Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 4: Diosa de Reyes

Guiado por su alterada energía vital, Amurru hizo su pronta aparición en aquella oscura sección de la fábrica.

 

Kliment tardaría un poco más en llegar.

 

El miembro del grupo Z guardó silencio todo el tiempo en presencia de Anton. Sólo los disparos de la policía se oían de fondo, cada vez con menos frecuencia.

 

—Veo que también estuvieron ocupados

 

El detective finalmente llegó, caminando lentamente a causa de heridas.

 

Sabía que sus dos compañeros habían peleado. No sólo por sus heridas y las roturas de sus ropas, sino por el cadáver del reptiliano y por la enorme explosión acontecida un rato antes.

 

—¿Estas bien? —Anton se sobresaltó al ver las enormes manchas de sangre del abrigo de Kliment en la zona del abdomen.

—Estaré bien, no son heridas letales, pero prefiero no moverme mucho —comentó mirándoselas, para luego dirigirse a Amurru—. No podré asumir un papel activo contra la sacerdotisa, ¿llamo al oficial?

—No, no puedo mostrar mis habilidades a alguien ajeno a la corporación. Lo lograremos nosotros dos solos.

—Nunca dije que no podría pelear, por eso traje conmigo el rifle francotirador —afirmó el detective—. Pónganmela a tiro. Las gorgonas no son muy rápidas, no creo que resista un buen disparo en la cabeza.

—¿Estás seguro? —Desconfió el vampiro—. Si consigue atraparte, tal vez no logremos llegar a tiempo.

—Ya me hicieron pelear, ahora terminaré el trabajo. —La terquedad en las palabras de Kliment demostraba que no cambiaría de opinión—. ¿Ya descansaron lo suficiente?

 

Anton respondió afirmativamente, y se dio por entendido que Amurru también estaba preparado.

 

Todos caminaron hacia los aposentos de Ziriaka.

 

El detective tomó la mejor posición de francotirador que pudo encontrar, y el dúo apartó las cortinas que separaban su improvisada habitación privada del resto de la fábrica.

 

Anton y Amurru cruzaron hasta la habitación de la sacerdotisa.

 

En cuanto ambos entraron, notaron gran parte de la indumentaria religiosa colocada precipitadamente en la entrada, producto de la evacuación anterior. No tuvieron que avanzar mucho más para notar a la enorme gorgona, de poco más de tres metros, agachada frente a una pared.

 

—Finalmente nos vemos, sacerdotisa Ziriaka. Si es usted como su consejero, permítame decirle que… —Por más que Anton deseaba ser cortés, no pudo continuar al mirar lo que había al fondo.

 

Sus ojos de vampiro le favorecieron en la oscuridad y vio que cuatro corazones yacían en la pared, cada uno asegurado con un gran clavo. Representaban los ángulos de un cuadrado y la sangre de estos corría sobre los múltiples dibujos de carácter rúnico grabados alrededor de los mismos.

 

—De haber sabido que reaccionarías así, los hubiera cubierto. —La gorgona comenzó a erguirse, percatándose del temor del vampiro. Amurru permaneció inmutable, leyendo en todo movimiento la energía vital de su enemiga—. Díganme, ¿qué los trajo hasta aquí?

—Nuestro empleo. —Anton fue tajante—. Pero lo que hizo que llegáramos tan lejos fue el temor de lo que usted pueda provocar. Tal vez usted misma debería temer. Todo gran cambio trae violencia y la violencia trae muertos. Sólo dígame cuántas energías vitales de sus compañeros siente todavía.

—¿Temer? Si nadie produjera grandes cambios, las civilizaciones nunca avanzarían. Aquellos que producen esos grandes cambios saben perfectamente que sus hermanos, sus padres, sus hijos e incluso ellos podrían morir, pero de todas formas siguen adelante. La necesidad de todo un colectivo es tan poderosa en ellos que supera su amor familiar.

 

La gorgona sonaba imponente desde las sombras. A diferencia de Rokuo, ella se oía siniestra.

 

—Soy el primero que respeta a aquellos que son capaces de sacrificar a sus seres queridos por un bien común —aseguró el jagser—. Yo no sería capaz de hacerlo, así como tampoco sería capaz de respetar a alguien que desea sacrificar a los seres queridos de otros por un motivo que sólo beneficia a los suyos.

—Presiento que habla como si no tuviera idea de nada. Erick tenía razón, por algún motivo los registros históricos de Grisném no preservaron su más grande hazaña.

