Adara: La Hechicera Escarlata

Capítulo 4: Batalla por una oportunidad

Oscuridad.

 

Todo a su alrededor era una oscuridad absoluta y aterradora que la engullía. 

 

De pronto una luz brilló al fondo. Era como la débil llama de un fosforo. Se acercó a la luz, y a medida que lo hacía esta crecía y crecía, hasta que se convirtió en un claro rodeado de oscuridad donde se veía una escena aterradora: El rey Volk de bruces contra el suelo, con las manos atadas a la espalda, suplicaba por su vida.

 

Se escucharon pasos, pisadas fuertes y potentes, resonando en medio de la oscuridad, acercándose poco a poco; el golpeteo de los tacones de una mujer.

 

El rey Volk alzó la vista y con terror observó a aquella mujer sostener una espada frente a su cara. Halia la emperatriz sonreía mefistofélicamente mientras se colocaba detrás del que alguna vez fue su amante y tomaba la espada con ambas manos, dispuesta a segarle la vida.

 

—¡No! —gritó ella.

 

Y al instante se dio cuenta de que su madre ya no estaba. Miró en todas direcciones, pero no la encontró. Vio hacia sus manos, ella estaba en su lugar, sostenía la espada, que estaba enterrando en la espalda de su padre, clavándolo en la tierra. La sangre inundó todo a su alrededor, su espada, sus manos, su vestido blanco, su medallón, todo estaba cubierto de la sangre de su padre.

 

—Adara… ¿Por qué…? —preguntó Volk con su último aliento.

—¡No! ¡No!, yo no quería, yo no… ¡Padre!

 

Entonces despertó.

 

Adara miró a su alrededor, estaba asustada y confundida. Lagrimas caían de su rostro mientras sus gritos resonaban al amanecer.

 

—¿Una pesadilla?

 

Se giró y vio al vampiro que era su sensei, estaba mirándola con compasión.

 

—No es nada. Estoy bien. 

 

Mintió. Por su puesto que era algo. Soñaba con ello una y otra vez, era ese mismo sueño espantoso, en el que se reflejaba la culpa que seguía acosándola desde el día en que su padre había sido asesinado; insistía en que ella había causado esa muerte, y la de todo su clan. «Si tan sólo yo me hubiera ido desde un principio cuando las ninfas vinieron a buscarme, solo yo habría muerto» o «Si tan sólo yo hubiera sido más fuerte, habría podido detener a Úlfur». «Si tan sólo yo, si tan sólo yo», se repetía una y otra vez.

 

—Tus gritos habrían despertado a media ciudad, si aún siguiéramos allá. No mientas.

—Te dije que no es nada, déjalo ya.

—Adara. —Vladimir habló con muchísima seriedad—. Si no enfrentas tus fantasmas, por siempre te perseguirán.

—Ya es de día, ¿cierto? Tengo mucho que hacer, así que con permiso.

 

Salió de la habitación y fue hasta el baño, después se dirigió a la cocina. Lo último que quería era un sermón del vampiro. Mientras preparaba el desayuno recordó la primera vez que le había sucedido algo parecido aquí en la Tierra. 

 

Llevaba tan sólo tres días en este mundo cuando la misma pesadilla la despertó. Kiyoshi había salido corriendo a averiguar qué le pasaba. Ella lo había alejado, molesta, haciéndose la fuerte, pero él no se quedó de brazos cruzados. Salió de la habitación, al cabo de unos minutos regresó, con una taza de chocolate caliente humeando en sus manos. Se la tendió y le dijo de la forma más amable posible:

 

—Tranquila, está bien.

 

Aunque aún no hablaba japonés, había entendido perfectamente, y agradecida aceptó la taza. Esa noche volvió a dormir tranquilamente. Sus pesadillas se habían repetido con el mismo resultado varias veces durante los seis meses que vivieron juntos, pero Kiyoshi nunca le preguntó nada, sabía que ella no quería hablar al respecto. 

 

Eso la hizo sonreír, Kiyoshi siempre tan atento y calmado. Luego recordó que ya habían pasado cinco meses desde que se había separado de él y su sonrisa se esfumó.

 

Vladimir y ella desayunaron en silencio. Él le lanzaba miradas profundas, tratando de hacerla hablar, pero la híbrida era demasiado orgullosa para decir nada. Salieron de la cabaña y se dirigieron a un prado solitario. Desde que dejaron atrás al joven japonés se quedaban en este lugar. Entrenaban, Adara se desgarraba los músculos tratando de recuperar por completo su magia.

 

Su magia afín era la magia del agua, la del vampiro era la magia de ilusión, como la de todos los vampiros. Algo que Adara no le dijo a Kiyoshi, fue que todas las razas tenían una magia especifica en la que eran buenos por naturaleza, aunque esto no les impedía usar magia de toda clase. 

