Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 7: Identidades incómodas

—Ay amor, llevas toda la mañana moviendo fichas. Apártate un rato del teléfono y vayamos al jacuzzi —intervino Gyuna en el gran salón de Zemko, deslizándose suavemente por las finas baldosas, aún con ropa de dormir.

—Espera, espérame solo un momento —indicó Zemko, con cierta excitación frente al tablero. —Estoy a punto de recibir un mensaje de Dalaezstra. Creo que lo está consiguiendo. ¡Pronto me confirmará!

—Ah, ¿la de la banda de motoqueros?

—Esa misma. También me envió información especial sobre esa agente que los acompaña. Parece que no es muy normal, así que le di órdenes de revisar su cadáver.

 

Gyuna se acercó lentamente al reptiliano y lo abrazó por la espalda, mientras este mantenía la mirada en el tablero. Giraba una pieza bajo su mano que no sostenía el celular.

 

—No te obsesiones demasiado, cariño. Atiéndeme un poco también —le susurró sonriente, escondiendo otros deseos.

—Amor, te atenderé todo lo que quieras, ¡todo lo que quieras! Pero deja que primero me cerciore de que todos nuestros enemigos están muertos, ¿sí?

 

Zemko se giró, la besó en los labios e intentó calmarla.

 

—Una vez que Medusa levante su gran reino, nosotros seremos los primeros en tener los más finos jacuzzis y todo el tiempo del mundo para estar en ellos.

 

Zemko se veía ilusionado. Una sensación no compartida por su amante.

 

—¿Eso significa que no te darás un chapuzón? —reclamó Gyuna, haciendo un pequeño puchero, lo cual causó el suspiró del reptiliano.

—Adelántate, ¿sí? Déjame esperar noticias y entonces iré. También échale un ojo a Erick —ordenó Zemko, despidiéndola con un apasionado beso para luego seguir en sus cosas. Su celular finalmente vibró y se apresuró a revisarlo.

 

A varias habitaciones de ahí, Erick y la pequeña Medusa, se encontraban sentados en un sofá, frente al televisor. Por su tiempo juntos, la niña se sentía cada vez más segura y cómoda en compañía de su niñero enmascarado.

Ella comía unas palomitas que le hizo el mercenario. Y mientras Manet se distraía con la pantalla, Erick acariciaba su cabeza.

 

 

La puerta de la habitación se abrió lentamente, llamando la atención de Erick, quien volteó a ver con disimulo. Gyuna se asomó y recibió un pulgar arriba del niñero, procediendo a retirarse con una sonrisa.

 

“Si hubiese sabido que cuidar diosas terrenales sería así de sencillo, ya estaría pagando publicidad en los taxis”—pensaba Erick, mientras se echaba a la boca un montón de palomitas y miraba a su acompañante. — ¿Cómo te sientes, Manet?

 

La niña apartó la mirada del televisor y sonrió cálidamente, a pesar de no entender sus palabras. Entonces, comió uno de los copos blancos y se volvió hacia la pantalla.

 

—Hmmm… cuando todo esto termine, quizás forme una familia…—mencionó mientras le acariciaba la cabeza. —Y pensar que eres una diosa terrenal, a pesar de verte como una niñita…

 

Al pasar un rato, Erick decidió usar su traductor y preguntarle si deseaba salir a pasear al patio, una propuesta aceptada por el asentimiento de su cabeza.

 

Abrigados y listos para salir al nevado patio garlavano, Erick cargó a Manet, poniéndola sobre sus hombros. Ya en el exterior, la bajó con cuidado hasta que sus pies pisaron la nieve. Ambos caminaron, tomados de la mano.

 

—Hmmm… ¿Qué podemos hacer? Ah… ¡Ya sé! ¡¿Y si hacemos un muñeco?! —propuso el enmascarado, entusiasmado y con la sensación de haber escuchado esta frase antes.

 

Al carecer de infancia, la expresión de la niña fue de confusión y curiosidad.

 

—Sí, mira, yo te enseño…—agregó con más ansias de jugar que ella.

 

Tras minutos de construcción, en los que Erick daba forma a su muñeco mientras daba instrucciones a Manet, al final ambos concluyeron sus obras.

Uno más pequeño se encontraba junto al del tutor.

El verlos ahí, sonrientes, despertó emoción en la niña.

