Caprichosa

Capítulo 2: Yo elegí conocerte

En esa noche y las que le siguieron, no pude consumar el sueño, no dejaba de pensar en Mia.

 

Todo ese sinsentido, me decía que todo debió ser producto de alguna alucinación, sin embargo, los hechos indicaban que todo fue real.

 

Acurrucado, repasé los sucesos junto a la almohada.

 

Poco antes del momento en que Mia sujetó mi mano, fue cuando comenzaron las lagunas, hubo cortes en mi memoria, recuerdos que no podía rescatar por más que pensara en ellos.

 

Lo siguiente que podía recordar con claridad, era encontrarme observando el techo de un baño. La temperatura había abandonado la parte trasera de mi cuerpo, debido a que me encontraba recostado en el suelo, salvo por mi cabeza, que, para variar, estaba reposando sobre dos suaves muslos pertenecientes a una joven mujer.

 

Lo segundo que encontraron mis ojos, fue el rostro de aquella chica, rozando delicadamente la yema de sus dedos con la punta de su lengua. Su imagen iba acompañada de un pequeño rubor inocente por debajo de sus anteojos, una vista desde un ángulo peculiar que no olvidaría con facilidad.

 

Ella no se percató de mi despertar, sino hasta que me levanté de improvisto una vez asimilé la situación, asustándola de camino.

 

Para cuando me giré, pude verla completa, ahí, acomodada plácidamente en el suelo, dirigiéndome una mirada culposa, una imagen adecuada para mandar a volar mi imaginación, ya que ignoraba el motivo de por qué me encontraba en ese lugar.

 

Mi uniforme estaba completo y en su lugar, ese no fue el problema, lo que marcó mi indecencia fue, pues, toda la sangre que había acumulado en un solo punto.

 

La pena de pensar que ella me había visto así, sacó a flote todas mis inseguridades, una quimera de emociones negativas se apegó a mi cabeza y consiguió el control sobre mi cuerpo.

 

No pude hacer otra cosa sino pedir perdón y huir de ese lugar, arrastrando conmigo el rostro ardiendo de la vergüenza.

 

Los pasillos recibían los últimos rayos de luz antes del inminente anochecer, y la única persona que vi antes de salir disparado por la puerta principal, fue al conserje. No presté atención a nada ni a nadie en las calles, ni siquiera noté que olvidé mi mochila hasta que llegué a mi casa.

 

Yo estaba en esa habitación cerrada, excitado y a solas con ella. Esa era la cruda realidad, ahora, estaba en mis manos sacar mis conclusiones al respecto.

 

No quería pensar en ello, pues las pocas imágenes de ella en mi cabeza eran la evidencia irrefutable de mi culpabilidad.

 

Tantas veces han sido las que he jurado amor en silencio, tantas las horas al día que le he dedicado a una sola mujer los últimos meses, tantas fantasías de poder compartir el resto de mi vida con Noel. Ese mismo chico, hoy estaba aquí, preguntándose: ¿por qué me gustaría poder recordar lo que hice con Mia en ese baño?

 

Había múltiples posibilidades, cada una más tonta y descarada que la anterior. No podía dejar de hacerlo, era un gusto culposo. Por ese motivo, me torturé a mí mismo todo el fin de semana, fue una lucha incansable entre mi morbosidad y mi virtud.

 

Pensé muchas veces en ir a sacarme la frustración al baño, pero eso sí que no me lo perdonaría jamás. Sería enterrar el último atisbo de humanidad que me quedaba, no podría verme al espejo después de eso.

 

Independiente de mi estado anímico, mis horas de sueño o de que no tuviera mi mochila, tuve que asistir a clases cuando cayó el lunes.

 

Evite, por todos los medios, hacer contacto visual con esa mujer, tampoco hablé mucho con Noel más que para saludarnos.

 

No podía soportar que mi cabeza fuera invadida una y otra vez con teorías que explicaran lo que pasó en ese baño. En medio de las clases y durante el recreo, seguí dándole demasiadas vueltas.

 

Fue entonces que, por encontrarme hundido en el mar de mi memoria, no me percaté cuando él se acercó maliciosamente a soplarme en el oído.

