Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 6: Asalto Furioso

El sol del mediodía se dejaba ver, a través de los nublados y fríos cielos garlavanos. Gyuna y Zemko bebían, abrazados en el sofá del lujoso salón. Lugar en él se habían reunido con Erick, horas antes.

 

Miraban una película, pero en cuanto el reloj marcó las doce y media, el reptiliano se paró y movió una ficha blanca de su tablero de ajedrez. Acto seguido, revisó su celular.

 

—Ven, no te quedes ahí parado, quiero estar contigo —Gyuna palmeó el sofá, acompañando sus palabras. Zemko le hizo caso sin levantar la cabeza del celular. —Espera.

—¿Cómo le fue?

—Más o menos. Logró usar su hechicería mental en dos idiotas y les pegó explosivos, pero no dañaron a los enviados de la Andrat Karvans.

—Ah, ¿y eso? —preguntó la lamia con interés, a la par que Zemko se sentaba a su lado.

—Una mujer desconocida les ayudó. Viste como si militara en Tropa Gótica o Hamberkander—dijo el reptiliano, viendo un video en el que los militares la arrestaban.

—Qué raro, la Andrat Karvans no suele contratar mercenarios de organizaciones.

—Sí, pero…pero bueno, no importa. Es apenas una pequeña piedra en el zapato, no choca para nada con mi plan. Sigo teniendo la ventaja.

—¿Entonces, por qué te noto preocupado?

—¡Jah! ¿Quién dice que lo estoy?

—Suelta el celular entonces —Gyuna resultaba coqueta en sus palabras. Antes de que su pareja le hiciera caso, había subido su cola sobre sus piernas.

 

Luego de enviar una leve instrucción, Zemko inmediatamente soltó el celular. Entonces, acarició su cola suavemente. Sus dedos se deslizaron sobre sus escamas brillantes, y ella parecía disfrutarlo.

 

—Ngh, me gusta cómo lo haces… —la lamia se sonrojó, relajada y con un dejo de ansiedad.

 

—Estamos muy cerca, mi amor, ¡muy cerca! —Zemko se portó entusiasmado, mientras visualizaba a Medusa en su forma libre.

 

—Vaya, parece que la esperas más que yo, y eso que yo seré la más beneficiada —ante el comentario de Gyuna, Zemko se exaltó todavía más.

—Por eso mismo, amor, ¡por eso mismo!

 

Acto seguido, besó más su cola y luego ascendió lentamente, en busca de su boca viperina.

 

Sus labios temblaron de emoción y entonces sucedió. Se fundieron en un apasionante beso. Uno venenoso como ningún otro.

La lengua de Gyuna se extendió dentro de la boca de Zemko.

Provocó cosquillas al principio, y luego un profundo placer.

 

Él disfrutaba su cuerpo.  La textura de su piel, la sensación de sus garras rasgándole la espalda. Y su lengua. Su lengua de serpiente, masajeando la suya sin parar.

 

—Hagámoslo, amor. Pero, primero el último trago —Gyuna alejó suavemente a su pareja, y señaló los vasos de whisky junto a la botella. —Además, intuyo que traes un poco de “eso”, ¿verdad?

 

Él sonrió de forma picara.

 

—¿Debería verterlo en la botella?

—No, sólo pon un poco en los vasos.

 

Zemko se levantó con cierta prisa hacia un mueble con más bebidas alcohólicas. Entre estas se encontraba un tubo de ensayo, con un líquido transparente de leve color rojizo. Con un gotero, eligió dos minúsculas gotas y las arrojó sobre los vasos.

 

Luego empezó a caminar de vuelta al sofá, mientras se desabotonaba la camisa.

 

Pasó al lado de su tablero de ajedrez.

Sonrió y movió otra ficha antes de continuar. La ficha era negra.

 

Mientras aquello sucedía, Erick se las apañaba en las otras habitaciones para entretener a la pequeña Medusa, que, aunque no fuese capaz de hablar, actuaba y gesticulaba como una niña. Ya no tenía el vendaje en sus ojos y ahora todo le parecía nuevo y extraño.

 

El mercenario enmascarado estaba sentado en un sofá, con las piernas cruzadas. Al otro extremo había una niña, de entre 8 y 10 años.

