Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 5: Consecuencias ocultas

Habían pasado algunos días desde la derrota de Ziriaka, en Oklomets.

Lleno de vendajes, producto de su última batalla, Erick se apersonó dentro del lujoso salón principal. Se encontraba en un palacio y su decoración, en mármoles y espejos era muy fina, tal vez demasiado para quienes allí se encontraban.

 

—¡Finalmente! —exclamó un reptiliano, muy bien vestido de traje, en cuanto Erick abrió la puerta del lugar—. ¿Eh? ¿y ella?

—Se veía algo asustada. No creo que sea buena idea que interactúe con tanta gente… aún— explicó el arlequín, con su clásico tono risueño.

—¡Ya se adaptará! —aseguró una elegante lamia, quien acompañaba al reptiliano—. Tráela, tráela que quiero que vea cuanto la adoro —exigió con emoción.

—No, no, amor. Erick tiene razón. No sabemos cuánto haya pasado. Esperemos la opinión de Mayaxa— sugirió el reptiliano, tomándola por la cintura y dándole un dulce beso.

—Bueno, ya llegué. Podemos comenzar la llamada, ¿no? — propuso el arlequín, sentándose en un sofá. —Vamos, que con mi novia a kilómetros, verlos a ambos tan juntos me da envidia —la ocurrencia de Erick los hizo reír a ambos.

—Ay, Erick, Erick… —el reptiliano se le acercó y se sentó frente a él.

 

Sólo una mesa de vidrio los separaba. Puso entonces su dedo índice sobre aquella superficie reflejante.

 

—Escúchame bien lo que te voy a decir, amigo mío: por tu colaboración con nuestra causa, tienes la dicha de que te consideremos un verdadero aliado y yo, personalmente, te permitiré ocupar el lugar de Ziriaka en este asunto. Responderé por ti ante Mayaxa, pero cuidado, mucho cuidado con…

—¿Traicionarlos? Por favor, Zemko, ¿por quién me tomas? ¿Por un kishihague? Puedes pagarme con billetes, pero la mayor ganancia de todo esto es el entretenimiento.

 

Sus ojos brillaron de forma siniestra.

 

—¡¿Cuando alguien ha tenido la oportunidad de liberar a una diosa terrenal?! ¿Te das cuenta de lo divertido que se pondrá esto? Hablamos de un ser que puede levantar una isla en el medio del océano —afirmó Erick, tratando de esconder el entusiasmo bajo su máscara.

—Lo ves desde un punto de vista extraño, pero… —el reptiliano entrecerró sus ojos viperinos. —Mucho cuidado con Medusa. Hasta que no quitemos esos sellos, ella será tan delicada como un jarrón a punto de quebrarse. Si de alguna manera fuera eliminada, sería un golpe insuperable para nosotros. Ocupar el lugar de Ziriaka te abrirá las puertas a la mayor de las contemplaciones, que jamás un mortal verá en su vida; la liberación y el apogeo de la Raggán. Un sólo error y lo perderemos todo.

 

Erick hizo silencio. Sus ojos vieron el dedo de Zemko y luego se desviaron a hacia Mavy. Era la hora. La lamia preparó un televisor gigante para la videollamada.

 

—Está bien, lagarto. Tendré cuidado —afirmó Erick, quien no se había tomado en serio la situación hasta ahora.

—¡Perfecto! —Zemko se reclinó hacia atrás en su sofá y miró a la lamia, nuevamente sentada y con su celular en mano. —¿Ya lo montaste todo?

—Sí, amor. Prepárense todos. Ya es hora de que llame.

 

En la pantalla del televisor apareció de pronto una gorgona, una que aparentaba tener un puesto importante. La señal de video era decadente, pero su voz fue clara.

 

—Zemkrokyuniwatatzko “Zemko”, Gyunakawlatinyiara “Gyuna” y… — Mayaxa, quien tan fluidamente decía los nombres completos de Zemko y Gyuna, se detuvo con Erick—. ¿Y éste cómo se llamaba?

—Erick, creo…— respondió Gyuna.

—¡Hey! ¿Así que ese es tu nombre real? —interrogó el arlequín con susurros, aunque ella lo hizo callar con una seña.

