Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 8: Un jaque después del mate

Luego de subir las escaleras, Anton atravesó la puerta que lo conducía al gran salón de los espejos. Al final del espacioso sitio, Zemko yacía sentado sin muchas ganas de pelear. Se veía triste, pensativo, con la mirada vacía. Vestía como siempre, salvo por un casco electrónico que le cubría un ojo.

 

—Oh, ya está aquí, señor… —anunció, volviéndose hacia el vampiro.

—Holzner, Anton Holzner.

—Me sería muy grato si pudieras hacerme un favor…

 

Mientras Zemko hablaba, Anton avanzaba muy lentamente. Expectante a todo lo que pasaba y con energía vital concentrada en sus manos. Oía también cualquier alerta de Kliment, a través de los comunicadores.

Su mira telescópica estaba adaptada para detectar energía en el ambiente.

El cuarto de abajo, donde peleaban Dalaezstra y Hatti se veía profundamente colorido, pero el salón de los espejos no reflejaba ninguna señal.

 

—Ven. Puedes acercarte. Tengo algo que proponerte. Solo quiero charlar — Zemko levantó los brazos en señal de rendición, lo que alentó a Anton a moverse a alta velocidad, apareciendo en un parpadeo.

 

El lento actuar de Zemko y su poca predisposición a la violencia no le bastaron al vampiro, quien rápidamente le hizo una llave y lo empujó contra la pared. Inmovilizó sus brazos y con ello, enlenteció cualquier flujo de energía hacia ellos. Lo había acorralado casi de inmediato.

 

—Me dijeron que usas energía vital… ¿dónde está? —preguntó Anton con voz ronca y fuerte.

—¿Me ves cara de querer hacerlo?

 

Anton aplicó más fuerza.

 

—Estás siendo buscado por todo el condenado país. Eres muy astuto para esto Zemko, ¿por qué diablos creería que te dejarás atrapar sin más?

—¿Crees en dios? —preguntó, indiferente a la situación.

—¿Por qué lo dices?

—¿Cómo te sentirías si tu última opción como devoto… es matar a tu dios para acabar con su sufrimiento?

 

Aquella pregunta enmudeció al vampiro. Todos sus cimientos morales temblaron ante aquello.

 

—¿Qué quieres decir?

 

Zemko explicó, aletargado:

 

—No hemos hecho más que deteriorar el estado de nuestra diosa. No hay forma de quitarle todos sus sellos. Nunca volverá a ser lo que era. Su horrible cascarón la hace sufrir.

 

La llave del Jagser se suavizó.

 

—¿Dónde está su cascarón?

—En el almacén de vinos. Te llevaré porque quiero cerciorarme de su destrucción. Por favor, prométeme que lo harás, ella no debe seguir sufriendo, no vuelvas a entregarla…

 

Anton no daba crédito a lo que oía. Por su mente pasaban muchas ideas distintas.

 

—¿Estás seguro de lo que me estas pidiendo? ¡Quien mate a Medusa va a matar a toda su raza! ¡Serás considerado el mayor criminal de toda la eternidad por la raza que juraste defender! ¿En serio podrás dormir con eso?

—Mantenlo en secreto, yo también lo haré. Solo así retrasaremos todas las consecuencias que estábamos a punto de desatar. A veces hay que tomar decisiones que afectan a miles de millones, Anton. Conservar el status quo casi siempre es una derrota segura.

 

Zemko se expresaba con un tono vacio. Por su parte, Anton esperaba impaciente cualquier mensaje de Kliment, alguna cosa que le confirmara que Zemko mentía, pero incluso el detective al otro lado estaba impactado sin saber qué ocurría.

 

—¿Puedes hacerlo entonces?

 

 

El silencio de Kliment lo hizo razonar por sí mismo y su idea tuvo bastante lógica. Si Zemko se había asesorado mal y realmente era posible liberar a Medusa, desperdiciaría una grave oportunidad sino la mataba. Pero por otro lado, no devolverla al general sería un grave problema.

 

La responsabilidad que caía sobre sus hombros era monumental y el vampiro no estaba preparado para asumirla. Pero no tenía demasiado tiempo, así que finalmente asintió con la cabeza.

