Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 2: La fábrica de Oklomets

Kliment  tomó un taxi para llegar raudo a la comisaría. Su rostro evidenciaba lo que sentía: una mezcla entre preocupación y enfado en su interior.

 

Ya había actualizado de todo a su compañero por teléfono, por lo que sólo le restaba volver. Aquel monstruo, humano o lo que fuese le había humillado y, aunque tenía un as bajo la manga, debía pensar adecuadamente cuáles serían sus próximos movimientos.

 

Tras atravesar un tumulto de personas, llegó a la valla de entrada de la comisaría, custodiada por los pocos policías que no estaban heridos.

 

Al acercarse un poco más, notó que Anton discutía fuertemente con el jefe de policía, que además de avergonzado, estaba siendo atendido por una enfermera, pues había resultado herido.

 

—Pero ¿tiene idea de cuántos monstruos reptiloides viven en este congelador que tenemos por país?, ¿sabe cuántos? —Fuera de su inicial apariencia de pacifismo e inocencia, el oficial estaba bastante disgustado con Anton.

 

Ambos se encontraban tan exaltados que su discusión amenazaba con acabar en un enfrentamiento violento.

 

—No, no sé la cifra exacta, pero tal vez sea la misma cifra de monstruos fantasmáticos que habitan en cualquier país, ¡y siempre tienen que existir medidas para eliminar monstruos fantasmáticos! ¿Por qué diablos este pueblo está tan desprotegido ante una amenaza como esa?

 

Las palabras del vampiro también eran duras, teniendo en cuenta que el oficial había peleado tanto como él, al ser el único usuario de energía vital de toda la estación.

 

—Porque la amenaza no proviene de este pueblo —interrumpió Kliment, apresurándose antes de que la discordia entre ambos se convirtiera en otro innecesario frente de batalla—. Los objetos eran reales, no son adolescentes ni simples cultistas, ni siquiera son de Praunia. Vamos a un entorno más privado.

 

Una vez el herido fue curado, se marcharon. Hablar allí no era prudente. Mientras se adentraban a la parte intacta de la estación, el comisario oyó que nuevas patrullas llegaban, posiblemente los policías que operaban en otras zonas del pueblo.

 

—Comprendo el problema que tenemos, pero hablemos rápido, debo organizar la reconstrucción y el levantamiento de los cuerpos —comentó el de los rojos cachetes, retomando un poco de su pasivo tono, pero conservando su rostro serio y enfadado.

 

Ni detective ni jagser dijeron nada. Llegaron a la oficina y cerraron la puerta. Anton enfocó su energía vital en detectar si alguien intentaba escuchar y Kliment se centró en explicarles a ambos.

 

—Todos esos objetos religiosos no sólo corresponden a eras muy remotas, sino que su arte no corresponde a ninguna cultura antigua de Praunia, ni de Grisném, por lo que muy posiblemente los hayan importado desde Nueva Fissovia; y creo que quienes los importaron son los mismos que atacaron la comisaría. Oficial, no sé si esté enterado del peligro que representa que esos objetos hayan sido creados en la misma tierra en la que habitó una diosa terrenal. Si los antepasados de nuestros actuales enemigos convivieron con ella, permítame decirle que nos encontramos frente a criaturas realmente fanáticas.

—En ese caso debemos llamar al ejército, ¡un par de generales decapitarán a cualquier condenada gorgona! —se impacientó el comisario.

—No lo recomiendo —negó el detective—. Un mercenario ilusionista los acompaña y no conozco sus límites, él debe ser su guía en estas tierras. Si la presencia del ejército es detectada por ellos en cuanto entren en el rango de detección de su energía vital, podríamos poner en un serio riesgo de emboscada a los militares. Primero tendremos que investigar un poco más sobre ellos.

