Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 3: La llegada de Amurru

La pared se derrumbó lentamente; ambos miraban asombrados.

 

La gorgona que debía custodiarlos dormía, y el dúo procuró no emitir ningún sonido para que no se despertara. Incluso Anton tuvo que callar cuando el sol que se colaba por la pared quemó su piel.

 

La persona que intentaba liberarlos era el dueño de las grandes hormigas y se interpuso entre el sol y el vampiro para cesar su sufrimiento.

 

Era imposible determinar su género a menos que hablase y no parecía tener intenciones de hacerlo.

 

Era alto, llevaba un sombrero negro y una máscara de teatro gris con una mueca triste; sus ojos humanos se veían a través de esta. Una gran gabardina negra cubría el resto de su cuerpo, reforzado por una capa de igual color. Con pantalones finos, guantes y mocasines, no se veía como un guerrero preparado para una pelea a muerte.

 

—¿Quién eres? —Kliment preguntó en voz baja, pero un leve ruido se escuchó en el pasillo.

 

Los ojos del detective se encontraron con los de Anton antes de girar la cabeza para ver fuera de la celda. Notó que el vampiro también mostraba cierto temor.

 

No era para menos, la cabeza de la gorgona acaba de caer y pronto siguió todo su cuerpo. Su cuello había sido comido por las hormigas tan rápido, que no le había dado tiempo a gritar, a duras penas había podido despertarse consciente. Aquello, sin embargo, hizo ver a Kliment que el visitante inesperado estaba de su lado.

 

—Me conocen como Amurru, pertenezco al grupo Z.

 

Su voz, si bien resultaba extraña, casi metálica, no impidió que el dúo se asombrara de su anuncio.

 

Que alguien tan importante como uno de los legendarios agentes secretos de la compañía hubiera ido en su rescate, indicaba que la cosa era seria.

 

—¿Por qué fuiste convocado? —cuestionó el vampiro.

—Han sido avistados grupos de reptiloides religiosos, con intenciones similares a las de este grupo, en Hubamia y Garlavania. El jefe supo de su misión y de su percance, por lo que debo ponerle fin a este problema. Además, tengo que reunir información sobre el resto del culto medusista en los Imperios Australes. El jefe cree que están cerca de hallar a Medusa. Debo asegurarme de que nadie de este grupo cumpla su objetivo y ustedes me ayudarán.

 

A medida que el extraño hombre hablaba, las hormigas devoraban las cadenas de ambos, pasando particular trabajo en las cadenas especiales de Anton.

 

—¿Está consciente de que no uso energía vital? —Kliment se puso de pie, mientras Amurru se acercaba.

—Estoy consciente, por eso le dije a la policía que trajera un rifle francotirador para usted. El jefe mencionó que es particularmente bueno con él. —Se acercó a Anton y quebró lo que quedaba de sus cadenas con un pisotón.

—¿Qué tanto sabe el jefe de nosotros? —preguntó Kliment, siguiendo con sus ojos el caminar de Amurru hacia la puerta de entrada de la celda, ya inservible por sus invocaciones de hormigas.

—El jefe lo sabe todo sobre cada uno de sus integrantes, incluso lo que ni ellos mismos saben. —El miembro del grupo Z ajustó su sombrero y salió de la celda con el dúo detrás.

 

Los tres tuvieron cuidado de no pisar el cuerpo decapitado de la gorgona.

 

Sin salir demasiado del recinto, Amurru detectó toda la fábrica con su energía vital. Distribuyéndola por cada recoveco y volviendo a recuperarla, reconoció cada palmo del terreno, arriesgándose a ser detectado a propósito, pues los policías atacarían pronto. Si todos los enemigos iban contra ellos tres, serían amenazados por la espalda.

 

Aun así, nadie sintió al enmascarado, ni siquiera la propia Ziriaka, tan encerrada en sus rezos desde el amanecer.

 

Amurru pidió planes al dúo, si le convencía alguno lo permitiría e ignoraría el suyo previamente establecido.