 

Los elfos eran herreros por excelencia gracias a su afinidad con el fuego, los ogros especialistas en magia de tierra y los duendes en curación. Aunque las habilidades eran innatas, debían trabajar mucho para desarrollarlas hasta su máximo potencial, así que había individuos más fuertes que otros dentro de la misma raza. 

 

Y luego estaban los híbridos, con dos poderes mezclados en un solo ser, lo que los convertía en criaturas temibles. 

 

Todas las razas, excepto las ninfas, eran libres de casarse con quienes quisieran, pero sabían que si un hijo híbrido nacía de esa unión, se vería obligado a vivir una vida miserable. Todos los despreciaban para ocultar su miedo, ya que un híbrido, dependiendo de los poderes que se cruzaran, podía ser terriblemente poderoso. Así que llevados por el miedo todos se aseguraban de mantener su sangre pura, sin acercarse demasiado a otra especie. Pero siempre hay sus excepciones. El amor… o lo que fuera, era demasiado fuerte en algunos casos y así nacieron varios híbridos.

 

Al final, la mayoría habían sido expulsados de su mundo, y todos terminaron en la Tierra, sedientos de venganza.

 

Así llegamos al motivo del entrenamiento de Adara: Una batalla se aproximaba. 

 

La mayoría de los híbridos que habitaban la Tierra desde hacía mucho tiempo, tenían planeado volver a su mundo para vengarse de todo y de todos. Muchos llevaban siglos en nuestro mundo, otros ya habían muerto, pero ninguno de los que aún vivían tenía tantos años como Vladimir. 

 

—¿Que cuánto llevo aquí? —Había dicho el vampiro tras la pregunta que le había hecho Adara la primera vez que entrenaron, la semana en la que Kiyoshi estaba secuestrado—. Pues llegué en el siglo XI de lo que los humanos llaman después de Cristo. El mundo entonces era primitivo, y aún había hechiceros humanos. El portal no siempre ha estado aquí en Japón, se ha ido cambiando de lugar cada cierto tiempo, aunque ya lleva un siglo en este país. En el momento en que yo caí, el portal daba a algún país de Europa. Recuerdo lo que pasó,  en mi idioma me presenté a unos aldeanos, lo único que les quedó en la memoria fue la palabra “vampiro”. A partir de entonces comenzaron a surgir leyendas en torno a mí. Quisieron matarme, huí, me escondí y con el paso del tiempo los vampiros comenzaron a tomar forma en el folclore humano, hasta que se distorsionó por completo de la realidad. Algunos me adoraban, otros me pusieron como ejemplo de paganismo; fui tachado de monstruo, dios, maldito, muerto viviente, asesino, etc. Un día vieron mi piel quemarse al mediodía, tú sabes que un vampiro puede exponerse al sol, pero no al sol fuerte del mediodía o de verano porque entonces se quema un poco, pero todos dieron por sentado que esa era una debilidad, hasta el punto en que ahora creen que los vampiros nos chamuscamos con un poco de sol. En fin… pues llevo aquí mucho tiempo.

 

Muchas criaturas de su mundo habían acabado igual que Vladimir, dando origen a múltiples leyendas humanas. Los hombres lobo, el abominable hombre de las nieves, el duende al final del arcoíris, etc. 

 

Entonces, un día hacía varios siglos, según le contó a Adara, una hechicera fue exiliada y terminó igual que todos ellos. Ella era poderosa, híbrida de elfina y duende, su nombre era Skapare. Luego de muchos años de práctica, descubrió la forma de abrir un nuevo portal desde este lado, para así poder regresar a su mundo, pero para cuando lo había logrado ya la Tierra carecía de la energía esotérica suficiente.Vladimir le explicó que el poder estaba encerrado en el núcleo terrestre, lo que aún les permitía usar magia, pero ya que era tan escaso, el hechizo que Skapare había ideado cuando aún vivía era tan poderoso que destruiría la Tierra para abrir el portal. 

 

—La única forma —había dicho el vampiro el primer día de haber conocido a Adara— de lograr que el portal se abra es extrayendo todo la energía esotérica del núcleo de este mundo. Apenas quedarían unos minutos para cruzar por el portal antes de que todo el planeta explotara en millones de pedazos. Estos idiotas no se han puesto a pensar en todas las vidas que segaran si hacen eso. En este mundo hay miles de millones de personas, pero no les importa; todo por venganza.

 

Skapare había dejado atrás su legado: el hechizo y una secta de híbridos, llamados “Los Exiliados”, a los que les importaba un comino el destino de la humanidad. Y desde entonces, Vladimir se había dedicado a darles caza a sus compatriotas, y evitar que destruyeran el mundo. A mitad del camino había nacido la O.A.S.T., sumándose como nuevo enemigo suyo, por lo que peleaba contra ellos para proteger a la cantidad de sus compatriotas que no deseaban aniquilar la Tierra. Así que se dedicó a hacerse una vida a la vez que defendía la Tierra.

