Cuentos de Supervivencia

Capítulo 2: Los otros jugadores

Al mismo tiempo que Shiori y los demás jugadores oyeron el sonido de una bocina, otras cincuenta personas también lo hicieron en un segundo bosque con características similares.

 

El ruidoso sonido se mantuvo por varios minutos, sirviendo como despertador para el adolescente de cabello azulado y ojos lila lavanda, llamado Kazuo. Este, a sus quince años de edad, yacía acostado sobre la tierra, vistiendo su habitual uniforme escolar.

 

«¿Qué? ¿En qué momento me dormí?», fue lo primero que se preguntó al abrir los ojos, viendo el cielo estrellado.

 

Levantó la cabeza y observó a su alrededor, encontrándose con una escena que simplemente no pudo entender. Se hallaba rodeado de árboles a la distancia, así como de una multitud de personas a las que nunca había visto.

 

—¡¿Qué demonios?! —vociferó perplejo, preguntándose cómo había llegado allí o siquiera dónde estaba.

—¡¿Qué mierda es esto?! ¡¿Quiénes son ustedes?! —preguntó a los gritos un delgado hombre, con su voz agudizada y distorsionada por el temor.

—¡Eso mismo quiero saber yo! ¡¿Cómo carajos llegué aquí?! ¡¿Quién de ustedes me secuestró?! —exigió saber en tono amenazante otro hombre; calvo, de cuerpo musculoso y piel oscura.

 

Al escucharlos, Kazuo entendió que los que estaban a su alrededor tampoco tenían respuestas. Los ruidosos murmullos abundaron, llenando el ambiente de miedo y confusión. Todos buscaban una explicación para lo ocurrido.

 

—¡Ah! ¡Tú eres policía! —exclamó una mujer al ver a un joven uniformado—. ¿Sabes qué está sucediendo? ¿E-esto es obra de la policía?

—¡¿Usted nos trajo aquí?! ¡¿Dónde estamos?! —Las preguntas le llovieron al oficial desde todas direcciones, rodeándolo y poniéndolo aún más nervioso. Él al igual que todos, no entendía lo que estaba sucediendo.

—¡¿Qué?! ¡¿Un policía?! —Se sorprendió y enfureció el hombre de color—. ¡¿Tú me trajiste aquí, verdad?! ¡No sé cómo mierda me atrapaste, pero no pienso ir a la cárcel! —proclamó acercándosele con intenciones violentas, apartando fácilmente con sus fornidos brazos a todo el que se encontró en su camino.

—¡No! ¡Yo tampoco sé qué está ocurriendo! ¡Estoy tan confundido como ustedes! —se excusó el joven policía, atemorizado.

—Papá, ¿qué está pasando? —preguntó un niño pequeño al hombre que estaba a su lado.

—N-no te preocupes, hijo. Esto es sólo… —Incapaz de ocultar su nerviosismo, el padre miró a su esposa para que lo ayudara a terminar la oración.

—E-es sólo un juego… no tengas miedo, no pasa nada malo. —Con una expresión que intentó parecer una sonrisa, la mujer procuró tranquilizar a su hijo, aunque ella misma no pudiera tranquilizarse.

—Exactamente… esto es un juego —anunció una imponente y escalofriante voz masculina. Inmediatamente finalizó el sonido emitido por la bocina, y las respuestas por fin llegaron—. Sean bienvenidos, insignificantes humanos. —La voz pareció venir desde el cielo, pero a la vez era como si sonara directamente dentro de sus cabezas. Los gritos cesaron, los presentes dejaron de moverse para enfocarse en prestar atención.

«¿“Humanos”?», repitió Kazuo en su mente, extrañado.

—Desde hoy realizarán una serie de juegos, en los que arriesgarán sus miserables existencias y lucharán por sobrevivir —explicó la misteriosa voz.

—¡¿Eh?! ¡¿Qué mierda dices?! —gritó desafiante el hombre de color. A pocos metros del policía, redireccionó su furia hacia el desconocido interlocutor—. ¡¿Tú me trajiste aquí?! ¡Muestra tu puta cara! —Movió la cabeza buscándolo entre la multitud.

—No tienen permitido interrumpirme. —Una vez decretado ese mandato, el hombre enfurecido fue azotado contra el suelo, empujado por una poderosa fuerza invisible.

