Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 1: Devoción viperina

La mañana era helada. 

 

Kliment miraba al cielo y fumaba un cigarrillo de su marca favorita: Karnam. 

 

Estaba dándose un gusto único, disfrutando de la calma antes de la tormenta que se avecinaba. Una más para su azotada estampa.

 

Se encontraba sumido en sus pensamientos, tanto, que el ruidoso tren que llegaba a la estación no lo perturbó. 

 

Él siempre había sido un hombre sencillo con lo que pensaba, ¿por qué ahora le daba tantas vueltas a todo? ¿Era un simple capricho o veía venir algo más grande?

 

—¡Kliment! ¿Cómo te va? —Sorpresivamente, el corpulento Anton hizo su aparición colocándole la mano en el hombro—. ¿Qué arpía se te perdió por allá arriba? —bromeó señalando el cielo.

—Hasta que al fin llegaste. —El detective, de gabardina negra y notable bigote, contestó al saludo—. Te estoy esperando desde hace casi una hora, ¿se retrasó el tren?

 

A diferencia de la animada voz de su compañero, él sonaba un tanto seco y serio, pero el vampiro a su lado podía sentir cierta empatía en sus palabras. 

 

—No exactamente, tuve que tomar otro, llegué tarde al primero —sonrió apenado—. Pero bueno, ya estoy aquí, caminemos al auto que tenemos mucho de qué hablar —dijo animadamente, como si disfrutara mucho de la compañía de su amigo humano.

 

—¿Cómo están por allá por Vladia? Me dijiste que tu tatarabuela se suicidó —preguntó, con una calma particular, dada la clase de pregunta.

—Sí, mamá terminó ayudándola. Tuvo que comprarle otra cápsula de cianuro, la que tenía ya estaba vencida; era de cuando se suicidó su esposo. —La respuesta de Anton, sin embargo, corroboró esa calma. 

 

Ninguna persona normal contaría algo tan bizarro como un chiste, pero él era normal dentro de estándares vampíricos, no humanos. 

 

—¿Cómo lo tomó tu familia?

—Bien, necesitábamos espacio en la casa, ¡un cuarto más nos viene fenomenal!

—No lo digo en ese sentido, sé que nunca habíamos hablado sobre esto, pero… ¿No sienten la pérdida?

—Un poco, sí, pero es natural que los vampiros cerca de los cuatrocientos años quieran suicidarse, si no lo hicieron antes. Han vivido demasiado y no quieren seguir siendo inútiles —explicó el de la chaqueta de cuero, con las manos metidas en los bolsillos, mostrando un poco más de seriedad.

 

Poco después, ya en el estacionamiento, detective y guardaespaldas, o más bien “jagser”, abordaron el vehículo del primero. 

 

Kliment tenía tantos años como mostraba su apariencia: cuarentón de la mejor época rocanrolera.

 

En el camino a la comisaría del pueblo de Kivolkior, a no muchas manzanas de la terminal de trenes, Anton se acomodó en su asiento de copiloto, preparado para la larga disertación que su compañero en calidad de piloto acostumbraba dar sin sacar nunca la vista del volante.

 

—Finalmente, ¿a qué misterioso monstruo debemos encontrar? — preguntó haciendo una alegoría a sus clásicas misiones.

 

 En su trabajo, debían resolver casos en el que un monstruo poco común estuviera involucrado para identificarlo y, si la situación lo permitía, cazarlo.

 

—Te envié un correo electrónico con toda la información, ¿no lo recibiste?

—¿Tengo cara de haberlo recibido?

—¿Qué pasó esta vez?, ¿el perro te comió el celular?

—No, no, esta vez sí me pasó una estupidez y sí fue en serio —se exaltó un poco el vampiro, acomodándose para empezar a gesticular—. Me bloquearon mi cuenta de correo electrónico, ¿puedes creerlo?

—¿Pero para qué diablos usas una cuenta de correo? ¿Para enviar propaganda terrorista? Eres la primera persona que conozco a la que le bloquean la cuenta.