—¿Cómo un mercenario civilizado y posiblemente humano puede ayudarles? Es inaudito. —El oficial se sentó de golpe, llevándose las manos a la cabeza—. Por eso no confío en los mercenarios, son capaces de poner en riesgo su maldita civilización por un poco de dinero.

—¡Hey! Que no se te olvide que nosotros también somos mercenarios, ¡y si tengo que servir a un país gratuitamente es a Vladia! —rabió Anton frunciendo el ceño.

 

Fueron las palabras de Kliment las que hicieron al oficial retractarse de lo que dijo.

 

—No culpe a los mercenarios. Anton tiene razón. A nuestra manera lo somos, aunque tengamos mayor apariencia de “cuello blanco” que los mercenarios de pistola y espada. Descártenos de su ecuación, nuestros enemigos son otros.

—Bueno, en cuanto a lo que hablábamos, ¿sabe exactamente por qué están aquí? —El comisario preguntó con desgano, abrumado por la situación.

—Estoy casi seguro de que están buscando algo para encontrar o revivir a su diosa. Lo que no sé es por qué están buscándolo en estas tierras. Los reptiloides odian el frío y en ninguna escritura que conozca se dice que Medusa cruzó el mar hacia nuestras tierras, pero incluso si lo hubiese hecho, una gorgona gigante habría sucumbido ante la primera tormenta de nieve que la azotara.

—Entonces, ¿cuál es el plan?

—Esos dos grandes jarrones eran lo único que era relativamente moderno. Me aseguré de dañarlos, aunque no pude romperlos. Reparar esa cerámica no es difícil, pero tardará lo suyo. No creo que puedan repetir el ritual esta noche. De cualquier forma, algunos policías que puedas prestarme, Anton y yo, observaremos su guarida y cuántos son. Según lo que descubramos, convocaré al ejército imperial y nos marcharemos, o simplemente los llamaré a ustedes si la amenaza es inferior, cosa que dudo.

—¿El tipo de la ilusión te mencionó algo sobre su escondite? —preguntó Anton, intrigado por el plan de su compañero, que indicaba que él sabía la ubicación del sitio.

—El desgraciado no sólo recuperó sus cosas, sino que robó las mías. En el maletín tengo un chip GPS precisamente para estos casos. Desde el celular puedo ver dónde está, y dudo que quieran deshacerse del maletín tan rápido. Aún hay tiempo, pero debemos actuar. —Kliment dirigió su mirada hacia el policía—. Oficial, ¿con cuántos hombres suyos contamos?

—Ahora mismo sólo me saldría rentable prestarle dos patrullas…

—Serán suficientes, no planeamos un gran ataque, sólo cubrirán nuestras espaldas. Eso sí, deme hombres que sepan pelear contra monstruos.

—¿De esta comisaria que aún estén en condiciones? Pocos, pero los escogeré a dedo, ¿me acompañan o aún queda algún tema que tratar? — El jefe de la comisaría se levantó para dirigirse a la salida.

—No, pero si necesitaré algunos dispositivos, ahora les digo cuales — finalizó el detective mientras los tres abandonaban finalmente la habitación.

 

El resto de la mañana, Kliment se la pasó dando órdenes, organizando su plan. Para su suerte, el comisario Radkoi se mostró bastante obediente, necesitado moral y profesionalmente de reparar su anterior torpeza. Algo que había mostrado desde su participación en la defensa de la comisaría, en el piso superior.

 

Según el GPS, los enemigos se encontraban en la fábrica abandonada de Oklomets, a las afueras de la ciudad. Una zona donde también había otros edificios abandonados, por lo que podría haber monstruos merodeando el área.

 

Como Kliment no era usuario de energía vital, no podría ocultar la poca que tenía por naturaleza, como todo ser vivo, de los radares de los enemigos, por lo que se armó con un dispositivo que la ocultaba por él.

 

Anton no tuvo ese problema, pero pidió armas contra monstruos, principalmente para su compañero.