 

Kliment propuso que Anton fuera de frente contra la sacerdotisa mientras que Amurru esperara para atacar letalmente desde algún sitio contrario por el que hubiera aparecido Anton. El detective, por otro lado, debía subirse a un sitio alto por el que disparar como francotirador contra cualquiera que se acercase a interrumpir el combate, o contra la propia sacerdotisa.

 

Pensaron en un ataque relámpago que pudieran usar para cuando la policía y la gente del pueblo ayudaran, de forma que Ziriaka terminara decapitada sin poder ser auxiliada a tiempo.

 

Luego de examinar las rutas que tomarían, el agente de élite aprobó el plan y los tres se separaron.

 

Anton se escondió, esperando a que la policía atacara. Cuando así fue, el camino se le despejó. A sus ojos sólo se encontraba la habitación de la sacerdotisa.

 

Amurru por su parte, salió del edificio en secreto y se colocó en la pared al otro lado de los aposentos de Ziriaka, o sea, la pared que daba hacia fuera de la fábrica, y esperó a que el jagser actuara primero.

 

Kliment, sin embargo, se quedó en la prisión hasta que unos policías, guiados por las hormigas voladoras controladas por el agente de élite, le entregaron un fusil francotirador.

 

Bien armado, el cuarentón del bigote emprendió la marcha hacia una posición elevada. No sabía con quién estaba a punto de encontrarse.

 

Precisamente en aquella posición, que era una vieja oficina, Karkyalín yacía recostada en una silla. A tan sólo un día de su cambio de bando, ya demostraba la falsedad de su motivación. Mientras era aireada por un ventilador con pilas, se entretenía felizmente viendo qué nuevo celular costoso se compraría.

 

La noche anterior, había convencido a Rokuo de que se facilitaría la misión en general si ella pudiera obtener mejor información empleando un celular de último modelo, lo cual era una mentira.

 

Sin embargo, lo peor era que no prestaba atención a lo que pasaba a su alrededor y no estaba preparada para afrontar imprevistos. Mientras la policía atacaba la planta baja, tenía la camisa desabotonada, los pies descalzos encima de la mesa y unas pintas más desaliñadas que las del día anterior, lo que indicaba que acababa de levantarse y no estaba del todo espabilada. Decididamente no esperaba participar en un combate.

 

—Karkyalín, ¡nos atacan! —Rokuo abrió la puerta de golpe.

—¡Ah! Sí, sí, ya iba a hacer algo.

 

La kishihague se movió inquieta ante el susto, pero el reptiliano la detuvo.

 

—Calma, no te muevas. Desde aquí tienes una buena vista panorámica. Estaré abajo cuidando los aposentos de Ziriaka, tú avísame si ves algo.

 

A pesar de que Rokuo se veía bastante tenso y preocupado, Karkyalín volvió a relajarse e intentó relajarlo a él.

 

—Trabajé por dos años con esos policías. Son mera basura inútil, nos deberías temerles —dijo sonriente—. Hazme caso que yo era policía hasta ayer; estas armando una tormenta en un vaso de agua.

—Detesto subestimar a mis enemigos, sobre todo en un continente que no conozco. —Rokuo se concentró en detectar energías vitales aparentemente ocultas—. Y tal vez tengas otras ideas, pero no me gusta que te tomes esto tan a la ligera.

—¿Y eso por qué? —La kishihague volvió a sonar despreocupada.

—No quiero que mueras sin aceptar a Medusa. No quisiera que nadie muriera sin aceptarla, ni siquiera mis enemigos —expresó uno de aquellos conceptos que tan raros le resultaban a Karkyalín, pero ella en vez de burlarse, lo miró seriamente—. ¿Vas a cuidarte? —preguntó con seriedad.

—No moriré, no me mataran simples policías —contestó ella, pensativa por la forma en la que se expresaba el reptiliano.

 

Este pronto detectó una energía vital y de un salto a través de la ventana de la caseta corrió hacia su nuevo objetivo.

 

Todo había pasado demasiado rápido para ella. Quería continuar con algunas preguntas más, pero no había manera de hablar demasiado en medio de un ataque.

