Adara: La Hechicera Escarlata

Capítulo 3: Un poderoso aliado

Todo pasó muy rápido. 

 

No dudé en salvarles la vida. Debí haberlo hecho. Demostrar mi fuerza y exponerme a las miradas de todos es lo que ha provocado esto. Ahora Kiyoshi está en problemas por mi culpa. No puedo perdonármelo, ¡tengo que rescatarlo! Si esos hombres que lo tienen cautivo quieren sacarle información, lo más probable es que lo torturen. ¡No quiero que le hagan daño! ¡Maldita sea! No quiero seguir esperando oculta.

 

Me salvaste, bueno, realmente me ayudaste a escapar, pero lo abandonamos a él. Si tan sólo no se me hubiera ocurrido detener a esos sujetos… Mi corazón se ha vuelto débil y blando. 

 

Irónicamente todo es culpa de Kiyoshi. Si no insistiera tanto en su intento de volverme más amable, nada de esto habría pasado. Ya no puedo mantener mi indiferencia, él me ha enseñado la compasión y todas esas cosas que creí haber olvidado. 

 

Pero, supongo que todas estas tonterías que digo no te servirán de nada. Me pediste que te contara mi historia. Diosas… Eres el segundo que me rescata en este mundo, y el segundo que quiere que le cuente sobre mí. Pues sólo te diré lo que pasó, en ti no confío lo suficiente, pero te debo un poco de contexto, así que acomódate.

 

 

Llegué a este mundo, exiliada del nuestro. Es curioso, jamás pensé en encontrar a un “compatriota” por estos lares. Si estás aquí de seguro eres tan peligroso como yo, pero en fin, cómo te decía: Kiyoshi me encontró justo cuando caí por el portal y me llevó a su casa. Hemos estado viviendo juntos desde entonces. Y no, no es nada sexual.

 

Esta mañana salimos al parque y luego fuimos de compras. Oculté mi apariencia con distintas prendas: guantes, mangas largas y un suéter con capucha, tal como he estado haciendo los últimos seis meses desde que llegué. Todo iba bien, hasta que Kiyoshi cambió de rumbo sin más y me dijo que tenía que ir al Banco a buscar algo. Me encogí de hombros y asentí. De todos modos no tenía una razón para oponerme. 

 

Él estaba haciendo fila, esperando a que llegara su turno, cuando de pronto entraron unos sujetos armados demandando la rendición y el dinero de todo el mundo.

 

Por la capucha que me cubría el rostro no me habían dejado entrar, así que había estado esperando afuera todo el tiempo. Sin embargo, al ver aquello corrí y entré a escondidas tan rápido que los ladrones no se dieron cuenta por el momentáneo ajetreo. 

 

Nos tiramos al suelo y esperamos a que terminaran de saquear todo.

 

Jamás creí que en este país pasaría algo como eso. 

 

Los sujetos iban a retirarse, pero llegó la policía. Una de las oficinistas los había llamado, yo lo noté, pero no dije nada. Ninguno de los estúpidos ladrones se dio cuenta. Con los uniformados encima, comenzaron a comportarse erráticamente. Y ahí inició la toma de rehenes. Sujetaron a una anciana y a una niña, los llevaron al frente y gritaron:

 

—¡Si se atreven a dar un sólo paso, mataremos a estas dos!

 

A nuestro alrededor muchos habían empezado a temblar, gemir, llorar o rezar. El miedo era palpable. 

 

La policía estaba atada de manos, hasta que llegara alguien para negociar, la situación se extendería un largo tiempo. Me senté con las piernas cruzadas, estaba harta de estar de bruces sobre el suelo. Uno de los sujetos me miró y se dirigió hacia mí.

 

—¡Oye escoria! ¿Qué carajo crees que haces? —me espetó con odio, pero él no conocía el verdadero odio—. Al suelo dije.

—No —respondí con una sonrisa—. Si van a tenernos aquí, al menos déjennos ponernos cómodos. Esto va a durar un rato.

 

Le clavé una mirada sedienta de sangre. Él dio un paso hacia atrás, conmocionado de pronto por el terror que le infundí con tan sólo verlo fijamente.

 

—¿O vas a objetar? —pregunté con malicia.

—N…no. —Fue lo único que me respondió, antes de darse la vuelta y volver al sitio desde donde nos vigilaba.

—Gracias —musité, disfrutando el hecho de que aún puedo infundir miedo en el corazón de mi enemigo con tan sólo mirarlo.

 

Kiyoshi se sentó a mi lado, poco después los demás estaban sentados en el suelo también. Luego de tres horas, la situación no había avanzado ni un ápice. Ya pasaba del medio día y todos estábamos hambrientos. Una niñita lloraba sin parar y sus berridos estaban a punto de hacernos enloquecer.