—¿De qué habla?

—Ustedes secuestraron a nuestra diosa y sabemos que la están esclavizando.

 

Aquellas palabras tenían un tono que indicaba que no podían ser falsas. Anton lo comprendió y su piel se erizó.

 

—¿De qué habla?

 

Ante su pregunta, Ziriaka abandonó un poco más la oscuridad, hasta que sus brillantes ojos de gorgona hicieron al vampiro desviar la mirada.

 

—Año 557 según su calendario —narró—. El explorador mogalés Enzio Dioranno descubrió nuestro continente, al que ustedes llaman Nueva Fissovia. En sus libros de historia, su viaje sólo se relata como un gran acontecimiento geopolítico, pero sin agregar más. Sus monarcas no se atrevieron a reconocer el impacto religioso que aquello provocó, pues se comprobó por primera vez en el mundo “moderno” que los dioses terrenales no eran un mito. Enzio no lo sabía, pero había desembarcado en uno de los últimos reductos a los que aún no había llegado el Ragganato. Medusa, que gobernaba divinamente desde Amphiria hasta Chahám, sintió a los extranjeros desembarcar, y nuestros documentos aseguran que se transformó en uno de ellos y huyó en el mismísimo barco de Enzio hasta Grisném. No se registraron sus motivos.

—¿Cómo nadie pudo detectar a una diosa terrenal en un barco? ¿Tan habilidosa era ocultándose? —El jagser estaba increíblemente impactado, tanto que compartió su sentimiento con su compañero—. ¿Estás oyendo? ¡Medusa pisó esta tierra!

—Lo sé —se limitó a hablar el agente—. Y el jefe también, por eso estamos aquí.

—¿Pero qué diablos? —dijo Anton, sobresaltado por la respuesta de su compañero.

—¡Claro que tienen que saberlo tu jefe y tú! Tu energía vital es demasiado extraña como para que no seas alguien especial —reconoció Ziriaka, que podía leer a cualquiera muchísimo mejor que Anton—. Pero lo saben ustedes y no el pueblo, porque sus orgullosos monarcas no pueden admitir que han usado durante siglos los poderes de nuestra diosa para sus caprichos.

—No es posible… ¿Cómo capturaron a una diosa terrenal? —inquirió el jagser.

—La historia que nosotros conocemos termina cuando Medusa llega a Drazaniria, pero sabemos que está en algún lugar de los imperios australes. Sino está aquí en Praunia estará en Hubamia o en Marabania o Garlavania. Pero el ciclo se cierra. El Ragganato volverá —aseguró la gorgona.

 

Ziriaka concentró su energía vital a un nivel aterrador.

 

Se preparó para un gran ataque, por lo que Amurru intentó moverse primero. De su gabardina, decenas de grandes hormigas empezaron a aparecer.

 

—¿No te has puesto a pensar que nuestros pueblos pudieron haber capturado a Medusa porque se comportó de forma amenazante o cometió algún crimen?, ¿por qué hablas como si fuéramos los únicos culpables? —preguntó el vampiro.

 

También se lanzó al ataque. Amurru por la izquierda y él por la derecha.

 

—Porque si Medusa hubiera pisado Grisném con la voluntad de la guerra por delante, ustedes sólo se habrían sometido. Los deseos de la Diosa de Reyes son indiscutibles, ¿quiénes son ustedes para presentar resistencia? ¡¿Quiénes se creen para humillarla?!

 

A la par que hablaba, la gorgona hacía brillar a sus espaldas el juego de runas dibujado en la pared. Formaban parte de su masiva invocación: Mecanismo Antiguo de la Quinta Capital.

 

Ziriaka había invocado su mecanismo dentro de la pared de la fábrica desde que se había instalado en ella. Había usado toda su energía vital en su momento, pero ahora estaba como nueva, y su técnica permanecía cargada.

 

Su funcionamiento era simple: cada corazón representaba un elemento mágico, y el mecanismo distribuía y concentraba la energía vital hacia cada uno para activar técnicas. La voluntad de Ziriaka lo controlaba, y si bien aquello le impedía moverse demasiado, le daba un inmenso poder.

 

Frente a los corazones, diversas técnicas empezaron a materializarse. Una bola de fuego impactó cerca de Amurru, deteniendo su avance.