 

—¿Pero por qué proteges este mundo? —le había preguntado Adara.

—No quiero ver morir a todas estas personas. Soy un sentimentalista empedernido —había dicho con su radiante sonrisa—. Necesito tu ayuda, ya no puedo solo. Te ayudaré a rescatar a tu amigo, pero sólo a cambio de tu apoyo en mi causa. Entonces, querida niña, ¿qué dices? 

 

Adara lo había pensado mucho, al final accedió por un único motivo: salvar a Kiyoshi… y a la Tierra porque era el hogar del joven japonés. Luego de casi una semana entrenando, ella había logrado reconectarse con su poder.

 

—Respira —le había dicho su sensei—. Concéntrate. Sigue en ti, ahí está, sólo tienes que tomarlo. Deja tu mente en blanco, sincronízate con los latidos de tu corazón.

 

Entonces sintió como fluía todo en su interior, como si un fuego fuera liberado de su corazón y le quemara los huesos. Gritó de dolor, pero sonrió, estaba lista. Después usó el tiempo restante para poder conjurar su hechizo asesino más simple: Ráfaga de plata.

 

Abandonaron a Kiyoshi para evitar que se viera atrapado entre el fuego cruzado. 

 

Vladimir era casi tan rico como el joven japonés. Por hacerse una vida, y tener con qué comer y matar el tiempo, había estudiado derecho. Le gustaba ser el centro de atención en medio del estrado. A los ojos de todos, a excepción de Adara, era rubio y su piel era de un blanco razonable, no profundamente pálido. Con los años, había abierto un bufete en pleno Japón. La cabaña donde se alojaban le pertenecía, era amplia y estaba lejos de la ciudad, en lo profundo de un pueblito que quedaba dentro de un valle.  Ahora, luego de esos cinco meses más de entrenamiento, Adara era la mitad de poderosa que había sido antes de su exilio.

 

—Bien, querida niña yo…

—Nunca dejarás de decirme así, ¿cierto?

—Soy por lo menos mil años mayor que tú, estoy en mi derecho —sonrió.

—Está bien —suspiró—. ¿Cuánto falta para que intenten abrir el portal de nuevo?

—La alineación es dentro de un mes exacto. Ese es el tiempo que nos queda.

 

Se refería a una alineación planetaria. Ya que el poder de la Tierra se había reducido tanto, se necesitaba del apoyo de los demás planetas del sistema solar. La alineación funcionaba como un puente que conectaba todas las energías esotéricas de los planetas. Por ello el portal no podía ser abierto sino cada cierto tiempo, mucho tiempo. Algunos sucesos astronómicos, como la conjunción de Júpiter y Saturno, o de Marte y la Luna, habían tenido la fuerza suficiente como para abrir el portal, pero Vladimir siempre había logrado detener a los seguidores de Skapare a tiempo. Sin embargo, cada vez eran más los miembros de la secta, y se fortalecían con el paso del tiempo. El vampiro temía que llegaría el gran momento y él no sería suficiente.

 

—Lo lograremos —aseguró Adara—. Los mataré y toda esta locura terminará.

—Admiro tu entusiasmo, pero no creo que lo logres si aún no eres capaz de darme un golpe —se burló Vladimir—. Ven, es hora de que me demuestres lo que vales.

—¡Ja! Espera y verás.

 

Se pusieron a distancia. El sol de la mañana despuntaba en el cielo.

 

Adara saltó hacia adelante.

 

¡Espada de cristal!

¡Lobo de sombra!

 

La espada de cristal helado de Adara fue absorbida por la ilusión de Vladimir. Sus ilusiones eran tan poderosas, que desbarataban los hechizos de su oponente al contacto, dispersando la magia del mismo, y así la magnífica espada se deshizo en las fauces del lobo negro. Tenían tanto poder, que no necesitaban cantar los hechizos.

 

—Tch… —La aprendiz saltó hacia atrás—. ¡Granizo mortífero!

¡Arco del triunfo!

 

Una vez más, ni la velocidad ni la fuerza de las reacciones de Adara lograron hacerle un rasguño a Vladimir, que se cubrió de la granizada con un arco iris como escudo.

 

—¿Eso es todo lo que tienes? —preguntó burlón—. Creí que eras mejor que eso.

 

Pero ella era todo menos estúpida, nunca caería en una provocación tan simple.

 

¡Rocío!

 

El vampiro la miró desconcertado. Rocío era un hechizo básico de magia de agua, sólo servía para regar las plantas y curar rasguños, o para refrescarse en verano. Un hechizo tan ridículo no serviría de nada. 

