Adara: La Hechicera Escarlata

Capítulo 2: Exilio

Como te decía.

 

Había pasado mucho tiempo aprendiendo el culto a las lunas. Rhiannon y Anunit eran diosas bondadosas que les habían brindado su fuerza y poder a los hombres lobo. Por eso durante las Lunas de Sangre se hacía una celebración en su honor. Al menos, eso me explicó mi padre. Él quería que yo fuera la virgen que sirviera a las diosas ese año.

 

Esa noche el festejo había comenzado. Todos bailaban, comían y bebían. La alegría formaba parte del ambiente. Los niños correteaban felices por el jardín del palacio. Yo observaba todo desde el ventanal de mi habitación, la misma donde me había despertado del coma. Una sonrisa surcaba mi cara de oreja a oreja. Las Lunas de Sangre adornaban el cielo con un brillo rojo carmesí realmente espectacular. 

 

Mi padre llegó y se colocó junto a mí.

 

—Hija —me dijo— quiero que tengas esto. —Se acercó y me colocó un hermoso collar con un medallón plateado con forma de dos medias lunas superpuestas—. Anunit, diosa luna de la guerra, y Rhiannon, diosa luna de la oscuridad. Hoy te unirás a nosotros y quiero que lleves este medallón con orgullo. Una de ellas te dará siempre la victoria, la otra te mostrará que la oscuridad no simboliza maldad, sino poder. 

—Gracias papá —agradecí acariciando el medallón—. Lo llevaré siempre conmigo.

 

Bajamos a reunirnos con nuestra gente. 

 

Yo llevaba puesto un hermoso vestido blanco de mangas largas que me llegaba hasta los tobillos. En mi mundo esa tela fina se llama soie, pero tú podrías llamarla seda. 

 

Todas las miradas se posaron en mí. Esa noche, para que mi bienvenida al clan fuera oficial, yo iba a participar en el ritual en honor a las diosas lunares. Debía exprimir una flor y luego beber su extracto mezclado con sidra. Así simbolizaba un pacto con las diosas donde prometía extraer todo mi potencial y entregaba mi alma para defender a los débiles. 

 

Luego de danzar y continuar con el festejo, la hora del ritual llegó. El ambiente se sumió en un profundo y reverencial silencio. Ceremonialmente, extraje el jugo de la flor y lo mezclé con la sidra. Caminé hasta la plataforma, donde el resplandor rojo de las lunas era mucho más brillante. Alcé la copa delante de las diosas y comencé a pronunciar el juramento:

 

—Yo, Adara, hija del rey Volk, princesa del clan del norte, entrego mi alma al servicio de mi pueblo.

 

Llevé la copa a mis labios, suspiré, estaba a un segundo de beberla cuando…

 

—¡Ataquen! —Los inconfundibles gritos de guerra resonaron por todo el lugar.

—¿Qué sucede?

—No puede ser.

—¡Ayúdennos! ¡Llamen a las tropas!

—¡Mueran malditos!

 

Los gritos de guerra se fundían con los de auxilio. Miles de soldados ninfa salían de todas partes, como los insectos de debajo de las piedras. 

 

Comenzaron a lanzarnos hechizos de toda clase. La fortaleza de los hombres lobo no valía nada con la guardia baja. Los soldados licántropos  presentes trataban de proteger a los civiles, pero no había suficientes presentes en el festejo y los soldados ninfa eran demasiados. Su número y su fuerza habían aumentado considerablemente desde la última vez. Además tenían el factor sorpresa a su favor. 

 

Confundidos, los hombres lobo se defendían como podían. Vi caer a muchas madres junto a sus pequeños, víctimas de los hechizos despiadados de los soldados ninfa. 

 

Ensangrentado, Lupo llegó desde el bosque, me informó que el resto del ejército (que había estado como siempre en su posición, esperando en el cuartel al otro lado del bosque) se había percatado de la invasión, pero todos fueron asesinados por un hechizo descomunal antes de que pudieran hacer algo. Entonces, el guardia a quien yo había considerado un amigo, murió, un hechizo lo decapitó justo al momento en el que se lanzó sobre mí para protegerme. Grité de impotencia y corrí. 

 

Vi como arrastraban a mi padre hasta el palacio. Estaba asustada, pero no paralizada. Corrí hacía él. No quería que mi gente muriera. Atravesé el jardín, que ya se había convertido en un campo de batalla. Usé mi magia para abrirme paso entre los ninfas asesinos. Uno a uno fueron cayendo a mi alrededor, traté de darles a todos una muerte rápida para no tener que detenerme demasiado tiempo. 

 

Por fin llegué al palacio, entré como pude y corrí con todas mis fuerzas. 

