Cuentos de Supervivencia

Capítulo 4: La mujer de sus pesadillas

Cerca de veintidós jugadores de los treinta que había en un principio arribaron al castillo después de ser perseguidos por el dragón proveniente del cementerio de criaturas.

 

Un hombre algo ansioso, de ojeras y cabellos desordenados, deambuló de un lado para otro con una grabadora en la mano, reproduciendo el discurso dicho por la voz al comienzo de la noche:

 

“Recuerden que todos comparten el flujo del tiempo corriendo por sus venas, tienen el mismo inicio al momento de nacer, pero es ese individuo invisible del destino, el que los posiciona en estándares diferentes.”

 

—Oye —lo llamó Ryu.

—¡Ah! ¡¿Sí?! ¡¿Qué sucede?! —El hombre estaba tan concentrado en la grabación que se sobresaltó al percatarse del llamado.

—Eso que tienes ahí... ¿Es tu objeto personal?

—Sí, lo es. Decidí usarlo para descubrir pistas sobre el juego. La voz dijo algo que me resultó interesante.

—¿Me permites? —El motociclista también oyó parte de la grabación, quería aclarar sus dudas—. ¿Qué quiere decir con “el flujo del tiempo corriendo por sus venas”?

—Debe encontrarse algo oculto en eso —agregó el hombre, tomando la grabadora nuevamente. Rebobinó y escuchó la misma frase—. El flujo del tiempo... ¡Se refiere a la vida! ¡¿Cómo no me di cuenta antes?! —sonrió como si hubiera llegado a una gran conclusión—. La vida que todos tenemos, nacemos iguales, indefensos al mundo y es este el que nos cambia —siguió hablando.

 

Ryu y Rena se miraron confundidos por las palabras del sujeto.

 

—Luego habló de elegir a un representante. “Cuando lleguen al lugar indicado, la sangre de la bondad prevalecerá, y así y sólo así, la mujer al final del camino se dormirá.” La sangre de la bondad. Alguien bondadoso nos salvará. ¡Es como una novela en donde el héroe bondadoso se sacrifica para bañarnos con la luz de la fe, la esperanza y la salvación! —El hombre estiró los brazos festejando su descubrimiento.

—¿Alguien bondadoso? —preguntó Rena, sin terminar de comprender.

—Recuerdo lo del representante, ¿pero no les parece imposible? —intervino Nao, dándoles qué pensar. Ella se había quedado apartada considerando una forma de continuar con el juego a pesar de su lesión.

—Estaremos dependiendo de un jugador. Es apostar a todo o nada —concluyó Ryu.

—Todavía no sabemos a quién elegir, pero llegado el momento, pensaremos bien antes de votar. —Rena habló para todos, con el objetivo de que se pusieran de acuerdo para elegir al representante.

 

Luego de dialogar unos minutos, caminaron a la sala principal del castillo. Un telón rojo cubría el final del recorrido, Rounin fue el único en atreverse a jalar de una cuerda al costado para averiguar qué se ocultaba detrás.

 

Al hacerlo, vieron una gran cantidad de columnas de acero, de dos metros de altura cada una, con apenas espacio entre ellas. Las personas reaccionaron confundidas. No entendían qué debían hacer de ahora en adelante.

 

De repente, de las columnas surgieron agujas de unos veinte centímetros de longitud, abriéndose hacia los costados como si fueran espinas en el tallo de una rosa. El espacio entre columnas se redujo más. Era imposible pasar por allí sin ser herido.

 

El terror invadió el lugar, nadie en su sano juicio se arriesgaría a cruzar. Sería doloroso, insoportable y existía la posibilidad de morir desangrados antes de concretar el objetivo, con ese escenario, no había escapatoria, debían experimentar dolor si querían avanzar. Era tiempo de elegir a quien se sacrificaría por todos.

 

—¡La sangre bondadosa lo hará! —exclamó el hombre con la grabadora, rompiendo el silencio generado por el miedo.

