La Detective Impertinente

Capítulo 2: El caso en código binario

   Aquella mañana cuando llegué a trabajar, me sorprendí al ver que Amanda seguía dormida. 

 

   Usualmente, ella se levanta muy temprano en la mañana y me regaña en cuanto llego, con la excusa de que debo llegar antes de que ella despierte.

 

   Me dirigí hacia el escritorio y encendí la vieja computadora donde organizábamos nuestros archivos. Estaba llena de videojuegos que apenas daban espacio para guardar los documentos. Era una lucha perdida hacerla eliminar todos esos juegos, así que abrí las carpetas donde guardaba mis propios reportes. 

 

   Mi padre me enseñó a mantener el orden, pero sin llegar a la obsesión, dado que la mente criminal nunca se guía por la lógica. Es por eso que siempre guardo un reporte completo de cada caso en que he participado. Así es como recuerdo cosas con lujo de detalle. 

 

   Después de un buen rato organizando archivos y borrando documentos viejos, entré al Internet para leer algunas noticias. No había comprado la prensa en la mañana por temor a que Amanda me reclamara mi tardanza, y pensé que era un buen momento para saber qué estaba pasando en el mundo. En una de las páginas de noticias había un video relacionado al arresto de Alexander Ishtoshnikov, y decidí abrirlo para escuchar lo que decía la reportera del noticiero virtual. 

 

   «El gobierno de Rusia solicitó formalmente la extradición del secretario de la embajada de dicho país, Alexander Ishtoshnikov, como presunto implicado en la muerte del embajador Sergei Ivanov, acontecido en un conjunto residencial cercano a la embajada. El comisario Raimundo Cabral, a cargo del caso, se negó a brindar declaraciones mientras continuaban las investigaciones, pero fuentes extraoficiales reportan que el proceso de extradición se ha concretado y en próximos días se hará el traslado a una prisión de Rusia»…

 

   Mientras escuchaba las noticias, un pensamiento súbito vino a mi mente. Lo percibía en mi inconsciente, como una alarma de que había pasado algo por alto. Para salir de dudas, decidí revisar mi informe sobre el caso. Durante mi lectura, la voz de la reportera se enmudeció, señal de que el video se había apagado. Decidí volverlo a colocar y escucharlo más atentamente. Fue cuando me di cuenta de que la frase que disparó mi inquietud fue “solicitó formalmente”.

 

   Todo el caso comenzó por una solicitud de la embajada a nosotros para investigar el secuestro, así que releí una vez más esa parte del informe, y luego la página final, cuando Amanda relató sus conclusiones.

 

   Había algo que no encajaba, y al releer, se me hizo mucho más clara la inconsistencia. Era un detalle tan ruidoso, que ahora se sentía como si un taladro hidráulico estuviera haciendo agujeros en mi cerebro. 

 

   «Yo no tengo avisos en ningún periódico. Yo trabajo por referencias de mis clientes».

 

   Hice una búsqueda rápida en la computadora y lo que dijo Amanda era cierto. No había ningún aviso de la Agencia de Detectives Manrique, ni un número de teléfono o red social de contacto. 

 

   Para el mundo, la agencia no existe, y ya que así es, sólo el círculo de clientes de Amanda se encarga de correr la voz para que lleguen nuevos clientes. 

 

   Pero… ¿Quién le habló a Ishtoshnikov sobre la agencia?

 

   Además, Amanda había dicho que alguien le había tendido una trampa mediante el falso secuestro, que alguien quería destruir su carrera. ¿Cómo pudimos olvidar algo como eso?

 

   Entonces tuve que cortar mi línea de pensamiento.

 

   La puerta de la habitación contigua se abrió, y en cuanto vi a Amanda giré la cabeza para apartar la mirada. 

 

   Estaba despeinada, vistiendo brassier y pantaletas de encaje blanco, y una bata de baño. Tenía la boca llena de espuma, dado que se estaba cepillando los dientes, y un pequeño vaso en la mano.

 

   —Buenos días Fernando  —dijo aún con la boca llena—. Llegaste más temprano que de costumbre.

   —¿De qué hablas? ¡Son las diez de la mañana! ¡Vístete antes de que llegue algún cliente! ¿No te da vergüenza?

 

   Ella escupió la espuma en el vaso y me miró ceñuda. 

 

   —Ya te dije que… —Se detuvo un momento y levantó una ceja mientras miraba la claridad de la ventana, por donde la luz del sol entraba con fuerza—. ¿Qué hora dijiste?

   —Dije que son las diez de la mañana. Por el amor de Dios, ponte algo de ropa.

   —Creo haberte dicho que si tengo algo de tela que me cubra ya estoy… ¡Espera! ¿Dijiste las diez?

   —¡Sí! —le contesté enojado—. Sólo imagina si hubiera algún cliente ahora mismo. Ten algo de decencia.

   —¡No! ¡Ya casi es hora de la lotería y aún no he comprado mi boleto!

 

   Amanda corrió de inmediato a su cuarto cerrando con un portazo. Exhalé un suspiro, completamente rendido luego de ese espectáculo. Por fortuna, no había llegado ningún cliente que la hubiera visto desvestida.

 

   Hasta ese momento.

 

   Escuché un par de toques tenues en la puerta. 

 

   Respondí con un cortés “adelante” y la puerta, desde el otro lado, comenzó a abrirse. Había llegado una nueva clienta que oscilaba los cuarenta años, de cabello negro y lacio que llegaba hasta sus hombros y cubría parcialmente sus orejas. Su tez era pálida y se veía cansada, como si hubiera pasado varias noches sin dormir.

 

   —Buenos días  —saludó la recién llegada—. ¿Esta es la Agencia de Detectives Manrique?

   —Buenos días. Aquí es. Puede pasar adelante  —contesté de forma cortés, extendiendo la mano para señalar la silla que tenía frente a mí e invitarla a entrar.

 

   La clienta se acercó un par de pasos, pero se detuvo. Amanda había abierto la puerta una vez más, de forma ruidosa, y me hablaba con voz amenazante.

 

   —Por cierto, voy a dejar un pudding de chocolate en la nevera, y más te vale que lo encuentre para el momento en que regrese, o desataré el peor infierno que vivirás en toda tu existencia… —Ella me miraba extrañada por todas las señas que le hacía, señalando a la clienta que miraba perpleja el berrinche—. ¿Qué pasa? ¿Qué? ¡Habla claro! ¿Qué estás…?

 

   Se dio la vuelta y su mirada se cruzó con la de nuestra clienta, que seguía plantada en el umbral de la puerta. Amanda se atragantó con sus palabras y se sonrojó hasta las orejas, luego se miró a sí misma mientras yo me llevaba las manos a la cara. Había estado gritándome aún vestida con sólo su ropa íntima.