 

Luego de aquello, fueron elegidos los mejores policías en la materia, encabezados por una curiosa y agradable chica, la joven oficial Karkyalín.

 

Cuando todos hubieron almorzado, emprendieron la marcha. Los relojes marcaban las dos de la tarde cuando las dos patrullas salieron del centro del pueblo; se detendrían a pocos kilómetros.

 

Mientras tanto, en la misma patrulla en la que se movían Anton y Kliment, ambos sentados en el asiento trasero, Karkyalín ejercía de copiloto y no desperdició la ocasión para atiborrarlos de preguntas y halagos.

 

—Así que son detectives privados, ¿eh? ¡Debe ser alucinante estar viajando de una punta a punta por el país! Pero por lo que oí, se comportaron con mucha valentía contra esos monstruos. —Ella hablaba con bastante emoción e ilusión sobre ambos, como una niña que describe a sus héroes.

 

Sin embargo, tenía notables ojeras y el cabello, que le llegaba hasta los hombros, lo llevaba algo despeinado y grasoso. Además de eso, despedía un olor extraño, como quien se baña poco. A pesar de ello, nada fue impedimento para que el orgullosísimo Anton le siguiera la corriente.

 

—¡Ja! Peores polvos hemos tenido que morder. Pronto verás que podemos darle una verdadera paliza a esos desgraciados —se envalentonó el vampiro.

—¿Podemos? —Kliment lo miró con ironía—. No me vengas con payasadas, sabes muy bien que yo no uso energía vital.

—Lo compensas con toda esa información que tienes en la cabeza, ¡eres el cerebro del grupo! No debe haber monstruo que pueda resistirse a una buena emboscada salida de ti. —Karkyalín sonrió luego de semejante halago al detective, callando cualquier respuesta del jagser.

—Pues muchas gracias —agradeció el del bigote, sonriendo ligeramente sin mostrar los dientes, mirándola desde atrás con extrañeza—. Pero ¿qué antecedentes tienes para saber todo eso?

—Cuando el jefe Radkoi nos estaba eligiendo y ustedes le hacían preguntas sobre nosotros, presté atención a la conversación y, ¡con total seguridad puedo decir que eres quien más conocimiento tiene de los tres! No diré “inteligente”, porque eso sería opacar al vampiro, que también es muy listo —reía la policía ante la sorpresiva mirada del piloto.

 

Él, que era el compañero de la joven oficial, se quedó pensativo, le parecía que su compañera era una persona distinta a lo acostumbrado.

 

En el asiento de atrás, detective y jagser se miraron también el uno al otro, algo intimidados ante semejante “fan”, quien se percató de eso.

 

—Bueno, bueno, mejor cuéntenme bien contra quienes nos vamos a enfrentar. No escuché completamente lo que hablaban con Radkoi.

—Vamos a enfrentarnos contra reptiloides de Nueva Fissovia, al parecer están aquí por su diosa, la están buscando a ella o a algo relacionado con ella —explicó Kliment, sin mucho detalle.

—¿Y qué tiene de importante todo eso? Además de que sean monstruos, claro.

—No sólo están llevando a cabo sacrificios humanos, sino que cualquier cosa que pueda implicar la invocación de una diosa terrenal monstruosa debería aterrarnos, pues si razas como las gorgonas y los reptilianos consiguen hegemonía en Nueva Fissovia, nuestros países perderán sus colonias y eso traerá como consecuencia un desastre económico sin precedentes.

 

La explicación de Kliment le quedó muy clara a la chica de descuidado cabello, tanto que la puso a pensar.

 

—Pero, ustedes podrán evitar eso… ¿no? Tantos no pueden haber muerto por nada… —dijo algo más preocupada.

—Descuida, su sacrificio fue valioso —afirmó Anton—. Murieron como héroes y como héroes los haremos quedar cuando decapitemos a esos cabrones, ¡la victoria es inevitable cuando la civilización pelea contra la incivilización! Nunca olvides eso, niña.