—Los algoritmos, ¡los malditos algoritmos! Le envié a un amigo una imagen editada del nuevo ministro de seguridad, Marksev Dobrovk, como si fuera una cucaracha, y me suspendieron la cuenta, ¡asco de censura!

—¿Por qué justo él?

—¿No has oído lo que está haciendo? Los sindicatos se quejaron de que los puestos más importantes de la policía los ocupan sólo viejos y que no le dan puestos a los jóvenes así se destaquen. Oye, está bien que premien con un puesto alto a quien se lo merece, pero ese populista imbécil ha despedido a un montón de buenos policías y los ha reemplazado por niñatos sin experiencia.

—Anton, ¿desde cuándo te importa la policía imperial? Nosotros somos privados, las políticas imperiales las usamos de servilleta. 

 

Kliment, quien rara vez mostraba una sonrisa, rio un poco ante el estrés del vampiro.

 

—Tengo contactos en la policía de aquí y de Vladia, y la seguridad ha bajado mucho en comparación a mi país, eso nunca es bueno y me enfada que se implanten reformas sin pensar sólo para fingir que escuchaste a un sector, ¡mejor que no se haga nada! —hablaba cada vez más alto.

—Bueno, sé que adoras estresarte con la política, te daré rienda suelta si algún día te dedicas a eso, pero de momento tendremos que centrarnos en un caso que puede ser importante, ¿te parece si vamos a lo que realmente interesa? —Kliment cortó abruptamente a su compañero.

 

 No lo hizo de forma despectiva. En realidad, conocía de antemano que los monólogos y los enfados de Anton daban para rato y necesitaba informarle del caso antes de llegar a la comisaría.

 

—Agh… te escucho. —El copiloto intentó calmarse mirando el camino, tal como el piloto hacía.

—Unos policías lograron dispersar a unos sospechosos mientras hacían un extraño ritual para la diosa Medusa, la principal deidad de los monstruos reptiloides. Capturaron gran parte de su indumentaria incluyendo símbolos, amuletos, herramientas y tablillas, entre varias cosas más.

—¿Y qué con eso? Como ningún monstruo va a la universidad, dedican sus años veinte a dos cosas: o hacen rituales extraños a sus absurdos dioses, o se ponen a matar y robar. Eso es normal, raro sería que encontraras a un puñado de monstruos reunidos haciendo algo productivo. 

 

A diferencia de la seriedad de su colega, el vampiro habló con cierto tono despectivo.

 

—El problema no es lo que estaban haciendo, sino cómo lo estaban haciendo. —La voz del humano se mantuvo estoica, tanto como su mirada en la carretera.

—¿Ah?

—Todo parece indicar que estaban llevando a cabo un ritual grande y peligroso que incluye sacrificios de personas, no cualquier ofrenda. Ante algo de esa magnitud, todo depende de los objetos que se usan, por eso mandé a examinarlos con la prueba del Carbono 14. Si son simples imitaciones que tienen diez, veinte, cincuenta o hasta cien años, podremos actuar tranquilos pensando en neutralizar sólo a una banda de chiquillos. Sin embargo, si gran parte de esos objetos resultan ser originales y datan de miles, e incluso decenas de miles de años atrás, entonces estamos ante el caso más peligroso al que nos hayamos enfrentado.

—No creerás que…

—No quiero creer nada hasta tener el resultado de antigüedad de esos objetos, sólo espero que sean copias. Incluso si algo en especial fuera original no habría problema, sería deducible que alguno logró encontrar o robar ese objeto, pero muchos de ellos sólo pueden ser hallados en excavaciones o en los tesoros más recónditos. Si los autores de ese ritual los tienen en su poder, son cualquier cosa menos adolescentes necesitados de una paliza.

 

Dichas aquellas palabras, detective y jagser llegaron por fin a la comisaría. Había mucho que aclarar, pero Anton decidió continuar escuchando dentro del edificio y ambos se movieron con prisa. 