 

 

   Pasados apenas unos minutos, que para mí habían sido eternos por mis deseos de ser tragado por la tierra, Amanda ya estaba completamente vestida con una franela blanca y un pantalón deportivo negro, con su cabello atado en una coleta sencilla. Ocupaba su lugar en el escritorio mientras yo me paraba a su lado.

 

   La clienta ya estaba sentada frente a nosotros. Estaba relajada a pesar de la impresión que se había llevado.

 

   Mi jefa aclaró un poco su garganta para romper el hielo.

 

   —Lamento mucho la… inconveniencia. El idiota de mi ayudante no me informó que usted estaba aquí. —La miré enojado, pero no dije nada—. Me llamo Amanda Manrique y soy la dueña de esta agencia. ¿Cuál es su nombre?

   —Me llamo Lorena Clemente, detective —contestó ella de forma cortés—. Vine aquí porque he recibido muy buenas referencias de usted, y me gustaría contratarla para un problema que tengo.

   —¡Vino al lugar indicado! Resolvemos todo tipo de casos, sin importar lo imposible que parezca. Nada se escapa al ojo avizor de nuestra agencia. —Mi jefa sonreía como una niña pequeña a punto de recoger los mejores dulces en una fiesta de cumpleaños—. ¿Y cuál es el problema?, ¿algún robo?, ¿un secuestro?

   —Es por mi marido, detectives. —La señora Lorena nos miró a ambos mientras hablaba—. Tengo la sospecha de que me es infiel y necesito estar segura.

 

   Amanda exhaló un profundo suspiro y luego me miró por encima de su hombro. 

 

   —Saltamontes, en este negocio, la infidelidad es uno de los problemas más comunes que te encontrarás, así que acostúmbrate a recibirlos.

   —Sí jefa, entendido —contesté apretando los dientes, apremiándola a no ahuyentar a nuestra clienta con su poca delicadeza.

   —Debo decirle —prosiguió mi jefa—, que nosotros aceptaremos su caso una vez que nos pague la mitad de nuestros honorarios, y la otra mitad cuando resolvamos su inquietud, indistintamente de su resultado.

   —Lo entiendo perfectamente —afirmó la señora Lorena mientras sacaba su teléfono celular de su cartera—. Puedo arreglar una transferencia ahora mismo, sólo dígame el monto…

 

   El teléfono comenzó a sonar y mi jefa contestó rápidamente. Era raro que sonara a mitad de la mañana, considerando que somos prácticamente invisibles para el mundo. 

 

   —¿Hola?, ¿con quién hablo?... ¡¿Qué cosa?!... —El tono de Amanda había ido tomando un matiz de sorpresa combinado con preocupación. La llamada ya estaba sonando inquietante para mí—. ¡Dime dónde estás!... ajá… está bien. ¡Voy para allá ahora mismo y te sacaré así derribe todo el edificio!

 

   De inmediato colgó el teléfono y nos dejó a la señora Lorena y a mí atrás, ignorándonos por completo mientras se dirigía a la puerta.

 

   —¡Amanda! ¿Qué haremos con la clienta? —pregunté mientras la seguía a la puerta. 

 

   Ella me llevaba ventaja y me gritó desde el pasillo.

 

   —¡Resuélvelo tú! ¡Te espero en el auto!

 

   Miré a la señora Lorena completamente avergonzado. Ella sólo me devolvió la mirada sin decir nada, aún sorprendida por la actitud de la detective, tan recomendada, que acababa de conocer. 

 

 

   Corrí lo más rápido que pude hacia el estacionamiento, luego de haber tomado el caso de la señora Lorena. 

 

   Alcancé a mi jefa en su Ford a punto de salir. Me ordenó que subiera rápidamente. En cuanto cerré la puerta del auto, arrancó a toda prisa y sin darme tiempo a ponerme el cinturón de seguridad. Pese a mis ruegos, ella no aminoró la marcha y se saltó varias luces en rojo. Lo que fuera que hubiera pasado, la había trastocado aún más de lo que ya estaba. 

 

   «Con razón», pensé al darme cuenta de que estacionamos frente a la estación de policía. 

 

   Amanda me ordenó bajar de inmediato con la misma premura de antes. Ella caminaba a trompicones y le dedicó una mirada furiosa al oficial de policía que nos recibió, lo que hizo que él retrocediera unos pocos pasos a causa del miedo. 

 

   Siguió caminando por los pasillos con tanta naturalidad que pensé que ya conocía el lugar de memoria. Nos detuvimos frente a una puerta que decía “Comisario” en una placa pegada en la madera. 

 

   —¡No me importa si no lo has terminado! ¡Exijo el informe que te pedí a primera hora de la mañana! —Raimundo Cabral gritaba por la línea telefónica, exasperado. Levantó la mirada hacia nosotros, que nos quedamos en la puerta abierta antes de entrar. Luego volvió a su llamada—. ¡Ya no quiero más excusas! —Colgó.

 

   Se levantó de la silla y nos hizo entrar. Amanda lo miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Yo trataba de esconderme haciéndome lo más imperceptible posible, para no estar entre el fuego cruzado.

 

   —Así que el chico usó su llamada para llamarte a ti en lugar de un abogado. —El comisario se restregó los ojos con sus dedos—. Pero aparte de eso… me alegra saber que estás bien, Amanda.

   —¡Quiero verlo! ¡Dime dónde está!

   —No eres oficial de este destacamento, así que olvídalo. 

   —Sabes que lo que digas no me va a detener. Voy a verlo, lo quieras o no, así que dime dónde lo tienen. 

   —Si fueras otra persona, hace rato habría mandado a detenerte por intromisión en una investigación, pero tratándose de ti, ningún oficial se atrevería a acercarse —sonrió cansadamente—. ¿Quieres verlo? Podemos arreglarlo, pero no tienes jurisdicción alguna para intervenir, por muy amiga que seas del chico. 

   —Me conformo con eso por ahora. —Amanda hizo un gesto desafiante, como si no le importara la advertencia—. En cuanto hable con él, decidiré qué hacer por mi cuenta.

   —Entonces sígueme. Está en la sala de interrogatorios.

   —Conozco el camino. Gracias. —Mi jefa salió por la puerta, ignorándonos. 

 

   Yo decidí caminar detrás de Raimundo, que la siguió fuera de la oficina.

 

   Caminamos por unos pocos pasillos de la comisaría detrás de Amanda. 

 

   Cada uno de los oficiales que se cruzaba con ella se apartaba para evitar ser arrollado, y también por respeto a la imponente figura del comisario. 

