Cuentos de Supervivencia

Capítulo 1: Bienvenidos al juego

Una joven chica vestida de maid, despertó en medio de un bosque oscuro, en un área circular limpia, sin vegetación, rodeada de árboles, como si alguien hubiera talado los que habitaban en ese perímetro con el objetivo de darles espacio para moverse.

“¡¿Dónde estamos?!” “¡¿Fuimos secuestrados?!” “¡¿Qué carajos hago aquí?!”, fueron unas de las muchas preguntas que rondaron en el grupo, mezclándose con la incesante bocina.

 

Confundida, Shiori intentó ponerse de pie, pero las ropas de maid se lo dificultaron, sumándole el hecho de que parecía haber sido drogada, le fue imposible levantarse. Los zapatos estaban bañados de lodo, sus medias blancas que sobrepasaban sus rodillas, se habían ensuciado. Se tocó su cabello lacio, el cual era claro con tonos rosados, aturdida a causa de los gritos de quienes la rodeaban. No había notado que en su delgada muñeca había una especie de reloj con una pantalla. Trató de quitárselo, pero fue inútil.

 

—¿Estás bien? —le preguntó dulcemente una mujer que sostenía un bebé en sus brazos. 

 

Era delgada, de baja estatura, llevaba puesto un vestido celeste pálido algo sucio. Tenía el cabello corto y unos ojos tan oscuros que llamarían la atención de cualquiera, eran atrayentes, reflejaban perfectamente el resplandor blanco de la luna.

 

Recuperándose de su sorpresa, la observó con detenimiento, dándose cuenta de que parecía afligida.

 

—No se preocupe por mí. Preocúpese por usted y su bebé, ¿están heridos?

—Estamos bien, siento algo de cansancio, debe ser un efecto del sedante.

—¿Sedante? ¿Qué sedante?

—Algunos dicen que nos drogaron y secuestraron —concluyó visualizando su entorno.

 

Shiori siguió su mirada, logró ver un número importante de personas discutiendo.

 

—¡No te me acerques! ¡Que nadie se me acerque! —gritó un joven violento alzando los puños. 

 

El grito despertó a un hombre a la izquierda de Shiori. Parecía ser un vagabundo de apariencia desalineada y cabello alborotado.

 

—Qué problemático ¿Qué es todo ese ruido? —se quejó levantándose y tropezando con su propio pie. Lucía ebrio, lo cual explicaba su torpeza.

 

Shiori se quedó viéndolo, pensando si necesitaba ayuda, ya que no solía detenerse en la calle para ayudar a una persona así.

 

—Señor ¿Está bien? —Decidió acudir de todos modos.

—Sí, sí, estoy bien señorita. Sólo estoy un poco… desorientado, es todo... supongo. Espera… en el bar no había maids… ja, ja qué buen sake —sonrió eructando después.

 

El olor a alcohol era nauseabundo, Shiori se tapó la nariz sin darse cuenta.

 

—Lo... lo siento es que... —intentó explicarse, consideró de mala educación su acción de cubrirse.

—Ja, ja, qué señorita más graciosa ¡Tráeme otra botella! —dijo el sujeto ebrio, antes de tirarse de nuevo en el pasto y dormir. La chica maid lo sacudió para despertarlo, sin conseguirlo.

 

De repente, la bocina dejó de sonar e hizo callar a los protestantes. Expectantes, impacientes y principalmente asustados, esperaron hasta ser sorprendidos por una sofisticada voz masculina:

 

—Ante todo, buenas noches. Lamento que hayan tenido que venir a participar de esta forma, sepan comprender, no es sencillo transportar a seres tan problemáticos como los humanos.

 

Varias voces se escucharon exclamando preguntas: “¡¿Quién eres?! ¡¿Dónde mierda estamos?!”

 

—Les agradecería evitar las interrupciones, el tiempo es oro como dicen.  Primero que nada, no busquen culpables, han sido escogidos sin ninguna razón. Digamos que la suerte estuvo de su lado. Todos jugarán una serie de juegos particulares. Si logran completarlos satisfactoriamente, podrán volver a sus respectivas vidas. El primer juego es muy sencillo, tienen una hora para sobrevivir escapando y refugiándose de un lobo feroz. Busquen en el bosque refugios aptos para su protección, pero les advierto, a veces la salvación conlleva sacrificios, así que sean meticulosos con la elección.

—¡Espera un momento! ¡¿Juegos?! ¡Dinos dónde está la salida, hijo de puta! —Un hombre parecido a un motociclista interrumpió la explicación.