 

Sólo mi padre podría invocar a la Alianza, si lograba liberarlo, tal vez los demás clanes llegarían a tiempo para salvarnos. Quizá no todos, pero el clan del oeste estaba a tan sólo medio día a caballo, a toda velocidad tal vez podrían llegar a tiempo para darnos una mano. Y con mi padre libre, podríamos organizar a las tropas, a todo el clan, para poder defendernos; la moral subiría, sería nuestra oportunidad. 

 

Pero al entrar, vi al traidor. 

 

Mi padre estaba atado con grilletes, inconsciente a los pies de Úlfur el sacerdote. Sostenía una espada contra su espalda para mantenerlo pegado al suelo. Me miró como solía hacerlo, pero esta vez no se molestó en disimular.

 

—¿Úlfur qué significa esto?  —pregunté desesperada.

—Seguro que incluso tú eres capaz de entender una escena tan conmovedora —me replicó con una voz cargada de sarcasmo y odio—. Acabo de dar un golpe de estado, princesa.

 

Había dicho princesa como si fuera una palabra cargada de veneno.

 

—¡Te asesinaré por traidor y los animales del bosque se comerán tus restos!  —grité con exasperación.

—No lo harás, un paso más y ni siquiera tu padre podrá regenerarse de una espada enterrada en el corazón.

 

Me quedé estática en el sitio. Si trataba de hacer algo él lo mataría sin dudar.

 

—¿¡Por qué haces esto!? —le espeté. 

—¿Por qué? Porque una híbrida despreciable como tú jamás podrá ofrecer servicio a las grandes y gloriosas diosas. —Mientras hablaba sus ojos se habían tornado rojos como sangre, aunque quizás sólo haya sido impresión mía—. Y nunca podrás gobernar este clan, ni ningún otro. Tu padre se dejó cegar por su amor y olvidó su deber. Yo estoy aquí para corregir ese error.

 

Los gritos de la gente llegaban hasta mis oídos y me torturaban sus suplicas por piedad. Hoy todavía puedo escucharlos, a veces. 

 

—¡Escucha! —grité nuevamente—. ¡Tú gente está muriendo por tu absurda arrogancia!

—¡Todo esto es culpa tuya, niña estúpida! —Sus palabras me abofetearon desde la distancia—. Sus muertes serán tu responsabilidad por siempre. No aprovechaste la oportunidad de irte cuando traje a esos soldados para recogerte. ¡Debiste largarte cuando pudiste!

—¿Tú… los trajiste? —No podía dar crédito a lo que oía.

—¿Crees que seres tan estúpidos como las ninfas serían capaces de cruzar solos ese maldito bosque? 

 

Veneno, sus palabras eran veneno.

 

Estaba a punto de decir algo cuando apareció el sacerdote de las ninfas. Él lucía la vistosa cicatriz sobre su ojo izquierdo. El mismo hombre de hacía seis meses.

 

—¿Qué esperas? ¡Mátalo! —le dijo a Úlfur—. Yo me encargaré de ella.

—Aún no lo mataré. Debo arrebatarle el poder de convocar a la Alianza y…

 

No pudo terminar sus palabras. Con una cuchilla hecha de la sangre de los caídos, el sacerdote de las ninfas lo decapitó.

 

En un instante lo comprendí todo. Me lancé sobre él, pero repelió mi ataque con un domo de luz, un maldito escudo mágico impenetrable. Sólo pude observar impotente, lanzando todos los hechizos que conocía al domo, suplicando porque se rompiera, pero sin poder hacerle el más mínimo rasguño. Él tomó la espada que antes había sostenido el traidor y enterró a mi padre en el suelo, atravesando su corazón por completo.

 

—¡Maldito! —rugí, las lágrimas caían resbalando una tras otra por mis mejillas.

 

Ese hijo de puta. Si tan sólo yo hubiera sido más fuerte. Aún siento como me hierve la sangre. Yo, yo… No puedo contarte esto sin sentir que mi corazón… Tsk… No digas nada. Te prometí que te contaría mi historia y eso haré.

 

Detrás de mí aparecieron las tropas de soldados ninfa. Me acorralaron. Lancé hechizo tras hechizo para defenderme y asesiné a cuantos pude, pero eran demasiados. Al final caí como su prisionera. 

 

El sacerdote estaba parado frente a mí. Sostenía en su mano la misma espada con la que le había arrebatado la vida a mi padre. Yo estaba arrodillada, me mantenían atada con grilletes de luz mágica, impidiéndome usar mi magia. Sin poder soltarme de mis ataduras, miré al asesino a los ojos. 

 

Fuera estaban matando sin piedad a todos los hombres, mujeres y niños lobo. Sus gritos de desesperación eran insoportables.