 

De pronto uno de los rehenes se levantó y caminó hacia el tipo que nos vigilaba. 

 

—¡Detente idiota! —exigió el ladrón apuntándole al pecho con su rifle.

—Joven —dijo el rehén, que era un hombre de mediana edad con un porte bastante digno—. Tengo una pequeña petición que hacerle.

—¡¿Qué quiere?!

—No mucho, sólo salir de aquí.

 

Acto seguido el hombre sacó un cuchillo y apuñaló al ladrón justo en el pecho. Todo fue tan rápido que no pude menos que admirar al señor. Nunca maté por placer, lo hice por necesidad, aunque eso no me justifica, y realmente hay ocasiones en las que acabar con un enemigo me hace sonreír. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer la destreza de otros asesinos. Este hombre, que parecía más bien un padre de familia que un asesino, había matado con toda la serenidad del mundo. 

 

Después de eso todo pasó en un instante.

 

Viendo a su camarada muerto, los demás asaltantes comenzaron a dispararle a él. Una balacera se desató, haciendo que todos los rehenes se tiraran al suelo otra vez. Los oficiales de policía apostados afuera seguían sin hacer nada. 

 

Por fin, los ladrones pararon el tiroteo. Levantaron la mirada, esperando ver el cadáver del hombre. Sin embargo, para sorpresa de todos los presentes, nadie había muerto. 

 

Los infelices se habían puesto a disparar sin pensar en los demás rehenes. En su línea de tiro estaban una mujer embarazada, un niño y el hombre al que querían matar. Si sólo hubiera estado el hombre, yo no me habría movido un centímetro, el que a hierro mata a hierro muere, pero los otros dos eran inocentes, así que con mi velocidad sobre humana corrí y los empujé a los tres fuera de la balacera, un segundo antes de que comenzara.

 

La capucha que me ocultaba había caído. Todos me miraron con asombro e incredulidad. El hombre de mediana edad también estaba sorprendido, pero, aparte de Kiyoshi,  era el único que no tenía los ojos a punto de salirse de sus cuencas.

 

—Eres… eres un Oni… ¡Un demonio! —bramó el líder de los ladrones.

—Y tú eres un idiota. Por favor, retírate. —Mis ojos brillaban con un destello maligno. Podía sentirlo, por un instante quería matar otra vez.

 

Pero si ellos se retiraban pacíficamente, yo no tendría razón para segar sus vidas. Tengo mis ideales, a quien no me ataca, no tengo razón para matarlo.

 

—¡Disparen! —ordenó el jefe ladrón.

 

Yo me había asegurado de estar lo suficientemente lejos como para que las balas no dañaran a nadie. Sin pensarlo dos veces esquivé la ráfaga de disparos y comencé a deshacerme de ellos uno por uno. Aún sin magia, superarlos no fue nada complicado. 

 

Corrí y me coloqué detrás de uno de ellos. Le di una patada en las pantorrillas y lo hice doblarse hasta caer. Luego le arrebaté el rifle y le asesté un golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente. 

 

Me escudé detrás de una columna del edificio. Ya había visto cómo usaban las armas, y había investigado en internet sobre las armas de este mundo mucho antes de eso, así que me preparé para disparar. Iba a tirar a matar, pero justo antes escuché una voz:

 

—¡Adara-san! —Kiyoshi gritaba para hacerse oír por encima del ruido del tiroteo—. ¡No lo hagas! No los mates, por favor. 

—¡Ashg! ¡Maldita sea, Kiyoshi! —Fue todo lo que respondí.

 

Para no decepcionarlo, disparé a los ladrones en zonas no vitales. Ellos eran siete, menos su otros dos compañeros, uno muerto y el otro desmayado, cinco, así que en un par de segundos ya estaban todos en el suelo, retorciéndose de dolor. 

 

Cinco disparos certeros a la pierna izquierda, justo por encima de la rodilla. Suficientemente dolorosos como para hacerlos caer. Para asegurarme disparé otras cinco veces: una bala más para cada uno, pero está vez en el hombro derecho. En este punto, definitivamente se rindieron. Todos los presentes, menos Kiyoshi y el hombre de mediana edad, me miraron incrédulos. Me encogí de hombros y les mostré a todos una sonrisa coqueta.

 

—Ya salgan de aquí —les dije.

 

En ese preciso momento, la policía entró y, al verme con el arma en la mano, empezaron a gritarme órdenes.

 

—¡Suelta el arma! ¡Manos arriba! ¡Al suelo!

 

Los miré un poco alarmada, terminar en la estación de policía podría causarme problemas. Solté el arma, pero no hice lo demás que me ordenaron. Busqué a Kiyoshi con la mirada y lo vi acercándose al oficial al mando, pero antes de que él pudiera inventar alguna excusa…

 

—Yo estoy a cargo ahora. —El hombre de mediana edad se acercó y le entregó al oficial a cargo una tarjeta.

