Bajo el sol de Kyushu

Capítulo 3: La batalla de Miyazaki

Me rodean los gritos atormentados de mis camaradas agonizantes. Todo es gris y negro. El aire huele a carne quemada y pólvora; se siente espeso y fatigante.

 

Me asomo de mi escondite y disparo, le di a un americano justo en el pecho. Mi arma es un rifle semiautomático de cinco rondas Tipo 5.

 

Estamos atrapados entre explosiones, cientos de ellas. La armada Aliada aplastó miserablemente a la nuestra. No hay nada en el mar que se interponga entre ellos y nosotros.  Desembarcan en nuestras costas, cientos y cientos de soldados, disparando como las bestias que son.  

 

Nuestras ametralladoras disparan hasta poner al rojo vivo sus cañones, pero no se dan abasto. Es como escuchar el taladrar de un pájaro carpintero. Mis camaradas gritan, desesperados, extasiados, iracundos, suplicantes. Todos mueren y matan al mismo tiempo.  

 

La ciudad de Miyazaki se ha convertido en un infierno, y yo estoy en él.

 

—¡Jiro! —exclamo.  

 

Mi mejor amigo, Jiro Fujiwara, cubre mi espalda, y yo la de él.  Disparamos desde una trinchera: un pasadizo cavado en la tierra cubierto con costales de arena. Mi uniforme se ha enlodado por completo, mi rostro suda a mares y se mancha en hollín y polvo.  

 

Recargo. Salgo. Disparo. Fallo.  

 

—¡Maldición!, ¡maldición!, ¡maldición! —grito frustrado.  

 

Me quedan pocas balas. Jiro me lanza un cargador. Él tiene mejor puntería que yo, pero es un medroso. Puedo verlo en su mirada ansiosa: está muerto de miedo. Suda más que yo, su expresión es tensa, dislocada, y evasiva. Se asoma, dispara y acierta. Lo conozco de media vida, es como mi hermano, pero ahora no lo reconozco. Se cubre y suelta su arma.

 

¡Está teniendo un ataque de pánico!  

 

Me acerco a él y lo golpeo en el rostro. ¡No tenemos tiempo para esto!  Salgo. Disparo. ¡Acierto! Uno más, y otro.  

 

—¡Los mataré a todos! —Enfurezco.

 

Disparo iracundo. Recargo.

 

Ustedes, malnacidos mataron a mi familia, me arrebataron a lo que más quería. ¡Me quitaron a mi Hina-chan!  

 

—Los mataré, los mataré. ¡Los mataré! 

 

Jiro me jala dentro de la trinchera. Un segundo más y la ametralladora enemiga me hubiera hecho trizas. Fragmentos de tierra caen en mi rostro. 

 

—No pierdas la cabeza, Kousei.  

 

Lo dijo en sentido literal y figurado, me conoce bien. Y tiene razón, no puedo morir ahora.  

 

Los acorazados Aliados bombardearon la costa hasta dejar un cráter en su lugar. La batalla en el aire es tan intensa como en tierra. Nuestros cazas abaten a los suyos y a sus bombarderos. Los valientes pilotos japoneses se sacrifican para hundir sus barcos, ¡pero no es suficiente! Su avance se hizo inminente porque nuestros refuerzos tardaron demasiado en llegar. A este paso, no podremos contenerlos.  

 

Un caza vuela sobre nuestras cabezas y se estrella contra un tanque enemigo.  La metralla cae sobre nosotros como pequeñas virutas ardientes. Cubro mi rostro con mi brazo. La boca me sabe a tierra.  

 

Nuestro escuadrón se repliega. El enemigo nos supera en potencia de fuego. Sus tanques y tanquetas avanzan sin que haya quien las detenga. Disparan sus poderosos cañones, arrasando con todo a su paso.  

 

—¡Retrocedan! —exclama el capitán Yamato.  

 

Hemos perdido la costa. Los Aliados no dejan de desembarcar.  

 

El comandante dispuso una débil defensa en la costa. Sabia decisión, nadie sobreviviría a los intensos bombardeos marítimos. Por el contrario, a pocos kilómetros se instalaron fortificaciones. Los Aliados no podrán pasar de este punto.  

 

Ha anochecido, ya esperábamos un ataque nocturno. Los civiles se han atrincherado. Hombres, mujeres y niños esperan armados dentro de sus hogares. El personal militar aguarda en las fortificaciones preparadas.  