—¡Eso es, la voz lo dijo, alguien bondadoso! ¡Si no lo elegimos a tiempo, todos moriremos! —Una joven mujer vestida de negro se sumó, avanzando con pasos marcados por el sonido de los tacones altos, y observó a los demás, juzgándolos con la mirada amenazante de sus ojos violáceos hasta que visualizó al postulante perfecto—. ¡La enfermera, que sea la representante! —La señaló, parándose frente a ella. El resto se volteó a verla, concordando con la idea de la mujer.

—¿Qué? ¿Yo? —preguntó Nao desconcertada.

—¡Tiene razón! ¡Ella ha sido la más generosa! ¡Nos ha atendido a todos por igual! —Un grupo de cinco personas la rodeó incitándola a que aceptara. Nao comenzó a asustarse con las constantes súplicas.

—¡Hazlo! ¡Tengo una familia, no puedo morir aquí! —Un hombre la tomó de los brazos y la sacudió desesperado.

—¡Suélteme! ¡Por favor! —Nao trató de apartarlo, pero más personas lo imitaron. Las peticiones se fueron volviendo más agresivas.

—¡Oigan, ya déjenla! —Ryu quitó a dos sujetos que intentaban empujarla contra su voluntad hacia las agujas.

—¡No me toques, criminal! —Un hombre, poniéndose violento, le lanzó un puñetazo en el pecho, al no alcanzar la estatura del motociclista, no pudo golpearlo en el rostro.

 

Ryu lo empujó y sacó su bate de la envoltura, acto seguido, golpeó la pared para llamar la atención de los agresores.

 

—¡Si vuelven a tocarla, les romperé los huesos! —La amenaza los detuvo—. ¡Ella es la única que puede curarnos y la van a lanzar ahí! ¡Usen la maldita cabeza!… Tenemos que analizarlo, no es una tarea sencilla. Nadie dijo que lo sería, al contrario, la voz nos está probando, quiere que pensemos. Si arrojamos a alguien que no lo logrará, todos moriremos.

 

En medio de las discusiones, la desesperación de los presentes aumentó significativamente viendo que no llegarían a un acuerdo pronto.

 

Acurrucada en un rincón, la adolescente vestida de rosado que Shiori ayudó a cruzar el puente, lloró asustada por los gritos, insultos y acusaciones. La maid escuchó su llanto y acudió.

 

—Tranquila, encontraremos una solución pronto —dijo acariciándole el cabello con dulzura—. Me llamo Shiori, tengo diecinueve años. Me gradué de la preparatoria hace dos años y ahora trabajo en un café de maids. ¿Qué hay de ti? —Se esforzó por entretenerla, aparentando fortaleza delante de la pequeña, aunque tuviera miedo y decepción al comprobar que sus esperanzas por lograr la cooperación del grupo se desvanecían segundo a segundo.

 

Ryu no podía mantener el control de la situación, Nishimura no conseguía hacer entrar en razón a los demás, y la vida de Nao peligraba.

 

—S-Soy Mila. Te-tengo catorce años —contestó en un constante temblor.

 

Hideo, impotente a un lado, apretó los puños odiándose a sí mismo. No tenía la capacidad de enfrentarse a otros, ni defender a la mujer que lo atendió de sus heridas. Shiori lo observó mientras abrazaba a Mila. Quería decirle algo, pero nada se le vino a la mente.

 

—Mila, todo saldrá bien, no te preocupes. Los adultos sólo están nerviosos, llegarán a un acuerdo y podremos salir de aquí.

 

El joven rabió, oírla mentir lo hacía enojar. Nada saldría bien, ni aunque una amable chica lo dijera tiernamente.

 

—Moriremos… es el fin. Si alguien no actúa, moriremos. —La realidad golpeó con fuerza a Shiori tras oírlo.

 

Depender de otros no era lo mejor, si no hacía algo, pronto sufrirían las consecuencias. Miró adelante, detrás de los altercados se encontraba el hombre del esmoquin blanco recostado a una pared, tan sonriente como la primera mañana que lo conoció. Nada parecía afectarle, como si el infierno que vivían le fuera indiferente. Esa sonrisa, la mirada escondida debajo del sombrero, la impulsó a ponerse de pie. Se sintió insultada por la expresión, burlándose del martirio de quienes sí temían por sus vidas

 

—¿A dónde vas? —preguntó Hideo.