 

   Nos detuvimos enfrente de una sala con el rotulo de “Interrogatorios” junto a la puerta. Raimundo y yo entramos por la puerta contigua, y mi jefa por la puerta principal. 

 

   Llegamos a una habitación oscura, dominada por una gran ventana desde donde podíamos observar el interior de la sala de interrogatorios. 

 

   Mi jefa estaba del otro lado. Corrió a abrazar a un aterrorizado Slash, quien había sido arrestado esa mañana y la había llamado desde la comisaría.

 

   —¡Amanda!, ¡fue horrible! —Él gimoteaba en brazos de ella, escondiendo su rostro en su hombro mientras ella le acariciaba el cabello, como una madre a su niño pequeño—. ¡Aún no entiendo nada! ¡Los policías entraron y me trajeron aquí!

   —Ya… ya… tranquilo —decía mi jefa, arrullándolo. Yo escuchaba todo desde la otra habitación, junto a Raimundo—. Primero toma aire, y luego dime qué te pasó.

 

   Slash comenzó a contar que esa mañana, pocas horas antes de que nosotros recibiéramos a la señora Lorena en la oficina, él se encontraba cumpliendo sus labores de hacker. Aclaraba que era todo legal en su trabajo, aunque la palabra “legal” y “hacker” en una misma oración me sonaba dudoso. El punto era que mientras navegaba en la Internet y se servía una rebanada de pizza para desayunar, recibió un mensaje en su computadora. Cuando lo abrió, se le cayó la pizza de las manos y se asustó por el contenido del mismo. Poco tiempo después, la policía irrumpió en el apartamento con un equipo especializado contra bandas criminales, y fue arrestado en el acto. Todo pasó tan rápido, según contaba, que no pensó en llamar a Amanda sino hasta hacía unos pocos minutos. 

 

   —Ahora dime, corazón, ¿qué decía ese correo electrónico?

   —No lo vas a creer, Amanda… era un mensaje de Los Pícaros.

 

   Raimundo apretó los puños apenas escuchó ese nombre. De no ser por la oscuridad, juraría que se había puesto pálido.

 

   —¡Con un demonio! ¿Los Pícaros? —repitió el comisario, sin ocultar su sorpresa.

   —¿Quiénes son ellos? —pregunté. 

 

   Él me miró por un instante y luego señaló al muchacho.

 

   —Era una pandilla de hackers que desmantelamos varios años atrás. De no ser por Amanda, nunca los hubiéramos atrapado. Slash formó parte de esa banda cuando era apenas un niño. 

   —¿Y cree que Slash volvió a esa pandilla?, ¿cuál fue su crimen?

   —Ayer recibimos reportes de una serie de robos multimillonarios a diversas cuentas bancarias. Cada una pertenece a empresas de diversos tipos y sus dueños no están conectados, pero el dinero terminó depositado en una sola cuenta, y el banco interpuso la denuncia.

   —Y la cuenta es de Slash, ¿correcto? —Miré a la sala de interrogatorios una vez más. 

 

   El hacker estaba pálido y muy asustado. Amanda aún lo consolaba.

 

   —Sí. Todas las evidencias apuntan a que este chico es el culpable. Pero que estén involucrados Los Pícaros es algo que no esperaba. —Raimundo salió de la habitación y yo seguí tras él. 

 

   Luego de que el comisario la llamara, Amanda salió.

 

   Caminamos de vuelta a la oficina. En cuanto el comisario cerró la puerta, mi jefa lo encaró aún con su enojo a flor de piel. 

 

   —¡Voy a ayudarlo!

   —No lo harás. No formas parte de la fuerza y no puedes inmiscuirte en esta investigación. 

   —Por eso mismo no pienso obedecerte. Voy a ayudar a Slash lo quieras o no. Tú decides si lo hacemos por la vía fácil o por la difícil.

   —¡Tú misma lo escuchaste! Los Pícaros están involucrados, y esa gente te conoce muy bien. —Elevó la voz al mismo nivel que cuando llegamos, en el momento que hablaba por teléfono—. ¡No te vas a involucrar y es mi última palabra! 

 

   Amanda permaneció en silencio, con sus músculos tensos y una mirada dura para el comisario. Al cabo de unos segundos, empezó a relajarse.

 

   —Slash está aterrado —comenzó a hablar mi jefa—. No me parece que él haya hecho nada. Tal vez deberías dejarlo hablar un poco más antes de condenarlo. 

 

   La miré extrañado por la forma tan tranquila en que había hablado. ¿Estaba negociando con Raimundo? 

 

   —Todas las pruebas que tenemos están en su contra. Eso es algo que no vas a cambiar.

   —Pero puedes mirar las pruebas desde otro punto de vista. Si de verdad Slash está involucrado en los robos, ¿por qué mencionaría a Los Pícaros?

   —Puede estarlos inculpando después de lo que ocurrió.

   —¡Después de ese incidente Slash no quiso saber nada más de ellos! ¡Lo que dices no tiene lógica, y lo sabes!

   —¡Eso no me garantiza nada, Amanda! —Raimundo exhaló un suspiro de frustración—. Entiendo que ese chico es tu amigo, y me extraña que Los Pícaros salgan a relucir ahora, pero las evidencias en su contra son abrumadoras. ¿Qué esperas lograr contra eso?

   —Primero, escuchemos qué tiene que decir sobre ellos, y si ves que no lleva a ninguna parte, me retiro. Pero no me voy a rendir hasta que lo hayamos escuchado. 

 

   El comisario se restregó los ojos una vez más y luego levantó sus manos al aire, en señal de rendición. 

 

   —Tú ganas esta vez. Vamos a hablar con él, pero si no sacamos nada en concreto, procesaré al chico en la unidad de delitos informáticos. ¿Quedó claro?

   —Tan claro como el agua —afirmó ella sonriendo. 

 

   Mientras caminábamos de vuelta a la sala de interrogatorios, me acerqué a Amanda para hacerle preguntas. No tenía idea de quiénes eran esos Pícaros de los que tanto hablaban, ni del incidente al que se referían. Mi jefa me respondió mientras dirigía su mirada al frente. 

 

   —Ellos eran una banda de hackers que ayudé a desarticular cuando trabajaba aquí en la estación. Su líder se llamaba Axel, y lo acompañaban Ashba e Izzy. El último que se unió a ellos fue Slash, y fue gracias a él que logramos arrestarlos. Desde entonces hemos sido amigos. Por eso creo en su inocencia.

   —¿Así que crees que están poniéndole una trampa?

   —No lo creo, Saltamontes. Estoy segura. 

 

   Una vez más entré en el lado oscuro de la sala de interrogatorios mientras el comisario y mi jefa entraban a donde estaba Slash. 