—¿Quieres saber lo que sucederá si no juegas? —La voz sonó aterradora, agravándose por el momento.

 

El motociclista sintió un escalofrío recorrerle la espalda y en un instante, cayó al suelo agarrándose el cuello.

 

—¡Aaaaah! —gritó la mujer más próxima a él—. ¡Lo va a matar!

 

El muchacho se revolcó por el pasto hasta calmarse. Tosió y vomitó un líquido blanco y espeso.

 

—Eso les servirá como advertencia. Si alguien se reúsa a jugar, será asfixiado hasta morir. Observen los relojes en sus muñecas, les indicarán una cuenta regresiva, sabrán el tiempo que les queda para que el juego finalice. También les ofrezco un objeto personal, utilícenlo con astucia, así como también la forma en que se relacionan entre ustedes. Las rivalidades son comunes cuando se pone la vida en riesgo, en cambio les recomiendo que trabajen en equipo. La naturaleza humana suele ser egoísta, pero al fin y al cabo, los humanos siempre se necesitarán unos a otros. Con esto finaliza mi explicación, les deseo la mejor de las fortunas.

 

La intervención de la misteriosa voz los inquietó aún más. Un aire de ominosidad quedó impregnado en sus corazones luego de que la descarada voz guardara silencio. Muchos comprobaron los objetos personales guardados en los bolsos que estaban a su alcance e intercambiaron miradas temerosas. De pronto, varios árboles se derrumbaron en una sola dirección. Shiori no lo visualizó, era una de las personas más apartadas del extraño fenómeno. El fuerte impacto despertó al vagabundo.

 

—Hay que salir de aquí —aconsejó la mujer con el bebé.

 

Al dar el primer paso, escucharon un aullido. Lo siguiente, fue una avalancha de personas intentando escapar en la dirección contraria. Todavía no lo habían visto, pero presentían el peligro avecinarse, estaban demasiado asustados para esperar y confirmarlo con sus propios ojos.

 

—¡Esto no me gusta! —dijo el vagabundo saliendo de su adormecimiento.

 

Shiori intentó correr, pero perdió el equilibrio y tropezó. Dos personas la pisaron sin lograr esquivarla, una de ellas usaba tacones, lo que le provocó un corte en la frente. Shiori se paró en la primera oportunidad que tuvo.

 

La mayoría seguía corriendo, excepto un pequeño grupo, los que no aceptaban la nueva realidad, una que los llevaría a la muerte si se quedaban parados sin actuar.

 

El anterior aullido se transformó en un desgarrador rugido. En un estrepitoso salto, un aterrador lobo finalmente se presentó. Era de aproximadamente cinco metros de altura, su pelaje de color marrón lucía enmarañado, agitaba la cola de un lado para otro generando pequeñas ráfagas de viento. Conservaba repetidas hileras de dientes blancos, los cuales brillaban en la oscuridad de la noche. Resaltaban sus ojos completamente rojos. Espiraba un aire caliente expulsado de la mandíbula. El lobo se asemejaba más a un monstruo que a un animal.

 

En un estrepitoso salto cayó sobre los jugadores. Los aplastó como si fueran diminutos insectos, dejando un camino de sangre a cada paso. Avanzó con sus gigantescas patas y exterminó a los desafortunados que no lograron concretar el escape.

 

Shiori no miró atrás, los gritos de miedo, el crujir de los cuerpos, si los escuchaba más tiempo, sus piernas ya no reaccionarían a su voluntad. Ingresó al tenebroso bosque preguntándose «¿Por qué está sucediendo esto?».

 

Sin saber qué rumbo tomar, fue sorprendida por un sujeto, quien extendió las manos tomándola de las piernas. Era el vagabundo junto a la mujer, los que había conocido cuando despertó, estaban escondidos dentro de un hueco dejado por el derrumbe de un árbol.

 

—Gracias, señor —agradeció Shiori secándose las lágrimas.

—No me llames señor, dime Nishimura —pidió el hombre rascándose la cabeza.

 

Los adultos descubrieron las heridas de la muchacha y se preocuparon.

 

—Estoy bien, no es nada grave. El cansancio es peor, debo… descansar. —La agitación le impedía hablar adecuadamente.

—Descansa un poco. Por favor, dime tu nombre, el mío es Chiasa y el de mi bebé es Kami.

—Soy Shiori. Es… un gusto.

 

La mujer evitó que terminara la frase acariciándole la frente con calma. Se giró y miró a Nishimura.

