El Renacer de un Guardián

Capítulo 4: El juramento

Ese mismo día, al atardecer, Ena se encontraba recostada en la cama del segundo piso de la cabaña y Akihiro estaba sentado en el balcón de la habitación mientras contemplaba el lago.

 

—¡¡Aah, qué calor!!… —dijo Ena quejándose.

—Si tienes tanto calor échate aire, para algo sabes usar magia de viento, ¿no? —comentó Akihiro.

—Tonto, eso no sirve, el aire está caliente y para enfriarlo tendría que hacer un desastre en la habitación.

—Entonces date un baño.

—Humm… ¿Y te bañas conmigo?

—Mmm… de acuerdo. Después del entrenamiento de esta tarde, no me vendrá nada mal un baño.

—¡Entonces vamos!

 

Los dos bajaron al primer piso y prepararon el jabón y las toallas, para luego dirigirse al lago a bañarse. Tras llegar a la orilla, al lado de una gran roca, Ena comenzó a desvestirse; Akihiro al verla, apartó ligeramente la mirada hacia el lago, pero Ena se dio cuenta de esto.

 

—Llevamos bañándonos juntos desde que éramos niños, me has visto desnuda miles de veces, ¿y ahora apartas la mirada?

—Aunque seas mi hermana, sigues siendo una mujer… Además, ya no eres la niña de hace unos años, ¿sabes?... Sólo estoy siendo cortés.

—Y, a comparación de antes, ¿qué tal… me veo ahora? —preguntó apenada pero curiosa mientras exhibía su hermoso cuerpo al desnudo.

 

Akihiro miró por un momento el cuerpo desnudo de Ena y se sintió avergonzado por mirarla con tanta atención.

 

—Esteee… Bueno… eres… T-Te has vuelto… mu-muy hermosa… —respondió, agachando la mirada.

—Eeeeh… Akihiro pervertido, ¿con qué ojos estás viendo a tu hermana? —dijo en tono de burla.

—¡¿Qué?! ¿Pervertido yo? ¿Y lo dice la chica que está desnuda al aire libre en este momento?... Aparte tú fuiste la que preguntó, no te vuelvo a mostrar cortesía.

—Ya, ya, deja de lloriquear, desvístete y vamos al agua.

 

Ena corrió rápidamente hacia el lago mientras iba con la cara algo sonrojada, pues le había gustado la respuesta de Akihiro sobre la apariencia de su cuerpo. Después de desvestirse, Akihiro dejó la ropa encima de la roca junto con la de Ena, luego entró al lago donde su hermana se encontraba nadando y sumergiéndose en el agua. Mientras aún estaban en el agua, al lado de la roca de la orilla, Ena se pegó a su hermano con tristeza, poniendo las manos sobre su pecho y recargando su cabeza; Akihiro al verla así y sentirla a su lado, la abrazó por la espalda, puso su mano sobre su cabeza y acarició su cabello.

 

—¿Qué ocurre?... —le preguntó él, con ternura.

—Solía bañarme aquí con mamá, y cuando papá estaba con vida, veníamos todos los años de paseo a este lago, ¿recuerdas?

—Sí… Lo recuerdo…

 

Ena se quedó en silencio por un momento mientras algunas lágrimas caían de su rostro.

 

—¡No quiero perderte! —dijo aferrándose a él con fuerza mientras lloraba.

 

Akihiro levantó el rostro de Ena y lo acarició con suavidad mientras la miraba a los ojos.

 

—No te preocupes… Nunca me apartaré de tu lado.

—¿Lo prometes?

—Te lo prometo.

—¡Gracias!… —contestó sonriendo mientras lo abrazaba nuevamente.

 

 

Luego de unas horas, ya tarde en la noche, Akihiro se encontraba sentado en la mesa de trabajo del primer piso, afilando su espada; en eso, Ena bajó de la habitación después de haberse cambiado para ir a dormir: llevaba un camisón de seda y tul, de tirantes y algo corto, apenas arriba de las rodillas; el tul cubría "castamente" el escote y caía suelto desde abajo del busto. Akihiro vio bajar a su hermana y ella se le acercó con una actitud coqueta y alegre.

