pactos de sangre —afirmé—. Esta es mi gente ahora, no pienso ir a ninguna parte.

—Entonces me temo que debemos tomar represalias. —Fue la respuesta de la víbora.

 

Los soldados ninfa se pusieron en guardia. De nuestro lado, los soldados licántropos hicieron lo mismo. La tensión se podía respirar como si fuera un gas venenoso.

 

—¡Un momento! —exclamó mi padre—. Si se atreven a iniciar una guerra en contra nuestra ya no habrá vuelta atrás. Trata de tocarle un sólo cabello a mi hija y convocaré a la Alianza de nuevo.

 

Los ojos del coronel y el sacerdote no pudieron disimular su sorpresa.

 

—No puedes hacer eso. Si lo haces no podrás invocar el poder de la Alianza hasta el próximo siglo —musitó el sacerdote, temeroso.

—Así es —confirmó mi padre—. Pero ¿qué les hace pensar que necesitaré del poder de la Alianza después de esto? Si quieren una guerra, entonces desataré una ola de destrucción y muerte sobre ustedes.

 

El sacerdote y el coronel se miraron. Obviamente no se esperaban esta reacción por parte del rey.

 

La Alianza sólo podía ser convocada una vez cada cien años. Ya habían pasado más de cien desde la última vez, así que ese no era el problema. El dilema era lo que las ninfas habían considerado su punto fuerte: no creyeron que el rey Volk sería capaz de acabar con su mayor defensa por el resto del siglo sólo para salvar a su hija. Sólo para salvarme.

 

—¿Creen que voy a dudar? Los demás clanes no necesitan saber el motivo para iniciar una guerra. Ni siquiera les importará el porqué. Simplemente obedecerán mi llamado como Rey Soberano de todos los clanes.

 

Las palabras de mi padre habían sido casi como un rugido. No había gritado,  pero cada sílaba fue contundente.

 

Él tenía toda la razón. Como rey del mayor clan, el clan del norte, era el único que podía convocar a la Alianza, y sin necesidad de un motivo. Bastaría con que dijera que retomarían su camino de sangre, muerte y destrucción, para que los instintos de los hombres lobo primitivos salieran de nuevo a la luz.

 

Durante unos minutos nadie dijo nada. El viento soplaba silbando sobre las colinas.

 

Recuerdo que yo tenía los nervios de punta. Por un lado no quería que fueran a la guerra sólo por mí, pero por el otro, tampoco quería abandonar mi vida y mi libertad. ¿Estaba siendo demasiado egoísta? ¿Tú que crees? No, no digas nada, mejor déjame continuar hasta el final.

 

—Bien —por fin habló el coronel—. Nos retiramos, volveremos para negociar otro día.

—No lo harán —sentenció mi padre, una sonrisa macabra sedienta de sangre asomó a su rostro. Nunca lo había visto sonreír de esa forma hasta entonces—. La próxima vez que pisen este suelo será para encontrar su muerte, pero, para dar ese mensaje sólo hace falta uno de ustedes.

—¿Qué quiere de…

 

Las palabras del sacerdote se vieron interrumpidas por mi padre nuevamente, sólo que está vez lo único que hizo fue chasquear los dedos.

 

Ante esa señal, como uno solo y a la velocidad del relámpago, todo el batallón de hombres lobo se abalanzó sobre los soldados ninfa.

 

El sacerdote gritaba de horror y sus gritos se mezclaban con los del coronel que trataba de darles órdenes a sus soldados.

 

Muerte. Eso fue lo que vi pasar frente a mis ojos. Los soldados ninfa usaban su magia, pero los licántropos los superaban en agilidad.

 

Al principio usaban sus espadas con una mano mientras con la otra se defendían de los hechizos cubriéndose con sus escudos, pero cuando ya tenían a todos los soldados ninfa acorralados contra el bosque, olvidaron la poca compostura que tenían.

 

Sangre salía a borbotones de las heridas mortales de los cuerpos de los soldados ninfa. Los hombres lobo habían dejado sus espadas y escudos y ahora usaban sus garras y dientes para despedazar vivo al enemigo.