 

Una lluvia de pesados cristales chocó contra una potente concentración de frío de Anton, quien los congeló y desbarató a la par que los evadió.

 

Aquello le permitió adentrarse en la profundidad del lugar, prácticamente hasta aparecer a la izquierda de la sacerdotisa.

 

A pesar de la oscuridad, aún latente, pudo apreciarla mejor. Nunca había visto una gorgona tan grande y menos una cóbrida.

 

Tenía una capucha de cobra muy dura que protegía su cabeza, el color de su piel tenía un tono morado oscuro y sus grandes garras lucían capaces de rasgar el acero como papel. Su larga cola la rodeaba y cuando el vampiro se acercó demasiado, reaccionó.

 

Ella se movió intensamente. Anton se esforzó cuanto pudo por no ser atrapado, principalmente para mantener entretenida a su oponente hasta que Amurru completara su estrategia.

 

Cuando la cola estuvo a punto de alcanzar su rostro, el jagser la sostuvo fuertemente con las manos para congelarla, pero la monstruosa fuerza de Ziriaka lo sacudió con tanta violencia que su cabeza chocó varias veces contra la pared, cual ariete en asedio.

 

Finalmente el vampiro desistió de su intento y se soltó.

 

En aquel preciso instante, el agente de élite completó su trampa. Sus grandes hormigas habían comido el suelo bajo tierra alrededor de Ziriaka, y este cedió ante el peso de la gorgona.

 

La sacerdotisa lanzó un quejido al notar que apenas se podía mover por el lugar tan estrecho en el que había caído, pero aquello no era todo.

 

Empleando su elemento mágico de pólvora, Amurru hizo caer gran parte del techo sobre el agujero de la reptiloide, enterrándola viva.

 

—¿Crees que será suficiente con eso?

 

La pregunta que Anton le sonó tonta a su compañero. Tanto que este simplemente desvió sus ojos hacia la invocación aún activa de su enemiga, señalándosela.

 

—En ese caso…

 

El usuario de frío y calor empleó su técnica: Enfriamiento Litosférico, para que el piso emanara temperatura negativa. Sus manos tocaron el suelo y de ellas fluyó energía,  destilando aire gélido de las paredes de la trampa donde estaba Ziriaka.

 

Ella sabía que moriría a menos que hiciera algo, pero aquello sólo era el comienzo.

 

De los dos corazones con elementos desconocidos, uno conjuró la técnica: elemento mágico de hierro, Capa Férrea.

 

Entonces se materializaron gruesas capas de hierro, que salieron disparadas sobre el dúo enemigo de Medusa.

 

Ellos se resistieron contra las molestas capas, que los encerraban con la intención de crear un férreo capullo alrededor de ambos.

 

Entonces el segundo corazón dejó ver el más peligroso de aquellos cuatro elementos: el magnetismo.

 

Una sola técnica hizo que todos los metales fueran atraídos hacia una pared de pinchos metálicos, creada por el hierro frente al corazón magnético.

 

Amurru y Anton, sin poderse deshacer de las capas, también fueron atraídos.

 

Las poleas, los ganchos y las vigas, entre otros mecanismos de hierro caídos del techo, también se atrajeron, por lo que Ziriaka tuvo menos peso encima, y fue capaz de liberarse de golpe.

 

Al notar la situación de sus enemigos, rápidamente hizo que nuevos cristales y otra bola de fuego cayeran sobre ellos.

 

Amurru se sentía confiado, a pesar de las desventajas. Sus hormigas cargadas con pólvora chocaron con los cristales, y Anton enfrió lo suficiente la bola de fuego como para conseguir que su daño fuese mínimo.

 

Tentáculos de pólvora rodearon a Amurru y pronto todo a su alrededor fue sacudido en explosiones, tanto que su propio compañero tuvo que blindar todo su cuerpo con energía para evitar ser sacudido por las ondas expansivas.

 

Si permitía que el agente se acercara más, probablemente perdería el corazón del magnetismo, por lo que Ziriaka disolvió su capa protectora y se deslizó personalmente a enfrentarlo, dejando a Anton a su suerte frente a todos aquellos pinchos.

 

Ya a una distancia mínima, un zarpazo de Ziriaka estuvo a punto de arrebatarle la máscara y otro le provocó un arañazo más serio.

 

A pesar de aquello, la movilidad de Amurru y sus hormigas impidieron que esos zarpazos le provocaran graves daños.