 

La kishihague se resignó a continuar sentada tan cómodamente como estaba. Colocando sus brazos tras su cabeza, comenzó a reflexionar sobre la actitud de Rokuo y lo hablado la noche anterior, ¿alguien tan extraño se preocupaba por alguien como ella tan rápido? No le cupo en la cabeza, por lo raro del suceso y por el impacto de una bala de francotirador que le voló los sesos. Su cuerpo cayó hacia un costado por el impacto. Restos desperdigados de su cráneo cubrían el suelo de la oficina.

 

Kliment había sido certero. No consiguió asestarle al reptiliano, pero la kishihague no tuvo tanta suerte frente a él.

 

Sin embargo, el detective se apresuró con notable tensión a encontrar algo de agua, pues la monstruo se regeneraba y volvía a estar consciente, lo que lo pondría en serios aprietos.

 

Había llovido mínimamente durante la madrugada y algunos charcos y goteras estaban regados por toda la fábrica.

 

El detective logró recoger algo de agua dentro de una vieja botella que encontró arrojada en un rincón y corrió a rociar con agua a su enemiga para disolver su cuerpo, pero cuando entró a la oficina no la halló en el suelo: había logrado regenerarse.

 

Permanecer en un entorno cerrado contra un kishihague era una sentencia de muerte, por lo que abandonó inmediatamente el sitio.

 

Al instante se encontró a la monstruo en el techo de la caseta. Al verlo correr ella estiró sus extremidades y las afiló cual patas de mantis religiosa.

 

Kliment logró darse la media vuelta a tiempo en su huida y le roció sus extremidades con el agua; logró derretirlas parcialmente.

 

Karkyalín gruñó al ver como la mitad de sus brazos caían líquidos al suelo, pero sonrió al esquivar fácilmente todos los disparos realizados por su adversario poco después. La obligaron a salir del techo y a caer en el piso, pero cargó con sus brazos ya regenerados contra el tirador.

 

—¿Qué pasa? ¿El cerebro del dúo de detectives de élite no puede resistirse a una simple kishihague? ¡Sin tu jagser estás perdido!

 

Karkyalín intercambió golpes con su enemigo, quien apenas podía bloquearla con su rifle. A más de una decena de metros de la caseta, la monstruo pisó con su pie descalzo un charco de agua, que por más pequeño que era, provocó que casi todo su pie se derritiera.

 

—Veo que te olvidaste de las botas, una lástima —sonrió Kliment ante la momentánea humillación de ella, acompañada de quejidos de dolor.

 

No le agradó especialmente a la kishihague, por lo que volvió a caer en sus provocaciones.

 

—¡Te ríes demasiado para pertenecer a una raza tan débil! A mí me afecta el agua, ¡nada más! Puedes decapitarme, puedes tirarme de un edificio alto, puedes aplastarme, ¡siempre viviré!

—¿Te parece que el agua es una debilidad cualquiera?

 

Kliment corrió hacia ella, pero no la atacó de frente, sino que la rodeó e hizo salpicar el agua de los charcos que los rodeaban, justo sobre sus piernas. Eso impidió que la kishihague pudiera concentrarse en otra cosa que no fuera desesperarse y gritar de dolor al ver que sus piernas se derretían.

 

Para su suerte Kliment se detuvo, pero sólo para darle fuertes golpes, demostrando su buen dominio de las artes marciales. Ella era incapaz de esquivar.

 

—¡Suficiente! —exclamó.

 

Moldeó la piel de su torso de forma tal que de su abdomen salió un gran puño de piel que golpeó a Kliment, arrojándolo contra un montón de barriles oxidados en la pared.

 

El impacto derribó algunos barriles que, debido a las goteras del techo, tenían agua de lluvia acumulada de hacía años. De su óxido más agua emergió, de forma que casi todo aquel piso quedó empapado.

 

Karkyalín gruñó al ver aquello, pero estiró sus pegajosas extremidades hasta alcanzar el techo y se quedó pegada a él, por lo que sus pies quedaron colgando.

 

—Sólo un kishihague estúpido daría todo por perdido en una pelea por un poco de agua —se dijo así misma, modificando sus piernas para que la piel de estas se deformara y se afilara en una suerte de cuchillas.

 

Sin lugar a dudas Karkyalín no sería la única en aquella pelea que tendría que adaptarse a las inclemencias.