 

El vampiro notó que el humano cargaba un maletín, probablemente con herramientas que ayudarían a identificar aquellos objetos de ritual.

 

—¡Oh! ¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos! —saludó agradablemente un joven policía.

 

Por su uniforme, parecía el jefe de la unidad. Sus rosados cachetes y su panza, daban a entender que no tenía demasiados años persiguiendo malhechores.

 

—¿A qué hora empezará la función? —le susurró el jagser a su compañero mientras se acercaban, al comparar al oficial con un payaso.

 

Pero al detective humano no le hacía gracia, más bien sentía vergüenza.

 

—Buenos días, soy el detective Kliment Pagrashenko y él es mi jagser Anton Holzner. Venimos en su ayuda enviados por el gobernador de la ciudad, que solicitó nuestra presencia.

 

—¡Claro! Los estaba esperando, pasen por favor. —Se apresuró el oficial con pocas formalidades. 

 

No habían puesto un pie en la entrada de la comisaría cuando el policía volvió a hablarles, percatándose de que las miradas de los detectives se habían desviado hacia la excéntrica decoración navideña del lugar.

 

—¿No han visto lo bello que nos está quedando el local con la decoración navideña? Este diciembre ofrecemos deliciosos panecillos a los visitantes del pueblo, ¡a un calario tenemos la bolsita! —anunció con singular alegría agarrando del mostrador una de las múltiples bolsas con panecillos y mostrándoselas al dúo.

—No me he percatado exactamente de eso, pero en cambio, si le preguntaré, ¿no hay control racial?

 

La pregunta de Kliment hizo al oficial devolver los panecillos a la mesa.

 

—¿Control racial?, ¿para qué? ¡Aquí nunca tenemos problemas con monstruos! Estoy seguro de que no hay ni uno en el pueblo —confesó despreocupado, mirando la garita donde debería hacerse el control.

 

 Estaba cerrada. 

 

Debido a la forma humana de muchos monstruos, suele ser protocolo en casi cualquier sitio, incluso en la calle, la presencia de una garita policial con instrumentos de control racial. Que justo en la comisaría del pueblo el control brillara por su ausencia, no era un buen augurio para los detectives privados.

 

—¿Está consciente de que si ahora mismo nosotros fuéramos dos cambiaformas impostores que mataron a los detectives reales, estaríamos entrando en el corazón de la seguridad del pueblo? 

 

El peso de la pregunta de Kliment cayó sobre el jefe de la unidad, quien rápidamente la evadió como pudo.

 

—Ambos sabemos que no es así, de todas formas, pronto volveremos a contar con el servicio. De momento acompáñenme, ¡tienen mucho que revisar!

 

De esa forma, los tres apresuraron la marcha y atravesaron la pequeña comisaría de dos pisos casi de punta a punta. 

 

El entorno se veía como el de una comisaría normal, que el oficial al mando fuese un joven recién ascendido no cambiaría enormemente la rutina anterior, y a la mayoría de los policías se les veía competentes. 

 

Al menos, no tenían pinta de que les ofrecerían a dos importantes detectives privados una bolsa de panecillos navideños, antes que las pruebas del caso.

 

—Aquí tiene, examine lo que quiera. Me tomé la molestia de imprimirles en alta definición estas cincuenta fotos de todos los objetos en todos sus ángulos.

 

La felicidad del joven oficial se vio contrastada con la cara que puso Kliment al ver todo aquello, Anton tampoco supo exactamente si reír o llorar.

 

—¿Y los objetos reales?

—Están sometiéndose ahora mismo a la prueba de Carbono 14 que ordenó.

—Encargué la prueba hoy en la mañana, ¿cómo es posible que apenas la estén aplicando?

—Un pequeño contratiempo con la máquina, pero no se preocupe, en veinte minutos deben salir junto a todos los objetos. De momento analice las fotografías, ¡seguramente encontrará algo interesante! —aseguró el joven mientras cruzaba hacia otra sala. 