 

De pronto la gorgona escupió notables chorros de veneno. Si bien estos deterioraban a las hormigas, el agente no sintió en carne propia lo letales que eran, hasta que salpicaron su torso.

 

El dolor fue horrible.

 

El veneno de la gorgona ablandaba la carne hasta dejarla colgando del hueso como cartón mojado.

 

Aunque la energía vital de Amurru impidió un efecto tan catastrófico, la sacerdotisa supo de inmediato que era lo que máximo que él podía tolerar. Chorros de veneno iban y venían mientras el agente intentaba alejarse, en vano.

 

Anton, por su parte, había logrado desatarse con muchísimo esfuerzo.

 

La gorgona se había alejado de su invocación, por lo que ahora la controlaba menos y se enfocaba más en terminar lo iniciado con Amurru.

 

El vampiro comprendió la verdadera intención del enmascarado. Ziriaka, prácticamente fuera de sus aposentos, estaba totalmente a tiro de Kliment.

 

Sin embargo, un movimiento casi inconsciente de la reptiloide hizo que el francotirador fallara su primer disparo. El sudor corrió por su frente al notar que su objetivo lo había avistado y se retiraba apresuradamente al refugio de la oscuridad.

 

Amurru intentó impedírselo sujetándola de la cola, pero la fuerza que ella hacía era muy superior.

 

De pronto Anton, a una velocidad difícil de superar por cualquiera de los presentes, golpeó con toda la potencia de su puño el pecho de la reptiloide.

 

Aquel golpe hizo que ella se girara y cayera nuevamente a tiro de Kliment. El vampiro quiso asegurarse de que no se moviera, pero un colazo lo hizo volar contra la pared.

 

Sin permitir que ella consiguiera levantarse, el detective apretó el gatillo. Aquella bala que salía del cañón de su rifle tenía toda su fe de victoria, y mayor esperanza no pudo dibujarse en su rostro cuando dio en el blanco, justo en la frente de Ziriaka.

 

El tiempo pareció detenerse por un instante.

 

El disparo había causado que la reptiloide retrocediera por el impacto. Su cuerpo parecía inconsciente, como a punto de caer. Que continuara erguida pasados algunos segundos no era un buen augurio para los demás presentes.

 

Amurru escaneó su energía vital y afinó sus sentidos para oír si aún respiraba. Justo en aquel instante, la bala cayó de su frente.

 

Al ver que no podía esquivar el disparo, Ziriaka decidió concentrar toda su energía en la cabeza. Tanto poder había frenado la bala en su cráneo, la cual sólo se hundió unos milímetros, para luego caer.

 

—Ni con las máquinas modernas que los hacen fuertes son capaces de superar a una raza naturalmente superior. —Ziriaka divisó a Kliment y se deslizó aceleradamente a por él.

 

Deseaba destrozarlo obstinadamente, no le agradó que un no usuario de energía vital la hubiera puesto contra las cuerdas por un instante.

 

Las hormigas gigantes volaron a prisa para elevar al detective, que corría lentamente por sus heridas; seguía disparando sin parar.

 

Anton calentaba varias varas de metal y las arrojaba cual jabalinas contra la monstruo.

 

Ziriaka permitió que esos proyectiles penetraran su piel bajo el cuello, pues priorizaba blindar su cabeza, y unas pocas balas no la harían sangrar demasiado.

 

Cuando las hormigas ya habían separado al detective del suelo por casi seis metros, la sacerdotisa se dio por vencida con él.

 

Entonces tomó por sorpresa a Anton, activando su corazón con elemento de magnetismo.

 

La distancia de activación era demasiado larga y supo que debía recortarla. Así que, mientras se deslizaba para volver a la oscuridad, las varas de metal que el propio vampiro estaba arrojando volvieron hacia él. Todo gracias a la técnica de elemento mágico de magnetismo de Ziriaka: Maldición de organismo magnético.

 

Una vez el telón de oscuridad volvió a cubrirla, la gorgona se dio cuenta de algo: Amurru no estaba dentro de su radar, no lo sentía de ninguna manera.

 

Sus ojos notaron como Anton, luego de esquivar las varas, también se alejaba. Aquello no le gustó nada, pero las alarmas se encendieron en su consciencia cuando alcanzó a oler los granos de pólvora que se trasladaban en el viento, no sólo a su alrededor, sino dentro de toda aquella sección de la fábrica.

 

—Elemento mágico de pólvora: Brisa de Guerra.