 

Los más cercanos a este suceso se exaltaron por lo inexplicable del mismo, siendo testigos de que nadie tocó a la víctima y que ese movimiento no fue uno que pudiera hacer por voluntad propia.

 

—Yo decidiré lo que pueden o no hacer… tengo control absoluto sobre sus vidas. Cada latido de sus pequeños corazones sucede porque yo así lo permito.

—¡N-no me jodas! ¡¿Quién demonios te crees?! —Se rebeló otro joven; de cabello teñido de verde y la zona inferior trasera de su cabeza rapada—. ¡No sé qué carajos te propones, pero no pienso ser parte de esto! ¡Me voy de aquí! —declaró, comenzando a caminar.

—¡No tengo tiempo para tonterías! ¡Dime dónde estoy para poder irme a casa! —exigió también una mujer inusualmente alta, de pelo corto y negro, impaciente por volver con su pareja antes de preocuparla con su ausencia a esas horas.

 

El joven logró dar sólo tres pasos antes de detenerse abruptamente. Tanto él como la mujer ya no pudieron respirar, sus gargantas fueron cerradas por la misma fuerza invisible. Cayendo de rodillas, empezaron a sujetarse el cuello con desesperación. Recibieron aterradas miradas de los que estaban a su alrededor. Nadie podía obrar para ayudarlos, ni contaban con el valor para intentarlo.

 

Lo siguiente que se oyó fueron las palabras de la espeluznante voz:

 

—¡Me hartó su insolencia, humanos! ¡Conozcan su lugar como seres inferiores y obedézcanme!

 

Acto seguido, todos comenzaron a tener problemas para respirar. Niños, adolescentes, adultos y ancianos por igual. Esto duró tan sólo unos segundos, sin embargo, les bastó para estar seguros de que nadie estaba actuando, que algo sobrenatural estaba ocurriendo.

 

—Quienes todavía no estén dispuestos a obedecer… siéntanse libres de quejarse. Los mataré en un instante y proseguiré el juego con los que tengan cerebro.

 

El silencio reinó. No hubo nadie tan valiente o tan tonto allí como para atreverse a alzar la voz de nuevo.

 

—…Como les decía, desde ahora serán partícipes de juegos en los que sus vidas correrán peligro. Esfuércense por acabar cada uno, para así poder volver a sus aburridos días normales.

 

Como esclavos, oyeron horrorizados, forzando sus cerebros a asimilar lo que estaban viviendo y a sus corazones a resistirlo. Algunos creyeron que estaban siendo víctimas de un mal sueño, otros pensaron que estaban ante la presencia de un ser divino quien los castigaba por sus pecados. Las teorías fueron tantas como las dudas que los agobiaron. Sólo una cosa era segura: si no seguían las órdenes, lo pagarían caro.

 

—El primer juego consiste en encontrar a un individuo en particular. Deberán descubrir su rostro, que estará oculto por una capucha.

 

Tras decir eso, de entre los árboles aparecieron unas treinta siluetas, rodeando a los participantes. Estas se apreciaban tapadas con largas capas que ocultaban sus cuerpos, botas en los pies, y capuchas que proyectaban una fuerte sombra, impidiendo verles el rostro, tal como se dijo. Cada una vestía de un color diferente, aunque no se lograban distinguir con exactitud a causa de la oscuridad de la noche. Cabía resaltar que todas poseían una estatura de aproximadamente un metro con sesenta centímetros, dando la impresión de que quienes estaban bajo esas ropas podían ser clones.

 

—Ese individuo es uno de ellos, búsquenlo y descubran cuál es. El juego terminará si lo encuentran o si logran sobrevivir durante una hora.

«¿Sobrevivir… a qué?», se preguntaron muchos, incluido Kazuo, quien trataba con todo su ser adaptarse a la extraña situación lo más rápido posible, en pos de evitar fatales consecuencias.

—Oh… una regla adicional: si nadie descubre un rostro en menos de cinco minutos, consideraré que ya no están jugando… y todos perderán automáticamente. Tendrán una cuenta regresiva indicándoles de cuánto tiempo disponen. Recuerden, la cuenta volverá a empezar en cinco minutos cada vez que uno de ustedes juegue.

 

Sólo entonces, la mayoría notó que en sus muñecas llevaban puestos unos inusuales relojes. Después de mirar a sus pies vieron también los bolsos con sus nombres anotados.