 

Lupo se había unido a la batalla y, para mi sorpresa, el calmado y servicial guardia que conocía había desaparecido por completo, dando paso a una fiera bestia desalmada.

 

Con una mano sujetaba el cuello de uno de los soldados ninfa, que suplicaba piedad inútilmente. Con lentitud, fue enterrando sus cinco garras en el cuello del soldado. La sangre brotaba de su yugular en un chorro que bañaba el rostro de Lupo.

 

El soldado aún no había muerto cuando Lupo le incrustó su mano libre en el costado, retorciéndola para poder desgarrarle mejor el interior. Luego lo tomó del torso mientras aún lo sostenía del cuello y entonces, haciendo alarde de una impresionante y brutal fuerza, lo despedazó separando su cuerpo en dos mitades.

 

Escenas como esas se veían por todo el campo de batalla. Debido a los hechizos de los soldados ninfa, varios hombres lobo habían fallecido y la mayoría estaban heridos, pero su regeneración rápida y su enorme sed de sangre hicieron que el regimiento de ninfas se viera reducido en poco tiempo. Sus bajas eran muchísimo mayores.

 

A dónde quiera que mirara sólo veía muerte. Los hombres lobo habían perdido el control de sí mismos y estaban matando como si fueran animales salvajes. Lágrimas caían de los ojos de los pocos soldados ninfas sobrevivientes.

 

—Padre —supliqué—. Detén esto por favor.

—No. —Fue su respuesta, fría como el acero—. Sólo el sacerdote vivirá, él será más que suficiente para llevar nuestro mensaje. Quiero que esto sea un escarmiento, que recuerden quienes somos los hombres lobo. Que sepan que no permitiré que te hagan daño.

 

Miré su tez morena y comprendí que no podría discutir con él. La masacre debía continuar.

 

No me mires así ¿Crees que necesito tu compasión? Pues estás equivocado. Ahora déjame continuar.

 

La batalla no se extendió mucho. Mi padre había mandado llamar a nuestro sacerdote, quien ahora miraba el campo sangriento junto a nosotros. Finalmente, incluso el coronel ninfa estaba muerto junto a sus hombres. El único sobreviviente era el sacerdote de las ninfas.

 

Los soldados licántropos lo arrastraron hasta donde estábamos. El hombre lloraba incontrolablemente y suplicaba piedad. No pude evitarlo y me acerqué a él llena de odio.

 

No supo qué lo golpeó. Su cabeza dio un giro y él cayó hacia atrás. Estupefacto, sintió cómo la sangre corría por su cara.

 

Yo le había dado un golpe con mi espada. Una estocada que le dejaría una cicatriz permanente en su rostro. Escupí el suelo delante de él y respondí a sus suplicas:

 

—Ahí tienes tu piedad. Tal como yo tuve la mía.

 

El error de las ninfas era habernos subestimado. En primer lugar, creyeron que mi padre se dejaría someter y que no sería capaz de llamar a la Alianza. Y en segundo, creyeron que de nuevo su magia los protegería, pero no tomaron en cuenta que cruzar el bosque los había dejado exhaustos, así que se convirtieron en presa fácil durante la batalla.

 

 

Los meses pasaron y yo seguí viviendo junto a mi padre en el palacio.

 

Me gustaba salir todas las mañanas a pasear y a ayudar en lo posible a los miembros del clan. Era lo menos que podía hacer, sólo ellos no me habían visto como un ser despreciable.

 

En ese tiempo mi fama se extendió por toda la ciudad. Todos me decían siempre: “Que buena es usted majestad”, o “Es la mejor princesa que hemos tenido”.

 

Me sentía en mi hogar, pero una sola cosa no me gustaba: el sacerdote, Úlfur.

 

Era un viejo avinagrado de mucha edad. Todos lo consideraban un sabio, pero a mí me daba mala espina. Siempre me estaba acechando y observando. Cerca de él me sentía en peligro.

 

Para mi tragedia, mis sospechas se volvieron realidad.