Bajo el sol de Kyushu

Capítulo 4: En picada

De nuevo me han dejado sola.

 

Creí que, al menos por ser una ocasión especial, Kousei, mi prometido, se quedaría conmigo. Pero supongo que era mucho pedir. ¿Soy egoísta por querer que la persona con la que me casaré se quede a mi lado? Se fue, él y mi hermano partieron de regreso al campo de batalla. Tengo miedo, me aterra la idea de perder a alguno de ellos, pero soy totalmente impotente ante ese destino.

 

Ayer Kousei me propuso matrimonio. Hoy me despertó la suave brisa del alba. Mi cabello era un desastre, como siempre. Quería amanecer abrazando el cuerpo de Kousei, piel con piel. Pero su respuesta fue:

 

«Quiero esperar a nuestra noche de bodas».

 

Quizá fue lo mejor, creí estar lista, pero ahora que lo pienso, un almacén de municiones antiaéreas no habría sido el mejor lugar.

 

Hace no mucho también estuve en una situación similar, con Oliver. Me pregunto qué habría pasado si esa noche me hubiese tomado, ¿algo habría cambiado?

 

Ayer me dejé llevar porque quiero a Kousei, sin embargo, por alguna razón que no termino de entender, siento culpa. No hice nada indebido ni de lo que deba arrepentirme. Lo besé, lo toque y me tocó, pero es porque confío en él. Kousei siempre me trató como a una dama, supo ganarse mi corazón, comprendió mis temores y me ayudó a superarlos. Llevo más de media vida conociéndolo, es mi familia y la de Jiro, él es mi presente y quiero que sea mi futuro. Entonces, ¿por qué me siento culpable?

 

Conozco la respuesta, claro que sé la razón, podré engañar a todo el mundo, pero jamás a mi corazón.

 

Oliver, esto es tu culpa. Toda tu maldita culpa. Déjame ser feliz con mi prometido. Sólo puedo tener ojos para él, pero tú y tus estúpidos ojos azules no dejan de acosarme en mis recuerdos. ¡Te pienso todo el tiempo! Tú y tus cálidas manos, tú y tus brazos fuertes, tú y tu sonrisa de tonto que tanto odio. Recuerdo la suave sensación de tus labios acariciando los míos, a ti tomando mi cintura, a ti cobijándome y cuidándome. ¡¿Por qué a mí?! ¿Por qué te extraño? Si sólo pasamos juntos un par de días.

 

Kousei nunca me ha cuidado ni me ha cobijado, pero estoy segura de que lo haría si fuese necesario.

 

No eres nada especial, no te creas tanto. Si te volviera a ver, ¿sería capaz de mirarte a tus bellos ojos?, ¿qué podría decirte?, ¿lo siento?, ¿perdóname por intentar matarte y huir cobardemente? ¡Ja! Es imposible que eso pase, somos enemigos, y si sucede, uno de los dos halará del gatillo. Halar del gatillo.

 

Oliver, ¿sigues con vida? Espero que sí, eres mi ángel. Aunque no lo sepas, me gusta pensar que estás bien, e imaginarme que también me piensas tanto como yo a ti. Me pregunto, ¿qué estarás haciendo?

 

A lo lejos, en la ciudad, las explosiones se propagan. Sobre nosotros, los que nos quedamos en la base, llueve la ceniza de la batalla del día anterior, misma que aún no ha terminado. 

 

—¡Eres un bastardo! —golpeo a Oliver en el rostro.

—¿Qué ocurre, Samuel? ¿En serio eso es todo lo que tienes? Vamos, ven aquí —me responde desafiante, recuperando su guardia.

 

Después de tomar Staten Beach (nombre clave al desembarco en la playa de Miyazaki), las fuerzas Aliadas instalaron puestos de avanzada. Los navíos enviaron los cañones de artillería a tierra. El escuadrón Beta, nosotros, cumplimos con nuestra misión: eliminar cualquier amenaza que pusiera en riesgo el desembarco desde posiciones en tierra. Gracias a eso, los batallones sufrieron menos bajas de las estimadas. Por su parte, gracias a que el escuadrón Alfa logró su cometido, destruyendo las pistas de despegue y depósitos de combustible de los Zero, la flota recibió menos daños importantes de los esperados. Esto se puede considerar como una operación exitosa. Sin embargo…

 

Propino un buen uppercut a la barbilla de Oliver, haciéndole perder el equilibrio.