—Nombres insignificantes, vidas insignificantes —el desprecio con el que Mayaxa decía aquellas palabras no hizo mella en el arlequín. —Bueno, saben que me encuentro corta de tiempo, ¿Qué pasa?

—Sacerdotisa Mayaxa, la sacerdotisa Ziriaka ha caído en combate en Praunia. Erick es un humano de confianza, ocupará su lugar —explicó Zemko, con expresión expectante.

—¿Ziriaka está muerta? —rugió la gorgona. —¡¿Cómo diablos se dejó matar?! ¡Maldición! ¡Que ganas de viajar a tierras humanas y empalar a todos sus asesinos! ¡y también a sus familias!

 

La furia de Mayaxa era palpable, tanto que ignoró que un humano pasara a sustituir a su fallecida aliada. Por otro lado, no podía tomar cartas en el asunto.

 

—Sin embargo, tengo una excelente noticia que comunicar. —interrumpió su anfitrión. —Hemos encontrado finalmente a Medusa.

—¿La encontraron? ¡Háganme verla inmediatamente! Debe conocer también mi devoción. Aunque su simple presencia podría romper esta débil tecnología humana… y hablando de eso, ¿por qué los veo tan normales? ¡Deberían temblar con el simple hecho de estar cerca de su sagrada presencia!

—¿Quién le dice a la culebra? —susurró Erick.

 

Gyuna le dio un disimulado colazo por su falta de respeto.

 

Zemko tomó un respiro antes de comentar la delicada situación.

 

—Nuestra diosa ha sido reducida.

 

Por la cara que empezaba a poner, Mayaxa no parecía tomarse nada bien aquello.

 

—Fue impedida por siete sellos y ahora es una niña pequeña, de aspecto humano, sin energía vital. No habla y…

—¡Basta! Cualquier cosa que digas será una blasfemia. El simple hecho de que la hayan reducido a eso es la mayor de las humillaciones. Debemos removerle los sellos inmediatamente. No importa las condiciones del ritual, ¡Todos estaremos condenados si concebimos que mantenga esa forma por más tiempo!

—De eso mismo quería hablarle sacerdotisa. No conviene removerle los sellos en este país. Su antiguo captor podría detectarlos. Pensábamos enviarla en avión a Dosturia y que, desde allí, un barco la llevara a Nueva Fissovia.

 

La idea del reptiliano parecía descabellada.

 

—¡Ese viaje demorará más de una semana! ¿Acaso has olvidado de quien estás hablando? ¡Hablas de Dios, Zemko! ¡De dios! ¿Con qué cara vas a hablar con Medusa cuando mueras y ella te recrimine esta decisión?

—Le diré lo mismo que te voy a decir a ti. Mi amor por su gloria y su ser son infinitos, más que mi propia vida y por eso tomé y tomaré todos los riesgos, habidos y por haber, hasta que regrese a nuestra tierra y es precisamente por eso que el viaje Garlavania-Dosturia-Nueva Fissovia debe hacerse. No quiero que vuelva a sufrir, que sus esperanzas se vean truncadas, cuando a medio ritual llegue el ejército y vuelva a capturarla. Y así como te lo digo a ti, se lo diré a ella. Por su bien tomaré esta decisión y asumiré cualquier castigo que me imponga en el futuro.

 

Ante el discurso de Zemko, la sacerdotisa había quedado momentáneamente en silencio. Quería hablar, pero no sabía cuál era la mejor solución. Fue entonces cuando apartó su vista de la cámara para consultar un mapa.

 

—¿Dosturia es la isla grande frente a Grisném?

—Efectivamente.

—Entonces que Medusa nos perdone, pero que así será— aprobó con más calma en sus formas. —Pero aún no me han dicho porqué no está con ustedes.

—Tiene los ojos vendados. No debe saber bien que fue lo que pasó. Incluso cuando corrí con ella en brazos, lloró y gritó un poco. Quiero quitarle las vendas en privado, que reconozca primero su nuevo entorno y luego a quienes lo habitan.

 

La escena se había vuelto tensa. No porque Erick hubiese hablado, sino por cierto dato que no debió mencionar.

 

—¡Cállate! ¡Cállate! —se oyó un golpe en la mesa al otro lado. —¡Si repites eso te arrancaré el cuello! Que el mundo conociera semejante debilidad sería una deshonra a su figura—Mayaxa sonó inquebrantable en sus palabras.

