Bajo el sol de Kyushu

Capítulo 1: Viva entre las cenizas

Aiko Yamada y yo salimos juntas de la escuela a la misma hora de todos los días, cuando el cielo ya es naranja, casi rosado. 

 

Ella es mi mejor amiga. Su cabello corto es de color castaño claro, al igual que sus pequeños ojos. Es más alta y robusta que yo. Su rostro es redondo y sus mejillas son rosadas. 

 

El día de hoy no es ni fresco ni caluroso, el sol se esconde tras las nubes y el viento sopla. 

 

Vemos pasar a un grupo de soldados imperiales no muy lejos de nosotras. Parecen preocupados, como si estuviesen yendo a la batalla. Corren sosteniendo sus fusiles.

 

Las calles a esta hora están concurridas por muchas personas. Los comercios venden mucho.

 

Saludo a Himejima-san, el dueño de la carnicería Himejima. Me devuelve el saludo amablemente. Su hijo mayor, Kousei-san, piensa proponerme matrimonio cuando regrese del frente; lo sé porque la hermanita de Aiko, Kimi-chan, es amiga de su hermanita. Eso dijo él en su última carta.

 

En realidad, ya lo veía venir; los Himejima han sido amigos de los Fujiwara por muchos años. Kousei-san es un buen amigo de Jiro-niisan, mi hermano mayor; él siempre me ha tratado bien. Es trabajador, respetuoso, amable y atento. Jiro-niisan ya lo considera un hermano, y mi padre estaría encantado de unir a nuestras familias. Son buenas personas. 

 

Espero ansiosa tu regreso, Kousei-san. 

 

Aiko fue mi primera amiga. Vive en dirección contraria a mi casa. Antes vivía en frente, pero se mudó unos años atrás por el trabajo de su padre. Aun así, nos vemos todos los días en la escuela. 

 

Planeamos irnos a Tokio al graduarnos. Seré una enfermera que salve muchas vidas, aun cuando acabe la guerra. Ese es mi sueño. 

 

No le he dicho, pero Jiro-niisan quiere que sea su esposa, aunque a ella no le llama la atención. Me reí mucho cuando él me lo dijo, aunque mantuve mis labios sellados. 

 

Regreso sola a casa. Me gusta ver la vereda cubierta de pétalos rosas.

 

Abro la puerta y dejo mis zapatillas en la entrada, que todo lo de afuera se quede afuera. Camino descalza sobre el tatami, está helado. Mi casa es fría. Huele delicioso, mi madre ya prepara la cena. Seguramente mi padre regresará temprano a casa. 

 

—¡Hola! —saludo efusivamente a mi mamá.

—¡Hina, espera! —Me detiene antes de que huya a mi habitación. 

—¿Qué ocurre?

—Llegó una carta de tu hermano —dice feliz. 

 

Me emociono. Sonrió y hurto la carta abierta sobre la mesa. Corro a mi habitación. Suelto el listón de mi largo cabello negro, llega hasta mi espalda baja; el flequillo me cubre la frente. Me echo sobre el futón y leo la carta. Sin duda es la letra de mi hermano. 

 

“Mi querida familia. Por fin puedo escribirles, no saben lo feliz que me hace leer sus cartas y saber que están bien. Estoy seguro de que ustedes también quieren leer lo mismo. Estoy bien, aún conservo todos mis dedos. Los extraño”.

 

No dice mucho, pero es un alivio saber que se encuentra bien. Su carta me ha alegrado el día. La guardo en el cajón donde meto todas las cartas que mi hermano envía. Son mi tesoro hasta que regrese con nosotros. 

 

Yo también te extraño. Por favor, regresa a salvo.

 

Quiero comer, no he comido nada desde la mañana, ¡muero de hambre!

 

Debo cambiarme de ropa. Me siento incómoda usando lo mismo todo el día. Dejo mi muda de la escuela en un rincón, ya habrá tiempo para recogerla. Me pongo un vestido blanco, la falda cae por debajo de mis rodillas, las mangas son cortas y el cuello es conservador. Me gusta usar un listón con moño alrededor del cuello. Cojo uno rojo y lo ato en un hermoso lazo que reposa sobre mi busto. Me miro en el espejo, ya he dejado de crecer, mi silueta es tan femenina como la de mi madre en su juventud. Mis ojos y mis labios son pequeños, así como mi nariz.