 

…este idiota por poco nos cuesta la victoria. Priorizó la vida de una sucia japonesa antes que la de todos nosotros. Esto es personal, lo moleré a golpes antes de que llegue el comandante Larson.

 

Lo desconcerté. Le doy un gancho a las costillas y otro más al pómulo, pero al tercero, Oliver se evade, me embiste con su hombro, me aleja y en ese instante me da un cross al rostro.

 

¡Hijo de perra! Sangro de la nariz. Me abalanzo sobre él y lo derribo. Caemos ambos al lodo, que me salpica la cara. Lo golpeo repetidamente con los nudillos, él se cubre inútilmente, soy más fuerte. Me toma de los hombros y me da un cabezazo; retrocedo y me incorporo. Oliver se levanta y se pone en guardia, está agotado. ¡¿No has tenido suficiente?! Corro hacia él con la intención de derribarlo, pero logra esquivarme, ¡era una trampa! Me agarra de los hombros y me inclina para darme un contundente rodillazo en el abdomen. Me ha sacado el aire, escupo y toso. Me golpea en la cabeza y caigo al lodo otra vez.

 

—Vamos, levántate. Yo no seré un rastrero como tú —me dice.

 

Me pongo de pie. Le romperé la cara a ese maldito. Nos lanzamos uno contra el otro.

 

—¡Ustedes dos, deténganse! ¡Es una orden! —impera el comandante Larson.

 

Un hombre de mediana edad, de cabello cano y arrugas en el rostro, es el sujeto a cargo de las brigadas de la Commonwealth y de nosotros, el Servicio Aéreo Especial. Le acompañan dos soldados, nos separan.

 

—Johnson, largo de aquí —me ordena.

 

Debo irme. Miro a Oliver una última vez. Realmente lo siento, confiaba en ti como un hermano, pero eso se acabó.

 

—Espero que te ejecuten, maldito traidor —le digo.

—Llévenselo —ordena el comandante.

 

Sus hombres apresan a Oliver y se lo llevan al embarcadero. Una acción disciplinaria tan severa sólo puede ser aprobada por el alto mando, Oliver será juzgado en un portaaviones de la armada.

 

Desciendo del cielo a baja velocidad, lo suficientemente lento para que pueda estrellarme en la plataforma de despegue del portaaviones perteneciente a la Tercera flota, ¡ja! Es una graciosa forma de llamarle al aterrizaje.

 

Desde mi F6F Hellcat de camuflaje bicolor, a trescientos metros de altitud, los buques en el mar se ven mucho más pequeños de lo que son. Hay cientos de ellos flotando, al acecho. Es impresionante. Las armas más poderosas creadas por el hombre están reunidas en un sólo lugar de este enorme océano. Siempre he querido disparar el cañonero de un acorazado, sentir ese azote de fuego recorrer mi cuerpo y que agite mi carne como un terremoto.

 

Las batallas en el agua son totalmente diferentes a las batallas en el aire. Un combate en el cielo es rápido, no da tiempo ni para respirar; cuando lucho imagino que soy el Arcángel Miguel arrojando fuego contra los demonios japoneses. Claro que lo dije como insulto, pero con un poco de respeto, ellos luchan con honor, al final, en el campo de batalla cada soldado lucha por su vida.

 

Tengo luz verde. Desciendo. Lento, lento, ¡lento! Aterrizo. ¡Diablos!, nunca podré acostumbrarme al golpe al tocar la plataforma, es como un choque en coche. Los cables detienen mi avión. Los rotores se detienen progresivamente. Abro la cabina y salgo. No espero a que el técnico de vuelo venga a auxiliarme, ese sujeto me desespera. Me quito las gafas y el gorro de piloto, soltando mi largo cabello rojizo. “Largo” porque me cae hasta la nuca, pues todos mis compañeros están rapados o recortaron su cabello. Soy la única mujer de mi escuadrón, pero me tratan como a uno más de ellos.