 

 

 

—Me gustaría ponerles una zanahoria de nariz, pero lo único parecido que tengo son cuchillos y eso no sería muy apropiado para un niño… ¡Pero si para una diosa terrenal! —afirmó emocionado mientras desenvainaba un estilete y apuñalaba al muñeco en la cara.

 

Entusiasmada, Manet imitó su acción y robó un cuchillo del cinturón de Erick.

Cuando éste se dio cuenta el filo casi impactó contra su rostro.

 

—¡No! ¡A mí no! ¡Yo si tengo nariz! —Erick la evadió, riéndose nerviosamente de su ocurrencia.

 

Mientras el enmascarado se reincorporaba, la niña sintió que la veían desde lo alto, a través de una ventana del edificio. Se trataba de Zemko, quien notó además como ella lo señaló con el mismo cuchillo.

 

—¡A él tampoco! Los reptilianos tienen nariz también, aunque no como la nuestra —su traductor no paraba de traducir lo que Erick decía. — Mmm…mejor solo al muñeco blanco y ya, él es el único aquí que necesita una nariz, ¿Bien?

 

A pesar de su explicación, Manet corrió a “ponerle una nariz” a uno de los guardias camuflados que custodiaban la entrada del patio.

El arlequín corrió tras ella para quitarle el cuchillo, antes de que él se diera cuenta de la situación.

 

—No, Manet, cuando un muñeco es musculoso y mide casi dos metros, lo más conveniente es jugar con él… ¡Lanzándole una bola de nieve!

 

El mercenario formó una bola de nieve con sus manos, se giró y la lanzó hacia el guardia. Había procurado que Manet no viera el momento exacto en el que la bola impactaba para que creyera que había dado en el blanco y no intentara repetirlo.

 

—¿Ves? Es divertido cuand…— sin previo aviso, Erick recibió un pelotazo de nieve en la cara.

 

Al limpiarse los ojos, vio a Manet, formando otra bola de nieve mientras tomaba distancia.

 

—¡Ah! ¿Con que esas tenemos eh?—Erick no tardó en enterrar sus manos en la nieve y sacar la cantidad suficiente para empezar a formar municiones. —¡No puedo ocultar cuan orgulloso me siento de eso!

 

Como si de dos amigos se tratara, en el patio de la mansión de Zemko, una batalla había comenzado entre el niñero, usuario del elemento mágico de rayo, y la diosa sellada de las gorgonas.

 

Quienes no estaban tan relajados como aquella peculiar dupla eran los miembros de la Andrat Karvans, que habían alzado el vuelo. Cuando se hizo evidente que el auto no llegaría al otro lado, Anton sacó las manos del volante y concentró toda su energía vital en quemar el techo.

Hatti usó sus poderes para cubrirlos del metal derretido, e inmediatamente formó un globo de tinta, para salvar sus vidas, flotando.

 

Muy satisfecha de aquello no se veía Dalaezstra, quién concentró energía vital para lanzar un ataque de rayo. Tanto Hatti como Anton lo sintieron y respondieron lanzándole un torbellino de tinta hirviente.

Cuando la raijun pudo lanzar su torbellino eléctrico, las dos técnicas chocaron muy cerca de ella y con una potencia brutal.

 

Tanto los motoqueros como los obreros, al otro lado, vieron el terrorífico choque con estupor.

 

La energía vital resultante provocó derrumbes a ambos lados de la falla.

 

Aquello fue demasiado para Dalaezstra. Y al cabo de los segundos, mientras sus enemigos tocaban tierra al otro lado, ella se prendía en llamas y caía al vacío.

 

Al reincorporarse, Anton corrió a tomar el primer vehículo que vió.

Apresurado por escapar de la última ráfaga de cohetes. Proyectiles llameantes que los motoqueros dispararon de las fauces mecánicas de sus motos, dispuestos a arrasar completamente con la obra.

 

Cual defensa antiaérea, Hatti conjuró sus propios proyectiles de tinta, que a toda velocidad interceptaban los cohetes y los destruyeron en el aire, creando un ambiente completamente surreal de explosivos y tinta que todo lo bañaba.

 

—Corre Kliment, toma el primer auto que veas —ordenó Anton con cierta prisa.

—Espera, no los robemos, tengo el salvoconduc… —en ese preciso instante, el impasible detective se exaltó al borde de la locura. —¡¡¡MI MALETÍN!!!

—¡¿Qué?!

—¡¡EL CARRO CAYÓ CON MI MALETÍN!!