 

El vampiro sonó tan seguro de sí mismo, que los ojos de Karkyalín tendrían que haberse iluminado, pero apenas brindó una sonrisa acorde a aquel comentario.

 

El recorrido se extendió más de lo debido a causa del mal estado de la carretera. Anton y Karkyalín aprovecharon el tiempo para hablar de cotidianidades, bromeando continuamente sobre cualquier cosa. Se notaba que ambos congeniaban bien.

 

Llegados a una distancia prudente de Oklomets, el dúo se bajó y una vez preparados, emprendieron la marcha a investigar el interior, camuflándose cuanto podían para no ser vistos.

 

—Cuídense mucho, sobre todo tú, ¡no puedes morir sin ver mi colección de discos de vinilo! —exclamó Anton una vez se bajaron del carro.

 

El acompañante de la policía aprovechó el momento para hablar.

 

—Vaya, se ve que alguien quiere Suggar Daddys —sonrió el hombre—. ¡Vamos! No puedes negarme que eso fue interés de tu parte, no sé si sexual o económico, pero tú nunca eres agradable con nadie.

—Sí, sí puedo negarlo. El interés no fue ni económico ni sexual —replicó con seriedad mientras revisaba su pistola eléctrica—. Por el contrario, fue criminal. —En su rostro se dibujó una sonrisa macabra, justo antes de electrocutar a su compañero.

—Me aburrí de los humanos. Veremos si mis nuevos jefes son mejores… —habló consigo misma al salir del auto, dispuesta a neutralizar a los otros dos policías de la segunda patrulla, antes de ir a por el detective y el jagser.

 

Estos, por su lado, se habían colado por un conducto del techo y veían los movimientos dentro de la fábrica.

 

Había varias gorgonas junto a una, más grande que todas, que parecía ser la lideresa. El reptiliano que enfrentó a Anton le acompañaba gran parte del tiempo.

 

—¿Qué hacemos? ¿No crees que lo logremos con los policías? —le susurró el vampiro a su compañero.

—No, eso sería muy arriesgado. No son tantos y la gorgona grande, que viste como una sacerdotisa, parece ser la más poderosa, pero no excesivamente; con el ejército bastará.

—¿Puedes ver tu maletín?

—No, pero creo que todos están allí abajo mientras que mi maletín esta en otro lugar cercano, tal vez lo hayan dejado en alguna habitación.

—¿Crees que convenga ir a tomarlo?

—Sí, pero desde otro sitio. Salgamos de aquí.

 

Dicho aquello, ambos se arrastraron nuevamente hacia la salida. Al bajar del techo, buscaron alguna entrada secundaria a los pisos inferiores.

 

De pronto Karkyalín se les acercó, saludándolos con bastante entusiasmo.

 

—Vi que al final no entraron, ¿pasó algo?

—Buscamos otra entrada. Mejor vuelve al auto, con esas pistolas eléctricas no harás nada contra un monstruo ágil —le recomendó Anton.

 

No se dieron cuenta de lo que los esperaba. En cuanto la policía fingió retroceder unos pasos y el dúo se olvidó de ella, rápidamente se giró y los electrocutó a ambos, que cayeron inconscientes sin poder ofrecer resistencia.

 

—Espero que con este pequeño obsequio doble, esos bichos ignoren el monstruo que soy —dijo ella mirando los cuerpos mientras su apariencia comenzaba a cambiar. Definitivamente no era humana.

 

Karkyalín no tuvo tiempo de disfrutar su victoria. Al salir del auto sin nada para ocultar su energía vital, dos gorgonas rápidamente la divisaron y, al no entender sus palabras, la arrastraron junto con los cuerpos hacia el interior de la fábrica.