 

¡Ha comenzado el asedio! La artillería enemiga bombardea desde los puestos de avanzada. La ciudad se cae a pedazos. Nuestros cañones regresan el fuego. Los tanques enemigos se acercan lentamente. Las baterías antiblindaje frenan su paso.  

 

¡Los barcos disparan bengalas luminosas! Alumbran el oscuro cielo nocturno. Nuestras baterías antiaéreas disparan, incesantes, su pesada munición contra los bombarderos enemigos que vuelan sobre nosotros.  A lo lejos, cientos de soldados Aliados corren hacia nosotros.  Les arrebatamos sus vidas con nuestras letales ametralladoras.

 

Sí, mueran, ¡ahóguense en su sucia sangre!

 

Disparo extasiado. No es suficiente, ni cien de ellos podrían compensar la muerte de mi amada Hina-chan.  

 

Colérico, presiono el disparador de la pesada ametralladora Tipo 92. Jiro se encarga de reponer la munición. Cada segundo cuenta, ¡cada tiro vale!  Cada muerte desgarra más la tierra. Las detonaciones iluminan mi alrededor: una fortificación de sacos de arena y muros de concreto.  

 

Las balas llueven por toda la ciudad. Esto es la guerra total, es un caos. Muertos por todos lados. Niños corriendo con bombas en sus manos para masacrar al enemigo. Mujeres muriendo por sus esposos. Padres matando por sus hijos. Familias enteras, todos luchando por proteger un hogar que ya no existe.

 

—¡No queda más! —exclama Jiro.  

 

Dejamos el puesto. La ametralladora sin balas es sólo peso muerto.  

 

Los tanques enemigos vuelan en pedazos al pasar sobre las minas que instalamos. Nuestros cañoneros despedazan la avanzada Aliada. ¡Se repliegan!  

 

Un aura carmesí inunda el cielo en la lejanía, en la costa.  

 

—¡Hundieron un acorazado! —grita efusivamente un soldado.  

 

Quizá hayan diezmado a la flota anclada, pero la batalla en el agua está lejos de terminar. Nuestros submarinistas entregan su vida para que nosotros podamos seguir luchando.  

 

La ciudad arde en intensas llamas que lo consumen todo a su paso. El enemigo se niega a ceder terreno, aunque le cueste cientos de vidas.

 

Son duros esos malditos, pero no tanto como yo. 

 

Disparo mi fusil y mato a cuatro, cinco, seis americanos. Todos ellos caen ante mí. Jiro dispara y salva mi vida. El cielo se ha oscurecido de nuevo, pero la luz de los incendios ilumina las calles cubiertas de escombros y metralla.  Nuestros cazas disparan sus ametralladoras pesadas. Han derribado un escuadrón de bombarderos enemigos. ¡Está cayendo sobre nosotros! Corremos tan rápido como podemos. Explota a nuestras espaldas, caemos sobre el lodo.  

 

—¿Estás bien? —pregunto. 

—Sí, aún conservo todos mis dedos.  

 

El piloto cae en su paracaídas frente a nosotros. Jiro emprende la carrera y atraviesa su hombro con la bayoneta. Niego con la cabeza, no hay tiempo para los prisioneros. Él lo comprende y le corta el cuello de un tajo. Muerdo de impotencia.

 

Hina… ¡Oh, Hina-chan! 

 

Veo a Jiro mancharse con la sangre de otro. Está inexpresivo, fuera de sí.  Regresa conmigo, la lucha aún no termina. Nos reagrupamos con nuestro escuadrón dentro de una casa, somos nueve. El capitán Yamato da órdenes. Se dispone a retroceder y flanquear al enemigo. No, es una locura.  Se retracta, está tan desesperado como el resto de nosotros y es incapaz de pensar con claridad. Rasca su cabeza. Las explosiones no me dejan escuchar su voz.  

 

—A este paso, los refuerzos llegarán en una hora —anuncia el capitán. 

—No será suficiente —añado. 

—Avisté dos tanques Sherman a tres kilómetros al este —dice Yosuke-san—, parece que se dirigen hacia acá.  

—Hay un depósito de municiones a trescientos metros, perderemos esta zona si llegan hasta allá —explica Jiro.  

—Vi un cañón antitanque Tipo 90 a cuatro calles al Norte —cuenta Hajime-san. 

