La Detective Impertinente

Capítulo 1: El caso de la hija del embajador

 La primera impresión que me llevé, fue que la mansión era súper lujosa.

 

   Era una enorme casa de ladrillos rojos, con un amplio jardín decorado con diversas estatuas, fuente interna, arreglos florales y árboles podados. Llamaba la atención la gran cantidad de hombres de traje negro con lentes de sol que andaban patrullando aquí y allá. 

 

   Porque aquella mansión no era cualquier cosa: era una embajada.

 

   El automóvil con vidrios tintados que nos llevaba a mi jefa y a mí dobló la esquina, rumbo a allí. 

 

   Después de pasar por la garita de vigilancia, el chofer se detuvo en la entrada, permitiendo que nos apeáramos justo en la puerta. 

 

   Mi jefa se bajó primero del asiento trasero, vestida informalmente con ropa deportiva azul cielo y zapatos tenis de color blanco. Su cabello pelirrojo caía sobre sus hombros y su espalda, brillando a la luz del sol. 

 

   A pesar de lo joven que se ve aún hoy, ella es diez años mayor que yo. Creo que tiene treinta y cinco años, si mal no recuerdo, aunque me arrepentí de haberle preguntado luego de que por eso me diera un puñetazo en el estómago una vez.

 

   Luego de estirar sus brazos se quedó mirando la casa, dejando salir un silbido de impresión antes de dirigirse a la entrada. 

 

   Yo me quedé mirándola mientras negaba con la cabeza. 

 

   Ella tiende a ser algo… particular con la ropa que usa para trabajar. Si decide verse de alguna forma, así sea como payaso de feria, lo hace y punto. 

 

   Todavía miraba la embajada cuando me perdí en mis pensamientos. Nuestros clientes, los representantes de la Embajada de Rusia, habían ido a nuestra Agencia de Detectives unas horas atrás. Nos propusieron un trabajo altamente secreto a cambio de mucho dinero, sin explicarnos mayores detalles. Mi jefa aceptó de inmediato, intrigada por semejante secretismo y sin pensar las consecuencias, algo muy típico de ella. 

 

    Ahora sabríamos de qué se trataba ese trabajo tan importante, y esperaba que mi jefa se comportara bien, o de lo contrario terminaríamos con todos los servicios suspendidos.

 

   Teníamos demasiadas deudas acumuladas, y ella no me había pagado mi sueldo.

 

   Ella me miró de reojo, lo que hizo que saliera de mis cavilaciones. Podía sentir como sus ojos azules penetraban mi alma, como si fuera un fierro caliente sobre una barra de mantequilla.

 

   —¿Qué pasa? ¿No puedo estirar los brazos? —Hizo una mueca de disgusto hacia mí antes de darme la espalda y dirigirse a la puerta.

 

   Me encogí de hombros y no le contesté para no desatar la ira de los dioses. Me limité a seguirla al interior de la embajada rusa.

 

   ¡La parte interior de la mansión era tan impresionante como el exterior! El recibidor estaba decorado con obras de arte, estatuas y muebles que a simple vista se veían obscenamente costosos. Todo el lugar derrochaba riqueza. 

 

   —¡Mira esto, Fernando! Estoy segura de que este jarrón vale muchísimo dinero.

   —¡Amanda, deja eso! —exclamé mirándola con expresión de terror. Amanda, mi jefa, jugueteaba con un jarrón de color azul con detalles dorados como si se tratara de un juguete de plástico. Podía sentir el pánico atenazándome la garganta—.  Si se rompe no lo podremos pagar ni ahorrando durante dos vidas juntos.

   —¿Por quién me tomas? —me reclamó mientras colocaba el jarrón en su sitio y se sentaba en el sofá, montando sus pies en la mesa central.

 

   Cubrí mi rostro con la mano mientras me sentaba en una butaca. 

 

   Amanda por si sola puede provocar un pleito internacional si se lo propone.

 

  Uno de los hombres de negro anunció la llegada del embajador. Mi jefa y yo nos miramos y nos pusimos de pie de inmediato.

 

   Por la puerta doble que separaba la sala del resto de la casa, entró Sergei Ivanov. Su cabello pelirrojo y su barba bien afeitada le daban el porte de ser un diplomático distinguido, acompañado de dos guardaespaldas que lo flanqueaban a cada lado. Ivanov tenía un aspecto atlético, como un deportista que practicara el tenis. 

 

   Detrás de él, entró otro hombre de pelo canoso y bigote poblado del mismo color cenizo de su cabello. Su nombre era Alexander Ishtoshnikov, y se anunció como el secretario del embajador.

 

   —Mucho gusto —dijo mi jefa estrechando la mano del diplomático, sacudiéndola tanto que casi le dislocó el hombro—. Mi nombre es Amanda Manrique y él es mi ayudante, Fernando Salgado. Sus hombres nos comentaron que necesitaban de nuestros servicios, pero no soltaron la lengua en todo el camino.

   —Encantado, detective. —Ivanov frunció el ceño al hablar—. Comprenderá usted que este asunto es delicado y requerimos tratarlo con el máximo secreto. Todas sus preguntas serán aclaradas. ¿Desea tomar algo? Puedo ordenar que nos traigan algún refrigerio.

    —Un café estará bien —solicité mientras estrechaba con cuidado la mano del embajador. 

 

    No quería contribuir a cualquier lesión que le hubiera provocado Amanda.

 

   —Creo que es muy temprano para una cerveza, así que me conformaré con un café también. Y algo para comer, tal vez un sándwich de jamón de pavo, porque el desayuno no me llenó del todo y no me gusta pasar hambre —rió con ganas mientras le daba una sonora palmada en la espalda al embajador. 

 

   Deseé en ese momento que la tierra se abriera de par en par y me enviara a su núcleo sin posibilidad de retornar.

 

   —Ishtoshnikov se encargará de eso entonces. 

 

   El embajador tomó asiento en una de las butacas y el secretario, con una leve inclinación, se retiró de la habitación. 

 

   Mientras se sentaba de nuevo en la butaca cruzando los brazos, Amanda miró de reojo como el hombre se retiraba. Al menos tuvo la delicadeza de no montar los pies sobre la mesa de centro otra vez.

 

   —Bueno, ahora que ya estamos aquí, necesitamos que nos cuente todo. Primero, ¿cómo supo de mis servicios y por qué nos contrató? Como embajador usted tiene mejores recursos a su alcance.

    —Encontré su aviso en el periódico, detective. —Ivanov se arrellanó en su asiento—. Tememos que este asunto, de salir en las noticias, pueda generar un incidente mayor, y necesitamos la máxima discreción. Alguien ajena a nuestros asuntos podría ser de utilidad para este problema.