 

Yo soy pequeña en realidad. Mi piel es demasiado pálida, mi madre dice que es porque nací en invierno. No me gusta. 

 

Voy con mi madre. Prepara sopa de miso. Alguien abre la puerta.

 

—¡Padre! —Me alegro porque ha llegado temprano. 

 

Usualmente se queda en el hospital hasta el anochecer, así que no lo veo mucho. Él está en casa cuando yo estoy en la escuela. Es médico, trabaja en la clínica local. Antes era cirujano, pero hace años un accidente le lesionó la cadera, por lo que ya no puede estar de pie sin un bastón. 

 

Él no lo sabe, ni lo sabrá, pero me alegro de que así fuera, si no lo habrían mandado a la guerra.  

 

Es un hombre de mediana edad, con arrugas y manchas en la piel, se está quedando calvo. Se encorva y a este paso yo seré más alta que él. 

 

Si soy sincera, mi padre es mi inspiración. Algún día seré un gran médico como él, aunque deba disfrazarme de hombre para asistir a la universidad. Si envuelvo bien mi pecho con vendas podría pasar desapercibido, no es grande ni pequeño. El problema es mi cintura, soy tan delgada que contrasta mucho con mi cadera, quizá si uso ropa que me quede grande pueda esconderla. Con algo de maquillaje podré disimular mis delicadas facciones, aunque será doloroso despedirme de mi largo cabello. Incluso usaré zapatos de plataforma para no ser un enano. 

 

Lo he hablado con mi padre, él y toda mi familia me apoyarán, incluso me cambiaré el nombre a Hiro Fujiwara. Pero si eso no funciona, está el plan B: enfermería. 

 

Antes solía cocinar con mi madre, pero he estado saliendo tarde de la escuela, por lo que ya no me es posible. Ella me educó como una señorita, para ser una buena esposa y ama de casa, igual a como ella fue educada por mi abuela.

 

Pero mi padre siempre ha querido que lleguemos lo más lejos que queramos. Cuando termine la guerra, mi hermano, junto con su posible cuñado, se dedicarán al negocio de la familia Himejima; quieren expandirlo por todo Japón. Nuestros padres los apoyarán económicamente. 

 

Mi padre besa a mi madre. Amo ver lo unidos que son, espero que mi futuro esposo sea así. Platican amenamente en la cocina, ríen, bromean. Llevan veinticinco años casados. 

 

¡Casi lo olvido! Tengo un regalo para ellos por su aniversario. Por eso mi padre llegó temprano.

 

Corro a mi habitación. ¿Dónde lo había dejado? Si no me equivoco está en mi armario… Sí, aquí está. 

 

Compré un bonito marco de plata para la foto de su boda. Se ven tan jóvenes y guapos. Mi madre viste un kimono Shiromuku y mi padre, un kimono Montsuki. 

 

Lo envuelvo en papel blanco. 

 

Escucho sus voces, mi casa es pequeña y las paredes son delgadas. La estructura es de madera. Sólo es la planta baja: la habitación de mis padres, la de mi hermano y mía, la cocina comedor y la sala. 

 

Camino de regreso por el pasillo que une todas las habitaciones. Ellos están abrazados. Los veo por el umbral por última vez. 

 

Desaparecen.

 

Todo desaparece. Todo se quema. Todo se esfuma. Todo muere en un parpadeo. La explosión me arroja con fuerza contra una pared y me desvanezco. 



¿Dónde estoy? ¿Qué ocurrió? Me siento desconcertada, confundida. Me duele todo el cuerpo. Me cuesta respirar, la garganta me arde. Todo me da vueltas, siento nauseas. La boca me sabe a oxido, me toco los labios, estoy sangrando. Mi mano tiembla, está cubierta de polvo, puedo moverla, pero la otra… me duele, me duele mucho, creo que mi brazo está roto.

 

No puedo escuchar nada claro, mis oídos aún zumban. Está tan oscuro que me es difícil ver más allá de mi nariz, todo está borroso. Debo levantarme. Debo buscar a mis padres, ellos estaban frente a mí hace un momento. 

 

No, no, no. ¿Qué? No puedo mover mis piernas, algo me está deteniendo. 

 

Grito. ¡Tengo una maldita estaca clavada en la pierna! Lloro. Duele, arde, me lastima cada que me muevo. Está muy profunda, siento como si miles de clavos se encajaran en mi muslo. El dolor es insoportable. 