 

Sólo eso le bastó a su aprendiz. Ante el desconcierto de su sensei, lanzó un nuevo hechizo. La distracción había funcionado.

 

¡Encierro tsunami!

 

Vladimir esquivó la ola gigante por poco, pero un nuevo hechizo de Adara lo atajó por la retaguardia.

 

¡Oleaje místico!

 

El vampiro cayó al suelo, abrumado por la multitud de olas que lo golpearon consecutivamente. Sonrió, ella era más rápida ahora. Podía conjurar un hechizo tras otro como si nada y era impredecible.

 

¡Prisión iceberg!

 

Él quedó atrapado entre una pequeña montaña de hielo, su cabeza sobresalía de ella. Ya que habían acordado declarar ganador al que atrapara al otro, el combate terminó.

 

—¿Quién ríe ahora?

—No sé de qué te alegras. Con esto quedamos cuarenta y nueve a uno. Ya sé que te encantan los hechizos de hielo, pero ya sácame de aquí.

 

Adara lo miró fríamente.

 

—Tienes razón, es la primera vez en esto cinco meses que te gano —suspiró mientras deshacía el hechizo—, pero aún tengo otro mes para enseñarte de qué soy capaz.

—Me parece perfecto, querida niña. ¿Me permitirías otro duelo? —sonrió ya fuera del hielo.

—No tengo cómo oponerme —dijo ella con una sonrisa.

 

 

—¡Takahashi-senpai!

 

Una linda estudiante de último de preparatoria corrió hasta el joven universitario japonés. Ella era de más o menos un metro sesenta de estatura, piel blanca, pequeños ojos cafés y cabello negro corto hasta las orejas; era prácticamente plana. Se veía extraña en su uniforme de preparatoria, parecía que se había equivocado y que en realidad debería llevar el de secundaria. Era pequeña, inmadura y escandalosa; y como la mayoría de las chicas que conocían a nuestro joven japonés, estaba enamorada de él.

 

Sachiko Akitsu no podía hacer mejor honor a su nombre, era la felicidad encarnada. 

 

—Bue…nos días, Akitsu-san —dijo Kiyoshi, tambaleándose por el abrazo repentino de Sachiko.

—¡Buenos días! —respondió jadeante, con una sonrisa.

—¿Cómo estás hoy?

—Yo estoy muy bien, pero eres tú el que me preocupa, Takahashi-senpai.

—¿Yo?

—Así es —afirmó un joven que apareció por el lateral de la calle.

 

También era universitario. Era un poco más alto que Kiyoshi, tenía el cabello rubio brillante y los ojos amarillos. Era conocido por todos por ser el galán del lugar, y por ser el hijo menor de uno de los más grandes empresarios de la ciudad, y de la que había sido una hermosa modelo británica. Ryūnosuke Arata había sido el mejor amigo de Kiyoshi, hasta que entraron en la universidad y se olvidó por completo de su existencia.

 

—Arata-kun, ¿de qué hablan? 

—¿Ya no me llamas por mi nombre?

—Lo siento, Ryūnosuke-kun, es sólo que hace mucho tiempo que no hablamos.

«Te olvidas de mi un año entero, apareces como si nada, ¿y quieres que te llame por tu nombre? Eres un imbécil».

—Tienes razón, hace mucho tiempo que no hablamos. Por eso le pedí a Aki-chan que te alcanzara y te detuviera un segundo para poder hablar contigo. —Se volteó hacia “Aki-chan” —. Gracias Aki-chan.

—No fue nada —aseguró Sachiko, un poco sonrojada.

 

Ryūnosuke era el típico muchacho por el que las chicas se lanzarían de cabeza. Era guapo y fuerte.

 

—Bueno, hablemos de camino.

—Claro, Kiyoshi-kun.

—Sí, Takahashi-senpai.

 

Siguieron a pie, de camino a sus distintos institutos.

 

—Bien, ¿qué querían decirme?

—Takahashi-senpai, estás muy distante. Desde que… bueno. —Sachiko no se atrevía a continuar.

 

Ryūnosuke suspiró y continúo por ella.

 

—Desde que murieron tus padres has estado distinto, pero aun así seguiste tan alegre como siempre. Y entonces, desde hace un año desapareciste del radar. Dejaste de reunirte con nosotros, de llamar y contestar nuestras llamadas. Hace como ocho meses escuchamos el rumor de que te habían visto con una chica extranjera. Creímos que tenías novia, al fin, así que no dijimos nada; después de todo, cuando te enfocas en algo te olvidas del resto del mundo. En la universidad te veías más alegre y supuse que esa chica debía estar haciéndote muy feliz. Y luego pasó lo del noticiero. Te llamé en cuanto lo vi por televisión, pero no contestaste. Pensamos que necesitarías un tiempo y te dimos tu espacio. Y entonces los últimos seis meses decaíste. Te llamé varias veces y no contestaste, Aki-chan fue hasta tu casa y no la recibiste. Te aislaste por completo y temíamos que algo malo te estuviera pasando.