 

―¡Aaah!

―¿Por qué tan pensativo, Félix? ―preguntó Jona, abrazándome por el cuello.

―Te dije que no me hicieras eso, me pone nervioso.

―Perdón, perdón ―dijo sonriente, no olvidándose de a qué vino a buscarme―. Por cierto, ¿cómo te fue con la chica de anteojos? No quisiste decirme nada ese día.

―Ni me la menciones, por favor.

―¿Y eso? ¿No me habías dicho que te parecía linda?

―¿Yo dije eso? ―contesté denotando sarcasmo― ¡Ja! Pues retiro lo dicho, me parece horripilante.

 

Tomé algo de distancia y me dirigí a una banca cercana, ya que no quería estar mucho más tiempo de pie.

 

―Pero hermano, háblame, dime algo ―suplicó sacando a su chismoso interior―, no puedes dejarme con la intriga.

 

No tenía ganas de hablar de eso, me sentía cansado, como si hubiera hecho ejercicio el día anterior. Al ver que no iba a abrir la boca, optó por buscar él mismo sus respuestas.

 

―Bien. Si no me lo quieres decir, se lo iré a preguntar personalmente.

―Espera, ¿que harás qué?

―Nos está viendo desde ahí, escondida, detrás de la puerta ―me aseguró.

 

Como si de una cacería se tratase, Jona salió disparado en dirección a esa puerta antes señalada del pasillo. Para cuando Mia se percató de sus intenciones, ya estaba siendo presionada contra la pared, enjaulada por un brazo de un lado y por una pierna del otro.

 

―Hola, ¿quieres acompañarnos?

―Aaaa y-yo… ―Ser encarada de esa forma encendió su rostro y apagó la fuerza de su voz.

 

Así, en contra de su voluntad, y de la mía, se la llevó hacia la banca donde me encontraba. Mia tomó asiento, con Jona a su derecha y conmigo a la izquierda, evitando mirarme más de lo necesario.

 

Al principio pensé que me sentiría acechado o juzgado por ella, pero contrario a lo esperado, era ella quien estaba temblando como un flan.

 

Parecía genuinamente cohibida entre dos hombres, cosa que, si bien no me tranquilizaba del todo, me hacía sentir más seguro de mí.

 

―¿Cómo te llamas? ―preguntó Jona a nuestra invitada, quien no parecía tener el valor para empezar a hablar.

―Mia.

―Un gusto, Mia. Yo soy Jonathan, pero si quieres puedes decirme Jona. Al mujeriego de tu izquierda ya lo conoces, se llama Félix.

―¡¿Mujeriego?! ―Tanto Mia como yo contestamos al unísono.

 

No puedo evitar sentirme fastidiado cuando bromea sobre mí, en especial haciendo burla de mis habilidades sociales.

 

―¿Es cierto eso, Félix? ―Mia dejó el enrojecimiento a un lado, para dar lugar a la amargura, clavándome una mirada aguda.

―Por supuesto que no.

―Oh, ya veo ―respondió con alivio.

―Y, ¿qué te trajo a este colegio? ¿Eres de por aquí? ―preguntó el anfitrión.

―Emm… sí, yo siempre he vivido aquí. Vengo de un eh… instituto de chicas.

―Ah, hay unos cuantos repartidos por la ciudad. Tengo algunas amigas que… ―Jona siguió su conversación, por la cual no me sentía tan interesado como para prestarle atención.

 

Es mi amigo, y sé que no debería importarme —en verdad, no hay ninguna razón lógica por la cual yo deba sentirme así— pero me molesta esa facilidad que tiene para hablar este tipo.

 

Me hace sentir como si estuviera sobrando aquí, siempre es lo mismo, él habla y habla sin parar, y a la gente parece gustarle.

 

Gracias a su naturaleza despreocupada, la gente no suele tomarse muy a pecho lo que dice, al contrario de mí.

 

―¿Puedo preguntarles algo? ―soltó Mia.

―¿Qué cosa? ―pregunté de vuelta, con intenciones de reintegrarme a la conversación.

