Hel

Capítulo 2: Aquello que nos une

¡Ja! ¿Será que la subida de vigor va de la mano con su lívido? Ella está a un lado mío, recostada en el cabezal y con sus esbeltas piernas flexionadas; con una mano estrujando su pequeño pecho, y con la otra debajo de sus bragas negras, moviendo en círculos sus dedos.

 

—Mmm —gime suavemente.

 

¡Qué adorable!

 

Su expresión es algo que recordaré por siempre: está sonrojada, con los ojos cerrados, y mordiendo sus labios con afán; dulces gotas de sudor escurren por su cálida piel perlada. Quizá tanto estímulo fue demasiado para una jovencita.

 

Lex se detiene y toma una bocanada de aire, respira excitada. Extiende ligeramente su brazo travieso y su mano se pierde en el horizonte.   

 

—¡Aah! —Ese estuvo más fuerte, vaya, vas en serio, bruja maldita.

 

Retuerce sus piernas al tiempo que su mano se asoma y desaparece debajo de su cadera. Muerde lasciva su índice, conteniendo su aliento caliente, respira pesadamente. Su banda corta está empapada en sudor.       Ha tirado todas las sábanas y cobijas de la cama con sus piernas largas; tiene pies pequeños, cuyos dedos se expanden y contraen involuntariamente.

 

Oye, ¿por qué sale luz de tu entrepierna? ¡¿Estás usando magia?! ¡¿Eso es legal?! Cruza sus rodillas y hombros sensualmente, en momentos deja escapar pequeños gemidos.

 

—¡Aah! ¡Estoy! ¡Aah! —La vecina ha extendido su grito—. ¡Maravilloso! ¡Eso…! —Se han detenido.

—¡Aah! —Lex exhala y exclama. Contorsiona y arquea sus piernas y pies, puedo ver su mano sobresalir temblorosa debajo de sus pantys.

 

¿Estás bien? Tiemblas mucho.

 

Lex relaja su cabeza mirando al techo, deja su brazo caer sobre la cama, saliva escurre de sus comisuras.

 

Respira exhausta, como si se hubiera aguantado por mucho tiempo. Su cabello es un desastre.

 

Ríe, se carcajea, está eufórica.

 

Al recuperar la compostura, gira ligeramente su cabeza para verme. Entrecierro los ojos y le sonrío lascivamente.

 

Su gesto se torna agrio, avergonzado, se ha sonrojado a sobremanera, tiene ojos de espanto y boca de preocupación. Se esconde detrás de su almohada.

 

¡No hay ningún lugar donde puedas ocultarte!, ¡sé lo que hiciste, cochina!

 

 

Lex se despertó más temprano de lo acostumbrado.

 

Regresó cargando varias bolsas que sobrepasan por mucho su pequeño cuerpo, acomodándolo todo en el piso.

 

Después de desayunar, ella sacó un morral de tela gris y guardó nuestro equipaje en él, y con su báculo redujo el tamaño del morral hasta convertirlo al de un monedero, que cuelga en el cinto de piel de su cadera.

 

No lo había notado, pues cuando no sale de la habitación acostumbra a andar únicamente en pantys y su banda del pecho, pero a su estilo en general podría llamársele gótico.

 

Viste un ajustado pantalón de cuero negro, y mismas botas de plataforma; su extraña túnica negra cubre casi todo su torso y parte de sus piernas, pues le falta una manga y su ombligo queda descubierto. Su hombrera se extiende a su cuello y termina escondiendo su boca.

 

Ata su cabello en una cola de caballo, dejando libres un par de mechones gemelos a los lados de su rostro.

 

Me envuelve en un rebozo y me pega a su pecho, ya no me sostiene con sus manos.         

 

—Estás más pesadito —me dice.

 

Se pone su máscara blanca y abandonamos la habitación. Al pasar, la puerta contigua se abre.

 

—Ara, ara —dice pícara, con una voz sensualmente complaciente.