   —¿Y de qué se trata el problema? —intervine antes de que Amanda pudiera abrir la boca, y me gané una mirada severa suya.

 

   El embajador apretó los puños y bajó la mirada, como si tratara de contener las lágrimas. Sus hombros temblaban levemente. Luego se relajó un poco.

 

   —Se trata de mi hija Diana Ivanova, detectives. —Volvió a arrellanarse en el sillón, mirando sus manos—. Ha sido secuestrada por miembros de una organización terrorista. Diana se quedó toda la noche durmiendo en su habitación y a la mañana siguiente, cuando la llamamos para que bajara a desayunar, ya no estaba. Ninguno de nuestros guardias vio entrar o salir a nadie sospechoso de aquí. Después, recibimos en la tarde un mensaje diciendo que fue raptada. Creemos que se trata de una célula terrorista iraní, se aprovecharon de que estamos en discusiones diplomáticas por su programa nuclear nacional. Si el gobierno de este país interviene, o si sale en los medios, mi hija sufrirá las consecuencias.

   —¡Pero esto es un problema mucho mayor de lo que podríamos resolver! Apenas soy una detective privada, la mejor en mi campo de hecho, pero enfrentar terroristas es mucho más difícil de…

   —Pagaré en efectivo más de diez millones —interrumpió el embajador—. Sólo diga dónde le será depositado.

 

   Me di cuenta de que los ojos de Amanda comenzaban a brillar intensamente, y seguramente, se imaginó el tintineo de una caja registradora resonando en su cabeza. 

 

   —¿Y qué estamos esperando? Saltamontes, prepárate para reunir pistas. Señor embajador, ¿aún conserva esa carta? —sonreía como una niña pequeña, haciendo caso omiso de mis protestas.

 

   Odio que me llame Saltamontes.

 

   —Por supuesto, detective. Está en mi biblioteca.

 

   En ese instante Ishtoshnikov y un sirviente de la mansión entraron al recibidor con los refrigerios. Luego de que Amanda literalmente engullera su sándwich, seguimos al embajador a una amplia biblioteca. Estaba repleta de libros y se veía majestuosa. 

 

   De un escritorio situado al fondo, el embajador sacó una carta con letras recortadas de papel periódico, que formaban la siguiente frase: 

 

   “Tenemos a su hija. Renuncie a su bloqueo criminal. Irán prevalecerá sobre sus enemigos”.

 

   Amanda tomó la carta y la miró cuidadosamente. Le dio varias vueltas a la hoja y se detuvo en cada letra entornando los ojos. Quizá el embajador creyó que era una técnica de investigación. Para mí, era sólo una vulgar pantomima. 

 

   —Tendré que llevármela para analizarla con más cuidado, si no le molesta —explicó ella, doblando la carta con cuidado y guardándola en el bolsillo de su pantalón deportivo.

   —Lo que sea necesario, detective. Por favor, encuentre a mi Diana —suplicó Ivanov. 

   —Haré lo mejor. No se preocupe, señor Iván.

   —Es Ivanov —corrigió el embajador con un carraspeo—. Ishtoshnikov le indicará cuál es la habitación de mi hija, por si necesitan más información. Muchas gracias por aceptar.

 

   Amanda y yo seguimos a Ishtoshnikov por uno de los pasillos hasta el piso superior de la mansión, donde ella, cual niña pequeña, se detenía en cada puerta preguntando “¿Es esta?” “¿Y esta otra?” dependiendo de las respuestas de un ya exasperado secretario. 

 

   Finalmente, nos detuvimos en una de las habitaciones al final del pasillo.

 

   —Esta es la habitación, señorita —anunció Ishtoshnikov al abrir la puerta, quedándose en el umbral mientras Amanda examinaba la estancia con la mirada.

 

   Todo, desde la cama hasta el tocador, estaba pulcramente organizado. Lo único que desentonaba era un florero tirado en el suelo. 

 

   Amanda me ordenó que comenzara a buscar pistas, como si se lo ordenara a un cachorro. Volteé mis ojos en hastío, pero aun así obedecí. 

 

   Tomé el florero y lo coloqué sobre el tocador, luego me dirigí a la ventana que daba al patio trasero de la mansión. Estaba cerrada por dentro. Descorrí el pestillo y la abrí, permitiendo que el aire entrara. La altura desde la ventana hasta el suelo parecía ser de unos cuatro metros como mínimo, por lo que no podía imaginar a nadie entrando y saliendo por ahí. Mucho menos con una adolescente a cuestas.

 

   En cuanto me di la vuelta, noté un libro bajo la cama y lo recogí. Era un diario de tapa dura, atado con un cordel que servía de marcalibros.

 

   —¿Esto es de la chica?

   —Si joven, es su diario —afirmó Ishtoshnikov luego de que Amanda terminara de hablarle. 

 

   Yo esperaba que hubiera conseguido alguna nueva información de él.

 

   —Me gustaría llevármelo. Quizá podamos encontrar algo importante —pedí amablemente mientras colocaba el libro bajo mi brazo.

 

   Él asintió. Seguí buscando más pistas, pero no tuve éxito. 

 

   Mi jefa decidió despedirse del secretario para iniciar las investigaciones y fuimos escoltados hacia la salida, donde nos cruzamos con el señor embajador, deseándonos éxito para encontrar a Diana.

 

   Una vez afuera, Amanda volvió a estirar los brazos y se volteó a mirarme.

 

   —Ya casi es hora de almorzar, Saltamontes, ¿te parece si vamos a comer algo?

   —¡Te acabas de devorar un sándwich!  ¿Aún tienes hambre?

   —Supongo que una reducción de tus honorarios será un buen escarmiento, Saltamontes. Tengo ganas de comer un helado de postre también. No quiero seguir ninguna dieta hoy. 

 

   Asentí derrotado. No tuve otra opción más que seguirla.

 

 

   Almorzamos en un restaurante cercano. Ella pidió una pizza de champiñones y extra queso que compartimos, junto con dos gaseosas, y durante un instante, no mencionamos el caso. El ambiente era algo ruidoso, muchos de los comensales eran oficinistas de los alrededores, algo que se notaba por la calidad de sus trajes.

 

   Sin ninguna razón, comencé a recordar mi etapa en la academia. Mi ingreso fue difícil, pero lo logré. Apenas era un simple cadete que aspiraba a ser oficial de policía, como un paso más para volverme detective, para acercarme a mi padre luego de su muerte, como si su presencia me empujara a ese camino. Demasiadas cosas me hicieron alejarme de allí. 

