Hel

Capítulo 4: La ciudad dorada

—Están mal de la cabeza si creen que me voy a subir en esa cosa.

 

Resulta que Bili nos consiguió transporte, y es ni más ni menos que la misma salamandra que se tragó, y que posteriormente vomitó, a Lacuna. Quién diría que sería tan dócil como un cachorro, incluso Bili le está rascando la nariz.

 

—¿Quién es un buen chico? ¡Tú eres un buen chico!

 

Bili ha construido sobre su lomo una cabina abierta, para que podamos viajar cómodamente.

 

Se montó en su cabeza y tomó las riendas.

 

Lex subió primero y Aenile la ayudó conmigo. Ya podríamos irnos, sin embargo, hay un pequeño problema.

 

—Vamos, Lacuna, sube de una buena vez —insiste Lex irritada.

—Oh, no, no señor, yo no me subiré a esa cosa. No pienso acercarme para que de nuevo me convierta en su postre.

—Si te sirve de consuelo, la carne de súcubo le provoca agruras y malestar estomacal a la Salamandra Emperador —dice Bili desconsideradamente.

—¡Eso no me hace sentir mejor!

—Entonces dejémosla —sugiere Aenile, sin prestarnos mucha atención.

—Odio admitirlo, pero esta vez tienes razón —dice Lex.

—¡Bien, en marcha! —exclama Bili al tiempo que azota las riendas.

—¿Ara? —suelta con una expresión incrédula—. ¡No, esperen! ¡No me dejen!

 

 

Y así emprendimos nuestro viaje hacia la ciudad de Hazel.

 

Quisiera decir que he quedado maravillado ante semejante paisaje, pero tan pronto como salimos del enorme bosque de Morpheus, no hay más que desierto y más desierto.  El sol rojo, la arena roja, y ni un alma en kilómetros. Me sorprende que Fax, el nombre que Bili le puso a su nueva mascota, no se haya deshidratado, me he enterado de que es uno de los seres más adaptativos del planeta, un “supersuperviviente”. La especie de la Salamandra gigante ha sobrevivido a más de siete extinciones masivas.

 

Puede almacenar grandes cantidades de agua y alimento como grasa en sus jorobas y ganglios, lo que explica su gran resistencia.

 

—¡Qué calor! —exclama Lacuna—. ¡Estoy sudando mares! ¿Por qué no haces que llueva o algo?

—No sé utilizar magia elemental, si intento hacer eso, probablemente nos mate —responde Lex—. Digamos que mi magia es como una tuneladora, y para hacer un hechizo que pueda refrescarnos, necesitaría de la precisión de un bisturí.

—¿Los seres inferiores siempre están quejándose? —Aenile pregunta sarcásticamente.

—Oye, ¿por qué no usas tus alas para hacer aire? —pregunta Lacuna ingenua.

—¿Me estás pidiendo que te corte la cabeza? —contesta sádica.

 

Incluso yo estoy sudado y pegajoso. Aunque realmente no puedo quejarme; a ellas poco o nada les ha importado que yo esté aquí, prácticamente se han desnudado y han arrojado su ropa sudada y sucia a un rincón.  Jamás creí que volvería a ver los pequeños y espectrales pechos de Lex, o los jugosos magumbos de Lacuna. Esos cuerpos sudorosos y brillosos, y esos rostros enrojecidos, ¡me van a volver loco!

 

Aenile es un caso bastante extraño, al ser un dragón, ella puede soportar temperaturas que prácticamente convertirían en ceniza a cualquiera, y aun así… ¡Boing! Ese par rebota cada que Fax da un paso. Está en su forma humana, sin que algo cubra siquiera un centímetro de su cuerpo, ¡es aún más descarada que las otras dos exhibicionistas! Esto roza el límite de lo absurdo. 

 

Al menos Bili aún conserva un poco de decencia, a todo esto… ¿dónde está?

 

Trepo a la cabeza de Fax, pero no hay ni rastro de la chica.

 

—¿Bili? —pregunto desconcertado.

 

¡¿Fax se la comió?!