 

Kiyoshi veía los gestos que Ryūnosuke hacía mientras hablaba. 

 

«No podrías ser más falso Arata-kun, ¿quieres conquistar a Tomomi-san de nuevo?»

 

Satoko Tomomi era la antigua mejor amiga de Kiyoshi. Le había confesado su amor, y ella lo había rechazado, asegurándole que estaba enamorada de Ryūnosuke. Eso le había roto el corazón, pero lo superó. Sin embargo, Satoko era una joven tan sabia como hermosa, y sus expectativas con Ryūnosuke habían sido muy altas. Al ver como dejaba abandonado a su amigo, le terminó. Kiyoshi lo sabía, la misma Satoko se lo había contado hacía poco, ya que ella era la única que lo visitaba cada dos o tres semanas, (cuando Adara aún vivía con él, se metía al closet para evitar ser vista por Satoko).

 

—Ryūnosuke-kun, Akitsu-san, lamento haberlos preocupado. Por favor no se preocupen más por mí. Es cierto que he estado distante, es sólo que necesitaba pensar las cosas. Les agradezco su sinceridad.

 

Lo que Kiyoshi en realidad quería decir era: «Son los dos unos grandísimos idiotas. “Aki-chan” fue sólo una vez a mi casa, y ese día me sentía de lo peor. Nunca volvió. Tú, imbécil, ¿crees que con sólo llamadas es suficiente?, ¿qué clase de amigo tan patético eres? Ni siquiera fuiste tú mismo a verme, mandaste a tu linda lacaya. Ni siquiera sé por qué fuimos amigos en primer lugar. Nunca me escuchabas, siempre me usabas para atraer a las chicas y yo tenía que seguirte a todos lados como un perro. Me harté, par de idiotas. Akitsu-san, estás enamorada de mí, pero no haces más que seguirlo a él a todos lados, ¿qué te prometió?, ¿mi cabeza en una bandeja?, ¿mi alma? Después de lo que viví, al menos deberían haber aparecido en mi puerta, pero no lo hicieron. Me dan asco», pero prefirió guardarse todo eso.

 

Hasta que Ryūnosuke cometió la estupidez de agregar la gota que derramó el vaso.

 

—Nada de eso, estoy molesto contigo por ser tan mal amigo. Nos preocupaste aislándote así. A quien le debes más disculpas es a Aki-chan, la pobre ha estado sufriendo, pensando en lo mal que estás. Debiste ser más considerado y llamarnos para decir cómo estabas, Kiyoshi-kun.

 

Y hasta ahí llegó la compostura de Kiyoshi. Sus maneras de caballero y palabras dulces se esfumaron, quebrándose en pedacitos como su espíritu.

 

—¿Tú estás molesto conmigo? —Sus ojos echaban chispas— ¿Yo debo disculparme? ¿“Aki-chan” es la más afectada aquí?... ¡Ja! Ustedes dos son verdaderamente patéticos. Cuando mis padres murieron, ¿les pedí que me dejaran solo, después del funeral? Cuando entramos a la universidad, ¿te pedí que me ignoraras porque estudiamos carreras distintas? ¿Es todo eso culpa mía? ¿Les pedí que dejaran de llamarme? ¿Alguna vez les dije que no los quería cerca? Me vieron vulnerable y sólo miraron hacia otro lado. Un maldito año tuvo que pasar para que vinieran a acusarme ¡a mí! de ser un mal amigo. Me llamaron un par de veces para limpiar su conciencia. Fuiste a mi casa ¡una sola vez! Akitsu-san. ¡Y tú nunca fuiste a visitarme Ryūnosuke-kun! Me abandonaron, ustedes me abandonaron. ¡Ya sé que estás enamorada de mí, Akitsu-san! ¿Por qué nunca me dijiste nada? Preferiste esperar a que Ryūnosuke-kun me entregara en tus brazos. Eres una idiota, ¡ambos son idiotas! 

 

Kiyoshi los había mirado a ambos mientras hablaba, estaba fuera de sí. Gritaba y gesticulaba con violencia. Su cara enrojeció de rabia y cuando terminó de decirles todo, se dio media vuelta y siguió su camino. 

 

Ryūnosuke y Sachiko lo miraron atónitos, no se esperaban esa reacción de él. Lo que no sabían es que una parte de Kiyoshi había muerto aquel día en el que decidió que los hombres que lo torturaron no merecían piedad. Aquel día en que comprendió lo podrido que estaba el mundo, un pedazo de su corazón se quebró. Desde entonces no era el mismo. Seguía siendo atento y amable, un Ikemen completo, pero ahora una vena de furia latía en su interior. No permitiría que nadie lo pisoteara, nunca más.

