Caprichosa

Capítulo 4: Verdades del corazón

Desde una de las tantas ventanas del extenso pasillo, podía observar el gigantesco patio escolar, el lugar donde la juventud resuena con más fuerza que en cualquier otra zona, acompañado únicamente de la música que sale de mis audífonos.

 

Pude ver a Jona y a sus amigos corriendo tras la pelota, a él nunca le ha gustado estar quieto demasiado tiempo. Cuando no se junta conmigo, puedo verlo moviéndose con gran entusiasmo y energía. Es extraño, ya que nunca hemos compartido clases, lo que me lleva a preguntarme, por qué alguien como él seguirá hablando con alguien como yo. A lo mejor sólo lo hace por lástima.

 

En cuanto a mi querida compañera de salón, que en realidad resultó ser el demonio más obsceno conocido del folclore europeo, se encontraba tan solitaria como siempre, sentada en una banca del patio, probablemente esperando a que alguien fuera a hablarle.

 

La última vez que nos vimos, hace una semana, Mia se enojó muchísimo conmigo; no dejó de llamarme mentiroso y desde entonces, me evita. Aun no tengo muy en claro qué cosa le hice y no he tenido la valentía de ir a pedirle explicaciones.

 

Es desconcertante pensar, cómo pasé de dormir sobre sus piernas de vez en cuando, a que me aplicara la ley del hielo. Supongo que soy más desagradable de lo que pensé, hasta para un demonio.

 

En cuanto a Noel, ella también se encontraba en algún lugar del patio, casi al otro extremo de Mia.

 

Pude verla ahí, junto a su par de amigas, sacándose fotos con el celular. Aun a la distancia, puedo imaginarme cómo suena su risa, su aroma, todo con tan sólo cerrar los ojos, dándole sentido a la canción que escuchaba en ese momento.

 

Me imagino sujetando su mano, como en aquel momento, diciéndole tantas, pero tantas cosas. Si pudiera tener una pizca de la personalidad que me atribuyo en mi imaginación, quizá, podría estar ahí abajo, y no aquí, como mero observador.

 

Al volver a la realidad, miré con recelo como un grupo de chicos se acercaba al suyo, buscando pasar el rato con una buena platica.

 

«Podrían estar invitandola a salir», «A lo mejor, sólo eres uno más», «Mira cómo la hacen reír», «Se le ve más feliz ahí, que estando contigo», «Seguro que están pensando en llevarla a la cama».

 

No podía evitarlo, las voces del infierno son ensordecedoras, más que cualquier otra pieza musical que estuviera escuchando. Fue tanto el dolor, que no pude seguir mirando.

 

El resto del día consistió en mí, hundiéndome en mi pesadumbre.

 

¿Por qué soy así? ¿Esto es culpa del amor? ¿Es tan siquiera sano sentirme así?

 

Sé perfectamente que esto es algo malo, pero no sirve de nada estar consciente de eso, si no puedo dejar de sentirlo. Simplemente no puedo llegar y agarrarme a puñetazos con cualquier hombre que se le acerque a Noel, por más ganas que tenga de hacerlo.

 

En ese sentido, la música fue lo bastante efectiva, como para disimular mi mal humor al día siguiente.

 

Llegada la hora del recreo, durante la jornada de la tarde, volví a echar un vistazo por la misma ventana de ayer. Jona y Noel no estaban por ninguna parte, en cambio Mia, había optado por echar raíces en una de las bancas del patio, específicamente, la que no recibía los dañinos rayos del sol a esa hora.

 

Verla ahí, me hizo recordar el día que nos conocimos.

 

No creo que todas las personas puedan hacer gala de que conocen a un demonio, pero no es nada tan extraordinario como suena en el papel. Nada ha cambiado desde que la conocí, nada. No me siento diferente. Sigo siendo yo, Félix, el mismo desdichado que siempre he sido y seré.

 

Hundido, en mis derivaciones delirantes, una mano masculina, fría y húmeda, me rozó la parte trasera del cuello, haciéndome estremecer por su temperatura.

 

―Hola ―me saludó.

―Aj... ¿Qué es esto?

―Pipí.

 

Probablemente era agua, pero con este tipo nunca se sabe.

 

―¿Qué tanto miras por la ventana?

―La nada ―respondí.