 

Ziriaka apretó sus colmillos al escuchar la voz de Amurru.

 

Acto seguido, una gigantesca explosión sacudió todo.

 

Lo que quedaba del techo se vino abajo, al igual que las paredes, dejando todo bajo la débil luz del sol que se colaba a través de las densas nubes praunianas.

 

La nube de polvo que se levantó fue espectacular y, bajo ella, un cuarto de la fábrica ya no existía.

 

La energía vital de Ziriaka no se detectaba, de momento, aunque la pared donde había sido invocado su Mecanismo de la Quinta Capital permanecía en pie.

 

Anton y Amurru abandonaron pronto el cobijo del resto de la fábrica para adentrarse lentamente en los exteriores de la nube de polvo. Esta ya se disolvía y el jagser caminaba con especial cuidado. Sólo un montón de hormigas le servían como techo móvil en un espacio reducido, protegiéndolo de los rayos del sol.

 

El vampiro miró un momento hacia la fábrica. Kliment estaba a salvo y también buscaba con la mirilla de su fusil algún rastro de la gorgona.

 

De pronto una concentración de energía fue detectada, una bastante grande.

 

Encima de las paredes destruidas, el corazón del hierro materializó nuevas paredes y un nuevo techo metálico, tan rápido que el dúo no fue capaz de reaccionar.

 

La oscuridad ahora era casi absoluta, pues el nuevo hierro carecía de cualquier tipo de grieta por la que pudiera entrar el sol.

 

Ambos sintieron de golpe un brusco movimiento y las zarpas de Ziriaka no tardaron en herir a Anton. Su cola se enrolló alrededor de Amurru, pero sus hormigas la obligaron a retirarla. A pesar de aquello, ambos habían recibido heridas menores.

 

Poco imaginaron lo que vendría después, tras ese ataque enemigo.

 

La sacerdotisa se replegó mientras convocaba una masiva cantidad de energía vital.

 

—Ser extraño, ¡no eres el único con técnicas colosales aquí!  —exclamó a la par que conjuraba su elemento mágico de hierro: Férrea Hegemonía Sanguínea.

 

Todo el hierro que contenía la sangre que brotaba de las heridas recién hechas en los miembros de la Andrat Karvans comenzó a aumentar. Aquello traería graves problemas para el sistema circulatorio de ambos, sobre todo por la sangre que conservaban en su interior.

 

Pero eso no fue todo,  Ziriaka usó su energía en una técnica adicional, su elemento mágico de magnetismo: Atracción General.

 

La sangre magnetizada de las heridas de ambos se adhirió a sus cuerpos. Esta no podría desprenderse sin destruir todo aquello que la rodeaba, y para colmo el hierro en su sangre aumentaba cada vez más.

 

El dolor que sintieron se transformó en la más grande de las agonías, pues sus cuerpos parecían romperse bajo la atracción magnética. Además, múltiples objetos metálicos los golpeaban en el camino.

 

Tanto Amurru como Anton usaron su energía vital para oponer resistencia, lo que obligó a Ziriaka a centrarse tanto en ambos que no fue capaz de moverse. A duras penas pudo encontrar energía para blindar nuevamente su cabeza, al observar como Kliment se preparaba para dispararle.

 

—¿No te demostré que es inútil? No podrás llegar a mi cabeza, ¡gané! —presumió la sacerdotisa con su gruesa voz.

 

El detective no sólo la ignoró, sino que comenzó a disparar sin ajustar demasiado el disparo. Cintura, hombro, abdomen, clavícula, todas y cada una de las balas entraron en la piel de la reptiloide. Cuando el primer cargador se agotó, Kliment recargó inmediatamente y continuó.

 

Su mirada estaba fija en su objetivo y ya nada la apartaría de él. El olor a pólvora entraba por su nariz cada vez que jalaba el gatillo. Llegó un punto en el que ya más de quince balas se encontraban bajo la piel de Ziriaka.

 

Entonces ella lo comprendió, supo lo que él buscaba.

 

Con su energía tan concentrada en otras tareas, su cuerpo se desgastaba cada vez más rápido y lo que podría ser el pequeño sangrado de una herida de bala, aumentaba enormemente con cada acierto de su enemigo.

 

Se desesperó al comprender que si no conseguía moverse, moriría desangrada, pero si suspendía su técnica al estar tan cerca de acabar con Anton y Amurru ya no volvería a conseguir atraparlos.