 

—¿Cuánto tiempo nos quedaremos escondidos? Si viene el lobo…

—Escogí este lugar por una razón. Miren. —Señaló adelante, mostrándole un refugio construido con paja.

 

Basándose en la explicación del juego, supuso que sería un refugio para ocultarse del lobo, sin embargo, la advertencia de la voz sobre ser cuidadosos con la elección, prevaleció. Nishimura era un sujeto astuto, sobretodo cuidadoso. Tomaba en cuenta cada posibilidad y desconfiaba de cada desenlace probable. Prefirió mantenerse al margen y observar qué ocurriría en uno de esos refugios.

 

Shiori permaneció absorta en sus pensamientos, tratando de entender la situación en la que estaba antes de verse interrumpida por el llanto del bebé. 

 

—No llores, no llores mi cielo —suplicó la madre—. Te cantaré una canción o te contaré un cuento, tranquilo mi niño.

 

En la mente de la joven se entrelazaron posibilidades, después de ver el refugio de paja, y escuchar la palabra cuento, su memoria le gritaba la respuesta.  El llanto del bebé, la voz de Chiasa en un tono gentil, la imagen del lobo que representaba la mismísima muerte, le obstaculizaban pensar, pero cerrando los ojos, lo vio.

 

—Hermana, hermana, quiero que me leas este cuento. —El hermanito seleccionó un libro de la biblioteca y brincando de alegría se sentó al lado de Shiori.

—Los tres cerditos —leyó el título.

 

Retornando al juego, exclamó:

 

—¡Eso es! ¡Los tres cerditos! ... Este juego se basa en los tres cerditos. Y ese refugio construido con paja es... ¡Debemos sacarlos de ahí o el lobo...!

 

Intuitivamente, Nishimura se apresuró y le tapó la boca.

 

Una pata pisó sobre la tierra encima de ellos, paralizándolos. Respiraron el aire caliente, sofocante del monstruo. El lobo no notó sus presencias, se dirigió rápidamente hacia el refugio de paja.

 

Diez personas se ocultaban allí, formando un círculo alrededor de un monje budista. Recitando los mantras, el anciano fue el único en tomar las riendas de la situación e introducir la fe en los posibles últimos momentos de sus vidas. El lobo se acercó y rugió produciendo una ráfaga de viento que voló la paja revelando la verdadera forma del refugio.

 

La mano de Nishimura se apartó de la boca de Shiori, eligiendo cubrir los ojos de la joven para protegerla del siguiente acto.

 

No se trataba de un refugio, sino de una jaula.

 

—¡Señor Nishimura, Señor Nishimura! —Lo único que podía decir era su nombre en medio de la desesperación al descubrir la verdad, inconscientemente se aferró al brazo de ese extraño que acababa de conocer en medio de ese infierno.

 

La serena voz de Chiasa combatió contra el desesperante ambiente. En una situación así, por increíble que parezca, la canción de cuna logró distraerlos del espeluznante desenlace de la mortífera jaula.

 

El lobo rompió los barrotes del techo. Acorralados, el monje le rogó al resto que no se soltaran de las manos, porque juntos irían a un lugar mejor.

 

Nishimura intentaba mantenerse fuerte delante de las damas, pero nunca alcanzó a ser un buen sustento para alguien. Se tapó el rostro lloroso. Shiori sintió el temblor en  sus manos y se le recostó en el hombro. Aunque fuera en una tragedia, aunque fuera de parte de un extraño, era la primera vez que se sentía protegida por lo más cercano a un padre.

 

Las personas atrapadas fueron comidas por el monstruo, quien sin satisfacerse, continúo el camino en busca de los siguientes.

 

Minutos después, los tres salieron del hueco. La experiencia vivida los perturbó infundiéndoles un miedo jamás experimentado. Morir o vivir, nunca habían sido tan conscientes del contraste de esas palabras. Recordar sus vidas con aprecio y desear volver, era lo único que podían hacer en un momento como ese.

 

Chiasa como madre, se sentía una mujer fuerte que luchaba contra las adversidades, pero esa noche, comprendió lo lejos que estaba de serlo. Miró a su hijo caer en un profundo sueño y tomó una decisión. Si el destino fue injusto para ellos, poniéndolos en un infierno así, entonces el destino no quería que salieran sin pagar un precio. Con la voz ronca de tanto llorar, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y se atrevió a decir:

 

—¿Estás diciendo que estamos en medio de un cuento? 

 

Acomodándose la ropa de maid, la cual cuidaba para evitar los regaños de su jefe, miró a sus compañeros con determinación, contándoles su idea. Dedujo que ese juego se inspiraba en un cuento infantil, conocerlo les permitiría sobrevivir.