—Cálmense. Ya todos estamos de acuerdo con el plan. No hay nada más que discutir —afirmó Zemko. —Comenzaré con los preparativos. En pocos días deberíamos estar en Dosturia. Aquí deben sospechar que yo estuve detrás del secuestro de Medusa. Afortunadamente, hacerlo público sería difícil para ellos.

 

La Raggán era conocida como una mera leyenda urbana.

 

—En ese caso, más nos vale que la suerte continúe de nuestro lado. Pasen esta tormenta y verán un nuevo amanecer como recompensa. Un mundo que nos pertenecerá. Buenas tardes a todos.

—“Días”, aún en este hemisferio —corrigió Erick en cuanto Mayaxa se desconectó de la llamada. —¿Y qué? ¿Un vinito para celebrar?

 

El antojo de Erick no pasó desapercibido por la pareja.

 

—Celebremos por la auténtica Raggán. Esto apenas comienza —habló sonriente, mientras alentaba a Gyuna a buscar una botella de vino de la reserva del palacio.

—Amor, ¿muevo alguna de tus piezas? —preguntó la lamia al pasar cerca del tablero de ajedrez de Zemko.

—Aún no, querida. A las doce y media.

 

Mientras tanto, a una buena distancia del brindis medusista, Anton y Kliment iban en automóvil, por las carreteras rurales garlavanas.

 

Kliment comenzó a bajar velocidades al ver militares en su camino.

 

—¿Otro Control? Ya van como cinco —protestó Anton. —Más de sesenta países y vinimos a hacer un trabajo en el único que está en guerra civil.

—Sí, Garlavania es un desastre, pero el trabajo es lo primero, y más si tiene que ver con lo que nos encontramos en Praunia —Kliment hablaba con los ojos enfocados en el volante. —Además, no nos tocarán ni un pelo. Fuimos invitados por el mayor general Harold Nordgard. Si la Andrat Karvans confía en él por algo será.

—Debieron darnos un salvoconducto o algo.

—Deja de quejarte, igual tendríamos que parar para mostrarlo —concluyó Kliment mientras detenía el auto.

—Civulia furdon får snte kersa här— dijo el guardia en un carrasposo garlavano, otros dos militares estaban a su espalda.

 

Anton y Kliment se miraron

 

—¿Habla Azsuriano? ¿Galvarit pi praunsski? ¿Aspek dojesian? —Kliment le preguntó en alguno de los tres idiomas que dominaba. El guardia volvió a repetir su pregunta en garlavano.

 

Que no hablara la lengua franca de Grisném, el “azsuriano”, era mal augurio.

 

Kliment intentó probar suerte entregándole su licencia, pero el militar la rechazó y ordenó que ambos se bajaran. Anton tenía la cara amarrada como siempre y eso hizo que el militar se ensañara más con él, tratándolo más toscamente.

 

El garlavano golpeó dos veces el maletero del auto. Kliment lo abrió y el militar miró intrigado el rifle francotirador de Kliment y otras armas que llevaban.

 

Se les acercó entonces pidiéndoles licencia de mercenario, pero ni el detective ni el jagser sabían cómo explicarle lo específica que era su situación. Al ver que no lograba entenderlos, el militar les exigió un soborno, pero ambos llevaban muy poco dinero encima. Sólo cuando el garlavano, furioso de no poder obtener nada de ellos, golpeó a Anton con la culata de su fusil, éste pudo sentir que quien lo golpeaba no era humano.

 

Eso le fue suficiente para determinar la verdadera identidad de los otros dos, y de un giro, desató todo su enfado en un único golpe a la cabeza del militar.

 

Esta salió volando y cuando los otros dos militares quisieron dispararle al jagser, este ya había alcanzado a ambos con dos certeras estacas de hielo.

 

Una de ellas había golpeado a uno de los dos militares en el hombro y lo arrojó al suelo. Cuando Anton se acercó, puso la bota sobre su brazo derecho y se agachó para quitarle el casco. Notó que se trataba de una sirena de río, que presa del nerviosismo estaba abandonando su forma humana, dejando en evidencia sus dientes de piraña.

—¿Tú si hablas azsuriano?

—Ma…más o menos.