 

El oficial abrió los ojos, sorprendido, al ver el nombre en la misma. 

 

—Entiendo —musitó el oficial— ¿Pero qué pasó aquí?

—Yo maté a ese otro sujeto —contestó el hombre de mediana edad—, ella nos salvó a ellos y a mí de morir baleados —añadió señalando a la mujer embarazada y al niño.

—Es cierto —confirmaron los aludidos al unísono.

—Ya veo —murmuró el oficial—. Entonces lo dejo en sus manos. 

 

El policía a cargo se alejó y comenzó a coordinar la evacuación de los rehenes. 

 

—No me gusta nada de esto —me dijo Kiyoshi.

Esto no ha terminado —sentenció una voz a nuestras espaldas. Era el hombre de mediana de edad—. Ustedes dos vienen conmigo. 

—¿De qué habla? —le espetó Kiyoshi—. Usted acaba de decir que ella los salvó. A todos nosotros de hecho. —Su voz seguía tan imperturbable como siempre, pero me di cuenta de que compartía mi incertidumbre.

—De eso no tengo duda, pero ningún ser humano normal sería capaz de moverse a semejante velocidad. Vendrán conmigo —afirmó resuelto.

—¿Tiene alguna clase de autoridad a la que debamos someternos? —cuestionó mi amigo con su voz calmada y neutra.

—Se ve que eres un muchacho inteligente —respondió el otro, burlón—. Por supuesto. —Le extendió la misma tarjeta de presentación a Kiyoshi—. Represento a una unidad de fuerzas especiales del país. Muy especiales, debería añadir. Tengo todo el apoyo del gobierno, no creo que huir sea prudente.

 

Él tenía razón, no lo era. 

 

Ya había pensado en ello, pero no me decidí porque no quería meter en más problemas a mi amigo. Escapar sería muy sencillo para mí, aun con los oficiales de policía cubriendo el perímetro, pero no podría hacerlo con Kiyoshi. Él no podría llevarme el paso, y si el hombre frente a nosotros ordenaba a los demás que dispararan, probablemente mi amigo acabaría herido o muerto. No había una salida trasera, ni una ventana abierta… Hice todos esos cálculos apenas el hombre nos había hablado. Era más que obvio que escapar en ese preciso momento no sería posible, al menos para ambos. Decidí esperar.

 

—Iremos con usted —me resigné, delante de la mirada preocupada de mi amigo.

—Excelente, pero, por si acaso —mostrándome una sonrisa malvada, el hombre sacó un cuchillo y tomó a Kiyoshi como su rehén—. ¿Sabes? Los cuchillos tienen algo que las pistolas no: puedes sentir la muerte más cercana, más familiar.

 

Aborrecí al maldito. No era un enemigo invencible para mí, pero la vida de mi amigo estaba en sus manos, así que lo seguí.

 

Caminamos hasta una calle lateral, a unas nueve manzanas del Banco. El lugar estaba atestado de gente, lo que me impedía apartar al hombre de mi amigo. Respiré profundo, calculando el mejor momento para actuar y matar al infeliz. 

 

Un auto llegó y se estacionó justo frente a nosotros. Había menos gente en el bordillo. El hombre soltó un segundo a Kiyoshi, lo suficiente para que yo pudiera atacar. 

 

Me abalancé sobre y le arrebaté el cuchillo. Le estrellé la cara contra el capó y me retiré al verlo inconsciente. Tiré de mi amigo para comenzar a correr, pero de pronto la puerta del coche se abrió con fuerza, golpeándome por completo y haciéndome retroceder. Solté la mano de mi compañero en el retroceso. No me caí, pero entonces sentí como una fuerte onda eléctrica recorría mi cuerpo. No me paralizó, no tenía la fuerza suficiente como para eso, pero si me hizo trastabillar de nuevo. 

 

Me lancé hacia atrás, ampliando la distancia entre mi agresor y yo. El sujeto que había salido del auto me había disparado con un arma eléctrica, y ahora sostenía a Kiyoshi, apuntándole a la sien con una pistola.

 

—Tonta, ríndete  —me ordenó—. Si sigues tu amigo morirá. 

 

Iba a replicar cuando sentí que algo se me acercaba por detrás. Justo a tiempo me quité de en medio y el golpe que iba dirigido hacia mí lo recibió el aire. Un sujeto unos cincuenta centímetros más alto que yo, arremetió contra mí. 

 

Le devolví el golpe y se lo asesté en la cara, con todas mis fuerzas. Escupió un diente, bastante sorprendido además. Imagino que no esperaba tanta fuerza de mi parte. 