 

—¡Meyers! —El jefe viene hacia mí.

 

Volteo. Es un hombre de mediana edad, de verdes ojos como los míos y cabello cano, es robusto; viste una chamarra de cuero con insignias, igual que yo, aunque no tengo tantas como él. Está rasurado y arrugado. Es mi tío: el capitán Charles Meyers.

 

—¿Estás bien?, ¿te pasó algo? —Me toma de los hombros y me analiza preocupado.

 

Siempre me ha tratado así. Desde que mis padres murieron cuando cumplí cinco años, él y mi tía han cuidado de mi hermano menor y de mí. Él me enseñó a volar, y me prohibió enérgicamente que me enlistara. Casi le dio un infarto cuando le di la noticia de que me uní a la USAF, hace dos años. Me sorprendió la manera en que movió los hilos dentro del mando para que me asignaran a su cuadrilla. Así que aquí estoy, como una piloto sobrecalificada que pasa la mayor parte del tiempo en tierra porque tiene un tío sobreprotector. Si fuera por él pasaría todo el tiempo en este buque, pero la guerra es tan intensa que no puede permitirse tener a su personal inactivo, ni siquiera a mí.

 

—Sí, sí. Estoy bien, el avión sólo tiene un par de rasguños. —A decir verdad, poco faltó para que me derribaran, mis alas tienen muchos agujeros—. Sólo hay que reabastecer combustible. —Parece como si hubiera visto un fantasma—. Tranquilo, tío, no me pasó nada. ¡Harán falta algo más que unos Zeros para acabar conmigo! —digo confiada.

—V…v…vamos adentro —balbucea, está tenso.

 

El capitán Meyers es conocido por el personal como el “Capitán Tormenta”, el más fiero aviador de la fuerza aérea. Ha derribado decenas de aeronaves japonesas desde que empezó la guerra. Se ganó ese apodo después de dirigir una operación en altamar durante una tormenta que escaló a tifón, saliendo victorioso y sin ninguna pérdida. No sería de extrañar que antes de que termine la guerra lo asciendan a Mayor. Todo el mundo lo respeta y le teme, pues es un hombre temperamental y severo. Pero para mí, es y siempre será mi querido tío Charles.

 

Aun abordo me sigue tratando como a una niña, aunque acabo de cumplir veinte. En público me llama por mi apellido, pero cuando no hay nadie cerca, ni siquiera me llama por mi nombre, ¡me dice Caramelo! ¿Acaso hay algo más vergonzoso? Tío, te quiero mucho, pero en serio, déjalo ya. Si alguien se entera, todo lo que me costó construir el nombre de la piloto Angela Meyers se convertirá en la piloto “Caramelo Meyers”.

 

Camino junto a él por los pasillos del portaaviones. Son estrechos, blancos y con varios tubos en las paredes; nuestras pisadas resuenan en el metal. Mi tío me ha dado un emparedado de jamón, me conoce tan bien que ya me tiene listo el almuerzo, sabe que soy una comelona.

 

¡Está rico! Lo debió haber preparado el cabo Lucas, cuando él cocina le pone especial esmero en lo que hace para mí. Algunas veces lo he visto mirarme en el comedor, pero jamás se ha atrevido a hablarme. Yo sé de él porque ChickChiken me contó. Su nombre es cabo Charlotte Harris, pero como es más bajo que yo y es rubio, se le quedó el apodo. En mi escuadrón somos cinco: ChickChiken, Samson, Rudy, Wololotz y yo. Y sí, el último así se llama, yo no lo bauticé como a Chick. Al parecer, el cabo Lucas es amigo de ChickChiken. En el comedor, él es el que nos sirve, pero no puedo hablarle porque me evade inmediatamente. Chick dice que quiere presentarnos, cosa a la que dije que no, pues simplemente no es mi tipo. Además, ya tengo a alguien que me gusta y tampoco puedo dirigirle la palabra.