—Y con las armas, pero no me voy a desesperar por eso.

—Idiota, ¡ES MI MALETÍN! Y sobre todo, ¡TENÍA EL SALVOCONDUCTO!

 

Anton quedó con el mismo rostro que los obreros presentes, el de total desconcierto. No pasó mucho para que Hatti lo apresurara y volviera a sus cabales. Tomó entonces el primer auto que encontró, luego de sacar a la fuerza al arquitecto que lo conducía, y llamó a sus compañeros.

 

Kliment corrió mientras se disculpaba. A Hatti aquello le importó bastante poco. Su prioridad era protegerse de los custodios que les disparaban desde los andamios, y de ese modo, el trío tomó la carretera y se perdió en su horizonte. Pero ahora, tenían la localización a la que debían dirigirse.

 

Quien no tenía rumbo terrenal ahora era el alma del general Nordgard. Que a kilómetros de allí, y luego de horas de incesante combate, estaba a punto de abandonar su cuerpo.

 

El musculoso anciano de notoria bravía tenía sus ropas rasgadas y la sangre lo cubría por completo. Varios generales enemigos yacían heridos cerca, mientras otros tantos observaban su debacle, que ya no tenía remedio.

 

Nordgard había intentando activar su técnica definitiva ya dos veces, y lo intentaría una vez más, ante la atónita mirada de todos los presentes.

 

—No se muevan. No lo va a lograr —afirmó un general enemigo al resto en su idioma natal para luego pasar al garlavano. —Ha sido un honor pelear contra el último general ascendido en el imperio. Pero su hora ha llegado. Asuma su caída y nosotros asumiremos sus treinta años de gloria.

 

Nordgard no los escuchó. Abandonó su último intento de provocar un gran daño por lanzarse contra quien esbozaba esas palabras.

Corrió algunos metros, pero nunca lograría acercarse lo suficiente.

El antiguo dueño del cascarón de Medusa finalmente se desplomó, para no volver a levantarse.

Tosió sangre frenéticamente. Y antes de dejar escapar su último suspiro, observó la burla del general enemigo. Éste extendió una bandera del extinto Imperio garlavano y la arrojó sobre su cuerpo. No solo para proteger su imagen de las grotescas muecas que hace un hombre al morir, sino para que su alma atravesara la bandera por la que tanto había luchado.

 

Cuando su energía vital se apagó, otro de los generales sacó su celular, tomó una foto y se la envió a Zemko, junto al siguiente texto:

 

“Le agradecemos su colaboración con la causa republicana”.

 

—¡Excelente! —exclamó Zemko, impactando su ficha blanca de ajedrez contra el tablero de madera.

 

El reptiliano estaba tan eufórico que no tardó en servirse otra copa. Aún no podía ir al jacuzzi, pues todavía esperaba el mensaje de Dalaezstra.

Paralelamente, Gyuna hizo su aparición nuevamente. Llevaba una toalla por encima y temblaba un poco. No estaba del todo seca. Traía otro teléfono móvil en la mano, que no era el suyo, y su rostro de preocupación no era buen augurio.

 

—Ya voy, amor, ya voy. ¡Solo me queda una buena noticia por recibir y las aguas del jacuzzi estarán más movidas que nunca! —Zemko hablaba de espaldas a la entrada. No solo sentía su energía, sino también su olor—. ¿Ya revisaste tu móvil? ¿No te habrá escrito a ti Dalaezstra?

 

Gyuna se lo pensó un poco más antes de decir una palabra.

 

—Intentaron encontrar nuestra ubicación —afirmó Gyuna, muy seria.

—¿Y? —Zemko la miró de reojo mientras seguía sirviéndose una copa.

—Intenté destruir el celular lo más rápido que pude, pero la aplicación se demoró en notificarme. Creo que consiguieron rastrearnos.

 

Gyuna bajó la cabeza, completamente avergonzada.

 

—¿Nos rastrearon? ¿En serio lograron conseguir un celular de los motoqueros? ¡Solo el idiota de las gafas y la líder tenían nuestros contactos!

 

Zemko arrojó con fuerza la copa de vino contra la pared y caminó apresuradamente a su tablero de ajedrez.

—Ojalá todo dependiera de mí, Gyuna, ojalá todo dependiera de mí —finalizó moviendo otra ficha negra de forma algo brusca.

—Lo siento. Realmente, lo siento…— las disculpas de la lamia fueron ignoradas por Zemko, quien se había marchado a otro cuatro para marcar a alguien por teléfono.