—No he escuchado los disparos de nuestra artillería —digo.  

—El sujeto probablemente esté muerto —comenta Masashi-san.  

—La prioridad es evitar que esos tanques lleguen hasta el depósito de municiones —impera el capitán Yamato—. Yosuke-san, conmigo. Minaremos las rutas que posiblemente tomará el enemigo hasta el depósito. El resto, vayan por ese cañón. 

—¡Sí, señor! —gritamos al unísono.  

 

Nos dividimos. Corremos y nos encomendamos a los dioses, rogando que no nos alcance una bala hasta llegar a nuestro destino. Siento que el corazón golpea para salir de mi pecho.

 

Está despejado, no hay nadie cerca del cañón. Es verde olivo, largo y ancho. Tiene ruedas de caucho. Sin embargo, hay un problema. 

 

—No está en la línea de tiro —dice Jiro.  

 

Tiene razón, estamos lejos del camino que conduce al depósito de municiones. Y lo que es peor, casi no quedan proyectiles.  

 

—Podemos arrastrarlo hasta un punto medio —sugiere Masashi-san. 

 

¡Aaah! Esta cosa pesa dos toneladas.  

 

—¡Empujen! 

 

Somos siete hombres perfectamente entrenados remolcando manualmente un pesadísimo cañón. Nos movemos lento. Las ruedas están hechas para que un coche tire, no nosotros.  

 

Lo logramos. Jiro vomita lo que almorzó. Yo quiero hacer lo mismo, pero me desmayaré si no ceno esta noche.  

 

Ponemos el cañón en posición, apuntando al sureste. El tiroteo se escucha cada vez más cerca. Hajime-san y otros corrieron al depósito a traer proyectiles perforantes y altamente explosivos.  

 

—¡Ahí vienen! —grita Hajime-san. 

 

Viene corriendo hacia nosotros, solo y sangrando. Tomo el control del cañón antitanque, Jiro se queda conmigo, sólo a él puedo confiarle mi vida.  Masashi, Hajime y el resto han tomado posiciones defensivas. Seguramente los tanques no vienen solos.  

 

¡Los veo! Los tanques se acercan. Ajusto la trayectoria y los pongo en la mira. La victoria se decidirá por el primero que acierte un tiro.

 

¡Maldición! Fui demasiado lento, ahora moriré.  

 

¡Explotó! La mina que Yosuke-san y el capitán Yamato instalaron funcionó. El primer Sherman arde. Disparo un perforante y acierto. El segundo Sherman sufrió daño, pero fallé, no conseguí terminar con él.  Dispara. Veo el proyectil pasar justo a mi lado en cámara lenta.  Explota la casa a mi espalda.  

 

—¡Está cargado! —grita Jiro después de insertar la nueva bala.  

 

¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! Cierro los ojos y disparo. La tierra retumba con el rugido del cañón. Jiro me jaló consigo en cuanto lo escuchó. Corremos y saltamos. El lugar en donde estábamos vuela, inmerso en una masa de aire caliente. ¿Fallé? Más bien, ¿estamos vivos? 

 

—Hey, Jiro.  

—Ya van tres veces que te salvo. 

—¿Las estás contando? 

 

Reímos.  

 

—¡Aún hay enemigos! Retrocedan al depósito, lo defenderemos desde ahí —grita Masashi-san. 

 

Al parecer, Yosuke-san y el capitán murieron, lo que significa que el siguiente en la línea de mando es él. Acatamos su orden. Nos encaminamos de prisa al depósito de municiones.  

 

Es una escuela primaria. En los salones hay explosivos, balas y proyectiles de artillería. Hay ametralladoras dispuestas detrás de las rejas del terreno, tiradores en cada ventana, y otros más atrincherados detrás de coberturas improvisadas. La bandera del imperio ondula orgullosa en el mástil del patio central. ¡Maldición! Somos apenas veinte, no aguantaremos mucho.

 

El humo en el cielo ensombrece nuestro campo de visión. Los pilotos combaten a muerte, ascienden hacia las nubes, pero sólo uno de ellos regresa. Los fuselajes de los Zero apenas se mantienen unidos con tantos agujeros. Antes eran verdes con rojo, pero tanto hollín y metralla los han dejado casi negros. Las turbinas hacen el ruido de un millar de mosquitos asesinos. 