 

Lo conocí meses atrás, durante los preparativos de la operación Cegador. Nuestro grupo de combate fue asignado a ser la escolta del grupo de bombarderos que asolaron la bahía de Ariake hace una semana. Fue amor a primera vista, en cuanto lo vi quise saber todo de él, pero estoy segura de que él ni siquiera sabe que existo. ¿Cómo podría? Alguien tan impresionante y con tantas medallas está en un nivel totalmente diferente al mío. En fin, no me preocupa, es imposible que lo vuelva a ver, lo conocí de manera extraoficial. Yo no debía enterarme de que la operación Cegador era una fachada, y mucho menos del nombre de aquel soldado. Si alguien se enterara de que lo sé, probablemente me arrestarían. Fue un riesgo que me alegro de haber corrido, pero él es un mundo totalmente ajeno al mío.

 

Y por alguna razón está caminando frente a mí ahora mismo. Imposible, no puede ser. Sí, es él, Oliver Smith; dos soldados lo escoltan, lo han esposado. Se dirigen al puente. Me atraganto con mi emparedado, él voltea a verme extrañado. ¡¿Qué diablos está pasando aquí?!

 

—¡Caramelito! ¡¿Qué te ocurre?!  —Justo ahora me dice así, ¡tío, no!

 

¿Es demasiado tarde para aventarme por la borda? Después de toser medio pulmón, tomo aire. Corro para asomarme, se llevan a Oliver al puente. Esto es serio.

 

—Tío, ¿sabes por qué se lo llevan?

—Escuché que un soldado cometió traición, intentando asesinar a uno de sus compañeros bajo la orden de un soldado enemigo. No imaginé que se tratara del SAS. Lo estarán llevando al puente para someterlo a juicio marcial.

 

¿Oliver traicionó a sus compañeros? No, eso es una calumnia. Alguien como él no podría haber hecho algo así, debe ser un error, un malentendido. ¿Oliver Smith, en verdad nos traicionó?

 

Llegan noticias del frente, con cada batallón que regresa a la base, cientos de cuerpos y heridos atiborran las camas y fosas. Todos gritan, lloran, se desesperan; he visto cosas horribles desde que llegué, pero es mi trabajo como médico de guerra.

 

El doctor Matsuda es el cirujano en jefe, él decide quién vive y quién muere, pues no tenemos los insumos suficientes para poder salvarlos a todos, y por la severidad de las heridas, no todos pueden salvarse. Él era conocido de mi padre, y como me conoce, sabe que soy capaz de hacer más cosas que una enfermera, por eso no me asignó como una, sino como médico. No debería, pero ante la falta de personal, no hubo elección.

 

—¡Doctora Fujiwara! La necesito aquí en este momento —me grita una enfermera.

 

Corro y esquivo al personal. Este es un hospital de campaña, sobre nuestras cabezas hay grandes lonas, y en el piso, los heridos están postrados en mantas sobre la tierra; la mayoría tiene vendajes en varias partes del cuerpo.

 

Hay un hombre herido de gravedad en una de las mesas acondicionadas para operar, separada del resto únicamente por una cortina. La enfermera le ha dado primeros auxilios, y el doctor Matsuda ya lo aprobó. Este hombre está severamente herido, con tan sólo mirarlo puedo saber lo que tengo que hacer; una granada le destrozó ambas piernas. Soy la única que puede hacerlo, aunque no sea cirujana, pues todos ya están demasiado ocupados, y si espero más tiempo, este hombre no sobrevivirá. Debo amputar.

 

Lo logré, pude salvar a este soldado. Él regresará a casa cuando pueda ser trasladado. Abandono la mesa de operaciones. Desde que llegué a este lugar, todo ha sido poco más de lo mismo. No puedo quitarme el hedor de la muerte, ni el sonido de los gritos de dolor, ni las manchas de sangre ajena a mi cuerpo. Huyo y me escondo en un rincón donde no puedan verme. Vomito todo lo que no desayuné y lloro.

 

Me tranquilizo, necesitaba un poco de aire, no puedo ayudar a nadie si mis manos no dejan de temblar. Escucho un sollozo no muy lejos de mí, me acerco tímidamente a esa chica que llora, también se ocultó como yo. Es Aiko, no la había visto en toda la mañana, está sentada sobre una roca. Está encorvada, me da la espalda.