 

   Aún recuerdo los rostros de algunos de mis compañeros. Como el jocoso Javier, o la estudiosa Victoria. Nos habíamos vuelto inseparables. Ahora son parte del pasado. 

 

   Especialmente Victoria.

 

   —Bien, Saltamontes, es hora de tu evaluación. ¿Qué fue lo que encontraste? —me preguntó mi jefa.

 

   Desperté de mi ensoñación, volviendo otra vez a la realidad. Amanda tenía la boca abultada por el pastel que estaba devorando. Estaba sucia de migas.

 

   —Pues… sólo encontré el diario de la chica.

   —¿Y algo más?

   —No… nada más.

 

   Ella dejó salir un profundo suspiro y luego me miró con el ceño fruncido. Sus ojos entornados le daban un aspecto feroz.

 

   —¡Eres un idiota! —me recriminó—. Si esas son tus conclusiones, pues me tienes muy decepcionada. Yo observé tres detalles en esa habitación. En primer lugar, la cerradura de la puerta no fue forzada. Segundo, la ventana estaba cerrada desde dentro. Y tercero, ¿no te parece que esa habitación estaba demasiado ordenada para ser de una adolescente?

   —¡Además que lo único tirado en el suelo era un florero! —Abrí los ojos con sorpresa al darme cuenta de todo lo que había obviado en mi pesquisa. 

 

   ¿Tanto así me faltaba por aprender?

 

   —El señor embajador lo dijo claramente. Nadie fue visto entrando o saliendo en las horas en que ocurrió el secuestro. El diario que encontraste es importante, pero a la luz de todas estas pistas, cobra un significado diferente. 

   —¿Pero a qué te refieres exactamente? —pregunté confundido.

   —Me refiero a que ese cuarto no le pertenece a la chica. 

   —¡Entonces debe haber alguien infiltrado en la embajada!

   —O en realidad… no existe ningún secuestro. —Amanda sonreía triunfal, al ver como las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.

   —Pero… ¿de verdad crees en esa posibilidad? —inquirí, aún suspicaz por su teoría.

   —Cuando realizas una investigación, toda posibilidad es válida, y nunca debes descartar ninguna teoría hasta que tengas todas las evidencias en claro. Por ahora debemos seguir analizando este caso en la oficina. Y por cierto… ¡tú pagas la cuenta!

 

   Ella estaba poniéndose de pie para dirigirse a la salida. Yo reaccioné con una mezcla de enojo y sorpresa ante su descaro.

   

   —¿Por qué debo pagar yo la cuenta?

   —¡Porque lo digo yo que soy tu jefa! ¡Andando!

 

   

   Ya en la oficina, Amanda y yo nos sentamos frente a frente en el escritorio. Ella miraba concentrada la portada del diario que yo había encontrado. 

 

   La posibilidad de que el secuestro fuera falso estaba allí, rondando en mi mente, pero aún no veía la relevancia del diario. ¿Qué detalle estaba dejando por fuera? Todavía no lo veía claro.

 

   —Amanda, por favor dime en qué estás pensando.

   —Mientras buscabas pistas, Ishtoshnikov me dijo que en un par de días se realizará una cumbre de embajadores para discutir el problema del programa nuclear de Irán. —Ella se cruzó de brazos luego de dejar el diario sobre el escritorio. Se veía solemne al hablar—. Ivanov debe asistir a esa reunión, pero este secuestro pondría en peligro cualquier plan que hayan organizado.

   —Pero si el secuestro es falso, ¿en qué afecta a la reunión? —Sacudí mi cabeza por un momento—. Esto es más complicado de lo que pensé.

   —Creo que estás ahogándote en un vaso con agua, Saltamontes —sonrió, montando sus pies sobre el escritorio mientras cruzaba los brazos detrás de su cabeza—. Más bien, tengo una corazonada de que esta conspiración tiene otras aristas que no estamos explorando.

   —No te sigo, Amanda.

   —Escucha con atención: si existiera cualquier excusa para suspender la reunión, los terroristas habrían ganado a estas alturas. Lo que yo creo es que necesitan de nuestra atención por alguna razón diferente, y estoy segura que el diario de “Diana” —hizo un par de comillas con sus dedos—, puede tener una respuesta. Además de que nos queda saber algo más: ¿Quién mandó la carta?

   —Ahora que lo dices… atravesar toda la seguridad debería ser imposible para los secuestradores.

   —¡Por fin estás poniendo a funcionar tus neuronas! Si esa carta llegó a manos del embajador tan rápido, es porque hay un cómplice infiltrado, o el mismo culpable. Y tenemos que averiguar también por qué Ishtoshnikov nos mintió respecto al cuarto de Diana.

 

   Amanda se acomodó en su silla una vez más mientras hacía un par de llamadas telefónicas. 

 

   Sostuve el diario en mis manos, esperando que mi jefa se desocupara antes de abrirlo. Lo que fuera que estuviera escrito allí podría ser la solución a nuestros problemas, o el inicio de uno mayor. 

 

 

   Habían pasado las horas y noté que la luz que entraba por entre las persianas se estaba tornando rojiza. 

 

   Mi jefa había terminado de leer el diario pero no comentó nada, ignorándome por completo. Luego, lo guardó bajo llave en una gaveta del escritorio y me dijo que al día siguiente iríamos a ver a un amigo. 

 

   Concluí que no sacaría nada en concreto y, como siempre, tendría que dejarme llevar por lo que fuera que se le hubiera ocurrido, así que me dirigí a la puerta. 

 

   «Mañana será otro día», pensé.

 

   —Ya me voy a casa, Amanda. Mañana estaré aquí para salir a ver a tu amigo.

   —¡Espera! 

 

   Ella se interpuso entre la puerta y yo, quitando mi mano del picaporte.

 

   —¿Qué ocurre?

   —Quiero que te quedes aquí esta noche. Aprovecharemos el tiempo si salimos juntos y será mejor que salgamos a primera hora del día. Míralo como una noche de guardia, o como una pijamada; como tú desees.

 

   Amanda me miraba con apremio, como una niña rogándole a su papá que la llevara al juego más peligroso de una feria. 

 

   Yo sabía que ella siempre planeaba cosas extrañas, pero en el tiempo que llevábamos conociéndonos, también me constaba que no dejaba nada a la casualidad. Exhalé un suspiro largo, admitiendo mi derrota antes de luchar.

 

   —Está bien, me quedaré, pero ¿dónde voy a dormir?

