Hel

Capítulo 3: El bosque de las ninfas

Después de lo que pasó, debería agradecer que Lex siga con vida. La ley exige que los vetados, o sea, a los que echan de algún tren, en este caso nosotros, sean transportados al asentamiento más cercano.

 

Por supuesto, la ciudad de Hazel no es la más cercana, mucho menos la ciudad de Rizeen; estamos en una villa en medio de la nada, creo que su nombre es Xi, y está a cincuenta kilómetros del camino del tren. ¡Y vaya!, muchos cientos de kilómetros más lejos de nuestro destino.

 

Aunque la deteste, estoy preocupado por bruja maldita, sigue en estado crítico, aún se debate entre la vida y la muerte; con tantas hemorragias, huesos rotos y órganos deshechos, ¿cómo no podría estarlo?

 

Lex ha estado en coma, en una cama de hospital, con una esfera blanca levitando en su rostro que le suministra oxígeno y nutrientes.

 

Lacuna es quien peor la está pasando, no se ha despegado ni un segundo de su cama. Y bueno, por alguna razón, Aenile también está aquí, sentada frente a Lex, sosteniéndome en sus brazos, tan calmada que resulta molesto.

 

Los hospitales de aquí son raros, por no decir irreales; esta habitación es una esfera transparente sumergida en un lago de luz líquida. De hecho, el que estemos aquí también cura todos los males que podríamos tener.

 

—¿Dónde estoy? ¿Sigo viva? ¿O morí? —Es lo primero que dice después de haber dormido por semana y media.

—¡Lex! —Lacuna se arroja sobre ella, abrazándola.

 

Como era de esperarse, Lex gritó de dolor. ¿Por qué siento que estoy rodeado de idiotas?

 

—¡Lo siento! —exclama avergonzada.

—Yo también te extrañé, Lacuna —habla débilmente—. ¿Por qué está ella aquí? —dice al ver a Aenile frente a ella.

—Él se negó a abandonarte, le debes la vida —contesta prepotente.

—Eso puedo entenderlo, lo que aún no me queda claro es ¡¿qué carajos haces tú aquí?!

—Yo iré a donde él vaya. Así que acostúmbrate.

—Al menos deberías disculparte —contesta resignada.

—¿Con quién crees que estás hablando? Tú deberías agradecer que te perdonara la vida, sucia gata de alcantarilla.

—No peleen, creo que podemos entendernos y resolver nuestras diferencias —dice Lacuna en un intento por apaciguar a las fieras.

—¿Hablar? Esa dragona tiene el cerebro del tamaño de una nuez, con ella no se puede dialogar, sería lo mismo que hablarle a la pared.

—¡Ja! Una elfa y una súcubo, ustedes dos deberían lamerse los traseros, les darían un mejor uso a esas sucias lenguas en lugar de estar diciendo estupideces.

 

Esto es divertido, le daré un premio a quien diga el mejor insulto.

 

—Te lo dije, con esa dragona no se puede dialogar, es tan nefasta como un demonio.

 

Oh, mierda. Estoy seguro de que eso es algo que definitivamente no debió haber dicho. Aenile está muy enojada, tiene entrecerrados los ojos y sonríe, pero, sin duda, explotará en cualquier momento. Puedo ver el aura infernal que irradia de su ser.

 

—Ven aquí y dímelo en la cara —dice con claras intenciones asesinas.

 

Lex se levanta de su cama y camina hacia nosotros. Lacuna intenta detenerla, pero fue como hablarle a una roca; antes te respetaba por ser impresionante, pero eres ¡igual de estúpida que las otras dos!

 

Se para justo frente a nosotros y acerca su rostro al de Aenile.

 

—Eres tan nefasta, tan odiosa, tan miserable, y tan fea como un sucio, asqueroso, vomitivo, putrefacto y nocivo demonio —dice fúrica.

—No permitiré que insultes al pequeño. —Me tapa los oídos.