 

Me asomo curioso a sus fauces. La chica está dentro del hocico de la bestia, y no parece contenta, aunque tampoco se ve como si ella fuera un bocadillo. Está sentada debajo de la lengua, con las manos en las riendas, y con una insana cantidad de baba cubriendo todo su cuerpo, habiendo empapado su ropa, dejándola traslúcida y pegajosa.

 

—Ah, eres tú. Descuida, estoy mejor de lo que me veo —dice con un gesto claro de incomodidad—. Las ninfas no podemos sudar, y mucho menos asolearnos. Aunque no lo creas, aquí adentro es más cómodo que afuera. Ven, hay suficiente espacio para dos.

 

¿Quién en su sano juicio dejaría un paraíso con hermosas pechugonas y Lex, para entrar a un hocico húmedo y apestoso? Yo, por supuesto.

 

Me acomodo a un lado de Bili, y en ese momento, siento cómo me hago uno con la baba; ahora forma parte de mi ADN.

 

—Descuida, no es tóxica —¡¿Por qué lo dices tan calmada?!

—¿Por qué decidiste venir con nosotros?

—Porque estaba aburrida.

—¿Es todo?

—Sí, he vivido en ese bosque desde siempre, ver los mismos árboles ha terminado por fastidiarme.

—¿Por qué eres una ermitaña?

—Porque la gente es increíblemente estúpida, no tengo la paciencia suficiente para lidiar con ellos.

 

¡Pero tú prácticamente te comportas como una adolescente!

 

—¿Crees que nosotros somos idiotas?

—Por supuesto, pero son idiotas bastante divertidos —dice con una sonrisa jocosa—. Tú, particularmente, eres un niño bastante peculiar. Digo, naciste hace casi dos meses y ya tienes el cuerpo de un niño de cinco años, y lo que es aún más intrigante, tienes la mentalidad de alguien mayor.

—Vaya, así que lo notaste.

—Dime, quizá sólo sea una imaginación mía, ¿acaso tienes recuerdos de alguna vida pasada?

—Yo no los llamaría recuerdos, pero sí tengo la sensación de, veamos, cómo decirlo sin que suene absurdamente descabellado…

—¡¿En serio?! Digo, yo sólo lo decía como una teoría mía, creí que me había vuelto loca.

—¡Aguarda! Yo aún no he dicho nada.

—Tienes razón, espera, ¿alguna de ellas lo sabe?

—No lo creo, o quizá sí o también sospechan algo, como tú. La verdad es que no termino de entenderlo. Dime una cosa, ¿es común que alguien reencarne?

—¿Qué dices? Eso, por sí mismo, es sólo un sueño enajenante. Pero si en verdad dices que recuerdas tu vida pasada, sería fenomenal, habría tantas cosas que quisiera preguntarte… —dice emocionada.

—No es que tenga recuerdos de mi vida pasada, más bien, son sensaciones de cómo era mi mundo anterior, más que otra cosa, son sonidos los que me vienen a la mente.

—¿Mundo anterior?

—No encuentro otra explicación a por qué me siento como un extraño en esta tierra. Quiero decir, todo el tiempo estoy comparando lo que veo con cosas que ni siquiera existen. Creo que en mi vida pasada fui un hombre humano, o un chico aún.

—¿Humano? ¿Qué es un humano?

—Son…

 

Veamos, en este mundo hay elfos, súcubos, demonios, ninfas, dragones que se pueden convertir en humanos, y todos comparten rasgos que serían característicos de un humano, sin embargo, eso sólo hace más difícil de explicarlo:

 

—Son como… ¡monos!, sí, monos.

—¡¿Monos?!

—Sí, monos capaces de razonar.

 

Bili se empezó a burlar de mí.

 

—Lo siento, no pude contenerme, tan sólo de imaginarte cubierto por una densa capa de pelo y la cabeza achatada…

 

Y de nuevo, se carcajea. ¿Acaso es que este es alguna clase de planeta de simios inteligentes?

 

—¡No esa clase de monos! En realidad, no son muy diferentes a ti o a mí, al menos físicamente. Ellos también tienen pieles tersas y suaves, largas cabelleras que, al pasar tu mano por ellas…

«Si tuviera un deseo, pediría que este momento durara para siempre».  