 

Ambos detectives se quedaron solos.

 

—¿Puedes ver algo interesante? 

 

El vampiro se recostó de espaldas a la mesa. Su compañero observaba detalladamente las fotografías, con ayuda de un lente de aumento que había extraído de su maletín.

 

—No te voy a mentir, casi prefiero esperar a que salgan las piezas —comentó este mientras descartaba el lente para leer detenidamente la lista de objetos—. Además, me hablaron de grandes jarrones con personas dentro, ¿ni siquiera les tomaron fotos?

 

Según el documento escrito por la policía, habían sido hallados dieciséis objetos de distintos tamaños. 

 

La lista la conformaban cuatro estatuillas de gabralita, un metal muy raro y extraño del continente de Nueva Fissovia; dos vasijas de bronce, dos tarros con sangre de algún ser desconocido, cuatro pinceles, un tintero con un líquido verde oscuro dentro y tres largos pergaminos con una palabra escrita dentro de cada uno en un idioma ilegible. 

 

Justo cuando él terminaba de hacer el conteo, nuevos objetos se sumaron, pues el jefe de la comisaría acababa de enviarle por correo las fotos de los famosos jarrones, al igual que las imágenes  de los cuerpos dentro de estos. 

 

A Kliment le pareció rara la presencia de un pequeño monstruo junto a aquellos dos cadáveres humanos, pero lo que más le alarmaba era la cantidad de objetos extraños en general. 

 

Si bien se podía esperar cualquier cosa de imitadores con tiempo libre y buenos materiales, eran demasiados objetos muy bien hechos. 

 

—¿Qué se supone que intentaban hacer con todas esas cosas? —El vampiro arqueó una ceja.

—Debo buscar en los archivos de la religión medusista, pero todo parece indicar que emulaban crear una señal. Según he leído, en ciertos rituales de hechicería la gabralita se usa para conocer la ubicación de alguien, siguiendo sus rastros de energía vital.

—Eso no tiene sentido, ¿por qué buscarían a su diosa en Praunia? Nueva Fissovia es muy grande, ahí siempre habitó Medusa, ¿no?

—Yo tampoco lo sé, pero creo que no están tras ningún simbolismo. Ellos no buscan a su diosa en el sentido espiritual, o buscan su energía vital para bendecirse con ella. Tengo la impresión de que están buscando a Medusa como una líder, como una figura política.

—¿Quieren presentarla como candidata a la alcaldía o qué? 

 

Ante la burla de Anton, Kliment hizo silencio. No porque le molestara, sino porque había visto algo particularmente interesante en las palabras escritas en los pergaminos, por lo que volvió a ponerse su lente especial para apreciarlos mejor. 

 

—¿Puedes darme un segundo? En alguna parte he visto estas palabras en este mismo alfabeto.

 

Ante la petición, su compañero sabía que lo mejor era hacer silencio para que empezara a atar cabos.

 

—Te veo entretenido, iré al baño mientras tanto —mencionó el vampiro,  caminando hasta la salida del salón en busca de uno.

—Mucho ojo con cualquiera que veas sospechoso —le recordó el humano sin despegar su mirada de las imágenes.

—Tras esos objetos seguro debe ir una tropa de pubertos, se les notará enseguida que no son humanos así entren en forma humana, descuida —dijo el grandulón mientras cruzaba la puerta, bastante más relajado que su amigo.

 

Antes que esta se cerrara, una señora con gafas de sol, muy alta y de unos cuarenta años, entró en el local con una bolsa que parecía contener comida. Ante la ausencia de un guardia que la detuviera, esta se sentó en la primera silla que vio, justo detrás de Kliment.

 

—¿Espera a alguien? —preguntó el detective, despegando su mirada de la imagen sólo para mirar de reojo a la mujer.

—Busco a mi hijo, el oficial Brevenko, un policía al que le pregunté me dijo que estaba por aquí, supongo que no tardará mucho —aseguró la mujer, algo intimidada por el tono serio del detective.