 

Sabes, esto me ofende más que lo que dijo Lex. Aguarda, ¿soy un demonio?

 

—No intentes excusarte detrás de él, discúlpate —dice amenazante.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo por las malas? —pregunta Aenile, poniéndose de pie, emanando un aura intimidante.

 

Bien, estoy harto. Muerdo la mano de Aenile y me suelta. Caigo de golpe al piso, me han dejado caer tantas veces que ya he aprendido a amortiguar el golpe.

 

—¡Aah! —exclama Aenile.

 

Lex suspira sorprendida. Camino torpemente hasta Lacuna, que me mira enternecida.

 

—¡Son sus primeros pasos! —grita.

 

La enfermera abre la puerta.

 

—Vengo a darle el alta, señorita —dice cortésmente—. Por favor, beba.

 

Lex toma el vaso con agua azul que la chica le da.

 

—Su cuenta es de trescientos mil marces.

 

Y lo escupe todo al oírlo.

 

Hemos salido del hospital. Era un edificio peculiar, sumergido en el lago de luz líquida a nuestra espalda; este es parte de un grupo de lagos y lagunas subterráneas, formadas por la actividad sísmica y la radiación. Este lugar es, literalmente, un bosque de árboles gigantes. Todas las edificaciones, puentes y caminos son de madera y están construidos en las ramas y copas.

 

Lex se deja caer sobre la tierra, luce desesperada.

 

—Estoy quebrada… todos mis ahorros… —dice con un gesto perturbado—. Tardaré media vida en pagar ese crédito.

—No debe ser para tanto —Lacuna la consuela despreocupadamente—, es sólo dinero.

 

Lex se levanta colérica.

 

—¡Tú! Todo esto es tu culpa —señala a Aenile—. Si no hubieras aparecido, todo estaría bien ahora.

—Es tu culpa por robarte al bebé —contesta insolente.

—¡Yo no me robé al bebé! Un grupo de elfos de Zina lo iban a asesinar, por si no lo sabías.

—Si tanto te molesta, simplemente vende ese ridículo báculo. Seguramente vale una fortuna.

—¡Te odio! —exclama Lex, desapareciendo.

 

Parece que eso la hirió. Aenile y Lacuna creen que huyó, pero realmente se volvió invisible para llorar debajo un árbol.

 

—¿Por qué eres así? Nosotras hemos cuidado del pequeño todo este tiempo, mientras que tú sólo…

—Cuida tus palabras, sucia súcubo, recuerda que hablas con un dragón emperador.

—Lex tenía razón, eres tan nefasta como un demonio. Quería pensar que, a pesar de haber empezado con el pie equivocado, podríamos ser amigas, pero ahora creo que yo también te odio un poco. —Baja la cabeza—. Dame al bebé, Aenile, no dejaré que te lo lleves.

 

Aenile extiende sus enormes alas.

 

—¿Una alimaña como tú se atreve a desafiarme? No me hagas reír. —Da un pisotón que hace retumbar la tierra—. Hazte un favor, niña, y no te metas en mi camino.

 

Lacuna apenas puede mantenerse en pie, le tiemblan demasiado las piernas. Levanta la cabeza, sus ojos irradian una luz violeta, mira directamente a Aenile.

 

—¡No te llevarás al bebé!

—Ya he perdido suficiente tiempo, adiós.

 

Aenile despega creando un vendaval. Ascendemos tan rápido que no puedo mantenerme aferrado a Aenile, ¡me estoy resbalando!

 

—¡Aenile! ¡No te at’evas a solta’me! —grito.

 

No me escucha, resbalo de sus brazos y alcanzo a agarrarme de sus piernas. Pero no puedo sostenerme más. Caigo sin control y Aenile ni siquiera se ha dado cuenta.

 

—¡D’agona estúpida!

 

Qué fastidio. Desde esta altura, seguro moriré. Si llego a golpearme contra el suelo, será mi final.

 

¡Y vuelvo a salir victorioso!