―¿Qué… les gusta de las mujeres? ―Nos preguntó cabizbaja, a la vez que jugaba hurgando entre sus dedos―. ¿Qué es lo primero que les llama la atención?

―Los sentimientos, ¿verdad, Félix?

―S-só, por supuesto, no hay nada como una mujer con bonitos sentimientos ―contesté para no arruinar la broma.

―Exacto, los hombres somos mucho más profundos a la hora de buscar a alguien. No como a las mujeres, que sólo nos ven como muñecos sexuales para satisfacer sus deseos carnales, para que una vez satisfechas, nos desechen para buscarse otro nuevo.

―¡Y-yo no los veo así! ―se excusó Mia, sintiéndose tocada por la declaración.

―¡Pero tú serás una en un millón! ―contestó, dramatizando la situación―. Es por eso que ya no nos interesan las mujeres, nosotros hemos trascendido esa necesidad, ¿verdad, amorcito? ―preguntó dirigiéndose a mí.

 

No había forma de que yo siguiera su chiste desde ahí, mi tolerancia a la humillación pública tiene un límite bien definido.

 

―El físico ―confesó él, habiéndole dado tiempo de evaporarse a la broma anterior.

―Oh… ―Un rastro de desilusión se dejó oír en su voz.

―Pero claro, los gustos de cada hombre son distintos; puede que a unos les gusten las bajitas y a otros las altas.

―Yo no soy lo uno ni lo otro.

―También hay quienes les gustan los senos grandes y a los que no les importa el tamaño.

 

Sin querer, fijé mi mirada en el pecho de Mia, algo en lo que no había caído en cuenta. No eran nada destacable, pero si lo suficientemente pronunciados como para notarlos.

 

―También hay gente a la que le encantan las chicas con lentes.

 

Mia se giró en mi dirección, sin mover los labios, supe que estaba pidiendo mi opinión, ya que no había hablado en un rato. Lucía dócil, como cuando hablamos por primera vez, por lo que no lo pensé mucho.

 

 ―A ver. ―Se los saqué un momento, para apreciar su rostro sin ellos por primera vez―. No, definitivamente no, llévalos puestos.

 

Ya me acostumbré a verla con lentes, se ve muy rara y fuera de lugar si no los está usando.

 

―¿Te gustan mis gafas? Las elegí yo misma.

―Están lindas ―reí suavemente.

 

Le había hecho un cumplido sin pensarlo, mas no me arrepentí de hacerlo, ya que a ella pareció gustarle, más que cualquier cosa que le haya dicho Jona en todo este rato. Eso me subió un poco la autoestima.

 

―¿Y tú, Mia? ¿Qué te gusta a ti de los hombres? ―preguntó Jona.

―¡¿Ah?! ―Su rostro recobró ese tono rojizo, a la vez que mostraba signos de incomodidad, tales como sujetarse la falda y tensar los hombros―. Pues… me gustaría que fuera un poco más alto que yo, que no le moleste mucho mi timidez y… que me entienda.

―Ya veo.

―Y que me diga que le parezco atractiva.

―¿Y cómo te ha ido con eso?

―Nadie, aparte de ustedes, me ha hablado desde el primer día ―confesó, mostrando una sonrisa cínica que no había visto hasta ahora.

―Vaya, estás igual que el amigo aquí ―dijo refiriéndose a mí―, quizá deberías ir y tomar la iniciativa tu misma.

―¿Yo? No, no podría, me da mucha vergüenza.

―Tonterías, si él pudo hacerlo, cualquiera puede. A ver Mia, muéstranos, qué haces tú para llamar la atención de un hombre.

 

¿Cuál es la necesidad de meterse conmigo?, hace varios minutos que tengo ganas de golpearle la cara, pero había algo que atenuó ese deseo.

 

La idea de ver el lado sexy de una chica tímida en verdad me resultaba atrayente. Fue tanto así que, en ese momento, las malditas fantasías retornaron a mi cabeza para molestarme.

 

―¡¿Ah?! ¡¿Ahora?!

―Sí, muéstranos, por favor ―le dije alentándola, ya que me mataba la curiosidad.