 

Jona se ubicó al otro extremo del ventanal, para supervisar el patio con total curiosidad.

 

¿No les ha pasado que tienen momentos en que sólo quieren estar tristes en soledad? Pues ese era mi caso en ese momento.

 

―Ah, mira ―señaló―, ahí está Mia.

 

Intenté hacerme el sordo, más es difícil disimularlo cuando estamos tan cerca.

 

―¿Sigues enojado con ella?

―No, ahora es ella quien está enojada conmigo.

―Vaya, ¿es que no puedes tener una amistad sana con una mujer?

 

No pude hallar una respuesta que me dejara bien parado ante esa pregunta. Me da miedo pensar que por culpa de mi forma de ser, podría llegar a morir solo.

 

Ya que Jona se había tomado la molestia de venir a verme, irme sin decir nada sería muy grosero de mi parte.

 

―¿Puedo preguntarte algo?

―Ya me estás preguntando algo.

―¿Por qué me dijiste que fuera a hablarle?

 

No tenía muchas ganas de hablar sobre ella, pero el tema ya estaba servido, no se me ocurrió otra cosa.

 

―Jeje, no lo recuerdo muy bien, ¿no era por qué querías ser más abierto?

―Eso lo recuerdo perfectamente, no me estoy refiriendo a eso. Lo que trato de decir es, ¿por qué ella?

 

Jona pensó un poco su respuesta, algo inusual en alguien que vive la vida improvisando.

 

―Fue la primera mujer que vi.

―¿En serio?

 

¿Habrá sido así en verdad? Digo, no es como si creyera que Jona estaba consciente todo este tiempo de la naturaleza de Mia, y que por eso me obligó a hablarle, pero fue una respuesta bastante simplona, por no decir más.

 

Él habría contestado algo como: “Por que al verla, lo supe, ella, la chica introvertida de anteojos y larga trenza, está unida a ti por el libidinoso hilo rojo del destino” o alguna tontería así.

 

―Si tuviera que decir algo más, diría que ustedes dos son parecidos.

 

Era la primera vez en que me detuve a pensar sobre mi compatibilidad con Mia, en personalidad, claro está.

 

La vergüenza y la timidez fueron las primeras palabras que se me vinieron a la mente. Pero, de alguna forma, sentí que habría más cosas si seguía escarbando.

 

―A lo mejor es por eso que me aterra.

―¿Aterradora? ―objetó, como si lo hubiera ofendido a él―. Se nota que naciste sin gusto para las mujeres, ella es bastante tierna.

―¿Tierna? ¿Acaso yo también te parezco tierno? ―dije en broma.

―Lo eres ―me sonrió―, en especial, cuando no le das tanto la vuelta a las cosas como un estúpido.

 

Esa última palabra, me hirió, me atravesó como un millar de agujas en el pecho. En otro estado mental, quizá, lo habría dejado pasar, como siempre hago, somos amigos después de todo, yo también le digo cosas ofensivas a veces.

 

Pero hoy no era el día para decirme eso.

 

―¿Sabes qué, Jonathan? ―Sentí la necesidad instintiva de defenderme de sus palabras. El tenue silbido del viento acompañó el pequeño silencio incómodo que generé con mi pregunta. Las voces del infierno, chillaban, incansables sobre mi cabeza, clamando adquirir una voz―. Verte me hace arder la sangre.

―¿Ah? ―Giró la cabeza en mi dirección, impresionado más de mi comentario, que de haberlo llamado por su nombre real―. A ver, repite eso.

 

Me giré, para asegurarme de estarlo viendo a los ojos para repetirlo.

 

―Que te odio. ―Llegué a pensar que soltaría lágrimas al decirlo, más no fue el caso―. Tu energía, tu atractivo, tu facilidad para hablar con la gente, tu altura. Para ti es fácil decirme que no me preocupe por eso, cuando no estás en mis zapatos.

 

Jona escuchó todo lo que tuve que decirle, con toda la seriedad que implicaba el tema para ambos, un rostro que no veía hace mucho tiempo.

 

―Puede ser, Félix, puede que nunca en mi vida esté en tus zapatos, pero eso aplica también para tí. Tu modestia, tu amabilidad, tu determinación, tu familia… es muy fácil ver las virtudes de los demás como algo increíble, cuando a ti te hacen tanta falta.