 

—En los bolsos que tienen cerca, encontrarán un objeto relacionado con ustedes. Úsenlo como les plazca… todo está permitido, siempre y cuando sigan mis reglas.

 

Con las manos temblorosas, Kazuo abrió el bolso con su nombre y encontró dentro un pequeño pero filoso cuchillo de cocina.

 

—¿Eh?... —reaccionó confundido. Era sin duda algo que había visto muchas veces en su casa, por lo que se trataba en efecto de un objeto relacionado con él, pero ¿por qué un cuchillo de cocina? ¿Tenía algo de especial? ¿O era simplemente un arma para defenderse?

 

En su cercanía, los demás revisaron los bolsos, algunos sonrieron luego de encontrar algo que les brindó seguridad o que pensaron que les sería útil, otros pusieron caras de decepción al no hallar nada que los ayudara a protegerse. Peluches, fotografías, libros, había toda clase de objetos, uno por cada bolso y persona.

 

Alguien destacó, siendo notado con asombro. El joven policía sacó un revólver de su bolso, completando así su imagen de oficial de la ley.

 

—Ya basta de espera, desde ahora comienza el primer juego —informó la voz, e hizo comenzar la cuenta regresiva en los relojes.

 

A la orden, los encapuchados, quienes habían estado quietos hasta el momento, comenzaron a correr desplegándose por el bosque.

 

—… ¿Qué?

 

Muchos jugadores permanecieron temerosos, sin procesar aún lo que debían hacer. En cambio, otros actuaron con velocidad persiguiendo a las extrañas figuras.

 

—¡No los dejen escapar! ¡Atrápenlos y revelen sus rostros! —gritó alguien viendo la confusión general.

 

Seguido de eso, la agitación y euforia se desató.

 

Sin control, aterrados y preocupándose cada uno por sí mismo, corrieron, se empujaron, cayeron, y quienes pudieron, volvieron a pararse. No hubo control, sólo un inmenso deseo de sobrevivir.

 

—¡Papá! ¡Papá! —lo llamó el niño, sufriendo al ser jalado bruscamente del brazo por su progenitor.

—¡Corre más rápido, hijo! ¡Tenemos que alcanzarlos! —ordenó el hombre sumido en desesperación.

 

Dándose cuenta de que el niño lo retrasaría, el hombre le gritó a su esposa que se encargara de él y aceleró dejándolos atrás. No fue un acto de egoísmo, el hombre deseó asegurar la supervivencia de su familia. Con ese objetivo le exigió el máximo a sus piernas para alcanzar a uno de los encapuchados delante de él.

 

Era veloz, pero el padre logró su objetivo, sujetando parte de la capucha que tal vez era azul, jalándola y revelando la cabeza oculta.

 

El encapuchado se detuvo, causando que su perseguidor se estrellara contra él y rebotara hacia atrás, acabando en el suelo.

 

El primer participante que descubrió lo que yacía bajo las capuchas, percibió un pitido proveniente de su reloj, el cual marcó el reinicio de la cuenta regresiva de cinco minutos.

 

Al mirar con detenimiento el rostro descubierto, se encontró con una imagen que le heló la sangre. A pesar de la oscuridad, la luna fue lo bastante luminosa para permitirle ver los ojos redondos que lo miraban fijamente, la cabeza cubierta por completo de pelaje marrón, las orejas puntiagudas y los rabiosos colmillos que se asomaban, ansiosos por perforar su carne.

 

La criatura que se escondía bajo la capa, no era otra cosa que un hombre lobo.

 

—… ¿Qué? —Fue lo que alcanzó a decir antes de ser atacado por la bestia, la cual se lanzó sobre él y logró morder su rostro salvajemente, sin contenerse.

 

La sangre salió en cantidades. La poderosa mandíbula mutiló en un instante todo su rostro, dejando ver sólo un ojo que colgaba entre sus dientes. La víctima trató de alejarlo, pero fue inútil. Por último, su cuello fue destrozado justo al momento en que su esposa e hijo lograron alcanzarlos.

 

Ambos contemplaron atónitos la escena más horrible de sus vidas. Sintieron el frío horror recorrer sus cuerpos. La mujer actuó por instinto y tapó los ojos del infante intentando protegerlo de la traumática vista.

 

—¡¡Papááááá!! —gritó el pequeño, escuchando los agónicos alaridos de su padre.

