Caprichosa

Capítulo 0: Prólogo

Ese sonido, las sencillas sílabas que conforman su nombre, las había escuchado unas cuantas veces… las necesarias, como para recordar su rostro y poco más. También sabía que se sentaba detrás de mí, y quiénes eran sus amigas en nuestra clase, pero sólo eso.

 

No la conocía en realidad; es por eso que, todo fue demasiado brusco.

 

Un lunes, cuando volvía del baño de hombres, la observé unos instantes, sin ningún motivo en particular. Parecía bastante entretenida, charlando y riendo con sus amigas, quienes se habían acomodado en mi asiento. Aunque podría haberlas sacado de ahí, por alguna razón, no lo hice. De haber sido posible, me habría gustado integrarme a la conversación, pero al final, sólo esperé a que terminara el recreo.

 

Al día siguiente, volví a observarla a la misma hora y desde el mismo lugar. Esta vez estaba sola, desayunando unas galletas y más atenta a lo que sucedía a su alrededor. No le costó mucho percatarse de mí. Con sus labios cubiertos de migajas oscuras, me preguntó si quería una.

 

No reaccioné como me gustaría, sólo la recibí, le agradecí y salí del salón. No había otra cosa que hubiera podido decir, en ese momento estaba desconcertado.

 

Era una galleta de navidad casera. ¿Quién rayos come galletas de navidad en abril? Es casi un sacrilegio a nuestras buenas costumbres. Demoré un minuto entero en comérmela, estaba deliciosa. Me hizo pensar en porqué no las venden todo el año.

 

El miércoles de esa semana, me puse de espaldas a la pared y la observé distraída escuchando música con sus audífonos rosados. Intenté decirle que tenía el volumen muy fuerte, lo cual era cierto, podía escuchar desde mi lugar el sonido de la guitarra, una batería y hasta una pandereta.

 

Definitivamente, es una persona que no valora mucho su sentido de la audición.

 

Al ver mis labios moverse, se sacó uno de los audífonos que llevaba incrustados y me respondió con un “¿Ah?”.

 

Le dije que iba a quedar sorda y ella volvió a contestarme lo mismo. Repetimos el mismo diálogo unas cuatro veces, cada vez, un poco más fuerte, hasta que, por mi rostro frustrado, contraatacó con una risa jocosa.

 

A veces, me da pena ser tan lento para entender sus bromas, pero fue esa misma naturaleza amigable la que me empujó a seguir hablándole desde aquel día.

 

El jueves, decidí ser un poco pícaro con ella. Le dije que tenía un moco en la nariz. Me dio la espalda inmediatamente, escondiéndome sus mejillas coloradas, para revisarse la cara y darse cuenta de que estaba jugando. Recibí una patada en la pierna por eso. Pero lo valió, era la primera vez que veía su rostro avergonzado, fue la cosa más adorable que jamás haya visto.

 

Para el viernes, yo ya era historia.

 

Mis rutinas, mis preocupaciones banales, mis horas de estudio, ella no me dejó en paz en ningún instante. No era que estuviera presente en todos esos momentos, sino que no podía sacarla de mi cabeza.

 

Siempre había estado allí. Su olor a perfume de vainilla siempre había llegado hasta mi lugar, podía reconocer su voz, siempre tuve consciencia de cómo se veía, sabía su nombre y poco más, siempre supe todas esas cosas, y nunca las había valorado tanto hasta ese momento.

 

¿Por qué? ¿Por qué de repente las cosas más insignificantes que dice me ponen contento? ¿Por qué no puedo vivir sin comer sus galletas? ¿Por qué me invade la tristeza cuando falta a clases? ¿Por qué me carcome la envidia cuando la veo hablando con otro?

 

Todas esas preguntas tuvieron su respuesta ese viernes.

 

En estos momentos, lo que más me aterra, es pensar en el qué pasará de ahora en adelante.

 

Perdón si sueno muy dramático, estoy algo ansioso al respecto. Espero que esto no influya en la primera impresión que se hicieron de mí.

 

Aunque, en todo caso, si pudiera decirles algo antes de comenzar, no es por excusarme, pero, ¿quién no se sentiría aterrado si un demonio estuviera conspirando contra su búsqueda del amor?