 

El silencio volvió para darnos un tiempo muerto a nuestra discusión.

 

Siempre me he sentido como una basura por envidiar a la gente, más aún a mi único amigo. Un secreto que juré llevarme a la tumba por el bien de nuestra amistad.

 

Más era un sentimiento mutuo.

 

Me pregunté cómo es que hemos seguido siendo amigos a pesar de ello.

 

Tal vez, es algo que puedes hacer llevadero.

 

―Puede que nunca estemos en los zapatos del otro, pero nos vamos pisando los talones. ―No se me ocurrió que cosa decir para retomar la conversación.

―Ja, es una buena forma de verlo.

 

Se apartó de la ventana, como si hubiera esperado a que yo dijera algo para poder retirarse. No lucía enojado, más bien, recobró su sonrisa tranquila.

 

―Por cierto, Félix ―añadió, deteniéndose un momento antes de irse―, no pienso estarte pisando los talones por siempre.

―¿Ah?

 

Lo hubiera escuchado o no, Jona entró a su salón, despidiéndose con la palma alzada y dándome la espalda, que no me lucía tan prominente como la recordaba.

 

Tuve que entrar con urgencia al baño y lavarme el rostro. Mis brazos temblaban sujetando el lavado, nunca antes me había comportado así con él.

 

Hasta ahora, todas las cosas que alguna vez hizo o dijo para molestarme, me las había guardado, y hoy lo he liberado todo.

 

Estoy dolido, probablemente él se sienta igual, pero tengo el presentimiento de que las cosas irán a mejor.

 

Con optimismo en mente, tomé una decisión.

 

Bajé con prisas al patio, guiándome por el sentimiento de osadía que seguía latente en cada célula de mi cuerpo, en dirección a la chica de anteojos, que pasaba el rato observando a los niños jugar.

 

Mia no parecía muy complacida con mi presencia en ese lugar.

 

―¿Qué haces aquí?

―Venía a saludar.

 

Como quería conservar algo de prudencia, me senté en la otra esquina de la banca, manteniendo una distancia prudente de ella. Estaba desarreglada y malhumorada, claramente no le había ido muy bien los últimos días.

 

―No necesito tu lástima. ―Sintiéndose juzgada por mi mirada, se levantó, con todas las intenciones de dejarme ahí hablando solo.

―Yo también puedo oirlas.

―¿Oír qué?

―Las voces del infierno.

 

Confundida, Mia ajustó sus anteojos, retomando asiento, unos centímetros más al centro de lo que estaba antes.

 

―Creo entender tu enojo del otro día, estuve pensando en ello estos días. A decir verdad, no es algo muy ajeno a mi.

―¿Ah sí? ―contestó ella, con un sarcasmo irritable.

―Estabas celosa, ¿no? Yo también siento celos, la mayor parte del tiempo. De casi toda la gente.

 

Me daba vergüenza admitirlo, más lo vi necesario, no tenía sentido guardarme eso luego de lo que acababa de pasar allá arriba.

 

―Quiero que sepas, que a pesar de mis sentimientos, no pensaba dejarte tirada, nunca se me pasó por la cabeza. Es sólo que, ese no fue un buen momento para interrumpirme.

 

Mia, pareciendo aceptar mis disculpas, moderó su tono de voz por el resto de la conversación.

 

―Pues no, sigues sin entender. Al menos, no del todo.

―¿Qué quieres decir? ―me irrité por su respuesta, estaba seguro de que esa era la razón.

―Que sigo manteniendo lo del otro día; eres un mentiroso y me enferma.

―A ver, pues ―me giré en su dirección―. ¿Qué quieres que haga?

―Que seas sincero. ―Ella hizo lo mismo, anclando su mirada a la mía.

―¿Sobre qué? ¿Qué quieres que diga? Por favor, ábreme los ojos.

―Todo.

―¿Qué es todo? ¿Eh?

―Todo.

 

Es frustrante. Cada vez que me lo repite con tanta seguridad en su voz, me lo creo un poco más.

 

¿Por dónde debería empezar? ¿Qué es lo que quiere saber?

 

En verdad no sabía que decirle, mi mente estaba en blanco. No recuerdo algún momento en donde yo le mintiera a…

 

Del recuerdo, surgieron mis sentimientos sin voz, esos que siempre he tratado de ignorar, ya sea por miedo o vergüenza.