 

—Mira… —dijo Ena mientras giraba modelando su vestimenta.

—Oh, te pusiste la ropa que te regalé.

—Así es… ¿Qué tal me veo?

—Te ves muy bien.

—¿Cierto?... Realmente me gustó mucho, es muy lindo, cómodo y suave… ¡Gracias por pensar en mí también para estas cosas, hermanito!, no sólo me cuidas sino que tratas siempre de darme lo mejor… —dijo Ena luciendo su camisón.

—No hay de qué, eres la persona más importante en mi vida, simplemente trato de pagarte por todo lo me has dado, además, como mi hermana, quiero darte siempre lo mejor.

—¡Awwww!… ven aquí tonto, dale un abrazo a tu hermana —dijo Ena extendiendo sus brazos.

 

Akihiro dejó su espada en la mesa junto con el afilador, se levantó y abrazó a su hermana.

 

—¿Vamos a dormir? —preguntó Akihiro.

—Si ya terminaste…

—Adelántate mientras yo organizo esto.

—De acuerdo.

 

Ena subió a la habitación mientras Akihiro guardaba las herramientas para afilar. Tras revisar que la cerradura de la puerta estuviese puesta, subió a la habitación y vio a su hermana sentada en la cama mientras se hacía una coleta.

 

—¿Aún tienes calor? —preguntó Akihiro.

—¿Eh?, no, después del baño se me fue el calor.

—Yo si tengo algo de calor… —dijo Akihiro mientras se quitaba la camiseta y se acercaba a abrir la ventana.

 

Entonces, su hermana vio las cicatrices que tenía su hermano en algunas partes de su cuerpo, la mayoría marcas de combate contra los Come hombres, otras por el entrenamiento y unas pocas por los mismos ataques que ella le había hecho tiempo atrás. Akihiro se acostó en la cama junto a su hermana y ella, con una ligera brisa, apagó las velas y lámparas de la habitación. Ena recostó su cabeza sobre el pecho de su hermano mientras lo abrazaba con su brazo izquierdo, Akihiro solamente la miró y sonrío.

 

—Después de 22 años sigues siendo como una niña chiquita —dijo Akihiro mientras acariciaba la cabeza de Ena.

—¿Qué hay de malo en querer ser consentida?

—Nada, pero… recuerda que no estás atada a mí; puedes irte, buscar un esposo, tener una familia, hijos y una vida normal.

—Sí, pero tú me consientes, me cuidas, me escuchas, me quieres y me das todo lo que un esposo me podría dar; no tengo la necesidad de buscar a un hombre porque ya te tengo a ti.

—Aun así… con un esposo tú puedes…

—¿Tú crees que voy a cambiar mi vida y mi relación contigo, la única familia que me queda, por algo como el sexo? —le reprochó.

—Lo siento… sé que no eres así.

—No estoy atada a ti, yo realmente quiero estar contigo, no sólo por ser mi hermano, sino por todo lo que hemos vivido; eres muy importante para mí, por eso quiero seguir estando a tu lado; además, también es mi deber como hermana mayor el cuidar de ti, y más con lo descuidado que eres —dijo ella con un tono más dulce.

 

Tras oírla, Akihiro le besó la frente.

 

—Te quiero, Ena… —dijo Akihiro mientras la miraba a los ojos.

 

Ena, sonrojada, bajó la mirada a la vez que le dio un golpe al costado con su mano izquierda.

 

—¡Auch!… ¿Y eso porque?, ¿te expreso mi amor y así me lo pagas? —preguntó Akihiro entre risas.

—Idiota… ¿Cómo dices eso así nada más?... Yo… t-también te quiero —dijo Ena susurrando en su pecho.

 

Akihiro sonrío al oírla y luego pasó su brazo izquierdo por encima de ella, abrazándola. Tras unos minutos, ambos se quedaron dormidos mientras seguían abrazados.

 

En el castillo del enemigo, ubicado en la tierra de Archés, había entrado por la puerta de la sala del trono un hombre de unos 3 metros de alto, de cabello largo y ojos color cyan oscuro y rostro bastante atractivo; tenía una apariencia robusta que infundía respeto, cubierto con una armadura de hierro oscurecido, con adornos y "formas agresivas" en sus hombros y codos; también traía una capa negra en su armadura y una espada larga para empuñar con dos manos, también de un metal oscurecido.

