Hel

Capítulo 1: La odisea del Rey del infierno

Abro mi boca, tan grande como puedo. Y por primera vez tomo una bocanada de aire frío. Miro al cielo, estoy recostado sobre lo que antes fue un imponente castillo.

 

Llueve. Sutiles gotas de agua helada mojan mi pequeño cuerpo desnudo y ensangrentado, aunque no me siento herido.      

 

Entonces de esto se trata, es cierto, todo esto, significa que en verdad morí y ahora acabo de nacer.

 

Un trueno acompaña el escándalo de la tormenta; el viento chifla entre los huecos de las ruinas de este castillo.

 

No tiene ningún sentido, se supone que no debería tener conciencia, y sin embargo, sé que he renacido, aunque no tenga recuerdo alguno de mi vida pasada.

 

Gateo hasta un charco, donde miro mi reflejo en un charco de agua enlodada, mis brazos y piernas son bastante más largos que los de un bebé normal, lo que confirma mi sospecha, este no es un cuerpo humano. Mi piel es muy blanca. Mi rostro es suave, delicado; ojos rojos y cabello blanco. Toco la enorme marca a la altura de mi corazón, arde, como si hubiese sido atravesado por una afilada hoja de metal.

 

Recuerdo una leyenda que decía que las marcas de nacimiento son la cicatriz de nuestra muerte en la vida pasada.

 

Este lugar fue un campo de batalla; la lluvia ha apagado el fuego, pero aún hay zonas donde el humo me impide respirar.

 

No puedo evitar que mi estómago se revuelva al ver los cuerpos chamuscados, atrapados dentro de los muros y pilares de roca caliza.

 

Me alejo del castillo como puedo.

 

Crucé las ruinas del imponente muro que se supone debía impedir invasiones, incluso de titanes. Es una pena, me hubiera gustado admirar su impresionante belleza escultural.

 

Afuera, en el páramo, la tierra luce estéril, chamuscada y desolada. Hay tantos cuerpos, todos incompletos o quemados.

 

Son… eran soldados, visten toscas y extrañas armaduras de metal cubierto con cuero, con una túnica en un cenizo rojinegro. Podría decirse que fueron masacrados, aquí no hay nadie del otro bando, los cuerpos comparten la misma indumentaria, como si el enemigo no hubiese tenido bajas.

 

El sol al fin ilumina la tierra. Ha dejado de llover. El astro es rojo, y el cielo despejado, rosa. Hay algo volando; llama mi atención, una sombra que se hace cada vez más grande, se acerca.

 

Es enorme, posee un gran par de alas, alargado cuerpo reptiliano, miembros estirados y robustos. Aterriza frente a mí y su peso hace que deje de pisar el suelo por instantes: ¡es un dragón! Sus escamas parecen enormes rubíes, sus afiladas garras son tan grandes como yo; a lo largo de su columna, en sus vértebras, está cubierto por tres hileras de espinas negras, su cabeza es como la de un caimán.

 

¿Por qué no me siento intimidado? Al contrario, siento una profunda curiosidad por esta criatura. Quiero tocarlo, ¿debería? 

 

—Hijo de Khan y Astrea.

 

¡Habló!

 

Su voz es profunda, como la que se esperaría de un ser de semejantes dimensiones. ¿Hijo de Khan y Astrea?, ¿habla de mis progenitores?

 

—Mi nombre es Aenile.

—A…Aei…A…Aei… —Vaya, entonces sí puedo hablar… más o menos.

 

Extiendo mi mano hacia Aenile, baja su enorme cabeza. Toco su barbilla, es áspera y fría. Me acerca su enorme mano y extiende su palma.

 

—Sube —me dice.

 

Obedezco sin titubear. Con dificultad logro encimarme en su mano, es entonces que, sin esperarlo, extiende sus grandes alas rojas, y al aletear, el vendaval arrasa con todo lo que no estuviera anclado a la tierra. Nos elevamos, siento vértigo. Nos alejamos del suelo, todo se ve muy pequeño desde esta altura.