 

   Él estaba casi transparente por su palidez, pero al menos se veía más relajado al hablar. Gracias a los altavoces que tenía de mi lado pude escucharlos.

 

   —Muy bien chico, escucha atentamente lo que te diré —comenzó a hablar el comisario mientras se sentaba en un extremo de la mesa de interrogatorios—. Voy a escuchar tu declaración, y quiero que seas sincero. Todas las pruebas están en tu contra y si no cooperas, la sentencia será dura. ¿Está claro?

   —Perfectamente, oficial. Dispare cuando quiera —dijo Slash mientras se apartaba un mechón de cabello de los ojos con sus manos esposadas.

   —Dices que Los Pícaros te contactaron. ¿Te dejaron algún mensaje?

   —Sólo había una línea escrita junto con el logo que usábamos, oficial. Decía: “Te encontré”. 

   —¿Quién crees que te haya mandado ese mensaje? 

   —No lo sé. —Slash miraba hacia Amanda, que estaba parada al lado de Raimundo. Ella movía su cabeza invitándolo a continuar—. Perdí el contacto con los otros hackers desde el arresto. No he sabido nada de ellos desde hace años.

   —Recuerda que no puedes mentir, chico.

   —¡Ya lo sé! —Slash sonaba frustrado—. No quiero saber nada de Izzy o de Ashba… y mucho menos de ese psicópata de Axel. Ellos seguro me odian desde que ayudé a que fueran encarcelados. 

   —¿Hay alguna forma de que podamos saber dónde están? —intervino Amanda, como si ella estuviera a cargo del caso. En esa postura, parecía una oficial de policía formal. 

   —Quizá hay alguna forma… —Slash sonaba pensativo, quitándose otro mechón rebelde de pelo de los ojos—. Hace unos meses atrás, detecté a Ashba en una transacción con criptomonedas. No me parecía nada ilegal, y de inmediato me desconecté. No quería cruzarme con él de ninguna manera. Creo que podría rastrear su dirección IP una vez más, aunque quizá se esconda muy bien. No puedo garantizarlo, pero si tuviera acceso a una computadora podría…

   —¡Olvídalo! —Raimundo sonaba amenazante—. Eres sospechoso de un crimen informático y no puedes conectarte en ningún lado.

   —¡Déjalo hablar! ¡No seas tan terco! —intervino Amanda como una tigresa protegiendo a su cachorro—. ¡Esta es la única pista que tenemos a nuestro favor!

   —¿Una corazonada? ¿Eso es todo lo que tienes? ¡Por Dios Santo, Amanda, te creo mucho mejor que esto!

   —¡Al menos es algo que pienso usar a mi favor! ¡Ya te dije que lo haremos por las buenas o las malas! ¡Tú decide!

   —¡Un momento! —Slash levantó la voz, obteniendo la atención de ambos—. Oficial… me gustaría hacerle una pregunta, ¿cuántos idiomas habla usted?

   —¿Cómo dices? —Raimundo miró inquisitivo a Slash, quien ahora se veía con más confianza.

   —Le pregunté cuántos idiomas habla usted, oficial.

   —Yo hablo español y también inglés...

   —Pues yo hablo uno… cero, cero, uno, cero uno. Es el idioma de la informática, y con eso puedo hacer todo tipo de magia. Puedo intentar ubicar a Ashba y rastrearlo para que lo interroguen. Sólo necesito confianza y una computadora. Pueden vigilarme todo lo que gusten.

 

   Amanda dejó escapar una risotada. Raimundo la veía encolerizado, pero no dijo nada.

 

   —Reconócelo, Raimundo. Te atrapó —dijo ella entre risas.

 

   Raimundo miró de vuelta a Slash, quien ahora sonreía. 

 

   No sabría decir si por seguridad o por burla, pero al menos ya no estaba tan pálido. 

 

   —Veré que puedo hacer. Trataré de conseguirte una computadora, pero si no conseguimos nada, yo mismo te arrojaré a la celda y me tragaré la llave. ¿Te quedó claro?

   —¡A sus órdenes, jefe! —contestó Slash, haciendo un saludo militar con sus manos esposadas. 

 

 

   Amanda y yo regresamos a la oficina luego de terminar con Slash. 

 

   Ella me preguntó por la señora Clemente, a lo que respondí que había tomado el caso, pero le restó importancia más allá del hecho de que teníamos una nueva clienta. 

 

   Su preocupación ahora era el hacker, y centraría toda su atención en él. Tal parecía que la señora Clemente tendría que esperar un poco más. 

 

   Sin nada más que hacer en la oficina, me fui a casa a descansar mientras pensaba en las circunstancias en que Amanda había conocido a Slash. Sólo sabía que el comisario y mi jefa habían trabajado juntos, y era por eso que se tenían tanta confianza.

 

 

   A la mañana siguiente acudí de vuelta a la oficina. Amanda me dijo que esperaríamos antes de actuar, porque el comisario Cabral había logrado conseguir una computadora para Slash. 

 

   El objetivo era rastrear la ubicación exacta desde donde se conectaba Ashba, e ir a esa dirección, una vez que él la obtuviera. Un e-mail nos avisó del éxito. Me pregunté si Slash había logrado enviar ese mensaje sin que el comisario se diera cuenta. 

 

   Partimos a la dirección que nos envió el hacker, que resultó ser una tienda de autopartes. Amanda dedujo que la policía iría allí para interrogar a Ashba, y ese sería el momento para escabullirme mientras los empleados de la tienda lo cubrían. 

 

   «Amanda tiene demasiadas sorpresas bajo la manga», pensé mientras me colocaba el disfraz en el auto. Me había disfrazado con un bigote falso y anteojos para no ser reconocido.

 

   A los pocos minutos, una patrulla de policía apareció en la calle. Me bajé del auto para ir a la tienda como un cliente más, pasando desapercibido. 

 

   Vi como interrogaban a un hombre con barba de candado y anteojos que llevaba a la altura de la frente, era Ashba en persona, quien se presentó como el dueño de la tienda. Luego de cruzar palabras acerca de sus derechos como ciudadano honesto y sin deudas con la sociedad, accedió a acompañar a los oficiales a la estación para ser interrogado. 

 

   Me escabullí a la trastienda sin ser visto, donde pude entrar a la oficina y buscar cualquier información útil para nosotros. 

 

   A pesar de lo desordenada que estaba la oficina, pude encontrar unos datos importantes: una factura de compra de varios equipos electrónicos a nombre de la tienda, pero con dirección de entrega a la vivienda personal del dueño. No comprendí por qué una tienda de autopartes compraría muchos equipos de computación de avanzada, pero eso lo analizaría con Amanda después. También encontré un libro de contabilidad. 