 

Nishimura miró el reloj con la cuenta regresiva, tan sólo habían transcurrido veinte minutos, restaban cuarenta para que la pesadilla terminara. Propuso encontrar el único refugio seguro. Por otra parte, Chiasa decidió descansar recostada en un árbol. Kami estaba hambriento, dedicaría unos minutos a alimentarlo con su pecho. Shiori y Nishimura se separaron de ella para buscar troncos y así encender una fogata. Hacía frío como para permanecer en la intemperie sin una fuente de calor.

 

Mientras cumplían con la labor, Shiori rompió el hielo, después de varios minutos en silencio.

 

—Señor Nishimura, ¿se siente mejor? ¿Se le fue la resaca? 

—Te preocupas demasiado por los demás. Tienes un corte en tu frente que no deja de sangrar, preocúpate por eso.

—¿Esto? No es nada. —Se tocó la herida manchando su dedo índice con sangre.

—¿No te duele?

—Desde pequeña soy insensible al dolor físico —contó aparentando fortaleza.

—¿No estarás enferma? Sabes, existen enfermedades así.

—No lo sé, yo… la última vez que entré a un hospital fue cuando murió mi hermanito. Luego de… no importa. Recolecté suficientes ramas para la fogata, ¿y usted?

—Claro que importa, acércate. Desinfectaré la herida. Como objeto personal me dieron una petaca con alcohol puro. Con unas gotas bastará. —Se acercó a la joven, pero antes de proceder, escucharon una voz proveniente de entre los arbustos—. ¡¿Quién es?! —preguntó.

 

Alguien gritaba de dolor, se trataba de un joven adulto tirado sobre el pasto. No se veía mayor a treinta años, tenía lentes ovalados, el cabello grasoso de color marrón y una casi imperceptible barba. Un aspecto descuidado para alguien que a esa aparente edad debería ser un universitario. Su pierna estaba cubierta de sangre, un tajo la recorría horizontalmente pudiéndose notar la última capa de piel.

 

—¡Duele, duele, duele, duele! —se quejó retorciéndose en el suelo.

—No es para tanto, hombre, deja de gritar —dijo Nishimura socorriéndolo.

—¡¿Qué no es para tanto?! ¡Es fácil decirlo si puedes caminar con tus dos piernas!

 

Nishimura se agachó molesto con su actitud. Notó un logo con la palabra “Moe” y lo llamó otaku seguido de un suspiro. Acabó vertiendo alcohol sin importarle las escandalosas quejas del herido.

 

—¿Señor Nishimura? ¿Qué son esos ruidos? —Shiori apareció delante del otaku, preocupada por los gritos.

«¿Una… maid? Y es… real», pensó maravillado por la ropa similar a las chicas 2d, el cabello reluciente danzando con la brisa y  los ojos brillosos y saltones. Todo esto fue recreado por su mente un tanto descolocada, la representó como si fuera un personaje de animación.

 

Nishimura lo trajo a la realidad con un cachetazo leve, rompiendo la ilusión.

 

—¿Quién es, señor Nishimura?

—Es la voz ruidosa que escuchamos. Una rama le rasguñó la pierna.

—Ya veo… ¿puedes caminar señor…? —le habló Shiori haciendo una pausa para que se presentara.

—Hi…Hideo.

—Señor Hideo. Mucho gusto, soy Shiori, él es Nishimura. Estábamos reuniendo leña para hacer una fogata, ¿te gustaría acompañarnos?

—Yo… —Hideo recordó lo mal que le había ido desde que salió corriendo apenas escuchó al lobo. Terminando así en su situación actual, herido en una pierna por escapar sin prestar atención a los obstáculos del bosque. —¡Iré con ustedes! ¡No quiero volver a estar solo! —La soledad escogida sin pensar, lo afectó psicológicamente. No paraba de gritar en cada palabra, como si el susto todavía lo estremeciera por dentro.

 

Al mismo tiempo, en el otro extremo del bosque, un grupo de quince personas halló una casa lujosa e inmensa construida de ladrillos, refugiándose allí del peligro de estar a la intemperie. La discusión del cómo llegaron a ese lugar se volvió el tema central del encuentro.

 

—Pensemos. ¿Alguien recuerda qué hacía antes de venir? —preguntó un adulto similar a un ejecutivo.

—Yo tuve un accidente con mi motocicleta, después de eso no recuerdo nada —contestó el motociclista.