 

La bestia se volteó hacia ellos y los observó. Erizó cada cabello en el cuerpo de la madre, haciéndola retroceder torpemente mientras mantenía tapada la visión de su hijo. Lidiando con la repentina tragedia ocurrida a su esposo, las piernas le fallaron y cayó al suelo.

 

—No… No… —repitió dejando salir lágrimas de sus ojos.

 

El hombre lobo se les acercó, rugiendo, dejando salir vapor de su boca manchada por la sangre de su víctima. No tardó en ir tras las dos nuevas presas que parecían tan apetecibles. Los examinó un momento y repentinamente arremetió contra ellos.

 

El fuerte sonido de un disparo retumbó entonces. Una bala impactó contra la cabeza de la bestia, matándola instantáneamente.

 

—…¡¿Q-q-qué demonios es esa cosa?! —preguntó en shock el joven policía, aún apuntando su revólver con humo saliendo del cañón—. Nada de esto tiene sentido… ¡¿Qué demonios está ocurriendo?! —preguntó sin esperar recibir una respuesta, luchando por no volverse loco.

 

Ya a salvo, la madre y su hijo fueron hacia el hombre destrozado en el suelo, y lloraron su triste pérdida.

 

En otras partes del bosque, se destaparon más y más capuchas, exponiendo a los hombres lobos que comenzaron su cacería una vez liberados. El pánico se expandió, y quienes habían estado corriendo para alcanzar a los encapuchados, ahora escapaban para salvarse de ellos.

 

La idea de cumplir la misión del juego pasó a ser olvidada por los que vieron esas hostiles criaturas, y debido a lo esparcidos que acabaron los jugadores durante la persecución, muchos desafortunados no supieron lo que les esperaba y continuaron jugando.

 

Los lejanos gritos retumbaron entre los árboles, causando preocupación y confusión en “Crazy-K”, como le gustaba ser llamado al hombre calvo de piel oscura.

 

Él corría maldiciendo todo lo que existía en el mundo mientras se aferraba con fuerza al objeto que había en su bolso: “Puños de acero”, dos manoplas que disfrutaba usar y llevaba siempre que debía enfrentarse a alguien.

 

Siendo un delincuente que se encargaba de castigar o amenazar a quienes le debían dinero a su organización, era normal que luchara dispuesto a matar. Orgullosamente alardeaba de las muchas veces que con sólo sus puños sobrevivió y dejó aterrados a los deudores que se resistían a pagar. Disfrutaba especialmente la sensación de romperle la nariz a sus enemigos, el sentir la sangre salpicándolo y tiñendo su mano de rojo le daba un fuerte placer que podía rivalizar con el de acostarse con una mujer.

 

Crazy-K había matado, robado, lesionado y violado incontables veces. Acciones que disfrutaba y que, para él, le daban sentido a su vida. Pero en ese momento, era únicamente otro concursante más de ese juego de la muerte.

 

Su reloj sonó repetidamente, reiniciando cada vez la cuenta regresiva, marcando que en alguna otra parte, alguien más destapaba un hombre lobo. No le prestó mucha atención a eso, quería alcanzar al encapuchado que perseguía para acabar con ese estúpido juego de una vez.

 

Temía a la muerte más que a nada, llevándolo incluso a tener que contener las lágrimas.

 

«Oh, el gran Crazy-K, corriendo asustado como una niñita», escuchaba en su mente la burla de colegas y enemigos por igual, lo que le sirvió de motivación extra para acelerar y alcanzar a su objetivo.

 

A diferencia de lo que los demás hicieron, él no jaló la capucha, sino que golpeó a la bestia en la cabeza con su puño de acero, gritando:

 

—¡Ya quédate quieto, maldita sea! —Arrojando al herido al suelo, casi inconsciente. Crazy-K se detuvo, jadeando, y destapó la cabeza de la bestia—. ¡¿Qué?! ¡Ah! ¡¿Qué mierda?! —La soltó y se alejó inmediatamente.

 

El hombre lobo comenzó a levantarse, mareado y dolorido, pero todavía feroz, sabiendo lo que tenía que hacer. El hombre gritó, incrédulo, preguntándose si estaba en una película de terror.

 

La bestia saltó hacia él, tratando de morderle la cara con sus amarillentos colmillos, sin embargo, Crazy-K lo sujetó por los brazos, impidiéndole acercársele lo suficiente.