 

Ante sus ojos, un siniestro panorama se abrió. La principal de aquellas gorgonas, seguida de un reptiliano, no sólo era enorme, sino que por la forma en la que iba vestida, no podía ser cualquier jefecilla. Fue precisamente ella quien le habló en un idioma muy usado en Praunia: el Azsuriano, que Karkyalín entendía perfectamente. 

 

Empleando una labia similar a la usada con el vampiro, se ganó la confianza de la sacerdotisa, sacándose a sí misma del peligro. Había ofrecido también los cuerpos inconscientes de los tres policías como cena, cosa que convenció al reptiliano que acompañaba a la gorgona, su consejero, de que realmente no era una espía.

 

Este consejero, Rokuo, de rasgos serios y voz estoica, también sabía hablar azsuriano y su jefa, Ziriaka, le ordenó encargarse de adoctrinar a la nueva aliada ante la ausencia de Erick, el mercenario ilusionista, que se encontraba en otro sitio.

 

Aunque al reptiliano le cayó bien, Karkyalín aún sentía cierto temor por todo lo que sucedía al alrededor. Las piernas le temblaban cada vez que una desconfiada gorgona siseaba cerca de ella, pero debía obtener la confianza de todos aquellos religiosos si quería ganar más que un simple sueldo de policía. 

 

Cuando los detectives fueron arrojados a una sucia celda, la monstruosa joven se ofreció a hablarles, pues Ziriaka había ordenado intentar convertirlos antes de usarlos como sacrificio, ya que de ese modo las ofrendas serían mejores. Para ello, la policía se transformó completamente a su forma real, la de un monstruo llamado Kishihague.

 

Esta clase de monstruo tiene la particularidad de ser de piel grasosa de un tono morado pálido, ojos de pupila rasgada y pronunciadas ojeras, junto a un cabello curvado y grasoso. El poder de un Kishihague consiste en convertir su piel en líquido, para luego solidificarla con la forma de algún arma o herramienta.

 

Viéndose en un espejo traído por las gorgonas antes de la charla, se llenó de valor y cruzó a las celdas, convencida de que ya no había vuelta atrás. Todo o nada por Medusa. 

 

Sin haber abierto aún los ojos, el olor del óxido y de la humedad inundaron inmediatamente su olfato. Su oído captaba diversos sonidos. Gente hablando en la lejanía, una gotera cercana y un ocasional siseo que provenía del pasillo. La primera imagen que Kliment enfocó fue a Anton frente a él, que también se despertaba, aunque cadenas más gruesas le apresaban las manos. Las mismas estaban creadas para bloquear incluso su flujo de energía vital. 

 

La mirada de ambos se entrecruzó. Mientras Kliment indicaba cansancio, Anton se sentía abrumado y derrotado, pero estaba deseoso de una buena venganza. 

 

—Kliment, ¿tienes veinte calarios?

—¿Crees que me dejaron la cartera? —respondió el detective, sorprendido por la pregunta de su compañero.

—Pues necesito comprarle al comisario sus paquetes de panecitos navideños para metérselos por el...

—Anton, por favor. —Kliment frunció el ceño.

—No, no, no. ¡Si no fuera por la ineptitud de ese tipo no estaríamos aquí ahora mismo! ¿Sabes lo humillante que es que una no usuaria de energía vital me deje inconsciente así como así? —El vampiro forzaba las cadenas para liberarse, pero era inútil.

—Nadie esperaría una traición como esa viniendo de una policía, no te sientas débil. Además, tal vez haya sufrido algún ataque de control mental. —El detective habló con calma, pero hizo silencio al sentir de nuevo unas pisadas conocidas: los pasos de Karkyalín.

—Oye Karkyalín, ¿eres tú? Nos debes una explicación. —Anton la regañaba sin verla todavía.

 

Él estaba mirando a la gorgona que los cuidaba al otro lado de las celdas. La misma no reaccionaba ante sus comentarios, por lo que tal vez no entendía su idioma. Sin embargo, la mujer observó a la policía que se aproximaba con extrañeza, como alguien que ve, no por primera, pero si por segunda vez un alien. El jagser se percató de esto y detuvo su regaño.