—Si tuviste un accidente, ¿dónde están tus heridas? —dijo la única enfermera del grupo, se dedujo por la vestimenta clásica y su preocupación notoria por la salud de quienes la acompañaban en el refugio. Era hermosa a la vista, rubia y voluptuosa.

—No lo sé, el impacto me rompió el brazo, pero cuando desperté noté que estaba sano.

 

Muchos se inspeccionaron de nuevo, notando que cualquier herida que tuvieran anteriormente y afectara su funcionalidad había sido removida. De todos  modos, el sujeto vestido de traje siguió acusando al motociclista.

 

—Los de tu clase son criminales ¿Por qué no sospecharía de ti? Seguramente secuestras personas, traficas con drogas, armas o vaya a saber qué otras cosas. ¡Eres la escoria de la sociedad!

—¡Ahora sí te has pasado! —Avanzó el enorme sujeto contra él.

 

Mientras la discusión llegaba a otro nivel, incluyendo la violencia física, un hombre de cabello largo recogido con una coleta, bastante fornido y alto, dio una recorrida por la casa. Con sus ojos carmesíes, observó pensativo los objetos que había. Este portaba un bolso peculiar, comparado con los demás, era alargado como la funda de una katana japonesa. La tranquilidad lo destacaba del resto. Sería un claro sospechoso si los demás le hubieran prestado atención desde el comienzo. Un humano normal nunca lograría conservar la calma en la situación en la que se encontraban.

 

La casa contaba con numerosos muebles, cuadros y adornos decorativos, dándole un toque hogareño, extraño para un juego de supervivencia. A pesar de lo costoso que se veían los accesorios, electrodomésticos y la existencia de luz eléctrica, no había comida o suministros para vivir allí. El hombre de cabello largo se detuvo al ver una inmensa pared carente de cuadros. Le llamó la atención y la golpeó tres veces, escuchando un eco proveniente de la misma.

 

Abrió el bolso y extrajo una katana. El filo brilló con las luces de la casa, dando la impresión de que podría cortar la oscuridad misma. El motociclista continuaba golpeando el rostro del empresario, la enfermera gritaba para que se detuviera y los demás discutían acusándose mutuamente. El descontrol dentro del refugio desapareció después que el hombre agitó la katana en un simple movimiento y rompió una gran parte de la pared. Los escombros se desprendieron fácilmente:

 

—Lo encontré —murmuró.

 

 

Detrás de la pared, descubrió un secreto importante. La estructura de la casa estaba conformada por acero.

 

—Escuchen todos —comenzó—. Si quieren ser partícipes de su propia salvación, entonces háganlo con sus propias manos.

 

Luego de decir esas palabras, se alejó mientras ocultaba algo sin que nadie lo notara. Ahora era el turno para que los demás jugadores hicieran su aporte para sobrevivir.

 

El motociclista lo entendió y sacó su objeto personal, un bate de madera, destrozó parte de la pared con él. Acto seguido, ordenó a los presentes tomar lo que fuera para romperla. Ninguno se animó a obedecerlo, los motociclistas no eran personas confiables y aquel hombre no había empezado con el pie indicado para obtener la confianza del grupo.

 

—¡No me des ordenes, gran idiota! —dijo una mujer pelirroja saliendo entre el grupo. Sobresalió por la actitud obediente, pero desafiante al mismo tiempo.

—¿Gran idiota? —Se mostró agresivo, no obstante tras ver que se trataba de una mujer, retrocedió.

—Guarda tus energías. Trabajaremos en equipo. —La mujer le quitó el bate velozmente y destrozó un trozo de pared.

 

El motociclista quedó sorprendido por su actitud, a pesar de que se veía delgada, la musculatura de ella le ayudó lo suficiente para lograr un buen resultado.

 

—Gracias. —Le devolvió el objeto y sonrió—. Soy Rena, por cierto.

—Ta-también ayudaré —se ofreció la enfermera rubia.

—Adelante. —El motociclista prestó el bate a todos los que se animaron a pedírselo.

 

Algunos usaron sus propias piernas para golpear la pared por inútil que fuera, otros buscaron objetos en la casa para ayudar. Cuando la pared quedó completamente desecha, sintieron un temblor en el suelo. Definitivamente era el lobo, los había descubierto y fue al acecho sin demora.

 

—¡Es el lobo! ¡¿Qué hacemos?! —exclamó la enfermera.

—Todavía no —murmuró de nuevo el hombre de cabello largo—. Escuchémoslo rugir.

 

El rugido del lobo levantó una ráfaga mayor a las anteriores. La tranquilidad perduró unos minutos, el caos regresó aumentando por la presencia amenazante del lobo. El rugido no tuvo efecto en el refugio, nada dentro ni fuera se movió. El lobo continuó trepando al techo.