 

—Takahashi-senpai… yo…

—Espera Kiyoshi-kun, aún no hemos terminado, escucha…

 

Ryūnosuke calló. La mirada que su antiguo amigo le dirigía no era una mirada normal. Había tanto odio en ella, que ambos “amigos” retrocedieron.

 

Nadie dijo nada más. Kiyoshi avanzó en silencio, alejándose cada vez más de los dos idiotas que lo habían emboscado.

 

Se detuvieron en un semáforo, uno junto a otro. Todos esperaban la señal de cruce para separarse y acabar con esa situación lo más rápido posible.

 

Y entonces sucedió.

 

Una enorme explosión sacudió todo. El humo en forma de hongo ascendía al cielo en la lejanía.

 

—Ese es… —comentó Sachiko.

—¡El parque! —completó Kiyoshi, y se lanzó en carrera hacia allí.

—¡Takahashi-senpai! ¡¿A dónde vas?! ¡Puede ser peligroso!

 

Pero él no escuchó los gritos de Sachiko, sólo podía pensar en una persona.

 

—Adara-san —murmuró.

 

 

Era de mañana y Vladimir aguardaba en un café cercano al parque, el mismo donde Adara había aterrizado de cabeza hacía un año.

 

El parque era un punto en donde la energía esotérica se concentraba. El vampiro lo había sentido, era allí donde tratarían de abrir el nuevo portal. Adara estaba en el último piso de un edificio. Desde allí tenía una vista completa del parque. 

 

—Yo me quedaré en tierra —le había dicho su sensei—, tú subirás y serás mi apoyo desde lo alto como francotiradora. Toma este arco, puedes encantar las puntas de las flechas con algún hechizo de perforación de barrera. Una vez que hayas terminado con los más débiles, bajarás y acabaremos juntos con los más fuertes.

—Bien.

 

Ahora, ella contemplaba todo desde allá arriba. Incluso podía ver al vampiro a las puertas del café. No hace falta decir que la puntería de Adara era más que precisa. 

 

De pronto vio que alguien se acercaba al parque, parecía que venía solo, pero más atrás otros lo seguían. Aunque para el resto del mundo parecían humanos, ella los veía tal y como eran: elfos, mezclados con alguna otra raza. 

 

Se concentró, apuntó… y disparó. La flecha encantada salió a toda velocidad y le dio certera en media espalda al elfo. Cayó, muerto. Sus compañeros no daban crédito a lo que veían, pero lejos de entrar en pánico, se pusieron en guardia, alzando sus barreras mágicas. 

 

Adara sonrió, estaban bien preparados.

 

—Perfecto —murmuró—. Que comience el juego.

 

Uno a uno fue derribando a los elfos híbridos con sus flechas. Su hechizo: Lluvia ácida, podía destruir una parte de la barrera de su enemigo, y ahora que lo había concentrado en las puntas de sus flechas, ninguno se salvaría.

 

Terminó con los cinco elfos y siguió atenta a lo que pudiera venir después. Sonrió, más compatriotas suyos aparecían, saliendo como cucarachas de debajo de las piedras. Siguió disparando. Mató a híbridos de licántropo y vampiro, vampiro y elfo, duende y elfo, elfo y licántropo, ogro y elfo, ogro y vampiro, licántropo y ¡¿duende?! 

 

«Diosas… me pregunto si eso fue amor…».

 

La gente de los alrededores salió huyendo despavorida. Ver un montón de seres extraños aparecer de la nada (porque muertos, se revelaba su verdadera forma, y lo que antes se había visto humano, ahora era un monstruo que había aparecido de repente), era suficientemente espantoso como para que todo el mundo huyera. 

 

Mientras tanto, Vladimir sonreía, feliz de que su aprendiz fuera tan certera, y terminaba de beber su café, cappuccino con dos de azúcar. Ya no quedaba nadie más que los híbridos congregados en el parque, junto a los cadáveres de “Los Exiliados” que Adara había asesinado. 

 

Cuando ya unos doce cuerpos yacían en tierra, una mujer salió de entre los árboles. Ella era hermosa, su piel era morena, pero no tanto como la de Adara, también tenía ojos de lobo, pero de un azul pálido, y su cabello rubio le caía en cascada hasta la cadera. 

 

Adara la miró desde la distancia. «Ella… ella… —No podía creer lo que estaba viendo—… ¡Es una híbrida de ninfa y hombre lobo!».

 

En la mira tenía a la mujer que se hacía llamar Hideaki Homare, la líder de “Los Exiliados”. Ambas compartían la misma mezcla híbrida, pero Hideaki tenía muchos años más que Adara. Disparó, pero la ninfa lobo enemiga evadió su flecha.

