Hel

Capítulo 0: Prólogo

Moscú, Rusia. 1986.

 

Estoy... ¿dónde? Escucho gritos, aullidos y alaridos.

 

—¡Regresa… reg…sa! —Una súplica en la lejanía.

 

Estoy sumido en la oscuridad. Escucho golpes, choques metálicos, explosiones y disparos. Suplicio, miseria y desgracia. El choque del metal, dos espadas, me hace regresar a la realidad. Ahora recuerdo, esto es un campo de batalla. La batalla final, aquella que decidirá si el mundo quedará sumido en la desesperación de un invierno nuclear o si al fin habrá paz.

 

Los Caballeros Templarios y el ejército soviético protegen el Kremlin y el maletín nuclear a toda costa. Se enfrentan con todo lo que tienen contra la secta terrorista más radical, la más peligrosa  que alguna vez existió: Sera.

 

—¡Te lo suplico, vuelve! —Es una chica quien me grita.

 

Ella resiste el frenético ataque del demonio más atroz que haya pisado la faz de la Tierra: Abaddon. La golpea con sus garras, capaces de cortar como papel al blindaje de un tanque; ella sólo puede defenderse, interponiendo el filo de su espada, capaz de resistir cualquier ataque mágico, pero no físico.

 

—¡Sé que sigues ahí! ¡Por favor! ¡Regresa! —dice sumida en llantos y lamentos.

—Detente —impero, incapaz de ser escuchado por cualquiera, sólo por él, aquel demonio que se ha adueñado de mi cuerpo. ¡No permitiré que dañes a la persona que más amo!

—Inténtalo, larva —contesta con su perversa y macabra voz.

 

La chica grita de dolor, el demonio la golpeó en el pecho; ella está bien, su armadura absorbió parte del daño, pero a este paso, ella no resistirá.

 

No permitiré que ella muera en mis brazos, no desapareceré hasta no haberlo hecho todo. Resisto, tanto como me es posible, la enorme presión que ejerce sobre mi mente. Si lo logro, podré recuperar mi cuerpo.

 

—¡Te lo suplico, te lo imploro, por favor! —La chica grita, llora y berrea sin dejar de luchar—. No me queda nada ni nadie. ¡Toda mi familia, mis amigos, todos están muertos! Sólo me quedas tú, ¡por favor, vuelve, vuelve a mí! ¡No me dejes sola! —Su espada y las garras del demonio chocan, agrietando el metal desgastado—. Si me faltas tú, entonces yo dejaré de pelear, porque ya no me quedará nada por qué luchar.

 

El demonio golpea a la chica y la arroja, ella ya está en su límite. No puedo verla, pero su errática respiración y el débil latido de su corazón me hacen saber que el siguiente golpe acabará con ella.

 

—No te lo permitiré, ¡definitivamente no te lo permitiré! —Sólo el demonio puede escuchar mi espíritu arder en furia.

 

El demonio se arroja violentamente sobre la chica, ella interpone su espada en un intento inútil y desganado por salvar su vida. De un manotazo, el demonio destruye su espada ya quebrada. El tiempo pareció detenerse por un segundo. Por primera vez, en toda mi vida, puedo ver al fin los profundos y hermosos ojos azules de mi amada. En ellos sólo hay dos emociones contradictorias: miedo y paz.

 

Resignación.

 

La abrazo tan fuerte como puedo y susurro a su oído:

 

—Lo siento —digo con el poco aire que me queda.

—No hables —solloza—. No hables —repite en un mar de llanto—. No hables. Al fin has regresado, al fin has vuelto a mí —moquea—. Me hiciste tanta falta, todo este tiempo. No puedes imaginar el infierno que tuve que cruzar para llegar hasta aquí, pero ahora que has vuelto a mi pecho, siento de nuevo, que soy capaz de todo…

 

Sus manos tiemblan, ella llora. Su cuerpo se siente caliente y húmedo, pero ya no percibo su aroma, que recuerdo con dificultad, el dulce olor de las rosas. Poco a poco, su tierna voz, aquella que me acompañó por los caminos más oscuros, se va haciendo más lejana. El pecho me arde, quema, como si mi corazón se estuviera convirtiendo en carbón.

 

—Te amo, te amo, ¡te amo! Al fin, la guerra terminó, ya no tendremos que seguir huyendo, ni luchando. Podremos ser felices… tú y yo… solos contra… mundo… —Puedo escucharla hablar, pero ya no entiendo lo que dice—. La maldición se rompió… ahora… paz… secreto… nuevo… en… mig…

 

No puedo escuchar su voz, ¡ya no puedo sentirla, ella ya no está aquí!