—Descuide, sólo se lo decía porque este no es un lugar al que deba entrar cualquiera, si un policía la ve podría regañarla.

—Comprendo, disculpe entonces, creo que esperaré afuera —comentó la mujer, levantándose cuando Kliment no la miraba. 

 

Él notó como a sus espaldas ella aún daba un par de vueltas intentando divisar a su hijo,  y que entonces el teléfono le sonó. Alguien la llamaba al parecer, por lo que inició una conversación en voz alta justo a pocos metros del detective humano, irritándolo, pues aquello le impedía concentrarse.

 

Minutos después, finalmente la puerta que daba para el laboratorio se abrió. Había noticias.

 

—Tenga, la prueba de Carbono 14. 

 

Una agradable señorita le dio varios papeles a Kliment con la información que necesitaba en cada uno de ellos. 

 

El hombre no tardó en ojearlos:

 

“Vasija 1: tres mil quinientos años. Tarro con sangre 1: mil trescientos años, la sangre pertenece a una criatura no registrada ni identificada”.

 

«¡Mierda!», se dijo. 

 

Mientras más leía, más su piel se erizaba. Toda la indumentaria era real. 

 

Y entonces lo notó, la señora a su espalda se acercaba un poco más. Nadie estaba al otro lado de la línea, había fingido la llamada; estaba hablando sola.

 

—Detective, ¿dónde le pongo los objetos? 

 

Una personal del laboratorio salió con una bolsa grande, dentro estaban varias cajas con los objetos.

 

—Mejor los revisaré dentro del laboratorio, déjelos dentro —respondió él, guardando con prisa los instrumentos de su maletín.

 

—Pero señor, dentro del laboratorio no hay mesas para… —La muchacha se sorprendió al ver la tosquedad con que la alta mujer se acercó más a Kliment.

 

Estaba prácticamente en su nuca, podía oler su aliento.

 

—Oh, esos objetos parecen interesantes, ¿qué tan viejos son? —dijo la señora, entrometiéndose.

 

Pero al ver la rapidez con que el humano actuaba, dedujo entonces que él ya estaba enterado de lo que ella venía a hacer.

 

—No tienes porqué agitarte, sólo dame los objetos y nadie saldrá lastimado…

 

Las casi relajantes palabras de la alta mujer venían acompañadas de una peligrosa amenaza. 

 

Kliment no quiso comprobarla en carne propia, por lo que se giró rápidamente y le encajó los dedos en los ojos, aprovechando que esta acababa de quitarse sus gafas.

 

Ella dio un grito desgarrador. 

 

Él se deslizó sobre la mesa y con maletín en mano corrió al laboratorio. 

 

El impacto en la mujer fue tal, que abandonó parte de su forma humana, dejando ver una horrible lengua viperina, propia de una gorgona. 

 

La personal de laboratorio que quedaba en la sala, al ver aquello, corrió a la primera puerta que divisó.

 

No tardaron en notarse los estruendosos golpes que la gorgona, ya completamente transformada, daba repetidamente sobre la puerta de metal que separaba aquella sala del laboratorio, donde Kliment y el personal se estaban atrincherando. 

 

No cabía intento alguno de diplomacia, porque la herencia de la vieja iglesia de Medusa no era negociable, y el detective lo sabía. 

 

Una gota de sudor, la primera de tantas, descendió sobre su frente; sólo Anton podría ayudarle. Rápidamente lo llamó por teléfono, pero el vampiro no pudo contestar, él ya libraba su propia lucha.

 

En la entrada, luego de haber ido al baño, Anton se disponía a regresar al salón, donde ya debían estar siendo examinadas las piezas, cuando sintió dos grandes acumulaciones de energía vital. 

 

Al girarse, vio a dos enormes gorgonas que dieron un rugido aterrador y quebraron las puertas de cristal de la entrada con sus grandes cuerpos. 