   —En mi habitación, por supuesto.

 

   La miré extrañado por la naturalidad con la que dijo eso. 

 

   —Tú nunca me permites quedarme en tu habitación.

   —Pero hoy si lo haré. Créeme, sé de lo que te hablo. Además, sólo será por esta noche. No tienes nada que perder, y contarás con el privilegio de mi compañía —dijo alegremente, guiñándome un ojo.

   —Definitivamente estás loca —comenté mientras me dirigía hacia una puerta junto al escritorio. 

 

   Sentí en ese momento como una gran carga se estaba colocando sobre mis hombros. Una noche con Amanda a solas era lo menos que deseaba experimentar.

 

    —Mejor loca que aburrida —replicó al empujarme de pronto hacia el interior de la habitación contigua, haciéndome trastabillar—.  Tú quédate allí mientras cierro la puerta. No tardo.

 

   Mientras esperaba en el umbral de la puerta, escuché como corría los cerrojos de la oficina.

 

    Su habitación no tenía muchos muebles, y en las pocas veces que había estado allí, usualmente estaba desastrosa, pero ese día se notaba que la había organizado. 

 

   Sólo contaba con una cama amplia, un tocador, el armario con su ropa y un televisor con una consola de videojuegos. Ella ya me había contado que había acondicionado su departamento años atrás para convertirlo en su oficina, dejando un anexo para que sirviera como su vivienda. 

 

   Literalmente, Amanda vive en su trabajo.

 

   —Listo. Ya está todo cerrado —me dijo mientras cerraba la puerta de la habitación—.  Aquí puedes dormir sin problema. 

   Por un momento me quedé petrificado ante algo que no había previsto. Noté como mi voz se quebraba por los nervios cuando le dije:

 

   —No tengo nada de ropa…

   —¡Eso no es problema! Yo lo resuelvo. Tú date una buena ducha y relájate. Yo haré algo de cenar. 

 

   Se dio medio vuelta y fue a la cocina. 

 

   Me encogí de hombros y entré al baño para ducharme. No todos los días una mujer tan guapa invita a un empleado a usar su ducha privada, pero para ella, esto sería tan irrelevante como ver caer la lluvia. Quién sabe qué cosas pasan por su cabeza tan desordenada.

 

 

   —¡Amanda! ¡No puedo ponerme esto! —exclamé al ver la ropa que ella me entregó: un camisón rosado con el dibujo de un osito abrazando un corazón, junto con unos pantalones cortos.

   —Ya no te quejes de mi generosidad y vístete. ¿No te da vergüenza andar con la toalla enrollada en la cintura?

   —¿Tú de que hablas? ¡Si estas en ropa interior!

 

   Ella se cruzó de brazos mirándome severamente. Usaba sólo su brassier y pantaletas de color azul marino. Sería más que suficiente para tener sueños… impúdicos, pero lo que menos deseaba era pensar en ella. 

 

   —Primero, esta es mi casa y duermo como me da la gana. Segundo, si tengo cualquier trozo de tela que me cubra, estoy vestida. Y tercero, no te atrevas a propasarte conmigo o desataré la furia de los dioses sobre ti. ¿Está claro, Saltamontes?

   Mi voluntad se desvaneció en el éter. No podía luchar contra mi jefa. Mi salud mental se había mantenido estable por cumplir esa simple advertencia, y esa vez no me arriesgaría. 

   —Está bien, jefa. Usted gana. 

 

   Regresé derrotado al baño para vestirme, lo que no me tomó mucho tiempo. 

 

   Al salir, Amanda me recibió con un plato de sopa de fideos instantáneo. Dudo que ella posea habilidad siquiera para preparar una ensalada sin quemarla.

 

   —Es todo lo que tengo por ahora, así que come. No se vale repetir.

 

   Ambos cenamos en la cama mientras veíamos la televisión. Me sentía tan nervioso que no pude concentrarme en lo que estaban transmitiendo a esa hora. 

 

   Amanda comía ruidosamente a mi lado, sentada de piernas cruzadas. Hasta cierto punto estaba acostumbrado a su comportamiento tan errático, pero nunca había compartido la cama con ella, mucho menos usando su ropa y teniéndola semidesnuda a mi lado. 

 

   Después de comer, apagó el televisor con el control remoto y se incorporó a apagar la luz.

 

   —Buenas noches, Fernando. Mañana tenemos mucho que hacer. Duerme bien y las manos quietas, ¿eh?

   —Buenas noches, jefa —fue todo lo que dije. 

 

   De inmediato sentí el agotamiento invadir mi cuerpo y comencé a sumergirme en el sopor. «Quizá es por tener que lidiar con ella un día entero», pensé antes de cerrar los ojos.

 

   Había pasado apenas una hora cuando la alarma de seguridad nos despertó. 

 

   Me levanté sobresaltado y miré a mí alrededor a pesar de la oscuridad. Amanda ya estaba de pie sosteniendo un arma y acercándose a la puerta. Me hizo una seña y me acerqué, colocándome a su lado. En cuestión de segundos, abrió la puerta de un golpe y apuntó hacia su oficina.

 

   —¡Quieto!  —gritó.

 

   Amanda volvió a ocultarse en la pared en cuanto las primeras ráfagas de disparos entraron en la habitación.

 

   —¿Qué diablos está pasando? —grité, agitado por la balacera que había comenzado.

   —¡Un intruso! 

 

   Fue lo que ella me contestó mientras respondía la balacera y corría al interior de la oficina. 

 

   Cobré valor y me asomé. Vi de reojo al intruso escapando por la puerta principal. Vestía de negro y debido a la oscuridad no logré ver bien su rostro. 

 

   Amanda salió tras él y yo corrí detrás de ella. Al girar por un pasillo, vi como mi jefa descendía por las escaleras rumbo a la salida. 

 

   Cuando la alcancé, con el corazón latiendo a mil por hora, logré escuchar el motor del automóvil que esperaba al intruso y los cauchos quemándose sobre el asfalto; y a Amanda disparando. Pero ya era tarde, el auto había desaparecido doblando por una esquina.

 

   —¡Lo sabía! ¡Sabía que esto pasaría! —rugió mi jefa pateando el suelo, frustrada.

   —¿Pero qué está pasando? ¿Quién era ese tipo? —pregunté en cuanto recuperé un poco más el aliento.

   —Sabía que este problema era más grande de lo que nos dijeron. Era cuestión de tiempo que alguien intentara algo como esto. Menos mal que eran unos novatos, o ya estaríamos durmiendo con los gusanos.

   —¿Y ahora qué hacemos? —inquirí mientras escudriñaba la distancia. 

