Bajo el sol de Kyushu

Capítulo 0: Prólogo

El ruido de los cuatro motores del B29 es ensordecedor. Las turbulencias azotan la aeronave. A diez mil metros de altura hace un frío del demonio.

 

—¡Noventa segundos! —grita el capitán Heartwolf.

 

Después de la derrota alemana en Berlín, Winston Churchill, Harry Truman y Josef Stalin acordaron terminar la guerra en el Pacífico con un contundente golpe final al Imperio de Japón: La Operación Caída.

 

El Mariscal de seis estrellas, Douglas MacArthur, está a cargo. Ahora mismo sobrevolamos la bahía de Ariake con la Vigésima Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Hoy es el día X-5. Mientras nos encaminamos a la isla principal de Kyushu, la armada naval Aliada más grande jamás reunida está tomando las islas de Tanegashima, Yakushima y Koshikijima, al sur. Sin embargo, el día de hoy mucha gente inocente morirá sólo por una fachada. El comando británico ordenó a lo que quedó del Servicio Aéreo Especial realizar una misión suicida tras líneas enemigas. El primer grupo, en otro avión, saboteará las líneas de despegue y suministro de combustible de las aeronaves japonesas, reduciendo así las bajas por parte de ataques kamikaze. El segundo grupo, nosotros, cubriremos el desembarco desde la retaguardia enemiga en Staten beach, minimizando sus fuerzas terrestres.

 

Miro la fotografía de la persona más importante de mi vida: mi pequeña hermana, Elaine. Después del bombardeo de la Luftwaffle a Londres, ella es todo lo que me queda en el mundo. Lucho por ella, porque pueda vivir en paz, sin miedo, sin pena. Nunca quise alejarla de mí, pero si yo no lucho, nadie más lo hará. Incluso si muero, sabré que lo hice para que ella tenga un futuro.

 

Han soltado la primera bomba.

 

La artillería antiaérea japonesa nos golpea con todo lo que tiene. La munición explota en el aire. Me levanto de mi asiento. Mi morral de supervivencia está en mi pecho, mi paracaídas está listo. Reviso una última vez mis armas. Mi fusil de tirador Lee-Enfield está cargado y listo. Enfundo mi controversial Luger alemana en el cinto, es para la buena suerte. 

 

Mi escuadrón y yo nos ponemos en fila, la compuerta se abre. El cielo está teñido de rojo, naranja y amarillo. Las explosiones destrozan mis oídos.

 

—Te veré del otro lado —me dice Samuel Johnson, mi hermano de armas. Es negro, calvo, de ojos agresivos y semblante siniestro.

 

—Más te vale —contesto desafiante.

 

El capitán Heartwolf está al frente de la fila.

 

—¡Señores! ¡Hoy caeremos al infierno!

 

—¡Uyah! —gritamos al unísono. 

 

Maldición, lo que daría por un poco de tabaco. 

 

—¡La luz es verde! ¡Vamos! ¡Ya, ya, ya!

 

Saltamos de dos en dos. La brisa del cielo ardiente calienta mis músculos. Decenas, cientos, miles de explosiones debajo de mí. El capitán no exageraba, es el infierno. Ariake y su cielo arden con furia. Los bombarderos caen ante la munición de artillería. Veo como explota el avión en el que veníamos; un segundo más y todos estaríamos carbonizados. Caemos en la obertura del fin del mundo. Abrimos nuestros paracaídas. No tengo miedo ante la enorme posibilidad de morir en los próximos cinco segundos, lo único que puedo pensar es que voy a vomitar antes de que pasen. 

 

La caída es desesperantemente lenta, pero todo sucede en segundos. Puedo ver los proyectiles dirigirse hacia nosotros. Miro uno en especial, viene justo hacia mí. ¡Con un demonio!, lo que faltaba. Explota antes de alcanzarme.

 

—¡Smith! —me grita Samuel. 

 

Caigo sin control, me he separado del grupo. ¡Maldición! Si sobrevivo a esta, juro que mataré a ese cabroncete de Churchill.