 

Por otro lado, Anton no había conseguido acercarse lo suficiente a los aposentos de Ziriaka, cuando Rokuo cayó como una flecha sobre él. Este último sentía también las desventuras de Karkyalín, pero no se movería hasta terminar con el vampiro.

 

Luego de un breve intercambio de golpes con poca energía vital, ambas partes se replegaron y conversaron en la lejanía.

 

—Esperaba esta revancha, incluso más que mi venganza contra esa bruja morada que ahora es tu aliada —afirmó Anton, haciendo calentar su cuerpo con un flujo acelerado de energía vital, preparándose para salir a toda velocidad si la situación lo ameritaba.

—Sé que es imposible que acabemos en paz, pero ¿no te parece mínimamente respetable todo lo que estamos haciendo? —dijo Rokuo con ciertos aires de simpatía, pero conservando la seriedad que lo caracterizaba.

—¿Trabajar con un asqueroso kishihague que nos apresó a traición, masacrar a media comisaría de policía y usar sacrificios humanos para su retorcido ritual? No sé qué entiendan ustedes por “respetable”, pero nosotros los del otro lado del charco…

—Entiendo lo que has vivido. Son cosas naturales de cualquier conflicto, no me refería a eso.

—Kliment me dijo alguna vez que en los peores conflictos es donde más sobresale quién realmente es el bueno y quién es el malo de la historia. Creo ahora más que nunca en esa frase. —Anton no bajaba la guardia por más que su adversario demostraba que no planeaba nada contra él.

—Tu compañero es sabio, pero incluso los estandartes más sólidos de los valores morales se ven obligados a torcer sus creencias y sentidos cuando no queda de otra, cuando millones deben morir o ser libres. Por eso estamos aquí, para ponerle punto final al dominio colonial, al comercio de esclavos, a la usura y a la humillación bajo la que Grisném oprime a nuestro continente. Tal vez no lo veas, te comprendo por ello, yo tampoco podría ver fácilmente los intereses de sus naciones, pero todos los pueblos merecemos libertad. He leído sobre la historia de este continente y alguna vez hasta los humanos sufrieron la más dura de las opresiones, también los de tu raza, ¿no justifican ambos en sus libros de historia la necesidad de usar todos los métodos, por más extremos que sean, para conseguir la libertad definitiva?

—Mi padre sirvió en las colonias, sé cómo son las cosas allá —afirmó Anton—. No tanto como tú, evidentemente, pero las potencias coloniales de Grisném controlan sólo una décima parte de tu continente. Nuestras naciones modernizan las atrasadas aldeas de los monstruos nativos a cambio de su servicio militar, y la era de genocidios y terrores murió con Azsuria siglos atrás. El resto de lo que pase fuera de las fronteras coloniales es provocado por criaturas de Grisném, sí, pero también son nuestros enemigos. No estamos de acuerdo con ellos y no autorizamos el comercio de esclavos nativos.  Nadie quiere monstruos en Grisném, nadie aparte de esos canallas.

—¿Te parece justo que no tengamos derecho a construir nuestra propia civilización, y que tengamos que ser carne de cañón de los imperios coloniales sólo para que nos construyan un acueducto? Además, la presencia colonial posee una gran carga simbólica y autoritaria. ¿Crees que puede surgir un segundo Ragganato que unifique todo el continente con toda la costa este en manos de Grisném? —Rokuo hablaba inspirado, como un gran orador luego de un severo entrenamiento.

—¿Ragganato?

—El imperio reptiloide que siglos atrás trajo paz y prosperidad al continente, unificándolo casi por completo. No era una monarquía representada por un mortal, sino por la mismísima Raggán, diosa de todos los reyes y reinas: Medusa.

—¿Entonces van tras eso? —Anton arqueó una ceja—. ¿De qué me intentas convencer exactamente? ¿Cómo apoyaría algo que me perjudica?