 

Es una mujer exuberante de caderas fértiles; cubre apenas su soberbio cuerpo con una delgada sábana de seda turquesa, sosteniéndola simpáticamente con una de sus manos a la mitad del pecho. Sus clavículas quedan remarcadas en su piel de crema clara, acentuándolas con un bonito collar dorado con una gema marina.

 

—¿Te vas tan pronto, Lex?

—Tengo asuntos pendientes en el ducado de Agares. —Lex se detuvo, aunque no parece sentirse muy cómoda.

—Eso queda bastante lejos. Es una pena. —Se acerca y acaricia el hombro desnudo de Lex y le susurra al oído—. Me hubiera gustado probar al menos una vez este manjar exótico.

—¡Yo no hago esas cosas! —contesta nerviosa, alejándose.       

 

Descubre el rebozo.

 

—¿Ara?, ¿qué tenemos aquí?

 

Hola, me presento, soy el amor de tu vida.

 

—¡Qué hermoso bebé! —exclama enternecida—. Me hiere en lo más profundo de mi corazón que alguien se me haya adelantado, y peor aún, que tuviera la osadía de preñarte y…

—¡No! Este bebé no es mío, yo… lo encontré en el bosque.

—¿Desde cuándo eres tan caritativa?

—No se trata de eso.   

—Oh, ya entiendo, por eso te diriges al ducado de Agares. Pero hasta donde sé, el territorio del marquesado de Khan queda atravesando el valle.

—El marquesado de Khan ya no existe. El único sitio para bautizarlo está en Hazel, el templo de Edas.

—Entiendo. Será un viaje largo entonces —dice sombría.

 

¿De qué se supone que están hablando?

 

—Fue divertido conversar contigo y escucharte todas las noches, pero este es el adiós, Lacuna.

—Eres como una mariposa, vuelas y te posas en donde te dé la gana, desearía ser tan libre como tú lo eres —dice triste.

—¿Por qué lo dices?, la esclavitud está penada en este reino.

—Soy esclava de mí misma. Mi libertad se limita a lo que puedo comer y a donde puedo dormir. Por eso habito en esta posada, porque no tengo otro sitio a donde ir.

—Tú eres una súcubo, ¿no es así?

—Sí, lo soy. Me alimento de la vitalidad de las personas, por eso es tan cómodo este sitio, aquí tengo todo lo que necesito para sobrevivir.      Ciertamente no necesito de más, pero...

—¿Pero?

—No soy feliz.

—La felicidad no la encontrarás allá afuera. 

—Eso yo no lo sé, pero estoy segura de que aquí dentro, ni en mil años, la encontraré. Si saliera de aquí —juega conmigo con su mano, sonríe, es una lindura—, creo que tendría una posibilidad. La verdad es que... has sido lo más cercano que he tenido a una amiga, por eso me duele decir adiós. —Una lágrima ha caído en mi mejilla.   

 

Me parte en serio el corazón, porque entiendo su sentir, aquellas noches en las que mi insomnio me mantiene despierto, cuando Lex duerme y Lacuna no grita, escucho su sutil llanto ahogado en lamentación.

 

—Allá afuera es muy diferente a aquí, en la seguridad de tu habitación.

 

Lex camina, alejándose de Lacuna, evadiendo la situación. Muy mal, bruja maldita.

 

—Sabes, si quisieras seguirme, yo no te detendría —dice.

 

Lacuna suspira de alegría, sin darse cuenta, suelta la sabana para juntar sus manos a la altura de sus labios, inclinando ligeramente su cabeza. Ella cierra sus húmedos ojos y sonríe, lágrimas escurren en su rostro. Lo he notado, su rostro refleja la genuina felicidad que ha sentido, y, siendo sincero, se siente realmente bien.     

 

—¡Vístete de una buena vez! —exclama bruja maldita.

—¡Voy! ¡No tardo! —entra corriendo a su habitación azotando la puerta.

 

¿Fue mi imaginación? Lacuna tiene una colita con punta de corazón.

 

Se escucha mucho ruido desde dentro de la habitación, como si tirara los muebles y los removiera buscando quién sabe qué.

 

—Lacuna, ¿está todo bien?