 

¿Qué fue eso? Esa voz, tan dulce con un ligero toque de agresividad. Se sintió tan familiar, tan melancólica; una sensación extraña recorre mi mano, como si estuviera acariciando la cabeza de alguien.

 

—¿Recordaste algo?

—No lo sé. Siento como si hubiera olvidado algo importante.

—Será nuestro secreto entonces. Deberías descansar mientras, aún falta para que lleguemos a nuestro destino.

—Tienes razón, supongo que tomaré una siesta.

—¿Te molesta si pongo algo de música?

—¿Música?

—Sí, en mi Aipop. —Saca un aparatito blanco con forma de canica.

—Sí, no hay problema…

 

Lo enciende y comienza a sonar una melodía dulce.

 

—“¡Beibi, beibi, beibi, ohhhh!”.

—Qué bonito canta esa niña —digo.

—Es un chico —contesta molesta.  

 

 

Algunas horas después, el grito aullante de Lacuna me despierta. Ha anochecido, Bili salió del hocico de Fax llevándome consigo. Volteo alertado a la cabina. Lex y Lacuna aún están en paños menores, pero más rojas que un jitomate. Ojalá pudiera tomar una foto. Se quedaron dormidas bajo el sol y ahora están completamente quemadas.   

 

—¿Dónde está Aenile?

—Por allá. —Bili señala al norte.

 

Allá, Aenile en su forma semihumana pelea contra lo que parece un gusano gigante. No sé qué le estará diciendo, pero estoy seguro de que sonaría algo como ‘tú, criatura inferior, ¿osas desafiarme, a mí? Un dragón emperador…’ y veinte maldiciones más. Ya me parecía extraño que el viaje hubiera sido tan tranquilo. El gusano la ataca con todo su cuerpo, mientras que la dragona lo evade simplemente aleteando a su alrededor.

 

Vuela sobre él, le apunta con su dedo y le dispara con su rayo láser. El gusano se enciende por dentro, se infla y explota.

 

—Bili —dice Aenile, y vuela hacia nosotros.

—Dime —contesta sin mirarla.

—Si aparece otro gusano de arenas, recuérdame no hacerlo explotar.

 

Aenile ahora es azul, quedó completamente cubierta por la sangre del gusano. Seguramente volverá a hacerlo, aunque se lo recuerden, tremenda cabeza hueca. Y así fue como todos terminamos mojados, pegajosos y apestosos.

 

 

Hemos llegado a las afueras de Hazel, prácticamente los suburbios. La ciudad se ve a lo lejos, cruzando la meseta. De noche, las luces hacen que se vea espectacular. Dejamos a Fax en un estanque no muy lejos de aquí. Entramos a un hotel de paso, un lugar no muy agradable para que ande un niño pequeño, hay demasiados ojos perversos acechando a las bellezas que componen nuestro excéntrico grupo.  

 

—Una habitación —pide Lacuna al recepcionista.

 

Al principio creí que se trataba de un elfo, sin embargo, sus orejas son más similares a las de Lacuna que a las de Lex.

 

—Es un íncubo —me explica Lex.

 

Eso explica su exagerado atractivo físico. Nos atendió amablemente.

 

Nuestra habitación es bastante grande, lo suficiente para cuatro personas y media. Hay dos camas grandes, un tocador, el ventanal que da al balcón; el baño es amplio, prácticamente tiene una alberca pequeña en lugar de bañera.

 

—Muero por darme un baño —dice Lacuna afligida.

—Y qué lo digas, ya no soporto esta sensación llamada “no haber tocado el agua en semanas” —contesta Lex abatida.

—Siento que tengo baba hasta en los calzones —agrega Bili, quejándose.

 

¡Eso podría malinterpretarse!

 

—No me molesta cubrirme de sangre, pero esto es… asqueroso —masculla Aenile.

 

 

Una sola bañera, cuatro bellezas mojadas, y yo aquí preguntándome: ¿por qué no estoy en el paraíso? Hasta aquí puedo escuchar que se están divirtiendo, ¡pero me han dejado afuera!