 

Bellas planicies y decorosos valles; el arcoíris no está en el cielo, sino en la tierra, en sus plantas y árboles multicolor. Azules por allá, rosas por acullá, sublimes púrpuras en la orilla de un río transparente con gemas en su profundidad. Hace que sea aún más difícil de procesar que yo nací en un atroz campo de batalla.       

 

El sol rojo se está ocultando tras las montañas en el horizonte, el clima de aquí es perfecto, la resolana calienta mi piel, pero el viento me mantiene fresco. El aire huele bien.

 

Aquí, las noches son violetas y verdes, pues nuestras dos lunas son de esos colores, aunque la verde irradia una peculiar aura azul eléctrica.

 

Miles y miles de estrellas, constelaciones, galaxias, cúmulos y nebulosas brillan en el cielo.

 

Descendemos y vomito, ¿qué supone que habré vomitado?, si no he comido nada desde que nací. Es como caer al vacío, Aenile se ha olvidado que viaja conmigo, creo que me desmayaré. Me aferro a su garra, aterrizamos, aunque yo lo llamaría un impacto.

 

Aenile me baja al suelo con cuidado y yo caigo mareado, la cabeza me da vueltas y el estómago lo siento a reventar. Estamos en una montaña, rodeados por árboles y abundante vegetación. A lo lejos puedo ver las luces de una ciudad.

 

En la noche es cuando pequeñas criaturas, como insectos voladores, salen de sus escondites y vuelan en el bosque. Es un increíble espectáculo de luces de colores que me hace suspirar, pululan a mi alrededor y se posan sobre mis hombros. Me adentro en el bosque, a pasos lentos y cortos; ando divirtiéndome entre los arbustos y las flores, el césped me da cosquillas en los pies y las manos, se siente frío.

 

—A…Aei —mascullo alegre, quiero que vea esto—. ¿Aei?

 

¡¿Dónde está?!

 

Atrás de mí había un enorme dragón que, al hacer cualquier movimiento, la tierra retumba y el aire se altera, entonces, ¿dónde está?

 

—¿Aei? —mascullo asustado—. ¡Aei! —grito tan fuerte como mis pequeños pulmones me permiten. Y lloro, sigo siendo un bebé después de todo.

 

Un par de manos cálidas me levantan por debajo de los brazos y me dan la vuelta.

 

—Ya, ya, aquí estoy, pequeño —me dice al oído una dulcísima voz femenina.

 

Me sostiene en sus brazos una hermosa mujer pelinegra desnuda, de larga y brillante cabellera ondulada con las puntas tan rojas como el rubí; cuyos verdes ojos de reptil con halos dorados en el iris son irresistiblemente hipnóticos; es alta y con un cuerpo joven, envidiado por cualquier diosa de la belleza.

 

—¿Aei?

—Sí, soy yo, Aenile —sonriente—, no puedo alimentarte si mantengo mi forma de dragón.

 

¿Alimentarme? No siento hambre, además, aún no tengo dientes.

 

—Di ‘ah’ —me baja a la altura de su pecho.

 

Joder, esas tetas no dejan de mirarme. Hago una rabieta, es extraño que un dragón quiera “alimentarme”. Aenile me arrulla con ternura pegándome a su pecho, se sienta en una roca y canta amorosa.

 

—“Ura, ura. ¿Dónde estás? Ura, ura. ¿Qué serás? Ura, ura. Cielo y mar. Ura, ura. Brillas más…”

 

Aenile ha calmado mi corazón, su voz, no puedo negarme a nada que me pida. Provecho.

 

No puedo dormir.

 

Aenile se acostó sobre la hierba mirando al cielo, y me recostó sobre su pecho, supongo que su intención era mostrarme el mapa estelar, pero tan pronto tocó tierra, cayó profundamente dormida.

 

¡Hey!, oye, despierta, quiero bajar.

 

Lloro, pero ni así se despierta.

