Caprichosa

Capítulo 1: Aprieta el gatillo

―Creo que estoy enamorado. ―Sin previo aviso, lo solté por primera vez. Necesitaba que alguien lo escuchara.

 

Mi amigo, Jona, sentado a mi lado, casi se ahoga con su jugo, tosiendo como si fuera un policía con tuberculosis.

 

Era la primera vez que un tema como el amor salía de mi boca.

 

Tuve que darle unas palmaditas en la espalda, como si de una madre sacando los gases a su bebé se tratase.

 

―No digas esas cosas así, tan de repente, casi me matas.

―Perdón por molestarte con mis sentimientos.

―¿Estás seguro de eso? ¿No es sólo tu calentura?

―¿Qué? ¡No! ―dije con desdén―. Yo no soy como tú.

 

Como todo hombre, claramente tengo mis gustos, aunque rara vez sentí atracción más allá del físico por una chica. Hasta que comencé a hablar con “ella” no recuerdo haberme sentido cómodo al lado de mujeres lindas.

 

―Pobre chica, le va a dar un déficit de cariño.

 

Por ese comentario, tuve que darle un codazo, no hubo de otra.

 

―¿Ves? si así me tratas a mí, no quiero ni pensar en ella ―se quejó―. ¿Y se lo dijiste?

 

Obviamente no.

 

Mi experiencia con este tipo de cosas es equivalente a cero. Es realmente penoso, lo sé, pero este sentimiento que ha brotado en mi corazón, ha nacido un poco más tarde que el resto. Seguramente, pertenezco a esa minoría que no atrae a nadie.

 

Nunca me he confesado, ni he recibido una confesión.

 

Faltando un año para salir de la preparatoria y entrar a la universidad, el amor era algo que había descartado de mi vida, incluso un noviazgo estaba fuera de discusión.

 

―Esperaba que me ayudaras con eso, Jona.

―Me lo imaginaba. Bueno, si así lo quieres, seré tu mariachi, bebé.

―Con un consejo, imbécil.

―¿Mua? ¿Qué consejo puede darte alguien como yo?

―¿Qué se supone que debería hacer? Me gustaría, ya sabes…

―Nop, no sé, ¿qué cosa? ―preguntó, acortando la distancia entre nosotros.

 

Me daba mucha vergüenza decirlo.

 

―¡Ah! ―mencionó él, al notar algo en mi rostro―. ¿Quieres aprender la super duper ultra mega técnica definitiva espectacular para seducir mujeres, 100% real?

 

Podrá sonar como un charlatán de comercial barato, sin embargo, él tiene muchísima más suerte con las mujeres que cualquier otra persona que conozca. Él debe saber algo que yo no.

 

―Sí…

―No lo escucho.

―¡Sí capitán! ―solté un grito bañado en vergüenza.

―Pues no existe nada como eso ―me dijo con voz infantil.

 

No puedo creer que me haya hecho gritar por nada, en serio lo odio.

 

―Sin embargo ―añadió―, puedo enseñarte algo. No te volverás un galán ni tendrás algo como un harén, pero es un punto de partida.

―¿En serio? No importa, cualquier cosa me sirve a estas alturas.

 

Jona se aclaró la garganta y procedió con su explicación.

 

―¿Has escuchado esa frase de “sé tú mismo y te irá bien”?

―La habré oído en algún momento.

―Podría decirte que hagas eso, pero sería hipócrita de mi parte. Tú no eres yo, no te va a resultar.

 

Lo dijo con tal sinceridad, que me desconcertó. Me quedé sin saber si sentirme insultado o agradecido por su consideración.

 

“Sé tú mismo”. Si, ahora que lo dice, es una frase bastante típica.

 

―Ok, si no puedo ser yo mismo, entonces, ¿qué hago?

―A ver ―dijo examinando el patio con la mirada, algo que tomó su debido tiempo―. Mira, ahí, hay una chica sola.

 

Miré disimuladamente al lugar que señaló con su cabeza. Su objetivo era una chica de anteojos; estaba desayunando en la soledad de una banca a unos metros. No me costó mucho reconocerla.

 

―Oh, Mia.

―¿La conoces?

―Es la nueva de mi salón, llegó hace una semana.

―¿Te parece linda?

―¿Eh? ―Esa pregunta me tomó desprevenido, ya que no era el tema del que estábamos hablando―. ¿Por qué quieres saber eso?

―Contesta. ―Me presionó.

―Bueno… tiene un aire de tranquilidad.

