Heart's Weapons

Capítulo 1: El día en que los dragones cruzaron la puerta

La raza humana es extraña. Ellos consideran cualquier elemento ‘extraño’ como algo peligroso.

 

Ya sea vida, objetos o conceptos. Si es ignoto: es peligroso.

 

Dicho esto, imaginen lo que pasó cuando ‘dragones’ arribaron a nuestro mundo. ¡Fue un evento que encendió las alarmas del mundo entero! De un día para otro, descomunales puertas se abrieron en muchos puntos del globo; y de todas ellas, dragones de leyenda emergieron como invitados no deseados.

 

La historia dice que el primer dragón emergió en Inglaterra.  Se trataba de un monstruo de cuerpo argentado que poseía dos cabezas, una cola y cuatro alas. Lo llamaron SilverSkin y según los registros   —de hace noventa años—,  sus escamas eran más duras que el mismo diamante.

 

Según la historia, la primera visita del ente  fue tranquila. La inmensurable bestia emergió de un portal iridiscente, y poco después, atravesó las nubes con vehemencia. Sus alas extendidas medían cincuenta metros de punta a punta, y el largo de su cuerpo, desde la testa hasta la cola, lindaba los ochenta metros de amplitud.

 

Era como presenciar la caída de un ser divino.

 

Según los testimonios, SilverSkin no hizo nada durante una semana, únicamente vigiló el cielo. Asimismo, el gobierno inglés, así como el resto del mundo, se mantuvieron en expectación mientras escuadrones de aviones caza vigilaban la zona.

 

Entonces sucedió.

 

Luego de varios días siguiendo el mismo patrón, SilverSkin aceleró como una ráfaga y voló en dirección a Londres. La ciudad más poblada del país.

 

En ese momento, el mundo entró en pánico.

 

En la semana anterior, delegaciones, que provenían de seis continentes, trataron de acercarse al dragón: recolectaron evidencia, hicieron mediciones y tomaron fotos. La razón principal era aprender más sobre él.

 

Sin embargo, no se pudo hallar nada. Había nuevas leyes, nuevos elementos: ¡había magia!

 

Los instrumentos no servían. Se trataba de un ser extraño.

 

Por ese motivo, el Reino Unido se mantuvo inquieto. ¿Qué era esa cosa? ¿Era fuerte? ¿Por qué rayos arribó a este mundo?

 

Mientras la Unión Europea se mantenía expectante, el Reino Unido emitió una orden:

 

¡EXTERMINEN A ESE DRAGÓN!

 

¡NO PUEDE ACERCARSE MÁS A LONDRES! ¡LA VIDA DE OCHO MILLONES DE PERSONAS ESTÁ EN JUEGO!

 

Los cazas despegaron.

 

Los buques de guerra, destructores, acorazados y portaaviones zarparon hacia el punto de encuentro.

 

Londres reforzó sus sistemas de intercepción antiaérea: Gepards, sistemas Star/treak y Pantsir-S, líneas de misiles tierra-aire, artillería, módulos de intercepción láser.      

 

Cientos de helicópteros, tanques y vehículos acorazados empezaron a movilizarse.

 

Miles de francotiradores con rifles de última generación tomaron posiciones estratégicas.

 

Londres estaba listo. Sólo faltaba la orden para que todo comenzara.

 

Por su parte, SilverSkin atravesó el límite. Y una vez que lo hizo, la humanidad liberó su instinto primigenio: matar.

 

 

 

Explosiones atronadoras, estelas de fuego y muerte, nubes de hollín que pintaban los cielos.

 

Mientras aviones de la serie MIG 29 y MIG 21 realizaban maniobras evasivas, batallones de aviones de la serie; Eurofighter Typhoon, Panavia Tornado y Dassault Rafale, bombardeaban con misiles aire-aire la morfología entera del inmenso dragón.