 

Lex me ha cogido en el aire. Soy el chico con la peor o la mejor suerte de este mundo. Caemos sobre un puente de madera, asustando a los transeúntes.

 

—Lo siento —dice entre sollozos—, volví a ponerte en peligro.

—No, volviste a salva’me —contesto acariciando su rostro ruborizado.

 

Lex se recuesta sobre el puente colgante y me levanta sobre ella, importándole poco que esté estorbando el paso.

 

—Hay tanto que quiero saber de ti —dice.

—¿Po’ qué lloas?

—No lo sé —Lex se levanta—. Es hora de irnos, Lacuna debe estar preocupada.

 

Regresamos a donde habíamos dejado a Lacuna, pero ya no está. Esto es malo, si fue a buscarnos, probablemente se ha perdido en este inmenso bosque. Es tan distraída que me preocupa. Este es el gran bosque de Morpheus, el nombre me suena conocido de algo, si no me equivoco, Morfeo era una clase de deidad del sueño. ¿Cómo sé eso?

 

Este ambiente es húmedo, hay senderos floridos realmente bellos, tienen formas curiosas, hay algunas que parecen ojos, redondas, blancas, con coloridos pistilos en el centro.

 

—¿Cómo se llaman esas? —pregunto apuntando. Lex me carga sobre sus hombros, he crecido tanto que ya no puede llevarme en brazos.

—Ah, Ojos, sí, así se llaman. No te acerques, son venenosos.

—¿Y esos? —señalo a un arbusto con flores alargadas como alambres color turquesa.

—Pelos azules.

 

¿Quién les pone nombres tan burdos? Este bosque es realmente frondoso y oscuro. Lex camina cautelosa, iluminando el camino con su báculo.

 

—¿Puedo p’egunta’te una cosa?

—Sí, que la responda ya es un asunto completamente diferente.

—¿Po’ qué llo’abas hace un ‘ato?

 

Lex se detuvo unos instantes.

 

—Mi máscara y este báculo es lo único que me queda de mi familia. Aenile destruyó la máscara, y cuando dijo que me deshiciera del báculo, no pude soportarlo. Mi aldea fue masacrada por los soldados del rey Purson, y a los sobrevivientes los volvieron esclavos, pero mi familia no tuvo esa dicha.

—¿Esclavos?

—Son unos hipócritas, los demonios legislaron la prohibición de la esclavitud, pero sus palacios y sus aposentos son atendidos por seres a los que despojaron de sus vidas y privaron de su libertad. He estado vagando desde entonces. Sólo quisiera saber, ¿por qué mi familia y mis amigos tuvieron que morir?

—Lex…

—No te confundas, a ti también te odio, pero sólo un poco menos que al resto de ellos. Se está haciendo de noche, hay que encontrar a Lacuna pronto.

 

Anochece y la temperatura desciende drásticamente. Lex ha levantado un conjuro que nos mantiene calientes. Pero seguro hay muchas clases de bestias peligrosas por aquí, no pienso averiguarlo.

 

—¡Lacuna! ¡Grita si estás viva!

 

¡¿Qué haces, grandísima idiota?! Mejor sírvenos en bandeja de plata y esparce especias sobre nosotros.

—¡Lex! —exclamo temeroso.

 

El aullido de una jauría me pone los pelos de punta, un escalofrío recorre mi cuerpo.

 

—Mierda —susurra—. ¡Lacuna! ¡¿Dónde diantres te has metido?!

—¡Lex! ¡Ayuda! —Lacuna responde desesperada en la lejanía.

 

Nosotros tenemos nuestros propios problemas. Una jauría de enormes perros negros, con el pelaje destrozado y los ojos rojos, nos gruñen amenazantes. Nos han rodeado, hay al menos nueve, pero muchos más se ocultan en los árboles.

 

—Hellhounds —masculla.