 

Su fracaso ameritaría muchas llamadas. Y todas de urgencia.

 

Las horas pasaron entonces. La tarde iba cayendo cuando el detective y compañía se percataron de que no llegarían descansados a Strogomdom si continuaban conduciendo.

 

—A una hora de aquí se encuentra otro pueblo. Pasemos la noche en él y continuemos durante la madrugada a Strogomdom. Llegaríamos sobre las siete de la mañana —propuso Hatti y su idea no parecía del todo mala.

 

Teóricamente ya no tenían a nadie persiguiéndolos, pues los motoqueros restantes se habían quedado sin líder y tardarían casi un día en bordear la falla.

 

—¿Creen que ese tal Zemko tenga más hombres en su base? —la pregunta de Anton, aunque relajada, puso de muy mal humor al detective.

—¡Más le vale que su base no sea muy cerrada! —Hatti se entusiasmó al imaginar sus habilidades, bajo el oscuro amparo de su tinta, hasta que miró a su compañero. —Ah, ¿pasa algo Kliment?

—¡Claro que pasa algo! Me va a tocar pelear de nuevo. La última vez que lo hice me tuve que arrojar desde casi un tercer piso.

—Vamos, viejo, sabes que cuando es necesario, es necesario.

—¡Pero ahora no lo es! Ustedes no saben lo que se siente no usar energía vital y no poder hacer nada. Ya vieron lo que ocurrió en la falla. Ninguno de mis conocimientos hubiese podido salvarme.

—No te pongas así —agregó Hatti con dulzura, tocando a Anton en el hombro para detenerlo. —Averigüé sobre ambos antes de la misión y en los combates en los que has participado tienes buenos resultados.

—Sí, con un arma decente. Ahora solo me queda una pistola. No pienso volver a ponerme en una situación como esa, en serio que no. —Kliment sonaba tan firme como fuerte, molestando a Anton en el proceso.

—¿Sabes que lastre serás si no luchas? Podrían atacarte y nosotros no podríamos ayudarte.

—¿Y qué propones? ¿Qué me estén ayudando constantemente mientras les llenan la espalda de balas? Déjalo, Anton. Sabes que cuando quiero esconderme nadie me encuentra.

—¡Tú nunca te pones tan cerrado! Maldición, si hay muchos enemigos menores también serás útil así tengas una pistola —el vampiro iba subiendo de tono la discusión.

—¡Que fácil decir eso cuando eres un jodido vampiro, clase Neptuno!

—¡No tengo la culpa de que no sepas usar energía vital!

—¡Yo tampoco tengo la culpa de ser el cerebro de la operación! Eres mi jagser, ¡Protegerme es tu maldito trabajo!

—Bah ¡Solo estás muerto de miedo porque casi te caes al vacío y te revientan a cohetazos!

—Sí, ¿Algún problema? ¿¡Te parece eso jodidamente insuficiente!?

—Kliment, por favor, mira a la carretera —Hatti había logrado detener la discusión, pero no tardaría en reanudarse.

 

La cacería del enemigo estaba a sus puertas y aquello tendría que tener alguna solución. Con tantos ojos y oídos enemigos en su propio territorio, era un peligro que Kliment saliera de su rango, pero también lo comprendía. Ya había sentido lo que era la debilidad en el pasado. Una muy similar a la del detective.

 

Una vez se detuvieron a descansar en otro motel antes de Strogomdom, Anton repitió el proceso. No habían mediado muchas más palabras en el trayecto ni en la llegada, por lo que el vampiro se había acostado y Kliment había salido a caminar. Tenía una tenue esperanza de encontrar alguna armería, pero todas las armas habían sido confiscadas por las milicias o el ejército.

 

Había salido solo, sin tomar en cuenta a Hatti. Debía pensar en lo que haría mañana y reflexionar. No tenía idea de lo que encontraría, pero nunca había pasado un susto como aquel. Era un simple detective, no un mercenario y lo sabía. Jamás se acostumbraría a ese tipo de cosas por más que Anton intentara convencerlo.

 

—¡Hola! Tu rastro de energía es bastante fuerte para que no la uses —Hatti lo sorprendió mientras leía un cartel en azsuriano. —­¿Qué piensas?

—Ah…no pensé que vinieras a por mí. ¿Qué? ¿Vamos por otro chocolate?