 

El hombre de cabello largo extendió el brazo y tocó un botón rojo que había estado cubriendo recostado en la pared durante el tiempo en el que los demás rompían el muro. Se aseguró de ser él quien acabara con el monstruo. Después de tocar el botón, una llamarada se produjo en la zona.

 

—No es una segunda pared de resguardo, es una chimenea —declaró inexpresivo mirando el fuego.

 

No importa si se trata de un monstruo, el grito de dolor siempre es entendible para cualquier ser viviente. El fuego expulsado carbonizó una de sus patas delanteras. Debilitado, el lobo escapó lejos del refugio.

 

Regresando al lugar donde Chiasa y Kami esperaban, Nishimura y Shiori llevaron a rastras al nuevo integrante del grupo, Hideo.

 

—¡Hemos vuelto! —Shiori corrió para asegurarse de que Chiasa estuviera bien, ella descansaba con Kami en sus brazos. «Debe estar cansada», pensó antes de llegar y descubrir una horrible escena—. ¿Chia…sa?

 

Abundante sangre salía de su boca, tenía la piel pálida, no respiraba ni daba señales de vida. Shiori presenció la primera muerte, una muerte muy cercana,  ya que ambas compartían la misma desgracia de estar presas de ese malévolo ser sobrenatural. Esa madre joven, distinta a la que ella tenía, alcanzó aflorar un sentimiento efímero, pero real.

 

 

La tomó del rostro, se encontraba helada, inerte.

 

Gritó el nombre de Nishimura, como si este tuviera una clase de poder para remediar tal tragedia. El sujeto la miró y movió la cabeza constatando que había cometido suicidio mordiéndose la lengua, muriendo ahogada con su propia sangre. Los gritos de dolor despertaron a Kami.

 

Hideo, apartado, los observó enfrentar la muerte de un compañero. Una madre y un bebé. Era injusto, pensó, pero en un mundo así, eran los jugadores más débiles. Desprenderse de ellos les aseguraba más ventajas.

 

Shiori consoló a Kami, limpiando el beso marcado con la sangre de su madre.

 

—Nunca… vi algo así. ¿Por qué está pasando esto? Los monstruos, se supone que no existen… ¿Por qué? —susurró Hideo. Observó al vagabundo tomar tranquilamente la petaca—. ¿Cómo puedes estar calmado?

—Si estuviera sobrio estaría llorando como una niña. Creo que es momento de un sorbo.

 

Shiori colocó unas flores recolectadas sobre el regazo de Chiasa y cargó al bebe.

 

—Señor Nishimura —dijo mirándolo seriamente.

 

El hombre no bebió ni una gota de alcohol, no podía hacerlo si escuchaba el llamado de la joven, refiriéndose a él de manera respetuosa.

 

—Te dije que me llamaras sólo Nishimura. No recuerdo la última vez que me hayan tratado de manera formal.

—Lo decidí, me haré cargo de Kami hasta que ganemos el juego.

—¿Qué estás diciendo? —Se asombró Hideo.

—¿Por qué te sorprendes? Kami no tiene madre, somos lo único que le queda.

—Llevar un bebé es una carga muerta. Morirá sin su madre y en un ambiente así... donde sí tropiezas ¡pueden llegar a comerte!

—Entiendo que tengas miedo, también estoy aterrada desde que desperté, pero no podemos olvidar nuestra humanidad e ignorar a un ser indefenso. —Shiori reafirmó su posición de cuidar de Kami sin titubear.

—¡No se trata de humanidad! ¡¿No ves lo que pasa?! ¡La madre sabía que no lograrían salir con vida, por eso se suicidó! ¡Y se acobardó al pensar en matar a su hijo!

—¡No es cierto! ¡Ella lo dejó a nuestro cargo!

 

Shiori miró expectante a Nishimura aguardando la confirmación que necesitaba, sin embargo, lo que recibió, fue una silenciosa negación.

 

—Escucha. —Intentó intervenir para ayudarla a entrar en razón. Aunque fuera inhumano, si llevaban a Kami las probabilidades de sobrevivir disminuían—. Chiasa no se atrevió a matarlo, tal vez fue demasiado doloroso para ella.

—¿Quieren... abandonarlo?

 

Las expresiones de los hombres eran similares. Hideo fue más duro en la manera de dirigirse a la chica, el trato con las personas siempre se le dificultó desde pequeño, pero eso no significaba que no sintiera lástima al enfrentar la postura de la joven. En cuanto a Nishimura, al ser padre, tuvo que renunciar a una parte de sí mismo, permitiéndose pensar con frialdad.