 

Aunque son muchos, quizá si estuviera sola, Lex podría encargarse sin problema. Todos están inmóviles, atentos al siguiente movimiento de bruja maldita. Lex enciende fuego en sus manos y sopla, creando una llamarada que lo quema todo. Nos ha encerrado en un círculo de fuego. Se sienta sobre la tierra y saca de su bolsa gris aquel libro gordo de conjuros de cubierta de piel.

 

—“Rey del este y del sur, soberano del reino…” —comienza a conjurar. ¡Date prisa, bruja maldita! —“Notoria, invoco tu nombre. ¡Notoria! Escucha mi voz…” —Sí, sí, Notoria escucha su voz. Rápido—. “Surge de la ceniza y el carbón. ¡Vive! ¡Oh, grande y misericordioso! ¡Notoria, te ordeno acabes con el mal de este mundo!”.

 

El espíritu se manifestó en el fuego, envolviéndonos en un torbellino ardiente que por poco nos cocina vivos. Es un minotauro sin piernas, hecho de fuego. Lex guarda su libro y me carga, corre tan rápido como si su cuerpo fuese ligero como una pluma. Miro a mi espalda, Notoria está conteniendo a los perros con su simple presencia, sin embargo, hay varios, muy hambrientos, que corren detrás de nosotros.

 

¡Uno nos toma por sorpresa y salta sobre nosotros! Derriba a Lex y me hace caer. Ella tiene a la bestia encima, interponiendo únicamente su báculo entre su rostro y las fauces del animal, el perro lo muerde y cae saliva sobre la cara de Lex. Ella no puede librarse del perro, aún está débil. Uno de los animales me coge del cuerpo y me lleva consigo, de todas las casi muertes que he tenido desde que estoy en este mundo, por mucho, esta sería la más atroz.

 

Llegamos hasta un pantano apestoso.

 

—¡Perrito, aquí arriba! —dice una voz femenina.

 

El hellhound se detiene, olfatea y dirige su hocico hacia arriba. ¡Es Lacuna! Aunque no parece que la esté pasando mucho mejor que nosotros. Está atrapada a veinte metros de altura, presa de las enredaderas.

 

—¡Suéltalo ahora mismo! —ordena, con sus ojos brillosos.

 

El perro obedece y me suelta. Cuando la conocí, subestimé a Lacuna, pero sus poderes son aterradores.

 

—¡Ahora vete y piensa en lo que has hecho, chico malo!

 

¿Por qué lo está regañando? Es un animal salvaje.

 

Aún es pronto para relajarme. Cinco perros corren hacia mí. Lex aparece y los aleja a todos golpeándolos con su báculo. A uno le ha roto el cuello y a dos más les ha sumido las costillas. Al cuarto lo apuñala en el lomo con el extremo del báculo y al último lo somete con la cabeza de zafiro ahorcando su cuello hasta que deja de respirar. Se acerca a mí, tambaleándose, y me toma.

 

—¿Estás bien? —me pregunta.

 

Contesto asintiendo y miro hacia Lacuna que sigue de cabeza.

 

—¡Lex, aquí arriba!

—¿Cómo llegaste hasta allá?

—¡Es una larga y graciosa historia, yo estaba…!

—No me la digas, no estoy de humor. ¡No te muevas! Cortaré las enredaderas.

—¡Está bien, no me…! ¡Espera, ¿qué?!

 

Lex apunta su báculo hacia Lacuna y corta con aire afilado las enredaderas. Lacuna cae gritando y maldiciendo, deteniéndose abruptamente frente a nosotros, a medio metro del suelo, y aun así, no deja de gritar y tampoco abre los ojos, hasta que se queda sin aire.

—¿En serio pensaste que te dejaría caer?

—¡Oh, Lex, me has salvado! —dice emocionada—, acércate un poco, te daré un besito como agradecimiento.

—Muérete cien veces —refunfuña.

 

Lacuna cae de espalda ese medio metro, eso debió doler. Inesperadamente, Lex se recuesta sobre el cuerpo de Lacuna, posando su rostro sobre su vientre y sus manos sobre su pecho.