 

Indiscretamente, me acerqué al centro de la banca, apegando mi pierna al lado de la suya.

 

―¿Ah? ―Abochornada, al igual que yo, hizo un esfuerzo por no quitarme la mirada de encima.

 

Sentí la necesidad instintiva de sujetar cariñosamente su mano temblorosa, que se encontraba posada sobre su muslo, haciéndole saber que podía confiar en mi.

 

Recordé ese día que le había sacado sus lentes, para ver cómo se veía sin ellos. También las noches de abstinencia que tuve antes de eso.

 

Mi respiración se agitaba de a poco, con sólo recordar las imágenes ficticias que se supone había borrado de mi memoria.

 

Observé y grabé cada facción de su rostro en mi memoria, incluyendo ese tono rojizo que la acompañaba casi a todas partes.

 

―Ahora que te veo de cerca, veo que él tiene razón.

―¿Él?

―Eres tierna.

 

Dicho esto, tomó unos centímetros de distancia.

 

Echaba humo de la cabeza, temblaba como un pequeño cervatillo y su corazón latía como el de un hamster.

 

―Así que, emm... ¿Crees que soy atractiva?

―¿Recuerdas la primera vez que me llevaste al baño de mujeres? Pues, ese fin de semana, no pude dejar de pensar en ti.

―¡¿Ah?! ―Sus mejillas estallaron por mi respuesta, el daño fue tal, que se abrazó con fuerza el pecho.

―De manera sexual.

―¡Aaaa! ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!

―¡No me vas a decir que me calle ahora!

 

No sé si era esto a lo que se refería, pero me he sacado un peso de encima.

 

Dejé que se retorciera en su lugar, para decirle la última cosa que tenía en mente, mi última confesión.

 

―Pero te equivocas en algo ―agregué―, yo no he mentido sobre mis sentimientos. Son reales, estoy seguro de ello.

 

No había manera de estarme equivocando aquí, en verdad amo a esa persona, la amo con todo mi corazón, la amo mas que a nada en el mundo.

 

La palabra mentiroso ya no salió de sus labios, en su lugar, sólo quedó un suspiro melancólico.

 

―Haz lo que quieras.

―Mia, yo… ―Tomé impulso, una vez más, dejándome llevar por el momento. Mi objetivo original era su cuello, una parte de ella que tenía muchísimas ganas de llenar a besos. Pero me acobardé al último segundo, una parte de mi se rehusó a hacer algo como eso. En su lugar, mis labios terminaron acariciando la suavidad de su mejilla ardiente―. Gracias.

 

En ese momento, éramos dos introvertidos, sentados uno al lado del otro, sin nada más que agregar. No tenía razones para quedarme luego de todo eso que dije, por lo que ella tomó este acto como un “nos vemos más tarde”.

 

Es normal que los chicos se saluden y se despidan así de sus amigas, es lo más normal del mundo, pero eso no lo hace menos vergonzoso para mí.

 

Lo que sí es cierto, es que estaba eufórico, como si hubiera agarrado el impulso que necesitaba para hablar finalmente con ella; sobre lo que siento y sobre todas las cosas que he estado ocultando hasta ahora.

 

Corriendo pasillos y subiendo escaleras, los rostros perplejos de compañeros y profesores ante mis prisas me eran insignificantes en ese momento. Ella no estaba en el patio, por lo que sólo quedaba un lugar donde podría estar en ese momento.

 

Abrí la puerta del salón y respiré profundamente una vez dentro.

 

Ahí estaba ella, sentada en su asiento y recostada sobre la mesa, con el rostro escondido entre sus brazos.

 

―¿Noel? ―la llamé tímidamente, teniendo en cuenta que podría haber estado dormida en ese momento.

―Hola, Félix ―contestó, con la voz ahogada, sin levantar la mirada.

―¿Estás durmiendo?

―Sí, hablo dormida. En verdad, estoy descansando.

 

Noel ni siquiera alzó la mirada para hablar conmigo.

 

Sentí cómo toda esa resolución, que conseguí reunir en la última hora, quedó reducida a cenizas en un intercambio de palabras.