—No, solo demos una vuelta. Tenía ganas de ir al puente y tomar alguna foto antes de que lo bombardeen —Hatti rió un poco y Kliment sonrió.

—¡A ver si nos come una sirena de río! Jejeje

—¡No! ¡Yo me comeré a una! Jajaja

Hablando banalidades para calentar el ambiente, la pareja no tardó en llegar al extenso río que había; con creces, la atracción más bonita del pueblo.

Se encontraba bien iluminado, y aunque la presencia policial era escasa, las peligrosas sirenas no se atrevían a subir a la superficie. Se limitaban a asomar sus cabezas fuera del agua y mostrar sus colmillos o hacer muecas a quienes las miraran.

 

—Aunque no lo creas, te entiendo Kliment. Te entiendo muy bien. Pero debes pensar muy bien lo que harás mañana

 

La fría brisa despeinaba tanto a Hatti como al detective que se asomaba por la baranda del puente.

 

—No me gusta discutir con Anton y pensándolo bien si me molesté de más. Pero odio estar en peligro de muerte y no poder hacer nada. Si por mí fuera, nunca viajaría en avión.

 

Kliment miró de reojo como Hatti le pasaba la mano por el hombro y se pegaba a él.

 

—Te siento tenso. Llevamos cinco manzanas hablando estupideces, ¿no puedes relajarte un poco? —dijo ella con una cálida sonrisa.

—No es tan fácil. Nunca es fácil cuando tienes la responsabilidad de la operación sobre tus hombros y eres el único que no puede defenderse — confesó el detective, aún sin encontrar sus ojos con los de Hatti.

—Claro, nunca es fácil, pero menos lo será si cargas un avión de estrés sobre tus hombros. Cualquier cosa que pase mañana estará escrita, Kliment. No podrás hacer nada para cambiarlo, pero lo que si puedes hacer, es tener la mente más fresca para afrontarlo mejor.

 

El detective volteó a verla.

 

—Cuánta razón tienes, pero nunca es fácil abandonar el estrés, ¿o sí?

—Entonces déjame ayudarte a hacerlo.

 

Hatti comenzó a masajearle los hombros, lenta y suavemente, mientras le susurraba al oído:

 

—No te conozco tanto como quisiera, pero estoy segura de que eres un hombre todavía más genial de lo que dejas ver. Revélame algo de lo que escondes, anda.

 

Kliment continuaba tenso, a pesar del masaje. Anton le había contado como sentía que destrozaba a aquel pobre motoquero, y si bien no quería hablar del tema, las interrogantes ameritaban respuestas.

 

—Puedo asegurarte que no soy el único que desea descubrir secretos—contestó el hombre le con una leve sonrisa.

—¿Eso es lo que le respondes a una chica que quiere saber más sobre ti?—reclamó Hatti, sin abandonar su curiosa expresión. —Nunca olvides quien soy. Por mucho que quiera, no debo revelar nada…

—¿Entonces, debo ceder?

 

Por la forma en la que se miraban, ambos ya sabían bien lo que querían.

 

—El jefe siempre dice: que no hay mejor arma, que un leal poder malvado contra otro poder malvado.

 

Hatti alzó una ceja sin abandonar su amplia sonrisa.

 

—¿Y qué dice tu jefe sobre tus amistades?

—Que las corrompo a todas… —dicho aquello, los labios de Kliment y Hatti se encontraron apasionadamente a la luz de la luna, cobijados sus sensuales sonidos por el corrido de las aguas.

 

Un rato después, ambos regresaron al departamento.

Habían entrado silenciosamente, cuidadosos de no despertar a Anton.

Aunque fuera innecesario. ¿En qué estaría pensando Hatti, que no se había dado cuenta que bajo las sábanas del vampiro, éste no se encontraba?

Ni ella ni Kliment sabrían hasta la baja madrugada, cuando se despertaron, lo que Anton había estado haciendo fuera del motel durante la noche.

No importó su sigilo. Detective y agente fueron despertados al sentir al jagser llegar. Y trajo consigo un rifle de francotirador.

 

—Realmente te necesitamos hoy, Kliment. Pero no al Kliment inútil, sino a ese viejo bigotón, capaz de poner a sudar a usuarios de energía vital. No preguntes donde lo conseguí, por qué mi energía vital está agotada, ni porqué tengo un puñal enterrado en la espalda. Solo aprecia esta belleza con la que le volarás la cabeza a la mismísima Medusa… ¿Qué tan fuerte será su cascarón?

