La Detective Impertinente

Capítulo 3: El caso del disco de oro sangriento

   Semanas después del incidente de Axel, Slash fue liberado. Por sus antecedentes, quedó condicionado a presentarse mensualmente en la estación de policía. Desde entonces, la normalidad poco a poco volvió a la oficina, pero la inquietud de todo lo ocurrido aún persistía.

 

   Amanda guardaba muchos secretos que aún no compartía conmigo. Me sentía afectado por eso, ya que significaba que no me tenía suficiente confianza. Dejé de hacerle preguntas después de que me hiciera limpiar la cocina en castigo por mi insistencia. Desde entonces, decidí que investigaría por mi cuenta la conexión entre Amanda y todos los casos, y dejaría que ella me contara todo cuando estuviera lista. 

 

   En ese momento había sacado en claro varias cosas. La primera: había alguien que quería hacerle daño a mi jefa. La segunda: Axel no era un eslabón aislado, sino parte de una conspiración mucho más grande en contra de ella. Y tercera: ese alguien sabía demasiado sobre Amanda, tanto como para trastocarla mentalmente. Ese elemento faltante conectaba todos esos cabos sueltos, pero entonces no tenía idea de quién era esa persona. 

 

   «Quizá el comisario Cabral sepa algo más, pero no soy quién para irrumpir en su oficina y preguntarle como si nada», concluí.

 

   El trabajo continuó sin mayores incidentes. Decidí hacerme cargo del caso de la señora Lorena, ya que Amanda decidió que los casos de infidelidad no merecían su atención y no los atendería más. Me decía que eran aburridos, con horas largas de vigilancia afuera de una ventana a ver si capturaba a los amantes en el acto. 

 

   Ella pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación escuchando música a todo volumen mientras yo atendía la oficina. No era raro verla en shorts ajustados y camisetas deportivas cuando tomaba el espacio de la oficina para hacer ejercicio. Era incomodo verla estirar las piernas mientras organizaba mis informes.

 

   Por fin llegó mi día libre, y para olvidarme un rato de Amanda y su exhibicionismo, opté por salir a comprar los víveres. Gracias a un caso que nos fue pagado por adelantado, pude hacer compras para llenar la nevera. Ese día lo tomaría para relajarme, ver alguna película y despejar mi mente de todo el desastre que representaba mi jefa, y recargar mis baterías para encargarme de mis casos pendientes. 

 

   Me dirigí a un centro comercial donde tenían un supermercado, y compré la comida necesaria para no pasar hambre por un par de semanas. Salí del supermercado y caminé en frente de una tienda de televisores. En la entrada había un gigantesco televisor de pantalla plana con un canal de noticias. En ese momento entrevistaban a una cantante de pop que estaba sentada en una gran mesa, junto a varios representantes. Decidí quedarme a mirar un poco por simple curiosidad. 

 

   La artista se llamaba Melanie, una chica que no pasaría de los veinte años, rubia, con un mechón rojizo cayendo por el lado derecho de su cabeza. Su rostro se veía delicado, pero sus ojos de color azul dejaban salir mucha energía. Había escuchado algunas de sus canciones, pero la música pop no era algo que me llamara la atención.

 

   —¿Cómo se siente al haber ganado un Disco de Oro por su nuevo álbum? —preguntó un periodista fuera de cámara.

   —¡Me siento súper feliz! —Melanie sonreía con mucha naturalidad—. Ese premio no hubiera sido posible sin el apoyo de mis fans. Ellos son los verdaderos ganadores.

   —En los próximos días se celebrará un concierto donde recibirá el premio junto a otros artistas. ¿Lanzará un nuevo sencillo ese día? —continuaba el periodista.

   —Lanzaré una nueva canción para promocionar mi nuevo álbum. ¡Espero que me sigan apoyando para seguir cantando con más entusiasmo!

   —¿Y qué nos dice sobre las amenazas de muerte? —comentó otro periodista.

 

   Esa pregunta transformó a Melanie de forma inmediata. Se quedó mirando a la nada, su sonrisa se tornó nerviosa y no pudo emitir sonido alguno. Un hombre a su lado, de barba corta bien definida y anteojos, se acercó a su micrófono y comenzó a hablar.

 

   —Esos son rumores infundados. No hay nada que indique que Melanie sufrirá algún percance —decía el hombre con seguridad—. Ella estará presente en el concierto y recibirá su disco de oro como está planeado. 

   —¡Pero los rumores han sido insistentes!

   —Nos encargaremos con las autoridades competentes. Siguiente pregunta.

 

   Perdí el interés y continué mi camino a casa. Me detuve en una esquina esperando el cambio de luz. Del otro lado de la calle, vi a una mujer con un sombrero de ala ancha y lentes oscuros comiendo un helado. Se veía como una adolescente por su vestimenta (una minifalda y blusa combinada con una chaqueta colorida). Justo cuando ella cruzaba, una camioneta verde giró a toda velocidad y aceleró en dirección a la chica.

 

   ¡Tenía intención de arrollarla!

 

   —¡Cuidado! —grité mientras soltaba la bolsa con los víveres y corría hasta ella, que al mirar la camioneta acelerando, gritó también.