 

—¡Madre! ¡Padre! —sollozo. 

 

Silencio. La garganta sigue ardiéndome. Toso. Hay escombros sobre mi cuerpo. No puedo moverme, estoy tirada sobre el piso. No entiendo lo que está pasando. 

 

—¡Madre! ¡Padre!

 

No, no, no. ¿Dónde están? 

 

Con mi brazo y mi pierna sanos intento arrastrarme. 

 

¡Duele! Apenas pude avanzar unos centímetros, regresé a la cocina, donde estaban ellos hace unos minutos. 

 

No veo nada. Está oscuro. Toso. Hay mucho polvo y humo. ¿Humo? Vuelvo a enfocar, puedo ver una luz difuminada al fondo. Es fuego. Pero ahí debería haber un muro, estoy segura de que ahí había una pared. ¡Había una pared! ¡¿Qué está pasando?!

 

Pero ahí no hay una pared, ni al lado, ni al frente. Ni mi casa, que ahora está en el suelo. Mi casa ya no está, y donde estaba, mis padres yacen debajo.

 

Y ahora estoy en paz. No escucho, no veo, no hablo, porque estoy en un sueño. Esta mañana no desperté. Aiko jamás me dijo que Kousei-san me propondría matrimonio. Aiko jamás me contó emocionada que sacó excelencia en sus notas. ¡Aiko jamás me habló con una voz tan dulce! No escucho, no veo, no hablo. ¡No escucho, no veo, no hablo! 

 

Estoy en paz, sí, estoy en paz, porque esto es un sueño. Sí, es un sueño, porque yo jamás desperté. Esta mañana no desperté porque morí mientras dormía, porque sin duda estoy en Yomi, el reino de los muertos.  

 

Tiemblo, y no sé si es por el dolor o por el miedo. 

 

Kami-sama, Dios, ¿dónde está mi casa? Y la del vecino, y la de los vecinos, ¿dónde están? Aquí sólo quedan escombros, humo, fuego y desesperación. 

 

Dejo caer ingrávido mi cuerpo sobre el suelo. No sé qué hacer. Quiero llorar, quiero gritar, pero siento como si una soga asfixiara mi cuello. 

 

Debo mover los escombros, quizá mis padres sigan con vida. 

 

Qué idea tan inútil, no puedo salvarme ni a mí misma. Yo los vi morir. Ahora lo recuerdo. En un parpadeo la cocina explotó, basta con mirar al cielo o a mi alrededor para saber que Ariake, mi ciudad, ya no existe. 

 

Si tan sólo hubiésemos hecho caso a Jiro-nii-san. Él peleó en Okinawa, él sabía que la guerra no iba bien, e insistió cuando los americanos tomaron la isla. ¡Nos dijo que dejáramos Kyushu y no hicimos caso! Mi padre se negó a abandonar a sus pacientes, y nosotras a abandonarlo a él, y ahora, al fin la guerra nos ha alcanzado. Nos bombardearon, quizá por eso los soldados estaban tan alterados. 

 

Si no me muevo puedo ignorar el dolor, pero al respirar, mi pecho arde y se siente pesado. 

 

El humo sube al cielo, pero no es tan denso como para no poder ver el hermoso paraíso estrellado. ¿Por qué no me consuela? Siempre me gustó la hermosura de la noche. A estas alturas dudo que exista algo que pueda consolarme. 

 

El golpe me dejó inconsciente por varias horas, si alguien sobrevivió al ataque, ya no debe estar aquí. 

 

Lo primero que debo hacer es sacar la estaca de mi pierna, pero me desangraré, la herida es profunda. Rompo algunas tiras de mi falda, no me importa si queda muy corta. Agarro el trozo de madera más cercano y lo muerdo. 

 

—Uno, dos… ¡tres!

 

Tiro y saco la estaca. ¡Cómo duele, Dios! Berreo sin soltar el trozo de madera, lo muerdo fuertemente. Lágrimas de dolor escurren por mi rostro, enlodándome la cara. 

 

Rápidamente hago un torniquete con las tiras de mi vestido. Esto es un desastre, hay mucha sangre. Aprieto fuertemente el nudo y hago presión con mi mano. Permaneceré así hasta que la hemorragia se detenga. 