 

Quería ver el cascarón de Medusa para terminar de convencerse.

 

Permitió que Zemko lo guiara. Su estado de ánimo empeoraba a medida que se acercaba. Al abrir la puerta que daba al almacén, yacía sentado en una silla un muñeco con rasgos humanos. Llevaba varios dibujos de runas en su piel.

Tenía corazón y palpitaba. Sus ojos se movían, pero no hablaba ni hacía otra cosa más que sufrir espasmos, amarrado en la silla sobre su propia orina.

 

—Solo… solo hazlo… —Zemko rompió en llanto al pie de la entrada, sin poder acompañar al Jagser.

 

El vampiro estuvo a punto de tocar al muñeco. Lo asombraba el estado de deterioro, en especial el suero que recibía.

 

Fue entonces cuando Kliment detectó algo con su mirilla. Una concentración de energía se formaba en la entrada del almacén. Zemko, quien supuestamente lloraba sin remedio, estaba preparando sus poderes, disimuladamente.

 

—Es una trampa, ¡Sal de ahí, Anton! —le gritó el detective por el comunicador y el vampiro actuó inmediatamente.

 

¡Pum!

 

—¡Por poco! —exclamó Zemko, recuperando su rostro alegre.

 

 El vampiro golpeó un denso vidrio invisible que impedía su escape.

 

El reptiliano aumentó la concentración de energía de golpe, terminando la técnica antes que Anton pudiera volver a embestir.

 

Aquello era un auténtico cristal impenetrable. El Jagser pensó en usar alguna técnica de calor para pulverizarlo, pero antes de lograrlo, Zemko sonrió y sacó de su bolsillo un detonador.

 

Lo pulsó y el almacén voló en mil pedazos.

 

Solo su vidrio blindado se mantuvo en pie.

 

Kliment rechinó los dientes y se llenó de espanto por un momento, pero su mirilla no tardó en enfocar nuevamente la energía vital de Anton, resurgiendo.

 

Ni siquiera una bomba podría acabar con un vampiro de clase Neptuno y Zemko lo sabía. Sin embargo, no se salvó del todo, ya que ahora estaba aturdido.

 

Al mismo tiempo, el reptiliano observaba la lucha de Hatti, a través de las cámaras proyectadas en su casco. Maquinó una serie de estrategias para encargarse de ella, cuando Anton lo sorprendió, rompiendo el techo y embistiéndolo con una patada. Un ataque respondido por un golpe de su parte.

 

Ambos tomaron distancias y el reptiliano conjuró su elemento mágico de silicio: Cristales de Tornado. Cientos de vidrios se dispararon contra el vampiro, quien respondió congelando gran parte de ellos y rompiéndolos en el aire.

 

Volvieron entonces a cerrar distancias, librando un duro combate de puñetazos. Zemko notó como Anton esquivaba con relativa facilidad algunos de sus golpes y no tardó en percibir su comunicador. Prefirió volver a retirarse. Anton lo persiguió, pero un bombardeo constante de vidrio le obligó a replegarse.

 

Al final, terminaron frente a frente.

 

Podían sentir la batalla del piso de abajo. Anton seguía incomodándose por los deformes aspectos que tomaba el cuerpo de Hatti.

 

—También lo percibes, ¿verdad? —el reptiliano levantó una ceja. —Te siento tenso, imagino que no la conoces tan bien como creías.

 

Anton permaneció callado mientras Zemko “actualizaba” su tablero de ajedrez.

 

—¡Ups! Acabo de quedarme sin aliados, creo que a partir de ahora serán dos contra uno…

—También te vas a quedar sin lengua como sigas hablando sandeces. ¿Dónde diablos esta el cascarón real? —Anton no hubiese tenido problemas en seguirle la rima a sus enemigos, pero su actual adversario le caía especialmente mal.

—A salvo, descuida, aquí todo está pensado —finalizó colocando la última ficha.

 

Entonces se sacó el casco y desvió su mirada hacia la entrada del salón.

Hatti caminaba lentamente mientras un aura de penumbra la cubría. Las paredes y el suelo se llenaban poco a poco de tinta. Las ventanas comenzaban también a cubrirse y la luz del sol abandonaba el salón de los espejos.