 

—Excelencia. —Entró un soldado a toda velocidad—. Ya acabamos con todos los hombres lobo. Las mujeres más fuertes también han sido exterminadas. Sólo nos quedan las más débiles, los ancianos y los niños, ¿qué hacemos con ellos?

 

No quería creer las palabras de aquel soldado. Ya estaba amaneciendo. En tan sólo unas horas, habían acabado con casi todo el clan. Miles de años de historia reducidos a cenizas y cadáveres. 

 

—Mátalos —sentenció el sacerdote con indiferencia—. Que no quede ni uno solo de esos monstruos. 

 

Ante sus palabras, no pude evitar reírme. Me reí loca y desenfrenadamente. Me reí con odio mientras las lágrimas bañaban mi rostro. Lágrimas de impotencia. 

 

—¿Qué te sucede escoria? —El asesino se dirigía a mí.

—Ustedes son los que van a asesinar a todos sin piedad, ¿y nosotros somos los monstruos? No puedo evitar reírme de tu macabra y podrida mente.

—Di lo que quieras niña estúpida, no hay nada que puedas hacer. —Me escupió esas palabras.

 

No pude responder a eso, él tenía razón. Lloré amargamente ante la mirada asquerosa de mi otra raza. Afuera los soldados seguían asesinando niños. Mi alma se quebró. 

 

Para el atardecer todo mi pueblo había sido exterminado. No quedaba rastro de un sólo hombre lobo, excepto yo. 

 

Subieron a sus caballos, me ataron a uno y me hicieron correr detrás de él todo el trayecto con mis pies descalzos. Me llevaron hasta el bosque y me obligaron a conducirlos a través de él para que pudieran llegar a salvo al otro lado. Cada vez que me negaba, recibía un corte o un golpe casi letal, únicamente mi capacidad regenerativa me salvaba y ellos se aprovechaban de eso para torturarme cada vez más. 

 

Cuando por fin llegamos a salvo al otro lado, me tiraron al suelo de espaldas al bosque. El sacerdote me miró con desdén. 

 

—¡Soldados! —ordenó— ¡Preparen! 

 

Todos los soldados se colocaron en posición de ataque. Aunque estaban exhaustos, iban a ejecutarme usando las pocas fuerzas y energía esotérica que les quedaban. 

 

—¡Apunten!

 

Pensé en mi padre, mi gente, los buenos momentos que pasamos juntos, los niños, los amigos que había hecho… todo me lo arrebataron en una sola noche. 

 

—¡Fue…

—¡Un momento! —exigí—. Quiero decir mis últimas palabras.

 

El sacerdote me fulminó con la mirada por haberlo interrumpido a mitad de su orden para ejecutarme, pero me concedió esa última gracia.

 

—Habla —me respondió— ¿Cuáles son tus últimas palabras?

—Sólo tengo una cosa por decir: ¡Odre de Sangre!

 

No les dio tiempo de entender lo que pasaba, en un solo movimiento la sangre de todos se reunió en frente de mí, sus cadáveres cayeron al suelo, sólo quedaban sus cascarones vacíos.

 

El hechizo Odre de Sangre es uno de los diez hechizos prohibidos. Debes ser muy fuerte para utilizarlo, ya que no tiene canto para conjurarlo, de lo contrario morirás. Había tratado de usarlo antes, como último recurso para salvar a mi gente a costa de mi propia vida, pero los grilletes de luz del sacerdote me lo impidieron. Ahora, en un descuido por creer que ya estaba derrotada, su magia alrededor de mis muñecas se había debilitado y aproveché esa ventaja de un segundo para liberarme y lanzar ese hechizo con todas las fuerzas que me quedaban.

 

Vi sus rostros muertos y sonreí, por fin lo había conseguido. Entonces me desmayé.

 

 

Desperté, aunque debería haber muerto, seguía con vida, pero con el alma rota. Desde entonces no he vuelto a ser la misma. Los caballos de los soldados ninfa habían huido, así que seguí a pie. Caminé por días, perdida en mis pensamientos. 

 

Sólo podía pensar en lo mucho que quería destruir el Imperio Ninfa, a mi madre. Quería matar más, quería destruir a todos los que se atravesaran en mi camino. Mi mente estaba agitada y yo estaba a punto de caer en un abismo de locura. Se me ocurrió un plan desquiciado: iría al palacio de las ninfas, matando todo lo que se interpusiera entre mi madre y yo, y entonces la mataría. A ella y a todas las demás ninfas. Reduciría a cenizas su Imperio, tal como ellas habían hecho con el clan de mi padre.

 

Mi sonrisa se había tornado en una mueca sanguinaria y delirante. Mis ojos sólo irradiaban una sed de sangre y una locura implacables.  

 

Entonces, me encontré con una mujer, híbrida como yo.  