 

Contra todo pronóstico, un débil humano que no usaba energía vital acababa de ponerla definitivamente contra las cuerdas.

 

—Déjame en paz desgraciado, ¡estoy salvando a mi pueblo! —le gritó a Kliment.

 

Justo en ese instante Amurru consiguió evadir su energía vital.

 

—No, ¡yo estoy salvando al mío! —contestó el detective, viendo a su más poderoso aliado moverse libre del magnetismo.

 

Una vez liberado, acumuló toda su energía en sus piernas y saltó de un lado al otro, a una velocidad tan abismal, que dejó en calzoncillos la anterior demostración de Anton.

 

Ziriaka no pudo seguirlo con la vista. Poco a poco también dejó de notar la energía de su enemigo. Aquello le hizo perder cada vez más la paciencia y la cordura.

 

—¡Serás condenado toda la eternidad por enfrentarte a la Diosa de Reyes!

—Cumpliré condena junto a ti, ¡no te irá mucho mejor con tu fracaso!

 

Esas palabras de Kliment no hicieron más que desesperarla.  No se dio cuenta de que Anton, más cerca de ella gracias al mismo magnetismo, había comenzado a congelarle el cuello a distancia.

 

Con la abrumadora cantidad de sangre que estaba perdiendo y las venas de su cuello congelándose, Ziriaka ni siquiera era capaz de improvisar una nueva estrategia.

 

Todo parecía indicar que iría acorde a su plan original y en caso de morir, al menos se llevaría consigo a Anton.

 

El vampiro ya no soportaba más la enorme fuerza magnética y Kliment se había quedado sin balas, pero con casi treinta impactos de bala en su cuerpo, la gorgona ya no aguantaba más.

 

Ni siquiera estaba siguiendo a Amurru, el cual estudiaba la situación aún con gran parte de sus energías intactas.

 

Pasados algunos segundos más, el frío había congelado casi totalmente su cuello y no podía sostener más su posición. Ya le estaban llegando cantidades ínfimas de oxígeno al cerebro, cuando el enmascarado descendió abruptamente y con toda su habilidad potenciada, le enterró su bota en la garganta.

 

Su cabeza salió volando y su cuello se despedazó. La onda expansiva arrojó su cuerpo contra una pared, casualmente la misma en la que había activado su Mecanismo.

 

Con Ziriaka decapitada, la pared alterada por su energía se derrumbó sobre su cuerpo por el impacto, lo que puso un decisivo punto final al combate.

 

Anton también había dejado de sufrir el poder del magnetismo, pero estaba tan herido que casi no se podía mover.

 

Kliment estaba un poco mejor y consiguió avisar a gritos a la policía para que intervinieran ahora que no había peligro.

 

Los oficiales se habían quedado al margen, bloqueados por las paredes de hierro que antes había invocado la ahora difunta sacerdotisa.

 

Amurru por su parte era el menos debilitado de los tres, pero no le agradó que el detective llamara a los oficiales de la ley.

 

Sin ningún tipo de despedida, Anton vio como el agente del grupo Z huía, fundiéndose entre las sombras del derruido recinto.

 

Enseguida el vampiro cerró los ojos mientras sentía a la policía correr hacia él para auxiliarlo. Estaba tan adolorido que no fue capaz de permanecer consciente un minuto más.

 

Mientras aquello tenía lugar, en un almacén semiderruido cercano un peculiar personaje volvía a levantarse.

 

Erick, quien no estaba mucho mejor que Anton, pero al menos era capaz de moverse, había sobrevivido a la técnica semidefinitiva de Amurru.

 

Detectando posibles energías enemigas a su alrededor, decidió ocultarse mientras sacaba su celular y hacía una llamada.

 

Estaba perfectamente consciente de lo que acababa de pasar y aun así, se le veía con su sentido del humor tan alto como siempre.

 

—¿Aló? Mavy, ¿cómo te ha ido?... ¡Ah! ¿Ya la encontraron? —Sus ojos se ilusionaron por unos instantes—. Genial, tomaré el primer vuelo que encuentre en cuanto salga de esta pocilga. Por aquí todos están muertos… Sí, Ziriaka también. De todas formas no pasa nada, al menos entretuvimos a ciertos personajes de los que te hablaré personalmente. No puedo hablar mucho tiempo en este sitio, te escribiré por el camino, pero puedo asegurarte que esto apenas comienza…