Caprichosa

Capítulo 3: Dulce amargo

Los audífonos deben ser uno de los mejores inventos creados por el hombre.

 

La música es el perfecto complemento para la imaginación, con ella podemos escaparnos unos momentos de la realidad y desconectarnos del resto de personas.

 

Y es que simplemente no puedo imaginarme mi vida sin la música; no podría ignorar a la gente en el transporte público, cuando hago filas, cuando compro algo o cuando alguien pide monedas en la calle.

 

Estoy seguro de que mucha gente, al igual que yo, encuentra su zona de confort de esta forma.

 

Es casi como cuando sueñas, te adentras en un mundo que te pertenece a ti y sólo a ti.

 

―¿Qué estás escuchando? ―Una pregunta me atacó por la espalda.

―¡Ah!

 

A pesar de mi sorpresa, alcancé a pausar mi música desde el MP3, un segundo antes de que ella introdujera el auricular que me había arrebatado, en su oído.

 

―¿Eh? ―dijo con sorpresa―. ¿No estás escuchando nada?

―Hola Noel. ―La saludé encogiendo la mirada y forzándome a sonreírle.

―Holi, ¿ya desayunaste? ―dijo, olvidándose rápidamente del auricular.

―No ―negué con la cabeza, aprovechando de examinar los alrededores―. ¿Hoy no están tus amigas?

―Están afuera, pero no quise salir porque hace frío.

 

Me levanté y giré mi silla hacia su lugar, a la vez que ella buscaba en su mochila el recipiente que contenía sus famosas galletas de navidad. Son caseras, no se preocupen por la fecha de caducidad.

 

Noel lucía un rostro entusiasta, mi cara favorita de ella, acompañado de su característico aroma a vainilla y mechones rizados.

 

Las ventanas de nuestro salón palidecían ante la bruma que cayó esta mañana. Es bastante común que en una ciudad sureña como esta suceda eso, más ahora que estamos a mitad de otoño.

 

―Con este clima, sólo me dan ganas de quedarme en mi cama todo el día ―decía ella mientras abría el recipiente y elegía una galleta.

―Creo que eso es independiente del clima para ti.

―Ya, pero esta época del año es horrible para mí. Mis manos y mis pies están congelados todo el maldito día, desearía poder usar pantalón como mínimo.

―También tengo frío, aún con pantalón.

―¿Ah? ¿Quieres que te lo cambie por una falda? ―me preguntó, antes de pegarle un mordisco a su galleta.

―No, sólo decía.

―Félix, no tienes que esperar a que te diga que puedes sacar una, para sacar una.

―Oh, lo siento.

 

Supongo que aún no estoy del todo cómodo estando a solas con ella.

 

Había figuritas de muñeco, de pinos, de botitas y bastones, en verdad se siente como si estuviéramos en diciembre. Viendo que no me decidía nunca, Noel tomó una por mí y me la entregó. Me hubiera gustado decirle que me la diera en la boca, pero eso está a años luz de pasar, me tuve que conformar con recibirla de sus manos.

 

―Ah, cierto ―dije con la boca llena.

 

Saqué de mi mochila un termo con café que había preparado antes de venir. A Noel le encanta el café sin azúcar, así que de vez en cuando traigo para compartir, es la única cosa que puedo ofrecerle sin que me de vergüenza.

 

―Uy, dame.

 

Con los labios cubiertos de migajas, pegó el primer sorbo, pasando el líquido espumoso a través de su garganta, para terminar exhalando con satisfacción para sí misma, un sonido que amaba profundamente.

 

Noel, es la prueba de que aún estoy con vida.

 

Me gusta estar aquí con ella, aunque hacerlo significa tener que pasar por el desgastante proceso de ser yo.

 

Habíamos pasado un minuto entero sin decir nada; si no decía algo, se podría aburrir, si se aburre, se irá a pasar el tiempo con otra persona, y si lo hace… no sé si podré soportarlo.

 

No se me ocurría nada interesante de lo que poder hablar, así que opté por volver al tema de antes.

 

―Noel, emm… dijiste que tenías las manos heladas, ¿cierto?

―Las tengo entumecidas todo el tiempo, incluso en verano.

―Es que a mí no me pasa, mis manos casi siempre están calientes, al menos, la mayor parte del tiempo.