 

Lacuna sale del baño vestida con una toalla enredada en el cuerpo y un cepillo de dientes en la boca. Asiente apresurada. Lex está pasmada, y yo también, ¿qué diablos?

 

—¿Por qué estás vestida así?

—¡No entren, me estaba dando un baño!

 

Lacuna salió a los diez minutos, vistiendo un abrigo largo de terciopelo púrpura, un ajustado suéter blanco de escote pronunciado, con el pretexto de lucir su lindo collar. Además, usa unos pantaloncillos negros bastante cortos y unas botas a juego con tacón, tan largas que justificaban la pieza anterior.

 

—¿Me veo rara? —pregunta apenada.

 

¡Joder, que tierna!

 

Su cuello es delgado y las facciones de su rostro, finas. Es una belleza sublime, de suaves contornos y dulces caracteres, nariz y boca pequeñas, y seductores ojos azules. Cae de ella una larga y brillante cabellera rubia platinada, peinada cuidadosamente.

 

—Te ves bien, supongo —contesta Lex, frívola.

 

 

La carretera que lleva a la salida de la ciudad es bastante concurrida, hay negocios en cada local de cada edificio, Lacuna se detiene a ver lo que vende cada uno, aunque no tenga intención de comprar, es como una niña en la juguetería.

 

—¡Lex! —Lacuna llama desde una tienda de joyería—. Mira esto.

 

Lacuna sostiene emocionada un labret de quarzita obsidianizada.

 

—Apuesto que este te quedaría di-vi-no.

—No uso perforaciones.

—¿Por qué no? —En tono de berrinche.

 

Lex toma un par de aretes de perlas de almeja Silverstina.

 

—¿Cuánto cuestan? —pregunta al vendedor.

—Quinientos marces.

 

Lex puso su mano sobre un pedazo de leño encima del mostrador, ¿será el pago?

 

—Creí que no usabas perforaciones —dice Lacuna.

—No son para mí.

 

Lex se para sobre las puntas de sus pies para alcanzar el rostro de Lacuna, hace dos agujeros en sus orejas, insertando después los aretes.

 

—Los vi y pensé que se verían bien en ti… ¿Estás bien?

 

Lacuna está llorando, tiene una expresión desconcertada. Limpia su rostro con su manga.

 

—Sí…no —rompe en llanto, cubre su rostro.

 

¡No llores! Si tú lloras yo voy a llorar. ¡Estamos armando una escena en la joyería! Hemos metido a Lex en un apuro.

 

Lex me explicó que los súcubos e íncubos son una raza ermitaña, están condenados a la soledad, no porque literalmente estén solos, eso los mataría de hambre, sino porque son seres sumamente sensibles.

 

El que sólo los busquen por sus cuerpos y encantos, los afecta en lo más profundo de sus corazones, a tal punto que ven al resto como simples costales de carne, alimento. Es muy sabido que las súcubos suelen morir jóvenes, en la edad reproductiva, poco después de dar a luz.    

 

Mueren de tristeza al ser abandonadas por el padre, porque ellas han elegido a ese espécimen por encima de todos los prospectos que tienen, creyendo que éste será su alimento y compañero de vida.    

 

—Lo siento. —Limpiándose el rostro con las mangas—. Es la primera vez que alguien me regala algo tan precioso. Gracias, en verdad, los atesoraré por siempre.

 

Cielos, su sonrisa brilla más que el sol.

 

—Me da gusto, ¡pero no te me pegues como sanguijuela! —La aleja, aunque Lacuna se resiste.

 

 

Ya acercándonos al límite de la ciudad, los puestos de comercio cambian por puestos de transporte, y vaya vehículos que hay, en su mayoría son carros blindados. ¿En serio el exterior es tan peligroso? Son carros grandes, y están dispuestos sobre vías férreas, probablemente para grupos y comerciantes. Los elfos y viajeros extranjeros hacen fila para abordar, nos paramos justo detrás del último. 

 

—Esta es tu última oportunidad de regresar —dice Lex.

—Lo sé.