 

—Si sí querías, simplemente tenías que decirlo —dice sugerente—, aunque no me molestaría que me tomaras, pero creo que este lugar es un poco peligroso, y además el niño está viendo. —Parece estar nerviosa—. Lex —dice con un tono de preocupación—, ¡¿Lex?! ¡Reacciona, Lex! —Lacuna la mueve insistentemente, hasta que nota la sangre de la elfa en su mano—. ¡Lex! —grita.

 

Lacuna hace a un lado a Lex, quien se esfuerza por respirar. Le quita el abrigo. Tiene una gran mordida en el costado, está desangrándose, y a este ritmo, morirá pronto. Su vientre y la banda que cubre sus pechos están empapados en sangre. Lacuna arranca una gran tira de su ropa y envuelve la herida de Lex con ella, haciendo presión en un vago intento por detener el sangrado.

 

—¡Resiste, Lex! —exclama angustiada—. ¿Qué hago?

 

Lacuna me carga con un brazo, y con el otro toma a Lex por debajo de su axila y abraza su pecho, arrastrándola. Camina fatigosamente de regreso a la villa, aunque no tenga idea de dónde está. La tierra fangosa debajo de nuestros pies tiembla. Se levanta violentamente y nos arroja por los aires, una enorme salamandra ha salido de un túnel justo debajo de nosotros; está por devorarnos. Lex usa magia gravitacional y nos jala a la base de un árbol.

 

—¡Lex! —Lacuna grita aterrada. Se ha golpeado la cabeza, la sangre le escurre por el rostro y se mezcla con sus lágrimas.

 

Bruja maldita no muestra señales de vida, aunque su corazón no ha dejado de latir, por ahora. Lacuna muerde su mano, clavando sus alargados colmillos, y gime de dolor. Pone la herida sangrante sobre la boca entreabierta de Lex, las gotas rojas manchan los labios de la elfa y entran, mezclándose con su saliva.

 

—Por favor, no me odies. No dejaré que mueran. —Lacuna se pone de pie y recarga a Lex junto conmigo en el árbol.

 

Se interpone entre nosotros y ese monstruo.

 

—¡Detente! —grita, pero sus poderes sólo lo está ralentizando.

 

Lex despierta y atrae su báculo hacia ella. Cauteriza su herida con la gema ardiente.

 

—¿Qué crees que haces, grandísima idiota? —pregunta lastimosamente.

—¡Váyanse! Yo lo detendré todo el tiempo que pueda.

—¡No te dejaré, vendrás con nosotros!

—Ambas sabemos que no podrán huir si no detengo a esta cosa.

—¡Entonces huye con el bebé! Yo no puedo moverme. Al menos así tendrán una oportunidad. —Lacuna lucha.

—Lo siento, pero no puedo hacer eso.

—¡¿Por qué?! ¡No quieras ser un héroe! ¡Salva tu vida!

—¡No! No podría vivir conmigo misma si hiciera eso. Ustedes se han convertido en mi familia, si algo les llegara a pasar, yo no podría soportarlo, así que, por favor, sálvense ustedes. ¡Date prisa! No sé por cuánto más podré contenerlo. —La salamandra la arroja de un golpe con sus garras hacia sus fauces, devorándola de un solo bocado.

—¡Lacuna! —Lex grita, incapaz de contener su llanto. Extiende sus manos al frente, sosteniendo su báculo y recita—: “¡Alma del bosque, escucha mi voz! ¡Yo, quien invoca el poder del cielo! ¡Raiton!”.

 

El rayo cae sobre Lex y dispara una sobrecarga de energía eléctrica hacia la salamandra, pero parece no haberle hecho efecto, como si su piel fuera aislante. El monstruo ruge atronadoramente y de un brinco se vuelve a sumergir en el agujero del que salió.

 

—Lacuna. —Lex dice entre sollozos.