 

—¿Eres…? —Kliment la miró a los ojos, al momento en que ella se asomó a la celda. Inmediatamente vio la pupila rasgada.

—Sí, soy —sonrió aquella, desviando su mirada hacia Anton—, ¿aún vas a enseñarme tu colección de discos de vinilo?

—Oye, cosa, ¿tienes idea de lo que has ayudado a provocar? —El jagser le habló de forma despectiva—. Esa gente a la que ayudas nos hundirá a todos, humanos, vampiros y monstruos por igual. Ustedes comen carne humana, no huesos. La hambruna que van a provocar dejará tanta gente cadavérica que tendrán que comer gatos.

—Ay, jagser, ¿tú crees que a mí me va a pasar algo? Al final no eres tan listo como creía. —Golpeó suavemente su dedo índice contra su sien, a la par que sonreía—. No tengo ningún interés en quedarme en este continente. Huiré a Nueva Fissovia bajo la protección de la sacerdotisa Ziriaka. Al menos quedaré como una heroína y… ¡no tendré que trabajar por un sueldo miserable con compañeros todavía más miserables!

—Conque así se llama ella, ¿no? —interrumpió Kliment—. Tu plan tiene muchos agujeros, ¿el más importante de ellos? Que en cuanto conozcan la naturaleza traicionera y holgazana de los kishihagues te despedirán en el medio de la selva. Ahí, sino te cocinan unas vetalas en una cueva, te matará la primera llovizna de verano. Nueva Fissovia no es el mundo para ti, ni para nadie que haya nacido en Grisném.

—Hmm... Pero ¿por qué habrían de conocer mi naturaleza? —preguntó la policía inocentemente—. Si me dan lo que quiero, no los traicionaré.

—Porque me encargaré personalmente de que lo sepan —sonrió Kliment, de una forma bastante grotesca para lo que estaba acostumbrado. 

—¿Cómo?, ¿qué planeas? ¡Dímelo! —Karkyalín se desesperó.

 

Anton soltó una risotada.

 

—No sé, tal vez una estupidez tan grande como la que tú apoyas — continuó el detective.

—¡Les sacaré la lengua! —tronó la traidora.

—Oye, cosa. —Anton la miró de reojo, sonriendo ligeramente también—. Tú nunca volverás a tocarme...

 

Sus palabras terminaron de encabronar a la kishihague, quien rápidamente hizo la piel de su brazo derecho líquida y la transformó en una púa. Aprovechando que estaban encadenados, estiró su brazo con la afilada punta hacia el vampiro, pero este apresó con sus pesadas botas la púa, poco antes de que llegara a su cara.

 

Anton forcejeo hasta quebrar la púa y hacer que esta perdiese su fortaleza, cayendo simplemente piel líquida sobre él.

 

Karkyalín retrocedió y la gorgona que cuidaba a ambos le advirtió algo en un idioma incomprensible, lo que la puso más nerviosa.

 

—Mañana ambos serán usados como sacrificio y no podrán evitarlo ¡Los estrangularé personalmente!  

 

La despedida de la kishihague fue tan agresiva como divertida para el dúo de la Andrat Karvans.

 

Karkyalín abandonó los calabozos a paso rápido mientras fuertes carcajadas se perfilaban a sus espaldas.

 

—¿Y ahora? ¿Alguna idea para evitar que nos hagan ensopado de sangre?

—La aguja de Gnomo, no queda de otra —respondió Kliment a su compañero mientras se metía el dedo índice en el oído izquierdo.

—¿Crees que Valerio y Smuzsy llegarán a tiempo?

—Confío más en que Radkoi se percate de nuestro fracaso y haga algo, pero la corporación no nos dejará morir, ya se las apañarán.

 

Dicho esto, el detective sacó de su oreja, clavado en su dedo meñique, una aguja alargada, pero tan fina como la tela de una araña.