 

—¿Estás bien? —Toco su hombro, estoy preocupada por ella.

 

Voltea a verme, tiene el rostro enrojecido, cubierto de lágrimas. Sostiene en sus manos unas placas metálicas. No, no puede ser.

 

—Kousei me las dio antes de irse. Hina, mi primo está…—Se quiebra—… está…

 

Rompe en llanto. La comprendo perfectamente, abrazo a mi amiga. Yo también comparto su dolor. Lloro con ella, me aterra la idea de estar en su lugar.

 

—Hina, debemos regresar  —dice con el corazón roto.

 

Asiento con la cabeza. Limpio su rostro con mi manga.

 

No podemos permitirnos desatender, cada segundo es una vida que podemos salvar. Limpio mis mejillas con la manga de mi bata, pero no tiene caso, igualmente tengo manchas rojizas en el rostro. Regresamos a nuestros puestos, yo puedo descuidar mi persona si con eso salvo todas las vidas posibles.

 

¿Qué es eso que escucho? ¿Acaso es la alarma de ataque? Los soldados a mi alrededor se preparan para el combate.

 

Mi tío, quiero decir, el capitán Meyers, me ha ordenado quedarme en el portaaviones. ¡Me aburro! He estado perdiendo el tiempo en mi camarote. Leía un libro que traje de casa, pero ya lo he terminado dos veces. Ni siquiera puedo salir a la cubierta porque está en uso constante. El capitán Meyers puede estar muy cómodo comandando los escuadrones desde el puente de mando, pero yo no tengo nada que hacer. Los muchachos están dándole mantenimiento a las aeronaves, yo sólo estorbaría porque nunca se me dio bien eso de la mecánica.

 

Camino sin rumbo por los estrechos pasillos del buque, la tripulación pasa a mi lado ignorándome, no es que los marinos y los pilotos nos llevemos bien. Hace frío, no me he quitado mi chamarra de cuero ni mis botas.

 

Accidentalmente llegué a las escaleras que van a los calabozos, miro a ambos lados, no hay nadie. Tendré problemas si alguien me ve bajar las escaleras. Yo no debería estar aquí. Hay poca luz. Estoy nerviosa. Me adentro en un estrecho pasillo con rejas en lugar de paredes, casi todas vacías, a excepción de la última. Allí yace un hombre con la mirada perdida, sentado en el piso y recargado en la pared detrás de él.

 

Gira su cabeza al percatarse de mi presencia, me mira irritado.

 

—¿Quién eres? —me pregunta.

—Soy la reina de Yugoslavia, su majestad Angela Meyers —digo lo primero que se me ocurre, vaya forma de romper el hielo.

—Jaja, “Caramelo Meyers” —dice burlándose.

 

Se ríe de mí. ¡Oliver Smith ha descubierto mi identidad! ¡Me quiero morir! ¡Qué vergüenza! Se pone de pie y se recarga en la reja, frente a mí.

 

—Supongo que debes tener una razón para estar aquí —me dice.

—Quizá no lo recuerdes, yo fui uno de los pilotos que…

—Lo sé, te recuerdo, tu escuadrón escoltó el bombardero en el que iba. Angela Meyers. Lo sé todo sobre ti. Eres la sobrina consentida del capitán Meyers, y por eso escalaste tan rápido dentro de la fuerza aérea.

—¡Es mentira! Lo hice por mis propios méritos. Yo me gané mi lugar.

—¿Eso crees? Tienes veinte años y ya estás comisionada como una piloto de alto nivel. Leí tu expediente, el de todos los pilotos involucrados. ¿Crees que les confiaría mi vida a unos incompetentes? Eres buena, sí, pero sólo eso; no eres la mejor, ni estás cerca de serlo.

—¿Por qué me tratas así? Yo sólo quería hablar contigo.

—¡Porque estoy cabreado con todo el mundo! Le salvé la vida a alguien y cumplí con mi misión, ¿y qué recibo a cambio? Una baja deshonrosa y veinte años. Libré por muy poco la ejecución.

—Te vi pasar hace rato y el capitán Meyers me dijo que eras el soldado que nos había traicionado…

—¿Tú también lo crees? —me interrumpió, le molestó lo que dije.