 

   Rápidamente, tomé unas fotos con mi celular para compararlos con la factura de compra, y al ver que se me acababa el tiempo, decidí escabullirme de vuelta a la salida antes de que me descubrieran los empleados. Por fortuna, todos estaban lo suficientemente distraídos como para notar mi presencia. 

 

   En cuanto regresé al auto, Amanda me felicitó y me apretó las mejillas, muy fuerte. Con dirección en mano, partimos a la casa de Ashba. Nos tocaría esperar un buen rato dentro del vehículo. 

 

   Varias horas después, en las que tuve que soportar a Amanda jugando con una Nintendo DS, vimos llegar a Ashba caminando por la calzada rumbo a la entrada de un edificio residencial. 

 

   Esperamos un poco más para que no notara nuestra presencia y nos la arreglamos para entrar, subiendo directamente al piso donde vivía. Nos detuvimos junto a la puerta, y ella me hizo una seña para guardar silencio mientras empuñaba su pistola. Inmediatamente tocó la puerta.

 

   —¿Quién es? —Se escuchó del otro lado de la puerta. 

 

   Era un hombre.

 

   —Traigo una pizza de pepperoni y extra queso para entregar —respondió Amanda en voz alta, apretando aún más la culata de su arma.

   —¡No hemos pedido ninguna pizza! —contestó la voz. 

 

   Dijo claramente “hemos”. No estaba solo.

 

   —Escuchen, tengo una pizza caliente para esta dirección y me estoy quemando las manos. ¿Van a quererla o la regreso al restaurant para que mi jefe me despida?

 

   Luego de un momento de silencio, escuchamos correrse varios pestillos y la puerta se entreabrió. Entonces Amanda, de una patada, la abrió por completo. 

 

   —¡Que nadie se mueva! —gritó mi jefa apuntando con su arma. Yo entré de inmediato con ella—. ¡Quiero las manos sobre la cabeza ahora!

 

   Ashba asintió aterrorizado y se llevó las manos a la cabeza. A su lado estaba otro hombre, pelirrojo con un piercing sobre la ceja, quien también obedeció. 

 

   Nos dimos cuenta de que había varias computadoras y monitores conectados uno al lado del otro, y otras cajas abiertas en una esquina de la habitación. Esos eran los equipos comprados.

 

   —Ahora confiesen, desgraciados. ¿Dónde está Axel? —exigió Amanda mientras apuntaba a uno y otro hombre.

 

   Ashba y el otro sujeto, que presumí era Izzy, se miraron mutuamente y luego a ella.

 

   —¡No sabemos y no queremos saber! ¡Ese maniático desapareció!

   —¿Qué quieren de nosotros? ¿Quieren matarnos? —preguntó Izzy al borde de las lágrimas.

   —¡No mientan! ¡Quiero la verdad!

   —¡Es en serio! ¡Axel desapareció hace años! —contestó Ashba, tratando de mantener la mirada en el suelo por temor a la Glock.

 

   Amanda me miró por un momento, y parecía que había llegado a la misma conclusión que yo: estaban tan aterrados que decían la verdad. 

 

   Nos paramos frente a ellos, los incorporamos y los dejamos sentarse en unas sillas sofisticadas, que presumí eran para las computadoras. Mi jefa los interrogó una y otra vez, contándoles sobre Slash, el robo multimillonario, el aviso que el hacker recibió, y las misteriosas compras de los equipos electrónicos. 

 

   Ashba contestó cada una de las preguntas. Las computadoras eran para formar un equipo de “E-Sports” para participar en un campeonato de videojuegos que estaba próximo a comenzar en unos meses, y él había utilizado las ganancias de su tienda para minar criptomonedas y comprar las computadoras. 

 

   Amanda y yo habíamos comparado la factura con las fotos del libro de contabilidad que tomé, y las cuentas coincidían, por lo que decía la verdad. Respecto a Axel, negaba cualquier complicidad que pudiera tener con él.

 

   —No sé en qué demonios está metido ese soplón de Slash —replicó Izzy cruzándose de brazos—. Pero después de que salimos de prisión decidimos asociarnos para crear nuestro equipo y Ashba abrió su tienda. No hemos hecho hackeos desde hace años.

   —¿Qué hacemos, jefa? —pregunté, completamente perdido. 

 

   Nos habíamos quedado sin pistas.

 

   —¿Ustedes podrían detectar dónde se esconde Axel? —preguntó ella. 

 

   Izzy y Ashba se miraron y luego se echaron a reír.

 

   —No podría encontrarlo aunque quisiera. Él la encontrará primero a usted. 

 

   De pronto se escuchó el sonido electrónico de un celular. Ashba, con mucho cuidado para evitar que Amanda le disparara, sacó su teléfono del bolsillo del pantalón y miró el mensaje que había recibido. Luego miró a su amigo con una expresión lívida.

 

   —Enciende la computadora. —Fue todo lo que dijo.

 

   Izzy encendió una de las computadoras y la conectó a Internet. Ashba había recibido un correo electrónico y al abrirlo, observamos una imagen que lo hizo palidecer a él y a Izzy: una “P” estilizada con un par de alas extendidas, formando un arco hacia arriba. Era el emblema de los Pícaros. Debajo del logotipo, estaba escrita una sola palabra, que decía “Descárgalo”. Tenía anexo un archivo de video.

 

   Al abrirlo, apareció en el reproductor un hombre de cabello negro, despeinado, con anteojos de montura fina y una barba de varios días sin afeitar. Estaba grabado en una habitación oscura, por lo que sólo pudimos ver lo poco que iluminaba su propia pantalla. Ashba e Izzy estaban aterrorizados al ver ese rostro. 

 

   Era Axel en persona.

 

   —¡Hola Amanda!... Quiero jugar un juego… siempre quise decir eso. —Todos miramos a Amanda sorprendidos. Ella no dijo nada, sino que frunció el ceño—. Si estás viendo este mensaje, significa que ese tarado de Ashba recibió el correo, y supongo que Izzy está allí también. Eso me facilita las cosas. —Axel se acomodó sus anteojos antes de continuar—. Verá, detective, yo no olvido las traiciones, y lo que me hizo Slash hace años, jamás se lo perdoné. Ahora es mi turno de cobrar ese favor. Yo fui quien hizo las transacciones y denuncié a Slash a la policía para que sienta lo que duele tener un soplón escondido. Pero él no me interesa en lo absoluto. Quien me interesa es usted, Amanda. —Axel se relamía de gusto al mencionar a mi jefa—. Quiero que juguemos un juego particular. En la oficina de correos que indicaré hay un casillero con el número 2110. Quiero que vaya a ese casillero y recoja un paquete que dejé para usted. Yo mismo la llamaré a su propio teléfono para guiarla. Si esos idiotas no entregaron mi mensaje, me encargaré de ellos a su debido momento. Así que espere mi llamada, detective. ¡Que el juego comience!