 

Mila levantó la cabeza, contemplando a la única que se preocupó por ella, avanzando sin titubear. Admiró su valor, la valentía de luchar y proteger.

 

«Quiero ser como ella», pensó arrugando su vestido con las manos, motivándose a hacer lo posible por sobrevivir.

 

Como si un instinto paternal gritara en su interior, Nishimura volteó, y entre el escándalo divisó a Shiori introducirse en el campo de agujas.

 

—¡¿Qué haces?! ¡Shiori, regresa!

 

La chica no obedeció, las agujas se movieron al tocarla, al mismo tiempo que perforaban su cuerpo. Los jugadores reaccionaron al grito de Nishimura y miraron lo que acontecía. Olvidaron lo que estaban por hacer, sus destinos ahora estaban en manos de ella. No tuvieron que elegir al representante, Shiori se eligió por su cuenta.

 

—¡Chica maid! ¡Regresa, no lo lograrás! —Ryu no confiaba en su habilidad, era una de las más jóvenes y no aparentaba tener fuerza ni saber manejar un arma para enfrentarse a lo que viniera después.

—¡No deben preocuparse por Shiori! —les llamó la atención Nao. Conocía perfectamente su condición, la detectó con sólo observarla responder a la herida en la frente—. ¡Padece una enfermedad llamada Analgesia! ¡No puede sentir dolor! ¡Podrá atravesar las agujas, no será un impedimento como lo sería para nosotros!

“¿Es en serio?”, “¿es posible que lo logre?”, las preguntas se acumularon. Nao no les reveló las consecuencias de dicha enfermedad, ya que no quería asustarlos y brindarle confianza a Shiori era lo mejor.

 

Las heridas no eran profundas, sin embargo, la sangre continuaba saliendo a cada paso. Alcanzando la mitad del recorrido, Shiori presentaba cortadas en sus brazos, mejillas y piernas, con una extensión preocupante. Utilizó sus manos reiteradas veces para cubrirse los ojos, debido a que algunas agujas apuntaban allí y no perdería algo tan valioso como la vista, sacrificaría sus palmas por ellos.

 

Llegó finalmente a la meta, subió por una escalera, volteó y miró a los jugadores que permanecieron observándola todo el trayecto. No sabía qué decirles para asegurarles el triunfo como dijo la voz, sonrió levantando el brazo.

 

Sin nada con que defenderse, continuó con más temor del que tuvo frente al lobo feroz. Ahora estaba sola, con la carga de las vidas de más de veinte personas en su conciencia.

 

Se adentró a una habitación, parecida a la de una princesa por la delicada decoración de cortinas blancas, jarrones con rosas y espejos distribuidos a lo largo de las paredes. Allí se encontró con el último individuo que podría imaginarse.

 

—¡Hija! —Levantándose de la elegante cama, una mujer adulta, gorda, con el cabello del mismo color que ella pero más descuidado, se abalanzó y la abrazó con intensidad. Su madre estaba presa en esa habitación, esperando que alguien la salvara.

—Ma... má —dijo confundida.

—Qué bueno que llegaste, alguien me secuestró y me trajo a este lugar —contó con lágrimas en los ojos.

—Es la voz... —balbuceó pensativa. No entendía porque su madre no había abandonado la habitación si la puerta estaba sin cerrojo, ni con ningún objeto que la obstruyera.

—¿Voz? ¿Dijiste voz?

—Nadie sabe quién es —respondió insegura de seguir hablando. Cada vez era más sospechosa su presencia en medio de un juego.

—¿Qué estupideces dices? Es probable que el secuestrador quiera el dinero de tu padre, ese maldito dinero que lo alejó de nosotras —expresó con creciente enojo.

—Mamá, no sabes lo que ocurre. —Shiori observó la habitación en busca de respuestas, las exigencias de la mujer no la distrajeron de hallar una pista para usar a su favor.

—¡Tienes que sacarme de aquí! —Avanzó y la sujetó de los brazos heridos y manchados de sangre, ignorando por completo el estado de su hija.