 

El rabioso enemigo lo forzó a apoyar la espalda contra un árbol, pero el humano no se quedó atrás y resistió, logrando apartarlo de un rodillazo en el estómago.

 

Contempló a su atacante sujetarse con dolor, y entonces comprendió que por más que se tratara de un monstruo, podría vencerlo. Lo invadió un gran alivio, junto a deseos de reír.

 

Lo siguiente que hizo fue sacar el pañuelo característico que guardaba en un bolsillo y atárselo en la cara. Cubrió boca y nariz, reemplazándolas con una demoníaca sonrisa de grandes colmillos, que usaba cuando se descontrolaba para pelear, cuando se volvía un loco asesino, cuando era “Crazy-Killer”.

 

Una vez hecho eso, el hombre de color ya no le temió a nada y dio rienda suelta a su euforia, golpeando a la bestia hasta asesinarla. Así demostró, que el verdadero monstruo allí, era él y nadie más.

 

 

Por su parte, el estudiante llamado Kazuo corría sin aproximarse al peligro. Él había visto a otros destapar las monstruosas cabezas, comprobando que hacerlo sería un suicidio, por lo que simplemente huyó para mantenerse con vida.

 

«¡Si sobrevivo una hora, pasaré el juego!», pensó mientras recordaba las palabras de la misteriosa voz.

 

Transpirando y pensando que estaba en una pesadilla, miró en todas las direcciones, alerta de distinguir ojos brillantes o figuras peligrosas. Al mismo tiempo, siguió pendiente de su reloj, que indicaba cuánto tiempo le quedaba de vida. En este se marcaban dos cuentas regresivas: arriba, la que comenzaba en una hora, el tiempo máximo que duraría el juego, y debajo, la que comenzaba en cinco minutos.

 

Kazuo le prestaba especial atención a esta última, al ser la más corta. Sentía que era como tener una enorme guillotina pendiendo sobre su cuello, acercándose un poco cada segundo. Cuando escuchaba el sonido de la cuenta regresiva reiniciándose, suspiraba aliviado, y volvía a tener fuerzas para seguir corriendo.

 

«¡Todo está bien! ¡Mientras los demás sigan jugando, no moriré! ¡Sólo tengo que concentrarme en escapar!», se dijo racionalizando la situación lo mejor que pudo.

 

Este método funcionó los primeros veinte minutos, pero pasado ese tiempo, ya nadie quiso quitarle la capucha a los monstruos, por lo que los cinco minutos en los que se encontró Kazuo amenazaron con ser los últimos de su vida.

 

A los tres minutos con treinta segundos, miró el reloj.

 

«¡¿Qué sucede?! ¡¿Que ya nadie está jugando?!», se preguntó nervioso.

 

 Pasaron cuatro minutos, quedando solamente uno.

 

—¡Maldita seaaaaaaaaa! —No pudo contener su grito. La desesperación lo invadió.

 

Los únicos que habían logrado matar hombres lobo eran el joven oficial Makoto y Crazy-K, quienes recibieron una notificación en sus relojes con el mensaje “Felicitaciones, has matado al lobo, eres un cazador”. Confundidos, ambos siguieron atacando a las bestias, uno para proteger a los indefensos y el otro para satisfacer su morbosa perversión.

 

 

Kazuo sudó frío mientras el último minuto transcurría.

 

«¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Alguien! ¡Alguien haga algo!».

 

Quedaban treinta segundos. El adolescente pudo sentir el frío metal de la guillotina imaginaria tocándole el cuello, produciendo que se le erizara la piel.

 

—¡No! ¡¡Noooo!! —gritó al borde de la locura, cuando de repente escuchó un sonido que llamó su atención.

 

Mirando hacia un lado, logró distinguir a uno de los encapuchados tendido en el suelo, esforzándose por levantarse. El mismo estaba a unos diez metros y mostraba señales de estar herido.

 

«¿Un monstruo? ¡Debo correr!», pensó instintivamente, pero al intentar hacerlo se dio cuenta de que podía ser su última oportunidad.

 

La cuenta regresiva marcó que faltaban quince segundos.

 

Nunca en su vida había dudado tanto. Volvió a mirar el reloj, restaban sólo diez segundos.