―Oh, ¿en serio? A ver. ―Dejando el termo a un lado, extendió ambas manos sobre la mesa, invitándome a que se las tocara. Estaban heladísimas―. Mmm, es verdad, estás calientito.

 

Noel comenzó a refregar sus manos con las mías, mostrándome un rostro cuanto menos, curioso. Por mi parte, hice un esfuerzo por no hacer ni decir nada que la incomodara.

 

Sus manos eran tan pequeñas y delicadas, parecía que las cuidaba mucho, en contraste con las mías, que eran más grandes y menos pálidas.

 

―Ahora te envidio un poco ―confesó.

―No es nada especial.

―He escuchado que puedes saber algunas cosas por las manos de una persona.

―¿Cómo leer la fortuna?

 

Mi tía sabía hacer eso, no acertaba casi nunca, pero sabía.

 

―No, no creo en esas cosas ―negó con la cabeza―, me refería a cosas concretas, por ejemplo, ¿practicas algún deporte?

―Ninguno con regularidad.

 

Durante unos momentos, se sentía como si estuviera masajeándome los huesos del dedo.

 

―Ya veo.

 

Ella no estaba haciendo nada raro, pero, empecé a impacientarme, producto de lo estimulante que era para mí sentir su tacto, pero, no quería que se detuviera.

 

Toda esta atmósfera de serenidad, estaba contribuyendo a que me pusiera de esa forma. Sentí como una llamarada encendía mis mejillas, y como el olor a café, combinado con el característico olor al perfume de Noel, estaban mareándome paulatinamente.

 

Yo sólo la miraba en silencio, mientras que ella seguía apretando y toqueteando entre mis dedos, buscando todo el calor que pudiera robarme.

 

Era inútil, me tenía en la palma de su mano, pero lo peor de todo, es que yo no estaba oponiendo ninguna resistencia.

 

No aguanté mucho tiempo estoico, yo también comencé a manipular mis manos de forma inconsciente, buscando tocar todo lo que pudiera, dándole ese calor que tanto buscaba. Esto se había transformado en un pequeño juego que no podíamos dejar de jugar.

 

Ninguna palabra salió de nuestras bocas, pero ambos sabíamos que esto tenía una connotación extraña. Nunca antes me había sentido así por sujetar la mano de alguien, aunque, bueno, tampoco es que haya tenido muchas oportunidades de hacerlo.

 

Era nuestro baile de manos, que, en algún punto, mi lado derecho terminó con mis dedos entre los suyos. Esta imagen bastó para que el lado oscuro de mi imaginación comenzara a hacer de las suyas.

 

Quisiera poder sostener su mano, así, más seguido.

 

―Félix, me estás apretando.

 

La solté inmediatamente, esas palabras se encargaron de martillarme en la cabeza.

 

―Perdón.

«Ah, lo arruinaste de nuevo».

 

Las ideas negativas emergieron nuevamente para estrujar mi cabeza. Me sentí avergonzado, estúpido, degenerado, como un Jona, por interpretar esto como una experiencia excitante.

 

«¿No puedes siquiera controlarte por unos minutos? Mira lo que hiciste». «Eres un rarito». «Acabas de hacerle pasar un mal rato». «Por eso todo el mundo te odia».

 

Miles de frases despectivas, inventadas por mí, caían como una cascada sobre mis hombros.

 

Es exactamente por esto, que tengo que pensar de tres a cuatro veces las cosas antes de hacerlas, dejarme llevar siempre acaba mal.

 

Pero claro, no puedo mostrarme afectado, nadie debe verme así, en especial ella, que estaba evitando dirigirme la mirada en ese momento mientras toqueteaba su cabello.

 

Sólo quería colocarme mis audífonos y desconectarme por unos instantes de la realidad, para volver a intentar suerte otro día.

 

A este paso sólo haré que me odie.

 

Tomé algo de café para ver si me animaba un poco, mientras que Noel comía otra de sus galletas.

 

―¿No vas a comer más? ―preguntó.

 

¿Por qué me pregunta eso?

 

¿Será que me quiere decir indirectamente “¿ya terminaste?”, ¿Quiere que me vaya? ¿Qué desaparezca de su vida?

 

O tal vez, no me ha visto comer lo suficiente y siente que estoy menospreciando sus galletas.

 

Tantas posibilidades juntas, las suficientes para hacerme latir el cerebro con violencia y atosigarme hasta el aturdimiento.

 

Quiero respirar. Este lugar me está asfixiando.