―No te pregunté eso, ¿crees que es linda o fea?

―Emm…

 

Pensé un poco más al respecto; tener que juzgar a una persona por su apariencia, me sienta mal, sin duda no me gustaría que lo hicieran conmigo.

 

Mia, era una chica de estatura promedio, que tenía un cabello tan negro como Anubis, largo y con una trenza que le llegaba hasta su cintura. Según recuerdo, tras esos pequeños anteojos, se escondían sus ojos grisáceos.

 

Aunque no me atraía físicamente, tampoco la catalogaría como fea por eso.

 

―Si tuviera que elegir una de dos, diría que es linda ―afirmé.

―¿Es eso lo que piensas?

―Sí.

―Muy bien, Félix, ese es el primer paso. Ahora, vas allá y se lo dices en su cara.

―¡¿Qué?!

―Es más fácil decirle eso a alguien, cuando es lo que en verdad piensas, así que puedes empezar con ella. Ah, y no olvides decirle que quieres conocerla junto con eso.

―¿Quieres que vaya ahí, sin ningún motivo, a decirle a una persona que no me conoce, que es linda?

―¿Algún problema? Yo lo haría ―Se jactó de brazos cruzados.

―Obviamente que tú lo harías, porque eres un desvergonzado, pero, ¿no piensas en que, quizá a ella, pueda incomodarle que un desconocido vaya y le diga eso?

 

¿Cuál es el descaro de ir y hacer eso? Razonando, ni siquiera nos conocemos como para decirle algo así, puede resultar irrespetuoso si esa persona no te ha dado esa confianza.

 

―Puede ser, Félix.

 

Dicho esto, se levantó para limpiarse la tierra del trasero y retomó la palabra.

 

―Puede ser que a ella le moleste, no puedo negarte eso, ya que yo mismo lo he experimentado. Pero, también puede que le alegres el día. ―Regresándome la mirada, extendió su mano, y me ayudó a levantarme―. Es algo que no sabrás hasta que lo hagas.

 

Mis ojos se encontraron con los suyos, en los cuales no vislumbré signos de pillería, a los que ya me tenía acostumbrado.

 

―A ver, te ves arreglado, tampoco hueles mal ―mencionó olisqueando por la zona de mi cuello―, y no eres altanero, ¿cuáles son las probabilidades de que se moleste con alguien como tú?

―Cállate. ―No pude seguir mirándolo luego de que me dijera esas cosas. No puedo creer que alguien como él me haga enrojecer, me siento como una niña en este momento.

 

Jona sólo se rió para sí, llevándose las manos a la cintura.

 

―No es necesario que lo hagas ahora si no quieres, pero hazlo. Se te hará más fácil cuando tengas que hacerlo con la persona indicada… no, se te hará más fácil con todo el mundo.

―Está bien, lo haré ―respondí, dejándome llevar por sus comentarios.

―Te estaré dando apoyo moral desde aquí ―dijo felizmente, sacudiéndome la tierra del trasero, como si yo no pudiera hacerlo.

 

Inspiré y suspiré repetidamente para calmarme. Esta iba a ser la primera vez que iba a iniciar conversación con una persona extraña.

 

Por culpa de mi rostro y actitud apática, no mucha gente se me acerca por decisión propia. Pocas son las personas que siguen a mi lado hasta el día de hoy, como Jona por ejemplo.

 

No había dado ni cinco pasos en dirección a mi compañera y ya me estaba arrepintiendo de esto. No había forma de fingir relajo ante esta situación, pero Jona estaba detrás vigilándome, si intentaba escapar, no me veía capaz de mirarlo a la cara más tarde. Además, tampoco quería darle la impresión de que su consejo iba a ser desperdiciado, al menos, debía intentarlo. Quería intentarlo.

 

Si bien las ideas de que esto podría salir mal transitaban por las calles de mi imaginación, en verdad necesitaba, de alguna forma, ser capaz de decirle a Noel lo que siento.

 

¿Cómo iba a ser capaz de decirle “te amo” si ni siquiera puedo decirle “linda” a otra chica?

 

Con ello en mente, intenté minimizar la situación, viéndolo como una situación sin importancia. Sólo iba a decirle a una chica que me parece linda, nada más. No significaba que me gustara o que buscara algo de ella, era solamente decir algo que pienso.

 

Decir lo que pienso.

 

Llegué a la banca donde se encontraba Mia.

 

―Hola, ¿puedo sentarme aquí?