 

—¡¡¡Aaaaaaaaaaaaah!!! —gritó apretando el cuchillo de cocina que extrajo del bolso y corrió hacia el individuo en el suelo.

 

Kazuo llegó junto a él sin que este pudiera ponerse de pie. La razón de esto fue su pierna, la cual estaba atascada entre las raíces de un árbol. Estiró su mano derecha hacia la capucha y levantó la izquierda con el cuchillo, listo para atacar ni bien viera ese horrible rostro peludo.

 

—¡¡Maldita seaaaaa!! —exclamó jalando la tela, para encontrarse con un rostro arrugado, sin pelaje, y ojos temerosos que no albergaban hostilidad alguna.

 

Bajo esa capucha, encontró una anciana humana.

 

 

Con eso, se volvió a oír el sonido de la bocina, esta vez marcando el final del juego.

 

Kazuo se detuvo, jadeando y con el cuerpo caliente por la adrenalina. Tardó unos segundos en comprender lo ocurrido. Miró su reloj y en lugar de las cuentas regresivas, encontró el mensaje: “Felicitaciones, encontraste a la abuela, ganaste el juego.”

 

—… ¿Gané?... —reaccionó alegrándose gradualmente, dándose cuenta de su logro. Luego comenzó a reír liberando sus nervios, y se dejó caer de espaldas sobre la tierra.

 

El estudiante no pudo saberlo por lo difícil de distinguir los colores durante la noche, pero la capucha que llevaba puesta la anciana fue la de color rojo.

 

Finalmente habiéndose deshecho de su extrema angustia, los jugadores sobrevivientes se tranquilizaron cuando los monstruos dejaron de atacar y se alejaron. Entonces la voz volvió a oírse:

 

—A todos los que lograron sobrevivir: bien hecho, pasaron el primer juego, ahora podrán descansar durante un tiempo.

 

»Cerca de aquí hay un pueblo en el que vivirán mientras esperan el siguiente juego. Sus relojes les marcarán la dirección para llegar.

 

La poca alegría que sintieron, se esfumó al oír las palabras “siguiente juego”. A pesar de que ya se había mencionado que no sería solo uno, volver a oírlo, los deprimió.

 

Tal como dijo la voz, la pantalla del reloj cambió nuevamente, convirtiéndose en una brújula que apuntó en dirección al lugar de descanso.

 

Resignados y sabiendo lo que les pasaría si desobedecían las reglas, los que pudieron caminar obedecieron, y quienes temblaban o se encontraban heridos, pidieron ayuda.

 

Veintitrés fue el número de supervivientes que caminaron en silencio, algunos cabizbajos, otros llorando tratando de no ver los cadáveres que dejó ese primer juego mortal.

 

Tras caminar aproximadamente una hora, amaneció y el bosque que parecía interminable acabó para los primeros en llegar al pueblo. Cuando el resto de jugadores vivos arribó, una espesa niebla surgió de forma antinatural en el bosque. Les dio la impresión de que esa zona estaba siendo borrada del mundo.

 

Lo primero que notaron al explorar el lugar, fue que estaba deshabitado. A nadie le pareció un pueblo conocido ni tampoco encontraron algo que les sirviera para localizarse. Su ubicación siguió siendo un misterio, y para ese punto, la mayoría asumió que seguiría siéndolo.

 

El sitio estaba conformado por calles de asfalto, aceras color salmón, y muchas casas de uno o dos pisos en perfecto estado. Estas se encontraban amuebladas y contaban tanto con agua potable como electricidad.

 

En adición, identificaron edificios particulares como un hospital y un supermercado, por lo que desesperados, entraron a buscar comida, vendajes y medicinas para los heridos.

 

Kazuo deambuló para ver hasta dónde llegaba el pueblo. No tardó en recorrerlo por completo, se trataba de uno relativamente pequeño, pero con casas de sobra para que los sobrevivientes descansaran.

 

—Era evidente… —dijo al descubrir decepcionado que la niebla los rodeaba por completo, cubriendo cada rincón del bosque.

 

La mayoría comprendió que la voz no los dejaría irse, otros se negaron a aceptarlo y se aventuraron a entrar en ella. Era sólo humedad, pensaron, no obstante acabaron volviendo al pueblo en cada intento. No importaba cuánto corrieran o por dónde  ingresaran a la niebla, siempre terminaban regresando al pueblo, como si estuvieran corriendo en círculos.