 

Quién diría que una chica con una apariencia tan sublime podría roncar como un dragón. Me libero de sus brazos, caigo y gateo, alejándome; hace calor.

 

Me recuesto sobre la hierba, junto a Aenile. Cierro mis ojos, y, de nuevo, no puedo dormir. ¿Qué será lo que me causa insomnio?, ¿no se supone que un bebé debe dormir veinticinco horas al día?

 

Quizá pueda conocer más de este mundo si doy un pequeño paseo por los alrededores.

 

Gateo hacia los árboles. Y de pronto, ¡no puedo moverme! Algo se ilumina debajo del césped que piso. Alzo la mirada, sobre las ramas de los árboles, las siluetas de una docena de individuos me intimidan, todos apuntan sus arcos, listos para dispararme.

 

Las puntas de sus flechas se encienden en un azul incandescente.

 

Disparan. ¡¿Qué mierda?!

 

De la hierba salió un sujeto, como ninja, y desvió todas las flechas golpeándolas a gran velocidad con un largo báculo de madera y metal. Apenas pude verlo, fue tan rápido. Viste una túnica larga negra, raída de los bordes colgantes que, al moverse, ondula con gracia en el aire.

 

Aplaude y desliza sus manos como cerillas, encendiéndolas con fuego común; con la libre mantiene dos dedos verticales y sopla una gran bola de fuego hacia los árboles.

 

No puedo verle el rostro.

 

Docenas de flechas ardientes atraviesan la gran masa de plasma; el sujeto se encorva y se tira al piso, golpeándolo con el puño, emanando un aura azul que repele todo lo que le impacta.

 

¡Desapareció! Su silueta, oculta en las sombras, escala corriendo y saltando entre las ramas del árbol más alto. Da un salto al cielo, atravesando la densa nube de humo y fuego. Ilumina la noche con la cabeza de zafiro de su báculo. Decenas de esferas energéticas del mismo azul aparecen a su espalda, irradiando una pesada carga iónica, y cual meteoros, bombardean el bosque frente a mí, arrasando la montaña.  

 

Mis agresores no tuvieron ninguna oportunidad. O eso me gustaría decir. De entre el vapor y la devastación, varios elfos con las ropas desgarradas y la piel quemada salen empuñando sus arcos, abalanzándose sobre aquel extraño sujeto que salió de la nada, y que ahora cae con gracia frente a ellos. Sus pieles son blancas y tersas, sus largas cabelleras son negras, y sus ojos violetas les dan un aire siniestro, pues visten como lo haría un asesino rastrero.

 

Disparan flechas gemelas que dejan un rastro rojizo. Explotan en el aire, hacia donde cae el sujeto extraño, que de momento, llamaré hechicero.

 

Me arrastro a donde Aenile dormita, y para mi sorpresa, ni siquiera con tanto estruendo se ha despertado.

 

El hechicero cae a la tierra. Da un paso, un solo paso, no un brinco o un salto; un simple paso al frente fue suficiente para confrontar al elfo más fuerte, seguramente el líder.

 

El hechicero con las yemas de su mano libre toca el pecho del elfo más fuerte, arrojándolo hacia el corazón del bosque. Entonces se acerca en un instante a una pareja de elfos, y evadiendo los cortes contundentes de las      dagas de acero grabado, clava su báculo en la tierra y lo usa de apoyo, alzándose y derribándolos con poderosas patadas a la cabeza.

 

Cuatro flechas amarillas se dirigieron hacia él, deteniéndose justo antes de tocarlo, electrocutando al hechicero hasta que su carne humeó.     

 

—¡Aaah! —grita agudamente de dolor.

 

Los elfos disparan una infinidad de flechas explosivas contra el hechicero en el suelo, que al impactar, detonan en una ardiente onda expansiva. El bosque se incendia.