 

Inesperadamente, el temblor regresó. Los tres percibieron el peligro.

 

—¡Viene, es el lobo! —gritó Hideo dando unos pasos apresurados. El dolor en la pierna fue reemplazado por la adrenalina producida al querer escapar.

 

Nishimura los apresuró, Shiori abrazó a Kami contra su pecho envolviéndolo con una manta, el objeto personal que la voz le otorgó al infante considerándolo un jugador más. Recorrieron unos cuantos metros, hasta arribar a un refugio construido de madera.

 

—¡Es una cabaña! —gritó Hideo motivado, tomando la delantera.

—¡No vayas allí! —advirtió Shiori.

—Maldición. Sigue en línea recta y no mires atrás. Me encargaré de Hideo —dijo el mayor de los tres.

 

Shiori dudó si obedecer, pero al ver la mirada desafiante de Nishimura, decidió confiar en él. Continuó alejándose del refugio mientras los hombres entraban a la casa de madera.

 

—¡Debe haber un teléfono cerca! —Buscó Hideo en las habitaciones.

 

La casa estaba amueblada como el refugio de ladrillos. Era de menor tamaño y claramente no escondía ninguna chimenea. La débil estructura, comparada con la anterior, sería una prueba fácil para el lobo si llegará a encontrarlos. Nishimura lo alcanzó tomándolo del cuello de la camiseta.

 

—¡Suéltame! ¡Al fin encontramos una casa, alguien podrá ayudarnos!

—¡Nadie va a ayudarnos, es un maldito juego!

—¡¿Vas a creerle a esa voz?! ¡Ni siquiera sabemos quién es!

—¡Por más loco que parezca, obedecer a esa cosa es nuestra única oportunidad de salir con vida! ¡Compórtate como un adulto!

—¡Y me lo dice un tipo como tú! ¡¿Crees que no me di cuenta?! ¡Pretendes estar ebrio para fingir que nada te afecta! ¡El adulto tranquilo y razonable! ¡Únanse todos al maldito adulto tranquilo y razo...!

 

Una fuerte pisada lo calló. Por debajo de la puerta pudieron ver vapor ingresar. El malherido lobo preparó su ataque y rugió. Las tablas de madera se desprendieron volando por los alrededores. El refugio quedó destruido por el potente viento.

 

A lo lejos, Shiori escuchó la destrucción, el fuerte ruido hizo llorar a Kami. Inquieta, revisó su bolso por si hallaba algo que le fuera de utilidad para calmarlo. Lo que encontró, fue un oso de peluche perteneciente a su hermanito fallecido.

 

«¿Cómo es que…? ¿La voz conoce todo sobre mí?», pensó observando el juguete. Se preguntó ¿Por qué existía un juego malvado como ese? ¿Por qué los trajeron a morir? ¿Qué humano haría algo tan enfermizo? Jugar con sus sentimientos, quitarles la libertad. Las dudas se volvieron frustraciones, no sólo la tristeza de no poder encontrar una salida la atormentó, sino también la ira hacia el culpable de su sufrimiento y el de los demás.

 

Desafiando a la voz, Shiori gritó con todas sus fuerzas:

 

—¡¿Qué es lo que quieres?!

 

Las hojas de los árboles dejaron de moverse, la luna se cubrió con grises nubes, llevándose la luz que le permitía ver en medio del bosque. El llanto de Kami cesó inmediatamente. La chica sintió un aire frío recorrerle la espalda, como si un dedo helado tocara su espina dorsal de arriba a abajo, dándole la señal de haberla escuchado. Quedó paralizada, arrepentida de haber gritado, con deseos de que fuera lo que fuera que estuviera con ella, se detuviera y alejara.

 

De pronto, el sonido lejano de un misterioso disparo lo ahuyentó. Respiró aliviada, liberándose del ser invisible, miró atrás observando el camino que había recorrido. Repentinamente recordó a Nishimura y Hideo, su naturaleza le gritaba que debía ir por ellos, no podía abandonarlos. Tocó las mejillas de Kami, estaban frías, tan frías como la extraña sensación en su espalda. El bebé, había muerto. Las lágrimas no le alcanzaron para afrontar otra pérdida, la de una frágil y débil vida que no logró proteger. Fracasó de nuevo, como había sucedido con su hermanito. La culpa jamás la dejaría en paz, y la voz sabía muy bien eso. Sin soportar más su terrible angustia, se desmayó arrojando el cadáver al suelo.