 

Jamás me dijo su nombre o su edad, ni de dónde venía. Nunca supe quién era o qué deseaba, pero se convirtió en mi maestra. Fue ella quien evitó que yo cayera en la locura, en el deseo de matar sin sentido.

 

Yo estaba en un barrio alejado del centro de una ciudad lihtne, esperando a que cayera la noche para adentrarme en alguna casa y robar algo de comida. Llevaba una semana sin comer más que desperdicios y animales muertos. Estaba cansada y sedienta, dispuesta a arrebatar todo por la fuerza. 

 

Justo cuando estaba a punto de entrar en una casa a saquear, ella se apareció frente a mí. Me miró con sus inquisitivos ojos verdes. Yo me sobresalté por su presencia, pero no me moví.

 

—¿Qué quieres? —le espeté. Había perdido toda mi amabilidad y era tosca y agresiva.

—Estás perdida —me respondió—. ¿Crees que atacar a estas personas por unas migajas sea lo correcto?

—¿A quién le importa lo correcto? —Su pregunta me tomó por sorpresa, pero conservé todo mi odio al preguntarle de vuelta—. La vida es injusta, ¿no? Me importa un carajo lo que sea correcto o no. Tomaré lo que necesite, déjeme en paz o morirá.

—Mi niña. —Su voz era afable—. En serio estás perdida.

 

No me interesaba seguir escuchándola, así que me dispuse a atacarla. 

 

¡Oh, gran Prisma Sagrado, te ruego, bríndame tu fuerza para usar todo mi poder! ¡Anguila oscura! —conjuré pero, de pronto, ya no estaba. Miré frente a mí y ella había desaparecido—. ¿Pero qué? —Entonces sentí una presencia aterradora—. Imposible.

 

Ella apareció detrás de mí y me derribó. Hizo presión con su rodilla en mi nuca y comenzó a asfixiarme. Yo estaba aterrorizada, pero no había llegado tan lejos como para rendirme sin más. Mi anguila de agua negra desapareció, pero peleé con todas mis fuerzas para librarme de ella. 

 

¡Oh, gran Prisma Sagrado, te ruego, bríndame tu fuerza para usar todo mi poder contra el enemigo! ¡Cascada cristalina! —Lancé ese hechizo de hielo, pero ella saltó en el último segundo, y sólo logré congelarme a mí misma.

—Tienes espíritu, pero estas perdida. Puedo mostrarte el camino, pero sólo si dejas de pelear y decides escucharme. —Yo seguía luchando atrapada en el hielo, pero sus palabras atrajeron mi atención—. Tu resolución no es del todo errada, pero tienes mucho que aprender ¿Me convertirás en tu aliada, o morirás por tu propia estupidez?

—Yo… —Aún no había bajado la guardia.

 

Ella me miró y suspiró.

 

—¿Qué es lo que buscas? —me preguntó.

—¿Lo que busco?... No lo sé. Quiero vengarme, quiero vivir, quiero cambiar el pasado, pero sé que no puedo. Yo… —Mi mente estaba revuelta—. Quiero tomar todo lo que la vida pueda ofrecerme, aunque tenga que matar para abrirme paso, no quiero que nadie pase por lo que yo. Y quiero hacer pagar a todos los que me han causado tanto dolor. —Lágrimas resbalaban por mis mejillas—. Sólo quiero vivir —murmuré.

—Ya veo —sonrió—. Ven conmigo. Te mostraré qué es correcto y que no, dentro de este camino sangriento.

 

Ella manejaba el fuego, más de lo que yo podía manejar el agua. Me sacó de mi propio hechizo de hielo y me llevó a una cabaña en el bosque, lejos de todo el mundo. Me alimentó, me vistió y me cuidó, pero siempre fue dura y firme. No tenía compasión y me entrenó sin piedad.  

 

Era una híbrida de elfo y vampiro. No era más alta que yo entonces, y tenía la piel blanca curtida por el sol. Sus orejas puntiagudas eran pequeñas y de su sonrisa, que vi muy pocas veces, salían un par de colmillos color perla.

 

Me explicó que en nuestro mundo se habían dado a conocer muchos híbridos entre especies, la mayoría habían sido demasiado poderosos y terminaron exiliados, enviados a quién sabe dónde. Los que quedaban mantenían un bajo perfil, pero como eran despreciados y rechazados por la sociedad, sólo podían ganarse la vida como ladrones, mercenarios y asesinos. Se ocultaban con un hechizo de metamorfosis, que cambiaba su apariencia y los mostraba al mundo como la especie que eligieran. 

 

Me enseñó cómo usar esos hechizos. Doblegó mi alma, mi espíritu y mi cuerpo, para luego forjarme desde la nada y levantarme de nuevo. Me convirtió en una asesina perfecta: sigilosa, veloz, audaz y agresiva. Entrené mis habilidades mágicas y mis destrezas de combate, quería afilarlas al límite de mi capacidad, para después romper ese límite otra vez. 