 

Este acto le recordó a los maltratos sufridos desde que su hermanito murió.

 

La joven se quejó mirando al costado, no podía ni siquiera pedirle que la soltara directamente, continuaba temiéndole a su autoridad.

 

—¡Siempre fuiste una inútil! ¡No pudiste cuidar a mi único hijo varón! ¡Lo dejaste morir! ¡Era tan pequeño y no pudiste cuidarlo! ¡Inútil! —le recriminó de repente.

—¡Me duele, mamá!

—¡¿Duele?! ¡¿Te duele?! ¡No puedes sentir dolor, estúpida! ¡¿Qué dolor sientes?! ¡Estúpida insensible, deberías morir!

—¡No! ¡Yo no quería! ¡No quería dejarlo ir!

—¡Vas a morir! —La voz de la mujer se fue agravando, las manos se enflaquecieron y los dedos se alargaron.

 

La mujer creció, al igual que su cabello aclarándose hasta llegar a ser blanco.

 

Shiori retrocedió, presenció la verdadera apariencia del enemigo, había tomado la forma de la persona que la torturó por años, llenándola de sentimientos negativos por la muerte de su hermano. La voz jugó con su sufrimiento, ubicando a la culpable de ello al final del recorrido.

 

Que comience el juego —la voz se hizo escuchar en todo el castillo.

 

Los jugadores en la sala se alarmaron con el anuncio y comenzaron a desesperarse sin saber a dónde acudir para escapar.

 

Rounin desvainó su katana preparándose para luchar. Permaneció fuera de las discusiones, sospechando que no se salvarían de enfrentarse a un verdadero desafío. ¿Para qué secuestró la voz a tantas personas, si en un juego sólo utilizaría una? No tenía sentido. Sin lugar a dudas, también deberían combatir contra una amenaza.

 

Colgando del techo, como si fueran murciélagos camuflados bajo una capa de carbón, tres delgadas criaturas extendieron sus alas y descendieron. Se trataba de tres monstruosas hadas, una verde, otra roja y la última azul. No eran muy grandes, aproximadamente de un metro y medio, tenían las costillas marcadas debajo de una fina piel gris, vestidos rasgados y alas semitransparentes con notables ramificaciones similares a venas.

 

La característica que las destacaba, haciéndolas verse más aterradoras, eran sus largas bocas cosidas, por lo que silenciosamente sobrevolaron la sala.

 

El monstruo denominado “La bella durmiente” del cuento, abrió también su boca larga y cosida, estirando los hilos para después emitir un grito semejante al de una persona al borde de la locura. Shiori se alejó espantada, buscando en la habitación un objeto para matarla. Todo lo que halló fueron utensilios de maquillaje, espejos y cajones vacíos.

 

Sólo las hadas escucharon el grito de su princesa y obedecieron sus órdenes de atacar a los jugadores. Descendieron e intentaron tomarlos de los brazos para llevárselos a las alturas, y dejarlos caer a una muerte segura.

 

La bella durmiente acorraló a Shiori dando arañazos con sus uñas afiladas. La hirió en el abdomen, sumando una cortada más a las que ya poseía. La joven cayó al suelo y gateó debajo de la cama para ocultarse.

 

«¿Qué hago? Voy a morir, voy a morir aquí». 

 

Se tomó unos segundos para recordar los cuentos que le leyó a su hermanito, alguna pista oculta le daría la respuesta, pero con un monstruo apuñalando su refugio, le fue imposible.

 

Cerró los ojos llorosos y cuando los volvió a abrir, divisó un rayo de esperanza.

 

Por un pequeño orificio de una puerta que no notó antes, ingresaba la luz de la luna. Con una presión apretándole el pecho, salió de abajo de la cama corriendo a la puerta misteriosa. La bella durmiente la persiguió.

 

Shiori alcanzó su objetivo y se escabulló dentro de una angosta escalera de caracol que conectaba con la torre más alta. El monstruo dificultosamente avanzó por el poco espacio que había.