 

Ella se lo pensó un momento mientras me observaba indecisa, al parecer, hacer algo como eso supondría un enorme esfuerzo de su parte.

 

―Está bien ―dijo levantándose.

 

Se alejó unos pasos de la banca y se revisó el uniforme, viendo si algo en su aspecto pudiera estar sucio o fuera de lugar.

 

―Emm… chicos ―dijo desde la distancia―, no he desayunado, así que no estoy al cien por ciento, puede que no salga muy bien, para que lo tomen en cuenta y no me juzguen tan…

―Sólo hazlo ―soltó Jona.

―Imagina que soy un desconocido.

 

No era propio de mi incitar a la gente, pero, al igual que Mia, me había dejado llevar por el ambiente de la conversación, y aparte, estaba intrigado por ver cómo alguien como ella se las arregla para seducir a un hombre. Supongo que, en el fondo, aún no encontraba una explicación al incidente del baño.

 

Si en verdad había hecho algo con Mia, ella debió, de alguna forma, convencerme de hacerlo, ya que soy demasiado cobarde como para insinuarme, ni siquiera me hubiera tomado la molestia de hacerlo por alguien que no me gusta.

 

Mia caminó rígidamente hacia mi dirección, moviendo los brazos de forma antinatural, como si fuera un robot y con su rostro empapado en sudor.

 

―H-hola ―me saludó―, ¿estás solo?

―Perdón, ¿te conozco?

 

Sin quererlo, me metí completamente en el papel de desconocido para la ocasión. Fue desconsiderado de mi parte, pues eso la puso aún más nerviosa.

 

―E-es un hermoso día, ¿no crees? ―siguió.

―Eh, sí, supongo.

―Eeeh… a-a mí me gustan los días así. En días como hoy, las abejas pueden salir a recolectar néctar libremente.

 

¿Abejas?

 

No pude evitar preguntarme a qué venía el cuento de las abejas aquí, se supone que está tratando de engatusarme, pero pareciera estar improvisando con la primera cosa que se le vino a la mente.

 

―Bueno, pues… ―prosiguió, sin dejar de manosearse la falda con sus sudorosas manos― y-yo soy una abejita, que está buscando la flor más hermosa del patio, y dio la casualidad, de que me encontré contigo.

 

Silencio.

 

No tuvo que decir una palabra más, su expresión enrojecida me lo decía todo.

 

Si lo vemos desde un punto de vista optimista, logró hacerme sonrojar, ya que no pude ni siquiera reírme de la vergüenza ajena que me provocó, fue casi como si yo estuviera en sus zapatos; sentía que quería ser enterrado vivo para no volver a ver a nadie nunca más.

 

Si yo me sentía así, que fui el receptor de aquel piropo, no quise ni imaginar lo que estaba sintiendo ella.

 

Jona aguantó como pudo las ganas de reírse, pero no fue para nada discreto.

 

Mia regresó a su lugar en la banca sin decir nada, aún aturdida por sus propias palabras. No quise ver su rostro por unos momentos, no lo soportaría.

 

―¿Jonathan?

―¿Sí?

 

Ambos quedaron hablando un momento, pero no les presté atención debido a que ahora, la gran mayoría de mis teorías fueron desechadas.

 

Es imposible que Mia haya hecho algo para excitarme, es ridículo pensarlo luego de haber visto eso.

 

Tenía que ver las cosas desde otro ángulo.

 

Estuve todo el fin de semana pensando en el “¿Qué hice en ese baño con Mia?”, dejándome llevar por esa parte degenerada de mi imaginación, cuando lo que debí hacer fue preguntarme “¿Por qué estaba en ese baño?”, para empezar.

 

No lo había tomado en cuenta, pero, Mia estuvo siguiéndome hace unos días. Hoy también estuvo siguiéndome, Jona lo mencionó antes de traerla aquí.

 

Ella y yo, en el baño de mujeres… ¿Habíamos hablado de algo? ¿Por qué estuve inconsciente?

 

Algo raro estaba pasando.

 

Cuando pensé que nunca encontraría la pieza faltante del rompecabezas, esta apareció frente a mis ojos una vez me giré.