 

Tal fue la ansiedad, que agarré tres galletas y me las metí a la boca al mismo tiempo.

 

Noel me miraba con asombro, probablemente no se esperó que hiciera eso.

 

Yo mascaba en la medida de lo posible, saboreando el glaseado y el jengibre como nunca antes lo había hecho. Claro, con la boca cerrada.

 

―No pensé que te gustaran tanto.

 

Tragué y bebí para pasarlas mejor, antes de contestarle.

 

―Me encantan, ¿las haces tú misma?

―Eh… sí, cuando estoy aburrida en casa. Mi mamá las hacía para mi cumpleaños y luego me enseñó cómo hacerlas, claro que después se arrepintió, me dijo que no era para comerlas durante todo el año.

―Podrá ser todo lo anticristo que quieras, pero en verdad te quedan muy bien.

 

Noel sonrió ante mi comentario.

 

―Me alegra oírlo.

―Es un desperdicio saber hacerlas y sólo prepararlas una vez al año.

―Yo le decía lo mismo, eres la primera persona que lo entiende.

 

Una falla en el sistema de mi cabeza ocurría en ese momento, como me dolía pensar, dejé de hacerlo.

 

Ella agarró el termo nuevamente.

 

―¿No vas a limpiar la boquilla con la manga? ―pregunté.

―¿Estás enfermo?

―No.

 

Sin nada más que agregar, bebió de él, ignorando que en la boquilla debía haber vestigios de mi saliva.

 

―Eso es un beso indirecto.

 

Una tos incontrolable se desató, se había atorado con el café por beber de más al oírme.

 

No quería que se muriera por mi culpa, así que fui a su lado y le di unos cuantos golpecitos suaves en su espalda, parecía estarse riendo a momentos, y poco a poco fue recuperando la compostura.

 

―Ay… casi me matas, ¿cuántos años tienes? ―soltó apenas terminó de toser, con sus ojos a punto de humedecerse.

―Lo dije en broma ―insinué, tratando de hacerlo pasar por broma.

―Oh, es que no me doy cuenta si lo dices con esa voz toda seria. A propósito, ¿por qué me sobas la espalda?

 

Noel había dejado de toser y yo seguía dándole en la espalda, hasta que lo mencionó. Olvidé que esto es algo que sólo hago con Jona, nunca había tenido la confianza de hacerlo con otra persona aparte de él.

 

―Ah, eh, es que mi mamá me hacía esto cuando me atoraba, dice que se les hace a los bebés para sacarles los gases.

―Yo no soy un be… ―De sus palabras, se escapó un pequeño eructo, el cual hubiera pasado desapercibido para mí, si no fuera porque ella se tapó la boca velozmente en ese momento.

 

Un intercambio de miradas y un silencio fugaz, fue todo lo que necesitábamos para empezar a intercambiar risas.

 

Siempre se ha sentido bien reír, pero, hacerlo junto a esa persona especial, no tiene precio.

 

Por unos instantes, pude olvidar esa negatividad que intentaba ahogarme en el mar de la angustia.

 

Para cuando volvimos a ser parte de la realidad, ya no éramos dos personas.

 

Junto a mi asiento, una mirada inquisitiva, reforzada por un par de cristales, se fijaba como un péndulo sobre nosotros.

 

―Hola Mia ―saludó Noel a nuestra compañera, a pesar de la poca disposición que mostraba hacia su gentileza―. ¿Quieres una galleta?

 

Mia dirigió su mirada al recipiente. Al ver la linda decoración de las galletas, no pudo evitar sentir ternura, calmando así sus instintos. La recibió sin pensárselo demasiado.

 

―Gracias. ―Acto seguido, para mi sorpresa, me abrazó por el brazo, como si supiera que pensaba escaparme en cualquier momento―. Necesito hablar con él, si nos disculpas.

―¿Eh? Oh, claro, entiendo.

 

Me mantuve inamovible en el lugar, no tenía intenciones de irme de aquí. Al fin había logrado sentirme bien al lado de Noel, no podía irme ahora, no después de todo el esfuerzo mental que le dediqué a esta conversación.

 

―Mia, ahora no… ―Caí, una vez más, en el panorama gris y tranquilizador de sus lentes, la hipnosis no me dejó siquiera quejarme.

 

Ese embrujo fue menos potente que la última vez. Me encontraba consciente y podía moverme, o para efectos prácticos, podía ser arrastrado del brazo; contra mi voluntad, por todo el colegio.