 

¡Nos han reforzado con un tanque Tipo 4 Chi-To! La moral es alta.  ¡Podremos vencer! Sobre la tierra deja un rastro inconfundible a su paso. Nuestro tanque abre fuego, la tierra retumba. El torretero deja caer toda la potencia de fuego de la ametralladora pesada Tipo 97 sobre el enemigo. En el suelo, los soldados no nos quedamos atrás.  Defendemos nuestra posición entregando nuestras vidas a nuestra patria.  Segamos incontables vidas americanas, de soldados que corren hacia nosotros, hacia su muerte. ¡Somos los héroes de este imperio! 

 

El tanque arrasa con la avanzada enemiga. No son oponentes contra un monstruo de treinta toneladas. Dispara proyectiles altamente explosivos. Yo lo escolto, disparo con mi fusil Tipo 5 a los enemigos. Ellos devuelven el fuego con lanzacohetes M1. Recargo, esto sólo tiene cinco balas.

 

¡Maldición! Me cubro con el muro agujereado. Sus proyectiles impactan en el concreto. Me asomo, regreso el fuego y acierto. Nos están flanqueando. No duraremos mucho más si logran rodearnos. ¡Son demasiados! 

 

Me distraje. ¡Un cohete M6 logró darle al tanque! Echa humo, la oruga se incendia, pero aún está operativo. Dispara su munición altamente explosiva contra una guarnición de soldados enemigos, volándolos en pedazos.  Disparo al cohetero americano. Nuestro tanque retrocede, el torretero dispara al enemigo que tiene enfrente. Un carro de combate se acerca de frente a toda velocidad, su ametralladora montada me dispara, me cubro con un muro, ¡lo  hace pedazos! ¡Maldición! El copiloto americano va armado con un lanzacohetes.  El tanque no logra reaccionar a tiempo. 

 

La explosión me arroja por los aires. ¡Dios! No sé si soy el tipo con la peor o la mejor suerte del mundo. Me zumban los oídos.  

 

—Kousei, ¡Kousei! —Jiro viene corriendo hacia mí.

 

Me tapa con su chaqueta, me levanta y me lleva del hombro. Veo todo borroso, estoy desconcertado. ¡Arde! Me he quemado parte del brazo, el pecho y el cuello.  ¿Es grave? Puedo mover mis dedos, duele, pero puedo soportarlo.  

 

—Suéltame, debemos regresar al frente. 

—¿Estás loco? Perderás el brazo si no te atienden. ¡Médico! —grita. 

—Sólo necesito morfina, puedo seguir luchando.  

—No hasta que un médico revise tus heridas, ¡si pierdes el brazo no nos servirás de nada! 

 

Empujo a Jiro.  

 

—¡Estaré bien! 

 

Él niega con la cabeza en señal de desaprobación. 

 

—Eres un imbécil.  

 

No perdí mi arma, la correa la mantuvo cerca de mí. Regreso al campo de batalla, aunque mentiría si dijera que me alejé en algún momento.

 

No tiene caso que un médico me revise, los Aliados nos han superado, es sólo cuestión de tiempo que terminen con nosotros; ya han matado a casi todos los que defendemos este sitio.

 

El edificio de la escuela está hecho añicos, los muros se caen a pedazos, el techo y los pisos se han desmoronado casi por completo, y qué decir de los vidrios: hay miles de ellos rotos y esparcidos. Lo único en pie son las ametralladoras que no dejaron de disparar en ningún momento y sus tiradores, que, aunque heridos de muerte, no se han rendido; y la bandera imperial, que aún ondula orgullosa en el cielo.

 

Míranos, a tus hijos, que derramamos la sangre que da color al sol naciente.  

 

Observo el cielo rojo sobre mi cabeza, no quedan aviones en el aire, es el único lugar con paz en esta tierra maldita. Tampoco escucho más explosiones de artillería en el mar. Los barcos siguen disparando bengalas, pero el fuego ya no se propaga ni inunda sus corazones. Ya no hay más tiroteos en la lejanía; toda la acción se ha concentrado en un sólo punto: alrededor del mástil del patio central de esta escuela primaria.

 

Hemos sido rodeados. Hemos sido derrotados.  