 

Un escuadrón de quinta generación, conformado por algunos F-22 raptor y F-35 Lightning II, preparaba contramedidas frente a un posible contraataque.

 

La batalla parecía feroz. El cielo rugía mientras los cañones Mauser BK-27 disparaban letales balas de 27 mm. Misiles ópticos, termo-guiados, incendiarios, de alto impacto.

 

La masacre venía de un lado.

 

Los aviones asediaban al dragón. La bestia recibía cada misil.

 

Tras cinco minutos de bombardeo incansable, se ordenó el cese al fuego. La bestia comenzaba a perder altura, periclitaba. Quizá muerta, quizá herida.

 

La nube de humo se disipó en el aire. Todos esperaban carne quemada, heridas mortales y huesos descubiertos. Sin embargo, el dragón seguía volando, es más, su condición era perfecta.

 

SilverSkin no tenía heridas, en ningún lado.

 

—¡Tiene que ser una maldita broma! ¡¿Qué pasa con esa cosa?! ¡No le hicimos nada! —exclamaron los pilotos.

 

Al comprender la fuerza del inmenso dragón, los pilotos sintieron temor. Aun así, mantuvieron la calma. Las órdenes eran concisas. Era momento de un segundo intento.

 

—¡Preparen un nuevo ataque! ¡Usen más poder de fuego! ¡Más potencia! ¡Si es necesario, todo el arsenal! ¡La misión es freír a ese maldito demonio!

 

Una fila de cazas bombarderos se elevaron sobre la bestia, batallones de cazas ordinarios flanquearon al dragón, escuadrones de misileros tomaron la retaguardia. En el aire había un total de cien aviones. Y en el mar, doscientos despegaban desde portaaviones ubicados estratégicamente.

 

Los segundos cayeron como cuencas de plata, un minuto después, todo estaba listo. ¡La humanidad iba por su segundo round!

 

Sin embargo, como si bostezara de manera impertinente, el dragón abrió sus poderosas mandíbulas, reunió energía en sus fauces, y de un soplido, emitió un potente rayo de luz áurea que abrasó cualquier bacteria en su camino.

 

El viento bramó debido al abrupto cambio calórico, la turbulencia hizo retumbar los aviones, el rugido de la luz convertida en plasma opacó el bramido de los turborreactores.

 

La infernal lanza de fotones aumentó su diámetro, más, más, mucho más, parecía una espada infinita lacerando el cielo. En eso, SilverSkin viró su cabeza, su objetivo era usar su ‘espada’ como arma.

 

Al comprender esto, los pilotos evadieron el rayo con maestría. Maniobras, giros, amagues, fintas, los turbofanes rugían mientras los cazas perforaban el cielo como ángeles de plata. La experiencia, el instinto, la habilidad, esos aspectos relumbraron como diamantes humanos.

 

Maniobrando sus aviones con pericia, los pilotos sintieron la magia de luchar. Era una experiencia única —cuando piloto y avión se volvían uno—. ¡Podemos hacerlo! ¡Podemos hacerlo! ¡Esa bestia no puede superar la sinergia entre máquina y humano! ¡No puede superar la tecnología humana! ¡Caerá ante la humanidad!

 

No obstante, destrozando esa débil fantasía, miles de escamas emergieron del inmenso dragón.

 

Eran brillantes, relucían como espejos y tenían formas distintas. Súbitamente, una danza de escamas bailó en el cielo. Ninguno de los pilotos sabía lo que pasaba. Hasta que una escama interceptó la trayectoria del rayo, desviándolo, cambiando sus vectores.

 

—¡¿Escamas espejo?! —musitó el líder.

 

Luego otra escama modificó el ángulo del relámpago, después otra y otra. La descarga rebotaba en las escamas, cual pelota de ping pong.

 

De pronto, el general comprendió el infierno. Casi al instante, vociferó:

 

—¡Aborten la misión! ¡Retirada! ¡¡Ahora mismo!! ¡¡¡Retirada!!!