Su cabello era verdoso y estaba revuelto. Lucía un vestido blanco y zapatos de colegiala con medias altas.

 

A pesar de su inocente cascarón, ella era en realidad, la diosa Medusa.

 

En medio de ambos, había varias bolsas. Eran de color café y contenían comida para llevar. Al mercenario se le había ocurrido tranquilizar a la niña, mientras le llevaba comida. Así mataría dos pájaros de un tiro.

Por un lado, ganaría su confianza y además la alimentaría.

 

—Está bien… ¡A comer!—exclamó el enigmático mercenario, sin retirar su máscara.

 

La niña escabulló una mirada, primero dirigida hacia él y luego siendo desviada hacia aquella comida, tan extraña para ella.

 

—Oh, cierto… no entiendes el Azsuriano, sino el Garlavano. Espera un poco… “pequeña diosa terrenal” —añadió Erick, muy animado, tomando su celular. Y empezó a escribir algo ante la mirada curiosa de Medusa.

 

Encontró un traductor de Azsuriano a Garlavano en internet. Así Erick logró transmitirle el mensaje que quería.

 

La niña asintió, algo tímida.

 

Erick formuló un nuevo mensaje, esta vez, preguntándole si sabía escribir, a lo cual también recibió una respuesta positiva por parte de Medusa.

 

—Ah… bien, eso hará las cosas más fáciles… —afirmó.

 

Entonces, escribiría preguntando su nombre en el traductor. Aunque realmente quería saber quien creía que era.

 

Al escuchar la pregunta, Medusa extendió su mano hacia Erick, quien le cedió su celular, enterándose así que el nombre con el que ella se refería a si misma sería “Manet”.

 

—Está bien, “Manet”, ¿qué tal algo de chocolate?… ten, pruébalo. Según sé, esto le gusta a los niños. —explicó el mercenario con una tableta café en su mano.

 

Con una mirada curiosa, Manet tomó lo que le ofreció, sin tener muy claro que hacer con ello. Luego se volvió hacia Erick, en busca de un ejemplo.

 

—¡Cierto! ¡La envoltura!—exclamó Erick, tomando el dulce y abriéndolo, para dejárselo en las manos a la pequeña diosa sellada. —Eso se come… es rico… —añadió el mercenario.

 

La niña le dio una pequeña mordida al chocolate, masticándolo un poco hasta que notó el sabor dulce. Abrió los ojos en sorpresa y asombro, señalando su tableta. Erick supo que le gustó y que quería saber lo que era. Ante esto, el traductor fue utilizado de nuevo, esta vez para decirle a Manet que, en efecto, lo que había comido se llamaba “Chocolate”.

 

Manet, aún con el dulce en su mano, se apuntó a la cara mientras miraba a Erick, apuntándolo a continuación a él. Directamente a su máscara.

 

—¿Qué? ¿No te gusta mi máscara?… hum, yo pensé que a los niños les encantaban estas cosas… bien, me la quitaré, pero no le digas a nadie, “Medusita” —le pidió el mercenario, sin traducirlo.

 

Se quitó la máscara por unos segundos, para que la niña pudiera verlo.

 

Erick notó que esto había tenido un impacto positivo en la niña, pues Manet prosiguió a comerse su dulce, mientras balanceaba los pies, que no alcanzaban a tocar el suelo desde el sillón.

 

Ambos comieron. Desde galletas y dulces, hasta platillos más nutritivos.

 

Al terminar, Erick se retiró al baño, dejando a la niña sola. Sin embargo, al regresar,  ya no estaba sentada donde la dejó.

 

—¿Escapó? No, no lo haría… ¿escondidas? No, me habría avisado… como sea, perder una diosa terrenal es un error que no puedo cometer… —mencionó el mercenario, mientras caminaba y analizaba las opciones.

 

Bastó utilizar su energía vital para rastrear a la niña. Ella se encontraba una habitación, a unos cuartos de distancia del que estaban. Sin prisas fue a buscar a la pequeña Medusa.

 

Al llegar descubrió que se trataba de los aposentos de Zemko.