 

Zemko fingió asustarse al verla. Hatti solo sonrió. Sabía que a diferencia de Anton, él no era tan ingenuo.

 

—¿Te cenaste un payaso hoy? Con ese hocico de cocodrilo es probable…

—¡Ah, mira! Alguien con buen humor, ¿ves, vampirito? No era tan difícil tener un combate ameno.

 

Anton permaneció serio, al igual que su compañero espectador.

 

—Hatti, cuidado, es un mentiroso de pacotilla. Caí en su trampa la primera vez, pero ya se lo sucio que juega.

—Sí, ya los sentí a ambos —Hatti giró su puntiagudo bastón en el aire y dio un paso veloz que sorprendió al propio reptiliano.

—¿Creen que solo caerán una vez en mis trampas? —para cuando el reptiliano huyó de Hatti lanzando su pregunta, gran parte de la habitación cayó en absoluta penumbra.

 

La agente comenzó a transformarse en aquella dantesca criatura en el aire. Los ojos de Anton, adaptados para la oscuridad, la divisaban perfectamente y aquello le permitió comprender las palabras de Zemko.

 

—Mírala, vampirito. Observa cómo se transforma, ¿realmente, crees que eso es una técnica de transformación corriente? Solo está usando la energía vital de su invocación como tapadera. ¡Es un monstruo!

—Mi organización prohíbe monstruos, ¡Maldito zoquete!

 

Cuando Hatti estuvo a punto de alcanzarlo, de la pared salió un enorme y grueso pico de cristal.

 

—Elemento mágico de silicio: ¡Perforadora de Cristal!

 

La técnica conjurada por Zemko no fue muy útil contra ella, quien pudo esquivarla, sin problemas. Sin embargo, ésta atravesó las ventanas y la tinta, dejando entrar los primeros rayos de luz.

 

El sol forzó a Hatti a abandonar su transformación y con ello la persecución de su adversario, quien además usó sus cristales para incrementar el reflejo luminoso.

 

La piel de Anton ardió y se apresuró en buscar refugio, mientras que Hatti formó una cápsula de tinta a su alrededor.

 

—¿Qué pasa? ¿Dónde esta su envalentonamiento? ¡¿Dónde está?! ¡Que no lo veo! —se burló el reptiliano, tras dejarlos contra las cuerdas.

 

Tomándose su tiempo, mientras cómo rematarlos, fue a mover las piezas de su tablero, cuando un certero disparo rompió uno de sus espejos. Aquello desvió la atención del reptiliano y pronto ese mismo espejo fue tiroteado hasta desaparecer. Sin un solo puente que continuara el camino de la luz, pronto la habitación volvió a oscurecerse.

Y como una flecha, Hatti salió disparada contra Zemko.

 

—¡Ahora si te voy a matar! ¡No volverás a hacerme esa mierda! —afirmó Hatti, riendo de forma macabra y exaltada.

 

Zemko volvió a sonreír y creó un cristal de reemplazo. La luz volvió de regreso y golpeó a Hatti a media transformación, ahora quemándola a medias.

 

—¡MALDITA SEA! —gritó la agente, volviendo a cubrirse.

 

Estaba más enojada que nunca.

 

Su tinta intentó cubrir el hueco en la pared, pero enormes cantidades de proyectiles dispersaban la tinta negra e imposibilitaban cualquier acción.

 

—¡Oye! ¿No que tu organización no aceptaba monstruos? ¡Que raro que a una humana le de miedo la luz del sol! —gritó Zemko mientras Hatti apretaba los dientes.

 

No solo la humillaba, sino que la desenmascaraba frente a sus propios aliados.

 

Zemko no esperó a que el francotirador disparara y se apresuró a conjurar su elemento mágico de silicio: Ofensiva cristalina. Su técnica le permitía sacar grandes estacas de vidrio desde todas partes del salón y todas fueron directo a ensartar a Hatti, dentro de su cascarón de tinta.

 

La victoria de Zemko estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, un gran ruido se escuchó al costado del reptiliano. Anton acababa de salir de la pared y había arrancado un cristal. Su puño calórico, por primera vez, sorprendió al reptiliano, golpeándolo en la cara.