—¡No! Jamás tuve el valor para hablarte durante el entrenamiento estratégico de Cegador, ¡y no me preguntes cómo es que estoy hablándote ahora!, pero siempre te vi de lejos. Eras como el príncipe de los cuentos que leía cuando niña, por eso me niego a creer que seas un traidor.

—Ni el comandante ni el almirante creyeron en mí, ¿por qué debería pensar que tú lo harás?

—Porque si nadie creyó en ti, yo lo haré. Déjame escucharte y juzgarte por mí misma. Confío en ti.

—¿Por qué? No he hecho nada para ganarme tu confianza.

—Porque me das esa sensación, no sé cómo decirlo sin sonar extraña. Siento en ti, debajo de esa apariencia de metal, a alguien cálido. Yo podría confiarte ciegamente mi vida, Oliver Smith.

 

A veces me sorprendo a mí misma con las cosas que salen de mi boca. Y lo peor es que lo digo en serio, yo no sé mentir.

 

—Bien —suspira—, igual no es que tenga algo mejor que hacer. Durante el descenso, una munición antiaérea explotó muy cerca de mí, haciéndome perder el rumbo. Caí quince kilómetros al oeste del punto previsto. En el camino mientras hacía guardia desde mi escondite, vi a una chica más joven que tú. Supe que había algo mal con ella por su caminar, era endeble, frágil. Ella se desvaneció antes de llegar al río. Recé porque estuviera viva, pero después de dos horas bajo el sol, supe que algo andaba muy mal. Me acerqué a ella cautelosamente, estaba herida, hambrienta y severamente deshidratada. Hice lo que cualquier persona con una pizca de humanidad hubiera hecho, sólo le di de beber. La chica podría haber seguido su camino hasta el río, su cuerpo aún podía dar de sí, pero noté en su mirada que ella había perdido toda voluntad de vivir. La llevé conmigo y le di de comer. Todo habría sido más sencillo si ella simplemente se hubiese dado la media vuelta después de eso. Yo habría seguido mi camino y ella el suyo, pero ella insistió en seguirme, y yo no pude decirle que no. Negarle eso habría sido mi perdición.

—¿Por qué salvaste a esa chica?, ¿tiene nombre?

—Ella…Hina, Hina Fujiwara. La salvé para salvarme a mí mismo. Esa chica sobrevivió al bombardeo de Ariake, fue en esa ciudad reducida a cenizas donde la encontré. Yo le arrebaté su vida a esa pobre niña, le quité a su familia y quemé su hogar. Por eso debía protegerla a cualquier costo. Cuando Samuel estuvo dispuesto a asesinarla, yo impedí que sucediera, amenazándolo. Incluso cuando ella intentó matarme, lo habría aceptado, sólo así podría descansar en paz.

—¿Tienes alguien esperándote en casa?

—Sólo mi hermanita Elaine y mi abuela. Son todo lo que me queda.

—No tienes mucho que perder. Lo de Ariake no fue tu culpa, fue una operación militar, y tú, como yo, seguías órdenes.

—Yo sugerí el bombardeo táctico sobre la bahía de Ariake al comandante Heartwolf.

—¿Y crees que por haber salvado a una sola chica cambiaste algo?, ¿qué hay de todas las demás a las que no salvaste? A todas las que murieron o las que perdieron a sus familias. No eres un héroe, Oliver Smith.

 

¡Oh, mierda! ¿Qué acabo de decir?

 

—Tienes razón. —Su mirada luce desolada, como la de alguien que se ha dado por vencido—. Quiero estar solo. Vete. —Me da la espalda.

 

Pero por supuesto que no. Doy un pequeño brinco y me aferro a su cuello con una llave, por entre los barrotes. Golpea la reja fuertemente con su espalda.

 

—¡¿Qué estás…?! ¡Agh¡ —exclama.

 

¡¿Te crees muy importante?! Someto a este enorme hombre con un sólo brazo hasta que caemos al piso. Lo suelto antes de dejarlo inconsciente. Tose. Se voltea rápidamente y me toma del cuello de mi chamarra, me alza violentamente y me mira encolerizado.