—¿Por esta carretera se llega directo a Jorgund?

 

La mirada de Anton estaba clavada en la suya, que intentaba conservar, sin éxito, sus ojos humanos.

 

—S…sí

—¿Hay otro control como estos en lo que queda de camino?

 

Mientras Anton la interrogaba, luego de meter sus fusiles de asalto en el maletero, Kliment husmeó el pequeño campamento de los falsos militares, en busca de dinero.

 

—N…no —el pantalón trasero de la sirena se rompió, lo que la hizo ponerse más nerviosa. Le salió una cola de sirena que poco a poco se agrandaba. — No me mates— rogaba mirando con sus azulados ojos la llanura.

 

Anton lo pensó durante un momento.

 

—Vamos a hacer una cosa. Te voy a dejar ir, pero quiero que te metas en el primer río que veas y no salgas hasta que yo no haya puesto un pie fuera de Garlavania, ¿entendido? —ordenó el vampiro con un tono amenazante, sin perder la compostura.

 

La sirena asintió intimidada y Anton la dejó ir. Corrió entonces, llanura adentro, tambaleante y desesperada por perderse entre los árboles, cientos de metros más adelante.

 

—¿Y bien? ¿Has encontrado algo interesante? —preguntó el vampiro, poniéndose de pie y acercándose a su compañero.

—Salvo las billeteras y las armas de esos dos, de momento… no —Kliment destapó una pequeña nevera, donde intuyeron que los falsos militares almacenaban su almuerzo. Echó un vistazo rápido e inmediatamente la cerró.

—¡Vámonos!

—¿Qué viste allá adentro?

—¿Qué crees tú? —Kliment miró a su compañero con seriedad y cierta repugnancia.

Anton buscó con la mirada a la sirena, a medio transformar, que aún corría y empezó a concentrar su energía vital.

—Ya la dejaste ir. Olvídalo —insistió Kliment, señalándole que entrara al auto.

 

Una vez arrancaron el coche, no se detuvieron hasta llegar a su destino.

El pueblo en el que debían reunirse con el general Nordgard, estaba siendo ocupado por las tropas reales garlavanas, pues las líneas frontales habían retrocedido, y el general a cargo de aquella zona tuvo que trasladar su cuartel general a un viejo anfiteatro, situado en el pueblo. Y era precisamente ese anfiteatro: el edificio que se reflejaba en la mirada de ambos, cuando se vieron obligados a recorrer dicho pueblo a pie. Los soldados no les permitieron pasar, ni con el auto ni con las armas; salvo con los tres fusiles de asalto, que les habían quitado a los monstruos.

 

Personalmente, Kliment insistió en mostrárselos al general.

 

Dentro del anfiteatro, el dúo se internó en un laberíntico sistema de carpas, hasta llegar a la sede del anciano general. De largas barbas y senda musculatura, Nordgard tenía la apariencia de un profesional de la energía vital, entrado en sus setentas.

 

—Por favor, siéntense. Hablaremos de un tema muy delicado. No quiero que nadie lo escuche —afirmó preocupado, luego de un seco saludo, mientras señalaba que cerraran las puertas de su oficina. —¿Y esas armas?

 

Ante su pregunta, Kliment las dejó en un rincón de la oficina.

 

—Hicimos el trabajo por su ejército. Los controles de la carretera civil tienen riesgo de ser tomados por monstruos. Destruimos uno de ellos.

—¿No han pasado por el centro del pueblo?

 

Kliment negó con la cabeza.

 

—La prioridad era reunirnos.

—Lo entiendo, pero pasen por el centro. Colgamos a nueve monstruos, la mayoría sirenas de río y tritones. Sino matábamos a esos cabrones, los mataría la hambruna, haciendo control en los caminos. Desplazamos a toda la población del área hace semanas. Las tropas han cazado y devorado a la mayoría de los animales comestibles, e incluso a algunos monstruos. Los que quedan no tienen que comer. Será cuestión de tiempo que vayan a molestar a nuestros enemigos.

—Vaya estrategias…—Anton se rascó la cabeza. —Pero, supongo que serán necesarias con…bueno, Medusa por ahí. Talvez, realistas y republicanos se alíen para detenerla si…

—No diga más —Nordgard entonó una voz de trueno, sin necesidad de exclamar. —No diga eso, ni suponiéndolo. Conozco personalmente el gran poder, oculto tras ese cascarón de lo que alguna vez fue una diosa. Tendría que convocarse la quinta cruzada mundial para detenerla.