 

De pronto, la salamandra ha vuelto a surgir. ¡Hay una niña montando su enorme cabeza!

 

—¡Jujuju! ¡Oh! ¡Oh! —exclama.

 

La niña, de rostro perfilado, ojos rasgados, y largo cabello negro, vestida con un extraño vestido blanco con múltiples adornos florales, y un velo corto en la cabeza; utiliza unas enormes riendas hechas de una larga cuerda trenzada, metida en las fauces de la bestia, como si fuera un jinete. Forcejea con el gran monstruo, este se resiste como lo haría una fiera salvaje; salpica y la tierra retumba.

 

—¡Quieto! ¡Oh! ¡Oh! ¡Sí que eres un chico rudo! ¡Pero no eres rival para mí! ¡La gran maestra de bestias, la ermitaña del bosque, Chinchou Bali Bili Bili Buu! —Su voz es chillona—. ¡Vamos, escupe a esa chica que te comiste! ¡Chico malo! —Lo golpea con un látigo.

 

La salamandra parece haberse calmado y regurgita, vomita todo lo que comió. Lacuna cae de su hocico, cubierta por un denso líquido viscoso y oloroso. Está viva, pero a juzgar por su expresión perturbada, creo que desearía no estarlo. La salamandra se echa frente a nosotros y la niña baja de él como si nada.

 

—¡Vaya, parece que llegué en el mejor momento! —exclama emocionada—. ¡Me presento, soy el médico brujo, maestra de bestias y sabia ermitaña del bosque, Chinchou Bali Bili Bili Buu! —dice guiñando.

 

No me la creo, ¿en serio ese es su nombre? ¡Pensé que era un conjuro!

 

—Bili —digo—, ese se’á tu nombre —¡Al fin puedo hablar bien!

—Mi nombre es Chinchou Bali Bili Bili Buu. —Parece que no le hizo gracia.

—Bili.

 

Y así fue como Bili perdió la pelea y nos llevó hasta su guarida en las copas de los árboles. Lacuna estuvo quejándose todo el camino, escurriendo baba apestosa, cargándome; qué asco. Bili ayudó a Lex a andar, pues apenas podía mantenerse en pie. Parecía ser una niña de catorce años, pero resulta que en realidad es la mayor de todos nosotros, simplemente es que las ninfas siempre aparentan una imagen juvenil; igual que todas en el hospital y la villa.

 

La guarida de Bili es más grande de lo que imaginé, ha construido dentro de la corteza de un gran árbol, es impresionante. Todo está tallado con precisión, desde las paredes cinceladas hasta los pisos perfectamente esculpidos y muebles bien detallados. Además hay artilugios extraños en todo el lugar, hechos de materiales que nunca había visto. Bili recostó a Lex sobre una plancha de madera lisa.

 

—Ustedes dos, vayan a limpiarse, me están apestando la sala. Yo me encargaré de la elfa.

 

Con una navaja cortó el abrigo y la banda de Lex, ella apenas tuvo tiempo de cubrirse los pechos con un claro gesto de vergüenza.

 

—¡O… oye! —gritó.

 

Bili se puso un par de guantes, estirando el hule y tronándolo al soltarlo. Lo último que vi fue que tomó una gran aguja con una sonrisa perversa en su rostro y a Lex gritando de miedo.

 

Entramos en una especie de sótano. Dentro, una gran alberca de agua caliente bajo techo nos espera y regaderas bien instaladas.

 

—Bien, para ahorrar tiempo te bañarás conmigo —dice Lacuna. Me sienta y retrocede, dándose media vuelta.

 

Comienza quitándose su abrigo, al soltarlo en el piso, hace un sonido viscoso. Se quita las botas junto con sus pantaloncillos cortos. ¡Sus pantys son rosadas y justo encima, su colita se mueve alegremente! ¡Ese trasero redondo, esas piernas largas y firmes! Puede utilizar mi cara como asiento cuando guste, mi lady. Desabotona su blusa y la deja caer, sus pechos brillan con las velas de la habitación; su vientre es plano y tanto su cadera como sus clavículas se remarcan sutilmente en su pálida piel. Al tomar el borde de sus pantys, antes de bajarlas voltea a verme, tiene la nariz y las orejas enrojecidas, con un gesto dulce y apenado.