 

Los que contaban con armas, protegieron a aquellos que no tenían objetos para luchar. Las hadas no volaban cerca de las paredes, podrían impactar contra ellas y sus alas delicadas no soportarían el choque, eran rápidas, pero poco resistentes.

 

A Ryu se le ocurrió esa idea, pensaba que si a un ave le resultaba difícil cazar así a su presa, a ellas les sucedería lo mismo.

 

El hada rojiza descendió sobre Gensuke. No conservaba ni un bate ni una katana, sin embargo, se apartó del grupo para atraerla.

 

—¡Oye, no hagas eso! —Ryu corrió sin quitarle la vista de encima, pero antes de que pudiera defenderlo, el hombre del esmoquin sacó su pistola y le disparó una vez al hada, dándole exactamente en el centro de la frente.

 

El monstruo alado siguió su camino estrellándose contra la pared.

 

Ryu quedó sin palabras, la habilidad del tirador era impresionante. Nunca se cruzó con alguien que le acertara un tiro a un objetivo en movimiento.

 

—¡¿Cuándo carajos ibas a decirnos que tenías una pistola?! —Se enojó.

—Lo siento, lo siento, soy culpable, lo reconozco. ¿Vas a perder tiempo discutiendo? —Retiró el cartucho de balas mostrándole que estaba vacía.

 

Las dos hadas restantes siguieron intentando atrapar a los jugadores, pero cada vez que se aproximaban, Ryu y Rounin las espantaban atacándolas.

 

Rena no quiso permanecer sin hacer nada, agachada y esperando la finalización del juego. No resistió la espera y se puso de pie.

 

—¡Ryu! ¡Haré de carnada! ¡No se acercarán a ustedes! ¡Comienzan a temerles! ¡Déjame atraerlas y podrán matarlas! —manifestó.

—¡No lo harás! ¡Agáchate, maldita sea!

—¡No eres nadie para darme órdenes! —Rena corrió al medio de la habitación.

 

El hada azul la visualizó de inmediato y voló a capturarla.

 

Ryu aceleró su corrida, rogando llegar a tiempo. Había estado corriendo desde que aparecieron las hadas, el cansancio hizo peso en sus piernas sin darle las fuerzas necesarias para rescatarla. El recuerdo de sus compañeros fallecidos en un incendio intencional de la pandilla rival se le presentó en la memoria. Pensó que de nuevo fallaría, otra muerte se agregaría a su lista.

 

«Rena, no... no tú».

 

Fue la primera en no abandonarlo pese a su mala reputación. Sintió que se lo debía, era su turno de no abandonarla, sin embargo, un tropiezo le impidió salvarla.

 

El depredador visualizó una presa más cercana. Rena se paralizó al ver caer a Ryu. Aunque acudiera en su ayuda, sería tarde. La inseguridad la invadió, estaría sacrificándose por ese hombre. No podía hacerlo, su meta era sobrevivir, regresar a casa, y los juegos pasarían a ser sólo un mal recuerdo.

 

El hada abrió las garras en sus pies, como un águila a punto de cazar un ratón.

 

Rounin actuó rápido, notando cuál era su intención, corrió detrás y le rebanó las piernas de un solo movimiento. La herida criatura perdió altura, casi tocando el suelo en una ubicación útil para que el espadachín la rematara.

 

Rounin saltó sobre Ryu, quien seguía tirado, impactado por lo acontecido. Al caer, dio una voltereta para no perder velocidad y se apresuró a acabar con el monstruo. En su camino se interpuso un desorientado joven, perteneciente al trío que agredió a Nao en la farmacia. Seguramente estaba bajo los efectos de una droga, por lo que no sabía qué estaba sucediendo a su alrededor.

 

Rounin no se detuvo, a pesar de que había un humano en medio, lo usó de escudo y clavó la hoja de su katana en el pecho de ambos.

 

Shiori arribó a la parte superior del castillo.

 

Con el cielo violeta de testigo, comprendió que hasta allí llegaría, el único camino de regreso de la salvación que anhelaba, era por donde la perseguía la princesa. Todavía le quedaban unos momentos para pensar cómo enfrentarla, gracias a que a diferencia de ella, subió sin problemas por su tamaño.