 

La estrategia improvisada que Kliment le reveló por el comunicador no acababa ahí. Sin que el reptiliano lograra reemplazar el cristal a tiempo, Anton empleó su elemento mágico de frío: Canal de Frío Letal.

Extendió sus brazos con las palmas abiertas y la hilera de espejos fue congelada, bloqueando completamente la luz del sol.

 

Aunque el cascarón se encontraba perforado, era indudable que Hatti seguía viva. Cuando la penumbra regresó, la tinta negra se derramó, dejando ver a una Hatti completamente transformada con varias estacas de vidrio, enterradas por todo su cuerpo.

 

—Mira, Anton, ¿te parece que esto que es natural? No creas en sus mentiras, ¡nunca verás un monstruo así! ¡En ninguna parte! —Hatti hablaba segura mientras su piel, completamente negra, se fundía en la oscuridad para atravesar y evadir las estacas.

 

Era una figura humanoide, de más de dos metros. Tenía los ojos negros con pupilas amarillas y usaba una máscara de hueso; lo único que no era oscuro de todo su cuerpo. Sus fauces eran grotescas, con múltiples colmillos, sobresalientes. Y se encontraba repleta de bocas y pelaje espinudo.

Poseía además la facultad de expandirse en la oscuridad, para abarcar rangos inimaginables, mientras pinchos emergían de los orificios de su piel para triturar a cualquiera que se pusiera delante.

 

En aquel punto, solo Anton rechazaba ver la realidad que Kliment y Zemko habían aceptado. Hatti era un monstruo y uno muy poderoso.

Su cuerpo se nutrió de la penumbra y avanzó sobre el reptiliano, que tenía ahora a Anton muy cerca.

 

—Bueno, solo hay una forma de que no puedas aprovechar los lugares cerrados, ¡que no haya techo! —exclamó Zemko, aun divirtiéndose con la situación.

 

Se abrió paso, embistiendo una pared, para luego saltar a la calle.

 

Anton repitió su Canal de Brisa, pero ahora contra Zemko.

 

El reptiliano comenzó a congelarse sin poder llegar a su objetivo, antes que los tentáculos de Hatti lo alcanzaran.

 

—Sé que me aman, pero aun no pueden tenerme —se burló y conjuró nuevamente su perforadora de vidrio.

 

En esta ocasión, la técnica apareció desde afuera y abrió otro gran boquete por el que entró la luz. Sin embargo, los espejos no funcionaron.

Los tentáculos oscuros de Hatti empezaron a quemarse y rápidamente lo liberaron, lo que permitió a Zemko levantarse y saltar lejos de allí.

 

Anton intentó detenerlo, pero la perforadora de vidrio no se detuvo y por poco acabó destrozado. Debió de esquivarla bruscamente, golpeándose la cabeza contra la pared y haciendo añicos su comunicador.

 

El reptiliano buscaba retrasar el enfrentamiento en una persecución callejera, inviable para el dúo por el sol del mediodía.

 

Un solo disparo oscureció sus posibilidades de victoria. Kliment acababa de volarle la rodilla con un disparo certero. Hubiese querido provocar un daño mortal, pero la rodilla era la única zona no blindada de energía vital.

 

Zemko gritó y cayó junto a unos escombros.

 

—¡Aún no han visto mi último movimiento! —rugió desde el suelo, buscando su celular.

 

Mientras escribía algo, Kliment apuntaba su cabeza, que se escondía tras un pedazo de pared. En ese preciso instante, se dio cuenta de que había cargas de explosivas entre los pedazos de pared. Entonces concluyó: “Sí todo el almacén tenía explosivos, también el salón de los espejos”.

 

Al darse cuenta de que el comunicador de Anton no funcionaba, gritó cuanto pudo, pero tampoco fue escuchado.

 

Zemko guardó su celular al ver como un tentáculo descendía contra él, uno que no se quemaba con el sol. Se abrazó a una de las cargas para asegurarse de que todo su cuerpo desaparecería y sacó el mismo botón con el que había accionado las anteriores cargas.

 

Kliment corría con el corazón en la boca, atravesando el tumulto de gente que se formaba alrededor de la mansión, gritando desesperado que salieran inmediatamente del segundo piso, pero no pudo llegar a tiempo.