 

Estaba lista para acabar con ellos y liberar a mi amigo, pero un tercero se levantó contra mí: el hombre de mediana edad. Se había recuperado lo suficiente como para dar pelea. Debí haberlo matado con su propio cuchillo. Me miró con odio, ese odio asesino que conozco tan bien.

 

Entonces medité en mi situación con más claridad: no podía hacer nada, si trataba de pelear, le dispararían a Kiyoshi.

 

—¡Desgraciados! —rugí impotente.

 

Subieron a Kiyoshi al auto, detrás de él subió el sujeto que seguía apuntándole con el arma. De dónde tú y yo venimos, no tenía a nadie que me importara, nadie podría chantajearme jamás, pero aquí tengo a mi amigo, al chico que me salvó la vida. Un peligroso talón de Aquiles. 

 

Estaba por rendirme, cuando apareciste de la nada.

 

Tus movimientos fueron tan fluidos y elegantes… te lo agradezco. No sé qué quieren esos sujetos, pero no voy a detenerme hasta recuperar a mi amigo. Dices que los conoces y que puedes ayudarme. Ya me dijiste que sabes dónde están, ¿qué estamos esperando? ¡Vamos a rescatarlo!

 

 

Vladimir se miró en el espejo del gimnasio. Admiraba su delgada, pero bien tallada, figura masculina. 

 

Era alto, pero no excesivamente: llegaba al metro ochenta y cinco. Tenía el cabello plateado brillante largo hasta debajo de sus hombros, aunque solía llevarlo atado en una coleta a la altura de su nuca. Poseía una mirada profunda, que podía tornarse fría como la antártica o caliente como el mismísimo infierno. Uno de sus ojos era azul, oscuro como el océano a la luz de la luna, el otro era gris, frío como el hielo. Su sonrisa era seductora y llamativa: dos colmillos sobresalían de ella. Con su piel pálida y su porte elegante, aparentaba una edad entre el principio y la mitad de los cuarenta años. Aunque tenía más, muchísimos más. Con sus ojos, que parecían místicos debido a su heterocromía, había contemplado el paso de los siglos, dando origen a una de las leyendas que los humanos tanto admiraban y temían. 

 

Él era un Vampiro. El primer vampiro que la Tierra había conocido. De hecho, él había dado a conocer el término en este mundo, muchos siglos antes de que el autor de Drácula siquiera soñara con el personaje.

 

Caminó hacía la calle, respirando a pleno pulmón mientras los rayos del sol de la mitad de la tarde le daban directo en la cara. Esto le hizo gracia. 

 

«Los humanos creen que los vampiros morimos por un poco de sol… Admiro tanto su ingenuidad», pensó.

 

Recorría el mismo camino de todos los días, dirigiéndose a la biblioteca en el centro de la ciudad, cuando de súbito sintió algo: la presencia de un ser no humano. Miró en derredor suyo y fue cuando la vio: una criatura de su mundo, justo en la calle de enfrente. Al principio se sintió confundido, ella parecía una ninfa, pero extrañamente, era morena y tenía el cabello rojo; luego rió para sus adentros, al parecer había nacido otra ninfa lobo. Siguió observándola y vio que estaba en un aprieto: los tipos de la organización a la que él tanto odiaba estaban tratando de capturarla.

 

«Estos malditos siguen molestando a todos los exiliados que llegamos aquí», se dijo a sí mismo con frustración. 

 

Con una sonrisa mitad malévola, mitad seductora, cruzó la calle, pasó desapercibido entre la multitud y en un instante se lanzó a la acción.

 

Agarró al tipo más grande por el cuello y lo levantó, como si de papel se tratará,  lo lanzó contra el parabrisas de un auto que estaba en la otra calle; el hombre no volvió a levantarse, aunque seguía medio vivo. 

 

Muchas personas se habían reunido desde hacía rato para mirar, pero ninguno se había atrevido a intervenir porque la chica a la que estaban atacando se veía muy distinta a ellos, y porque los atacantes estaban armados. 

 

«Los humanos son unos malditos cobardes racistas», se recordó el vampiro.

 

Con la misma facilidad con la que había hecho volar por los aires al grandulón, tomó al hombre de mediana edad que estaba frente a él y lo estrelló contra el pavimento, la frente del hombre sangraba mientras yacía allí, inconsciente. Había hecho todo con una especie de gracia en sus movimientos, como si estuviera interpretando un vals en lugar de estar machacando a esos tipos. Además, había actuado tan rápido que a penas los hombres se dieron cuenta de lo que pasaba.

 

El último sujeto estaba ya dentro del auto, encañonando con su pistola a un jovencito. Arrancó con un chirrido de neumáticos y el auto se perdió de vista al doblar la esquina a una velocidad vertiginosa.

 

—Ven conmigo —le dijo él a la joven morena a la que acababa de rescatar.