 

Sin embargo, era tarde, controlando la dirección del láser a voluntad, líneas zigzagueantes alcanzaron a los cientos de aviones perforando sus cuerpos sin misericordia alguna.

 

*¡BOOOMMM!*

*¡BOOOMMM!*

*¡BOOOMMM!*

 

Explosiones de muerte y sangre mancillaron los cielos. Se trataba de un espectáculo infernal.

 

Los pilotos intentaron escapar, pusieron todo su empeño en ello. No obstante, era imposible. El dragón manejaba sus escamas a la perfección, y con ello, su aliento lumínico persiguió a todos hasta los confines del averno.

 

Izquierda, derecha; arriba, abajo; diagonal, vertical: el pulso de energía dorada parecía un acosador incansable. No importaba a donde corrieras, no importaba a donde volaras. El maldito demonio brincaba en las escamas, trazaba líneas esquinadas y te alcanzaba sin más, sonriendo en su trayecto homicida.

 

En pocas palabras, era un poder injusto: abrumador.

 

Con solo abrir una de sus bocas y soltar escamas, SilverSkin demostró un poder divino que superaba por mucho las armas de fuego actuales.

 

En menos de tres minutos, el rayo segador aniquiló el cielo. Aun así, la masacre no terminó ahí. SilverSkin buscó a los pilotos que lograron ‘saltar’ a tiempo y perforó sus cuerpos con la misma violencia que mostró al principio.

 

Fuego, muerte, gritos y lágrimas. Aquella tarde, doscientos cincuenta aviones fueron masacrados. Y al mismo tiempo, SilverSkin obtuvo un apodo: El demonio de los mil espejos. 

 

Mientras tanto, en el centro de operaciones, una duda consumió a todos los presentes:

 

—¿Deberíamos lanzar una ojiva nuclear?

 

 

 

Año 2020 – Reino Unido, en las inmediaciones del canal de Bristol

 

 

—¡No queda de otra, general! Usemos eso, ¡las bombas H!

 

En una sala donde pantallas LED emitían brillos apagados, el segundo al mando, un hombre alto y fornido, propuso una idea bastante bizarra. Casi de inmediato, la ministra de guerra refutó airada.

 

—¡¿Hablas en serio?! ¡¿Usar bombas de hidrógeno?! ¡Estarías matando una mosca a punta de cañonazos! —clamó ella.

 

El segundo al mando se mantuvo tranquilo.

 

—¿Ahhh? ¡Ese demonio es más fuerte que una mosca! ¡¿No viste su poder?!

—Aun así…

—200 aviones… 300 vidas… ¿Estás dispuesta a sacrificar más?

—Yo…

—Eso pensé. General, acabemos con esto. Si lanzamos una ojiva de 10 megatones, en este momento, destruiremos esa cosa. Lamento decir que un par de villas serán arrasadas, sin embargo, es un peligro que debemos tomar.

 

El silencio infectó la sala. Luego de meditar el problema, el general caminó hacia el frente. Habló:

 

—No se apresure, teniente. —El hombre de 50 años analizó el problema—. Hay tiempo. Usaremos el arma estrella del proyecto “RailGun 23”. Un impacto cinético de tal magnitud, apoyado con artillería pesada de acorazados, fragatas y buques de guerra, debería exterminar esa cosa. Y si no es suficiente, usaremos diez unidades de bombas GBU-57.

—¿Las bombas ‘no nucleares’ más poderosas del mundo?

—En efecto.

—Ya veo. ¡Entendido general! —El teniente realizó un saludo de guerra—. ¿Preparo el cañón principal?

—Sí. Lo antes posible. —El general ajustó su boina—. Es hora de poner en marcha el plan de la luna menguante. Veamos si ese demonio es capaz de soportar la putiza que le vamos a dar.