 

Zemko lo miró con una última sonrisa cínica y apretó el botón.

 

A varios kilómetros de distancia, Gyuna, Erick y Manet permanecían a la espera, dentro del avión y en una pista de aterrizaje clandestina.

Fue cuando divisaron una terrible explosión en Strogomdom.

 

El estruendo había interrumpido a la lamia, que revisaba su celular tras haberle enviado un último mensaje a Zemko.

 

Manet se asombró y le hizo señas a Erick. El arlequín observó el panorama, pero poco después desvió su mirada a Gyuna, que miraba su celular.

Cuando sus ojos reflejaron el mensaje que acababan de mandarle, no pudo disimular las lágrimas mientras formaba una sonrisa: “Te amaré por siempre”.

 

Dentro de la gigantesca nube de polvo, solo los pasos apresurados del detective se oían, internándose en el edificio. Toda la estructura superior se había derrumbado sobre la primera. El techo, de un material mas ligero que las paredes, se había pulverizado por las detonaciones y solo quedaban en pie las paredes alrededor de ambos.

 

Anton se encontraba gravemente herido, pero el sol era lo que más daño le hacía, pues quemaba su piel vampírica.

 

Cuando el detective llegó, Hatti permanecía parada frente a Anton. Su cuerpo real estaba expandido y destrozado. Se había interpuesto entre Anton y las explosiones en un intento por protegerlo.

 

—¡Hatti! —exclamó el detective y corrió a socorrerla.

 

Un pedazo de su máscara cayó al suelo. Sus piernas comenzaron a temblar.

 

—No llames una ambulancia… —ordenó, antes de perder el conocimiento.

 

El detective cubrió al vampiro con su abrigo mientras se ponía sobre Hatti, tapándola con su propio cuerpo, casi por completo.

 

Al ver como la piel de Hatti se disolvía por el sol y se transformaba en un líquido negruzco, Kliment acabó por ignorar sus últimas palabras y convocó a una ambulancia por teléfono. Al terminar la llamada, notó que Anton también empeoraba.

 

—Kliment, dime la verdad, ¿Qué es esa cosa? —preguntó el vampiro, con un hilo de sangre bajando por su barbilla.

—¡No es una cosa, maldita sea! ¡Sigue siendo Hatti! —gritó la cubría.

 

Gotas de sudor caían sobre su cuerpo

 

—¡Te protegió maldita sea!

—Sí, me protegió. Pero no me juzgues, Kliment. Da miedo, realmente. Nunca había visto un monstruo así y la miras como si tampoco lo hubieras hecho.

—Esta mierda es muy grave, Anton, ¡muy grave!

—¡Pero, qué es?

—Es una Taiale, maldita sea, ¡una jodida Taiale! —Kliment sonaba realmente estresado. —Estos monstruos no existen desde hace siglos, los extinguieron por lo poderosos que eran.

—¿Un monstruo extinto?...

 

Anton aún no salía de su asombro. El olor a carne quemada a través de su abrigo empezaba a sentirse cada vez más.

 

—Cualquier Laboratorio puede hacerse multimillonario experimentando con un monstruo extinto. El recurso de la ambulancia es muy peligroso, ¿pero qué carajos voy a hacer? ¡No quiero que muera aquí!

—Kliment, te entiendo… nadie te está juzgando… ahorra tus fuerzas…

 

Los ojos del detective giraron de Hatti a su compañero. Estaba a punto de perder la consciencia. La ambulancia acababa de parquearse a pocos metros. La sirena de los bomberos también podía oírse.

 

—Solo… no te separes de ella… —a pesar de la revelación, Anton hizo un último asentimiento y se quitó el abrigo para cubrir a Hatti.

 

 

Inmediatamente después cerró sus ojos. Kliment se desesperó más y movió su cuerpo para cubrirlo a él, sin percatarse de que el abrigo no era tan grande como para cubrir todo el cuerpo de Hatti, de forma que cuando los paramédicos llegaron, se asustaron al ver los oscuros y extraños pies que sobresalían bajo la luz.

 

Tanta fue la sorpresa que los paramédicos se llevaron primero a Anton.