 

La chica de anteojos me observó extrañada, al parecer, mi voz la tomó por sorpresa. Estaba comiéndose un pan con miel, sosteniéndolo con ambas manos y de a pequeños bocados; tenía una cajita de jugo de frambuesa a su lado, lo cual marcaba una separación simbólica entre ambos.

 

Pude notar que se incomodó al instante.

 

La forma en la que tensionaba los hombros y evitaba mirarme más de lo necesario, me recordaba un poco a mí. Las personas siempre muestran una sonrisa cuando se presentan, por lo que hice el intento de imitar eso al reanudar la conversación.

 

―¿Cómo estás?

 

Ella paró de mordisquear su pan y me miró de reojo, al parecer, quería mantener su cabeza al frente.

 

―Bien ―respondió con voz suave.

 

Fue una respuesta breve, pero predecible. Ahora sólo tenía que soltar la bomba.

 

“Me pareces muy linda y quería conocerte”, una oración que nunca le había dicho a otra chica en mi vida. Mentalizarme para decir algo así no era nada fácil. En verdad, no recuerdo la última vez que le hice un cumplido a alguien, creo que ni siquiera a mi madre se los hago.

 

No, no es que me los guarde por orgullo o porque sea un amargado los siete días de la semana, es por vergüenza.

 

―Em… ―las palabras quedaron atoradas a mitad de mi garganta.

 

No sé porque me cuesta tanto hacer esto.

 

Cada segundo de indecisión era mortal, era ahora o nunca.

 

Hoy, por primera vez, me abrí con este tema a mi amigo, algo que de por sí me tomó semanas de mentalización.

 

Odio ser así. En verdad lo detesto.

 

«Sólo dilo».

 

―Vine aquí, porque me pareces linda y quería conocerte.

 

Lo dije.

 

Por obra y gracia divina, no me trabé al hablar.

 

Estoy seguro de que debo estar a cien grados en este momento. Y ni siquiera es porque ella me guste, es por haberme abierto a decirle algo tan vergonzoso.

 

Quería cerrar los ojos, regresar en el tiempo diez minutos, golpearme, y decirme que necesitaba más preparación.

 

Aunque, de haber sido capaz de hacer algo así, puede que jamás hubiera experimentado esta situación.

 

Mia, evadiendo mi mirada, se enrojeció.

 

Eso fue como una inyección de ego, directo a mi estado anímico. Pasé de sentirme un desvergonzado, a un chico con suficiente confianza en cosa de un segundo.

 

―Y-ya veo ―soltó.

 

En ese momento, caí en cuenta de que: Jona no me dijo lo que tenía que hacer después de esto.

 

Mi autoestima se desinfló con la misma rapidez en que la inseguridad volvía para reclamar su lugar.

 

Ahora éramos dos introvertidos, sentados uno al lado del otro, sin decir nada. Minutos eternos de silencio que no hacían nada más que mortificar mi alma y hacerme gritar de dolor dentro de mi cabeza.

 

―¿Quieres? ―Acercó su cajita a mi lugar.

 

Tomé de su jugo con la mente en blanco y la mirada perdida. Hasta la lengua se me entumeció.

 

Fue una situación tan incómoda, que se sintió como una tortura en cámara lenta.

 

 

Los siguientes días no fueron para nada agradables luego de eso.

 

Seguía avergonzado por lo que le había dicho a Mia, así que opté por no acercarme, al menos, por un tiempo.

 

Pero el daño ya estaba hecho.

 

Sin saberlo, ese día, desaté a un monstruo.

 

En clase, en los recreos, cuando volvía a mi casa, incluso en el baño de la escuela, alguien me observaba desde la distancia.

 

Ella no era para nada discreta; llevaba un libro a todos lados para evitar mirarme si hacíamos contacto visual, sosteniéndolo al revés. Iba al baño al mismo tiempo que yo, incluso sentía que me escuchaba desde la entrada.

 

No solamente eso, cada día lucía más demacrada. Traía unas ojeras tras esos cristales, y su postura adquirió una figura encorvada, cosa que no favorecía para nada a su apariencia.

 

Si bien, Mia nunca fue una chica de mi tipo, podía decir que te transmitía un aire de serenidad, en lugar de esa atmósfera horrorosa que la rodea ahora.

 

Incluso me atrevería a decir, que el oxígeno y la gravedad son mucho más densos en un radio de un metro alrededor suyo. Definitivamente era algo que no le haría ningún bien a tu retina, a tu salud ni a tu imaginación.