—¿Y cómo sabe tanto, general? —Kliment entrecerró los ojos con su pregunta.

—Porque Medusa fue mi arma personal —su declaración provocó sorpresa en ambos—. No puedo imaginar que algo así sea posible, sin conocer el contexto completo. Así que escúchenme, atentamente: Cuando el conquistador, Enzio Dioranno, descubrió Nueva Fissovia, regresó con todos sus barcos, casi todos sus hombres y mucha, mucha emoción. Tanta que ignoró la carga secreta que se le había colado en una de sus carabelas. No sé ni cómo ni el porqué. Pero, Medusa venía entre todos ellos y cuando la flota atracó en Drazaniria, ella se tomó su tiempo para recorrer medio continente hasta acabar en Garlavania; donde nuestro emperador y todo su generalato, junto con emisarios de otros países, hicieron falta para derrotarla y sellarla como una niña de aspecto humano. Ningún emperador tuvo el valor de usarla y se mantuvo siglos encerrada en el sótano del palacio imperial. Sin embargo, cuando la vigía del emperador eclipsó y la guerra civil estalló, me vi obligado a tomarla y darle uso. Por dios y por la patria.

—¿Pero la guerra no habría durado treinta años, si Medusa hubiese usado todo su poder contra la República? —preguntó Kliment, desprovisto de la fascinación que mostraba su compañero.

—Efectivamente. Su cascarón posee siete sellos. A partir del tercer sello liberado, Medusa recobrará algo de su antigua conciencia. Es por eso que nunca liberé más de tres sellos. Incluso con estos, era perfectamente capaz de derrotar a un mariscal republicano, sin dejar de parecer mi invocación — aunque Nordgard hablaba con mucha seriedad, no dejaba de mostrar cierta admiración por sus expresiones.

—¿Y nunca se dio cuenta del peligro que representaba usar a una diosa terrenal como un arma personal? —la pregunta de Kliment hizo que el general frunciera el ceño.

—Claro que conocía bien ese peligro, ¿pero qué quería que hiciera? A un año de la caída del emperador, ya teníamos a una terrorista del bajo mundo, tomándose fotos de revista, ocupando el trono imperial, ¡La mayor humillación para la que alguna vez fue la cuarta potencia mundial!

—¿Comprende la humillación que representaría para este continente, que tiene el mundo en su puño, que las gorgonas nos arrasaran? —incluso Anton empezó a incomodarse con las preguntas de Kliment.

—¿A dónde quiere llegar? —Nordgard comenzaba a perder la paciencia y el detective se percató de ello.

—No cuestionaré su devoción al país por el que ha peleado durante treinta años, pero debe darme la razón, ya que usted nunca esperó que Medusa le fuera robada; que alguien se enterara, algún día, de lo que realmente era. Es el único motivo que puede explicar su petición de ayuda… en este preciso momento.

—Fíjese muy bien en lo que le voy a decir. Treinta años, más de treinta años con esa niña, de un lado al otro y nunca había tenido ningún incidente. Y sin previo aviso, recibí el ataque de un Saturno en una carretera aislada. Destrozó mi auto y no hice más que permanecer tumbado, cuando un condenado rayo se la llevó hacia el bosque. ¡Si no fuera por el Saturno, lo habría perseguido!

—¿Tiene idea de quién es ese clase Saturno? ¿Sospecha que se trate de un general republicano o de un mercenario?

—Sí, sé perfectamente de quién se trata. Es Jonh Grayhead, fue ese bastardo, pero no hemos logrado encontrarlo.

—¿Entonces, qué quiere exactamente? ¿Qué encontremos a Grayhead? —Anton se le adelantó a Kliment en la pregunta.

—No, necesariamente. Hemos encontrado pistas y creo saber quien contrató a esos bastardos. Se hace llamar Zemko.

—Nombre de reptiliano —se apresuró a agregar el detective.

—Sí, no fue algo que nos tomara por sorpresa. Fue nuestro agente, entre el bajo mundo y el reino. Él nos contrataba toda clase de mercenarios que pudieran sernos útiles. Nos había demostrado fidelidad. Aunque nunca lo hicimos público. No nos importó que fuera lo que fuera.