 

El humo se dispersa, el hechicero se halla casi intacto, arrodillado detrás de su bastón erguido. Respira exhausto, está herido, y aun así, se levanta orgulloso. Su rostro está oculto, debajo de la capucha de su túnica y detrás de una máscara bicolor completamente lisa, dorada y blanca.

 

Frente a él, seis elfos le miran con ojos perversos, con claras intenciones asesinas.

 

—“Alma del bosque, escucha mi voz. Yo, quien invoca el poder del cielo, ¡dame la luz! ¡Raiton!”.

 

Y al decirlo, un relámpago toca la gema de su báculo, electrificando el aire a su alrededor y su cuerpo; el atronador sonido de la electricidad lastima mis pequeños oídos. El hechicero extiende sus manos y su báculo hacia los elfos, disparando toda la energía acumulada.

 

No tuvieron tiempo de esquivarlo, el rayo de energía los borró de la existencia, junto a todo lo que tenían detrás, quedando en su lugar un cráter de tierra caliente y cristal.

 

¿Por qué siento que el calor me ha dejado sin cejas?

 

El hechicero voltea. Oh, ¡mierda! Me ha visto.

 

El hechicero, exhausto, se acerca a mí en un segundo y me levanta.

 

Me analiza.

 

—A…A… —Intento alcanzar su rostro con mis manitas.

—Qué feo bebé —dice con una voz delgada. Claro, lo dice el sujeto de la máscara.

 

Antes de darme cuenta, habíamos abandonado la montaña. Pero, a diferencia de cuando viajé con Aenile, no siento náuseas, supongo que es una buena señal.

 

 

¿Dónde estamos? Me pregunto. ¡Estamos en esa ciudad luminosa! El hechicero me ha envuelto en una manta, ¡¿en qué momento?! Me carga como lo haría una persona normal, camina por en medio de la calle, atrayendo miradas.

 

—¡Qué lindo bebé!

—¿Cómo se llama?

 

Decía la multitud al verme, mayormente mujeres; quizá el hechicero está celoso de que sea más bello que él. Las personas que nos rodean son elfos, diferentes a los de hace rato; son, en su mayoría, rubios, y de ojos azules.   

 

Las calles son amplias, sin ningún carruaje, coche, tanque o nave espacial. Lo digo porque aún no sé en qué clase de mundo estamos. Quizá ésta es una ciudad de elfos tácticos y no me he percatado.

 

Veamos, los edificios cercanos parecen ser construcciones simples en madera, elevadas sobre el suelo y de techos en tejas inclinadas, muy tradicionales.

 

El hechicero abre violentamente la puerta de un edificio y entra.

 

—¡Quiero una habitación ahora mismo!

 

Qué carácter. Supongo que volveré a dormir a la intemperie.

 

—Sí, sí, aquí tienes, Lex —contesta el recepcionista desinteresado.

 

O no. ‘Lex’ toma las llaves con forma redonda y sube conmigo hacia los pisos superiores. Las paredes son amarillas y los pisos, de madera. Caminamos por un largo pasillo con varias puertas.   

 

Por alguna razón, Lex me ha tapado los oídos al pasar junto a una de las habitaciones, alguien la está pasando bien.

 

Entramos a nuestra habitación. Lex me recuesta sobre la cama, es un poco menos dura que la tierra.

 

El hechicero se para frente al espejo del tocador, se quita la capucha liberando sus puntiagudas orejas y su largo cabello blanquecino. Se quita la máscara y la deja a un lado. Retira la túnica de su cuerpo y la cuelga en el perchero. Se queja y se desvanece sobre la duela.

 

¿Qué?, ¡¿qué?! ¿Está muerto?

 

Gateo al borde de la cama y me asomo.

 

Tiene una expresión de dolor, su piel es casi tan pálida como la mía, sus ojos son magenta, casi rosa, su nariz es fina y respingada, su boca es pequeña y sus labios son rosados.

 

Se quita del pecho lo que parece una banda de tela, está húmeda. Tiene una gran herida sangrante en el costado, justo debajo de sus pechos. ¿Pechos? Entonces el hechicero no es él, sino ella.