—Cruzar el umbral significa que estás dispuesta a matar o morir.

—Lo sé. Lex, no soy tan cobarde como tú crees, tampoco soy una niña.

—Bien, luego no te quejes, será un viaje largo.

 

Dentro, tomamos una de las cabinas particulares y cerramos. Es bastante cómoda y amplia, como la habitación de la posada, pero en pequeño. Las chicas se ponen cómodas en la cama, Lacuna lucha por quitarse sus botas, mientras que Lex simplemente arroja las suyas y estira los dedos.

 

El carro comienza a andar.

 

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dice Lacuna.

—Dime.

—¿Por qué siempre usas esa máscara? ¿Acaso eres una fugitiva que oculta su identidad?

—En parte sí, es para ocultarla, pero en realidad esta es una máscara que bloquea ataques psíquicos.

—¡Con razón! Ahora entiendo por qué nunca llegaste a mi cama.

 

Lex se levanta, llevándome con ella.

 

—Dormiré en el sofá.

—¡Espera! ¡Sólo era una broma! Yo…sería incapaz de hacer algo así ahora que somos amigas, no me atrevería a traicionar tu confianza. Lo siento.

—No puedo confiar en que no lo harás.

—Si te hipnotizo y hacemos…—dice, desviando la mirada avergonzada—, te irás, igual que el resto, y en verdad eres alguien que quiero en mi vida, a ustedes dos. Juro, por mi vida, que jamás te hipnotizaré.

—De acuerdo, creo que puedo confiar en ti, pero, sólo por si acaso…

 

Lex tocó el pecho de Lacuna.

 

—…si lo haces, tu corazón se detendrá. Estoy hablando en serio.

—Si con eso confiarás en mí, lo aceptaré.

 

Qué valiente, tienes mi respeto, Lacuna.

 

—El viaje será largo, así que te recomiendo dormir un poco.

 

Lex deja su máscara en la mesa de noche. Lacuna la mira embobada. Recargada sobre su costado, observaba detenidamente a Lex.

 

—Cómo quisiera tener esa cara de ángel entre mis piernas.

—Delante del niño no, una más y duermes en el pasillo.

 

 

Lex y Lacuna duermen plácidamente. Ya han pasado unas horas desde que dejamos la ciudad de Rizeen.

 

Pese a todo el peso, este carro se mueve bastante rápido, además de ser sumamente silencioso y suave. Tiene tracción en sus cincuenta ruedas de dos metros de diámetro, y es movido por un reactor de antimateria. Su blindaje es capaz de soportar el aliento termonuclear de un dragón y sus habitaciones están acondicionadas con todas las comodidades de un hotel de lujo.

 

Tiene capacidad para trescientos pasajeros y doscientas toneladas de cargamento. Algo así no debió ser barato, me preguntó cómo lo habrá pagado Lex, si desde que la conocí no ha hecho más que holgazanear.

 

Durante mi primer mes de vida he aprendido muchas cosas, por ejemplo, mis padres eran los marqueses Khan y Astrea, señores de Ávalon, aunque eso aún no me dé mucha información.

 

Otra de las cosas que aprendí es que Hel es el nombre de este mundo, y que está dividido en nueve continentes: Primbes, Livirundo, Tertaila, Avaaran, Furite, Haenkressim, Zehlenta, Froctad, Noditone; cada uno con su propio dialecto. Nosotros nos hallamos en Avaaran, que está bajo el yugo del rey Purson.

 

Me las he arreglado para escabullirme y subir hasta la ventana a mirar el paisaje.

 

Me siento estafado, no es más que una meseta de hierba corta, a lo lejos hay montañas y nubes en el cielo, y una enorme sombra de dragón que nos ha rebasado…espera, ¿qué?

 

El carro frena abruptamente, las ruedas de metal rechinan con furia.

 

El dragón ruge encolerizado.

 

Caigo por el ventanal y me propino un buen golpe.

 

Lloro.

 

Lex se despierta alarmada y me levanta.

 

—¿Qué ocurre? —pregunta Lacuna.