 

Faltando diez minutos para la finalización del juego, Shiori despertó en el mismo lugar. El cielo empezaba a aclararse, la llegada del amanecer no tardaría. Una sensación de vacío siguió presente en su pecho. Recostó a Kami sobre el césped, le hubiera gustado llevarlo con su madre, pero debía ser fuerte, ir por Hideo y Nishimura era su prioridad. Regresó a la casa de madera, para su sorpresa ahí estaba el lobo. Permanecía echado junto a los escombros.

 

La quemadura en su pata ausente se extendió hasta el cuello, resultando herido y agotado por la agitante noche. Al verla, el monstruo avanzó lentamente. Shiori no se movió, el obstáculo entre su objetivo y ella era imposible de superar, supo que estaba frente a la muerte. El lobo caminó con dificultad, hasta desplomarse a unos metros de distancia de la joven. Por fortuna, este no volvió a moverse, permaneció mirándola con sus ojos rojos. Ninguno apartó la vista, sabían que no eran una amenaza para el otro. 

 

La jugadora avanzó con pasos inciertos, los segundos en los relojes de los jugadores comenzaron a escucharse, la cuenta regresiva se acercaba al final. Después de pasar al lado de la bestia y comprobar su seguridad, corrió directo a las tablas de madera, apartándolas en busca de sus compañeros.

 

—¡Señor Nishimura! ¡Señor Hideo! ¡¿Dónde están?!

—Por aquí —respondió uno.

 

Shiori reconoció la voz de Hideo y vio su mano salir. La tomó jalándola hacia atrás, el hombre salió a la superficie seguido por Nishimura. Habían permanecido unidos esperando que el fuerte viento no los dividiera.

 

—¡Gracias al cielo están bien! —Se alegró entre lágrimas y se lanzó a abrazarlos.

 

Hideo se avergonzó pensando: «Un-una chica… nunca e... e... estuve tan cerca de una».

 

—Al fin todo terminó —Nishimura miró su reloj, estaba marcando cuatro ceros.

 

Una bocina comenzó a sonar al instante, anunciando efectivamente el final del primer juego. El lobo desapareció, su cuerpo se deshizo como polvo enfrente de ellos. Las explicaciones sobre aquel monstruo no eran claras, lo más sencillo era creer en la existencia de seres sobrenaturales, fuera del alcance de la lógica.

 

Shiori se secó las lágrimas, con gran pesar les dio la noticia:

 

—Kami… murió. No pude… protegerlo. —Por más que intentó evitarlo, lloró otra vez.

 

Hideo miró a Nishimura dándole a entender que debía decirle algo. Nishimura puso la palma de su mano sobre la cabeza de la joven.

 

—Sobreviviremos… lo haremos los tres unidos, sin importar qué. Jamás nos abandonaremos, es una promesa.

—¡Así es! ¡Lo que dijo el vagabundo! —concordó Hideo.

—Es una promesa. —Shiori sonrió levantando su meñique.

 

Los rayos de luz del amanecer coronaron a los sobrevivientes del primer juego.

 

Las personas refugiadas en la casa de ladrillos salieron al exterior. Después de un tiempo dependiendo de la desesperación, todos estaban cansados, estar de pie ya era una hazaña. 

 

—¿Qué pasará ahora, Rounin? —le preguntó el motociclista al hombre de cabello largo.

—No te tomes libertades en ponerme un apodo.

—Todos nos presentamos y tú no quisiste decirnos tu nombre. Tenía que llamarte de alguna forma, te pareces a un samurái con esa katana, ¿por qué no llamarte Rounin?

 

Disgustado con el apodo, se alejó del grupo.

 

 

Apartado en el otro extremo del bosque, un hombre vestido con esmoquin blanco y sombrero, despertó sobre las gruesas ramas de un árbol. 

 

—Me tomé una larga siesta.

 

Se bajó de las alturas topándose con varios cadáveres desmembrados por una especie de cuerda resistente, imperceptible y sumamente afilada. El hombre aplicó trampas para obtener objetos importantes usando el suyo. Lo logró gracias a las zonas frecuentadas, donde el lobo no alcanzó a ir. Revisó los cadáveres y vació los bolsos de los difuntos, juntando así lo necesario para usar en el futuro.

 

—Fue una buena cacería, aunque no hay mejor que esto —sonrió lamiendo la herida de bala en su mano. Del cinturón de su pantalón, sacó una pistola ensangrentada—. Es una pena socio, pero los más fuertes sobreviven.