 

Siempre que le preguntaba cuándo terminaría mi entrenamiento, me respondía que cuando yo ya no fuera una niña.  Así pasé tres años enteros entrenando con ella. 

 

Por fin comprendí a quiénes debía matar y a quiénes no. Jamás debía matar inocentes, a las víctimas de los poderosos, del mundo y su macabra lógica miserable. Y al matar debía ser rápida, divertirse matando no es algo digno de un asesino respetable.

 

Entonces, una mañana ella me llevó, junto con una mochila llena de todas las provisiones que yo pudiera necesitar, a la entrada de una enorme ciudad lihtne. Me dejó a las puertas, se paró detrás de mí y lo único que dijo fue:

 

—Ahora, ya no eres una niña. Y yo ya no tengo nada más que enseñarte. Hoy comienza tu propio camino. 

 

Fue la última vez que la vi, alejándose entre la multitud.

 

Comencé a viajar de pueblo en pueblo, ocultando mi identidad con el hechizo de metamorfosis. 

 

Me convertí en una ladrona excepcional. Caza recompensas, mercenaria, busca el nombre que quieras, la piedad me había sido negada tantas veces que mi corazón se volvió de piedra. Por eso no quiero tu compasión, no necesito la compasión de nadie. Los que vengan por mí morirán, pero los que me dejen en paz no tienen por qué salir heridos. Esa es mi lógica. Y por ella mis manos están manchadas de la sangre de todas las razas de mi mundo.

 

Nadie podía detenerme. Todos recurrían a mí para hacer sus encargos: despachar a sus enemigos del mundo de los vivos. Asesiné, robé, destruí. Sin importar qué, mientras me pagarán y el objetivo no fuera una persona pura e inocente, el trabajo estaría hecho. 

 

He matado a todos los que se han interpuesto en mi camino, pero jamás doy el primer golpe, excepto en mi trabajo. Y siempre me negué a matar niños. Algunos podían ser realmente peligrosos, pero aun así jamás le arrebaté la vida a un pequeño.

 

Cada vez que mataba, un río de sangre escarlata se formaba a mí alrededor. Me gustaban los ataques directos, como decapitar a mi adversario,  por lo que la sangre salía a borbotones y manchaba mi ropa. Por eso y por el color de mi cabello me colocaron un nombre: La Hechicera Escarlata. 

 

Fui tachada de amenaza pública y comenzaron a cazarme en todo el mundo, en cada ciudad, país o reino, y también en el imperio. Ya llevaba una vida de forajida así que no me importó en lo absoluto.

 

Vivir huyendo se convirtió en mi costumbre. Matar, en un hábito. Robar, en una acción refleja. 

 

Quería traer a mi padre devuelta, quería volver a esos seis meses de mi vida, pero no podría cambiar el pasado ni con toda la magia del mundo.

 

Así fueron pasando dos años, durante los cuales, me volví más poderosa. Fortalecí mi cuerpo hasta el punto en el que ya no necesitaba cantar ningún hechizo y podía usar ocho de los diez prohibidos. 

 

Una mañana desperté y afuera de la cabaña en la que me hospedaba estaban reunidos seres de todas las razas. Miles de vampiros, elfos, duendes, ogros, hombres lobo y sobre todo ninfas. Me asomé a la ventana y los encaré. Me miraban con tanto odio que, si hubieran tenido ese poder, habrían sido capaces de matarme con sólo darme un vistazo.

 

Bajé las escaleras con toda la parsimonia del mundo. Si ese día iba a morir, sería dando todo en esa pelea, a mi manera, en mis propios términos.

 

Salí a la entrada principal y los miré a todos. Una sonrisa sanguinaria decoraba mi rostro.

 

—¡Buenos días! —exclamé burlona—. Imagino que no vienen por el especial de desayuno de la cabaña. Sólo quiero advertirles que no me contendré. Si quieren mi cabeza, muchos de ustedes perderán la suya. Los que se retiren no tienen por qué morir, pero no perdonaré a aquellos que me ataquen. ¿Entonces, qué dicen?

 

El silencio fue sepulcral. Ninguno se inmutó.

 

—¿Conque esas tenemos? Bien, consideraré su silencio como su primera estocada, así que mueran dignamente. ¡Denlo todo!

 

Me abalancé hacia la multitud y comencé a arrancar cabezas con mi espada. La sangre corría por las calles.

 

Luchamos épicamente. Muchos murieron. Concentré todos mis ataques en las ninfas, quería destruirlas a todas; a ellas y a los hombres lobo de los otros clanes que se negaron a prestarme su ayuda para poder vengar a mi padre. 