—Kiyoshi… —Fue todo lo que ella murmuró. Luego se giró hacía él y lo vio a los ojos.

—Vamos —le apremió—. Tienes que ocultarte.

 

La chica se sorprendió al instante, él acababa de hablarle en un idioma que no oía desde hacía meses: el lenguaje de las ninfas.

 

—Sí —respondió ella en el mismo idioma—. Gracias.

 

Y acto seguido corrieron calle abajo, perdiéndose entre la multitud.

 

—Así es —confesó—. Soy una híbrida de ninfa y hombre lobo. 

—Ya veo. Interesante combinación —dijo con una sonrisa.

—Ahora ya sabes todo Vladimír. Acabas de decirme que sabes dónde están. Kiyoshi es mi único amigo en este mundo, tengo que ir a rescatarlo.

—Es Vladimir, querida, sin el acento al final. Pero antes, repíteme lo que te dije, necesito saber que entiendes a lo que te enfrentas.

—Está bien —suspiró Adara—. Los sujetos que tienen a Kiyoshi son agentes del gobierno que se dedican al estudio de seres sobrenaturales. Guardan todo en secreto, pues la mayoría de los exiliados de nuestro mundo han terminado aquí a lo largo del tiempo. Nos atrapan, torturan, experimentan con nosotros y están obsesionados por obtener nuestro poder. Se denominan así mismo como la O.A.S.T: Organización contra Amenazas Especiales, un nombre bastante idiota a mi parecer. En este preciso momento deben estar torturando a Kiyoshi para sacarle información sobre mí. Son realmente poderosos y pueden hacernos frente gracias al armamento que poseen. Por cien años has estado saboteando sus planes, por lo que sabes dónde están sus instalaciones. ¿Contento?

—Sí —respondió él con una sonrisa más amplia.

—¡Entonces vámonos!

—No.

—¿Por qué?

—Si vamos inmediatamente, seguro nos atraparan, nos deben estar esperando.

—Pero…

—Además, tienes que entrenar tu magia para poder derrotarlos, ya sabes que nos superan en armamento,  y están en su terreno.

—¿Mi magia? Pero si es imposible usar magia en este mundo.

—¿En serio? ¿Cómo crees que pude llegar hasta ti con tanta facilidad?

 

Adara lo vio todo claro en una fracción de segundo. Vladimir se había acercado, nadie lo había detenido, ella lo veía como vampiro, pero los demás…

 

—¡¿Estabas usando magia de metamorfosis?! —preguntó desconcertada.

—Por supuesto, querida niña. ¿Cómo pasaría, si no, tan tranquilamente entre los demás transeúntes? Aunque, el hechizo es distinto en este mundo, sólo oculta mi apariencia a los humanos, mis compatriotas pueden verme tal como soy.

—Pero me dijeron que usar magia era imposible…

—Los mismos que te exiliaron.

 

Nuevamente todo se iluminó para Adara. Tal como siempre lo había hecho, su madre le había mentido por última vez al decirle que en este mundo no tendría poderes.

 

—Entonces por eso… mi transformación de lobo sigue sucediendo… —murmuró.

—Así es, querida niña. Imagino que puedes cambiar a una forma de licántropo. Pues, ya que estamos en el mismo universo, el uso de la magia también se extiende a este planeta —le explicó Vladimir—. Hace cientos de años, aún quedaban humanos que sabían cómo usarla, pero en este mundo todos los que poseían algo de ese poder fueron condenados a muerte, y así el poder mágico de la Tierra casi desapareció. Sin embargo, la conexión mágica sigue presente incluso hoy, y así es como el portal puede abrirse en este mundo, es lo que me permite usar mi magia, pero sólo con la mitad de su poder esotérico, y desgatando el doble de energía física. Además, el poder de esta luna es tan vasto como el de las lunas de nuestro mundo. Por eso puedes transformarte durante el plenilunio. Es durante esos tres días, ¿cierto?

—Sí, durante los tres días que dura la luna llena. 

—¿Lo ves? —El vampiro sonreía—. Lo único que debes hacer para obtener tu magia otra vez, es reconectar con tu poder. Al pasar por el portal, la conexión con tu energía del Prisma, o energía esotérica, fue interrumpida, pero aún sigue dentro de ti. Para poder recuperarla tienes que entrenar muy duro. Practicando tu magia como si fuera la primera vez. ¿Eras fuerte allá? —le preguntó refiriéndose a su planeta natal.

—Sí, por eso me exiliaron. Usé los hechizos prohibidos. Ocho de los diez que existen.

—Vaya, vaya —dijo él ampliando su sonrisa, asombrado—. ¿Así que usaste casi todos los hechizos prohibidos y no moriste? —Sus ojos brillaban—. Me sentiré muy honrado si me permites convertirme en tu sensei.