 

Coagula, ha cesado ya. Respiro pesadamente, jadeo. Estoy sudando. Mis piernas hormiguean. Me recargo en lo que quedó de la pared. Desabotono el escote de mi vestido. Tengo calor, me siento débil y mareada. Perdí mucha sangre. 

 

Si me quedo dormida es probable que muera. A estas alturas, ¿qué importa? Será mi primera noche sin mi familia, nadie notará si no vuelvo a despertar. 

 

Cerré mis ojos esperando no volver a abrirlos, pero aquí estoy, ya es de mañana. Se sintió como un parpadeo. 

 

Si pongo atención, puedo escuchar a las cigarras cantar, los niños jugar, a mi madre llamarme para desayunar… ¿A quién engaño? Sólo hay silencio, tanto que es aterrador. Escucho la nada, mi sutil respiración. 

 

El sol apenas se asoma, pero ya me lastima la vista. Mi vestido está sucio, polvoso, negruzco y ensangrentado. Al ser blanco se le nota demasiado. Palpo suavemente mis heridas, duelen. 

 

No estoy bien, pero al menos ya puedo pensar con más claridad que ayer. ¿Debo agradecer el que siga con vida? La hemorragia se detuvo, pero no me puedo mover por el dolor. Siento algo de alivio al darme cuenta de que mi brazo no está roto, pero sí muy lastimado. 

 

Este es el único lugar en el que me siento segura, el pequeño rincón en el que me oculto. 

 

Qué curioso, me doy cuenta de que la falda ya no me cubre ni la mitad de las piernas. Nadie jamás ha visto mi cuerpo, y si alguien me viera ahora pensaría que soy indecente. Si alguien viniera, ¿me salvaría? Quizá es lo que estoy esperando, porque yo no puedo. 

 

Muero de hambre, pero los muebles donde mi madre guardaba la comida ya no existen; me siento pesada.

 

Me arrastro hasta un apoyo cercano, con esfuerzo logro levantarme, pero mis piernas no me soportan. Mi pierna buena está muy débil como para aguantar mi poco peso. Arranco una tabla y la uso como muleta, la pongo debajo de mi axila y camino levantando mi pierna herida. Es agotador. 

 

Me gustaría cambiarme, este vestido está sucio y roto, pero toda mi ropa se ha quemado. 

 

Me rio, a mi futón sólo le han caído polvo y algunos escombros. La última vez que me quedé acostada todo el día tenía diez años. Lo único que cambió es que ahora sólo quedamos mi futón y yo. 

 

Regreso a mi rincón seguro.

 

Antes de que me diera cuenta anocheció. No me queda fuerza, mi cuerpo está entumecido, la boca me sabe a hiel, mis labios se sienten ásperos. No he comido ni bebido. Mi estómago no se calla.

 

Ya te oí.

 

Llevo atormentándome todo el día con un único pensamiento: ¿Por qué no sonó la maldita alarma de ataque aéreo? Me da vueltas la cabeza. ¡¿Por qué?! El ejército debió prever un ataque así. ¿Acaso alguien se olvidó de nosotros? ¡¿Acaso el emperador nos ordenó morir inútilmente?!

 

No, no. Cálmate, no pienses en algo como eso. 

 

El hambre me está haciendo desvariar. Debo encontrar comida y agua pronto, si no moriré igualmente. Creo que ya puedo moverme, pero no es buena idea salir sin luz. No quiero convertirme en la cena de algún animal. 

 

No dormí en toda la noche, no pude. Me atormenta el recuerdo de sus voces, de sus caras. Encontré casi intacta la fotografía que les iba a regalar. Estoy sumamente deprimida y ni así puedo llorarles, mis lágrimas no salen. Supongo que es porque estoy severamente deshidratada.

 

Tatakae, pelea. No puedo rendirme, no sin haber peleado. Me levanto con dificultad apoyándome en mi muleta improvisada. Abandono mi rincón seguro. 

 

Miro mi casa, quiero llorar, será la última vez que ponga un pie en este lugar. Guardo la fotografía con el marco dentro de mi vestido, en mi pecho. Es mi tesoro, pero podré comprar comida si lo vendo. 

 

Camino, miro a mi alrededor: no queda nada ni nadie. 

 

Todas las casas, todas las calles, son como una macabra copia del infierno. Todo son escombros y cenizas, cada que camino cerca de alguna casa me llega el penetrante olor de la muerte. Procuro andar por el medio de la vereda. Mi pierna me duele, pero menos que ayer, si no me apoyo en ella puedo tolerarlo. 