 

 

 

Para SilverSkin este mundo era nostálgico, hace mucho tiempo, eones atrás, su mundo era parecido a este. Había bosques, selvas, praderas, planicies y un mar azulado.

 

Actualmente, su raza no tenía problemas severos. Él no llegó a la tierra para invadir el planeta. Su objetivo principal era investigar este plano, buscando presencia o carencia del elemento ‘???’.

 

Sin embargo, mientras buscaba, SilverSkin descubrió muchas cosas. Los humanos eran formas de vida despreciables. Dañaban su propio hábitat sin medir las consecuencias.

 

Lanzaban desechos a mares y ríos, quemaban kilómetros de bosques y selvas, envenenaban peces y plantas, emitían cantidades ingentes de gases tóxicos, destruían los hábitats glaciares, mermaban la capa de ozono; peleaban entre ellos mismos, hacían atrocidades que superaban la imaginación: homicidios, abusos, violaciones, secuestros, torturas, esclavización. ¿Qué clase de mundo era este? ¿Por qué una raza tan retorcida manejaba los hilos de este planeta?  

 

Era cierto, había humanos buenos. Durante su exploración, el dragón pudo verlo. Aun así, la malicia imperaba.

 

En lugar de crecer junto al planeta, en lugar de cuidarlo, los humanos herían el mundo sin piedad. 

 

Lo laceraban, lo corrompían, lo mancillaban. Después de ver tanta porquería, SilverSkin comprendió algo: los humanos eran el cáncer, la peor enfermedad. Exterminarlos era el camino.

 

Por eso mismo, como un plus añadido a su misión, SilverSkin decidió limpiar este planeta. El primer paso fue exterminar a los mosquitos que volaban en su flanco. Al parecer, los humanos no eran estúpidos. Procesaban la materia a su gusto, creando máquinas de guerra.

 

Sin embargo, sus armas se basaban, únicamente, en procesos físicos mayores. La teoría detrás de sus máquinas era superficial. Si lo hubiera querido, SilverSkin habría aumentado la gravedad de la zona circundante, y todos sus ‘juguetes’ habrían caído al suelo como gotas de lluvia en una tormenta furiosa.

 

De todos modos, el trabajo estaba hecho. Lo siguiente era medir la capacidad bélica del ser humano. Exterminar cucarachas era complicado. El dragón pensaba que invocar refuerzos era indispensable.

 

Incrementando su celeridad, SilverSkin se dirigió a Londres. Matar algunas cucarachas en su camino no representaba ningún obstáculo para él.

 

 

 

—¡Preparen el cañón RailGun-23! ¡Carguen el proyectil de fragmentación uránica! ¡Revisen las coordenadas! ¡Que los demás buques apunten su artillería a la ubicación designada! ¡Quiero todo listo en menos de un minuto!

 

Sobre un buque de guerra de tamaño ingente, un temible cañón de guerra relumbraba bajo el cielo vespertino. Era gigante.

 

Treinta toneladas de metal desprendían sutiles arcos eléctricos que hacían vibrar el puente. Se trataba del segundo cañón más poderoso del mundo. El aclamado perforador de titanes. Un cañón de riel con la capacidad de disparar proyectiles cinéticos a Mach 23.  Usando un potencial energético de 30 MJ, aproximadamente.

 

Se suponía que era un proyecto secreto, impulsado por la Unión Europea. Sin embargo, ante tal amenaza, los protocolos y secretos fueron revelados.

 

—¡Está listo, general! ¡Esperamos sus órdenes!

—¡Perfecto! ¡Escuadrones navales ‘A’, ‘B’ y ‘Z’! ¡Preparen sus armas! —El general observó la hora—. ¡¡¡Fuego a discreción!!! ¡¡¡Ahora!!!

 

Al compás de rugidos atronadores; destructores, fragatas y cruceros desataron el infierno en el cielo. Hordas de misiles antiaéreos crearon estelas de fuego, cañones navales OTO melara de 127 y 76 mm   bombardearon el firmamento con afán.