 

Tres días, fue el límite de mi paciencia.

 

Decidí tragarme mi vergüenza y confrontarla. Fue así, como un viernes, al final de la clase, fui a buscarla a su asiento.

 

―Hola ―la saludé con una sonrisa amarga.

 

Tal como en nuestro primer encuentro, la tomé por sorpresa.

 

Ella me dio la espalda, se pasó las manos por la falda y el cabello unos momentos y se giró para saludarme.

 

―Hola ―saludó de vuelta, ligeramente enrojecida.

―Mia ―dije su nombre, tratando de darme tiempo para encontrar las palabras adecuadas―, no pude evitar notar que me has estado siguiendo estos últimos días.

―¿Y-yo?

―Sí, es un poco molesto.

―Félix ―ella acortó nuestra distancia con un paso―, necesito decirte algo.

 

El aire fue adquiriendo peso conforme me acercaba su rostro.

 

―Te escucho.

―¿Puedes... acompañarme a otro lugar?

 

Algo me decía que no debía hacerle caso, pero quería salir de esto lo antes posible, así que accedí.

 

Esperamos a que el resto saliera del salón y caminamos por el pasillo, guardando cierta distancia.

 

―Metete ahí ―me ordenó, empujándome sorpresivamente.

―Oye espera…

 

Sin quererlo, entré al baño de mujeres. No había ni un alma ahí y estaba considerablemente más limpio que el de los hombres.

 

―¿Qué cosa querías decirme?

 

Afortunadamente, para ustedes, no soy tan denso. Todo ese comportamiento apuntaba a una sola cosa: una confesión.

 

Mia no me gusta en lo absoluto, pero una confesión podría subirme un poco la autoestima.

 

Sonará egoísta, pero ahora más que nunca necesito confianza, necesito sentirme validado, al menos, por alguien como ella.

 

―Soy una súcubo ―soltó así sin más, sin titubeos ni temblores.

―¿Ah?

―S-soy un súcubo… ―repitió, con la voz más apagada y con la mirada agachada.

 

Un aire de decepción salió de mi boca.

 

―Pensé que ibas a decirme que te gustaba.

―Eso también.

―Si… espera. ¿Qué eres qué?

―No me hagas repetirlo de nuevo, por favor, me da mucha vergüenza ―confesó, al mismo tiempo que escondía sus brazos detrás la espalda―. Aunque, por ser tú, puedo hacerlo una vez más. Soy una súcubo.

―Ah, una súcubo... ―Intenté seguirle la broma―. ¿Dónde están tus alas y tus cuernitos? ―pregunté, simulando cuernos con mis dedos.

―E-eso es folclore… ―respondió juntando sus manos.

 

La situación me estaba dando un mal presentimiento. A esta chica le faltan unos cuantos tornillos.

 

Mi mamá me habló de mujeres como ella, pero no pensé que en verdad existieran.

 

―Okeeeeeey ―dije, intentando rodearla, ya que se encontraba obstruyendo la salida del baño.

―No estoy loca.

―Nunca te dije que lo estuvieras, sólo quiero volver a mi casa, es todo, nos vemos el lunes.

―¡E-espera!

 

En un acto desesperado, me agarró la mano. Se sentía pegajosa, espero que esto no sea miel con sudor.

 

―Perdón, pero no puedo dejar que te vayas.

―¿Ah?

 

Un ruido sordo penetró por mis oídos, era como un pitido muy bajito, para nada molesto, sino más bien tranquilizador.

 

No podía dejar de ver esos ojos grisáceos tras esos pequeños cristales ovalados, que de algún modo, supe que mermaban el control sobre mi cuerpo.

 

Mi brazo fue el primero en entumecerse, seguido de mis piernas que de un momento a otro, ya no podían mantenerme en pie.

 

―¿Qué me…?

 

No pude terminar la pregunta, pues mis labios terminaron por someterse, al igual que el resto de mis extremidades.

 

Caí de trasero contra la pared del baño. Si bien, no conozco el olor del baño de chicas, supe que esta esencia sofocante no pertenecía aquí.

 

Mi cerebro, con la poca cordura que le quedaba, trataba de darle algún sentido a esta situación.

 

Llegó al punto en que ya no podía aguantar el peso de mis párpados.

 

El último de mis sentidos, logró captar unas palabras antes de perderme en la penumbra.

 

―Perdóname Félix ―se disculpó con voz melosa, olisqueando mi cuello―, pero no puedo aguantarme más.