   —Mañana en la mañana lo resolveremos. Por ahora volvamos. No quiero hacer un escándalo —me respondió, notando como algunos vecinos se asomaban por las ventanas. 

 

   Amanda aún seguía en ropa interior. 

 

 

   Esa mañana, tomé tres tazas de café. No dormí el resto de la noche y tenía unas profundas ojeras que me daban un aspecto demacrado. 

 

   Amanda, en cambio, pese a no haber dormido y vigilar por si otro intruso irrumpía en la oficina, se veía mucho más activa. Ya estaba completamente vestida con pantalones de mezclilla ajustados y una blusa rosa que cubrió con una chaqueta. Debajo llevaba puesta una sobaquera donde había guardado su Glock. 

 

   Me cambié de ropa y ya estaba para salir, pero ella me dijo que antes de ir a ver a su contacto, debíamos esperar a alguien más. 

 

   Alrededor de las diez de la mañana, tocaron a la puerta. En cuanto la abrí, recibí a un hombre bien vestido, con camisa y corbata. Tenía alrededor de cincuenta años, con barba bien arreglada y mirada severa. Llevaba colgando de su cuello una insignia de la policía. También llevaba puesta una sobaquera con su arma de reglamento. Sin mediar palabra le permití entrar mientras mi jefa se acercaba a nosotros alegremente.

 

   —¡Raimundo! —exclamó ella al verlo llegar, dándole un fuerte abrazo y besando su mejilla—. ¡Me alegra mucho que vinieras tan rápido!

   —Sabes que si se trata de ti responderé al instante, Amanda. —Él suavizó su mirada en cuanto ella lo abrazó—. Con la premura con que sonabas al teléfono, pensé que necesitarías mi ayuda.

   —Por cierto, te presento a mi ayudante, Fernando Salgado. —Incliné mi cabeza a modo de saludo mientras ella nos presentaba—. Fernando, él es el comisario Raimundo Cabral, del departamento de policía de la ciudad.

   —Mucho gusto, comisario —contesté estrechándole la mano. Su apretón era firme.

   —Encantado, muchacho. Espero que puedas sobrevivir a tu jefa.

   —Y ustedes… ¿Cómo se conocieron? —pregunté, extrañado por la forma tan familiar con la que hablaban entre sí.

    —Esa es una historia larga y no tenemos tiempo. —Mi jefa me hizo un gesto de desdén, dando por zanjado el tema—. Bueno, Raimundo, necesito hablar contigo sobre un caso que estoy llevando. Por favor, siéntate.

 

   Amanda guió al comisario hasta su escritorio para luego tomar su puesto. Yo me quedé de pie, a un lado del escritorio, sintiéndome algo apartado por la camaradería que se mostraban mutuamente, pero ella se dirigió a mí primero.

 

   —Saltamontes, cuando el caso sea más complejo de lo que parece, no dudes en acudir a la policía. Raimundo ha sido un gran apoyo para mí, y puedes acudir a él si lo necesitas. —Luego se dirigió al comisario—. Fui contratada por miembros de la embajada de Rusia para investigar el secuestro de la hija del embajador Ivanov, pero anoche, un sujeto irrumpió en mi oficina. Por suerte no pasó nada más.

   —¡Hubieras empezado por allí, Amanda! —Raimundo se veía alarmado, casi estaba regañándola—. Llamaré a uno de mis hombres para que vigilen tu oficina las veinticuatro horas.

   —No es necesario, lo pude controlar. —Abrió una de las gavetas y sacó de allí la carta amenazante del secuestrador, guardada en una bolsa plástica. Yo no recordaba en qué momento la había guardado—. Lo que me gustaría es que investigues lo que puedas sobre esta carta. La recibí de Ivanov. Quizá podamos descubrir algo allí.

   —¿Y por qué contratarían a una detective en lugar de pedir apoyo al gobierno? —preguntó Raimundo, recibiendo la carta.

   —Ese misterio debe estar relacionado con la invasión de mi oficina. Te pido que lleves esto en secreto conmigo hasta que pueda descubrir algo más. 

   —De todas formas asignaré un oficial a vigilarte en caso de que algo te ocurra.

   —¿Desde cuándo me tratas como una niña, Raimundo? —preguntó sarcástica, haciendo un puchero—. ¿Acaso te he fallado alguna vez?

   —Tratándose de ti, no temo tanto por tu seguridad, sino por la de ese tipo. —Guardó la carta en un bolsillo de su camisa, doblándola cuidadosamente para no dañarla—. Veré que puedo averiguar. Espera mi llamada.

 

   El comisario se levantó de su silla y se dirigió a la puerta, acompañado por mi jefa.

 

   —Cuídate mucho, Amanda. Sé de lo que eres capaz, pero no dormiré tranquilo sabiendo que estás en peligro.

   —Me rio del peligro —afirmó, riendo en tono de alarde.

 

   Luego de que Raimundo abandonara la oficina, Amanda se apoyó en mi hombro y me dio unas palmadas en la cabeza.

 

   —Ahora si nos vamos, Saltamontes. Tenemos que ver a alguien.

 

 

   Amanda condujo su Ford de color azul oscuro hacia una de las una zonas pobres de la ciudad. Se detuvo frente a un edificio de ladrillos que se veía abandonado y nos bajamos del vehículo. 

 

   Subimos las escaleras hasta el cuarto piso y luego de caminar por un pasillo sucio, nos detuvimos en el apartamento con el número 42 en la puerta. Amanda tocó de una forma que no pasó desapercibido para mí: un toque, tres toques, pausa y luego dos toques, y dio unos pasos atrás. Del otro lado de la puerta, nos contestó la voz de un hombre joven.

 

   —¿Cuál es la contraseña?

   —Abre la puerta o la tumbaré y te daré de nalgadas hasta que me sangren las manos —contestó ella con una sonrisa.

 

   Varios cerrojos comenzaron a correrse y la puerta se abrió. Un muchacho no mayor que yo estaba en el umbral, vistiendo una camiseta y shorts deportivos. Tenía una barba mal afeitada y su cabello caía hasta sus hombros. Se acercó a mi jefa y le dio un beso en la mejilla.

 

   —¡Amanda! ¿Cómo está la loba salvaje de la investigación? —dijo el chico, separándose de ella.

   —Con muchísima hambre, Slash. ¿Podemos hablar adentro?

   —¡Claro! Mi casa es tu casa… ¡Espera! —Él puso una mano en mi pecho, impidiéndome avanzar—. ¿Quién te envió?