 

Se trataba de un microchip especial de la corporación que se usaba como una señal de emergencia, aunque nada garantizaba que esta llegara a tiempo.

 

Kliment encerró la aguja dentro de su puño con disimulo, activándola, para luego volver a metérsela en el oído. Acto seguido, hizo todo lo que fue capaz de hacer en esa situación: encomendarse a dios. Anton por su parte prefirió dormir antes de que la noche lo tentara a permanecer despierto.

 

La penumbra reinaba parcialmente en el cielo cuando Karkyalín volvió a entrar al salón principal. Ziriaka supervisaba el altar en compañía de Rokuo, cuando la oyó entrar.

 

—¿Lograste convertirlos?

—No señora, perdóneme, pero la necedad de esos dos no tiene límites. Me agredieron de palabra y se encomendaron al dios de los humanos, ese dios injusto de un sólo continente.

 

La habilidad de la kishihague para las mentiras, sólo era igualada a la confianza dada por la gorgona a su versión.

 

—Comprendo, serán entonces engullidos por La Raggán —afirmó Ziriaka.

—Es comprensible que no quieran cambiar de fe de un momento a otro, y menos inspirados por alguien ajeno al medusismo —explicó Rokuo, con su clásica seriedad mientras veía de reojo a la kishihague—. Por eso creo que podríamos usar como sacrificio a monstruos con menor capacidad intelectual, en vez de un humano y un vampiro. Insisto en que haríamos un gran experimento convirtiéndolos a ambos.

—No hay tiempo para eso y menos en un lugar como este. —El veredicto de Ziriaka fue definitivo y el reptiliano calló—. Rokuo, quisiera meditar en soledad hasta la media noche, acompaña a nuestra nueva aliada a sus aposentos.

—Entendido señora.

 

Habiendo acatado la orden, el reptiloide de piel verde condujo a la kishihague hacia unos colchones arrojados en el maltrecho suelo, en un cuarto oscuro y ruinoso, totalmente distinto al espacio de la fábrica adaptado para el ritual. 

 

Karkyalín dio un paso dentro y, mientras se quitaba las botas y las medias, preguntó a su acompañante, sorprendida.

 

—¿Quiénes dormirán aquí?

—Todos menos la sacerdotisa. Ella tiene un lugar más adecuado, acorde a su rango y necesidades.

—Cualquier otra persona se quejaría de este sitio, pero yo como kishihague adoro la suciedad ¡Me parece perfecto!

 

Karkyalín terminó de desabrocharse su camisa y se dejó caer sobre el primer colchón que encontró. Cucarachas salieron despavoridas de la parte inferior de este, pero la chica las ignoró, incluso a las que le pasaron por los pies; se sentía como en casa.

 

—Que comodidad... yo aquí me siento como si me castigaran en el sótano más asqueroso del templo. —Rokuo sonrió ligeramente sin dejar su seriedad—. No sabía que en este continente estaban acostumbrados a tanta suciedad.

—Siempre he vivido entre manchas y cosas descomponiéndose. No es algo que me desagrade —admitió la policía dándose la vuelta, mirando acostada al reptiliano—. ¿Ziriaka no te dio la noche libre?, ¿por qué no te quedas a conversar?

—Debo vigilar que nadie la perturbe, aunque no me molestaría conocerte un poco más —habló mientras se sentaba en el borde de uno de los colchones.

—¿Por qué le eres tan leal?, ¿es algo normal de tu religión?

—Ella es mi sacerdotisa y la conozco desde hace mucho tiempo. Tan sólo el hecho de que se haya arriesgado a liderarnos hasta acá por un objetivo tan noble, es prueba más que suficiente para mí de que debo servirle todo lo que me pida.

—¿Incluso si te pidiera ser el sacrificio?

—Si el ritual lo amerita, me llenaría de orgullo.