 

   Salté hacia ella y la sujeté. Nos arrojamos juntos a un lado y logramos esquivar por poco el vehículo, que giró por otra esquina. No me dio tiempo de ver la matricula. 

 

   —¡Idiota! —rugí a todo pulmón al misterioso conductor. 

 

   Miré a la mujer que yacía a mi lado. Su helado estaba derramado en el suelo, y su sombrero había caído lejos. Comenzó a incorporarse recogiendo sus lentes oscuros, y giró su cabeza a un lado y a otro.

 

   —¡Mi sombrero! ¿Dónde está mi sombrero?

 

   Me levanté del suelo y la ayudé a levantarse. Ella se limpió la minifalda y corrió para ponerse de inmediato el sombrero, cubriendo su cabello rubio y el mechón de cabello rojizo que le caía del lado derecho del rostro. 

 

   —Disculpe… ¿se encuentra bien? —Me acerqué para comprobar cómo estaba. En cuanto ella asintió, dije—: Creo haberla visto en algún lado…

   —¡Aquí no! ¡Por favor, no digas nada! —Fue todo lo que me dijo. 

 

   La chica me ayudó a recoger los víveres que estaban desparramados en el suelo y me pidió que la acompañara a un café cercano al centro comercial. 

 

   No había ninguna duda. Acababa de salvarle la vida a Melanie.

 

 

   Melanie ya se veía mucho más tranquila luego de casi ser arrollada por la camioneta. Se había quitado los lentes, pero mantuvo su sombrero puesto para evitar ser molestada por fanáticos que la reconocieran. Para romper el hielo, me presenté de forma cortés, a lo que ella respondió con una sonrisa mientras tomaba mi mano.

 

   —Gracias por salvarme, Fernando —contestó sin dejar de mirarme—. De no ser por ti, estaría muerta ahora mismo.

   —Lo importante es que no te pasó nada —le contesté mientras apretaba un poco más su mano, para brindarle seguridad—. Pero… ¿por qué estás sola? Yo pensaba que a los artistas siempre los cuidaban sus guardaespaldas.

   —Me escabullí del hotel para estar alejada un poco de todo. Me gusta mi trabajo, pero hay momentos en que quiero tomar un descanso y despreocuparme. 

   —Por lo que veo, es verdad lo de las amenazas de muerte. —Endurecí mi mirada hacia ella—. Deberías ser más consciente y quedarte con las personas en quienes más confías. 

   —Pero estuviste ahí para salvarme, como un caballero andante. —Melanie sonrió de la misma forma que ante las cámaras—. Voy a estar toda la vida agradecida.

 

   Miré mi reloj y vi que llevaba más tiempo en la calle del que preveía, tenía que volver a casa, y así se lo dije.

 

   —¡Por favor! No te vayas... —Ella puso ojos de cachorro triste—. Pueden intentar matarme otra vez.

   —Deberías llamar a alguien para que venga a buscarte.

   —No te preocupes, llamaré a mi manager. El vendrá rápido por mí, pero acompáñame hasta que llegue, ¿sí?

 

   Asentí mientras exhalaba un suspiro. Ella llamó a su manager desde su celular y esperamos. A los pocos minutos, un automóvil Sedan negro se detuvo frente al café y vi al hombre entrar, buscándonos con la mirada. Melanie le hizo una seña desde nuestra mesa y se acercó a nosotros.

 

   —¡Por Dios Santo! ¿Por qué nos asustaste así? —preguntó el hombre, que reconocí como el mismo que había interrumpido la entrevista—. ¿Por qué no te quedaste en el hotel? Si sólo querías comer algo hay bastante para pedir. No puedes perderte así.

   —Sí, lo sé, ya no me presiones más Sergio —dijo Melanie, luego me señaló a mí—. Te presento a Fernando. Él me salvó del loco de la camioneta.

   —Encantado. —Me estrechó la mano con firmeza—. Yo soy Sergio Lombardi. Supongo que ustedes dos ya deben haber hablado sobre… pues, todo.

   —Estoy al tanto, y no se preocupen, guardaré el secreto —afirmé—. Si no es mucha molestia, quiero recomendarle mis servicios como detective privado. Me gustaría colaborar en todo lo que pueda para ayudar a Melanie. Le daré mi número de teléfono.

 

   Escribí la dirección de la oficina y mi número de celular en una servilleta y se lo di al señor Sergio, quien se lo guardó en el bolsillo de su saco de vestir. 

 

   —Le estoy eternamente agradecido, Fernando. Tenga por seguro que lo visitaremos. —Se volteó hacia Melanie—. Ahora vámonos. Aún tenemos que cumplir una última sesión de fotos para algunas portadas de revistas, y con las últimas grabaciones del nuevo disco. Y no olvidemos la entrevista en…

 

   Vi a Sergio y Melanie montarse en el Sedán y ella, bajando la ventanilla de su asiento, me dedicó una mirada y un beso antes de desaparecer en una esquina. Después de eso, me fui a casa, aún sorprendido por todo lo que acababa de ocurrir. De ser una mañana de compras tranquila, a conocer a una famosa ídolo pop amenazada de muerte.