 

   Axel comenzó a reír como desquiciado, para luego comenzar a toser por ahogarse con su propia saliva. El video terminó en ese momento.

 

   Después de eso, Amanda se alejó de nosotros y realizó una llamada telefónica al comisario Cabral. Claramente se gritaban el uno al otro acerca del video, y era obvio que ella iría a la oficina de correos a jugar el juego. 

 

   Axel no quería nada con Slash, excepto tenerlo como carnada para atraer a un pez más gordo: mi jefa.

 

   Cerca de las cuatro de la tarde, Amanda salió a la oficina de correos. Me tocó quedarme a esperar, con Izzy y Ashba, a que regresara. Ellos me explicaron acerca de lo desequilibrado que era Axel, y que se habían unido a él en el pasado por la expectativa de hacer dinero fácil, hasta que fueron capturados. Quizá fue por el paso del tiempo, pero ninguno recordaba bien a Amanda.

 

   Es normal que después de tantos años intentando rehacer tu vida, muchos detalles puedan olvidarse. Pero no todos tienen esa capacidad de olvidar, y Axel es vivo ejemplo de ello.

 

   Al cabo de unos minutos Amanda regresó, arrojándole a Ashba un objeto pequeño. Estaba sudorosa, al punto que una parte de su camisa se había transparentado.

 

   —Menos mal que pude grabar la llamada que me hizo Axel con el teléfono. Ahora mismo Raimundo la debe estar escuchando —me sonrió de forma pícara—. Eso fue lo que encontré en el casillero. Es un dispositivo USB.

   —Lo conectaré a una computadora vieja. No quiero correr el riesgo de dañar los nuevos equipos con algún virus —contestó Ashba mientras buscaba en una habitación contigua una vieja laptop.

 

   Ashba conectó el pequeño aparato en su laptop, lo revisó concienzudamente y al ver que no tenía amenazas, lo activó. Dentro contenía un archivo de imagen .jpg. Lo abrió, y miramos preocupados la imagen que se desplegaba ante nosotros.

 

   Era un dibujo muy rudimentario de Amanda, como si lo hubiera dibujado un niño pequeño. Tenía lo que parecía un agujero de bala en la cabeza, del que brotaba abundante sangre. En lugar de ojos tenía unas equis dibujadas, y la lengua estaba afuera. El mensaje era bastante claro para todos nosotros.

 

   Ese maniático estaba tras mi jefa desde el principio.

 

   —Revisaré la imagen por si consigo algo más —dijo Ashba mientras abría su programa Photoshop. 

 

   Llamé a Amanda aparte para conversar con ella. Tenía tantas cosas en mi mente, que necesitaba dejarlas salir.

 

   —¿Qué demonios pasó en ese caso de Los Pícaros? —pregunté de inmediato. 

 

   Ella arqueó una ceja.

 

   —¿Por qué te interesa saber?

   —Ese sujeto quiere matarte, y se ve que está desquiciado. Te conoce demasiado bien, debe ser capaz de cualquier cosa. Quiero… no, te exijo saber quién es ese Axel.

   —¿Tú? ¿Exigirme a mí? —Dejó salir una corta risa—. ¿Acaso estás preocupado por mí, Saltamontes?

   —Eres mi jefa después de todo. Mi deber es preocuparme por ti.

   —Pues es sólo un chiflado. Por más que quiera, no podrá lastimarme. Más bien me sorprende que se haya tardado tanto en contactarme.

   —¿Y eso no te llama la atención? —Volví a preguntar, mirándola con seriedad. 

 

   Amanda adoptó un tono de voz más serio.

 

   —¿Sobre por qué tardó tanto? Pues, sí que me intriga. —Amanda se sostuvo el mentón, pensativa—. Si tiene la capacidad de actuar a esta escala, ¿por qué no lo hizo antes? Tuvo bastante tiempo para hacerlo.

   —Además que es un plan demasiado enredado. Nadie detectó el robo hasta que él mismo avisó a la policía. Todo está demasiado bien calculado para…

   —…para que actuara por si solo —concluyó ella.

   —¡Detective! ¡Venga a ver esto! —exclamó Ashba, sacándonos de nuestra conversación. Ambos nos acercamos a él mientras se apartaba de la pantalla—. ¿Esto significa algo para usted?

 

   En cuanto Amanda miró la pantalla, me fijé en una súbita transformación en su semblante. Su respiración se había tornado rápida, su frente se había empapado en sudor casi de inmediato y todo su cuerpo comenzaba a temblar. Se veía aterrorizada en todo el sentido de la palabra. Lentamente dio unos pasos atrás, sin quitar la mirada de la pantalla. 

 

   Miré yo también hacia la laptop, y leí las palabras que se encontraban ocultas en el dibujo de Axel, y que habían sido descubiertas por el Photoshop.

 

    MUELLE 21

 

   Amanda se llevó las manos a la cabeza, gritando de terror. 

 

   Después de eso, se desmayó.

 

 

   Habían pasado varias horas desde la crisis de Amanda. 

 

   Estábamos en la oficina, y la luz del atardecer atravesaba las persianas. Fue una reacción que nunca había visto en ella. Luego de su desmayo, la recostamos en la cama de Ashba, y en pocos minutos, se había recuperado. Sin mediar palabra, me tomó de la mano y nos fuimos del apartamento de los hackers. En cuanto entramos a la oficina, ella se dirigió hacia su cuarto, y permaneció encerrada allí desde entonces. No me dirigió la palabra en todo el camino de vuela.

 

   Eran demasiadas emociones juntas para que fueran procesadas al mismo tiempo. Lo que comenzó como un caso de extorsión y fraude electrónico, terminó convirtiéndose en un plan de venganza demasiado confuso. Axel conocía secretos de Amanda de los que aún no me había enterado, y conociéndola, no me los contaría aunque se los preguntara. Pero ¿qué clase de secretos conocía? ¿Y qué había en el Muelle 21? Sólo podía pensar en los puertos de las afueras de la ciudad, cada uno con infinidad de muelles. Si buscara el Muelle 21, tendría que revisar al menos cuatro puertos por separado. 

 

   También estaba el asunto de Ishtoshnikov. ¿Acaso ambos casos estaban relacionados? ¿Axel estaría detrás del falso secuestro? ¿Qué ganaría provocando un conflicto internacional? Eran demasiadas preguntas sin respuesta.