 

Si he de morir en este campo estéril, he de hacerlo orgulloso, no como un cerdo en un matadero. Disparo a tantos americanos como puedo, hasta quedarme sin balas 7,7. Arrojo mi fusil. Empuño mi pistola Hamada y disparo tres balas .32, el retroceso hace fallar mi puntería, pero no puedo agarrarla con ambas manos. Los cuatro sobrevivientes nos refugiamos en lo que queda en pie de la escuela. Jiro cubre mi espalda.  

 

—¿Crees que logremos salir de esta? —me pregunta. 

—Sólo un milagro haría que saliéramos en una pieza.  

—Fue un honor.  —Se asoma y dispara. 

—No te despidas, no hasta que estemos muertos. —Me asomo y disparo.

—Idiota, no podremos despedirnos cuando estemos muertos. 

—Tienes razón. Me consuela que pronto veré de nuevo a Hina-chan.  Quizá pueda decirle que la amo… Dime una cosa. 

—¿Qué? —Se asoma y regresa espantado, poco faltó para que le volaran la cabeza.  

—¿Crees que ella me habría querido? 

—¿Qué dices? Siempre me preguntaba por ti. Era bastante molesto. 

—¡Ja! Gracias. 

—¿Por qué? 

—Podré morir con una sonrisa.  

 

Pronto te veré, Hina-chan.  

 

—Withdrawal! Withdrawal! —gritan los americanos.

    [¡Retirada! ¡Retirada!].

 

Me asomo sutilmente. Los Aliados corren lejos de nosotros. Escucho una detonación detrás de mí y en seguida la tierra se levanta violentamente. Varias explosiones más resuenan a mi alrededor. Los motores de varios tanques roncan por el área. Una intensa lluvia de balas cae sobre el enemigo. Varios soldados japoneses entran a la escuela.  

 

—¿Están heridos? —pregunta uno de ellos.

 

Negamos con la cabeza. Yo estoy bien, puedo seguir luchando, sólo necesito un trago.  

 

—¡Aquí, un médico! —grita uno de los sobrevivientes.  

 

El soldado que nos auxilió corre hacia él. El herido está grave, dos balas habían perforado su pecho. Se ahoga en su propia sangre. Jiro y yo nos acercamos. Yo conozco a ese hombre, es Yamada-san. 

 

—Quiero que le den un mensaje a mi esposa, Kotonoha. Díganle que, por lo que más quiera, no le ponga mi nombre a nuestro hijo. —No puede ver, sus ojos resultaron severamente heridos. Esas fueron sus últimas palabras.

 

Prometo que le haré llegar tu mensaje a tu esposa. 

 

Subimos a los coches militares que llegaron. Casi todo nuestro escuadrón pereció, sólo quedamos Jiro, Masashi y yo. Regresamos al puesto de avanzada con el resto del ejército, a siete kilómetros al norte. El trayecto fue relativamente tranquilo, comparándolo con el infierno de hace unas horas.  No somos los únicos regresando, decenas de camiones transportando heridos y caídos nos acompañan. Toda una brigada de tanques y soldados fue a reemplazarnos. Para este punto, los Aliados han tomado la mitad de la ciudad de Miyazaki.  

 

No sé si es porque tal vez me he quedado sordo, pero no oír las estridentes explosiones me relaja. A lo lejos, el humo de los bombardeos aéreos y navales se disipa. Quizá esta noche pueda dormir.  

 

El puesto de avanzada es un caos, tanto como el campo de batalla.  Gente yendo de un lado a otro, heridos siendo cargados en camillas, soldados agrupándose con su respectivo batallón, personal militar alistando las armas y municiones; ingenieros reparando y acondicionando tanques, coches y piezas de artillería. Es una fortaleza bien armada, podría resistir un asedio por semanas. Puedo ver al menos catorce baterías antiaéreas. La pista de despegue más cercana queda a once kilómetros. Seguramente este es el lugar más seguro de todo Kyushu. 

 

Los médicos y enfermeras no se dan abasto. La batalla inconclusa de Miyazaki dejó cientos de heridos, incluyéndome. Aguardo impaciente porque un médico revise mis heridas, sino Jiro no me dejará tranquilo.  Quizá es porque soy la única familia que le queda. Claro que no puedo quejarme, ¡me consiguió un buen sake! Tengo tanta sed que dejaré vacía la botella.  

 

El sujeto que iba antes de mí parece que quedó atrapado en el fuego y los pulmones se le llenaron de humo.  

 

—¡Ha dejado de respirar! —grita un hombre. 