 

Supongo que era de esperarse, al mirarme en el espejo me he dado cuenta de que mis cuernos han empezado a salir; ya he crecido suficiente como para que ya no puedan verme como un bebé. Aunque tal vez esto no sea un problema, desde que nací, no he tenido tiempo para mí, siempre una de ellas está conmigo. Es bueno estar solo, puedo pensar sin que haya distracciones.

 

Tengo curiosidad, soy un demonio, ¿no debería poder usar magia como Lex? Al menos me bañaron antes, así no ensuciaré la habitación. Me siento en el piso, entre las camas, cruzo las piernas y cierro mis ojos. Siento una brisa formar un círculo a mi alrededor, si me concentro lo suficiente, quizá pueda hacer que algo suceda.

 

El aire se vuelve denso a mi alrededor, extiendo mis manos, emulando darle forma a una figura de barro; se siente como la textura de la arena roja en mi piel, rasposo, y luego suave, como la ceniza. Abro mis ojos, frente a mí, un polvo negro ha tomado la forma del busto de una persona que no recuerdo haber visto jamás; es una chica de cabello largo y ojos tristes, sólo eso. ¿Y esto? De nuevo esa sensación, una lágrima escurre por mi rostro; de nuevo siento haber olvidado algo importante, una sensación de melancolía invade mi cuerpo. Pierdo la concentración y el busto desaparece.

 

—¡No, no! ¿Quién eres? ¡Espera! —Necesito respuestas.

 

Lo intenté y lo intenté, hasta que sentí mi cabeza convertirse en puré, pero no pude volver a ella. Al menos aprendí a darle forma a mis deseos, o algo así, este polvo negro es como la arcilla, puedo manipularlo para que haga lo que yo quiera.

 

Pude crear figuras que salieron de mi mente, pero quiero intentar algo más complicado. Mentalizo e imagino, una figura que he manoseado y visto tantas veces. Delineo sus curvas, su cadera y su cintura, sus piernas largas y muslos gruesos, su voluptuoso pecho y sus brazos esbeltos, su elegante espalda y cuello de cisne, su rostro de ángel y cabello de seda.

 

—Et voilá. 

 

Ahora tengo una réplica exacta de Lacuna del tamaño de una muñeca, hecha tan bien y detallada que es perturbador. Sin embargo, no necesito conservarla, puedo hacer otra cuando quiera; la convierto en un dragón y luego en una salamandra, para devolverla a la arcilla. Los gritos y las risas de las chicas me impiden concentrarme.

 

—¡¿Quieren callarse?! —grito.

 

 

Lacuna sale del baño sosteniendo una botella medio vacía, tan impertinente como siempre, envuelta en una toalla que a duras penas cubre su cuerpo, y moviéndose de tal forma que sus pechos bailan peligrosamente fuera de esta.

 

—Ay, pequeño, pequeñín, ayayay —balbucea y se tambalea—. Ven con nosotras —dice alegre.

 

¡¿Estás borracha?!

 

Le da un trago a la botella y la deja. Me toma y me carga.

 

—Tu cabezota es como una manzana. —Me muerde en la frente.

—¡Oye! ¡Yo no soy comestible!

—Ara, ara, ¿cómo de qué no? —pregunta seductora y sonríe mostrando sus simpáticos colmillos.

 

Lacuna se sonroja.

 

—Yo… la verdad es que… tengo hambre —dice con un adorable gesto en su rostro.

—¿Hambre? —pregunto preocupado.

—Sí, hambre, y te voy a comer a ti —concluye lamiéndome el rostro.

 

Chillo. Lacuna me acuesta sobre la cama y sube, gatea sensualmente hacia mí, haciendo que su toalla vaya cediendo, hasta que se posa sobre mí completamente desnuda. Siento sus grandes pechos acariciarme y balancearse sobre mí. Tiene el rostro ruborizado, los ojos iluminados y los labios húmedos.

 

—Pu… puedes tomar mi sangre, si es lo que necesitas. Mientras no me mates, creo que estaré bien —digo temeroso.

—Con tu cuello será suficiente —dice complaciente.

 

Inclino mi cabeza levemente, Lacuna se sostiene sobre mí con una mano, y con la otra se apoya en mi cuerpo. Siento su cálido aliento en mi cuello.

 

—Con permiso…

 

Me quejo del dolor punzante.