 

Al caminar hacia el trono, vio a un hombre muy alto, de unos 4 metros, robusto, un rostro atrayente con ojos y cabello de color gris; este, llevaba una armadura ligera en hierro negro, con algo de desgaste en los bordes de las piezas; alrededor de sus hombros vestía una capa roja con adornos de pelaje negro y en el "pantalón" de la armadura, caían unos adornos de tela negra en su parte delantera y trasera. Aquel hombre, se encontraba sentado en el trono, que apuntaba hacia el norte.

 

Al llegar, el hombre se postró en posición de guardia, con una rodilla en tierra y apoyó su brazo en la otra pierna en tanto inclinaba la cabeza.

 

—Amo Samuru… He vuelto…

 

Al oírlo, Samuru abrió los ojos y vio a aquel hombre inclinado ante él.

 

—Itami… Al fin regresas —respondió Samuru con un tono autoritario—. ¿Cómo te fue en Pediáda?

—La trampa funcionó; tal como dijo nuestro informante, la princesa fue a solucionar el problema personalmente, aun así… lo siento mucho, mi señor, la princesa logró salir con vida, le he fallado…

—¡Jajajaja!… Qué ingenuo eres Itami, eso era justo lo que tenía que ocurrir.

—¿Eh?... No entiendo, mi señor.

—El objetivo del ataque no era matar a la princesa, sino infundirles miedo y jugar con sus mentes al mostrarles que esa ventaja que creían tener, no les servirá de nada; la princesa es la segunda maga más hábil de Evimería, estaba claro que una manada de Lykontaris no sería suficiente para matarla.

—Entiendo… Aunque, si no fuera por un par de personas que acudieron en su ayuda, habría muerto en las garras de los Lykontáris.

—¿En serio?... Humm, supongo que la sobrevaloré… ¿Y qué hay de ese par?

—Los observé por un tiempo, pero no son más que dos pueblerinos que viven al lado del lago, apartados de Dásos y Pediáda, realmente no son una amenaza.

—Humm... Pues para ser unos pueblerinos, tienen un buen par de "pelotas" para vivir solos en un lugar apartado.

—Amo Samuru…

—Dime, Itami.

—Perdón por el atrevimiento, pero… ¿cuándo atacaremos?... Llevamos mucho tiempo vigilando cada movimiento del enemigo, así que me preguntaba cuándo empezaremos a actuar.

 

Samuru lo miró por un momento y luego se levantó pensativo mientras se dirigía hacia la ventana a su izquierda, con vista a las afueras.

 

—Dentro de unos meses… Quiero jugar un poco más con ellos.

—Pero, si esperamos mucho, la princesa y los reinos se preparan más; usted sabe perfectamente la gran capacidad de aprendizaje de la princesa… al ritmo que lleva, superará rápidamente a su madre y más ahora que probablemente sospecha de nosotros.

—¡¿Acaso dudas de nuestras fuerzas?!... No te preocupes por la princesa, yo personalmente me haré cargo de ella… Probablemente la use como mi juguete antes de matarla, una belleza como ella no se puede desperdiciar.

—¿Y que habrá para nosotros?

—Cuando hayamos acabado con todos los reinos, les daré a ti y a tus hermanos a todas las mujeres que deseen, también podrán tomar a los hombres que quieran como prisioneros, igual no los vamos a necesitar.

—¡Gracias, mi señor!...

—Eso es todo por hoy. Ahora regresa a los aposentos y espera por nuevas órdenes.

—Como ordene, amo Samuru…

 

Itami salió de la sala y se dirigió a los aposentos. Samuru salió también de la sala del trono y subió a su habitación, que se encontraba en el último piso del castillo.