 

—No me mires así, me…da vergüenza —dice tímida.

 

¡Qué linda! Si fuera un protagonista genérico seguramente tendría una hemorragia nasal. Pero no, soy un caballero. Cubro mis ojos con ambas manos, así no podré verla… o eso es lo que ella cree.

 

Lacuna me carga y me desviste en un movimiento. Me sienta sobre su regazo y abre la llave del agua caliente. Me lava a mi primero, pasando sus manos por cada rincón de mi pequeño cuerpo. Me siento frustrado, hay una chica hermosa bañándose justo a lado de mí, y sin embargo, estoy mirando a la pared.

 

Al terminar, Lacuna me carga y se sumerge conmigo en la alberca, esta es una de las cosas por las que estoy feliz de estar vivo, y lo mejor es que hay algo que aún puedo hacer sin ningún tipo de pena o culpa. Hundo mi cabeza en los pechos de Lacuna.

 

Regresamos a la sala. Lacuna nos ha envuelto en toallas. Lex voltea sutilmente hacia nosotros, implorando por ayuda con la expresión de sus ojos. Bili la ha desnudado y la ha postrado sobre la plancha, cubriendo su pecho y cadera con un par de toallas húmedas, el resto de su cuerpo fue invadido por cientos de agujas delgadas. Acupuntura es la palabra que me viene a la mente, parece un erizo blanco.

 

—Jujuju, la elfa y yo nos estamos divirtiendo, sí que sí —dice Bili perversamente—. Pero como pueden ver, ella ya está bien. Sólo hay que darle una medicina que he preparado, descanso y como nueva.

 

Bili se para sobre un banquillo para alcanzar un frasco brillante de un estante alto. Toma un gotero y se acerca a Lex.

 

—Con esto te sentirás mejor. Advertencia, puede provocar náuseas, mareos, visión doble, alucinaciones, pérdida de la memoria, gases, diarrea explosiva, la muerte, y en casos extremos, embarazos no deseados. En caso de tener alguno de estos síntomas, consulte a un médico profesional. Di “ah”. —Pone el gotero sobre la boca de Lex.

 

Bruja maldita niega con la cabeza, sin poder moverse.

 

—No quería tener que recurrir a esto, pero no me dejas otra opción.

 

Bili clava una aguja debajo de la mandíbula de Lex, haciendo que abra la boca sin que pueda impedirlo. Deja caer la gota de luz líquida dentro de ella, y en ese instante, Lex se muere… más o menos.

 

—¿Está bien? —pregunta Lacuna.

—Mejor que nunca —responde Bili con una gran sonrisa.

 

Alguien llama insistentemente a la puerta. Bili se asoma a atender, abre y cierra casi al instante.

 

—¡Lacuna! ¡Es para ti!

 

Lacuna se acerca incrédula y despreocupada a la puerta y abre. Ha puesto una memorable cara de espanto y ha empalidecido.

 

—¡Tú! Sucia súcubo, ¿cómo te has atrevido a engañarme?, ¡a mí! —Aenile ha venido hasta nosotros, de nuevo—. Espero que estés lista para morir.

—Sí, sí, ya te oímos. Ten, bebe esto. —Bili le ofrece una taza con algo que parece agua. Aenile lo bebe despreocupadamente.

—¿Qué es? —pregunta Lacuna.

—Ah, veneno para ratas.

 

Aenile cae desmayada a sus pies. Bili la recuesta sobre su sofá. La dragona se ha quedado profundamente dormida, roncando y babeando.

 

—Pensé que era uno de esos molestos cobradores, vaya suerte, sino el veneno seguramente le habría disuelto las entrañas.