 

—¡Lo siento! —masculla.

 

Lex sale del baño, envuelta en una toalla, igualmente pasada de copas.

 

—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué tardas tanto, Lacuna?… —Lex entró en la habitación en el peor momento posible. Tiene cara de espanto—. Me disculpo, habitación equivocada. —Sale y cierra la puerta lentamente. Y la vuelve a abrir azotándola—. ¡¿Qué carajos está ocurriendo aquí?! ¡Te vas cinco minutos y ya estás en la cama con… con el niño!

—¡No, Lex! ¡No es lo que parece! Bueno, sí es lo que parece, pero ¡no como te imaginas! —exclama.

—¡Vístete de una buena vez! —Le arroja una sábana desviando apenada la mirada—. Y tú —me dice—. ¡¿Acaso te excitas por cualquier mujer?! ¡Estúpido perro cachondo! —grita con una horrible mirada inquisidora.

 

¡Si yo soy la víctima aquí!

 

—¡Lo siento! ¡Fue un accidente! —Suplico por tu perdón, oh, inclemente bruja maldita.

—¡Y tú, estúpida súcubo! ¡¿Estás consciente de lo que estabas haciéndole a un niño?!

—En primer lugar, no hicimos nada. Aunque si hubieras llegado un segundo más tarde, no podría decir eso. —Aprieta sus pechos sugerentemente con sus brazos y desvía avergonzada la mirada—. Y, en segundo lugar, no hice nada ilegal… sólo me estaba alimentando. —Lame sus labios y guiña el ojo.

—¡Si serás…!

 

¡Lex se está volviendo salvaje! ¡Va a golpear a Lacuna!

 

—¿Y esto? —Bili se ha escabullido y, de un tirón, le ha quitado la toalla a Lex—. ¡Aunque sean pequeñas, siguen siendo muy suaves! —dice mientras manosea lascivamente los pechos de Lex.

—¡¿Qu… Qué crees que estás haciendo?! —Lex grita avergonzada.

—¡Yo también quiero! —exclama Lacuna y se une a Bili.

 

Lex grita, completamente indefensa antes las dos lujuriosas que se divierten con su cuerpo.

 

 

Incluso ahora, no puedo dormir. Lex y Lacuna comparten cama, y no sé si en verdad esté soñando, pero está siendo demasiado cariñosa.

 

Cuando despierte, bruja maldita se enojará bastante. Yo he salido al balcón, aire fresco y silencio es lo que más necesito. Me siento en el borde del abismo, mirando al precipicio, son al menos cinco pisos; me pregunto, si caigo, ¿sobreviviré? Aquella voz ya tiene un rostro, uno que jamás vi, y, sin embargo, sí que tengo presente el recuerdo de la textura de su piel, era cálida y suave. Sólo puedo hallar una respuesta en mi desesperación: ella fue alguien importante en mi vida pasada.

 

Pero ¿quién? Una madre, una hermana, una hija, una amiga, una amante. Me pregunto, si caigo, ¿podré volver a verla?

 

—¡¿Quién eres?! —grito al vacío.

«Seré quien tú quieras que sea», responde la voz de una chica dentro de mi cabeza.

—¿Puedes entenderme?

«Mejor que nadie».

—Dime tu nombre.

«¡No te daré mi nombre!».

 

No, estos son recuerdos, pero ¿son mis recuerdos o son los de alguien más?

 

—¡Espera! —exclamo.

 

Doy un paso al frente. Oh, mierda, olvidé que estaba sentado en el borde del balcón. Caigo desde al menos veinte metros. Y… morí. ¡Porque no puedo respirar!

 

—¡O… oye! —mascullo ahogándome.

 

Aenile me ha pescado del cuello de la camiseta y me ha devuelto al balcón.

 

—No deberías estar jugando en un sitio como este.

—No estaba jugando, pero gracias por salvarme —contesto.

 

Aenile parece desinteresada y afligida. Mira hacia la ciudad.  Exhala vapor, como si estuviera fumando.

 

—¿Puedo preguntarte una cosa? —digo.

—Siempre estás pidiendo permiso para preguntar cosas.