 

Cuando Samuru llegó a su cuarto, lo estaba esperando una mujer al lado de la puerta: esta era de cabello castaño y de gran estatura, su cuerpo se veía maltratado y su rostro tenía una mirada muerta y vacía; era como si su cuerpo y alma, se hubieran entregado por completo ante Samuru tras perder toda ilusión, esperanza y sentimiento alguno. Aquella mujer llevaba un vestido de color crema bastante deteriorado y algo sucio; en su cuello, llevaba un collar de hierro atado a una cadena, la cual estaba fijada a la pared.

 

—¿Me extrañaste? —preguntó Samuru al verla de pie junto a la puerta, pero esta no le respondió.

 

Él se acercó a ella y levantó su rostro para mirarla, ese rostro que había perdido toda voluntad de vivir; soltó la cadena y jaló a la chica hacia la cama, haciendo que esta cayera de rodillas al suelo por la fuerza del tirón. Con la misma cadena, levantó a la chica del suelo y la paró frente a la cama.

 

—Estas hecha un asco… —dijo mientras le quitaba el collar de hierro.

 

El cuello de la chica estaba marcado por aquel collar y su piel estaba bastante lastimada; Samuru rasgó su vestido por la mitad, su cuerpo desnudo estaba cubierto de cicatrices de todo tipo, quemaduras, latigazos, golpes y hasta cortes. Luego, Samuru empujó a la chica y esta cayó en la cama boca arriba; después, él se quitó su armadura, se acercó a ella y comenzó a besarle los senos y otras partes de su torso; la chica no expresaba satisfacción a pesar de que estaba siendo estimulada, sólo se quedó inmóvil, con una mirada perdida.

 

Cuando Samuru estuvo preparado, comenzó a penetrar a la chica, haciendo que sus partes se desgarraran lentamente a medida que iba más profundo; mientras, ella no mostraba expresión alguna pues estaba tan acostumbrada al dolor, que lo único que se podía apreciar era un ligero quejido junto a su respiración un poco agitada, además de algunas lágrimas que brotaban de sus ojos en ese rostro inexpresivo.

 

Tras violar a aquella mujer, Samuru le curó las heridas que le había causado para que esta no muriera, después, la llevó al baño, le lavó el cuerpo y la vistió con ropa nueva para luego llevarla a la cama y pasar el resto de la noche durmiendo con ella.

 

Era temprano por la mañana. Akihiro se despertó y lentamente abrió sus ojos, a su izquierda, vio a su hermana durmiendo junto a él; sonrió con ternura mientras contemplaba su belleza. Una brisa entró por la ventana y estremeció ligeramente a Ena, él la cubrió bien con la manta y le dio un beso en la frente con delicadeza.

 

Tras levantarse de la cama, se vistió y bajó a la cocina a preparar algo para el desayuno. Al terminar de comer, dejó el desayuno de su hermana tapado en la cocina, después fue hacia la mesa de trabajo, y recogió su espada junto con la vaina que estaba recostada al lado de la mesa; la envainó y la ajustó a su cintura con la correa. Luego de eso, entre los cajones de la mesa, buscó una daga y la guardó entre la correa. Ya estando casi listo para salir, fue hacia uno de los rincones de la sala y recogió un saco de tela donde había varias pieles de animales.

 

Cuando salió de la cabaña, cerró la puerta y se dirigió hacia el camino principal, el cual conectaba a Pediáda y Dásos con el reino. Tras unos minutos de caminata, giró hacia su derecha y se dirigió a Dásos para vender las pieles de los animales que había cazado hacía unos días.  

 

«Maldición, sí que me hace falta tener un caballo», pensó al recordar el camino que tenía por recorrer.

 

Con la espada y el saco, la carga que llevaba encima pesaba unos 40 kilos; aunque para el físico de Akihiro no era algo que le significara un gran esfuerzo, aun así lo retrasaba, y sabiendo que su hermana estaba sola, no dejó de inquietarle el tiempo que tardaría.  Tras unos 15 minutos de caminata, detrás de Akihiro se dejó ver una carreta de carga, el chico no se dio cuenta, pero tras un par de minutos, la carreta lo alcanzó y se oyó una voz detrás de él.

 

—¿Hacia dónde vas?

 

Akihiro volteó a mirar hacia la carreta y vio a un señor de aproximadamente 50 años, con una apariencia muy bien conservada.