Lo colocaron en una camilla que podía cerrarse para evitar los rayos solares, lo que liberó a Kliment y le permitió suplicarles a ambos que no comentaran que había un monstruo allí.

 

Se encontraba tan desesperado que le dio 60 calarios a uno y el resto de su billetera al otro. Para su suerte, los paramédicos callaron y luego de trasladar a Anton fueron por Hatti.

 

Kliment los siguió en todo momento. Hatti era demasiado grande para la camilla, por lo que sus pies volvían a sobresalir, aunque esta estuviera cerrada, y el detective los ocultó con su abrigo.

 

Medio Strogomdom rodeaba la mansión destruida y grababa con celulares el desastre, pero a pesar del tumulto, la ambulancia pudo moverse a toda velocidad, dejando a los bomberos atrás para apagar el fuego.

Para suerte de Anton, la ambulancia se había dirigido a un hospital civil, donde sería más fácil convencer a las autoridades que en uno militar.

A la par que Anton era llevado al salón de Emergencias para vampiros, Kliment hizo trasladar a Hatti a Emergencias para humanos, impidiendo que en el camino fuera destapada.

 

A pesar de los forcejeos y los esfuerzos, en un principio no había conseguido entrar, pero no tardó en ser convocado por el guardia, a causa del macabro hallazgo tras abrir la camilla.

 

—Señor, debo notificar esto a la policía.

—No, por favor no lo haga, le daré todo lo que quiera —Kliment casi hacía un teatro en la sala de espera.

—Señor, por favor, nunca he visto esa cosa en mi vida, ni siquiera sé cómo proceder con esa cosa.

—Solo conéctenla a una máquina de energía vital. Necesita regenerarse.

 

Cúbrala de la luz. Si su cuerpo no la recibe se recuperará más rápido.

Ante las palabras del detective, el doctor comenzó a sentirse indeciso.

 

—Por favor, somos mercenarios contratados por el gobierno. No soy un monstruo y el vampiro que venía en la ambulancia tampoco lo es. Ella nunca ha hecho nada malo, es la mejor persona que pueda encontrarse…

—Hágame el favor de no referirse a “eso” como una persona.

 

 Kliment estaba desesperado y el doctor lo notaba perfectamente.

 

—Solo haga eso, por favor. No necesitará ninguna intervención médica, se lo suplico…

—Si es cierto que ustedes trabajan para el gobierno, los militares no tomarán acciones contra ustedes cuando los llame. Haré lo que me dice, pero la esposaré a la camilla y en cuanto pueda llamaré a los militares —concluyó el doctor y dio media vuelta rápidamente para dar órdenes dentro del salón.

 

El detective, aunque con la cabeza a punto de estallar, sabía exactamente lo que tenía que hacer. Corrió al lobby del hospital, donde había un cajero automático. Se llevó las manos a la cabeza al darse cuenta de que había perdido la tarjeta de banco en la billetera, por lo que tuvo que correr a buscar la tarjeta bancaria de Anton. En el trayecto, frente a su cara pasó una persona con serias quemaduras rumbo a Emergencias. Eso mantendría ocupados a los del cuerpo de guardia.

 

De la cuenta bancaria de Anton sacó tanto dinero como pudo. Entonces, cazó individualmente a los enfermeros para sobornarlos con altas sumas, independientemente de si habían visto o no a Hatti. Por más que quiso, no pudo entrar al salón para hacer lo mismo con los ingresados que la habían visto. Todos se comprometieron a guardar silencio, pero ni siquiera había podido volver a hablar con el jefe, pues este no paró de recibir emergencias, hasta llegada la noche. En cuanto lo divisó salir a fumarse un cigarro al balcón del hospital, rápidamente caminó hasta encontrarlo.

 

Entre saludos y sonrisas, intentó el recurso del soborno. Dos mil calarios eran jugosos para cualquiera, pero el anciano doctor los rechazó tajantemente.

 

—El que nada debe… nada teme señor.

—Pagrashenko

—Su acento y apellido son de Praunia. Tengo en muy alta estima a la gente de su país. Por favor, no manche esa imagen.

—Disculpe —Kliment guardó el dinero. —Pero realmente necesito que no le avise a los militares. Le juro que trabajamos para ellos, pero perdí el salvoconducto y lo había firmado el mismísimo general Nordgard. Si tan solo contestara mis llamadas… ¡Me había dado un número directo!