 

Al fin puedo ver los estragos que dejaron las bombas sobre mi ciudad.

 

 Esto es lo que queda de Ariake. Una desoladora imagen, edificios y casas destruidas. Por donde quiera que pase, por donde quiera que vea, poco más de lo mismo, no queda nada en pie, ni nadie vivo. Me deprime ver que mi hogar ha quedado reducido a cenizas. 

 

Debo encontrar comida y agua. Me dirijo hacia el río Tahara. Camino muy lento, es difícil y agotador. El sol se siente caliente, hierve mi cabeza. ¿Por qué veo borroso? 

 

Me he alejado mucho de casa, no sé dónde estoy. El río quedaba al este, ¿o era al oeste?

 

Sigo mi camino. Mis pies arden, nunca había caminado sin zapatos sobre la tierra dura; quiero descansar, pero si me detengo moriré. Debo, ¡debo llegar al río! Acelero el paso sin pensarlo y mi muleta improvisada se rompe. Caigo sobre mis rodillas y manos. ¡Qué dolor! Me levanto. Puedo caminar, sí, puedo caminar, por más tortuoso que sea, no me detendré. 

 

Busco, muevo, retiro escombros, pero no logro encontrar algo qué comer o beber. 

 

Camino sola por la vereda. Las piernas me tiemblan, nunca pensé que sería tan doloroso estar viva. Sobrevivir es tan difícil que no me quedan ganas de seguir haciéndolo, pero no puedo rendirme.

 

Algo llama mi atención. ¡Un tanuki! Son dos, tres, ¡cuatro! Una familia de perros mapache. Están comiendo algo, es…una persona. No puedo ver, me doy la vuelta. Debo alejarme, seguramente si me quedo me verán apetitosa. 

 

—¡Hola! —me dice una voz infantil.

 

¡¿De dónde vino eso?! Volteo para todos lados, pero no veo a nadie.

 

—¡Hola! 

 

Está frente a mí. ¡El tanuki habló! 

 

—Hola… —le contesto. 

 

Me mira curioso, contento. Es lindo, café; su hocico es corto como sus orejas triangulares. 

 

—¡Ven conmigo, te llevaré al bosque!

—No, yo voy al río —respondo, me dejo llevar, es muy agradable. 

 

Se va corriendo. ¿Qué estoy haciendo? Hablé con un perro. Estoy delirando, sólo lo imaginé. 

 

Camino tambaleándome. Falta poco, puedo sentirlo. El río está cerca. ¡Ese es, lo veo! Pero yo, yo ya no puedo más. Mis piernas fallan, caigo, no me responden. Vamos, maldición. ¡Hagan algo! No importa si debo arrastrarme, no moriré aquí. ¡No moriré aquí! ¿Escuchaste, Dios? 

 

—No moriré aquí —digo con frustración. 

 

Muerdo mi labio de impotencia. Mis brazos ya no me responden. Los extiendo y me aferro a la tierra con las uñas, pero no me queda fuerza para arrastrar mi peso. Vamos, vamos. Pelea. 

 

—Pelea, pelea. ¡Pelea!

 

Lloro de rabia. ¡Vamos! 

 

No puedo, ya no puedo. Mis acalambrados músculos ya no pueden cargar conmigo. Todo se ven tan lejano ahora. Me siento caliente. ¿Es este el último día de mi vida? Saco la fotografía de mis padres, la miro con tristeza.

 

Llevo un buen rato bajo el sol, como una planta marchita. He perdido la noción del tiempo, no sé sí sólo ha sido una hora o mil. ¿Sigo viva? Mi cabeza se siente como una olla de presión. Ya no puedo pelear, ya no puedo. No me queda nada, sólo rendirme, ¿debería? Si lo hago, quizá morir duela menos. Si dejo de luchar, mi corazón también lo hará. Espero que lo haga, porque duele demasiado.

 

Madre, padre, hermano, les juro que lo intenté, hice todo lo que pude, pero soy demasiado débil. Lo siento. 

 

Me rindo, me he rendido y no me queda más.

 

Dios, puedes hacer conmigo lo que quieras. Soy tuya, te pertenezco. Si puedes oírme, entonces llévame lejos, muy lejos de aquí. 

 

Desfallezco. Cierro mis ojos esperando impaciente por el momento de mi muerte. 