 

Los elfos arrojaban sus hechizos de fuego y la cabaña se incendió. 

 

Maté y maté con cada golpe de mi espada, con cada hechizo. Usé hechizos prohibidos y miles cayeron a mi alrededor. Era una fiera delirante y enfurecida. Quería vivir, quería mi libertad. Peleé con todas mis fuerzas, pero eran demasiados. Me superaban en número por mucho y para el día siguiente, luego de veinticuatro horas seguidas de lucha a muerte, me habían apresado.

 

Mi juicio llegó. 

 

Mi madre estaba de pie frente al tribunal, lista para dictar sentencia en contra mía una vez más. Gracias a un hechizo calmante, toda mi furia estaba sometida por la magia y yo no podía moverme demasiado. 

 

Todos estaban expectantes. El deseo de que yo fuera decapitada frente a todos, allí mismo dentro del palacio de las ninfas, podía sentirse. 

 

La emperatriz Halia alzó la voz y todo quedó en un sepulcral silencio:

 

—Adara, “La Hechicera Escarlata”. Te encontramos culpable de un sinnúmero de crímenes despiadados. Has robado, asesinado, destruido y usado hechizos prohibidos. Le arrebataste la vida a seres inocentes y por ello deberás pagar con tu propia alma.

«Inocentes —pensé—, sí claro».

 

La gente vitoreo a la emperatriz. Anhelaban ver la sangre correr de mi inerte cadáver.

 

—Sin embargo, condenarte simplemente a muerte sería demasiado piadoso —reflexionó.

 

Todos quedamos con la boca abierta por la sorpresa. 

 

—¿Qué me hará su alteza? ¿Torturarme durante años hasta que muera de inanición? —aventuré a decir con sarcasmo.

 

Cada uno de los presentes se levantó para alabar esa propuesta que yo misma había hecho sobre mi destino.

 

—No —negó ella—. Tu condena será el exilio. Adara, ya que te proclamas a ti misma como “La Hechicera Escarlata”, te enviaremos al mundo más cruel y desalmado que conocemos. No podrás usar tu magia y te verás forzada a vivir en oscuridad, huyendo por siempre de seres tan poderosos que no dudaran en hacerte sufrir.

 

Todos estábamos intrigados por sus palabras. Nadie se atrevió a cuestionarlas. Esperábamos el final.

 

—Tu nuevo hogar será: el mundo humano, la Tierra.

 

Mis ojos se abrieron como platos. 

 

La Tierra. El planeta donde todas las hechiceras habían sido exterminadas. Un mundo primitivo lleno de asesinos despiadados que se mataban entre ellos a pesar de ser de la misma especie. Relatos de guerras sangrientas, pestes y muerte. Eso era todo lo que sabíamos de la Tierra. Era el peor destino del universo, para el peor de los criminales.

 

Sentí un escalofrío, pero no demostré miedo. Lo único que lamentaba era que no podría usar mi magia. Pero eso no me dejaba completamente indefensa. Si tenía que pelear hasta caer, lo haría con gusto.

 

Los presentes en la ejecución de mi sentencia aplaudían sin cesar. No había visto un grupo tan feliz en mucho tiempo. A la madrugada siguiente, ejecutaron mi sentencia.

 

Como última forma de humillarme me desnudaron y deshicieron la trenza de mi cabello. Lo que más me dolió fue que me arrebataran el medallón, era lo único que me quedaba de mi padre. 

 

Me sacaron a la entrada del reino. Allí me subieron a una plataforma. Los hechiceros más poderosos del mundo estaban ahí. Abrir un portal a otro mundo no era para nada sencillo. 

 

Con parsimonia, en un acto que realmente les causaba regocijo, abrieron lentamente el agujero cósmico. Mi cuerpo desnudo no pudo evitar temblar ante lo que se avecinaba. 

 

—¿Últimas palabras? —Esa pregunta final venía de los labios de la que jamás fue mi madre.

—No me arrepiento de nada —afirmé con la cabeza bien en alto.

 

Con una sola mirada ella le hizo señas al verdugo. El hombre me tomó de las muñecas y me acercó a la brecha espacial. Me tiró al suelo, justo al borde de la plataforma y me pateó por la espalda, haciéndome caer por el portal.

 

 

Kiyoshi había escuchado con toda su atención la historia de su nueva amiga: Adara.

 

Haber dado con ella era lo mejor y lo más extraño que le había pasado en la vida. Ya habían pasado unos tres meses desde que la había rescatado. Ahora la mantenía oculta en su departamento.

 

Él era un tranquilo joven japonés dos años y unos meses menor que ella. 