 

¡¿Cómo puedes decir eso tan relajadamente?!

 

—En fin, parece que es amiga suya.

—Yo no diría que es nuestra amiga, es más bien como una acosadora de la que no hemos podido escapar.

—Meh. Como sea, deberían descansar, aquí estarán seguras.

—Siento que nos estamos aprovechando de tu hospitalidad.

—Para nada, no tengo nada mejor que hacer, así que ponte cómoda, quédense todo el tiempo que quieran.

 

Bili preparó una cama para nosotros, la habitación es rústica, iluminada por una única vela.

 

—Vaya día el de hoy, ¿no lo crees? —me dice Lacuna, con una encantadora sonrisa.

 

Asiento. Aunque ya pueda hablar con más soltura, aún no me siento cómodo haciéndolo. Lacuna me abraza y me pega a su pecho.

 

—¿Podemos dormir así? Sólo por esta noche. Yo sé que puedes comprenderme, he visto dentro de tus recuerdos. Sé que no eres un simple bebé y que crecerás más pronto de lo que me gustaría. Así que quiero disfrutarte todo lo que pueda mientras eres pequeño, antes de que te conviertas en un hombre.

—A ti jamás te diría que no, puedes hacer conmigo lo que quieras.

 

Eso no salió de mi boca, ella leyó lo que estaba pensando y lo tomó como respuesta.

 

—Hay una petición que quiero hacerte, ¿puedo?

—La que sea.

—Cuando crezcas y seas un hombre, no te conviertas en un demonio.

 

Soy un demonio, lo siento, pero no termino de entender lo que me estás pidiendo. Sin embargo, esta vez Lacuna no pudo escuchar mis pensamientos. No sé si fue porque no quiso escuchar mi respuesta, o porque simplemente se quedó dormida.

 

 

A la mañana siguiente.

 

—Te odio.

—Yo te odio más.

 

Por increíble que parezca, Aenile y Lex se están peleando de nuevo. Están sentadas en el comedor, en lo que Bili prepara el desayuno; ambas sin dirigirse la mirada, con los brazos cruzados y con apariencia de resaca.

 

Lex dibujó en el rostro de Aenile varios garabatos, ojos de mapache y un miembro masculino; mientras que Lex despertó con su blanquizco y hermoso cabello convertido en un arbusto verde.

 

Bili sirve los platos con algo que parecen huevos fritos, pero son azules.

 

—Son huevos de cuervo Aramuz —dice.

 

Malhumorada, Aenile es la primera en probarlos. Su rostro se ilumina y acaba con ellos de un bocado.

 

—¡Está delicioso! Quiero más.

—No hay más. Mi alacena se ha vaciado con tantos invitados —dice apenada.

 

Tiene sentido, si vive sola, era de esperarse que sólo tuviera comida para ella. Qué generosa. Pero tiene razón, ¡está delicioso! Yo también quiero más.

 

—Y bien, ¿qué planes tienen? —pregunta Bili.

—Retomaremos nuestro camino a la ciudad de Hazel. En este momento no podemos pagarte todo lo que has hecho por nosotras, así que dejaré casi todas mis pertenencias a cuenta. ¡Juro que te pagaré! Dame un poco de tiempo. —Lex baja la cabeza en un gesto de súplica.

 

Pobre chica, tan joven y ya está hundida hasta el cuello en deudas.

 

—No, no, eso no será necesario —responde con una sonrisa gentil.

—Ah, ¿no?

—No, porque iré con ustedes.

—¿Qué? —preguntaron Lex y Lacuna al unísono.

 

Aenile se limitó a asentir dos veces manteniendo los ojos cerrados, con un gesto serio. Genial, otra loca se une a la tripulación en este viaje hacia la demencia. Como capitana, tenemos a una elfa malhablada, como vicecapitana tenemos a una súcubo calenturienta y como polizón, tenemos a una dragona cabeza hueca. ¿Qué podría salir mal?