 

   «Amanda estará muy contenta cuando se entere de esta nueva clienta», pensé.

 

 

   A la mañana siguiente, me desperté horrorizado al saber que llegaría tarde al trabajo. Después de la compra y limpiar un poco la casa, me quedé dormido viendo películas hasta tarde. Ahora debía correr para no recibir el castigo infernal que Amanda seguramente me tenía preparado. Como yo no tenía auto, abordé un autobús, pero el tráfico estaba pesado y llegué a la oficina cerca de las nueve de la mañana. Tragué saliva y entré de inmediato. Lo que debía pasar, era mejor que ocurriera rápido.

 

   —Lamento el retraso, Amanda. —Me apresuré a cerrar la puerta—. El tráfico…

   —¡Pero si es el detective Salgado! ¡Ya era hora! —Amanda me sujetó de los hombros y comenzó a empujarme hacia el escritorio mientras hablaba con los dientes apretados— ¡Por favor, siéntese! ¡Los clientes lo están esperando!

 

   Amanda me sentó con fuerza en su silla tras el escritorio. Frente a mí, estaban Sergio Lombardi y Melanie. Él se veía serio, limpiando sus lentes con un pañuelo mientras Melanie me veía sonriente, con un inusual brillo en sus ojos.

 

   —Voy a preparar un poco de café. Ya vuelvo —canturreó Amanda mientras desaparecía en la puerta de su cuarto.

   —Su asistente es muy eficiente, detective —comentó Sergio, poniéndose sus lentes.

   —¿Mi… asistente? —dije con la voz quebrada. Ahora sí que estaba en un aprieto.

   —Al principio tuve mi inquietud por no conseguir ninguna publicidad de su oficina, pero Miranda fue muy insistente en que viniéramos a verlo. Me agrada saber que ella conoció a alguien de fiar.

   —¿Miranda? ¿No te llamas Melanie? —La miré confundido. Ella negó suavemente con la cabeza.

   —No. Melanie es mi nombre artístico. Mi nombre real es Miranda Osorio. 

 

   Se veía cautivadora con su sonrisa, como si de verdad sonriera con ganas.

 

   —Nos gustaría a la agencia que represento y a mí contratar sus servicios para investigar estas amenazas de muerte. Estamos tratando de minimizar este problema en los medios para no generar alarma en los fans y dañar su carrera, pero nos estamos tomando estas amenazas muy en serio —concluyó Sergio, a lo que yo asentí interesado. 

 

   Poco antes de que yo pudiera abrir la boca, Amanda apareció ante nosotros con tres tazas humeantes en una bandeja. Sergio aceptó gustoso su taza y bebió un sorbo, pero Miranda apartó la mirada disgustada cuando mi jefa le ofreció una. Luego, me ofreció la tercera taza y se paró a nuestro lado bebiendo la que Miranda había rechazado.

 

   —Adelante, no se fijen en mí. El detective Salgado debe estar muy interesado en el caso de Miranda. 

   —¡Para ti, soy Melanie! —exclamó ella de forma cortante.

   —Un momento, calma —intervine de inmediato, antes que Amanda se lanzara hacia su yugular—. Señor Sergio, por favor, continúe.

   —Le explicaré con más detalle, detective —dijo él mientras yo bebía un sorbo de mi taza  y sentía un gusto desagradable en la boca. Me di cuenta con horror que Amanda me había servido agua hervida—. Nuestra agencia de talentos, Estrellas Brillantes, ha iniciado la carrera de muchos artistas incluida Miranda, por lo que es habitual que existan fanáticos locos que envíen amenazas de muerte que nunca se cumplirán. Pero en esta ocasión, el acosador ha enviado amenazas con más frecuencia hasta que ocurrió lo de ayer. Nuestro jefe quiere mantener este problema en el más bajo perfil posible, para que la imagen de la agencia no se vea afectada mientras buscamos darle la mejor protección a Miranda.

   —Comprendo lo que dice, pero debo informarle que si aceptamos el caso y es más complicado de resolver, llamaremos a la policía. De todas formas haremos lo que sea posible. —Asentí a ambos, Miranda se veía cautivada por mi forma de hablar. 

 

   Sergio bajó la mirada pensativo y a los pocos segundos me miró de vuelta.

 

   —Estoy de acuerdo, detective.

   —Ahora me gustaría que…

   —¡Tomaremos el caso! —interrumpió Amanda con una sonrisa amplia mientras posaba una mano en mi hombro. 

 

   Sentí sus uñas clavándose en mi piel y me costó un montón soportar el dolor.

 

   —Entonces no queda más que decir. 

 

   Sergio se puso de pie y yo hice lo propio para acompañarlos a la puerta. Miranda se colocó entre Amanda y yo, tomándome del brazo de forma muy cariñosa.

 

   —¡Sabía que podíamos contar contigo, cielo! ¡Me siento mucho más segura! —afirmó ella mientras me miraba con dulzura.

   —Estaremos en el Hotel Presidente Plaza durante el día de hoy. Miranda debe posar en traje de baño para un calendario y estaremos libres para el mediodía. Espero contar con usted allí.