 

Hay un estruendo, no puedo ver qué pasa del otro lado de la cortina. 

 

—¡Vamos, maldita sea! Uno, dos, tres, cuatro… 

 

Esa voz. Es una mujer.  

 

—¡No te vas a morir, no mientras yo esté aquí! 

 

Esa voz, yo conozco esa voz…  

 

—¡Vamos! Uno, dos, tres…—dice forzadamente, hace presión. 

 

No puede ser. Me importa un rábano la privacidad. Irrumpo al otro lado de la cortina. 

 

Veo a una mujer de blanco, con la ropa ensangrentada, darle respiración boca a boca al sujeto que dejó de respirar. No puede ser. ¿Será que en verdad yo morí en una de esas explosiones? ¡Lo logró! Trajo de vuelta a la vida al hombre. Ella voltea a verme exhausta. No puede ser.  

 

—Kousei-san —dice.  

—Hina-chan —respondo.  

 

Sus ojos se humedecen y sonríe. ¿En verdad eres tú? Eres tan hermosa como te recuerdo. ¡¿De verdad eres mi Hina?! Me acerco impulsivamente, ella es más rápida. Se para en puntas y jala mi cabeza con sus brazos. Me besa con tanto fervor que siento detenerse mi respiración.  

 

—Hina-chan, yo… 

—No hables.  

 

No suelta mi cabeza, nuestras frentes están unidas. Tomo su cintura.  Eres tan dulce.  

 

—Doctora Fujiwara —dice la enfermera, incómoda.

 

¡Es Aiko Yamada! También está aquí.

 

Hina voltea. Viste una bata blanca para que la puedan diferenciar, debajo trae una blusa amarilla y un pantalón verde. Supongo que no había mucho de su talla de dónde elegir, pero sigue siendo bella. Está sonrojada.  

 

—Me encargaré de curar sus heridas, no son graves —dice Aiko. 

—No, Yamada-san, yo me encargaré. Tú atiende a los demás —Hina contestó en un tono poco amigable.  

 

Es una mujer pequeña, pero con un gran carácter. ¿Estás segura de que no tendrás problemas por dejar tu puesto? 

 

Hina me ha sentado a rastras en un banquillo y me ha ordenado quitarme la camisa. Estoy sucio, enlodado, sudado, ensangrentado y quemado. La piel de mi costado y brazo derecho está roja, arde si la toco. No tengo vello corporal.  

 

—Jamás pensé que tendrías un cuerpo tan musculoso, Kousei-san —dice Hina. Se acerca cargando un balde con agua y algunos trapos, gasas y vendas.  

—Los soldados debemos estar en buena forma.  

—Lo sé.  

 

Hina está de pie justo frente a mí. Toma un trapo mojado. 

 

—Debo limpiarte.  

 

Pasa el trapo suavemente sobre mis hombros. Acaricia mi piel con gentileza. Mantiene un gesto serio, pero no puede esconder el rubor de su rostro. Me pregunto si ella también se ha dado cuenta de que igualmente me siento extraño. La única vez que estuvimos tan cerca fue antes de partir al frente, cuando Jiro y yo nos despedimos de nuestras familias, nos abrazó a ambos y susurró: ‘vuelvan a casa, los estaré esperando, a los dos’. Ese día ella olía a cerezo en primavera. Hoy tiene un aroma diferente, no es dulce, aunque tampoco es desagradable. Acerco mi rostro a su vientre. Su sudor se ha impregnado en su ropa, huele al jabón que nos da el ejército. Pero el aroma de su bata es un tanto “denso”, pesado, debe ser por la sangre que la ha manchado.  

 

—¿Cómo es que estás aquí? —pregunto—, ¿acaso…? 

—No, sólo estamos Aiko y yo. Nuestros padres murieron, y seguramente también los tuyos, las bombas barrieron con todo. Sobreviví por un milagro, sólo resulté herida. Me encontré con un grupo de soldados y atendí a sus heridos, luego me trajeron a este lugar. Porque mi padre era un respetado médico el apellido Fujiwara es conocido, así que tomé su lugar como la doctora Fujiwara. A fin de cuentas, él me enseñó todo lo que pudo. Aiko ya estaba aquí cuando yo llegué, me alegré demasiado al saber que estaba bien.