—Y entonces, ¿cuál fue el problema?

—¿El problema? Zemko no aparece por ninguna parte y sus acciones nos tomaron desprevenidos. No era muy creyente. Pero bueno, si los monstruos no fueran así, ya serían legales.

—¿No tienen alguna idea de dónde se pueda encontrar?

—Puede ser, sí. Es muy posible que se encuentre oculto en un castillo abandonado al sur de Budgardsson. Iré personalmente a su encuentro hoy mismo. Creemos que también podría encontrarse en otro sitio, en Gafgar. A ese lugar se dirigirán ustedes.

—Le recuerdo que sólo investigamos, peleamos lo menos posible —se apresuró a advertir quien más odiaba combatir entre ambos.

—Estoy consciente de ello, por lo que su misión sólo será constatarse que Zemko se encuentre allí, o por lo menos Grayhead. Si ese es el caso. También notifíquenme si reconocen las formas de algún medusista que ya hayan enfrentado en Praunia. Podrían estar interconectados.

—Así lo haremos —afirmó Anton, pero Kliment no fue tan rápido.

—Necesitaremos un par de cosas antes de ponernos manos a la obra: tanto material como información.

 

A la par que la reunión continuaba, en una de las paredes cercanas a la oficina de Nordgard, una shaxxtrix, oculta dentro de la pared, oía la reunión. Cuando ésta finalizó, sabiendo que nadie la veía, salió de la pared como una masa acuosa que pronto se fue solidificando. Se encontraba desnuda, por lo que rápidamente se vistió con su uniforme de secretaria del general Nordgard.

 

Envió un mensaje de texto a cierta persona, que rápidamente borró, explicando todo lo que se había tratado en la reunión. Justo cuando el reloj marcó las doce y media, guardó su celular y disimuló, pues Anton y Kliment ya salían del despacho.

 

El dúo sabía bien que tenía que hacer y Kliment había ganado un salvoconducto, para tener pase libre por todo el Reino Humano de Garlavania, pero seguía sin suficiente dinero físico.

 

—Iré a sacar algo de dinero. Tú espérame en el auto —ordenó el detective al jagser mientras dividían su camino.

 

Como la calle estaba bloqueada por un convoy de suministros, que entraba al pueblo, Anton debió desviarse a pie por un callejón. Pero antes de avanzar mucho más, se dio cuenta de que alguien lo seguía.

 

Era una persona encapuchada y aunque el vampiro se detuvo, ésta continuó su camino y sólo a suficiente distancia, Anton pudo sentir el mecanismo de una bomba bajo la capa del hombre.

 

Pensó en saltar hasta el tejado de alguno de los edificios del callejón, pero el tiempo no sería suficiente y podría perder las piernas. Fue entonces cuando una masa de tinta negra apareció desde la entrada, y como un globo, cubrió al hombre bomba y se lo tragó. Dentro de la masa de tinta negra, la bomba nunca pudo explotar.

 

—¿Quién eres? —Anton conservó su concentración de energía, pero no la aplicó al sentir que la masa de tinta tenía dueño, o más bien dueña.

 

Una vez ésta se retiró, pudo verse en la entrada del callejón a una mujer. Cubría su rostro con un sombrero elegante, su traje era de plumas negras y sus botas de cuero. Su aspecto, aunque sombrío, desprendía un aire acaudalado.

 

La chica portaba una pistola en sus manos y con una media sonrisa, sin mirar, le voló la cabeza a otra persona encapuchada que se dirigía a por Kliment, que sacaba dinero de la máquina del banco.

 

Tanto el detective como los militares del área se sorprendieron y no tardaron en apuntarle.

 

—¡Baje el arma, inmediatamente!—ordenó un oficial, mientras una veintena de hombres la apuntaba con armas largas.

 

La mujer, de unos veintitantos años, se limitó a ignorarlos, centrando su mirada en Anton.

 

—¡Oh! ¿Dónde están mis modales? ¡Mi nombre es Hatti! —comentó simpáticamente mientras se sacaba el sombrero, haciendo una notoria reverencia. —Y soy la segunda miembro del grupo Z que conocerás.