 

—Debe haber algo que sirva. —Corrió por la zona.

 

Rodeando la torre, encontró una aguja tan grande como las que la lastimaron. Esta era particular, de color dorado. La tomó, no era pesada, pero la punta se veía filosa. Si le enterraba esa aguja en el corazón al enemigo, lograría acabar con el juego.

 

Escuchó el sonido de las largas uñas rasgando las piedras que recubrían el exterior de la construcción, señal de que el peligro se encontraba cerca. No pudo evitar asustarse y se escondió detrás de unas rocas, intentar asesinar a un rival que la superaba en estatura y fuerza, era impensable.

 

—No puedo, me matará, me matará —repitió acurrucada, abrazándose las piernas.

—¿Dónde estás, hija? —La bella durmiente imitó la voz de su madre para hacerla salir del escondite.

«Esto no es real, no lo es, es una pesadilla que se siente... se siente muy real». Apretó sus brazos sin sentir que los estrujaba con fuerza.

¡¿Te duele?! ¡No puedes sentir dolor, estúpida!”, recordó las palabras hirientes de su madre al burlarse de su condición, como si no fuera suficiente ser diferente a los demás, una clase de fenómeno.

«No conozco el dolor... por eso estoy en la torre... porque los demás sí lo experimentan... pero, siento que... aquí dentro... cuando mamá me sujeta... siento dolor». Se tocó el pecho, percibiendo los latidos de su corazón acelerado.

 

El monstruo volvió a llamarla, aplicando el mismo método para incitarla. Shiori respondió al llamado saliendo de su escondite.

 

—¡Yo también siento dolor, no soy insensible! ¡Aquí estoy mamá! —Empuñó la aguja dorada directo al monstruo y corrió.

 

La aterradora mujer modificó su rostro al de su madre, estiró los brazos a la humana suicida, aguardando la llegada imparable.

 

—Shiori, mami te ama —le sonrió dulcemente, como jamás hubiera imaginado que esa desalmada lo haría.

 

El monstruo creyó que con esa manipulación la detendría, expresando el sentimiento que debilita a los humanos cuando intentan destruir.

 

Sin embargo nada la detuvo, descubrió un rencor en su interior que negaba hacia la mujer que se suponía iba a ser su ejemplo a seguir, la persona que la trajo a la vida. Estaba a punto de destruir lo más cercano que tenía de ella, empujándola a actuar sin medir las consecuencias. Se tiró abajo deslizándose en el piso a unos centímetros de ser atrapada. Rasgó su traje de maid, raspándose simultáneamente al aterrizar. Pasó entre las largas piernas grisáceas y con la aguja cortó parte del vestido. Estando detrás, se levantó y le perforó la espalda hasta el otro lado del delgado cuerpo. Fue tan sencillo atravesarla que la joven escuchó sus órganos cuando colapsaron.

 

—¡Aaaaah! —El grito del monstruo culminó con el enfrentamiento.

 

Una aguja, ese objeto que la hizo dormir en el cuento, su verdadero enemigo, compartió espacio entre sus entrañas, aferrado como un parásito que la acompañaría a la muerte, de donde no despertaría jamás.

 

 

La chica exhausta, retiró la aguja cubierta de sangre y respiró aliviada. Jadeando, soltó el arma que le proporcionó la victoria y caminó débilmente de regreso a la sala principal.

 

La última criatura alada continuó atormentando al resto de jugadores, furiosa por no poder llevarse una víctima y lanzarla desde las alturas. Su princesa acababa de morir, ya no tenía la misma motivación de asesinarlos sin ella.

 

Rounin fue retenido por Ryu tras presenciar un asesinato de su parte. A pesar de que lo salvó de morir preso de las garras de una de las hadas, había matado a otro jugador.

 

—No te moverás de aquí. —Lo empujó con la punta de su bate.

 

Rounin le devolvió una mirada amenazante. Limitarlo cuando tenía habilidades de sobra para exterminarla, era una completa locura.