 

   Sergio me estrechó la mano y Miranda me dio un beso en la mejilla. 

 

   Cerré la puerta luego de que ambos se fueran, y en ese momento sentí como una corriente eléctrica de temor me recorrió la columna. Lentamente me giré y vi a Amanda mirándome con los brazos cruzados, y el ceño fruncido. Sonreía macabramente.

 

   —Conque Detective Salgado, ¿no es verdad?

   —Puedo explicarlo…

 

   Amanda miró su reloj de pulsera.

 

   —¡Oh, qué curioso! ¡Son casi las diez! El detective Salgado debe sacar la basura, limpiar mi habitación, lavar el inodoro y llevar mi ropa a la lavandería antes de ir al hotel. Cuánto trabajo por hacer…

 

   Exhalé un suspiro, sintiéndome derrotado.

 

 

   El manager nos esperaba en la recepción del hotel; nos dirigimos a la piscina. Hallamos a Miranda en un hermoso traje de baño amarillo que dejaba su abdomen al descubierto, y se cruzaba detrás de su cuello para cubrir su pecho. Los fotógrafos captaban su imagen en diversas poses. Detrás de ellos el resto del personal cuidaba la iluminación de la piscina, cerrada al público para esa sesión de fotos.

 

   En cuanto nos vio, Miranda nos saludó con la mano y corrió hacia nosotros, tomándome del brazo y besándome efusivamente en la mejilla mientras me separaba de Amanda y Sergio. Terminé sentado con ella en una mesa cercana.

 

   —¡Qué bueno que pudiste venir! Le dije a Sergio que te dejaran pasar para que no  esperaras. Hay  muchos fans que quieren colarse y la seguridad es bastante fuerte.

 

   Sonreía ampliamente, mostrándome sus dientes blancos y bien perfilados. Me sonrojé por lo atractiva que se veía en su traje de baño y me esforcé por distraerla de su evidente interés en mí.

 

   —¿Ha ocurrido algo durante el día? —le pregunté mirando a Amanda a lo lejos, quien comenzó a tomarse fotos con el resto del staff. «Por favor, no empieces», pensé avergonzado.

   —No ha pasado nada desde que empezamos la sesión. La verdad ya estoy cansadísima de posar, y tú me diste la oportunidad de descansar, mi amor.

 

   Una mujer rubia vestida de forma sobria, como una secretaria, se acercó a Miranda con un vaso lleno de jugo. Ella tomó un sorbo y para mi sorpresa, le vació el jugo encima a la mujer mientras le gritaba enfurecida.

 

   —¡Ya te dije que quería jugo de parchita y no de mango! ¡Eres una inútil!

   —Pero… es lo único que había…

   —¡No quiero excusas! ¡Lárgate! —Miranda seguía mirándola con furia mientras la mujer se alejaba tratando de sacudirse la bebida de su ropa—. Lo siento, Fernando. Es difícil encontrar gente que sea eficiente. De no ser por Sergio, hace tiempo me hubiera ido a otra agencia.

 

   El manager y Amanda se aproximaron a nosotros. Él tenía el ceño fruncido, pero habló de una forma tranquila.

 

   —Ya te he dicho que no trates a Nancy de esa forma, Miranda. Ella es una de nuestras empleadas más eficientes. —Se giró a hablar con Amanda—. Detective Manrique, espero lamente la confusión de ayer. Confiamos en que usted y el… detective Salgado resuelvan esta situación.

 

   Esa pausa era más que suficiente para saber que Amanda ya le había dicho quién mandaba en la oficina. Miranda no lo notó.

 

   —Si lo desean, pueden pedir un almuerzo. La agencia pagará los gastos.

   —¡Uf! ¡Menos mal! Ya estaba teniendo un antojo de pizza con piña que no tiene idea —dijo Amanda entre risas mientras le daba una palmada en la espalda al desdichado manager. 

 

   Un hombre bastante robusto, de incipiente calva y traje realmente caro, se aproximó a nosotros. Era imposible no notar su presencia.

 

   —Hola Sergio, ¿ellos son los detectives que me mencionaste? —preguntó saludando al manager con un apretón de manos.

   —Detectives, les presento al señor Mauro Herrera, el dueño de la agencia de talentos Estrellas Brillantes.

   —Les agradezco mucho que se encarguen de la seguridad de Melanie y atrapen al maniático —dijo mientras encendía un enorme tabaco—. Es nuestro mejor talento y queremos que se sienta segura con nosotros.

   —¡No se preocupe! —exclamó Amanda con orgullo—, nosotros encontraremos a ese delincuente antes de que le haga daño a Miranda.

   —¡Es Melanie! —contestó ella cruzándose de brazos.

   —Como sea —replicó Amanda mientras usaba su celular para tomarse otra foto, teniendo a la cantante de fondo.

   —¡Vámonos de aquí, Fernando! —Miranda me tomó de la mano y me arrastró fuera de la piscina—, hablemos en mi habitación lejos de los metiches.

 

   Amanda me miraba aguantando la risa mientras se despedía con una mano.

 

   —¡Mejor ponte a buscar pistas en su cuarto en lugar de su escote! —gritó. 