 

—Oh no… espero que no esté rayando las paredes o me darán un sermón… aunque viéndolo de cierta forma, sería como tener la firma de su diosa en su pared —dijo el mercenario, mientras se adentraba en la habitación.

 

Manet se encontraba rodeada de un montón de papeles, regados en el suelo. Papeles que ella aun sacaba de una cómoda al lado de la cama.

Intentaba leerlos sin comprender que significaban.

 

Antiguos documentos del dueño de la casa, pergaminos religiosos de Zemko, informes del hospital de Gyuna.

 

—¡No, no, no, no! ¡Espera, Medusita! —exclamó él.

 

Erick se apresuró a apartarla, cargándola por debajo de los brazos y bajándola detrás suyo, lejos de la cómoda.

Se llevó las manos a la cintura, al ver el desastre.

 

—¿Sabes? Creo que habría preferido que rayaras las paredes…—mencionó Erick y dejó escapar un suspiro.

 

Lejos de darle una reprimenda, el mercenario dio otro suspiro, uno más largo que el anterior. Entonces emanó electricidad azul de su cuerpo, pues estaba concentrando energía vital.

 

Utilizó su elemento mágico de rayo para potenciar su velocidad, y tras un destello, los papeles regresaron a la cómoda con el cajón aún abierto.

 

—Bueno, lo mejor será ir de vuelta a tu cuarto antes de que Zemko lo note… —le dijo Erick a la niña, mientras cerraba el cajón de la cómoda.

 

Paralelamente, Manet quedó asombrada y curiosa, mirándolo, contenta.

 

 

El mercenario, que ya había aceptado su papel de niñero, le acarició la cabeza y tomó su mano para que no se le escape.

 

Tras la travesura de la pequeña diosa terrenal, ambos caminaron de vuelta a su cuarto.

 

A la par que aquello ocurría, la larga y extensa carretera cobijaba al auto de Anton y Kliment que, en esta ocasión, contaba con un tercer miembro.

 

Hatti se había salido con la suya un rato antes y estaba feliz.

Había demostrado ser un agente más de la Andrat Karvans.

En cuanto a quienes había asesinado, se comprobó que llevaban una carga explosiva, por lo que todo quedó justificado.

 

—Entonces… ¿primero vamos por un helado? —la del suéter de plumas negras y blanca piel alzó la cabeza hacia los asientos delanteros, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Mmm…no creo que nos desvíe del camino —Anton se rascó la barbilla, también sonriente.

—El enemigo sabe de nosotros. Cuando se tomen un helado en cualquier parte y convulsionen en el suelo me voy a reír— afirmó Kliment con una seriedad notoria.

—¡Vamos! Tampoco nos pongamos paranoicos. Hay que celebrar de alguna manera la llegada de Hatti, ya que no podemos ir a la playa…

—Bueno, Garlavania tiene playas —Hatti lo interrumpió sin dejar de mirar al vampiro con interés.

—¡Que no podemos ir, dije! No me voy a bañar en las playas árticas de este infierno helado. Odio el frío —exclamó, algo gruñón.

—Actúan como si no estuviéramos en una misión peligrosa, ¡no nos vamos de campamento! —se quejó Kliment, que conducía bastante tenso mirando la carretera.

—¡OH DIOS! ¡MORIREMOS TODOS! ¡NO PODEMOS BAJAR LA GUARDIA NI UN SEGUNDO! —Hatti se llevó las manos a la cabeza y mostró histeria en sus expresiones.

—¿A que vino eso?—Kliment la miró de reojo por el espejo retrovisor. Se había asustado menos que Anton.

—Nada, que podríamos estar así, pero preferimos estar relajados porque somos usuarios de energía vital —rió Hatti, esperando el pronto remate de Anton.

—¡No como otros!

Ante la risa de ambos, Kliment también sonrió levemente.

 

—Vamos a ver qué estupideces podrán planear si yo muero… por cierto, ¿realmente eres del grupo Z?

—Si tuviera título te lo pegaría en el timón. Ya van tres veces que me preguntas lo mismo.

—Es que, ya sabes, si conoces a Amurru te imaginarás que él no es muy hablador, creí que todos serían como él.