—Entiendo que si las colonias desaparecieran de la noche a la mañana Grisném sufriría una aguda crisis, por eso quiero dialogar. Deseo que el nuevo Ragganato entable relaciones con los imperios coloniales, que compartan administración de territorios. Que se comprendan mutuamente y se apoyen para darle caza en conjunto a los contrabandistas. Una superpotencia en manos de Medusa equilibraría el mundo y pacificaría un atrasado y sufrido continente mientras se asegura la paz y la mutua ayuda con otro. Me comprometo con mi vida a pelear por un camino de paz y mediación para ambas partes. —El reptiliano habló con gran sinceridad.

 

Anton se dio cuenta, pero sabía que no era a él a quien debía temerle.

 

—Conozco el ego de un dios. Medusa jamás dialogaría con una raza que considera inferior.

—No has leído su palabra, no has escuchado un sólo culto hacia su persona.

—¡Me basta tan sólo con ver a sus seguidores! —La exclamación de Anton resonó en el lugar—. Usaron humanos como mero material de sacrificio, no dudarían en hacer lo mismo con los vampiros y, ¿sabes por qué lo hacen? Porque consideran que las razas de Grisném somos inferiores y que sólo contamos con la tecnología como único factor que nos permite superarlos. Si una sacerdotisa regular deja tan en claro el ideal del nuevo Ragganato respecto a nosotros, ¿qué esperar de una diosa? No reptiliano, creo en tus intenciones, pero jamás pelearía con alguien en un bote de remos en medio de un mar de barcos de guerra. Será lo que nos tocará si Medusa reaparece.

 

Aunque el vampiro no atacó inmediatamente después de hablar, se notó decidido en sus palabras, y Rokuo por fin comprendió que nada le haría cambiar de opinión.

 

Mientras aquel debate se suscitaba dentro de la fábrica, afuera Amurru esperaba la señal de Anton.  Con su energía vital lo sintió detenido, lo que le hizo pensar que algo había salido mal.

 

A sus espaldas había algunos otros edificios semiderruidos y un páramo enorme. De pronto todo cambió, su alrededor se había transformado y ahora se encontraba en un... ¿laberinto? No sólo eso, sino que al devolver su mirada al camino frente a él, este también se había transformado en un laberinto. Todo lo era.

 

—¡Muy buenos días! A juzgar por como luce tu máscara no creo que estés mucho mejor debajo de ella, ¿quieres pelear cuando termines el luto?

 

El animado hombre enmascarado que había engañado a Kliment salió de las sombras, con su clásica mascara cuadriculada y su peculiar sentido del humor.

 

—¿Qué es esta payasada? —Se limitó a preguntar Amurru a través de su triste máscara de teatro.

—Pues…es lo que habías hecho. ¿No lo recuerdas? Entraste a este laberinto para seguir peleando conmigo.

 

Los engaños del más caricaturesco de los enmascarados podían tener validez en un desentendido de la energía vital y las ilusiones como Kliment, pero un agente de élite del señor Karvans no caería tan fácilmente.

 

Amurru no dijo una palabra, sus hormigas hablaron por él.

 

Rápidamente hizo que aumentaran en cantidad al concentrar más energía vital en su técnica de invocación: Enjambre demoníaco de Balluryia. Pronto una densa capa de hormigas voló a su alrededor, construyendo una especie de cápsula. Para absoluta sorpresa del ilusionista, el extraño agente salió impulsado con su energía vital contra toda pared y techo del laberinto que se encontró, desbaratándolos junto a la ilusión.

 

Tal destrucción rebasó la capacidad ilusoria de la imaginación de su enemigo, que ya no podía continuar creando y reparando el falso laberinto. Amurru se alejó de él y, luego de un minuto desde que formó la capsula de hormigas destructoras de paredes, todo regresó a la normalidad.

 

Voló a pocos metros del suelo sobre el paisaje en el que realmente estaba, pero hizo disolver parte de su cápsula para buscar al mercenario enemigo con la mirada, pues lo había perdido de su radar de energía vital.

 

Un movimiento le hizo abrir los ojos con temor: Erick, el enmascarado ilusionista, habiendo empleado una velocidad abismal, acababa de aparecerse justo al costado de su cabeza.

 

Una sola patada suya envió a Amurru directo contra la tierra.

 

Un cráter se formó a su alrededor por el impacto de la caída. Su peso había aumentado porque había concentrado su energía vital para protegerse.