—¿Mi sensei? —preguntó ella, confundida—. ¿Por qué? —Notó el brillo de aquellos ojos de color distinto y sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo, a ella, La Hechicera Escarlata—. Dime, ¿quién eres realmente? ¿Qué hiciste para terminar aquí?

—Yo, mi querida niña  —contestó él con su enorme y orgullosa sonrisa—. También me volví demasiado poderoso… Soy el creador de los diez hechizos prohibidos.

 

 

Kiyoshi inhaló profundo. Usó cada ápice de la fuerza que le quedaba para absorber todo el aire que podía, en esos breves segundos en los que sacaron su cabeza del agua helada. El aire le quemaba los pulmones, pero aun así era un alivio. Estaban torturándolo, tal y como Adara temía.

 

El agente de la O.A.S.T, Katsuro Nakamura, el hombre de mediana edad (quien sobrevivió de milagro), sumergía la cabeza del joven japonés hasta que este sentía que estaba a punto de ahogarse, para luego sacarlo y preguntarle sobre la chica que no era de este mundo. El muchacho ya estaba exhausto, por culpa de ese ciclo interminable de interrogatorio tortuoso, seguido de su respuesta negativa.

 

—Contesta de una vez y ahórrate todo este sufrimiento —le sugería Nakamura—. Vamos chico, hazte un favor. Ella ni siquiera es humana, no tienes porqué protegerla. Sólo dime en dónde está.

—No lo sé —repitió la victima de aquella tortura por millonésima vez en la semana—. No conozco al sujeto con el que escapó.

—Bien —dijo el agente mientras se levantaba, dejando al muchacho derrumbado en el suelo de aquella lúgubre habitación—. Serás considerado un traidor a tu patria. Iras a prisión y me aseguraré de que te asesinen allí. —Su mirada estaba cargada de odio—. ¡Llévenlo a su celda! —les ordenó a sus subordinados, que aguardaban en el umbral de la puerta—. Hoy no habrá comida para este infeliz.

—Tú… —murmuró el jovencito— no puedes seguir haciéndome esto. Tengo derechos.

 

Una carcajada maligna resonó contundente por todo aquel lóbrego cuarto. El agente Nakamura reía cruelmente ante las palabras del chico.

 

—Eres un verdadero imbécil. Llevas ya siete días aquí,  ¿y aún no te das cuenta? Ella te ha abandonado muchacho. Mientras haces hasta lo imposible por protegerla, ella ni siquiera ha intentado venir por ti. He sometido tu cuerpo y tu alma a un dolor terrible, ¿no lo entiendes? Soy intocable, soy poderoso. —Sus ojos negros delataban su locura—. Tus derechos no valen nada aquí, y tu amiga no vendrá para salvarte de este sufrimiento.

 

Entonces todo se volvió blanco para el chico. Luego pasó de blanco a rojo y de rojo a negro. El agente le había dado un golpe en el estómago, uno tan contundente, que Kiyoshi se desmayó al instante. 

 

—Arrástrenlo hasta su suite personal —ordenó Nakamura con sarcasmo.

—¡Sí señor! —respondieron al unísono los matones que le seguían.

 

Arrastraban el cuerpo del muchacho hasta la entrada, cuando un estruendo que venía de afuera los sorprendió. La alerta roja comenzó a sonar y el ajetreo en los alrededores se volvió palpable, aun para ellos que estaban en lo más recóndito de las instalaciones.

 

—Halcón negro, responde. Halcón negro, tenemos una situación —decía una voz a través de la radio que colgaba de la cintura de Nakamura—. Estamos bajo ataque.

—Aquí Halcón negro. ¿Qué sucede?

 —Agente, estamos siendo bombardeados por dos seres sobrenaturales, una chica morena pelirroja y el “Demonio Plateado”. ¡Nos atacan con fuego! No podemos repeler…

—¿Hola? ¡Contesten, maldita sea!

 

La comunicación se cortó. Al otro lado de la línea sólo se escuchaban ruidos ininteligibles. Nakamura estaba alarmado, ya sabía quiénes los atacaban. La joven extraña a la que había querido sumar a su colección no lo asustaba, pero el “Demonio Plateado” sí. Ese era el nombre clave para el ancestral vampiro (que no usaba su hechizo de metamorfosis cuando peleaba contra ellos). Durante años habían intentado atraparlo, sin éxito. Cientos de agentes habían muerto a manos de ese demonio. Su fuerza y agilidad eran incomparables. Por eso era el único enemigo al que el agente le temía. Y aunque ya tenían los medios para destruirlo, al parecer sería más difícil  (por no decir imposible) ahora que venía acompañado.

 

—Ustedes dos  —les ordenó a sus lacayos—. Cierren la puerta y colóquense como guardias afuera.

—¡Sí, señor! —afirmaron.