 

Ha sido toda una revelación. Y aunque sus pechos son pequeños y sus suaves puntas son del mismo tono que el resto de su piel, sin duda son los de una chica.

 

—¿Qué estás viendo? —pregunta malhumorada.

 

Extiende su mano y su bastón vuela hasta ella.

 

La gema se torna al rojo vivo y cauteriza su herida. Solloza y exhala exhausta. Y… se desmayó, quizá por el dolor y la pérdida de sangre.

 

¿Por qué se habrá arriesgado tanto por mí? Digo, ni siquiera somos de la misma especie…creo. Palpo mis orejas. Oh, también son puntiagudas, pero son significativamente más gruesas que la de los elfos.

 

Lex se levanta y entra al baño. Escucho el agua caer del otro lado. Sale desnuda y me lleva con ella. Se sumerge casi por completo en la bañera, y sin soltarme, me hunde hasta el cuello. El agua está tibia, es perfecta. Estoy flotando entre sus piernas. Tanto sus rodillas que se asoman, como su pecho, están cubiertos de cicatrices.  

 

—¿Por qué tuviste que nacer ahora? —pregunta compasiva.

 

¿Acaso no debí nacer? ¿Por qué siento que estoy viviendo un “dejavu”? ¡¿Por qué me persigue la desgracia?! En realidad me da igual, aunque me inquieta que haya dicho eso. Lex me echa agua en la cabeza.

 

Tengo la sensación de que, en este mundo, soy el único que no necesita dormir. Lex me envolvió en una toalla, y después de secar su cuerpo y cabello, cayó rendida en la cama, conmigo a un lado.

 

Esa maldita bruja… ¡Me envolvió demasiado fuerte y no me puedo mover! Bien, usaré mi única arma, que si bien, no es letal, sí que es efectiva: el insoportable llanto agudo de un bebé.

 

Miro de reojo a Lex, está tumbada boca abajo sobre la cama, ella es de complexión delgada, su espalda desnuda luce impecable y pulcra. Se da la vuelta y me mira con desprecio. Toca mi frente con su dedo.

 

—Duerme.

 

Siento cómo toda mi fuerza abandona mi cuerpo. Logro desbloqueado: obtuviste vista en tercera persona. Mi lápida dirá: “Asesinado accidentalmente por una elfa sensual”.

 

 

Respiro y despierto, por un momento vi la luz.

 

Miro a mi lado, ya es de día. Escucho a Lex hablando con alguien en el pasillo. Pasó quizá media hora hasta que regresó, cargando un par de bolsas de papel.

 

La miro colérico. Ella viste tal y como la conocí, ¿acaso solo yo habré visto su rostro?

 

—Qué bebé tan extraño —dice con cierto repelús.

 

Se sienta en la cama, junto a mí, y saca de la bolsa una botella con la tapa en forma de…oh, es un biberón. Lo agita y me lo pone a la fuerza. Bebo un líquido rosado. Ella come pan y bebe café, o al menos eso parece.

 

Hemos terminado de comer, Lex tiene pensado envolverme de nuevo en la manta. Ni creas, ¡atrás, loca! Me escabullo gateando y caigo de la cama. Me siento estúpido. Lloro.

 

—¿Quieres dejar de darme problemas tan sólo por ¡cinco minutos!? —dice irritada.

 

Se acerca a mí. Me escabullo por debajo de la cama. Lex se asoma. 

 

—¡Quieto!

 

Eres una tramposa, me ha paralizado por completo. Me jala del pie y me levanta como si fuera un animal. Bruja maldita, me las pagarás algún día, ¡cuando deje de ser un bebé!

 

—Te quedarás así por un tiempo —dice maquiavélica.

 

Se recuesta en la cama sosteniendo un libro gordo de cubierta en piel marrón, dejándome en la cama. Cuando lee, parece una chica inteligente, lástima que la mayor parte del tiempo esté refunfuñando. Me pregunto, ¿cuántos años tendrá? Yo la imagino de diecisiete.