—Más o menos —pensó Hatti, mirando el techo por un instante. —Pero en mi caso, disfruto las cosas del mundo exterior. Vivimos casi recluidos, teniendo la libertad de vivir lo que viven las personas normales. Yo simplemente aprovecho esa libertad —explicó alegremente mientras cruzaba sus brazos sobre el asiento delantero de Anton. —Y eso también incluye conocer a las personas que viven en esa libertad.

 

Al sentir las manos de Hatti sobre su pecho, Anton las acarició y miró de reojo a Kliment.

 

—¡Menuda agente especial nos ha caído!—exclamó también con felicidad.

 

Kliment sonrió antes de soltar su frase.

 

—Y menudos golpes tendrá que repartir para que la tolere.

 

Los tres rieron entonces. El detective empezaba a aceptarla y Hatti lo notó, entre bromas y diálogos que sucedieron hasta llegar a un pequeño pueblo, horas más adelante.

 

El viaje se había sentido breve por tanto hablar y la noche estaba cerca.

 

Decidieron resguardarse en algún motel, antes de que la brisa polar azotara la oscura Garlavania. Lo que obligó a Anton a recoger su hombría y esconderse bajo las gruesas sábanas de la habitación, en compañía de su celular.

 

Kliment y Hatti aún tenían ganas de comer algo. Preferiblemente algo caliente, por lo que les tocó salir a recorrer el pueblo.

 

—Demasiado frío, yo los espero aquí —afirmó su compañero mientras encendía la vieja calefacción al máximo. —Sólo no se alejen demasiado del motel, para que nuestras energías no dejen de sentirse.

 

—Si nuestros enemigos planean atacarnos espero que sea de día. No te imagino peleando a estas horas —sonrió Kliment, antes de salir.

 

Hubo que bajar desde una escalera externa, por lo que desde el primer momento se sintió el frío intenso.

 

Salvo algunos edificios más modernos, la gran mayoría de las casas eran de madera, por lo que el ambiente, poco activo y peor iluminado, era normal para un pueblo subdesarrollado cuyo país llevaba treinta años de guerra civil.

 

—Oye Kliment, ¿puedo preguntarte algo?—Hatti no se aguantaría caminar más de dos casas sin hablar, por lo que no tardó en iniciar la conversación.

—Te escucho.

—¿Te caigo mal?

—Mmm…no, ¿por qué la pregunta?

—No lo sé. Es que por como hablabas, te sentías más cómodo con Amurru.

—Eso no implica que me caigas mal. Es sólo que… ah… soy otra clase de persona. Alguien que disfruta de la tranquilidad y que necesita calma cuando se ve envuelta en algo importante. No estoy acostumbrado a gente tan sociable. Creo que Anton es mi límite —en su última frase, había esbozado una tímida sonrisa.

—Ah, con qué es eso… Supongo que a mí me pasa algo similar —Hatti se llevó su dedo índice a la barbilla y miró la luna —Siempre me toca trabajar sola y cuando trabajo con algún otro “Z”, nunca puedo socializar.

—¿No has probado hablarles cuando no estén de misión?

—Jaja, ¡para eso hablo con mis amigos civiles! —Hatti soltó una carcajada —la gracia es pasarla bien.

 

Ambos quedaron en silencio, pues se habían detenido a comprar su comida. Mientras esperaban, el olor a pollo frito animó aún más a Hatti.

 

—¡Huele delicioso! Realmente delicioso.

—Hablas como si nunca hubieses comido un pollo frito.

—¿Me creerías si te cuento que nunca lo he probado? Es que, bueno, tengo una dieta algo particular para no engordar y rara vez como estas cosas.

—¿Quieres que te compre uno?

—Mmm…una vez al año no hace daño, Jiji.

—Disculpe —Kliment preguntó al dependiente. —¿Sabe donde venden chocolate caliente?

—En la próxima esquina. Un edificio que tiene forma de almacén.

El agente agradeció la indicación y reemprendió el camino mientras comían.

 

—¡Exquisito! ¡Exquisito!—exclamó Hatti al probarlo.

—Vaya. Si así te pone un pollo frito, no me imagino una verdadera comida de restaurante —agregó Kliment. —¿Ustedes nunca van a restaurantes o qué?