 

—¿Ueh?... ¡Ah! Me dirijo a Dásos.

—¿A Dásos?... Sube, también voy para allá.

—¿En serio? ¡Gracias!

 

Akihiro subió a la carreta y se sentó al lado del mercader; al subir, notó que la parte de atrás estaba llena de hierro, piedra y algunos metales preciosos como el oro y la plata.

 

—Muchas gracias por llevarme… Mi nombre es Akihiro.

—No hay de que, puedes llamarme Tanaka.

—De acuerdo… Veo que lleva una buena carga ahí atrás, ¿lo lleva todo para Dásos?

—No, el hierro va todo para el reino y la piedra, el oro y la plata, se reparte entre Dásos y Lígo.

—¿Lígo? —preguntó Akihiro con curiosidad.

—Sí, ¿no has estado allí? Es un pequeño pueblo hacia el sureste del reino, es muy bonito y la gente es muy agradable, deberías ir.

—No, no he estado allí, hasta ahora escucho sobre él.

—De lo que te has perdido… Yo vivo en Lígo, así que te podría dar hospedaje si llegas a visitarlo.

—¿En serio? Consideraré visitarlo pronto entonces.

—Sí, es más, me quedaré un par de días en Dásos y luego de ir al reino volveré a Lígo, podría llevarte para que lo conozcas.

—Suena tentador, pero tendría que consultarlo antes con mi hermana. Si voy es con ella, no puedo dejarla sola.

—Ya veo… Eso es ser un buen hermano.

—… ¿Y usted tiene familia?

—Oh, sí. Tengo una esposa y dos hijas, la mayor tiene 28 años y la menor 9. —Tanaka sacó de la parte trasera de la carreta un pequeño costal y de este sacó un collar de zafiro bastante lujoso—. Esto es un regalo para mi hija pequeña. Siempre le han encantado este tipo de accesorios, aunque fue bastante costoso.

—¿De qué está hecho?

—De zafiro, por eso su alto precio. No es un material fácil de conseguir.

—Ya veo… Es muy bonito.

 

Unos minutos después, los dos llegaron a la entrada de Dásos. Tras avanzar por el camino principal, llegaron a la parte central del pueblo; donde había gran variedad de comercio rodeando una mini plaza central.

 

—Yo me bajo aquí —dijo Akihiro mientras recogía su saco.

—De acuerdo, yo tengo que ir a los almacenes para vender esto.

—Gracias por traerme, ¿cuánto te debo?

—Oh, no te preocupes. Yo iba hacía el mismo lugar, así que no tienes que pagarme nada.

—¿Estás seguro?...

—Por supuesto.

—Vale… Muchas gracias Tanaka, espero que nos volvamos a encontrar.

—Igualmente muchacho…

 

Después de que los dos se despidieron, Akihiro se dirigió a la tienda de pieles para vender lo que llevaba. Tras cruzar por algunos puestos, llegó a la tienda de pieles. Al entrar, sintió ese olor característico del cuero, combinado con otros olores de animales.

 

—¡Buenos días!

—Buenos días muchacho, ¿en qué te puedo ayudar?

—Vengo a vender estas pieles. 

 

Akihiro montó el saco sobre el mostrador y lo abrió.

 

—Vaya, vaya… Sí que traes buen material hoy.

—Sí, me fue bien estos días.

 

Después de inspeccionar las pieles el vendedor le dio el pago correspondiente.

 

—¿400 axías? Jum, nada mal.

—Hoy estoy generoso. Jajaja.

—Para lo poco que gasto, me es suficiente. Aun así… ¿tienes algún trabajo que darme?, estoy pensando visitar un pueblo, así que necesito algo más de dinero.

—Humm… Déjame mirar… —dijo el vendedor mientras miraba en un cajón los encargos que tenía pendientes—. Sí, tengo uno de cazar un oso negro. Tú me vendes la piel y la carne se la vendes al carnicero; ya que la petición es de los dos.

—Suena bien, ¡la tomo!