 

—Vamos, golpéame. Deja un feo moratón en mi rostro, diré que fue un accidente.

—No digas estupideces. —Me suelta y me mira indiferente.

—¡Deja de autocompadecerte! ¡Esta es la maldita guerra! Eres un soldado, ¿no es así? Compórtate como tal. Tú no estás cabreado porque se haya hecho una injusticia, sino por todo lo demás.

—Yo no debería estar aquí, mi lucha ya ha terminado, los Nazis ya no amenazan mi hogar.

—Eso no significa que la guerra haya llegado a su fin. No hay nada en este mundo que pueda devolverle la vida a quienes ya no están, pero puedes contribuir a que no se pierdan más.

—¿Asesinando?

—Sí, así es la guerra, no puede haber paz sin sacrificios.

—Pero, ¿cuántos más?

—Los que sean necesarios.

 

Oliver se queda callado, pensativo. No se le da bien eso, hace cara de tonto.

 

—Y bien, ¿qué piensas hacer?

—¿Acaso hay algo que pueda hacer? Más allá de esperar a que me cambien de celda.

—Bueno, tenías razón, llegué tan lejos en tan poco tiempo por influencia de mi tío. La habilidad para convencer es algo de familia.

—¿Qué dices?

—¿Acaso no te convencí de salir de tu cueva de lamentación?

—Tú…yo… ¡no!

 

Río maquiavélicamente.

 

—¡Bien! He decidido que te ayudaré. No tienes que darme las gracias.

 

De pronto una explosión sacude el buque. Otra explosión aún más fuerte nos derriba a ambos. El barco se tambalea. Hay mucho ruido proveniente de las cubiertas superiores.

 

Escucho un sonido inconfundible: el de un kamikaze en picada.

 

—¡Agárrate de algo! —grito.

 

Oliver y yo nos aferramos a los barrotes de la celda. El impacto es tan fuerte que ladea la embarcación, es como si un tren nos hubiese embestido. El agua se empieza a filtrar en la cubierta donde estamos, el barco se hunde.

 

Mi calzado y ropa se mojan, esto va mal.

 

—Aguarda aquí un minuto —digo.

—¿A dónde se supone que iré? ¡Espera! No te vayas —dice preocupado.

 

Subo corriendo las escaleras, ¡odio el mar! Tengo tantas nauseas que vomitaré. Si de por sí me mareo en el barco, con tantas sacudidas durante el hundimiento siento que me voy a morir. Debo encontrar rápido al carcelero, él tiene la llave de la celda de Oliver.

 

¡No hay nadie por aquí! Toda la tripulación o está en sus puestos de combate o ha abandonado la nave. ¡¿Acaso somos los únicos abordo?! Maldita sea. Bien, debo mantener la calma, ¿qué haría mi tío en una situación como esta? Seguramente diría algo como: «A veces, un buen escopetazo puede resolver los problemas más enmarañados». Oh, que sabias palabras. Un momento, en realidad no es una mala idea.

 

La armería está abierta, aunque prácticamente ya la han dejado seca. ¡Bingo! Un Winchester 1912, y tiene cinco cartuchos.

 

Corro de regreso a los calabozos, el agua ya me llega hasta el vientre.

 

—¡¿Dónde estabas?! Tardaste mucho —exclama Oliver.

—Buscaba la llave, genio, ¿o acaso eres más fuerte de lo que aparentas, señor Músculo?

—Bien, bien, ¿y la encontraste?

—¡Por supuesto! Aquí la tengo. —Tiro de la corredera de la escopeta con una sonrisa. Me siento poderosa.

 

Oliver se aparta. Esto requiere de un diez por ciento de habilidad, diez por ciento de agallas y ochenta por ciento de suerte, y digamos que mi suerte no es precisamente la mejor del mundo. Coloco el cañón cerca de la cerradura. El agua sube rápidamente.

 

¡Disparo!

 

La cerradura quedó como coladera. Oliver sale corriendo y me toma de la mano, me jala. Subimos las escaleras, la cubierta inferior se incendia, los caminos están bloqueados.