 

   Yo deseaba ahogarme en la piscina por la vergüenza.

 

   Miranda me guió todo el camino. Subimos hasta el tercer piso del hotel y entramos a su cuarto. Era  bastante elegante, digno de un hotel cinco estrellas como el Presidente Plaza. Me senté en un sofá tan cómodo que hubiera podido dormir en él.  Parte del costoso mobiliario era un escritorio en una esquina.

 

   —Ya vuelvo, cielo, voy a cambiarme —dijo Miranda, guiñándome de forma pícara.

 

   Mientras esperaba, me acerqué al escritorio, donde encontré un lote de fotografías de Miranda en primer plano, cantando con entusiasmo sobre un escenario. Todas estaban autografiados en marcador negro con un trazo bastante sencillo. Junto a las fotos había dos marcadores de color negro y rojo, respectivamente.

 

   —Ya estoy lista, mi amor. —Miranda salió de su habitación vestida con jeans ajustados y un top, con una elegante chaqueta corta de color negro—. ¿Te gustaron mis fotos? Te puedes llevar las que gustes, e incluso te puedo hacer otras sólo para ti.

   —Mejor hablemos del caso, ¿te parece? —pregunté nervioso, sentándome en el sofá. Ella se sentó a mi lado. Estábamos literalmente pegados—. ¿Desde hace cuánto tiempo estás recibiendo las amenazas?

   —Desde hace unos meses, no recuerdo bien. —Hizo un gesto pensativo—. El que sabe más de eso es Sergio. Él conserva todas las cartas que me han llegado.

   —¿Y sospechas de alguien en particular? ¿Tienes algún enemigo?

   —No que yo recuerde… Oye, mejor hablemos un poco de ti. ¿Desde cuándo te dedicas a ser detective? —Volvió a sonreír mientras acariciaba mi pierna con la suya. 

 

   Carraspeé un poco por los nervios, tratando de separarme un poco.

 

   —Pues… ya lo olvidé —comencé a reír, mirando hacia la puerta. Por primera vez, deseaba que apareciera Amanda para interrumpirnos.

   —¿Y esa chica, la tal Amanda, te gusta? ¿Es tu novia? —La voz de Miranda se tornaba amarga al mencionarla—. Es una desvergonzada, no te guarda ningún respeto. —Se aproximaba hacia mí, como una gata a punto de atacar a su presa—. Necesitas a una mujer que te respete por ser un hombre tan valiente, no a una grosera que sólo se ríe de ti. ¿No lo crees así, cariño?

 

   Poco a poco comenzó a acercar sus labios a los míos mientras que yo, sudando por montones, rogaba por un milagro. Y como si mis plegarias fueran escuchadas, tocaron a la puerta. Miranda se levantó gruñendo de rabia mientras abría.

 

   —¡Qué quieres! —le gritó a Nancy, que entraba con un carrito con comida—. ¿Qué no ves que estoy ocupada?

   —Lo siento mucho, señorita Melanie. El señor Mauro me ordenó traerle la comida.

 

   Nancy se acercó hacia el escritorio, y dejó el carrito cerca de él. Luego se retiró rápidamente. La compadecí por soportar el mal genio de Miranda.

 

   —Es una desconsiderada. Ni siquiera te trajo comida. Es de lo peor.

 

   Miranda tomó el plato de comida y lo puso sobre el escritorio. De pronto me fijé en que había algo escondido bajo el plato. Era un pedazo de papel. Me acerqué y lo desplegué para que ella lo viera. Nos sorprendimos al ver el mensaje escrito con marcador azul.

 

    «Vas a morir».

 

   —¡Fue ella! ¡La voy a matar! —gritó Miranda mientras corría rumbo a la puerta.

   —¡Espera! ¡No te precipites!

 

   La seguí por el pasillo intentando alcanzarla, pero ya me llevaba ventaja. Al girar por el pasillo, de pronto vi a Miranda tropezar con Amanda, la ignoró y volvió a correr hacia el ascensor abierto detrás de mi jefa, entonces las puertas se cerraron. Amanda y yo corrimos escaleras abajo, justo a tiempo para verla salir del ascensor y mirar a ambos lados. Vimos al señor Mauro, Sergio y Nancy conversando con un grupo de hombres de traje y corbata. Sin mediar palabra, Miranda se lanzó contra Nancy mientras le gritaba todo tipo de insultos. La pobre asistente no pudo defenderse del ataque sorpresa.

 

   —¿Qué diablos significa todo esto? —bramó el señor Mauro—. ¡Melanie, compórtate!

   —¡Fue ella! ¡Es la que me quiere matar! ¡Asesina! —gritó sujetándola del cabello. 

   —¡Ya basta! Estás haciendo un escándalo. Suelta a Nancy y compórtate.

 

   Amanda y Sergio se arrodillaron para ayudar a la asistente a levantarse, mientras que el señor Mauro se disculpaba con los hombres de traje. Con la cantidad de personas cerca de nosotros mirándonos, el escándalo estaría en los periódicos al día siguiente.