 

Ante la afirmación del reptiliano, la kishihague se echó a reír, con poca preocupación por saber si lo molestaba o no. Para su suerte, el reptiliano esbozó una leve sonrisa tímida, como si se sintiera mínimamente avergonzado. Consideraba a Karkyalín como una muchacha ignorante a la que había que aleccionar, pero de buena manera.

 

—No, definitivamente no los entiendo, por más que me agraden sus ideales. —Intentó parar su risa—. Mi vida no es valiosa para el ritual de ningún dios. Si la pierdo, es el final.

—No, no lo es para nosotros —la corrigió el reptiliano, gozoso de enseñarle—. Cuando nosotros morimos, somos juzgados por Medusa y si fuimos buenos hijos, nos permitirá vivir en ella, en su infinito cuerpo, que es un gigantesco paraíso. Los no reptiloides que le hayan servido bien podrán vivir en un paraíso especial con todos sus antepasados. 

—Mi raza no tiene dios, ni religión, ni cultura, ni nada. Nos adherimos a lo primero que se nos presente. —La kishihague se puso a reflexionar—. No es por ofender, pero yo realmente no creo en esas cosas. Si Medusa se presentara ante mí, tal vez le serviría ciegamente.

—Sólo espero que no sea tarde.

—Respóndeme una cosa Rokuo, ¿Medusa  premia igualmente a sus hijos buenos, aunque no le sirvan de forma tan fanática? Digo, ¿no te interesaría tomar unas vacaciones y...? No sé, hacer algo menos aburrido.

 

Ahora fue el reptiliano quien rió ante la inocencia de su propuesta.

 

—No sé por qué te cuesta tanto trabajo entender mi pensamiento. No me apasiona ser el consejero de la sacerdotisa todo el día y vivir en un país extraño. Me apasiona saber que mi ayuda será útil para todo mi pueblo y que Medusa me recompensará, pero por sobre todo, lucho porque dejen en paz a toda nuestra raza; no me sirve vivir desentendido de todo. Sólo alguien que ha sido muy maltratado por una comunidad puede anteponer sus deseos personales a las necesidades de su pueblo.

 

Por más que la explicación de Rokuo la dejó pensando, Karkyalín  siguió mostrándole su punto de vista individualista de las cosas. Para cuando se dio cuenta, ya estaban hablando de vanalidades y de modas de la civilización humana. La kishihague se moría de risa al ver la cara arrugada que ponía el reptiliano cuando le enseñaba alguna música extraña o algo que le resultaba ajeno y que era propio de Praunia. 

 

No supo cuándo ni cómo, pero al cabo de media hora ya disfrutaba hablar con el aburrido Rokuo quien, por su parte, sólo intentaba agradarle y formar cierta amistad, impulsado más que nada por su deseo de convertirla. Algo le decía que no volvería a casa y si debía vivir una eternidad junto a Medusa, le agradaría que Karkyalín la viviese también. 

 

Cuando el astro rey alumbró el cielo a la mañana siguiente, la luz entró a la celda, alumbrando directamente el rostro del detective. Se despertó inmediatamente y vio algo asustado como hormigas voladoras gigantes entraban a través de los barrotes y se posaban en la pared.

 

Lo más aterrador de aquellas no era su tamaño, sino que estaban hechas de energía vital.

 

Aprovechando que la gorgona estaba dormida, Kliment despertó a Anton de una patada.

 

—Lo sientes, ¿verdad? —preguntó el detective.

—¿Esos bichos? Sí, pero hay algo más, la pared… —El jagser se asombró al ver como la pared era agujereada por aquellos curiosos insectos. Se la estaban comiendo, apoyados por un gigantesco enjambre al otro lado—. Ni Valerio ni Smuzsy usan algo así, si esto fue lo que envió la Andrat Karvans para salvarnos, deben odiarnos demasiado; la energía de este usuario es simplemente aterradora...