 

La pesada puerta de acero de la habitación de tortura se cerró, los dos agentes se apostaron afuera, custodiando la entrada. El estruendo llegaba hasta los oídos de Nakamura, erizándole la piel. Mantuvo la calma, arrastró al chico hasta la pared de fondo y se colocó frente a él, apuntándole a la cabeza con su arma.

 

—Morirás…  —le susurró el muchacho que apenas había recuperado la consciencia. Una sonrisa despiadada, como nunca antes había mostrado, surcaba su rostro.

—¡Cállate, gusano!

—Deberías temer… Ella es… implacable.

—He destruido a todos los que son como tu amiguita y… 

 

No pudo terminar. Del otro lado de la puerta llegaban los alaridos de temor y furia de los agentes que la vigilaban. Disparos se escuchaban, seguidos de gritos que parecían provenir de una bestia enloquecida.

 

—¡Kiyoshi! —gritó una voz femenina, que el chico conocía bien.

—¡Aquí estoy! —exclamó el muchacho con las pocas fuerzas que le quedaban.

—¡Cállate! —le exigió el agente, dándole un puntapié.

 

Pero ya era tarde, a pesar de que el grito del chico no había sido más que un sonido gutural y agudo, su amiga lo había escuchado. Lo que significó la perdición para los agentes que quedaban, es decir, Nakamura y sus dos subordinados.

 

De pronto, la pesada puerta de acero se abrió, o en realidad, medio salió volando y quedó colgada sobre uno de sus goznes, doblada por la fuerza de la explosión. Los dos hombres que habían estado apostados afuera vigilando, yacían calcinados a ambos lados del umbral.

 

—¡Retrocede! —bramó Nakamura mientras enterraba el cañón de su arma en la sien de su víctima—. ¡Alto o le vuelo la cabeza de un tiro!

 

Ella se detuvo y lo miró. La sed de sangre en su mirada superaba a la de cualquier ser que el agente había visto antes. Sus ojos, blancos como la nieve, irradiaban un brillo asesino irrefrenable, vasto y arrollador. El hombre de mediana edad sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero se mantuvo firme en su posición, su años de entrenamiento y maldad no se irían por la borda simplemente.

 

—Adara-san… —susurró el joven japonés.

—Tranquilo Kiyoshi —musitó ella, con una calma glacial que sólo auguraba un terrible final para el torturador; una media sonrisa decoraba su rostro, dejando entrever uno de sus colmillos—. Aplastaré a esta cucaracha, y tú y yo volveremos a casa.

—Eres osada niña, pero…

 

Las palabras del agente de mediana edad quedaron para siempre sin acabar. La joven hibrida le arrancó la cabeza de un tajo. Su hechizo: Ráfaga de plata (que había conjurado antes de entrar), funcionó impecablemente. Ella se dirigió hacia su amigo con total tranquilidad, lo subió a su espalda y lo sacó de aquel sitio infernal. 

 

Por el camino hacia la salida, el chico pudo observar los estragos de aquel torrente de destrucción y muerte que se había desatado sobre las instalaciones. Cadáveres quedaban a la vista por todos lados, en las posiciones más grotescas y desagradables, que proclamaban cómo habían muerto aquellos pobres diablos.

 

—Adara-san… 

—Lo sé. Es terrible, pero te aseguro que no tuve alternativa, mediar con ellos habría sido imposible. Además, no conozco otro camino. Lo siento Kiyoshi, pero esta es mi forma de hacer las cosas. Lamento no haber venido antes, pero tardé más de lo esperado en recuperar mi magia. Te daré todas las explicaciones después, ahora, duerme. 

 

Ella presionó la carótida de su amigo, y este cayó inconsciente.

 

 

Al despertar, estaba de vuelta en su hogar. 

 

Era de noche, la luz de la luna creciente entraba a raudales por la ventana. Se sentía cansado, no, más bien exhausto, adolorido y hambriento. La cabeza le daba vueltas, los pulmones le ardían y tenía fiebre. Pensó en lo que había visto: muerte, horror, destrucción, impiedad… cosas que creyó que nunca vería. La devastación de una guerra en pequeña escala. 

 

Luego pensó en todo lo que había sufrido, todo lo que le habían hecho aquellos hombres, no, no habían sido hombres. Fueron monstruos los que hicieron pasar electricidad por su cuerpo. Los que lo golpearon hasta dejarlo medio muerto, los que le hicieron pasar hambre y sed hasta el delirio… Los que trataron de quebrar su alma y su espíritu en sólo una semana. Una organización que aprobara todo aquello no merecía piedad. No eran dignos de ninguna misericordia, debían ser exterminados. Debían pagar por sus pecados.

 

—No merecían piedad. —Escupió sus palabras con odio ferviente, un sentimiento nuevo para él.