 

Entonces vio que Vladimir le hizo la señal. Habían acordado que ante su seña ella bajaría a apoyarlo en tierra. Salió corriendo, bajando las escaleras a toda velocidad. 

 

«¿Por qué no me lo dijiste, Vladimir? No me dijiste que existía otra híbrida como yo». 

 

Mientras tanto el vampiro se acercó a la híbrida líder. 

 

—Buenos días, Hideaki. Es una mañana hermosa. ¿Te molestaría retirarte? No tengo nada en tu contra personalmente, pero si insistes en seguir con esto, no repararé en matarte esta vez —sonrió.

—Como si pudieras hacerlo —replicó la mujer, desafiante—. Acabaremos con esto aquí y ahora, nosotros “Los Exiliados” volveremos para tomar venganza. Tus preciosos humanos son un precio muy pequeño a pagar por esa oportunidad.

—¿Librarás esta batalla, por una oportunidad?

—Así es. ¡Muchachos, hoy volveremos a casa! —anunció levantando el puño.

 

“Los Exiliados” a su espalda gritaron al unísono. Se retiraron y dejaron a Vladimir de pie en medio del parque. Adara llegó junto a él, pero sabía que después tendría tiempo para preguntar, ahora la prioridad era ganar y salvar la Tierra.

 

Se pusieron frente a frente, en posición de batalla. Adara y Vladimir de un lado, Hideaki y unos diez híbridos al otro. Y con una sonrisa del vampiro, todo comenzó.

 

¡Tempestad oscura! —conjuró Vladimir.

 

El cielo encima de “Los Exiliados” se tornó negro, y comenzaron a caerles meteoros de oscuridad pura, a la vez que un fuerte viento los azotaba.

 

¡Lluvia ácida! ¡Escarcha maldita! —Adara no se quedó atrás y lanzó sus hechizos al mismo tiempo que su sensei.

 

Rompió parte de las barreras de sus enemigos como si fueran de papel y pequeños brillos helados cubrieron a sus oponentes, derritiéndoles la piel al contacto.

 

¡Prisión de hiedra! —Hideaki lanzó su hechizo.

¡Terremoto destructor!

¡Luz cegadora!

¡Regeneración bendita!

¡Horno calcinante!

 

Los seguidores de Hideaki tampoco se quedaron atrás y lanzaron sus hechizos más poderosos. Vladimir y Adara quedaron atrapados por enredaderas mientras la tierra debajo de ambos se sacudía, a la vez que el fuego los envolvía y una luz les impedía ver nada. Mientras tanto sus oponentes aprovechaban para sanar sus heridas, pero al instante el vampiro y  la ninfa lobo se soltaron.

 

¡Manada oscura! 

¡Tsunami de hielo!

 

Una manada de lobos negros desbarató los hechizos que los envolvían y el tsunami de Adara barrió con todo a su paso. Hideaki reaccionó rápido, pero varios de sus hombres murieron ahí. No porque fueran débiles, de hecho, en su mundo, con sus hechizos nadie habría quedado de pie. Pero Vladimir era Vladimir, y Adara era Adara, así que estaban en desventaja.

 

Aterrorizados, los híbridos retrocedieron. Hideaki sabía que no huirían, pero dar un paso atrás fue inevitable. De pronto un elfo ogro habló, enfurecido.

 

—No se preocupe, mi señora Homare, acabaré con estos malditos.

—¡Espera Dom!, no…

¡Explosión absoluta!

 

Fue muy tarde, la explosión de Dom la arrojó a lo lejos. Todo en un radio de cien metros ardió con furia. La onda expansiva reventó los cristales de las tiendas que estaban a lo lejos. El humo en forma de hongo ascendió al cielo. 

 

Hideaki se levantó, mareada y aturdida. Su propia “tropa” se había chamuscado con ese hechizo. Los únicos que quedaban eran los que estaban conjurando el portal, a los que se estaban dedicando a proteger. Ellos se mantenían en un círculo, a unos ciento veinte metros de distancia, y gracias a la impenetrable barrera mágica que los cubría no sufrieron daño. Pero aparte de ellos, sólo unos cuatro híbridos e Hideaki quedaban en pie. Dom también había muerto, «Sólo a este estúpido se le ocurre usar un hechizo prohibido con todos nosotros encima». Una risa burlona la sacó de su ensimismamiento.

 

—Vaya —dijo Vladimir—, fue una admirable potencia de fuego. Veo que se aprovecharon de mi investigación. Ya es tiempo de que hagamos lo mismo, esto se ha prolongado demasiado. Es tu turno, querida niña.

¡Odre de Sangre!

—¡No! —Hideaki huyó y se cubrió lo mejor que pudo con un domo de madera sólida.