 

   En cuanto anocheció, Amanda salió de su cuarto lentamente. Tenía el rostro hinchado, y sus ojos estaban rojos. Juraría que ella había estado llorando.

 

   —¿Te sientes bien, Amanda? ¿Es el dolor de cabeza otra vez? —le pregunté acercándome a ella. Le toqué la frente pensando en que pudiera tener fiebre, pero no la sentí caliente.

   —¿Qué hora es? —preguntó somnolienta, quizá había dormido más de la cuenta.

   —Son las ocho y media…

   —Es tarde, Saltamontes. Vete a casa —dijo empujándome a la salida.

   —¿Segura que estás bien? ¿No quieres que me quede contigo?

   —Sólo quieres verme las pantaletas, pervertido. Largo de aquí. 

   —Pero…

   —¡Dije largo!

 

   Amanda me empujó fuera de la oficina y la cerró de un portazo. Suspiré y me fui a casa. Ella no me diría nada y no era buena idea presionarla. Además, debíamos esforzarnos en encontrar a Axel, o Slash pasaría una larga temporada en prisión. 

 

 

   A la mañana siguiente, llegué temprano a la oficina. Amanda ya estaba despierta, arreglada, y sin rastros de la mujer demacrada que había dejado la noche anterior. Era como si hubiera vuelto a su verdadero ser.

 

   —¡Llegas tarde! —me recriminó entre dientes mientras apagaba la pantalla de su computadora.

   —Tú madrugas demasiado. ¿Qué fue lo que ocurrió ayer?

   —Nada.

   —¿Cómo que nada? —la miré extrañado.

   —Lo que escuchaste: nada. No preguntes estupideces y prepárate para salir. Raimundo quiere hablar con nosotros.

 

   Mi jefa se levantó de su escritorio y comenzó a empujarme fuera de la oficina otra vez. Nos dirigimos a su auto, y ella condujo hasta la estación de policía. El comisario nos esperaba en su despacho.

 

   —Buenos días Amanda. —Raimundo se acercó y la abrazó mientras me extendía la mano a mí—. Encontramos algo interesante en tu grabación. Estas desquiciada para lanzarte al juego de ese tipo. Debiste esperar que te mandara apoyo.

   —Ya me conoces, Raimundo. Yo me rio del peligro. ¿Qué encontraste?

 

   Amanda sonaba jovial, como una adolescente a punto de comprar ropa nueva.

 

   —Recibí un informe de criminalística sobre el audio que enviaste. Analizaron los sonidos de fondo que se ocultaban en la grabación. Parece que esa llamada se hizo desde algún sitio donde se golpean cosas con frecuencia, además de hacer mucho eco.

   —¿Qué clase de lugar produciría sonidos así? ¿Alguna fábrica? —pregunté intrigado. 

 

   Amanda negó con la cabeza.

 

   —Tendría que ser un lugar con buena señal telefónica, y quizá buena conexión a Internet. Como un estadio… o incluso una pista de bolos —reflexionó ella, frunciendo el ceño y sosteniendo su mentón con la mano.

   —El estadio más cercano es el de beisbol, pero la clase de sonidos no concuerdan con un partido. La pista de bolos es más probable. —Raimundo se puso de pie y nos mostró un mapa de la ciudad, desplegado en la pared—. Hay alrededor de diez pistas de bolos en la ciudad, y revisarlas cada una nos quitaría tiempo y recursos. No tenemos más para seguir indagando.

   —¡Tal vez si tenemos! —exclamó ella sonriendo—. Pero vamos a necesitar una ayuda extra.

   —¿En quién estás pensando? Espero que no sea Slash.

   —¿Qué comes qué adivinas, cariño? —preguntó con picardía—. Incluso, pensaba en un par de amigos suyos que podrían ayudarnos sin ningún problema.

   —¡¿Te volviste loca?! ¡¿Piensas reunir a Los Pícaros?! —Raimundo se veía encolerizado. Una vena comenzaba a palpitarle en la frente.

   —Ellos son los únicos que pueden encontrar a Axel. Te apuesto que si trabajan juntos, podrían encontrarlo mucho más rápido de lo que piensas.

   —Ella tiene razón, comisario —intervine yo, antes de que él hablara—. Nosotros ya los encontramos, y también le tienen miedo a Axel. Creo que colaborarían con la policía si les ofrecen protección, además es la única alternativa que tenemos.

 

   Raimundo exhaló un suspiro mientras daba un paseo nervioso por su propia oficina. Estaba reconsiderando esa opción, y seguro que no sería fácil decidir.

 

   —Está bien, traeremos a esos dos hackers a la estación. Seguramente me patearán el trasero los de la alcaldía si se enteran de esto.

   —Tranquilo, Raimundo. No le va a pasar nada a tus pompis.

   —Enviaré a unos agentes por ellos. Dime en dónde viven.

 

   Amanda le dio la dirección al comisario y en poco tiempo fueron a buscarlos. Izzy y Ashba accedieron a colaborar movidos por el temor que les inspiraba Axel, más que por acatar las órdenes del comisario. Fueron guiados a la sala de interrogatorios y al cabo de unos minutos Slash también se unió, bajo custodia. Se reencontró cara a cara con sus antiguos compañeros de pandilla. 

 

   Raimundo me ordenó esperar en la sala contigua, detrás de la ventana.

 

   —Hola muchachos —saludó primero Slash, tratando de sonar jovial, aunque los nervios lo traicionaban.

   —Tiempo sin vernos —dijo Ashba.

   —No es algo que me interesara hacer en primer lugar. —Izzy sonaba enojado.

   —Muy bien, diré esto una vez, así que presten atención. —Raimundo impuso silencio entre los tres hackers, que lo miraron atentamente—. Sé que no les agrado a ustedes, y ustedes tampoco me agradan, pero tenemos a este psicópata suelto y quién sabe qué es capaz de hacer. Ya que ustedes le tienen tanto miedo, les propongo este trato: como no han cometido ningún crimen del que tenga conocimiento, les ofrezco personalmente los medios para que intenten rastrear a Axel y nosotros podamos capturarlo. Si lo logramos, les brindaré protección policial por su colaboración; pero eso sólo si me demuestran que puedo confiar en ustedes, y no cometen ningún crimen electrónico a mis espaldas. ¿Qué dicen?

 

   Los tres hackers se miraron y luego asintieron.

 

   —No tenemos muchas opciones, oficial —comentó Ashba.

   —Que quede claro que no lo hago por Slash. Lo hago porque Axel está loco. —Izzy se cruzó de brazos y apartó la mirada de su excompañero.

   —Entonces acompáñenme a Informática. Desde allí harán el trabajo.