 

Mi cabeza es levantada suavemente, alguien la sostiene con gentileza. Abro mis ojos lagañosos, no antes de que esa persona separe mis labios y meta algo redondo en mi boca. Es mojado y fresco. ¡Es agua! Bebo hasta saciarme, jamás algo tan simple como el agua me había sabido a gloria. Lo miro incrédula.

 

—Beber —me dice en un japonés extraño. 

 

No necesita repetirlo, termino con el agua de su cantimplora. Siento mi corazón calmarse, pero aún estoy débil. En realidad, me cuesta mantenerme despierta. ¿Lo habré visto o sólo fue una alucinación?  No puedo saberlo, cierro mis ojos lentamente y me desvanezco en la oscuridad. 

 

Despierto, es de noche. Parece que estoy en una cueva, o en un hueco en la tierra, es bastante grande. Hay una pequeña fogata calentándome. La piel me arde por estar tanto tiempo bajo el sol. 

 

Me doy cuenta de que no estoy sola, aquel sujeto está a unos pasos de mí, me da la espalda, observa atento el exterior. 

 

—Doshite? —pregunto con apenas fuerza para hablar.

 

   [¿Por qué?].

 

No me responde. Quizá no me escuchó. 

 

Voltea a verme. Es un hombre, no puedo ver su rostro, lo tiene oculto debajo de una mascada gris, me es imposible ver sus ojos. Viste prendas gruesas. Está sentado, es delgado, pero fornido.

 

Me siento mejor que hace unas horas. Tengo trapos húmedos en el rostro y el pecho, y mi boca se siente mojada. Mi tripa gruñe, me avergüenzo, es el único ruido que resuena en la oscuridad. El hombre se acerca a mí. 

 

—Yameru! —extiendo mi mano.

 

   [¡Detente!].

 

Se detuvo. Él me salvó, pero me siento insegura. El hombre saca de su abrigo una ración de pan y la comparte conmigo. La tomo y lo miro incrédula. ¿Por qué lo hace?, ¿por qué me salvó? Probablemente sea lástima, o Dios envió un ángel a rescatarme, o ambas.

 

Está armado. Carga en su cinto una pistola de servicio, y junto a donde estaba sentado hay un rifle. Tengo tanta hambre que no lo pienso y devoro lo que me dio en cuestión de segundos, sin importarme que me vea perder mis modales de señorita. Me ofrece agua y un pañuelo. Los tomo, bebo y me limpio el rostro. 

 

Me da la espalda. Él es un soldado, o al menos parece uno. Se quita la mascada, no parece fijarse en mí, come tranquilamente viendo a lo lejos lo que quedó de la ciudad. Bebe de la misma cantimplora de la que bebí y en ningún momento vi que la limpiara. Fue un beso indirecto. ¡Qué desvergonzado! Pero, si esa es su cantimplora, quiere decir que yo bebí antes del mismo lugar. ¡Qué vergüenza! 

 

Voltea a verme y me ruborizo, pues en ningún momento dejé de mirarle. Puedo ver compasión en sus grandes y fríos ojos azules. No es japonés, sus facciones son diferentes a las de los hombres de aquí. Son toscas y rectas, tiene una barba castaña de unos pocos días. No veo arrugas en él. Es un soldado extranjero, de otro continente.

 

Se levanta, ya terminó de comer. Me siento mucho mejor. Me hinco sobre mis rodillas y hago una reverencia. 

 

—Domo arigatou gozaimashita! 

 

   [¡Muchísimas gracias!].

 

No puedo evitar llorar, no cuando fui salvada después de haberme rendido. 

 

Él se arrodilla frente a mí para estar a mi altura, soy pequeña en comparación, él es bastante alto y yo muy bajita. Posa su mano en mi hombro y con la otra cierra el puño levantando el pulgar. Levanto el rostro y lo observo. 

 

—Okey! —dice con la sonrisa más falsa que alguien me haya mostrado jamás. 

 

Significa que no me entiende, ni yo a él. Seguramente es británico o americano. Que irónica es la vida, los Aliados me quitaron todo, y ahora un Aliado me ha salvado. Pero no puedo odiarlo, porque los pilotos que tiraron bombas sobre nosotros no bajan a tierra con el resto de los mortales. 

 

Él me salvó, pero no sé qué debo hacer, cómo debo sentirme. Me está tocando, su mano se siente cálida, y por alguna razón no quiero que me suelte, pero lo hace. Me siento insegura, desprotegida. 