 

   —¿Por qué la ayudan? ¡Es la asesina, me dejó la carta! —gritaba Melanie fuera de sí.

   —Serénate un poco. Quiero escuchar lo que ella tiene que decir, así que baja los ánimos —pidió Amanda, luego de comprobar que Nancy estaba bien.

   —¿Y te haces llamar detective? ¡No te pagamos para que ayudes a esta delincuente! 

   —Yo pienso que eres una cantante mediocre, y no me ves quejarme.

   —¡Silencio! —Una vena palpitaba en la frente de Sergio—. Melanie compórtate, ¡ahora!

 

   Miranda dejó salir un gruñido de frustración mientras volvía hacia su cuarto. El señor Sergio se excusó con nosotros y la siguió, dejándonos solos con el señor Mauro y Nancy. Los otros hombres se habían retirado. 

 

   —Saltamontes, mejor cuéntanos tú lo que pasó, pero te ruego que dejes las escenas picantes para el extra del DVD.

 

 

   Luego de poner al tanto a todos sobre la carta amenazante, Amanda y yo volvimos a la habitación de Miranda. El señor Sergio tocaba la puerta insistentemente, pero ella no contestaba.

 

   —Desde que llegó, se encerró en su cuarto —contó el manager, frustrado—. No quiere hablar conmigo.

   —Lo intentaré yo. —Me acerqué a la puerta y toqué levemente—. Abre, por favor. Soy yo —dije, esperando que pudiera escucharme desde el otro lado—. Necesitamos hablar contigo.

   —¡Lárguense! ¡Déjenme sola! —gritó Miranda entre sollozos. 

 

   Yo me mantuve firme.

 

   —Necesitamos decirte lo que hemos hablado. Por favor, déjanos entrar. Hazlo por mí.

 

   Miré de reojo a Amanda, que se llevaba un dedo a la boca en señal de nausea. Sé que estaba sonando cursi, pero me pareció de mal gusto su reacción. Miranda abrió la puerta lentamente. Tenía los ojos rojos por las lágrimas. Nos miró uno a uno para terminar mirándome a los ojos.

 

   —Sólo quiero que pases tú, Fernando.

   —No, pasaremos todos porque es importante —le contesté con firmeza, pero sin elevar mi voz.

 

   Luego de pensarlo un poco, nos dejó pasar a la habitación, evitando mirar a Amanda. Nos sentamos en el sofá, pero mi jefa se acercó hacia el escritorio, mirando las fotografías.

 

   —Es verdad que Nancy se ve como sospechosa, pero no podemos acusarla hasta tener más pruebas. Es posible que ella sólo trajera esa carta sin darse cuenta —le dije a Miranda de forma conciliadora—. Nosotros haremos nuestro trabajo, pero no debes ser tan impulsiva.

   —Detective, tengo conmigo copias de las cartas amenazantes —intervino el señor Sergio—. Las originales están en la agencia, pero puedo entregarles las que tengo. 

   —Fernando… ¿de verdad confías en mí? —sollozó Miranda.

 

   Noté como Amanda se agachaba a un lado del escritorio a recoger algo.

 

   —Sí, confío en ti. Sólo te pido que te mantengas calmada y nos ayudes a atrapar a ese acosador.

   —Entonces me calmaré, pero sólo por ti. —Me tomó de las manos, mirándome arrepentida.

   —Disculpa, ¿puedo preguntarte algo? —dijo Amanda, volteándose hacia nosotros.

   —¿Qué quieres? —contestó Miranda con agresividad, después bajó la mirada recordando lo que acababa de prometerme.

   —Tranquila, no quiero pelear. —Amanda agitó su mano, restándole importancia a su actitud—. Sólo quería saber si puedo llevarme una de estas fotos autografiadas. 

   —Haz lo que quieras.

 

   Acordamos con el señor Sergio llevarnos las copias para analizarlas, y nos fuimos de la habitación de hotel. Me sentía algo aturdido después de todo lo que había pasado en tan pocas horas, y concluí que lo mejor era discutir el caso en la oficina. Miré a mi jefa, que sonreía de forma pícara.

 

   —Amanda, dime qué recogiste del suelo. —La miré inquisitivo.

   —Pensé que nunca me lo preguntarías, Saltamontes.

 

   Amanda sacó de su bolsillo un objeto cubierto con su pañuelo: un marcador de color azul.

 

 

   Nos sentamos frente a frente en la oficina mientras veíamos las evidencias que recogimos ese día. Por un lado, una fotografía autografiada de Miranda; al centro, las cartas amenazantes que nos entregó el señor Sergio; y al otro lado, el marcador azul. Amanda me miraba con los brazos cruzados, preparada para mi evaluación del día.

 

   —Dime, Saltamontes, ¿qué se te ocurre al mirar las pistas?

   —En primer lugar, sospecho que hay alguien dentro del círculo de Miranda que quiere matarla —comenté mirando las copias de las otras cartas y la nueva amenaza—. También que es alguien muy listo, porque sabe aprovechar oportunidades. Y por último, que intenta acercarse a ella lo más posible, tal vez para disfrutar su miedo.

   —No es una mala aproximación. Veo que estás aprendiendo —me dijo Amanda con una sonrisa—. ¿Es todo lo que puedes imaginar?