 

   Los hackers comenzaron a salir de la sala, escoltados por dos oficiales de policía. Slash se detuvo en el umbral de la puerta, y miró a Amanda, que estuvo todo el tiempo al lado de Raimundo.

 

   —Amanda… gracias por todo lo que has hecho por mí —le sonrió a mi jefa. 

 

   Ella le devolvió la sonrisa.

 

   —Para veas que esta loba hambrienta siempre cuida de sus cachorros.

 

   Slash aulló como un lobo a la luna llena, antes de salir de la sala de interrogatorios. Amanda rio divertida ante esa ocurrencia.

 

   Nos dirigimos hacia una sala con varias computadoras interconectadas, donde Ashba, Izzy y Slash, quien ya no tenía las esposas, tomaron asiento y esperaron instrucciones. Raimundo les hizo saber sobre el video y los datos de la llamada grabada, y la ubicación del escondite de Axel.

 

   —Por medio de la llamada telefónica no podemos hacer mucho, pero Axel envió un mensaje a mi correo electrónico —explicó Ashba mientras se ajustaba sus anteojos—, quizá pueda rastrear la ubicación desde donde me envió el correo. Una cosa más comisario: analicé las compras de las computadoras que hice hace unas semanas. El vendedor borró todo rastro en la tienda online y de su billetera virtual. Tuvo que ser Axel quien me vendió los equipos. 

   —Todo lo tenía calculado. —Fue todo lo que dije. 

 

   Amanda asintió sin decir una palabra.

 

   Ashba activó una serie de programas que había cargado consigo en un disco duro externo, que la policía analizó previamente para evitar que tuviera algún programa malicioso. Mientras el tiempo pasaba, Ashba tecleaba a prisa mientras Izzy y Slash analizaban el dibujo de Amanda y el video de Axel que habían conservado. 

 

   —Tenemos que buscar el DNS de la conexión de red —aclaró Slash.

   —Tal vez escondió la IP en un navegador de cebolla —continuó Izzy.

   —Creo que tengo la ubicación exacta del servidor de Axel —anunció Ashba mientras seguía tecleando.

 

   Los hackers comenzaron a hablar en un lenguaje que yo no entendí. Pero nada de eso importaba. Lo que si importaba, era que Axel estaba siendo rastreado de forma efectiva por Los Pícaros, la misma pandilla que había creado. Si eso no era suficiente para atraparlo, entonces nada lo sería.

 

   Después de un rato, Ashba se levantó de un salto y flexionó los brazos como un fisicoculturista.

 

   —¡Soy invencible! —gritó mientras Izzy y Slash lo miraban de reojo.

   —¿Qué ocurre? —intervino el comisario Cabral, que no se había movido de su lugar desde que los hackers comenzaron su trabajo.

   —Encontramos la ubicación de la dirección IP. Sabemos desde qué computadora se conectó, y en qué parte exactamente. Lo mostraré en el mapa de la ciudad. —Ashba activó un mapa virtual de Google Maps de la ciudad, donde colocó las coordenadas, permitiendo un acercamiento al sitio exacto que había calculado. Efectivamente era una cancha de bolos, llamada “Pin Cinco”—. Allí está escondido Axel.

   —¿Entonces qué esperamos? —Amanda se apresuró a la puerta—. ¡Vamos por ese bastardo!

   —¡Tú no iras a ninguna parte, Amanda! —gritó el comisario—. ¡No permitiré que nada malo te pase! ¡Te quedarás en la comisaría!

   —¡Pero…!

   —No. Tú escúchame a mí. Eres una civil y estamos en una operación policial. No irás a ese lugar y punto. Enviaré a los agentes a arrestarlo de inmediato.

 

   Raimundo se dirigió hacia la puerta, le dedicó una última mirada a Amanda y salió. 

 

 

   Nos enteramos que un escuadrón de asalto de la policía había sido enviado a “Pin Cinco” para atrapar a Axel. 

 

   Los hackers, Amanda y yo, nos quedamos en la comisaría, esperando noticias del comisario, quien comandaba la operación personalmente. Las horas pasaban, y nosotros sólo podíamos esperar impotentes, pero yo me sentía satisfecho por saber que la colaboración con los hackers había rendido sus frutos. Tenía esperanza de que las cosas terminaran bien, y Slash sería libre una vez más.

 

   Hasta que llegó un nuevo correo electrónico de Axel.

 

   Ashba encendió el video que había recibido. Allí estaba nuestro sospechoso, sonriendo mientras la pantalla le iluminaba el rostro de forma espectral.

 

   —¡Bravo! ¡Bravo! No podía esperar menos de mi fabuloso equipo. Una lástima que todos están del lado equivocado de la pantalla —reía de forma desquiciada—. A estas alturas la policía debe estar detrás de mí, pero desafortunadamente para ustedes, yo ya no estoy en el país. Aunque soy muy generoso, por lo que les dejaré un hermoso regalo. Le envié a la policía toda la información que limpiará de culpas a esa ratita de Slash. Quizá se pregunten por qué estoy ayudándolo si mi objetivo era dejarlo pudrirse en prisión, pero no, mis querubines. Mi empleador tiene objetivos mucho más altos en mente, y mi queridísima detective Amanda es uno de ellos. Yo solamente me quiero divertir en este juego, y así como puedo beneficiarlos, puedo aplastarlos como cucarachas. Yo me despido, así que no se molesten en seguirme. Chaíto.

 

   Al terminar el video la pantalla de la computadora se apagó. Ashba intentó encenderla una vez más, pero fue inútil.

 

   —¡Ese maldito dañó la CPU! —gritó, exclamando maldiciones una detrás de otra.

 

   La peor noticia vino después, cuando Raimundo regresó de la operación. Su chaleco antibalas y parte de su cabello estaban sucios de polvo blanco.

 

   —Fue una trampa… colocó una bomba en la pista de bolos… tuvimos demasiadas bajas —musitó el comisario, antes de dejarnos una vez más.

 

   Amanda y yo nos miramos, sintiéndonos derrotados. Slash sería liberado, si Axel había cumplido su palabra, pero… ¿a qué costo?

 

 

   Amanda y yo caminamos en silencio hacia el auto. En cuanto abordamos, decidí que era el momento de hablarle. No podía quedarme callado más tiempo.

 

   —Jefa…

   —¿Qué quieres? —me respondió con los dientes apretados.

   —Tienes que hablar conmigo, Amanda. No puedes guardarme secretos… ¿qué es eso del Muelle 21?

 

   No me contestó.

 

   —¿Vas a decirme qué significa?

   —Me duele la cabeza, Fernando. Cállate.

 

   No me dirigió la palabra por el resto del día.

 

      ***¿CASO CERRADO? ***