 

―¿Qué le pasó a Jona? ―mi boca trabajó más rápido que mi cerebro, procesando toda la información perdida que emergió desde las profundidades de mi mente.

 

No habiendo aprendido la lección, nuevamente, cometí el error de perderme en la mirada de Mia, esa mirada hipnótica y sofocante, amplificada elocuentemente por sus cristales, esa mirada fue la culpable de mis lagunas mentales.

 

Jona, quien hasta hace un momento luchaba por aguantar las carcajadas, yacía dormido, con su mejilla apoyada sobre el hombro de mi compañera de salón.

 

―Shhh… alguien podría venir a interrumpirnos.

 

Una vez me hallé paralizado, Mia sujetó gentilmente mi cabeza con sus palmas y la acomodó en su regazo, tal cual lo había hecho la última vez. A diferencia de ayer, hoy estaba consciente de lo que pasaba, mis ojos y oídos aún me comunicaban de lo que estaba sucediendo.

 

―Sé que ahora son dos, pero, no te pongas celoso, este lugar es para ti y sólo para ti.

―¿Por qué haces esto? ―pregunté con suavidad, pensando que no lograría pronunciarlo correctamente.

 

Todo parecía indicar que me dejó despierto a propósito, ya que parecía abierta a tener una conversación.

 

Si bien, sus palabras denotaban un ánimo diferente del habitual, seguía sintiendo esa pizca de modestia en su actitud.

 

―Félix, antes que nada, quiero que sepas que no te estoy haciendo ningún daño, ni a ti ni a tu amigo ―mientras hablaba, se tranquilizaba jugando con mi cabello―, sólo estoy… nutriéndome.

 

Eso sólo lo hacía sonar más preocupante. Aunque, vale decir, la situación me generaba cierto encanto. Sólo la situación, no ella.

 

―Las súcubos no son muy diferentes de un humano, ¿sabes?, necesitamos “cariño” constante para seguir existiendo.

―Nos vas a hacer cosas sucias, ¿verdad?

―¿Ah?

―Ahora lo entiendo todo. Me tenías en la mira desde hace ya varios días, me espiaste y me llevaste al baño de chicas para arrebatarme mi inocencia…

―¡¿Qué?! ¡No! ―agitó la cabeza, que ya comenzaba a recobrar ese tono rojizo―. ¡Yo no te hice nada de eso, lo juro! Sólo te hice dormir y te drené energía de un sueño.

―¿De un sueño? ¿Es por eso que nos pones a dormir?

―Más o menos.

―Entonces, ¿no eres una demonio adicta al sexo?

―¡Eso es folclore!

 

No supe cómo sentirme ante esta revelación.

 

Por una parte, me alivia saber que no le hice nada de lo que me creí capaz y de ser una persona fiel a mis sentimientos, por otra, me siento estafado.

 

El sentimiento de peligro se había esfumado casi por completo. Tenía miedo de que toda esa personalidad tímida hubiera sido una fachada, pero parece ser que es genuina.

 

Intentando acomodarme en mis almohadas, traté de girar un poco la vista hacia Jona, quien había empezado a balbucear cosas inentendibles, denotando una cara de depravado mientras dormía sobre Mia.

 

―Me da un poco de vergüenza, pero, si dejo de tocarlo ahora, no podré alimentarme lo suficiente para aguantar hasta mañana.

―¿En qué estará pensando ese degenerado?

―En verdad, no lo sé… yo me encargo de mostrarle sus fantasías más profundas en su sueño y alimentarme de la lujuria que salga de eso, no me meto en su mente ni nada parecido.

―Písame, sí, así, con ambos pies… ―balbuceó mi amigo el somnoliento.

 

Ok, era algo extraño, pero no podía decir que no me lo esperaba de él.

 

Habiendo ignorado esa increíble revelación, Mia me dirigió su mirada nuevamente.

 

―Bueno, Félix, ahora sigues tú.

―¿Ah? Pero, no he desayunado.

―Oh, en ese caso, te daré algo de pan con miel cuando entremos al salón.

 

No tuve tiempo de decidir si lo quería o no, la nube oscura cayó sobre mis ojos, más rápido que las palabras que intentaron salir de mis labios.