 

No era demasiado alto, ni demasiado bajo. Tenía los ojos negros, al igual que su cabello, que llevaba más largo de lo habitual, hasta la mitad de su cuello. Su tez era blanca y su cuerpo delgado. Muchas chicas lo consideraban un Ikemen, porque siempre era caballeroso, amable y agradable con todos. La mayoría del tiempo estaba callado y su mirada era seria y profunda. 

 

Recién había empezado la universidad. Nadie lo sabía, pero como había quedado huérfano tan sólo un año atrás, estaba sumido en una profunda depresión. La ciudad y su ritmo trepidante lo agobiaban y más de una vez había pensado seriamente en quitarse la vida.

 

La llegada de Adara había cambiado todo. 

 

Él estaba observando aves en su parque favorito. Todo estaba tranquilo, hasta que una grieta se abrió a la altura de los árboles y salió una chica a través de ella. 

 

Ella era diferente, además estaba completamente desnuda. La chica había aterrizado de cabeza contra el suelo. No había nadie alrededor, excepto él. Era de madrugada y es que él siempre pasaba al alba para observar a las avecillas que revoloteaban y cantaban con la llegada de un nuevo día. 

 

La joven de tez morena se había levantado para luego arrastrarse hasta un árbol cercano donde se encogió abrazando sus extremidades, recostó su cabeza contra sus rodillas y se echó a llorar amargamente. 

 

Kiyoshi la observó.

 

«¿Qué hago? Si la dejo quizá no la traten bien, puede que le pase algo malo —pensó—. Igual no es mi problema, pero…»

 

Él dudó. Por alguna extraña razón sentía compasión por ella.

 

Con cuidado se le acercó. Estaba siendo muy sigiloso, pero los sentidos de  la jovencita eran demasiado agudos. 

 

—¡¡¿Quién está ahí?!! —espetó ella en un idioma desconocido para Kiyoshi.

 

Según sus conclusiones este idioma parecía una extraña mezcla de alemán con alguna otra lengua.

 

Armándose de valor, el joven japonés salió de detrás de un árbol exponiéndose a la vista de la chica. 

 

—No tengas miedo, no te haré daño —susurró él con las manos en alto.

 

Aunque ella no entendía ni una sola palabra de él, comprendió perfectamente el gesto y su expresión, tal vez por el tono de voz de Kiyoshi.

 

Aún encogida en el suelo, lo miró con firmeza fijamente a los ojos antes de hablar.

 

—Adara —pronunció con lentitud mientras se señalaba a sí misma—. A…da…ra.

 

Él captó el mensaje.

 

—Kiyoshi —respondió imitando el gesto de ella—. Ki…yo…shi.

 

Adara sonrió, a pesar de las barreras del lenguaje se habían entendido. 

 

El sol ya despuntaba en el cielo con un brillo resplandeciente. Kiyoshi sacó de su mochila un suéter ancho y largo, dos tallas más grande que la suya, que le gustaba usar mucho, y se lo tendió a Adara.

 

—Ten Adara-san. Cúbrete. —Mientras hablaba hacía gestos para indicarle a ella lo que trataba de decir.

 

Nuevamente ella entendió y agradecida se levantó cubriéndose lo mejor que podía con sus manos. Hizo una reverencia y tomó el suéter que él le tendía.

 

Kiyoshi no pudo evitar mirarla de soslayo. Ella tenía una silueta perfecta, una figura femenina bien tonificada, su cuerpo equilibraba fuerza y sensualidad. Su busto era generoso, dos senos perfectos, redondos y firmes. Su abdomen era plano y duro, junto a una marcada cintura y caderas medianas. Debía medir un metro setenta. Su tez morena curtida por el sol era muy diferente a lo que él siempre había visto. Su cabello rojo oscuro le llegaba hasta media espalda y sus orejas puntiagudas se asomaban un poco por encima de su melena. Él apartó la vista, pero ya había visto su cuerpo desnudo.

 

—Gracias —contestó ella mientras se ponía la prenda, que le cubrió hasta la entrepierna.

 

Él hizo una reverencia antes de decir:

 

—Sígueme por favor. —Caminó lejos de los árboles haciéndole señas para que lo siguiera—. Confía en mí.

 

Ella se encogió de hombros y comenzó a seguirlo. ¿Qué podía perder? Había estado esperando que vinieran a asesinarla, pero en lugar de asesinos, quien la había encontrado era este amable joven. 

 

«De todos modos si intenta hacerme algo lo mataré». Con esto en mente lo siguió.

 

Tomaron un taxi a las afueras del parque. El chofer había mirado a Adara confundido, pero Kiyoshi lo tranquilizó inventando una historia sobre una fiesta de disfraces y mucho alcohol durante la noche anterior.