—Tenemos uno privado, tanto para el grupo como para el señor Karvans, pero nuestro jefe es algo estricto con lo que comemos en su presencia y esta clase de cosas no son de su agrado… pero bueno, no hablemos más del tema o terminaré diciendo algo clasificado, jiji.

—Bueno, come tu pollo en paz, yo iré pidiendo el chocolate caliente —dijo el del bigote, divisando ya el almacén.

 

Mientras les servían la bebida humeante, Kliment aprovechó para hacer un pedido más grande: chocolate y algunos sándwiches que recogería mañana en la mañana.

 

—Oye, pero no hemos parado de hablar de mí, ¿por qué no me dices algo de ti? —sugirió su nueva compañera.

 

La intriga crecía en Hatti.

 

—No suelo hablar de mí. No he tenido una vida miserable, pero la gente que me rodea tampoco la ha pasado muy bien —confesó.

 

Kliment le dio un último sorbo a su bebida, entonces suspiró con cierta comodidad.

 

Darían un par de vueltas más antes de regresar al motel. Aprovecharon ese último rato para conocerse mejor.

Temas banales fueron y vinieron. Anécdotas personales e incluso algunos temas serios.

Kliment notó que a pesar de su personalidad animada, Hatti escondía varios secretos.

 

Mantenía esa sonrisa en todo momento y maquillaba sus palabras.

 

Ella, a su vez, notó que Kliment tenía cierto intento por relacionarse, aunque no demasiado. Era como si temiera algo, pero no lograba descifrar exactamente qué.

 

La llegada al motel transcurrió sin mayores contratiempos y a la mañana siguiente, poco antes de que el trío pensara en despertarse, el general Nordgard se acercaba por su parte al objetivo.

Caminaba lentamente hacia el abandonado sitio donde lo esperaría Zemko, pero no sentía su energía vital

 

No tardaría en darse cuenta de la emboscada en la que se había metido, pues nada más y nada menos que ocho generales republicanos saltaron a su encuentro, en cuando el general estuvo a pasos de entrar al edificio abandonado.

 

No podía creer como Zemko había podido infiltrar a tantos altos mandos enemigos en la retaguardia, sin que estos hubiesen sido detectados. Sin embargo, no era tiempo de sorprenderse, sino de sobrevivir.

 

Mientras, a cientos de kilómetros, un reptiliano movía una ficha en un tablero de ajedrez.

 

Más relajado iban el detective y compañía. Luego de asearse y desayunar, emprendieron el rumbo. A la par que Anton iba encendiendo el carro y llevándolo a la carretera, donde Kliment y Hatti lo esperarían, estos se desviaron a recibir el chocolate.

 

Hatti tocó la puerta del local, pero nadie salió a atenderla.

Kliment vio unas personas desayunando en un local, al frente.

Eran cerca de las ocho de la mañana y parecían ser trabajadores. No obstante, distinguió tres extrañas motos, estacionadas en la acera.

Dos de sus dueños tomaban un café mientras conversaban entre ellos.

 

Aquellos eran miembros de la organización mercenaria Motrohassu.

 

“Tal vez estén de paso”—pensó Kliment en un intento de deshacerse de su paranoia.

 

Por otro lado, Hatti se encontraba muy molesta.

 

—El mismo cabrón que nos atendió ayer está adentro. Puedo sentir su energía vital, pero no se mueve. ¡El bastardo se quedó dormido! —exclamó, golpeando un poco más fuerte la puerta.

 

Kliment casi entra en pánico ante su acción. Los sistemas anti monstruos del local podrían haberse activado y los hubieran atacados de cualquier manera, pero tanto él como Hatti cruzaron sus miradas.

 

Su puñetazo no había tenido ninguna reacción.

 

Los sistemas anti monstruo estaban desactivados.

 

Fue entonces cuando Hatti intentó abrir la puerta, que no parecía tener la llave puesta. Nadie estaba atendiendo, pero el lugar nunca había sido cerrado.

 

Mientras Kliment sacaba su pistola, la agente se internó con sigilo dentro del local y cuando ambos estaban en la zona del almacén, reaccionaron con horror al encontrar al dependiente, inconsciente y amarrado en un rincón.