 

Todos los oficiales del lugar, que no eran pocos, inmediatamente se dispusieron a abrir fuego sobre el dúo de monstruos mientras todos los civiles se ponían a cubierto.

 

 En el revuelo, un policía encubierto abandonó su forma humana y se reveló como un reptiliano, justo a espaldas de los oficiales que disparaban. 

 

El infiltrado no quiso quedarse atrás, pues sacó de su cintura dos pistolas ametralladoras y dio vida a una masiva cortina de fuego a ambos lados de la entrada de la comisaría. 

 

Atacados por delante y por detrás, los policías que no cayeron no tenían idea de cómo rechazar el ataque.

 

Fue entonces cuando el jagser, que ya tenía a las gorgonas en la mira, dirigió su atención contra el falso oficial. Impulsándose con energía vital, se lanzó contra él. 

 

El primer impacto derribó al reptiliano y sus pistolas se esparcieron. El vampiro intentó dispararle con la suya, pero el monstruo se abalanzó sobre su cuello y le propinó tal mordida, que tuvo que hacer lo imposible por sacárselo de encima. 

 

Pólvora y ahora sangre predominaron en el aire como los olores reyes. 

 

Anton se lo quitó de encima. 

 

Ambos intentaron reducirse entre ellos, empleando todo tipo de movimientos potenciados con energía vital, pero pronto quedó en evidencia la igualdad de poder. Era hora de sacar los elementos mágicos.

 

—Elemento mágico de calor: Misil de jungla —conjuró el fornido vampiro. 

 

Simuló lanzar un golpe en el aire y a través de su puño formó una onda de calor en forma de proyectil que salió disparada sobre el reptiliano. 

 

Este la consiguió esquivar por los pelos y lanzó una cuchilla sobre el vampiro, quien retrocedió hasta el centro del salón para esquivarlo.

 

 Entonces se percató de que había caído en la boca del lobo. 

 

Las gorgonas se habían encargado de replegar a los policías restantes y ahora lo rodeaban junto con el reptiliano. 

 

Escapar ya no era una opción.

 

Mientras tanto, en el otro extremo de la comisaría, la gorgona consiguió finalmente romper la puerta de metal y se apresuró a irrumpir en el laboratorio, a por los objetos religiosos. 

 

Sabía que su enemigo carecía de energía vital, por lo que, confiada, avanzó hacia los débiles y asustadizos trabajadores que protegían la bolsa. 

 

De pronto Kliment salió de su escondite en un rincón y convirtió el rostro de la gorgona en la pista de aterrizaje de un frasco con ácido. 

 

Este se rompió casi sobre sus ojos y los gritos de la gorgona se oyeron entonces en toda Praunia. 

 

A pesar de que ella medía poco más de dos metros, Kliment se las apañó para aprovechar el daño y empujarla, tumbándola al suelo. Inmediatamente desenvainó su cuchillo y se preparó para decapitarla, o por lo menos degollarla antes de que su furia cayera sobre él, pero una voz conocida se lo impidió.

 

—Kliment, ¡déjala!, están atacando la comisaría. No hay tiempo, tenemos que irnos —suplicó el vampiro. 

 

Su compañero inmediatamente se paró y con el maletín en una mano y la bolsa en otra se apresuró a huir, pero entonces vio a la gorgona. Ella pronto se recuperaría.

 

—Anton, derrite los barrotes de las ventanas para que los empleados puedan huir también —ordenó el humano.

—¡No hay tiempo para eso!

—No los voy a dejar a merced de esa cosa, ¡derrite los malditos barrotes ya! —Su orden esta vez fue severa. 

 

El vampiro tuvo que ceder, tardando un minuto en lograr su cometido. Ahora sí, el dúo podía escapar.

 

Usando una salida secundaria, consiguieron llegar hasta el estacionamiento y, luego de guardar la bolsa negra con los objetos en el maletero, Anton tomó el volante antes de que Kliment consiguiera hacerlo y lo relegó a copiloto. Abandonaron el área a toda velocidad.