   —Viene conmigo, Slash. Déjalo entrar. 

 

   Miró un momento a Amanda y después a mí. Luego, me quitó la mano del pecho y me dejó entrar al departamento, no sin antes susurrarme “te estaré vigilando” mientras llevaba un par de dedos a sus ojos y luego me señalaba con ellos.

 

   Aquél lugar estaba hecho un asco. Había restos de envases de comida china, latas de Coca-Cola y cajas de pizza amontonadas por doquier. Un montón de ropa sucia reposaba en un sofá que había visto tiempos mejores, y la cocina era insalubre. 

 

   Sin embargo, en una esquina de la sala estaba un equipo de computación de última tecnología, con dos monitores conectados uno al lado del otro, y sendos cables arrumbados alrededor de una mesa, conectados a varios reguladores de voltaje. Al menos se notaba cuáles eran las prioridades de su propietario. Él era un hacker.

 

   —Dime, Amanda —pidió Slash, apoyándose contra la mesa donde estaban dos unidades CPU conectadas una con la otra—. Por lo que entendí de tu llamada de ayer, estás en un problema muy gordo. Será mejor que me cuentes los detalles.

   —Si te contaba algo con más detalle, seguramente nos habrían oído. Era más seguro encontrarnos y hablar. Anoche intentaron meterse en mi departamento, pero logré echar al imbécil con una lluvia de plomo —sonrió triunfante.

   —¡Vaya! —El hacker hizo una mueca de asombro—. Lo lamento por la pobre alma del sujeto que lo intentó, pero me alegra que no te pasara nada.

   —Son gajes del oficio. Tuve el presentimiento de que ocurriría. Lo que necesito ahora es pedirte un enorme favor.

   —¡Un momento! —Levantó una mano en señal de “alto”—. No hago trabajos sin conocer primero los detalles, y ya sabes que cobro por adelantado. Mis servicios no son baratos, y debo cubrir mis necesidades básicas…

   —Quiero que te infiltres en la página web privada de la embajada de Rusia.

 

   Slash abrió la boca para continuar su monólogo, pero en cuanto Amanda le hizo la petición, no emitió sonido alguno. Era como si su CPU interno estuviera procesando la descarga de datos.

 

   —¿La embajada? O sea… ¿quieres documentos del Kremlin? ¿Planeas descubrir los secretos más oscuros de Stalin? 

   —Es algo más simple que eso, cariño. Sospecho que en el caso en el que estoy trabajando, están vinculados algunos agentes infiltrados de una célula terrorista. Necesito saber si hubo cambios de personal en la Embajada de Rusia, al menos en el último mes. 

   —Bueno, eso es más sencillo, pero ya sabes que cobro caro. Nunca mezclo la amistad con los negocios.

   —Te pagaré con una pizza y dejamos el asunto saldado.

   —¡Trato hecho! —Slash corrió hacia su mesa de trabajo—.Y lo hago sólo por ti. 

 

   Me acerqué a Amanda totalmente confundido por la conversación que acababa de escuchar y le hice señas para que me iluminara. Ella sólo me sonreía y lo señalaba a él mientras lo veíamos trabajar en su teclado.

 

   —Slash no es cualquier hacker, sino uno de los mejores. Él me ha ayudado a resolver casos en el pasado antes de tu llegada. De no ser por él, estoy segura de que muchos de esos casos no se habrían resuelto jamás. 

 

   Asentí, un poco más satisfecho. No había pensado en Amanda trabajando sola antes de que nos conociéramos. Con su forma de ser tan impredecible, imaginaba a una fila de pobres aprendices escapando de sus manos. Al menos sabía que tenía gente en quien confiar, y eso me tranquilizaba.

 

   —Así que el oficial Raimundo y Slash eran tus contactos para este caso.

   —Nunca dudes en buscar ayuda cuando la necesites, Saltamontes. En este negocio, la confianza es vital. Si no confías en tus aliados, no podrás sobrevivir. Es una verdad que aprendí por las malas en el pasado.

 

   La miré extrañado. Esas palabras habían tocado una extraña fibra sensible, algo que ella jamás olvidaría.

 

   —¿Y qué ocurrió entonces? —pregunté, pero no me contestó. 

 

   Pasaron varias horas hasta que Slash le hizo un gesto a Amanda. 

 

   Habíamos pasado el tiempo sentados en un par de sillas que limpiamos, quitando los montones de basura que tenían encima, pero nos pusimos de pie en cuanto mi jefa notó la señal. Ambos nos acercamos al hacker para mirar los monitores.

 

   —Tuve que lidiar con varios muros de fuego, pero ya tenemos acceso al sitio web privado de la embajada. —Señaló el monitor, donde se veía la página—. Si quieres más información te costará un poco más, pero por ser tú, te lo dejaré en unas Coca-colas. 

 

   Amanda miró detenidamente la pantalla, y señaló a Slash el enlace a los perfiles. Al momento aparecieron los últimos empleados que ingresaron a la embajada. Un par de hombres en pantalla nos llamó la atención.

 

   —¡Esos son los sujetos que nos buscaron en la oficina! —exclamé sin ocultar mi sorpresa. 

   —Y si te fijas bien, ellos llegaron a la embajada hace dos semanas. Creo que tenemos a nuestros invitados nocturnos.

 

   Miré detenidamente las fotografías de los dos empleados en la pantalla. No podía asegurar que el intruso y el conductor fueran ellos exactamente, porque no les había podido ver el rostro, pero que estos dos empleados llegaran apenas unas pocas semanas a la embajada, que supieran la dirección de nuestra oficina, y la intrusión que terminó en tiroteo, eran demasiadas coincidencias juntas. Como decía mi jefa, cualquier posibilidad era válida.

 

   —¿Me perdí de algo? —Slash ahora miraba a Amanda, con evidente confusión.

   —Nada que necesites saber, primor. Sólo piensa en la pizza que voy a comprarte por esto —le sonrió en agradecimiento. Luego se dirigió a mí—. Prepárate, porque muy pronto comenzará la cacería.

 

 

   Aquella tarde, de vuelta en la oficina, Amanda recibió una llamada de Raimundo. No pude escuchar la conversación, pero una vez que terminaron de hablar, me ordenó no volver a casa y quedarme una vez más con ella. Sabiendo los riesgos que podía correr tomé la decisión de quedarme, aunque eso significara volver a vestir otra de sus pijamas y mirarla en ropa interior una vez más. 

 

   Por fortuna para nosotros, esa noche no pasó nada y me fui a dormir, pero ella permaneció despierta toda la noche, vigilando. 