   —Sí, no se me ocurre nada más. 

 

   Mi jefa exhaló un profundo suspiro.

 

   —Para todos tus errores pasados, esta fue una buena deducción, ahora contéstame esta pregunta: ¿Cuántos marcadores viste en la habitación?

   —Pues había tres marcadores: uno negro, uno rojo y el azul que encontraste —respondí, señalando el marcador sobre el escritorio. 

   —¿Estás definitivamente seguro, Saltamontes? ¿No quieres llamar a un amigo y usar tu comodín? —preguntó Amanda de forma sarcástica, aludiendo al famoso programa de concursos de la televisión.

   —¡Espera! —Abrí los ojos aún más al darme cuenta del detalle al que Amanda aludía—. ¡Cuando llegué vi sólo dos marcadores!

   —¡Muy bien! —Mi jefa aplaudió—. ¡Acertaste! ¡Te llevaste los cien millones!

   —Pero no entiendo qué significa exactamente. Tú lo encontraste en el suelo, por lo que fácilmente se pudo haber caído.

   —O alguien lo sembró para hacernos creer eso. Nunca descartes toda posibilidad, ya que “una vez que descartas lo imposible, lo que queda debe ser la verdad”.

   —No sabía que te gustaba leer a Conan Doyle.

   —No me gusta. Lo leí en “Phoenix Wright” —concluyó Amanda con una sonrisa pícara—. Ahora lo siguiente es: ¿Quién puede ser tan astuto como para acercarse tanto a Melanie y hacerle daño? Estuve viendo las fotos que me tomé con todos los trabajadores que pude para intentar hacer un perfil, pero parece que ninguno tiene tanta confianza. 

   —¿Para eso te tomaste todas esas fotos?

   —¡Claro, tonto! Así puedo reconocerlos si acaso los veo cerca de Melanie. Pero me parece que quien sea que esté acosando a nuestra diva, es alguien que está aún más cerca de ella. Puede ser el tal Mauro, también Nancy o incluso Sergio. Todos ellos están cerca, y para eso necesitamos que tengan algo muy importante, ¿y qué es ese algo, Saltamontes?

   —Creo que te refieres a un motivo —contesté luego de pensarlo un poco. 

 

   Amanda ahora me miraba con orgullo.

 

   —Exacto, pero necesitamos más evidencias antes de señalar a alguien, y es aquí donde haremos nuestro plan. Ven conmigo. —Se puso de pie mientras iba a su habitación. En cuanto entramos, me lanzó su teléfono celular, que atajé en el aire por acto reflejo—. Voy a probar suerte como modelo. El jefe de Melanie me ofreció un empleo en su agencia y vamos a crear un portafolio, así que captura mi lado más sexy, señor fotógrafo —concluyó mientras se quitaba la ropa. 

 

   Yo aparté la mirada sonrojado.

 

   Así me convertí en un fotógrafo de modelaje improvisado. Tomé fotos de Amanda en todo tipo de poses atrevidas y sensuales, ya fuera usando ropa interior o traje de baño. Luego de que terminamos, mi jefa aprobó algunas de las fotos y decidió guardarlas en la computadora para hacer un CD y llevárselas al señor Mauro.

 

 

   Amanda y yo decidimos trabajar por separado al día siguiente. La fecha del concierto de Miranda se acercaba, y pensábamos que el acosador podría aparecer de un momento a otro, por lo que me ordenó que la siguiera en todo momento y vigilara a todos aquellos que pudieran hacerle daño. Ella iría a la agencia de talentos luego de haber acordado hablar con el señor Mauro. Me comuniqué con el manager de Miranda y estuvo de acuerdo en que los acompañara, por lo que esa mañana salí muy temprano de mi casa rumbo al hotel Presidente Plaza para empezar la jornada del día.

 

   En cuanto llegué al cuarto de Miranda, ella me arrastró al interior, pegó su mejilla contra la mía y nos tomó una selfie. 

 

   —¿Por qué fue eso? —La miré extrañado.

   —Quiero compartir con mis fans lo feliz que estoy porque hayas venido. Todos mis seguidores en Instagram van a morir de la envidia —rió de forma pícara, en contraste a su mal genio del día anterior—. Ahora mejor nos vamos, porque Sergio me regaña todo el tiempo si llego tarde a algún lado.

 

   Nos dirigimos a la recepción del hotel, donde el señor Sergio nos esperaba con una agenda en la mano. 

 

   —Buenos días detective, me alegra que decidiera acompañarnos. —Nos estrechamos las manos, y luego comenzó a hablarle a Miranda—. Hoy tendremos un día muy ajetreado. Tenemos que filmar el video de tu programa en restaurantes de comida rápida, acudir al ensayo de tus canciones,  ir a la entrevista en la radio y también…

   —Este será un día muy largo —murmuré en voz baja mientras suspiraba resignado.

 

 

   Pasamos toda la mañana cumpliendo el itinerario arreglado para Miranda. Nunca había imaginado la gran presión que una artista como ella tendría que soportar para complacer todos los compromisos y a los fans que la seguían. 