 

Escuchó a sus hombres gritar mientras los desangraban. Adara había guardado su carta de triunfo, esperando el momento oportuno para usarla. Al ser un hechizo selectivo, podría decidir a quién matar y a quién no, a diferencia de Dom, que se convirtió en un hombre bomba y arrasó con sus propios compañeros. La única debilidad de este hechizo, es que debía lanzarse sobre el objetivo desprotegido, y como todo el tiempo habían tenido una poderosa barrera mágica que sólo había podido debilitar parcialmente, Adara decidió esperar a que desapareciera por completo para dar el golpe final, ya que gastaría el doble de su energía física, (su fuerza corporal), al lanzarlo en este mundo y tendría sólo la mitad de la efectividad; como sucedía con todos los hechizos.

 

Hideaki salió de su domo de ramas encantadas y contempló la escena: Todos muertos, salvo sus enemigos. 

 

Mientras Adara lanzaba Odre de Sangre, Vladimir había destruido la barrera de los híbridos que trataban de conjurar el portal y los había matado a todos, rápido y sin dolor. Era una barrera de dos metros de grosor, insólitamente fuerte (en su mundo, habría sido necesario que al menos un ejército completo cantara el hechizo para mantener algo así), sustentada por el canto continúo de diez exiliados demasiado poderosos que protegían a los otros diez que abrían el portal; pero su hechizo prohibido, Despojo de protección, era de los más poderosos de los diez hechizos y podía atravesar cualquier barrera, matando a los que estuvieran en su rango de acción, pero dejaba al hechicero que lo conjuraba muerto o agotado, dependía de su fortaleza. El vampiro se tambaleó, cayó hacia un lado y vomitó.

 

—Oye.

 

Hideaki se sobresaltó al ver a la híbrida frente a ella.

 

—¡Aléjate de mí! ¡Estallido de…

—Ya basta. —Adara la sujetó del cuello—. Prisión iceberg.

 

La ninfa lobo enemiga quedó atrapada en el hielo, con su cabeza sobresaliendo por un lado,  o más bien, con la parte de su cara de su nariz hacia arriba fuera del hielo, su boca estaba encerrada en el pequeño iceberg.

 

—Eres una ninfa lobo, ¿cierto? Yo también. Es ridículo, pero por alguna razón eso me hace dudar sobre si matarte o no. Por tu bien, convénceme de mostrarte piedad.

 

Adara la miró a los ojos, Hideaki estaba aterrada. Lentamente comenzó a descongelar el hielo alrededor de sus labios, quería escuchar lo que tenía que decir. Ese fue su gran error.

 

¡Tornado maldito!

 

Adara fue arrojada hacia atrás, cuchillas de viento le atravesaron la carne. Hideaki convocó más hiedra y se liberó de su prisión de hielo. Corrió hacia los árboles, aprovechando que su enemiga estaba herida y el vampiro inestable. Nuestra ninfa lobo la miró furiosa, se levantó, el cuarto de los hechizos prohibidos era poderoso, pero ella también. Iba a correr para darle alcance a Hideaki, cuando una voz que no había escuchado en seis meses la llamó.

 

—Adara-san…

 

Se volteó y vio a Kiyoshi detrás de ella, a unos veinte metros de distancia. Estaba arrodillado, sangraba por todos lados y su ropa y cabello eran un desastre.

 

—¡Kiyoshi! —exclamó horrorizada.

 

Corrió hasta él y lo atrapó antes de que se desmayara y cayera por completo al suelo.

 

—Pero ¿cómo? ¿Qué haces aquí? ¿Qué te pasó? ¡Sanación de sangre sagrada! —conjuró el hechizo de curación más poderoso que conocía.

—Yo… estaba detrás… de ti… cuando el tornado… Tch… —tosió sangre.

—¡No!

 

Todo era su culpa, si no hubiera dudado en matar a Hideaki, Kiyoshi estaría bien. Él había llegado justo después de que ella congelara a la ninfa lobo, y luego se vio atrapado por las cuchillas de viento del Tornado Maldito, que le desgarraron todo por dentro y por fuera. 

 

—Adara-san yo… sólo… —Estiró su mano y le acarició la mejilla—. Quería… verte una vez más…—calló, había muerto.

—¡Kiyoshi! ¡Kiyoshi! ¡Por favor, no! ¡Tú no! —Adara lloraba y gritaba por su amigo.

—Tranquila. —El vampiro se aproximó hasta ella, aún se tambaleaba al caminar—. Aún estamos a tiempo de salvarlo.

—Pero ya ha muerto. ¿Acaso puedes revertir la muerte? —preguntó entre lágrimas.

—¿No te he demostrado ya cuán grande es mi poder? Tranquila, querida niña, sólo ten un poco de fe.