 

Lo último que vi antes de salir del salón, fue el rostro sonriente de Noel, despidiéndose con esa misma mano, que hace tan sólo unos minutos, apreté con tanto tesón.

 

Atravesé puertas, pasillos, el patio, todo para llegar a un área poco transitada en las horas de recreo. Parece que Mia finalmente se había familiarizado con la arquitectura del lugar.

 

Una vez que nuestros ojos se encontraron, la calidez del momento que aún tenía efecto sobre mis sentidos, se vio enfrentada a la mirada más gélida que he recibido en lo que va de año.

 

―Me dijiste que no eras un mujeriego.

―¿Sigues con esa mierda? ―contesté con el ceño fruncido, lentamente recuperándome de la parálisis―. ¿Lo dices por Noel? Ella es mi amiga.

―Eso es exactamente lo que diría un mujeriego.

―Todo esto es una mala interpretación tuya. No sé qué imagen tienes de mí, pero te diré una cosa: la gente sólo me dice Donjuán para burlarse de mí mediante el sarcasmo.

―Yo no malinterpreto nada ―respondió con voz seca, dando un paso y obligándome a retroceder contra la pared―. No trates de engañarme, tú no miras de esa forma a alguien que sólo es tu amiga, ¿ves esta naricita que sujeta estos anteojos? Puede oler la lujuria.

 

Instintivamente, cubrí mis partes y tomé distancia de ella, con mi cara hundiéndose en la vergüenza.

 

―Eso es una violación a mi intimidad.

 

Mia estaba claramente alterada, ni siquiera la acompañaba su rubor característico.

 

―¿Es que acaso mis panes con miel no son suficientes para ti? ―Me preguntó, en un intento por generar lástima.

―No es eso, aunque, podrías comerte ya esa galleta que traes en la mano.

 

Al parecer, olvidó que la estaba sosteniendo todo este tiempo, y con algo de repudio, le dio un primer mordisco, tal como le dije que hiciera, para terminar devorándola.

 

―Pues, no está tan mal.

―¿Que no está tan mal? Es la mejor cosa que he tenido el placer de comer.

 

Cada que abría la boca, sólo la irritaba más y más.

 

―¿Es por eso que me dejarás a un lado? ¿Eres un muerto de hambre acaso? Si tienes problemas económicos, podemos ir a comprar galletas juntos al supermercado.

―¡Ese no es el punto!

―¿Te gustan las mujeres que hornean galletas? ¿Es eso?

 

Mia no parecía entender cuál era mi atracción por Noel, sus preguntas intentaban darle una explicación lógica a algo que simplemente no lo tenía, como si tratara de generar una lista de ingredientes para mi mujer ideal.

 

―Si ella es tan importante para ti, ¿por qué nunca la mencionaste? ¿Por qué aparece recién ahora?

―Mis pulmones también son importantes para mí, ¿me ves hablando de ellos?

―No te pases de listo conmigo, no es gracioso.

 

Mi respuesta se debió a que aún le tenía algo de rencor por haberme sacado del salón, pero, por más injustificado que fuera su enojo en este momento, tenía razón, no servía de nada tratar de evadir el tema.

 

―¿Te pasa algo, Mia?

 

Tuve que preguntárselo, ella no acostumbra ser así. A lo mejor le di demasiada confianza desde la última vez. Me hizo prometerle que no diría nada de su naturaleza, además de ser su “provisión de emergencia”.

 

―No lo sé… ―largó un suspiro―. No sé cómo explicártelo. Es como un dolor que me estruja el corazón, haciendo que se expanda por todo mi cuerpo a través de la sangre.

―Pues, no sé qué pueda ser.

―Y voces del infierno que me susurran ideas de muerte y asesinato hacia cierta persona que conocí hoy.

 

No me estaba gustando para nada el giro que tomó esta conversación.

 

―¿No pensarás en hacer algo como eso? ¿O sí?

 

El hecho de que no me contestara, por un momento, me hizo entrar en pánico. Mi peor enemigo en este momento, es la ignorancia de hasta qué punto pueden llegar los poderes satánicos de Mia.

 

―¿Sabes qué? Olvídalo, ya veré que hago.

 

Me dejó ahí, solo, siendo carcomido por mi propia imaginación.

 

―¡Oye Mia! espera, hablemos, ¡Mia!