 

Sus fríos ojos compasivos tienen la mirada perdida. Veo tristeza en él.

 

¿Quién eres? Quiero saber tu nombre, pero no sé cómo preguntar. 

 

—Fujiwara Hina, Fujiwara Hina. —Me señalo a mí misma con ambos dedos índices, presentando mi persona. 

 

Soy insistente para que no olvide mi nombre. Lo señalo directamente, aunque sea una falta de respeto.

 

—O namae wo oshiete kudasai. 

 

    [Por favor dime tu nombre].

 

—Eh? 

 

Por lo visto no me entiende.

 

—Anata no namae. ¡Namae!

 

    [Tu nombre. ¡Nombre!].

 

—Namae? It sounds like nam…name. My name? —dice señalándose.

 

     [Eso suena como nom…nombre. ¿Mi nombre?].

 

—Hai. —Asiento dos veces.

 

    [Sí].

 

—My name is ah… Oliver Smith. 

 

   [Mi nombre es ah… Oliver Smith].

 

Dudó, ¿por qué? Bueno, a fin de cuentas, así se llama: Oliver Smith.

 

—Domo arigatou, Oliver Smith-sama —digo reverenciando.

 

    [Muchas gracias, señor Oliver Smith]. 

 

   —Ah… okey, Fujiwara Hina-sama.

 

    [Ah... está bien, señora Hina Fujiwara].

 

¿Qué? ¡No! no debes usar “sama” en mí. 

—Iie, iie, iie~ Hina-san. "San". 

   [No, no, no. Señorita Hina. "Señorita"].  

—Fujiwara Hina-san?

   [¿Señorita Hina Fujiwara?].

—Hina-san oshiete kudasai. 

    [Por favor dime señorita Hina].

—Only Hina-san. Nice to meet you.

    [Sólo señorita Hina. Gusto en conocerte].

—Hai. —Ahora yo no sé lo que dijo.

   [Sí].

 

Me da la espalda de nuevo, vuelve a su labor de vigilar. Fue agradable tener una conversación con él, pero ya no sé qué más decir. No, él es mi enemigo, es mi deber con mi nación y el emperador eliminar a nuestros enemigos. 

 

¿Qué debería hacer? Probablemente ya estaría muerta si no me hubiera salvado. Me alimentó y me dio cobijo, cuidó de mí cuando ya me había rendido. Si él quisiera hacerme daño, lo podría hacer en cualquier momento. Es innegable que es mucho más fuerte que yo, pero hizo todo lo contrario. Sin siquiera conocerme, siendo enemigos, él me salvó la vida.

 

Si me quedo contigo viviré, porque a diferencia de mí, tú eres un sobreviviente. Si me quedo contigo podré ver el amanecer una vez más. Si me quedo contigo es porque te necesito, pero tú no me necesitas a mí.

 

 No te conozco. Cuando duerma esta noche, me preocupa no despertar porque me hayas hecho algo, pero me da más miedo despertar y no volverte a ver. 

 

Si te vas, no estoy segura de que pueda llegar al final de la guerra. No dormiré, no podré dormir, pero, aunque esté despierta, nada asegura que te quedarás. 

 

Quédate. Quédate. ¿Qué tanto miras? ¿Qué hay afuera que te inquieta tanto? Mírame a mí. No, no me mires. Mírame, porque si lo haces, quizá te quedes. Soy bonita. Si te seduzco, ¿te quedarás conmigo? Sólo tengo una cosa que ofrecerte y es mi cuerpo, si te lo doy, ¿te quedarás? 

 

Trago saliva. ¿Cómo pude llegar a esto? ¿Tan desesperada estoy? 

 

Saco la foto de mis padres y la volteo, ellos no merecen ver como su hija se deshonra por unas migajas.

 

Suelto mi listón rojo. Tomo el borde de mi falta y la levanto, me quito el vestido. Estoy nerviosa, siento nauseas. Me acerco a Oliver-sama. Me quito el sostén. La fogata proyecta mi sombra. Tengo mucho miedo, estoy temblando. Me estuve guardando todo este tiempo para mi futuro esposo y sé que me arrepentiré toda mi vida, pero si hago esto viviré, y eso es lo único que importa. 

 

—Oliver-sama —toco su hombro, no tengo alternativa.