 

   Al amanecer, ella me despertó. Yo había dormido poco por los nervios. Ya estaba completamente vestida, y con su arma cargada en la sobaquera.

 

   —Nos vamos, Saltamontes. A la embajada.

 

 

   Esa mañana habría sido rutinaria para los diversos empleados de la embajada, pero los más inocentes no sospechaban que en los alrededores, desde hacía un par de días, se habían apostado algunas personas vestidas de civil, vigilando y reportando cualquier incidencia que ocurriera. Eran oficiales encubiertos enviados por Raimundo Cabral. 

 

   En una patrulla cercana, nos encontrábamos Amanda y yo sentados detrás del comisario, que monitoreaba todo por medio de su radio transmisor. 

 

   En pocas horas se celebraría la reunión de embajadores a la que el señor Ivanov debía asistir. El momento de su salida sería la hora de actuar.

 

   El aviso se escuchó a los pocos minutos por la radio. Raimundo aceleró al instante y con una rápida maniobra entró a la calle que se dirigía a la embajada. Otra patrulla entró por otra esquina, impidiendo el paso del auto del embajador y de los que eran conducidos por los guardaespaldas. Los oficiales se aproximaron apuntando a la comitiva de seguridad. Raimundo, con Amanda y conmigo detrás, se apeó del vehículo y se aproximó al embajador, que bajó furioso de su coche.

 

   —¡¿Qué significa este ultraje?! —Ivanov escupía saliva al hablar, producto de la rabia que lo consumía.

   —Comisario Raimundo Cabral, del departamento de policía. —Enseñó su placa al embajador. Ivanov se dio cuenta de nuestra presencia y nos miraba a los tres, atónito—. Necesitamos conversar con usted. Le sugiero que regrese a la embajada pacíficamente.

   —¡Está invadiendo territorio soberano de la madre Rusia! —bramó el embajador.

   —Y usted tiene un caso de secuestro que debe aclarar con nosotros. Coopere ahora, antes de que la situación se complique.

 

   Ivanov vio como sus hombres, los mismos que identificamos como posibles infiltrados, eran escoltados de vuelta a la embajada. Miró duramente al comisario, se dio media vuelta y entró a la mansión.

 

   Ya en el interior, nos encaró con su faz rubicunda por la furia.

 

   —Le dije que este caso debía tratarse de forma discreta, detective. Esto rompe nuestro acuerdo.

   —Apunte a otro lado al hablar, que no tengo parabrisas en los ojos —dijo mi jefa mientras se limpiaba el rostro con un dedo—. Mejor tome asiento, porque lo que tengo que contarle no le va a gustar nada.

 

   Ivanov abrió los ojos aún más por la amenaza sutil que Amanda acababa de hacerle. 

 

   Mi jefa estaba segura de sí misma al hablar, con su ceño levemente fruncido y la mirada penetrante que siempre me dedicaba a mí. Ivanov caminó hacia la sala de estar y se dejó caer en el sofá. Los demás hombres estaban siendo escoltados por los oficiales encubiertos de Raimundo, incapaces de actuar por las armas que les apuntaban.

 

   Amanda se aclaró la garganta antes de comenzar a hablar. 

 

   —Me imagino que usted debe estar sumamente preocupado por su hija Diana, señor Embajador. —Ella caminaba lentamente por la sala—. Siempre me pregunté: ¿Por qué un embajador de su talla recurre a una detective como yo para resolver un conflicto internacional? Entonces me di cuenta de que había muchas cosas que no cuadraban.

 

   Se detuvo junto al mismo florero que había sostenido en sus manos el primer día, y volvió a tomarlo, admirándolo un poco más mientras continuaba su explicación.

 

   —Lo primero que me gustaría resolver ahora mismo es… ¿dónde está el secretario Ishtoshnikov?

 

   Ivanov balbuceó su respuesta, como un niño pequeño que acababa de ser descubierto al robar las galletas que su madre escondía en la alacena de la cocina.

 

   —Se fue… a una reunión.

   —Qué curioso, porque han estado vigilando su casa y nadie lo ha visto salir.

   —¿Por qué me pegunta eso? Él es un hombre tan ocupado como yo.

   —Eso lo puedo contestar yo —se adelantó el comisario—. Ayer recibí el aviso de uno de mis oficiales acerca de un cadáver encontrado en un área residencial. Identificamos el cuerpo, y encontramos un cuchillo clavado en su espalda. También hallamos una carta amenazante con una firma que pudimos identificar.

 

   En mi cabeza, sentí como una especie de alarma se disparaba y me taladraba la conciencia. Era como si una de las piezas más importantes del rompecabezas acabara de aparecer.

 

   —¿Y a quién pertenece esa firma? —pregunté ansioso. 

   —Pertenece a usted —Raimundo me señaló. 

   —¡Pero eso no es posible! ¡Yo siempre estuve con Amanda!

   —En eso estamos de acuerdo. La conclusión aquí es que esa carta es falsa. Sólo busca implicarlo en el crimen —afirmó el comisario tranquilamente.

   —Pero… ¿de quién es el cuerpo? —inquirí, temiendo una respuesta desagradable.

   —Esa es la parte más interesante —sonrió Amanda, dando unos pasos hacia el embajador luego de colocar el jarrón en su sitio—. Era el verdadero embajador Sergei Ivanov.

   —¡Eso es imposible!  —exclamó el “embajador” levantándose de golpe del sofá—. Yo soy el embajador Ivanov.

   —Le hubiera creído de no ser porque accedí a los archivos de empleados de la embajada. Usted y sus hombres llegaron al país hace apenas unas semanas, mientras que el embajador Ivanov ya tenía dos años de servicio. Cometieron la estupidez de no corregir las fotografías asignadas a cada archivo. A quien conocimos como Alexander Ishtoshnikov era en realidad el embajador Ivanov. Usted es el verdadero Alexander Ishtoshnikov, ¿o me equivoco?

 

   Los ojos de Amanda brillaban, como si fuera un ave de caza a punto de apretar las zarpas sobre su presa.

 

   —Todo el tema del secuestro era una farsa desde el principio —reveló—. No existe ninguna Diana Ivanova en los registros de la embajada. Por eso no quiso hacer una denuncia formal ante el gobierno: sabrían que usted estaba mintiendo.

   —¡Todo eso son tonterías! —gritó Ishtoshnikov, cada vez más sudoroso. 