—Jiro está conmigo, al llegar aquí nos separamos. Si no me hubieran herido, tu hermano no me habría obligado a buscar atención médica. 

—Lo sé, pregunté por ustedes en cuanto llegué —dice feliz—. Siempre fuiste testarudo, no me sorprende —ríe.

—De no ser por eso, no creo que te hubiera vuelto a ver. 

 

No me responde. Sigue limpiando mi cuerpo, pasando sus delicadas manos por lugares que no habían sido tocados. Toca mi pecho y abdomen como si los conociera de toda la vida.  

 

—Mientras luchaba, en lo único que podía pensar era en ti. Sufrí a cada segundo porque creí que ya no estabas en este mundo. Sentí ira, odio, con cada célula en mi cuerpo por esos desgraciados que te arrebataron de mi lado. —Recargo mi cabeza en su suave cuerpo y rodeo su cintura con mis brazos—. Sólo estaba vivo para matar y así, poder vengarme de todos ellos.  No me importaba si moría, con tal de llevarme a la tumba a tantos americanos como pudiera. 

 

Hina posa gentilmente su mano detrás de mi cabeza.  

 

—Ahora tienes un motivo para seguir viviendo, Kousei-san. Cada que te vayas, tienes que regresar a mi lado —dice con dulzura—. No puedes imaginar lo feliz que me hizo volver a verte. Todo el tiempo estuve rezando porque ustedes estuvieran bien. Estoy agradecida porque así fuera.  

 

Alejo mi rostro y la miro a los ojos. Sonríe, está feliz. Yo también, y entonces, ¿por qué me siento tan ansioso? Hina ha terminado de limpiarme.  Comienza a vendar mi torso, aquellas partes donde estoy quemado y herido. 

 

—¡Ouch! 

—¡Lo siento! 

 

Sé por qué estoy ansioso. Desde que me fui de casa lo estoy, y es esta señorita la razón. Extiendo mi brazo para que pueda vendarlo. Sí, debo hacerlo, es por eso por lo que no puedo estar tranquilo, pero ¿podré estarlo  cuando lo haga? ¡Eres la única mujer por la que me pongo tan nervioso!  Bien, es ahora o nunca. 

 

—Hina-ch…chan —tartamudeo. 

 

¡Aaah! Puedo escuchar como mis ancestros se revuelcan en sus tumbas.  Ella no podría ser más obvia, se nota que se esfuerza por no reírse. 

 

—¿Qué? 

—No, no es nada. Olvídalo. 

—Kousei-san, dime de qué se trata. 

 

Bien. Tomo aire, valor, me encomiendo a los dioses y hablo al fin.  

 

—No esperaré a que termine la guerra. Hina Fujiwara, ¿te casarías conmigo? 

 

Lo dije, ¿lo dije? ¡Lo dije! No puedo creer que me sienta más nervioso que cuando casi me vuelan en miles de pedazos. Ella llora. ¿Por qué llora?  Me abraza. 

 

—Me casaré contigo, Kousei Himejima. Gana la guerra y dame muchos hijos —solloza.  

 

No puedo saber si está feliz o triste. No la entiendo. Me levanto y la abrazo, es todo lo que puedo hacer por ella en este momento.

 

Ella levanta su rostro húmedo y enrojecido. Sus labios entreabiertos me tientan, la beso.  Me besa y no me suelta, se aferra a mí como si su vida dependiese de ello.  Me roba el aire. Es apasionada, terca y soberbia; la amo con locura.  

 

Sin darme cuenta nos alejamos del resto del mundo, y nos metimos en uno nuevo, donde sólo existimos Hina y yo. No puedo dejar de besarla, me he vuelto adicto a sus labios, a su piel, a su aroma. Me alejo de su boca y bajo hasta su cuello, es caliente y salado.

 

Ella suspira, acaricia mi pecho con las yemas de sus dedos. Deslizo mis manos sobre su cadera y levanto levemente el borde de su ropa, tocando la piel de su cintura y espalda baja.  

 

Doy un paso en falso hacia atrás y caigo al suelo sobre mi trasero. Hina cae sobre mí. Ella exhala vapor, sus pupilas están dilatadas y sus labios, húmedos. Un segundo, ¿en qué momento se quitó su bata? Regresa a mí, a mis labios. Levanto su blusa, ella alza sus brazos y yo se la quito. 

 

—No esperaré a que termine la guerra. Te quiero, Kousei-san.