—No sé cómo pedir las cosas, después de todo, todo lo que sé lo he aprendido de ustedes.

—Dime, ¿qué querías preguntarme?

—Tú fuiste el primer ser vivo al que vi, después de todo, fuiste tú quien destruyó Ávalon. Quiero saber por qué. ¿Por qué sólo me dejaste vivir a mí y me acogiste después de eso?

 

Aenile se acercó a mí, mirándome compasiva, tomó mi mano y pego mi cabeza a su pecho, en un intento de abrazo mal logrado. Sin embargo, siempre que hace eso, me siento calmado, el escuchar su corazón latir me vuelve dócil.

 

—Hace más de un siglo, cuando aún era una pequeña niña, mi difunto padre me dijo alguna vez, que yo guiaría a quien cambiaría este mundo. Sin embargo, en aquel entonces yo era aún una chiquilla y no entendí sus palabras. Un año antes de que nacieras, el Oráculo de Delfos anunció que nacería un ser con la esencia de los tres mundos. Fue entonces que el emperador Darath Araster Belcebú dio la orden de ejecutar a cualquiera que cumpliera con la descripción que dio el Oráculo.

—¿Cuál es esa descripción? —Inclino mi cabeza curioso.

—No es una descripción física. Ya lo dije antes. Es la esencia de los tres mundos: Hel, Gaia y Heaven. Sólo la realeza y los dragones emperador podemos escuchar la palabra del Oráculo. Desde entonces, estuve buscándote. Recorrí cada rincón de este vasto mundo con un único fin.

 

Aenile posa su frente con la mía, mirándome fijamente a los ojos.

 

—Tú eres mi destino, pequeño. —Su voz acaricia mis oídos—. Quiero hacer de ti, quiero que te conviertas en el hombre que este mundo necesita que seas.

—¿Por qué? ¿Por qué yo?

—Hace un momento hablabas con alguien, pero apuesto que esa persona no existe, no al menos en este mundo. Tú tienes algo que nadie, algo que Khaos  te ha obsequiado, o, más bien, te ha otorgado en contra de tu voluntad. Lo sientes, ¿no es así? —Me devuelve a su pecho—. Quiero ser yo quien te guíe, así podré mantener mi esperanza de ver el amanecer en un mundo nuevo, diferente al Infierno en el que vivimos. Quizá, no, lo más seguro es que no lo sepas, pero yo soy la última hembra de mi especie en este continente. Hace siglos, los demonios emprendieron un genocidio contra mi especie, orillándonos al borde de la extinción. Si yo muero, lo más probable es que esta sea la última generación de dragones emperador que exista.

 

Aenile toma mis manos y las posa sobre su vientre.

 

—Soy una mujer egoísta, por lo que tengo dos deseos. Yo soy codicia. Por eso, cuando mi trabajo haya terminado y te hayas convertido en rey, quiero que me tomes y me fertilices, así, aunque muera, mi alma y las de mis ancestros seguirán ardiendo con furia en el corazón de nuestro hijo. Mi estirpe no se extinguirá, y podrá conocer un mundo donde no viva con miedo. —Me abraza con fuerza.

—Aenile, tú… ¿tienes miedo?

—Demasiado. Porque ahora he depositado todas mis esperanzas en ti. Lo sé, es demasiado egoísta pedírselo a un niño que acaba de nacer. Pero si fallo, entonces todo habría sido en vano. —No me atrevo a mirar, con tan sólo ver sus lágrimas escurrir hacia su barbilla, puedo imaginarme su sentir.

«… pero si fallo, entonces todo habrá sido en vano…», de nuevo, aquella voz suena dentro de mi cabeza, como si ya hubiese escuchado esas mismas palabras.

 

Abrazo el busto de Aenile.

 

—Puedes estar tranquila, juro que cumpliré con tu deseo o moriré en el intento, porque te quiero.

 

Aenile rompe en llanto.

 

—¡¿Por qué me dices palabras tan dulces?! ¡Yo fui quien mató a tus padres, a tu gente! ¡¿Por qué no me odias?! ¡Ódiame! ¡Dime que es imposible y ódiame! ¡Dime que quieres venganza y ódiame! Dime que me incinerarás hasta los huesos y ódiame.