 

Estaban atrapados, aislados y desconociendo su ubicación, fue todo lo que pudieron descubrir. Fuera de eso, el lugar era seguro y estaba bien abastecido. Podrían dormir, comer e incluso bañarse.

 

—Escuchen, seres diminutos… tendrán que respetar ciertas reglas mientras estén aquí. Primero que nada: está prohibido lastimar a otros o siquiera a ustedes mismos. Segundo: no pueden robar los objetos personales de los otros, sólo podrán tenerlos si su dueño así lo decide.

«¿Objetos personales?... ¿Se refiere a lo que teníamos en los bolsos?», se preguntó Kazuo pensando en su cuchillo.

—Tercero: la mayoría de los objetos del pueblo no los podrán llevar a los juegos, no obstante, existen algunas excepciones. Reconocerán cuando se trate de una... Y por último: algo que ya habrán notado, no pueden salir del pueblo. No importa lo que hagan, no lo conseguirán. Espero que sean capaces de comprender algo tan simple.

»Convivan en paz y prepárense para el siguiente juego, tienen una semana de descanso, aprovéchenla bien. Es todo.

 

Y así, ese misterioso ser dejó de hablarles hasta la siguiente semana, dejándolos con tantas dudas como temores.

 

—… —El oficial Makoto vio el ambiente de pesimismo entre los que lo rodeaban y se adjudicó el deber de hacer algo al respecto—. ¡To-todos, escúchenme! —gritó llamando la atención—. ¡No entren en pánico! ¡Sé que esta es una situación extraña, pero podemos salir adelante!

 

Al oír las optimistas palabras del policía, muchos lo consideraron un estúpido que intentaba dar un discurso vacío para convencerse a sí mismo.

 

—¡Tenemos comida! ¡Tenemos un hospital! ¡Y como oyeron recién, mientras estemos aquí estaremos en paz! —Debido a la obviedad de sus palabras, algunos dejaron de prestarle atención y se fueron por su cuenta—. ¡No sé quién está detrás de esto, pero si nos da tantas comodidades, tal vez lo que busca no necesariamente es matarnos!

“¿Qué?”, “¿qué está diciendo?”, “qué tontería”, dijeron algunos escépticos, mientras que otros querían que sus palabras fueran ciertas. Cierto número de personas prestó mayor atención.

—Yo creo… No, ¡estoy seguro de que si trabajamos juntos y actuamos con cautela, podremos sobrevivir a los juegos para retornar a nuestras vidas normales!

“Sobrevivir” y “retornar a nuestras vidas normales”, eran las palabras mágicas que todos querían oír.

“Sí… es verdad, ¿por qué nos daría casas y alimento si quisiera matarnos?”, “¡claro, eso debe ser!”, “¡podremos volver a nuestras vidas! ¡No estamos perdidos!”, se murmuró entre la multitud.

 

Así, el joven e inseguro Makoto elevó la moral de las personas, consiguiendo darles un poco de esperanza.

 

Kazuo quedó sorprendido por cómo las palabras de una persona que comenzó tartamudeando llegaron de tal forma a los demás, incluyéndolo. Tal vez fue porque se trató de un policía, o porque simplemente estaban desesperados y querían que alguien les diera una razón para olvidar sus pensamientos pesimistas.

 

Sea como fuere, el tener a alguien que los guiara les dio comodidad y tranquilidad. Ya no debían poner en orden sus caóticos sentimientos por sí mismos, la persona que los guiaba era una autoridad de la sociedad y seguía siéndolo incluso ahora, por lo que era de fiar.

 

Pero… ¿Lo que dijo era bueno?, se cuestionó el adolescente.

 

«Si lo que busca quien nos secuestró no es matarnos… ¿qué es lo que quiere?».

 

 Un mal presentimiento lo inundó al preguntárselo. La idea de que quizás lo que pretendía esa entidad era incluso peor, perduró en la mente de Kazuo.

 

El perverso ser los observó, disfrutando el hecho de que los sobrevivientes elevaran su moral. Ansió que llegara el momento de destruir sus esperanzas, de destrozar las diminutas vidas que sus nuevos juguetes lucharían por proteger.

 

En manos de una criatura como esa, estaba el destino de Kazuo y los demás jugadores, un destino incierto e insidioso que se vieron obligados a enfrentar.