 

Poco les duraría la sorpresa sin que esta aumentara su envergadura, pues los focos se quebraron, las ventanas se cubrieron y la penumbra reinó en el almacén.

 

No cabía duda.

 

Esa era una trampa y un usuario de energía vital estaba detrás de todo.

 

—Me parece que su pedido va a tardar un poco —aseguró una voz masculina y risueña, desde algún lugar del oscuro edificio.

—Elemento mágico de oscuridad… —Hatti alzó una sonrisa inquietante. Una realmente muy alargada. —¿Realmente vas a venirme con eso?

—¡Menos reír y más esquivar!

 

Su enemigo conjuró un Arpón Nocturno. Este fue evadido e impactó en el suelo, causando un gran estruendo.

 

Hatti lo había esquivado magistralmente, pero Kliment fue alcanzado por la onda expansiva. Nada que lo detuviera para reincorporarse.

 

—¿Te encuentras bien? —preguntó su compañera, preocupada.

—¡Lo estoy! —aseguró e Inmediatamente después, empezó a disparar a la pared de donde vino el ataque.

—Muy bien, es mi turno —agregó ella. —¡Técnica de invocación: Supililiuma!

La invocación de Hatti resultó ser tan tétrica como el rostro que ponía mientras su energía vital se materializaba, creando un enorme monstruo humanoide. Uno cuyo torso estaba pegado a su espalda.

 

Se trataba de Supililiuma, el demonio de tinta negra.

 

Kliment reconoció la invocación.

 

El demonio lanzó una gran bomba de tinta contra el enemigo que se escondía en la penumbra. Este la evadió, pero el proyectil dejó abierto un gran hoyo en la pared. La luz entró a través de él y la oscuridad pronto volvería a taparlo.

 

—Rápido! ¡Yo me haré cargo!

 

La orden de Hatti fue acatada por Kliment, quien se apresuró a salir en carrera.

 

—Nos vemos en el punto de encuentro acordado.

 

Hatti era fuerte, por lo que no debería preocuparse por ella.

 

Los otros dos motoqueros frente al almacén vieron a Kliment correr, pero no se movieron. Sin embargo, con el pasar de los minutos, el único motoquero varón del dúo empezó a ponerse nervioso.

 

—O…oye Dalaezstra, ¿No lo sientes? Esa… esa tipa de negro está descuartizando a Gastón…

Su compañera, una rubia de largos cabellos y ojos delgados sólo le respondió luego de beberse su último sorbo de café.

 

—En la carretera tendremos más ventaja. Acabaremos igual si nos metemos allá adentro.

—Pe… pero no entiendo… su energía vital es aterradora. Nunca antes la había sentido, ¿Qué diablos es esa cosa? ¿Acaso es su invocación?

—No, no es su invocación —Dalaezstra, envió un mensaje a Gyuna y Zemko desde su celular, —Pero pronto lo sabremos.

 

A unas calles de ahí, Anton se asustó al ver cómo llegó Kliment. Sudado luego de haber corrido tanto.

 

No tardó en entrar al auto de golpe.

 

—¿Qué pasó?

—Prepárate para salir a toda velocidad. Nos atacaron. Hatti se está encargando.

—Sí, la siento pelear, pero… —Anton enfocó su energía en detectar y seguir los movimientos de Hatti, pero lo que sentía no le gustó nada.

—¿Qué pasa?

—Su energía tiene algo raro.

—Me lo imaginaba, pero no digas nada. Está de nuestro lado, eso es lo que importa.

 

Ante la frase de Kliment, el jagser respiró profundo y se calmó. Hatti no tardaría en llegar y pronto los tres irían carretera adentro, con los dos motoqueros pisándole los talones.

 

—Bonita invocación. Lleva muerta hace doscientos años.

 

Kliment miró a Hatti de reojo, desde su asiento delantero.

 

—¿Se puede saber dónde la conseguiste?

—No empecemos con preguntas estúpidas. Mira lo que tenemos detrás.

—Sí, lo sé, pero no puedes negarme que un Supililiuma en pleno siglo XI levantará sospechas.