 

A pesar de su rudeza, las palabras de Anton conmovieron al somnoliento detective.

 

Tras beberse un litro de sangre y haberse sacado el puñal, el vampiro estaba como nuevo y los tres pudieron emprender rumbo a la batalla final, y esta vez sin motoqueros pisándole los talones… o eso creían.

 

El amanecer del día era acogido en Strogomdom con notable energía.

 

Erick y los guardias custodiaron a Manet hacia un avión privado que despegaría cerca del mediodía.

Zemko dejó ir a su querida Gyuna con un beso.

A sus espaldas, en su enorme habitación de espejos, algunos ingenieros trabajaban removiendo los mismos.

Un anciano con un aspecto extraño, similar al de un brujo, llevaba en brazos un muñeco un tanto peculiar, pues parecía como un ser vivo incompleto.

 

—Oiga, ¿está seguro que no quiere uno completo? Tengo mejores.

 

Haciendo oídos sordos, Zemko ignoró al brujo.

 

—Solo déjalo en el cuarto de los vinos —ordenó y luego se giró hacia Gyuna.

—Cuídate mucho, ¿sí? —rogó ella, preocupada y con los ojos vidriosos.

—Lo haré, ¡te prometo que lo haré! —le aseguró Zemko, muy positivo, inspirándole toda la confianza que podía a la preocupada lamia. —Pero necesitamos detenerlos aquí, no podemos permitirnos una persecución internacional. Hoy no es un buen día para volar, pero sino pueden llegar a Dosturia bajen a Azsuria y tomen el barco desde allí. De ninguna manera permanezcan aquí. Intentaré irme con ustedes, pero si no puedo, nos reuniremos en Nueva Fissovia, ¿está bien?

 

Gyuna solo afirmó con la cabeza y posteriormente dio media vuelta para marcharse al aeropuerto.

Zemko había retenido a unos guardias de la mansión. Entonces, un inesperado mensaje llegó a su teléfono. Al leer, su confianza se elevó tanto que ordenó al resto de la guarnición unirse al grupo del aeropuerto.

 

Horas más tarde, el grupo entró en Strogomdom, directo a la sede del reptiliano. Aunque habían parqueado el auto algunas calles antes, desde lejos notaban que las puertas de la enorme mansión estaban abiertas. Era una clara invitación al combate que se avecinaba.

 

Solo Anton y Hatti caminaron a la entrada. Kliment mantenía contacto con ambos a través de unos comunicadores, que el vampiro había arrebatado a los mismos mercenarios que tenían el rifle francotirador.

 

El edificio parecía desolado, y el dúo no hubiese tardado en entablar combate con el objetivo principal, pero algo sucedió. El sonido de una moto comenzó a oírse cada vez más fuerte.

 

—¡Corre hacia arriba! —exclamó Hatti.

 

 Sin perder tiempo, Anton huyó hacia las escaleras cuando bombardearon el salón donde se encontraban.

 

A través del humo, con quemaduras notables en su piel, la impasible Dalaezstra hacía acto de presencia. Dispuesta a acabar con lo empezado de una vez y por todas.

 

Hatti aceptó el encuentro y se paró contra ella, dándole a entender a Anton que no necesitaba ayuda, por lo que el vampiro continuó su camino.

 

—¿Sabes que le pasa a una persona cuando recibe una carga eléctrica letal? —Dalaezstra lanzó su pregunta mientras electrificaba sus puños. —Patalea, se babea. Sus ojos se ponen blancos, le sale espuma por la boca… ¿tienes idea del placer que me provocará verte en ese estado?

—Amiga, conozco un buen psiquiatra que sabe quitar fetiches raros, ¿te lo presento?

—¡Cierra la boca! —ante el disfrute con el que Hatti se estaba tomando las cosas, Dalaezstra avanzó rápida y fugazmente, más de lo que la agente pudo prever.

 

Un golpe, seco y directo, casi desmonta su mandíbula, y la de negro salió disparada contra la pared, perdiendo su sombrero en el trayecto.

 

—Vaya… estamos inspiradas…

 

Se limpió la sangre de su boca y cuando alzó la mirada, la bota metálica de Dalaezstra estaba a punto de aplastar su rostro.

 

Esta vez Hatti consiguió concentrar energía suficiente en su cráneo para que la bota, también con energía vital, no le aplastara la cabeza. Entonces, un gran choque de poderes se produjo.