 

Erick reservó su super velocidad, dada por la técnica elemento mágico de rayo: Paso de Relámpago, y avanzó más lentamente sobre Amurru, quien se recuperó retomando el vuelo con audacia en compañía de sus enormes hormigas.

 

Su enjambre fue a por Erick, pero este las esquivó y activó su elemento mágico de rayo: Guardia de luciérnagas eléctricas. Dicha técnica le permitió crear decenas de luciérnagas en el aire que provocaron una explosión eléctrica al contacto con cualquier cosa, por lo que varias hormigas fueron aniquiladas por estas.

 

El astuto mercenario no se replegó, sino que evadió a las hormigas y fue rápidamente contra Amurru para finalizar el combate.

 

—¡Ya descubrí por qué estás triste! Tu mamá te echó de casa cuando tus adorables mascotas devoraron su sexto postre en la semana. Quisiera estudiar zoología, sólo para descubrir la castración química de hormigas, ¡no tendrías cómo agradecerme!

 

La burla de Erick fue acompañada por una de sus más potentes técnicas del elemento mágico del rayo: Lanza eléctrica de letalidad. Se manifestó en su mano derecha: una pesada formación de electricidad con forma delgada y puntiaguda.

 

Amurru no tembló al verla llegar en manos de su enemigo. A duras penas pudo esquivar sus primeros ataques, y la electricidad que alcanzó sus brazos los malogró.

 

Entonces el número de hormigas se estabilizó, e hirieron a Erick con mordidas. Varias de ellas explotaron casi en su cara, obligándolo a retirarse.

 

El enmascarado burlón sintió el rastro de un curioso elemento mágico que ya conocía: Pólvora. Aquel que otorgaba la facultad mágica de hacer volar todo por los aires.

 

Su lanza eléctrica de tonalidad verdusca atravesó las explosiones y rozó a gran velocidad el cuerpo de Amurru, rasgando sus ropas, pero sin hacerle un daño significativo.

 

El agente se lanzó al contraataque, una cadena de explosiones lo siguió. Era su técnica de pólvora: Carga emisaria de explosión precisa. Aquella dispersaba pequeños montones de pólvora que explotaban en el momento que su usuario quisiera.

 

Pero ¿por qué malgastar la técnica en hormigas que explotaran a sus espaldas? Estaba acumulando mucho poder. Una gran nube de polvo se levantó, eso sí, ¿pero de qué le serviría? Por un momento pareció regresar bajo su cobijo, pero pronto volvió a aparecer y el enjambre lo siguió, con intenciones de desatar un definitivo ataque sobre su enemigo.

 

—¡Vamos tristón! ¿Tan rápido quieres terminar con esto? Ya me comenzaba a llevar bien con tus hormigas…

 

Erick fingió lamentarse, pero realmente estaba a punto de detener el lento contraataque de su enemigo, activando su elemento mágico de rayo: Trueno de Dedos. Aquella técnica le daba la facultad de materializar un trueno tan poderoso, que arrasaría con gran parte de lo que se encontrara frente a él. Era su técnica definitiva.

 

Al darse cuenta de sus intenciones, Amurru intentó retirarse bajo el amparo de la nube de humo que aún no se disolvía, pero la técnica había limpiado todo el enjambre de hormigas, dándole paso libre a Erick para acabar de una vez por todas con su enemigo.

 

Usando su paso relámpago, se trasladó aceleradamente hasta chocar con una masa extraña dentro de la opaca nube. Sólo tenía que tocar a su enemigo, electrocutarlo y la batalla estaría de su lado, pero aquella masa pronto se empezó a mostrar como un reloj gigante que levitaba en el aire.

 

Erick intentó bordearlo, pero pronto notó algo que lo aterró.

 

Encima del reloj, se alzaba un enorme cristal en forma de gota repleto de pólvora. Un segundo después, el reloj marcó la hora programada y la explosión desatada no tuvo parangón con ninguna de las otras batallas que se libraban en Oklomets.