 

—Vas muy de prisa —recriminó el del maletín a su compañero, quien le respondió ignorando que se oía enojado. 

—Sólo es cosa de salir rápido de ese pandemonio. Aunque si nos quedamos igual podremos vencerlos a todos, ya viste lo que lograste sin energía vital —reía mirándolo, con el volante en las manos.

—Vista al frente, ¡te he dicho mil veces que cuando conduzcas sólo mires al frente! —La molestia de Kliment parecía severa—. Te querías ir dejando a su suerte a esas pobres personas, maldición Anton, era lo mínimo que podías hacer, ¿por qué tenías que derretir los barrotes a la segunda?

—¡Pero al final lo hice!

—Sí, pero no había ninguna necesidad de que me enfadara, tú no eres así maldita sea, ¡siempre te preocupas más por la gente que yo!

—Cálmate viejo, ya pasó. Disculpa, ¿sí? A ver, dime que averiguaste. 

 

La voz de Anton, así como las gesticulaciones que hacía con la cara y las cosas que decía, no eran propias de él. 

 

Kliment se percató de aquello en cuanto se calmó. 

 

Sumado a ello, se dio cuenta de que ni siquiera le había dicho a dónde estaban yendo, ni le había consultado antes a dónde huir. Bien sabía además que su compañero tenía por costumbre conducir sólo durante la noche. 

 

Eran demasiadas cosas fuera de lugar y Kliment decidió despejar sus dudas.

 

 Tomó su celular y llamó a Anton. 

 

El detective veía la marca del teléfono móvil en el bolsillo del jagser que tenía a su lado, pero este no sonó y tampoco vibró. 

 

De esa forma, contando cada segundo que pasara en tan extraña situación como si fuera oro, no tardó en sacar su pistola y apuntarle a quien decía ser su compañero.

 

—¿Quién eres y qué hiciste con Anton? —le espetó.

 

A pesar de que el impostor había sido descubierto, se dignó a hablar con tranquilidad, ignorando la pistola tan cerca de su cara.

 

—Mmm… no tengo idea.

—No te hagas el idiota o te volaré la cabeza.

—¡Es en serio! Siempre uso identidades falsas, así que ya he olvidado quién soy, y no tuve que ver más de dos segundos a tu amigo para hacer… ¡una ilusión!

—No… 

 

La retina de Kliment pareció reventar cuando todo lo que veía empezó a descomponerse, resultando en una experiencia bastante psicodélica. 

 

Estaba encerrado dentro de una ilusión, nada de lo que veía era real, hasta que esta terminó de disolverse y entonces pudo ver la verdad: estaba dentro de un auto que no conocía, con un conductor que portaba una máscara de teatro llena de pequeños cuadros rojos y azules. 

 

Debido a la capucha que llevaba y a sus guantes, era imposible saber siquiera qué color de piel tenía.

 

El detective disparó inmediatamente, pero el curioso hombre hizo un gesto veloz con la mano, uno tan rápido como certero, y pronto la pistola de Kliment salió volando por la ventanilla. 

 

Ante la sorpresa del copiloto, el indescifrable hombre empezó a reducir la velocidad del coche.

 

—Dicen que el polvo del piso es muy bueno como mascarilla facial, ¿por qué no lo pruebas? —rio molesta, pero ligeramente, antes de volver a repetir su gesto con la mano.

 

Al parecer, la cubría de electricidad y la aceleraba para hacer ciertas cosas, como abrir la puerta del copiloto y darle un puñetazo tan veloz al detective, que lo sacó del auto y su cara se estrelló contra el polvo del suelo. 

 

Por suerte para él que el auto estaba frente a un semáforo, aunque inmediatamente después de soltarlo el vehículo se dio a la fuga.

 

Kliment se volteó entonces y, sin levantarse del suelo, ignorando como los curiosos transeúntes lo observaban, miró las nubes y se tapó el rostro con las manos.

 

—Y todavía no es ni mediodía… —musitó.