—Agh… la técnica deja de usarse, pero los libros que la enseñan siguen ahí, juntando polvo en alguna vieja biblioteca. Yo sólo tuve suerte, ¡Ahora a pelear!

 

Truenos y relámpagos inundaron el cielo. Pronto llovería, pero ahora el grupo tenía un mejor rumbo. Mientras Anton intentaba perder a los motoqueros, que no paraban de descargar ráfagas de balas sobre el auto, Hatti había logrado contactar con la central. Fue posible rastrear la ubicación de Zemko gracias al celular ensangrentado que la agente había conseguido de su enemigo.

 

La próxima parada era Strogomdom, más precisamente su residencia oficial, pero de momento, la prioridad era deshacerse de los mercenarios motorizados.

 

Al pasar por cierto punto, otros tres enemigos nuevos aparecieron con sus grandes motos. Sumaban ya cinco y estos tenían armas más pesadas, pues al llegar, descargaron una ráfaga de cohetes contra el auto.

Solo dos estuvieron cerca de impactar, uno de los cuales hizo tambalear la camioneta.

 

Hatti entonces se paró en el techo y bombardeó a los motoqueros con proyectiles de tinta caliente.

 

Uno de ellos se quemó los ojos y chocó, pero los otros cuatro consiguieron asestarle varios tiros a la agente, los cuales sólo se quedaron clavados en su piel, gracias a su enorme concentración de energía defensiva.

 

Si ya la adrenalina era total, ahora resultaba magistral, pues dos de las motos se adelantaron, empleando nitro y se lanzaron grandes cadenas entre sí.

Al avanzar trescientos metros y emprender la media vuelta, amenazaban con dividir el auto en dos mitades, así como a todos sus ocupantes.

 

Sin embargo, Hatti tuvo que volver a exponerse a los disparos y a un par de técnicas a distancia de los motoqueros.  Ella buscó asestarle su bomba de tinta a una de las motos. Anton ayudó y su tinta alcanzó un punto tan caliente, que la moto estalló en llamas al recibir su impacto.

 

Los tres respiraron aliviados, pues la moto restante no pudo mantener la cadena y esta cayó. El auto consiguió pasar por encima, pero los dolores de cabeza no cesaban. Algunos cientos de metros más adelante, el camino se acababa y apenas empezaba la construcción de un puente, al otro lado del cañón.

 

Para colmo un rayo había caído justo sobre Dalaezstra. El único que celebró aquello fue Anton, pues los otros dos sabían que Dalaezstra había atraído ese rayo sin usar una gota de energía vital.

 

La que parecía rubia era una raijun. Un monstruo que atraía los rayos y empleaba su energía para obtener más poder.

El cabello de la motoquera se solidificó y se unió para formar un tejido blando y móvil que parecía una enorme capa. De sus brazos, torso y piernas también salieron tejidos similares. Su color cambió a uno más azulado y la mujer alzó el vuelo, dejando su moto en piloto automático.

 

—Técnica de transformación: Campeón de Trueno —conjuró la raijun y maximizó su poder.

 

Su cuerpo empezó a ensancharse y a crecer hasta alcanzar una envergadura tal, que cubría todo el ancho de la carretera y una buena cantidad de metros hacia adelante.

 

Era como una mantarraya humanoide, envuelta en un manto eléctrico y Anton ya no sabía cuánto más acelerar para que su sombra no los cubriera.

 

—¡MIERDA!, ¡VAMOS A MORIR! —gritó y Hatti lo acompañó.

—¡NO TE PONGAS COMO KLIMENT EN DISCOTECA QUE ME ALTERO YO TAMBIÉN!

—¡SÓLO YO TENGO DERECHO A PONERME ASI! ¡SI ME CAIGO CON USTEDES CON LO ÚNICO QUE PUEDO BLINDARME ES CON MIS PROPIOS ÓRGANOS!

—¡¿QUÉ COÑO QUIERES QUE HAGA ENTONCES?!

—¡ACELERA MALDITO! ¡SÓLO ACELERA!

 

Los corazones de todos parecían a punto de abandonar sus cuerpos.

 

A 180 kilómetros por hora el auto abandonó el pavimento…

 

Y voló.