 

—Pierdes el tiempo en asuntos irrelevantes. Sabes que puedo cortarla. Estás exponiendo al resto a morir.

—No debí confiar en ti en primer lugar.

—…Apártate, me debes tu vida —Rounin movió la katana a unos milímetros de distancia del bate, amenazándolo con rebanarlo. No quería hacerlo, Ryu era un buen líder, pero su moral lo cegaba de tomar decisiones drásticas para asegurar la mayor cantidad de sobrevivientes.

 

Mila, arrinconada detrás de unos adultos, miró arriba hallando una antorcha sujetada a las rocas de la pared. Shiori había afirmado que los adultos llegarían a una solución rápida, sin embargo, sólo los observó peleándose entre sí. Tomó la antorcha con sus manos temblorosas.

 

El hada verde empezó a perder altura, después de ser golpeada varias veces por el bate de Ryu. Inspirada por el valor de quien se sacrificó, trató de imitarla enfrentándose a las adversidades. Si lograba que las llamas tocaran a la criatura, el resto sería sencillo.

 

Salió disparada directo al monstruo, quien se encontraba de espaldas, y agitó la antorcha. Los gritos de terror de los jugadores alertaron a Ryu, de nuevo, una jovencita se exponía al peligro, como líder jamás podría permitírselo.

 

El hada volteó antes de que Mila cumpliera su cometido. La adolescente vio su propia imagen reflejada en los ojos negros del monstruo, una débil y diminuta imagen. Quedó inmóvil, el hada le quitó la antorcha arrojándola al suelo.

 

Ryu y Rounin corrieron para rescatarla, los dos compartiendo el mismo objetivo, pero fue demasiado tarde, Mila se fue alejando del suelo, siendo atrapada, llevada hacia las alturas para luego ser arrojada despiadadamente. El sonido del crujir de los huesos, retumbó por todo el lugar.

 

Rounin apretó la katana, frustrado por haber fallado.

 

El hada lo marcó como su siguiente víctima y descendió en picada, decidiendo perforarle el cráneo con las largas garras de sus manos, sin embargo, la furia del hombre eclosionó cuando estiró el brazo hacia arriba, logrando frenarla a tiempo.

 

El cuerpo de la criatura quedó ensartado en la hoja, Rounin soportó el peso sobre ese brazo y la lluvia de sangre bañando su cabeza.

 

 

El resto lo observó en silencio, incrédulos de lo que presenciaban. Aquel hombre que hacía no mucho se había convertido en un asesino, daba por finalizada la existencia de otra hada de una manera tan increíble que ya no se asemejaba a la forma de actuar de un humano, parecía más bien, una máquina de matar.

 

Felicitaciones, han superado el tercer juego. Por favor, les pido que se retiren del castillo. Les facilitaré el camino de regreso. Se lo merecen por su arduo esfuerzo —anunció la voz complacida, desmantelando el campo de agujas instantáneamente.

 

Nishimura se adelantó en busca de Shiori, seguido por Hideo, ambos pensaron lo mismo al enterarse de que era el final.

 

Al mismo tiempo, Nao discutió con Ryu sobre Mila, quien agonizaba por las graves heridas. No podían cargarla al pueblo, ni transportarla sin una camilla, su estado era delicado, empeoraría con cualquier movimiento. Fueron pocos los que se quedaron a asegurarse de que todos lograran volver a salvo, entre ellos Gensuke. Los observó desesperados por trasladar a la jovencita.

 

—No encontré ningún objeto que podamos usar como camilla, pero no me rendiré. Seguiré buscando. —Ryu observó en diferentes direcciones, pero no había nada además de la gran escalera.

—Quería… quería ser como ella… —murmuró Mila ardiendo en fiebre, con los huesos de la columna rotos, los ojos cubiertos con lágrimas y los oídos inundados en sangre.

—No te preocupes, encontraremos la manera de trasladarte al hospital —le dijo Nao luchando por conservar la calma.

—Quería ser… valiente… —La delicada voz perdía volumen. La fría muerte se acercaba cada vez más.