 

Todos los pocos cristales que no habían sido rotos por la batalla, terminaron de romperse en el recinto industrial. La onda expansiva fue monumental y desde el pueblo pudo oírse. Aquella era la técnica semidefinitiva de Amurru, su elemento mágico de pólvora: Reloj Bomba Monumental. Un conjuro simplemente aterrador.

 

Erick voló con tanta fuerza y velocidad que impactó contra un almacén cercano y lo derrumbó por la mitad. Su cuerpo quedó enterrado bajo los escombros. Que no se destruyera era prueba de que había conseguido blindarse con energía vital, pero incluso así, Amurru lo dio por muerto ante el posible daño interno que su cuerpo debió sufrir, por lo que se dirigió a por Ziriaka.

 

Según sentía, a sus compañeros no les quedaba mucho para finalizar igualmente sus peleas.

 

Ni Kliment ni Karkyalín habían tenido tanta suerte como para que alguno de los dos pusiera fin al combate.

 

Luego de levantarse entre los barriles oxidados, Kliment se defendió como pudo de las afiladas y acuchilladas piernas de la kishihague, que guindaba del techo sin que nadie pudiera derribarla.

 

Llegados a cierto punto del combate, varias heridas se notaban en sus cuerpos. Entonces la monstruo intentó clavar su afilada piel en Kliment. Este logró esquivar a tiempo su ataque y las afiladas piernas de Karkyalín terminaron encajadas en uno de los barriles oxidados con agua, lo que le hizo perder la concentración y tuvo que abandonar sus piernas a la espera de que se le regeneraran nuevas.

 

No obstante, ante sus ojos una apurada gorgona pasó en el piso de abajo. Iba a toda prisa, impaciente por poner a resguardo las reliquias del ritual. No había terminado de guardarlas todas, cuando la kishihague le pidió ayuda.

 

La gorgona sólo la miró sin entender nada de lo que decía, por lo que la expolicía recordó una frase que le había enseñado Rokuo para pedir ayuda y la gritó, incluso sin saber exactamente su significado y con dudosa pronunciación.

 

Aun así, la reptiloide de dos metros inmediatamente acudió en su ayuda y se deslizó con cierta dificultad por las escaleras para alcanzar el segundo piso. Kliment intentó dispararle, pero bajo el acoso de Karkyalín le fue imposible asestarle en la cabeza, y en el torso no lograría matarla.

 

Un sólo golpe de su nueva oponente lo alejó significativamente de su improvisada trampa de agua en el suelo y un segundo lo arrojó casi fuera de la fábrica.

 

Había quedado justo en el borde del precipicio. Abajo no había más que un piso de concreto cubierto por un gran charco de agua. Caer desde aquella distancia resultaría fatal.

 

A su izquierda, Karkyalín seguía guindando del techo frente a él mientras la gorgona se mantenía a su derecha. Incapaces de coordinarse por la barrera del idioma, ambas atacaron casi a la vez, pero la kishihague se adelantó.

 

Kliment ya tenía una idea de lo que iba a hacer, aunque sus posibilidades de victoria eran limitadas.

 

Cuando la expolicía se acercó, saltó todo lo que pudo contra su torso. Las cuchillas de sus pies quedaron entonces frente al torso del detective, por lo que él recibió grandes heridas. Sin embargo, no le impidieron ejercer peso en la kishihague, y sus brazos elásticos se cortaron; cayó cerca del borde del segundo piso, exactamente cuando la gorgona atacaba, por lo que esta inconscientemente la empujó, arrojándola al vacío.

 

Karkyalín cayó de cara sobre el charco y un inmenso ardor recorrió su rostro. Todo su torso y parte de sus muslos se estaban derritiendo.

 

—¡Mi cara! —exclamó al tocarse el rostro y verse en las manos pedazos líquidos del mismo.

 

La kishihague no tendría tiempo de levantarse y huir, porque lo siguiente que le caería encima sería la gorgona.

 

Kliment había caído justo enfrente de la reptiloide de dos metros. Ella había intentado no caer al vacío, pero el detective la empujó de inmediato y ambos cayeron. Una caída amortiguada por el cuerpo de una gorgona no le haría tanto daño, aunque probablemente lo dejaría bastante adolorido.