—No creo que sea algo bueno, estos carros sólo tienen permitido detenerse por tres razones: un cataclismo, la orden de un noble o…

 

Escucho el barullo de fuera, en los demás camarotes, todos repitiendo lo mismo:

 

—Un dragón emperador.

—¡Un dragón emperador!

—¡¿Qué hace aquí un dragón emperador?!

 

Cunde el pánico.

 

—Oh, mierda… —masculla Lex.

 

El personal del carro prepara las acciones protocolarias de defensa.

 

—¡Tienes un minuto para salir con el niño, si no, volaré este carro en un instante!

 

¿Aenile? Está bastante enojada.

 

—¿De qué está hablando?, ¡¿qué niño?! —pregunta Lacuna preocupada.

—De este niño.

—¡¿Le robaste su cría a un dragón emperador?!

—¡Este no es su cría!, cuando lo encontré no estaba con ningún dragón, sólo seguí su esencia hasta que di con él.

 

Esto es culpa de Aenile, sin duda alguna.

 

Lex sale por la esclusa de emergencia que da al techo, cargando conmigo, y en la otra mano su bastón, Lacuna viene detrás. Aenile está de pie sobre las vías, en su forma humanoide, viste un largo y extraño vestido rojo estilo kimono japonés, con un pronunciado escote en la espalda. En realidad, no deja mucho a la imaginación.

 

—Entrégame al niño y tendré piedad.

 

Lex camina sobre el techo del carro, bajando a las vías de un salto; Lacuna la sigue de cerca.

 

—¿Le entregarás al niño?

—No.

—¡¿Por qué no?!

—Porque igualmente nos matará. Los dragones son, incluso, aún más viscerales que los demonios. Así que…—Lex toma impulso cargando conmigo—… lo usaré de rehén.

 

Me lo esperaba, ¡ya me lo esperaba de bruja maldita! Lloraré a todo pulmón simplemente para fastidiarte.

 

—¡Wahh!

—Silencio —¡Me acaba de poner en “mute”! Hija de la…     

 

Da un gran salto hacia Aenile, que la espera desafiante de pie sobre las vías. ¡La patea en el rostro! Pero no parece que le haya hecho mucho daño, pese a que la onda expansiva sacudió los aires, en realidad, sólo la hizo enojar más. Tiene una mirada asesina que me aterra. Lex ataca con infructíferas patadas.

 

Déjalo ya, no le haces ni cosquillas, aunque he de admitir que eres hábil con las piernas, me pregunto qué otros talentos ocultos tienes.

 

Lex salta y evade, haciendo acrobacias y mareándome.

 

—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunta Aenile en un tono completamente hostil.

—Debo admitir que eres dura como una roca —dice burlándose.

 

Lex me arroja hacia el cielo. Lacuna grita horrorizada.

 

Bruja maldita le propina un rodillazo fulminante a Aeline en la barbilla que le hace mirar hacia arriba.

 

Fúrica, la dragona agarra de la cabeza a la elfa, azotándola con tremenda fuerza contra la tierra, creando un cráter. No conforme, en su cólera, toma de los pies el cuerpo inerte de Lex y lo golpea repetidamente contra las rocas.

 

Desde aquí arriba todo se ve tan violento y pequeño, he dejado de subir… ¡¿He dejado de subir?! Qué bonito es el cielo, cómo quisiera ser una nube.

 

De nuevo veo mi corta vida ante mis ojos, o eso quisiera decir, bruja maldita nos ha engañado por completo, pues ha aparecido justo frente a mí. ¿Es mi imaginación? Podría apostar que, detrás de su máscara, me ha guiñado el ojo.

 

Aenile voltea hacia nosotros, sin embargo, no puede moverse, aquel que era el falso cuerpo de Lex se ha convertido en una sustancia negra bastante pegajosa, semejante a la brea. Lex arroja uno de los largos cabellos de Aenile al aire y me toma. Extiende su bastón y lo hace girar.

 

—“Tú que juzgas, Chorus”. —Agita el báculo sobre mí.       

 

De pronto, un ciclón se formó en el cielo.