—Así es —corroboró una voz femenina que se levantó de un asiento cercano para llegar a la cama, junto a él—. No merecían piedad.

—Adara-san —pronunció su nombre como si de un bálsamo se tratara.

 —Kiyoshi —dijo ella con profundo cariño—. Por favor perdóname.

—¿Perdonarte?

—No fui a salvarte a tiempo. No pude evitar que te hicieran daño. Yo debí haber ido antes, pero…

—Tranquila —le susurró él con ternura, cortando su caudal de arrepentimiento—. Salvaste mi vida de nuevo, no tienes porqué disculparte.

 

Ella lo miró, estupefacta. Esa serenidad que él transmitía seguía allí, a pesar de todo el dolor que había sufrido.

 

—Ya veo —sonrió—. Gracias Kiyoshi. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, te prometo algo: nunca más permitiré que te hagan daño… Quiero presentarte a alguien. Es quien me ayudó a rescatarte.

—Un placer, jovencito —dijo el vampiro mientras salía de las sombras y se aproximaba al lado del herido—. Para muchos, soy la encarnación del mal, pero prefiero que me veas como un poderoso aliado. Me llamo Vladimir Dostoil —se presentó con una reverencia.

—El placer es todo mío, Dostoil-sama —afirmó el muchacho, reverenciando a su vez.

—Vladimir es un vampiro de mi mundo —explicó la ninfa lobo—. Me enseñó que aquí también puedo usar mi magia, tal como él lo hace. Sin su ayuda no podría haber vencido a esos tipos y mucho menos habría obtenido esto. —Ella sacó triunfal una memoria USB del bolsillo de su chaqueta—. Son las grabaciones de todos los interrogatorios con tortura a los que te sometieron. También tenemos evidencia de que la O.A.S.T violó tus derechos y los de muchas otras personas. Lo que nos lleva a las noticias de las nueve —sonrió triunfal al momento que encendía el televisor de la habitación.

 

En otras noticias —decía la reportera—. Un caso de violación a los derechos humanos salió a la luz está mañana, cuando el primer veredicto de la corte fue desmantelar las instalaciones de la organización secreta llamada O.A.S.T, Organization Against Special Threats. Gracias a las evidencias recaudadas por el equipo de investigación del bufete de abogados: Dostoil, Hayate, Reizo y Chôkichi, el cierre de esta organización fue realizado sin mayores inconvenientes. Se les acusa de los siguientes cargos: tortura, extorsión, malversación de fondos, violación a los derechos civiles, agresión, intento de homicidio, homicidio en primer y segundo grado, fraude, entre otros. Las evidencias fueron contundentes para el caso y se ha procedido a la detención de todos los implicados. El caso fue llevado a tribunales hace dos días, por el mismísimo dueño y socio de la firma: Vladimir Dostoil.  Su cliente y víctima de las agresiones: Kiyoshi Takahashi, un joven universitario, está en su hogar. Su pronóstico es reservado, pero se rumorea que está en estado crítico. El gobierno ha negado toda relación con esta organización y…

 

Adara apagó el televisor al llegar a esa parte, se volvió hacia su amigo y con una sonrisa le habló.

 

—Ya no tienes nada qué temer Kiyoshi. Estas a salvo, Vladimir y yo nos aseguramos de ello. No, no digas nada. No tienes que agradecernos. Ahora lo más importante es que sanes y comas. Estuviste tres días inconsciente. Ya es hora de que repongas fuerza.

 

Adara, Kiyoshi y Vladimir cenaron aquella noche, todos juntos. Por fin los más jóvenes del grupo podían darse un respiro, aunque no por mucho tiempo.

 

 

Querido amigo. Sé que debes estar confundido en este preciso momento. Te hice una promesa: no dejaré que nada malo te pase; voy a cumplirla. Sin embargo, si me quedo contigo sólo te provocaré más dolor y sufrimiento. Todo el daño que te causaron fue por mí. Es mi culpa que sufrieras tanto. No puedo perdonármelo, por eso me iré. Se me rompe el corazón, pero no me queda más alternativa. Por tu bien, debo abandonarte. Te agradezco todo lo que has hecho por mí, tu bondad ha sido el alivio más grande que yo haya experimentado. Pero, un mal se aproxima, una batalla por la supervivencia de tu mundo. No quiero que salgas lastimado, así que te dejaré atrás. Por favor perdóname, Kiyoshi.

                                                                                                               Te quiere: Adara.

 

Kiyoshi leyó la carta que Adara había dejado en la mesa de noche junto a su cama. Había pasado una semana desde que había despertado, ya se encontraba mejor, pero ahora sentía que su corazón se estaba rompiendo en pedazos.

 

—¿Por qué? —murmuró.

 

Pero el silencio de la impasible mañana fue todo lo que obtuvo por respuesta.