 

¿Por cuánto tiempo has guardado todo este dolor en tu corazón?

 

—No te odio, jamás podría hacerlo. Es todo lo contrario, realmente te estoy agradecido. Tú lo has dicho, el emperador ordenó ejecutarme. Si tú no hubieras llegado a tiempo, mis padres, mi gente, habrían acabado conmigo sin tener tan siquiera una oportunidad.

 

Aenile se limpia el rostro.

 

—Antes de emprender tu viaje, ¿qué hacías? —pregunto.

—Después de que mi padre muriera, hiberné por cinco décadas, y fue el llamado del oráculo el que me despertó. Antes, jamás había dejado mi nido, a fin de cuentas, aún era una niña. Nunca conocí el mundo, hasta que el destino llamó por mí.

 

Todo este tiempo pensé que Aenile era una cabezota obstinada incapaz de empatizar, pero en realidad, es sólo una niña perdida en un mundo lleno de monstruos. Seguramente adoptó esa personalidad orgullosa para protegerse a sí misma.

 

—Aenile, yo te quiero. —Tomo su mano—. No tengo nada que pueda ofrecerte, más que a mí mismo, así que, si me aceptas, acompáñame entonces en esta odisea que estoy por emprender.

 

Aenile se arroja sobre mi pequeño cuerpo y me derriba, me abraza y posa su cabeza en mi pecho.

 

—¡Sí! —exclama en llanto de felicidad—, te acompañaré por el resto de mi vida.

 

 

A la mañana siguiente amanecí recostado en el regazo de Aenile. Si finjo que sigo dormido, podré quedarme aquí todo el tiempo que quiera. Es como dormir en un pedazo de nube. Ella acaricia mi cabeza amorosamente.

 

—Shh —susurra—, ¿no es lindo?

—¿Cuánto más fingirás que sigues dormido?

 

¿Acaso tienes algún problema con que me divierta un poco, bruja maldita? Abro mis ojos, despierto malhumorado. Lex me arrebata de Aenile, siento su pesada mirada asesina.

 

—¿Qué crees que estás haciendo? —dice molesta.

—Es su hora de comer —contesta Lex, temeraria.

 —Entonces yo lo alimentaré.

—No, ya he preparado su comida.

—Está bien, Aenile, si lo hiciera, siento que me estaría aprovechando de ti. He crecido demasiado. —Aprieto sus mejillas. 

 

He evitado una pelea, pero Lex sigue estando tensa.

 

Hoy llegamos a Hazel, es imponente. Ávalon era una ciudad con enormes murallas. Hazel también comparte ese rasgo, sin embargo, hay una gran diferencia: los muros que protegen la ciudad son trescientos sesenta titanes petrificados, la mitad sostienen armas largas, como lanzas y espadas, y la otra, el mundo sobre sus espaldas.

 

Hay cuatro entradas a la ciudad, todas custodiadas por un regimiento de la guardia real; son enormes arcos que se erigen sobre un amplio camino de adoquines. Vengo agarrado de la mano de Lex, cubierto por una manta que oculta mis pequeños cuernos.

 

El guardia nos detiene. Su vestimenta es como aquella de los soldados masacrados de Ávalon: metal cubierto de cuero, envueltos en túnicas en un cenizo rojinegro; son de cuerpo completo, dejando descubiertos los cuernos sobre sus cabezas. 

 

—Somos viajeras que tuvieron algunos inconvenientes en el camino —dice Lacuna adelgazando la voz, usando sus encantos. 

 

El guardia nos analiza detenidamente. Me quita abruptamente la manta.

 

—Nos dirigimos al templo de Edas, señor. —Lacuna agacha la cabeza. Se ha inclinado de más para mostrar su pronunciado escote.

—Bien, pueden pasar.

—Gracias, encanto. —Lacuna le devuelve una sonrisa coqueta con un guiño.

 

Al fin, la ciudad dorada. Hogar de demonios y toda clase de seres. Una urbe cosmopolita, construida alrededor del gran palacio de Rha’Des, ¡habitado por una princesa y custodiado por un dragón!

 

Estoy a unos pasos de convertirme en hombre. Me pregunto si venderán donas.