 

Pronto, a una distancia de quince kilómetros y una altura aproximada de tres kilómetros, el temible dragón emergió de las nubes cual ángel caído. Sólo para ser acribillado por ciento veinte misiles tierra-aire de la serie “Aster 15”. Controlados por el temible sistema de guerra antiaérea, “Sea Viper”. Los misiles, controlados por computadora, impactaron contra SilverSkin uno tras otro.

 

Ninguno falló su objetivo. El sistema era infalible.

 

Segundos después, un averno de fuego, ondas de choque y pasión desenfrenada, suscitó una explosión endiablada que fue creciendo con el paso del tiempo. Pústulas y verrugas de hollín crecieron infames. Se trataba de una gala fastuosa.

 

—¡Comete eso! ¡Maldito hijo de puta! —gritó un oficial.

*¡BOOOMM!* *¡BOOOMMMM!* *¡BOOOMMMM!*

 

La escena parecía sacada de alguna película de corte apocalíptico.

 

Se asemejaba a un flujo, no… a un flujo piroclástico alimentado con esteroides, una deformidad, un homúnculo de llamas, humo y ceniza que trepidaba a once mil pies de altura.

 

Los segundos pasaron, el humo seguía presente. Sin confiar en los resultados, el general ajustó su boina y clamó exasperado:

 

—¡Usen la firma calórica del dragón para fijar sus coordenadas! ¡Ajusten la potencia del cañón al máximo!

—Potencia del cañón electromagnético al máximo. Listo señor. ¡Todo listo!

—Bien. ¡Entonces disparen el bendito RailGun 23! ¡Veamos lo que este bebé es capaz de hacer! ¡¡¡Fueeegoo!!!

 

Al igual que una lanza de luz perforando el vacío, el cielo fue desgarrado por una flecha vespertina que desprendía fuego y arcos eléctricos en todas direcciones. El buque insignia de la flota trepidó por la fuerza del rebote, la punta del obús desprendió vapor ardiente, un zumbido comparable al rugir de mil golondrinas opacó cualquier sonido circundante.

 

Un pestañeo después, el proyectil —repleto de esperanza y frustración—, impactó contra SilverSkin produciendo una explosión cinética que remeció los cielos.

 

La bala de tungsteno, endurecida con fragmentos de uranio empobrecido, entró por la boca derecha y atravesó el cuerpo del dragón sin piedad alguna. Trozos de carne saltaron por doquier, huesos y carne se partieron en tres, sangre a borbotones emergió de ojos, boca y cientos de escamas.

 

A primera vista, la segunda cabeza del dragón estaba destrozada. Un hoyo mediano —cauterizado por fuego—, palpitaba indiferente mientras desprendía una mezcla gutural de sangre y carbón. La misma cavidad se extendía ochenta metros, creando un túnel de vísceras quemadas. Finalmente, el violento camino terminaba en la cola, en donde otro hoyo —del mismo tamaño—, vomitaba un asqueroso batido de carne molida.

 

La escena era terrible, pero optimista. Contra todo pronóstico, RailGun23 hirió mortalmente al temible dragón. En pocas palabras, los humanos emplearon una resortera gigante y tumbaron de un piedrazo a SilverSkin. O algo así.

 

Sin embargo, no terminó ahí, mientras el proyectil cinético perforaba el cielo, el renombrado general James  Campo Bravo, completó la fase final de su brillante plan.

 

—¡¡Ahora!! ¡¡Escuadrones de la “C” a la “X”!! ¡¡Disparen todo su armamento!! ¡Debemos pulverizar a  ese maldito hijo de p…! ¡¡¡Fuego a discreción!!!

 

El cielo se llenó de flamas.

 

Ceniza opacó el firmamento.

 

En aquella tarde donde los demonios de la guerra volvieron del abismo, los recuerdos del pasado volvieron a manar.