—Te pondrás bien. Te curaré, lo prometo, para eso estoy aquí, soy la que… la que… —A Nao se le produjo un nudo en la garganta que le impidió seguir hablando. Por más que deseara atenderla, no contaba con los elementos necesarios, y por más que Ryu se esforzara buscando, no encontraría nada que la ayudara—. Lo siento… —sollozó. Aún nadie la había visto llorar. Solía encerrarse en su casa a desahogarse con la soledad, alejada del hospital, como lo hacía en su vida cotidiana. No mostraba sus angustias y tristezas, prefería que la conocieran en sus mejores momentos, como una persona alegre y bondadosa. No obstante, viviendo las desgracias de las desafortunadas personas que la acompañaban en esa oscura realidad, mientras era incapaz de curarlas, todo eso se acumuló rompiéndole el corazón—. ¡Buaaa! ¡Lo siento, lo siento! ¡No puedo curarte! ¡No tengo nada, no puedo…!

 

Acercándosele, Ryu le tocó el hombro.

 

—Vamos mujer, no es tu culpa, no lleves la carga de lo que pasó.

—¡Pero yo!… ¡Tú lo dijiste! ¡Soy la única que puede curarlos! ¡Si no soy yo, entonces…! ¡¿Quién lo será?! ¡¿De quién será la culpa más que mía?!

 

Cuando la defendió de los que la escogieron como representante, Ryu jamás creyó que sus palabras fueran tan decisivas para ella. Era inevitable sentirse culpable por la carga que le atribuyó sin pensar.

 

—Tch… Lamento haber dicho eso, quería salvarte. Eres valiosa para todos, no pensé que… mierda. El culpable es quien nos secuestró, esa cosa que nos trajo aquí. —Ryu la abrazó para consolarla y para consolarse.

 

Silenciosa de pie junto a la puerta de entrada, Rena los observó apretando los puños. Alguien estaba interfiriendo en sus planes, la enfermera rubia atentaba contra ellos.

 

Gensuke intervino entre los dos y tomó la cabeza de Mila recostándola sobre su regazo.

 

—Está sufriendo, ambos saben que no podrán ayudarla —dijo con seriedad, y en un inesperado y brusco movimiento, le quebró el cuello, dándole finalmente una muerte rápida.

 

Ryu y Nao quedaron estupefactos por la frialdad del acto. No supieron qué decirle, habían experimentado el miedo mismo al estar en presencia del extraño jugador de ojos cubiertos.

 

Las secuelas del juego empezaron a recaer sobre su cuerpo. Shiori se sentía débil, sin energías y mareada. Usando sus últimas fuerzas, tocó débilmente la puerta, deseando ver a sus compañeros a salvo. 

 

Del otro lado, Nishimura la abrió, encontrándose con la chica que cayó desmayada en sus brazos.

 

Nishimura percibió su mano humedecerse, la que sostenía la espalda de la maid. La miró y la descubrió cubierta de sangre. Puso el oído sobre el pecho y escuchó el leve latido de su corazón.

 

—¡Shiori sigue viva! —La cargó y bajaron la escalera lo más rápido que pudieron.

 

Nao reaccionó al oír su nombre y cojeando se dirigió a atenderla. Era esperable que las cortadas en el campo de agujas le provocaran sangrados constantes, tampoco era ilógico pensar que se enfrentó a algo mucho más desafiante después. Claramente padecía de anemia, la enfermera conocía el tratamiento que requería. Basándose en sus observaciones sobre el estado de Shiori, concluyó que debía atenderla cuanto antes para evitar una insuficiencia cardiaca  o respiratoria por la falta de sangre.

 

Hideo miró a Nao dar indicaciones, divisó sus ojos enrojecidos y la voz un tanto ronca, comprendió que había estado llorando.

 

Nishimura se encargó de apresurarse con Shiori, y Ryu llevó a Nao, quien debido a la torcedura en su pie, no podía caminar adecuadamente.

 

La voz no les impuso ningún obstáculo entre el cementerio de criaturas y el pueblo. Los humanos le proporcionaron una instancia reveladora de aprendizajes, los que agradecería más tarde, brindándoles beneficios que harían aún más interesante su estadía con ellos.