 

Después de la venta, Akihiro salió de la tienda y tras visitar la tienda de armas, se dirigió bosque adentro para buscar a un oso negro. Tras varios minutos de estar observando con cuidado la zona, logró ver algo oscuro moverse a lo lejos. «¿Eso es… un oso?», pensó mientras trataba de distinguir aquella silueta. Mientras se acercaba lentamente, aquella silueta salió corriendo asustada por alguna razón. Al verla mientras corría, Akihiro notó que efectivamente era un oso negro. Sin dar mayor importancia a aquello que lo había asustado, siguió al oso por el bosque hasta que se detuvo varios metros más adelante.

 

«Quédate quieto…», pensó mientras le apuntaba con el arco que había comprado en la armería de Dásos.

 

Cuando el oso se quedó quieto por un momento, Akihiro disparó su arco y la fecha lo atravesó por el cuello, haciendo que este cayera al suelo. Al acercarse, vio al oso tumbado en el suelo mientras le quedaba muy poco para morir.

 

—Lo siento amigo… me aseguraré de que tu muerte no sea en vano. Tu vida le dará vida a alguien más.

 

Akihiro le cortó el cuello con su daga para acabar con su agonía y derramó su sangre en el suelo como símbolo de respeto por su sacrificio; luego, lo cargó sobre sus hombros, ya que era un oso pequeño; aun así este le dificultaba al momento de caminar. En el camino de regreso, faltando unos cientos de metros para llegar al pueblo, se oyeron unos gritos a lo lejos, al oírlo, Akihiro apresuró el paso para ver qué estaba sucediendo. A medida que se acercaba, se oyó más alboroto y por encima de los árboles alcanzó a divisar una llamarada de fuego que desapareció a los pocos segundos.

 

—¿Pero qué…? —dijo, confundido mientras se acercaba al pueblo.

 

Tras caminar varios metros y casi faltándole el aliento, Akihiro llegó al pueblo y vio a una gran multitud de personas amontonadas cerca a la plaza; cuando vio esto, dejó el cuerpo del oso al lado de una casa y fue rápidamente hacia donde estaba la gente.

 

—Con permiso, con permiso… —les dijo mientras se abría paso entre la multitud.

 

Al lograr salir de entre la muchedumbre, se encontró con un panorama bastante desagradable: había varios cuerpos tirados en el suelo mientras un gran charco de sangre pintaba de rojo toda la escena; algunos cuerpos estaban desmembrados y devorados con los órganos desparramados; otros con heridas muy graves y partes arrancadas.

 

—Pero… ¡¿Qué mierda?! —Mientras veía los cuerpos, el joven vio algo que lo dejó aún más impactado. —No puede ser…

 

Al verlo salió corriendo rápidamente hacia allí.

 

—¡Tanaka! ¡¡Tanaka!! ¡Soy yo, Akihiro! ¡Maldición!... ¡¡Necesito ayuda!!

 

De las cinco personas que estaban ayudando a los heridos, uno de ellos se dirigió hacia donde estaba Akihiro.

 

—Aki-hiro… —dijo Tanaka con una voz muy débil.

—Aquí estoy… Tranquilo, no hables.

 

Al llegar el hombre que lo ayudaría, vio a Tanaka con heridas en sus brazos, con una de sus piernas destrozada y con una gran parte de abdomen arrancado.

 

—¡Oh, maldición!... Haré lo que pueda.

 

El hombre se agachó y comenzó a curarlo, pero la regeneración de los tejidos era muy tardada.

 

—Lo siento chico, el daño es muy grave… No vivirá.

—¡Tsh! ¡¡Maldita sea!!

—Aki… hiro… —dijo Tanaka haciendo un gran esfuerzo para hablar.

—¿Sí?...

—P-por favor… dale… el collar… a mi hija… Y dile… a mi familia… q-que la amo.

—Lo haré… ¡Lo juro!

—G-gra-cias…

 

El cuerpo de Tanaka se desplomó sobre los brazos de Akihiro y su mirada quedó vacía y sin brillo. Mientras Akihiro se lamentaba, dejó el cuerpo en el suelo y le cerró los ojos con su mano.

 

«¡Juro que los haré pagar por todo el daño que han hecho!», pensó mientras miraba todos los cuerpos y recordaba aquella masacre que ocurrió hace 10 años en su pueblo natal.