 

Cohibido como para seguir la conversación desde ahí, me senté en mi asiento de forma habitual. No podía irme de aquí tal como entré, me juré a mí mismo en ese momento que eso no iba a pasar, aunque la tierra empezara a temblar o se desgarrara el cielo.

 

Pero la ansiedad estaba subiendo como la espuma por mi cuerpo, tenía que hallar una forma de calmarme, de controlar mi respiración y mis piernas temblorosas.

 

Saqué mi mochila del respaldo y la ubiqué frente a mí, sobre la mesa.

 

Estaba bastante sucia y polvorienta por la parte de abajo, debido a que Noel, al estirar sus hermosas piernas, termina pegándole puntapiés. Ignoro si lo hace a propósito o no, ya que tampoco iba a enojarme por eso. Al menos, no con ella.

 

Abrí mi mochila, buscando el bolsillo más recóndito de esta, uno que se encontraba al fondo, dentro de otro más grande. Aquí es donde escondía mi MP3 junto a mis audífonos.

 

Me mantuve estático, observando la estrechez y el contenido de ese bolsillo, sin ningún motivo en particular.

 

Definitivamente, este es el mejor bolsillo para guardar las cosas que me importan.

 

―¿Noel?

 

Di vuelta mi cuerpo, mas no a la silla, en su dirección. Seguía tumbada sobre su mesa, pero su rostro hastiado ya era visible, con la cabeza en sentido de la ventana.

 

Sólo levantó la mirada al ver que tenía algo para ella.

 

―Toma.

 

Con extrañeza, recibió el auricular izquierdo. No preguntó ni objetó nada, sólo se lo metió a la oreja, observándome en silencio.

 

―¿Hay algo que te guste? ―le pregunté.

―Cualquier cosa está bien.

 

Bajé y bajé por la lista de mi reproductor, con una prisa nunca antes experimentada por mi pulgar, pues sabía con exactitud qué elegir.

 

Una tenue melodía de piano, relajante y nostálgica como ninguna otra, algo que pienso que va de la mano con todo lo que ella me transmite.

 

Noel se dejó caer lentamente, una vez más, sobre sus brazos, cerrando los ojos y dejándose atrapar por el ambiente.

 

El aroma de su perfume volvía para reclamar el momento, adornando su imagen de ensueño con el más cálido de los colores. Si había alguien más en el salón además de nosotros, lo ignoraba completamente.

 

―Súbele un poquito.

 

Le hice caso.

 

Ella meneaba dulcemente su cabeza, escuchando con agrado la canción que había elegido para mostrarle.

 

Mi pecho palpitaba con más y más fuerza a cada segundo, llegando a tener más presencia que la misma música sobre mi.

 

―¿Félix? ―Noel levantó la mirada, ya que mis gimoteos se hicieron cada vez más evidentes.

 

Una gota tras otra, se deslizaron por mi rostro, para terminar creando un pequeño charco sobre la mesa.

 

―¿Qué pasa?

 

No supe qué decirle, apreté mi labio inferior con mis dientes, para contener las ganas de gritar, ni yo mismo entendía la razón tras mis lágrimas.

 

No estaba triste en lo absoluto, por el contrario, finalmente estaba en paz. Y sin querer, volví a arruinarlo.

 

―Perdón ―era lo único que se me ocurrió decir―, no sé qué me pasa.

 

Ella buscó en su bolsillo pañuelos para mis mocos, lucía preocupada por mi estado emocional. Me dio unas caricias en el brazo para calmarme, me sentí como un niño otra vez.

 

―Noel, ¿desde cuando estuviste pateando mi mochila?

―¿Ah? ―Un enrojecimiento que denotaba culpabilidad se hizo presente en sus mejillas―. ¿Estas así por eso? Perdóname, no pensé que fuera tan importante para ti, en serio, perdón.

―No. Perdóname tú, por no haberla abierto antes.

 

Una vez desahogado, por fin pude pensar las cosas con claridad. Aún tenía tiempo, poco más de medio año, para zanjar este asunto.

 

Hasta entonces, espero que Noel pueda esperarme un poco más. Prometo que no será demasiado, ya no pienso dejarla ir sin que lo sepa, eso está fuera de discusión. Tan sólo quiero, que lo que haga de ahora en adelante, pueda llegar a transmitirle lo que siento.