 

¡¿Cuándo?! Hace un segundo estaba completamente despejado.

 

—“Cruza los vientos, invade las estrellas. ¡Hatara!”. —El ciclón se ilumina en un bello y peligroso bermellón—. “¡Crea el caos, acarrea la devastación!”.

 

Caemos a gran velocidad.

 

—“¡Haz sucumbir a los crueles, haz de luz que doblega a los villanos! ¡Yo, Mérida Alexeirida Lebelei, he de pronunciar las palabras malditas! ¡Yo, con el poder del espíritu del astro padre!”.

 

Hace una pausa dramática.

 

—“¡Árastra, Hazua, Demadiel…!”. —En el ojo del ciclón una gran cantidad de energía se ha acumulado—… Acaba con todo —susurra—. ¡Handatrol!

 

En cuanto caemos, Lex da un salto y toma a Lacuna, jalándole detrás del carro blindado; toca el metal y crea una esfera del mismo material sobre nosotros.

 

Este se transparenta, dejándonos ver lo que ocurre afuera.

 

Un poderoso rayo de fuego, como una llamarada solar, el martillo del sol del atardecer, cae sobre Aenile, creando la devastación que una bomba de cinco kilotones dejaría a su paso.

 

La tierra tiembla bravamente.

 

Lex me abraza, Lacuna se nos ha pegado como chicle, ¡sus grandes pechos no me dejan respirar! Se detiene, Lex quita la cúpula que nos refugió.

 

El área se ve bastante dañada.

 

—¿Se acabó? —pregunta Lacuna.

 

Aenile, bastante enojada, aterriza sobre el carro, justo detrás de nosotros. Ha extendido sus alas en su cuerpo humanoide y las garras en sus manos, ahora entiendo el porqué del corte de su vestido.

 

—Lacuna, regresa al carro. ¡Ya! —exclama Lex.

—Te enseñaré lo que es el verdadero aliento termonuclear.   

 

Aenile agarra a Lex del cuello y nos arroja varias decenas de metros, Lex hace hasta lo imposible porque yo no reciba el daño de la caída, absorbiéndola completamente con su propio cuerpo.

 

Rodamos al caer.

 

Lex acaricia mi rostro por última vez. Aenile aterriza junto a nosotros y me arrebata de Lex. Cargando conmigo emprende el vuelo, a varios miles de metros del suelo, y posándose justo frente al sol, abre su boca con afilados colmillos en lugar de dientes.

 

Escucho un agudo aullido provenir de sus fauces, como si estuviera acumulando energía, es insoportable. Hace mucho calor.

 

¡Dispara un rayo azul de su boca!

 

Lex extiende su mano hacia nosotros mientras hace un conjuro, varios círculos mágicos aparecen sobre ella, pero el aliento termonuclear los atraviesa como si fueran papel. Toda la luz de esta meseta fue consumida por semejante cantidad de energía.

 

La noche ha caído sobre nosotros, aunque el sol no se haya puesto. El impacto ha devastado, no sólo los alrededores, sino más allá. Ni siquiera el carro salió intacto.

 

¡Sigue viva! De alguna manera, bruja maldita consiguió librarla, aunque está muy malherida, su máscara ha sido destruida y su ropa está severamente rajada y quemada.

 

Aterrizamos junto a ella, me ve resignada, con el rostro ensangrentado.

 

—¡¿Ah?! ¡¿Sobreviviste?! —pregunta Aenile antipática.   

 

Esto va mal, si no hago algo, Aenile en verdad borrará la existencia de bruja maldita, no la odio tanto como para quererla muerta. Bien, tendré que utilizar mi as bajo la manga, mi último recurso. Es momento de saldar mi deuda por salvarme de aquellos elfos en el bosque.

 

—B…b…

—¡Va a decir sus primeras palabras! —Aenile exclama emocionada, distrayéndose.

—B…b…buja madita —señalándola.

 

Ambas me miran consternadas.

 

—¿Qué?

—¿Qué?

—¡¿Qué?! —exclaman al unísono.