 

Kliment veía la pantalla de su celular mientras pensaba en alternativas.

 

Se negaba a llamar a la central de la Andrat Karvans. Probablemente saldría rápido de aquel embrollo, pero desconocía las consecuencias negativas que aquello tendría para Hatti. No tenía opción, sobre sus hombros recaía todo el peso de aquel problema.

 

—Esta mañana confirmaron el fallecimiento del general Nordgard. Murió en una emboscada republicana —la tranquilidad con la que aquel médico daba semejante noticia contrastaba al asombro del detective.

—No me diga eso… —habló casi susurrando con la mirada perdida y sorprendida. Acto seguido guardó su celular. —Mire doctor…

—Gurnansson

—Vayamos directo al grano. Dígame que puedo darle a cambio de su silencio.

—Absolutamente nada.

—Todo hombre tiene algún deseo en su corazón. Sea el que sea, solo dígamelo —las palabras de Kliment se tornaron fuertes.

 

Iba en serio. Aquel viejo era su último obstáculo antes de salvar a Hatti.

 

—Patria y vida, amigo mío. Patria, vida y rey.

—Un patriota…

—El único que queda en este hospital luego de 3 décadas de guerra civil. Todos quieren que se acabe, yo solo quiero que ganemos —el viejo inhaló el humo de su cigarro. —Fui el médico personal del último emperador de la Garlavania unida. Conozco el principio de la historia y quiero vivir hasta conocer también su final. No existe un enemigo de la Garlavania Real que no haya pasado por este hospital sin que yo lo haya notificado. Hay terroristas que me han ofrecido millones, ¿pero qué puedo hacer yo con riqueza si mi país y sus ciudadanos no pueden tenerla? Si tan solo una de aquellas lacras hubiese salido sin esposas de este hospital, me hubiera convertido en cómplice de nuestros males. Si otro niño muere de hambre, si otro soldado es asesinado, si otra plaga vuelve a arrasarnos y no tenemos medicamentos, de todo hubiese sido yo el culpable. Sino tengo forma de saber que esa cosa esta de nuestro lado, entonces simplemente no lo está.

 

Kliment pensó muy bien lo que estaba a punto de decir, pero eligió tomarse en serio las palabras del anciano.

 

—Le seré franco. Esa “cosa” que aceptó ingresar estuvo a punto de dar la vida, como los millones de garlavanos caídos a lo largo de estos años por el reino. No, ella no es garlavana, ni es patriota, ni es humana, pero peleó no solo por ustedes sino por todos. Por humanos, vampiros y sátiros de todas las naciones e incluso por los propios monstruos. Somos agentes especiales y trabajamos para la Corporación Andrat Karvans. Nos encontramos en la caza de varios cabecillas de Nueva Fissovia que están en proceso de liberar a la diosa terrenal de las gorgonas. En la mansión que explotó estaba uno de ellos. Ella salvó mi vida y juntos podremos salvar la vida de muchos más. Pero solo si ella sale de este hospital. Solo así detenemos a los medusistas antes de que pase lo peor. Le prometo que así será.

—¿Tiene alguna forma de comprobar lo que dice, salvo la franqueza con la que habla? —aunque la pregunta del doctor era simple, Kliment se mostraba indeciso sobre mostrar partes confidenciales de su trabajo en su celular.

 

Aún así, no se iba a retractar. Era Hatti o nada.

 

—Tengo en mi celular pruebas reales de lo que acabo de contarle sobre Medusa. También sobre la organización a la que pertenezco y mi identificación dentro de la organización. Si gusta puedo tomar el celular de mi colega y mostrarle también la suya. De mi compañera por desgracia no puedo mostrarle nada, no conozco la clave de su celular o tan siquiera si sobrevivió a la explosión.

 

El doctor mostró interés en conocer las pruebas que Kliment estaba dispuesto a ofrecerles en un inicio, pero al comprobar su veracidad, se sintió convencido sin revisar mucho más.

Comprendía que el detective estaba arriesgando su pellejo por su compañera. Aquella demostración era más valiosa para él que cualquier fajo de billetes.