 

Karkyalín soltó un grito de espanto al ver a la gorgona caer. Esta aplastó más de la mitad de su cuerpo contra el charco, silenciándola para siempre. La reptiloide quedó inconsciente, era muy fuerte como para morir por eso. Kliment, una vez cayó encima de ella, no hizo más que echarse hacia un costado, dejándose caer en el charco.

 

Respiraba agitadamente. Se encontraba sumamente cansado, por lo que se quejó mientras prendía un cigarrillo.

 

—No importa cuántas veces lo diga, esos desgraciados me siguen obligando a pelear —habló de forma pausada y cansada, como un anciano harto de la vida—. Algún día me aburriré y los mandaré a la… No, me gusta este trabajo, incluso esta clase de detalles.

 

Kliment se levantó cuando terminó su cigarrillo. No le importaba mojarse parte del cuerpo con la grasosa piel líquida que emanaba el agua de debajo de la espalda de la gorgona, o que esta última se levantara contra él. Sabía que lo mínimo que podían permitirle a cambio de pelear era tomarse su tiempo.

 

Anton, por su parte, era el único que aún no vencía a su oponente. En el fondo le dolía tener que matarlo y aún no decidía cómo atacarlo efectivamente. Las últimas palabras de Rokuo le alentaron a actuar.

 

—No podemos entendernos, pero si uno dejara vivo al otro, eso comprometería al bando ganador  —afirmó con mirada estoica—. Luchemos hasta la muerte en un duelo corto. El dolor no tiene porqué alargarse. Que una sola acción decida la victoria.

—La decidirá —confirmó Anton—. Pero desde el fondo de mi alma, discúlpame por lo que voy a hacer.

 

Una masiva concentración de energía vital transformada en calor apareció sobre la cabeza de Rokuo, quien la sintió. El poderío de la técnica de Anton: Nube volcánica de derretimiento, hizo que partes importantes del techo se quemaran, y el resto cayó encima del reptiliano.

 

El jagser se apresuró a usar su elemento mágico de frío para congelar un oxidado tubo de metal del suelo y corrió con él en la mano. Como si de una jabalina se tratara, lo arrojó con fuerza dentro de la montaña de escombros, pero, Rokuo escapó de la improvisada tumba por la derecha.

 

Con energía vital en sus piernas, corrió velozmente y usando su elemento mágico de piedra: Mazo de guerra neolítico, golpeó poderosamente el costado izquierdo del vampiro. Tan potente fue el golpe, que Anton escupió sangre.

 

Dio un salto hacia atrás, pero el reptiliano lo persiguió, por lo que envió su elemento mágico de frío: Vaho Gélido, contra sus extremidades. Estas se congelaron parcialmente, pero el mazo se convirtió prácticamente en un bloque de hielo y al volverse inservible, Rokuo lo arrojó contra el vampiro.

 

Este eludió el improvisado misil y el medusista lo alcanzó, desatándose una furiosa pelea cuerpo a cuerpo.

 

Luego de un intercambio de golpes, Anton quedó en el suelo. Rokuo permaneció encima de él y usando su elemento mágico de piedra: Garras de Roca jurásica, afiló y petrificó sus reptilianas garras para apuñalar el cráneo del vampiro.

 

El jagser por su lado usó frío concentrado en su mano para intentar congelar el corazón de su oponente tocando su pecho.

 

El movimiento de ambos fue tan reñido que pasados unos segundos, ambos sudaban a mares.

 

La cabeza de Anton no paraba de sangrar a medida que las garras atravesaban su cabellera y se hundían.

 

Por otro lado, el pecho de Rokuo estaba casi completamente helado. Al ser fría la sangre de los reptiloides, el usuario de piedra sufrió más rápido ante el elemento de su contrario y pronto su corazón se paró.

 

—Fue un placer.  —Anton no se detuvo y atravesó su pecho de un golpe, desbaratándolo.

 

Luego de arrojar al ya fallecido Rokuo hacia un lado, el vampiro permaneció acostado, sobre todo a causa de sus severos dolores de cabeza.

 

—Tan comprensivo y honorable que se le oía y peleó como un matón callejero… Lo diste todo, te respeto por eso —le susurró al cadáver del reptiliano.