 

Llegaron a su departamento ocultándose lo mejor que podían de las miradas de los demás. Él sentía mucha curiosidad por conocer su historia, tenía muchísimas preguntas; pero era antes que nada un caballero, así que descartó su curiosidad y la llevó a un lugar seguro sin decir una palabra.

 

Comunicándose mediante unas pocas palabras y muchísimos ademanes y señas, Kiyoshi le mostró a Adara donde ducharse. Le entregó ropa, que era suya pero que le iba perfecta a ella ya que él era más alto por tan sólo cuatro centímetros, le dio comida y un lugar donde dormir. Todo sin forzarla a hablar.

 

Ella estaba confundida, este humano era diferente a lo que esperaba. Muy diferente.

 

El primer día juntos Kiyoshi no fue a ninguna parte, pero al día siguiente le explicó a Adara lo mejor que pudo que debía irse, pero que volvería y le pidió que no se fuera.

 

Como siempre ella había entendido y se quedó en el departamento.

 

«No puedo ir a ninguna parte sin arriesgarme a que me maten así que…». Meditando en esto ella había decidido quedarse.

 

Pasaron los días y él comenzó a enseñarle su idioma. Adara aprendía a una velocidad sorprendente, realmente inhumana, teniendo en cuenta que el japonés es uno de los idiomas más difíciles de la Tierra; aunque, estaba acostumbrada a los caracteres rúnicos de la lengua de los hombres lobo, así que los kanjis no se le hicieron demasiado complicados. Al cabo de tres meses, ella ya podía hablar japonés fluido. Aunque todavía le costaba escribirlo, ahora no tenía problemas para comunicarse con el chico que la había rescatado de la desesperación. Y cuando él le mostró cómo usar internet, ella se sumió de lleno en la red, aprendiendo todo sobre nuestro mundo. 

 

Un día, ella decidió contarle su historia. Necesitaba desahogarse y se sentía tranquila con Kiyoshi. Él la había visto tres veces con una apariencia distinta. A pesar de no poseer magia, el cambio a su forma de lobo seguía efectuándose con cada luna llena. Aunque él se había sobresaltado al verla, no había dicho nada. Esa paz que transmitía con su silencio, hizo que Adara le cediera su confianza. 

 

Y así, de viva voz ella le había contado con todo detalle cómo había llegado a este mundo. Él no había podido evitar que una sola lágrima corriera por su mejilla. 

 

Esa noche llovía a cantaros y durante todo el tiempo que le contaba su historia, ella había estado contemplando la lluvia con nostalgia. De vez en cuando volteaba a verlo y entonces sus miradas se encontraban. Más de una vez lo regañó al ver que se compadecía de ella. Le hacía preguntas, pero nunca le permitía contestar. Había contado su historia de un tirón, llena de odio, dolor e ira. 

 

Finalmente, al ver que Kiyoshi seguía mirándola con compasión, Adara se rindió encogiéndose de hombros:

 

—Ya no tengo opción, eres irremediable Takahashi-kun —rió—. Oye, ya que eres el millonario del año, ¿podrías ordenar una pizza?

 

Kiyoshi seguía sorprendiéndose de lo rápido que Adara aprendía. Entonces él también rió y sacó su celular para complacerla, accediendo a su petición.

 

Ella tenía razón, la herencia que sus padres le habían dejado ascendía a millones. Por eso estaban en el pent-house de su edificio, con vista panorámica de la ciudad. 

 

—¿No te gustaría salir a pasear algún día? 

—¿No crees que sería peligroso? No todo el mundo es tan amable como tú.

—Podrías cubrirte bien con algo de ropa, una capucha que oculte tu rostro, y ¡voila! Salir no será un problema, ¿qué dices?

—Ahora empieza mi nueva vida. No quiero pasar el resto de mis días encerrada aquí, pero temo que los otros humanos me hagan daño… —Adara suspiró—. Tal vez me aventure a salir uno de estos días, pero sólo si vienes conmigo.

 

Ella sonrió. Kiyoshi le había dicho antes que no se preocupara por el hospedaje, el dinero, la comida o la ropa, porque él le daría todo eso sin problemas. Pensar en lo mucho que lo quería ahora, después de tan poco tiempo… No era simplemente por interés, él se sentía feliz con su compañía y ella se sentía segura a su lado.

 

La joven híbrida se apartó de la ventana y caminó hasta el chico japonés. Lo miró a los ojos y sonrió.

 

—Gracias por darme esperanza, Kiyoshi-kun. 

 

Dicho esto lo abrazó con todas sus fuerzas. Desde hacía años había añorado algo de cariño y ahora, estaba contenta. Él se sorprendió por el gesto, pero le devolvió el abrazo. 

 

Ninguno de los dos tenía idea de lo que el futuro les depararía, pero estaban dispuestos a averiguarlo.