 

—Me siento convencido —declaró al final para alegría del detective. —En cuanto se regenere la quiero fuera de aquí. No quiero más chismes de los que ya deben estarse regando.

—¿Puedo verla? Si la veo mejor, prometo que nos iremos esta misma noche.

—Sí, puede verla.

—¡Mil gracias doctor! ¡En serio, muchísimas gracias! —exclamó Kliment antes de salir corriendo para ver a Hatti.

 

Lo único que su corazón temía era que el doctor lo traicionara, pero incluso con aquella paranoia, el detective era incapaz de ocultar su agradecimiento y felicidad.

 

Todo marchaba bien hasta que un repentino corte de energía dejó a oscuras el lugar.  Aquello le parecía inusual, pero nunca había estado en un país en guerra, por lo que supuso que podría no serlo en realidad.

 

Sacó su celular, prendió su linterna y siguió adelante.

 

Al llegar al pasillo de la planta baja, notó que solo éste mantuvo su luz. Kliment no encontró a nadie, salvo a un médico que caminaba sin rumbo con…

 

— ¿Tinta en los ojos?

—¡A… alguien! ¡Ayúdeme! —rogaba. —¡No sé cómo me cayó esto! ¡No puedo quitármelo!

 

El detective presenció horrorizado como el médico chocó contra una pared, una y otra vez, hasta caer al suelo, donde comenzó a rasguñarse con ansiedad.

 

La piel de Kliment se erizó y se apresuró a entrar a emergencias. Antes de empujar la puerta, ya había pisado un charco de sangre.

 

El salón estaba completamente oscuro, por lo que el detective apuntó con su linterna y encontró una pesadilla. Los ingresados de emergencia que estaban dormidos, tenían una máscara de tinta en su cara, pero aquellos que habían estado despiertos estaban todos muertos, asesinados de formas absolutamente espeluznantes.

 

A medida que la luz de la cámara apuntaba las camas, veía a gente que había sufrido quemaduras graves y agujeros, del tamaño de agujas gigantes, en sus cabezas. Tenían los ojos abiertos y la boca tapada con tinta seca. Sus expresiones faciales eran terroríficas. Habían sido masacrados sin poderse defender, sin poder gritar, sin poder suplicar.

 

Los enfermeros que allí se encontraban tenían sus cuerpos desmembrados, tirados por doquier. Sin haber divisado aún la vacía camilla de Hatti, Kliment no soportó la escena y rápidamente cerró la puerta, ignorando a los ingresados vivos que pedían auxilio y no sabían lo que estaba pasando.

Lo que allá adentro había visto se clavaría en su mente y lo acompañaría hasta su muerte, pero para su desgracia, no era más que un sangriento inicio.

 

Gritos por toda la primera planta fueron y vinieron. Kliment corrió al lobby del hospital y por donde pasaba, veía enfermeros atacados de formas horribles. Y era justo en aquel lugar donde los muertos se encontraban en mayor medida.

 

Él aún no lo sabía, pero los enfermeros que vieron a Hatti le habían comentado a muchos de sus compañeros, por lo que casi medio hospital acudió a atestiguar a la criatura. Hatti estuvo consciente durante todo el tiempo y se grabó todas y cada una de las energías vitales de esos desgraciados.

 

Ante semejante panorama. Las piernas de Kliment cedieron y el detective cayó de rodillas, con la mirada perdida. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando un estruendo lo hizo saltar. Alguien acababa de arrojar al doctor Gurnansson desde el cuarto piso y su cuerpo cayó sobre un auto.

 

Minutos antes, había recibido un mensaje que no vio. Pero  una nueva notificación llamó su atención. Un retorcido reproche, proveniente de la responsable de aquel infierno.

Las pupilas del detective se agitaron con nerviosismo y sus manos no dejaron de temblar. Apretó los dientes y estrelló su frente contra el suelo ensangrentado.

 

—¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! ¡¡¡MALDICIÓÓÓÓÓÓN!!! ¡¡¡AGHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!

 

Mientras Kliment sufría un colapso, la pantalla de su celular volvió a encenderse.

 

Era de Hatti, quien le dedicó unas últimas palabras:

 

 “Te dije que no llamaras una ambulancia".