 

El hechizo de la bruja maldita se ha roto, al fin puedo moverme, pero apuesto que, si la molesto volverá a hacerlo; me dedicaré a observarla lascivamente hasta incomodarla. Me mira de reojo al hojear su libro. Vamos, veme, ¡veme! Traga saliva dificultosamente, me mira de nuevo con un gesto de extrañeza.

 

—¿Lo haces a propósito? —me pregunta incómoda.

 

Desvío la mirada, haciéndome el inocente. Lex deja su libro a un lado y me toma, mirándome directo a los ojos.

 

—¿Puedes comprenderme?

 

Intento alcanzar su cara con mis pequeñas manos, como un bebé risueño lo haría, quién sabe qué clase de cosas me haría la bruja maldita si supiera.     

 

—Lo supuse, eres un simple bebé estúpido, nada peculiar.

 

Frunzo el ceño.

 

—¿Ah? ¿Te molestó lo que dije? ¿Que eres un bebé estúpido? —dice burlona, sonriendo perversamente.

 

Ah, mierda, caí en su juego.

 

—Supongo que hice mal en subestimarte. Tengo una idea.      

 

Se recuesta de nuevo con las piernas flexionadas y separadas, me coloca entre sus muslos descubiertos y me recarga en su vientre. Pone su libro a la altura de mi cabeza. ¡Qué bonitos garabatos y dibujos! No entiendo nada.   

 

—Este es un conjuro para invocar sirvientes espirituales. Es magia muy avanzada, por lo que un niño no debe pronunciar imprudentemente estas palabras, incluso para mí sería peligroso, por eso quiero aprender. Te leeré lo que dice, descuida, la magia no funciona si no existe la intención de que lo haga. —Aclara su garganta.

 

Comienza a leer.

 

—“Rey del este y del sur, soberano del reino de los sueños rotos, aquel cuya providencia vela por los infortunados y los desaparecidos”.

 

Señala con el dedo el párrafo al momento de leer, su oratoria es impresionante.

 

—“Notoria, invoco tu nombre. ¡Notoria! Escucha mi voz. ¡Notoria! Haz acto de presencia ante esta humilde mortal”.

 

¿Por qué está saliendo humo debajo de la cama?

 

—“¡Notoria!, ¡Notoria!, ¡Notoria! ¡Yo, Mérida Alexeirida Lebelei!”.

 

¡Oye, oye, oye!

 

—“¡Te ofrezco este sacrificio!”.

 

¡¿De qué sacrificio estás hablando, bruja maldita?!

 

—“A tu voluntad, tómalo. Oh, tómalo, que yo, quien te llama…”. —Lex cierra abruptamente su libro, con una clara expresión de incredulidad—. Lo siento, no más libros mágicos por hoy.     

 

¡Dos veces!, bruja maldita, ¡van dos veces que tus descuidos casi me matan! ¡¿Acaso es mucho pedir llegar vivo a mi primer cumpleaños?!

 

Aún no entiendo los fundamentos de la magia en este mundo, Lex siempre se está frotando el cuerpo con una especie de aceite, y luego de eso, se siente como si emanara energía. Parece recuperarse de la pelea que tuvo hace unos días.

 

Últimamente ha estado más vigorosa, no tiene la misma cara miserable de todos los días. Incluso hoy, bajó varias veces a la recepción de esta posada, cuando antes sólo bajaba por comida para ambos y víveres en general.   

 

Pero justo hoy, esta noche, precisamente cuando al fin pude conciliar el sueño de manera pacífica y completamente natural…

 

—¡Sí, aah, sí! ¡Sí! ¡Más, más! ¡Aah! ¡Aah!

 

Los vecinos de la habitación de al lado no han dejado de gritar y golpear la pared. Se supone que bruja maldita puede insonorizarlos, pero ella tiene las manos metidas en otro asunto, y vaya que lo está disfrutando.