 

—¿Qué hacemos? —pregunto preocupada.

 

Oliver mira el camino que dejamos.

 

—Espero que no te moleste mojarte el cabello.

 

Miro el pasillo inundado.

 

—¿Es muy tarde para confesar que no sé nadar?

—¡¿Qué?!

—¡Lo siento! Mentí en mi informe, ¡soy una piloto! ¿O acaso conoces algún marinero que sepa volar?

 

Las luces se apagan, el barco se ha quedado sin energía.

 

—Toma mi mano, no me sueltes por nada del mundo, ¿de acuerdo? —me dice.

 

Asiento con la cabeza.

 

Nos sumergimos en el pasillo inundado y nadamos de regreso por donde vinimos. Lo correcto sería decir que sólo Oliver nada y me arrastra consigo, pero suena muy feo si lo digo así. No sé cuánto más podré aguantar la respiración, siento que me asfixió, ¡me he quedado sin aire! Mi agarre es débil, en cualquier momento perderé la conciencia.

 

Oliver toma mi cabeza y me da ¡respiración boca a boca!

 

Llegamos al otro extremo del pasillo inundado. Aquí hay un espacio que no ha cedido al agua, respiramos exhaustos. Aún no logramos salir, pero estamos cerca del acceso a la cubierta superior.

 

El humo se filtra en el pasillo, no dejo de toser. Cubro mi boca con mi mano, sigo muy de cerca de Oliver, él va al frente. Llegamos a una puerta.

 

—Está atascada.

—Déjamelo a mí —digo.

 

Quiebro la cerradura con la escopeta.

 

¡Logramos salir a la cubierta de vuelo! Por Dios, es un desastre. No sólo el portaaviones se está hundiendo, la flota entera sufrió un gran ataque. Por lo que veo, decenas de kamikazes arrasaron con gran parte de este batallón naval. Veo los restos de varios destructores y cruceros terminar de hundirse en el océano. Los cazas americanos combaten a los Zeros nipones, el cielo se ha teñido de negro; gigantescas humaredas han tomado el lugar de las nubes, ascienden desde las embarcaciones que se incendian.

 

¡Un acorazado acaba de explotar! Desde la proa hasta la popa, brotaron cinco flores ardientes del casco. Es horrible. Aprieto la mano de Oliver.

 

—Debe de haber algún bote en la cubierta —dice.

—No, seguramente no queda ninguno. —Miro a mi alrededor—. Tengo una idea mejor.

 

Queda un torpedero TBF Avenger anclado a la cubierta de vuelo. Quito el seguro y lo libero, entro en la cabina.

 

—¿Sabes pilotar esta cosa?

—¡¿Qué clase de pregunta es esa?! Sube de una vez.

 

Oliver aborda la aeronave y se sienta en el asiento del artillero. Reviso el estado de la nave: todo parece estar en orden, salvo por un problema, tiene muy poco combustible. Enciendo el motor, las hélices giran a una velocidad tremenda. El avión avanza. ¡Es un gran problema que la cubierta de vuelo esté ladeada! Nunca he despegado en estas condiciones, ni siquiera sé si es posible.

 

Este día no fue tan malo, el sujeto que me gusta me besó. Quizá mi suerte el día de hoy tenga buena racha, o quizá hoy agote toda mi suerte del año. Sea como fuere, aquí estoy, tratando de elevar una pesada aeronave con apenas unos galones de combustible en medio de un campo de batalla, ¿qué podría salir mal?

 

El avión ha ganado suficiente velocidad, halo el timón, los alerones se levantan. ¡Casi se ha agotado la pista! El avión comienza a elevarse. La cubierta de vuelo ha empezado a sumergirse.

 

—Oh, Jesús —digo.

 

¡Volamos! Maniobro temerariamente entre el resto de los buques de la flota Aliada, esquivándolos, hasta ganar suficiente altitud, pero no tanta como para convertirme en un blanco de los Zeros.

 

—¿A dónde vamos, capitana?

—La isla de Yakushima queda muy lejos, con este tanque no llegaremos. Vamos a Kyushu.

—Pero no hay dónde aterrizar.

—¡Ya lo sé!