   —¿Sabe qué fue lo mejor de todo? Que me bastó una pequeña mirada en toda la casa para darme cuenta de que no había ni una sola fotografía de ella. —Amanda sonreía como maniática, y sus ojos refulgían por la excitación de sus hallazgos—. Además de eso, está el diario de “Diana” que encontramos en la habitación. Lo revisé a fondo y adivine que: ¡No había nada!... bueno, sí que había un mensaje escrito por el propio señor embajador: “Esto es una trampa. Yo no tengo ninguna hija. Estoy amenazado de muerte”. Fue un acto muy valiente que hizo al dejarme ese aviso en secreto. Por eso trataron de meterse en mi oficina la otra noche: para sembrarme evidencia falsa e incriminarme, igual que a Fernando. No esperaban que estuviéramos ahí y no tuvieron más remedio que abrir fuego. Alguien los envió a destruir mi carrera, a tenderme una trampa. ¿Quién?

   —¡Pero eso no tiene nada que ver conmigo! —Ishtoshnikov respondía cada vez más colérico, por fin dejó caer su farsa—. No sé de qué trampa me habla. Y yo no fui quien lo mató.

   —En eso último se equivoca. —Raimundo se veía, comparado con Ishtoshnikov, aún más imponente. Ya tenía la mano sobre su arma de reglamento—. De la carta que Amanda me entregó recuperamos una huella dactilar en restos de goma adhesiva. La comparamos con huellas dactilares que recogimos del arma homicida, y encontramos coincidencias. Fue asesinado por la misma persona. Y esa persona, es usted. 

   —Para que una huella dactilar aparezca en restos de goma adhesiva, la goma debe estar fresca —retomó Amanda la explicación—. Eso significa que tuvo que haber sido dejada justo antes de que llegara a mis manos. Y basta sólo tomar sus huellas dactilares para encontrar una coincidencia.

 

   Ishtoshnikov había guardado silencio, mirando a Amanda y a Raimundo, volteando a ver a sus hombres, que aún estaban custodiados por otros oficiales. 

 

   —Y lo mejor de todo, es que su mentira la descubrí desde que usted me dirigió la palabra. Yo no tengo avisos en ningún periódico. Yo trabajo por referencias de mis clientes. —Mi jefa se había cruzado de brazos, con una sonrisa triunfal. 

 

   Por unos pocos segundos, que parecieron horas, la habitación se llenó de silencio. Luego, una risa emergió de los labios de Alexander Ishtoshnikov. 

 

   —La felicito, detective. Su fama la precede… —comenzó a decir con suavidad, pese a que su frente estaba bañada en sudor—. Es usted una mujer muy lista. —La señaló con el dedo, como si estuviera recalcando una verdad muy obvia.

   —Está usted bajo arresto por el homicidio de Sergei Ivanov… —Raimundo se aproximaba hacia Ishtoshnikov. 

 

   Pero este no se quedó de brazos cruzados, y dio un rápido puñetazo al aire intentando, sin éxito, golpear al comisario. 

 

   Aprovechando la distracción, los hombres de Ishtoshnikov golpearon a los oficiales y desenfundaron sus armas, disparando contra la policía mientras se resguardaban. Yo me escondí detrás de una butaca esquivando las balas, cubriéndome con las manos. Amanda, en lugar de cubrirse, se abalanzó contra Ishtoshnikov, haciendo que este cayera al suelo. En cuanto él se incorporó, ella, con un rápido movimiento, tomó el costoso jarrón y lo estrelló contra su cabeza, dejándolo atontado y sangrando por un corte en su frente. Luego se sentó sobre su pecho, apuntándole con su arma.

 

   —¡Estás bajo arresto, malnacido!

 

   En el recibidor, la rápida refriega de balas había terminado. Los dos hombres de Ishtoshnikov estaban muertos, y había un oficial herido. Yo no sufrí ningún daño, y Amanda me dirigió la mirada sobre su hombro, esbozando una sonrisa mientras mantenía en el suelo al sospechoso. En pocos minutos, todo había terminado.

 

 

   Ishtoshnikov estaba siendo escoltado fuera de la embajada por Raimundo mientras un equipo forense hacía el levantamiento de los cuerpos. Los empleados de la embajada que no estuvieron relacionados con la conspiración cooperaron en todo lo que necesitaron los oficiales. Mi jefa y yo agradecimos la ayuda del comisario, y los autos de policía comenzaron a retirarse.

 

   —Amanda… ¿tienes idea de quién pudo haber sido el intruso de la oficina? 

   —Es muy probable que sea uno de los hombres de Ishtoshnikov que pasó a recogernos. Ellos ya sabían dónde está nuestra oficina, pero no esperaban que estuviéramos ahí. Deben haber irrumpido en tu casa para conseguir esa firma tuya, así que no te sorprendas al momento que veas un desastre.

   —Creo que tienes razón.

   —Lo único que lamento de todo esto, es que el señor Ivanov haya aparecido muerto. Odio cuando pasan este tipo de cosas. 

 

   Amanda se llevó la mano a sus ojos, masajeándolos por un incipiente dolor de cabeza, que suele aparecer cuando se siente muy presionada. No era la primera vez que veía sus crisis de dolor que me hacían correr a por un analgésico.

 

   —Vámonos a casa, Fernando. Ya terminamos aquí.

   —¿Y eso de que todo fue para tenderte una trampa? ¿Hay alguien que…

 

   Entonces algo me vino súbitamente a la memoria. Era un pensamiento muy ruidoso que había apareció cuando encaramos a Ishtoshnikov, pero regresó con más fuerza.

 

   —¿Ahora qué pasa? —me preguntó ella con voz cansada. 

   —Resolvimos el caso, y el que nos contrató era el culpable de todo.

   —Sí, ¿y qué con eso?

   —¿Y ahora quién nos va a pagar la cuenta?

 

   Amanda abrió la boca con sorpresa al darse cuenta del enorme error que había cometido. ¿Cómo pudo aceptar un caso de semejante importancia y no recibir ni un centavo de su paga?

 

   —¿Por qué me pasa esto a mí? —Mi jefa pateaba el suelo de la rabia—. ¡A duras penas llegamos al fin de semana! ¡Esto es una injusticia!

 

   Ella comenzó a correr en dirección al auto de policía que se había llevado a Ishtoshnikov a la comisaría.

 

   —¡Hey! Amanda, ¿a dónde vas?

   —A patear a ese desgraciado hasta que me pague el último centavo que me debe. No se va a ir a prisión hasta que me pague todo, ¿me oíste? ¡Todo!

   —¡Espera, Amanda! ¡Espera!

 

   Corrí detrás de ella, quien ya me había tomado ventaja. Era un largo camino hasta la comisaría.

 

       ***CASO CERRADO***