 

La agente salió victoriosa y por medio de una finta, logró arrojar a la Raijun contra el suelo. Acto seguido se alejó de un salto.

 

—Técnica de Invocación: ¡Suppililiuma! —Hatti comenzaba a tomarse en serio la pelea y su temible invocación se manifestó.

 

El monstruo de tinta, atado a su espalda, no tardó en extender sus tentáculos negruzcos para cubrir el salón. Fue en ese preciso instante, cuando toda luz se esfumó, que Hatti empezó una segunda transformación. Una que por la energía tan grande que desprendía Suppililiuma, Dalaezstra no supo determinar si era artificial… o natural.

 

—Elemento mágico de Rayo: Bomba olímpica —conjuró la Raijun, comenzando a transformarse también.

 

Su técnica se manifestó como un orbe de energía azulada. Uno muy luminoso.

Hasta que no fuera destruido, sería imposible recomponer la oscuridad del lugar.

 

—¡Ah! Muy lista la rubia de los fetiches raros…

 

Hatti sonrió y se apresuró a regresar a su forma normal. No quería que la vieran más de lo necesario.

 

Dalaezstra entonces comenzó a volar alrededor del salón. La manta que tenía en el lugar donde debía estar su cabello comenzó a unirse y alargarse, creando una especie de larga cúpula, en forma de aguijón sobre su cabeza. Más que un arma natural, era un imán de rayos. Incluso con dos techos de por medio, sería capaz de redireccionar alguno contra el salón y abrirle otro hueco todavía más grande, uno que la tinta no fuera capaz de cubrir.

 

La bomba no solo alumbraba, sino que desperdigaba rayos por doquier.

Hatti esquivaba cuanto podía. Incluso había desenvainado su bastón con punta afilada para intentar abrir en canal a la Raijun, cuando sobrevolara sobre ella.

Justo cuando se le presentó la oportunidad, un rayo la alcanzó y la debilitó. Dalaezstra entonces descendió en picada, pero no logró dañarla, pues una pared de tinta la envolvió y la hizo desviarse contra su propia bomba.

 

Como un elemento mágico jamás hará daño a su mismo usuario, la electricidad de la bomba solo le retiró la tinta y ambas se reincorporaron. No obstante,  Hatti seguía teniendo las de perder.

 

No solo no lograba alcanzarla con la tinta, sino que los rayos que no le impactaban chocaban contra las paredes, amenazando con tirar abajo toda la estructura. Si aquello pasaba, la luz solar ya no podría ser bloqueada y Hatti no sería capaz de mostrar todo su poder. Debía pensar en algo rápido.

 

—¡Te veo muy lenta! ¡Se acerca el momento donde quedarás achicharrada!

—No~ rubia de fetiches raros, no te calientes viendo gente electrocutada, no lo hagas.

—¡Ay! ¡Cállate! —la Raijun bajó en picada inmediatamente, azuzada por la broma de su adversaria.

 

Había activado una técnica, con la que se convirtió en un potente rayo.

Hatti no podía volver a usar sus trucos con la tinta. Entonces se decidió, extendió sus brazos y…

 

—¡¿Qué diablos es eso?!

 

Los ojos de Dalaezstra reflejaron el terror. Y aunque la penumbra no era absoluta, Hatti lo había hecho.

 

Aunque su enemiga dio marcha atrás, una densa y terrorífica negrura le había arrancado los brazos en el proceso.

La rubia gritó de miedo y dolor, pero Hatti no se dejó amedrentar y aumentó su energía hacia la bomba, haciéndola explotar.

 

Afortunadamente, Hatti lo había previsto y usó un muro para protegerse. Los agujeros poco a poco se fueron cubriendo de tinta sólida.

 

—¡Te vi!

 

Dalaezstra, en su desesperación, se arrastró hasta una pared en la que se apoyó para pararse. Todo el salón se estaba oscureciendo rápidamente. Era su final.

 

—¡Ya sé lo que eres, maldita perra…!

 

El siguiente movimiento fue preciso. Hatti le había clavado su bastón en la lengua a la Raijun, reteniéndola contra la pared, alzando así su cabeza.

 

—Shhh, no lo digas —la voz de Hatti se escuchó más imponente que nunca.

 

Y con algún otro objeto afilado, degolló de un tajo el cuello de su enemiga.

 

—Solo… no lo digas…