 

   Ella me tomaba fotos a cada instante y las subía a Instagram, generando miles de reacciones y comentarios; además de chismes sobre quién era yo. Se supone que la discreción es la base de un buen detective, así que no me sentía cómodo.

 

   Mientras avanzaba el día, Amanda me enviaba mensajes a mi celular. 

 

   Había acudido a la agencia de talentos Estrellas Brillantes y conversado con el señor Mauro Herrera. Él le había ofrecido trabajo nada menos que en revistas para adultos. Lejos de escandalizarse, Amanda aceptó las ofertas, pero en lugar de firmar ningún contrato, aprovechó un momento en el que él se distrajo para buscar pistas en su oficina a escondidas. Me dijo que encontró un par de pistas interesantes, y la posibilidad de un nuevo sospechoso. 

 

   Miranda había comenzado su carrera con un dúo de hip hop llamado “Melikel”, pero se separaron en muy malos términos. El chico que la acompañaba, que llamaban Kel en ese entonces, se dedicaba al rap de forma independiente. Investigué sobre él en Internet y pude ver que ya era un artista de renombre de la misma edad de Miranda, pero ahora con aspecto de artista callejero, usando gorra de medio lado y camiseta de basquetbol. 

 

   «Quién sabe qué debe estar pensando sobre Miranda y su éxito actualmente», razoné, por lo que lo incluí en nuestra lista de sospechosos.

 

   Hicimos todo tipo de actividades. Pese a estar bajo amenaza de muerte, Miranda era experta escondiendo su miedo y mostraba su sonrisa al mundo. Todo lo que podía hacer era admirarla por su dedicación. Miraba a todas las personas que interactuaban con ella buscando algún indicio del acosador, pero no contaba con ninguna otra pista. Las personas que estaban más cerca de Miranda en su día a día eran el señor Sergio y Nancy, su asistente. Miranda la maltrataba seguido gritándole por todo, y estoicamente la asistente continuaba su labor. La compadecí por todo lo que debía soportar. 

 

   Cerca del atardecer, viajábamos en el auto del señor Sergio rumbo a una estación de radio. Miranda me abrazaba como una niña pequeña a un oso de peluche. A los pocos minutos de llegar, ella entró en la cabina del presentador lista para comenzar la entrevista. Yo estaba agotado por todo el ajetreo y sentía que mis ojos se cerraban del cansancio. Me despertó el vaso de café negro que el señor Sergio me ofreció, sentándose a mi lado mientras esperábamos que Miranda terminara su entrevista.

 

   —Le agradezco mucho que se haya tomado esta molestia, detective —dijo él luego de beber un sorbo de su café—. Hasta ahora no ha pasado nada, lo que es bueno.

   —Tal vez, pero no pude conseguir ninguna pista —comenté.

   —Desde que nos acompaña, Miranda ha sonreído de manera más natural, así que no sienta que ha perdido el tiempo. —Me animaba—. Desde hace tiempo, ella había estado algo deprimida, más cuando empezaron las amenazas, pero desde que usted la está acompañando ella se ha transformado. Aquí entre nos, creo que ella confía mucho más en usted que en mí.

   —Ya veo… —dije mientras miraba a Miranda desde la cabina del técnico de sonido—. Parece que usted me ha dado una pista muy importante sin darse cuenta, señor Sergio.

   —¿Lo hice? —Me miró sorprendido—. Entonces el día no se ha perdido para usted. Espero que su colega también descubra algo nuevo.

 

   Aproveché de hacer una nueva búsqueda sobre “Melikel”, y hablé sobre el tema con el señor Sergio. Él me confirmó lo que Amanda había averiguado por su cuenta, pero había algo más: Miranda y Kel nunca tuvieron problemas. Fueron las diferencias creativas entre Kel y el señor Mauro las que provocaron la separación, por lo que no había motivos para que él le deseara algún mal a ella

 

   Una vez que terminó la entrevista, nos dirigimos a la estación de televisión “BStudio”, donde Miranda participaría en un programa nocturno de variedades en vivo. Mientras se realizaba la entrevista, salí al pasillo para llamar a Amanda, que no se había comunicado conmigo durante el resto de la tarde. En cuanto me contestó, escuché un estruendo musical del otro lado de la línea. 

 

   —¿Amanda, me oyes? —le hablé a mi jefa lo más alto que pude—. ¿De dónde viene esa música?

   —¡¿Hola?! ¡¿Saltamontes?! ¡¿Eres tú?! —Amanda gritaba del otro lado de la línea.

   —¡Que la música está muy alta!

   —¡No te oigo! ¡La música está demasiado alta! ¡Hablamos luego! 

 

   Amanda colgó. Miré el teléfono sintiéndome estúpido por la conversación que habíamos tenido. Por fortuna, no me habían visto. Poco después, Miranda y el señor Sergio salieron del estudio. La entrevista había terminado.

 

   —Es todo por hoy, detective. Nos vamos al hotel, y podemos llevarlo después a su oficina. —Sergio me estrechó la mano como agradecimiento—. Iré a encender el auto.

   —¡Acompáñame al camerino, cielo! —Miranda volvió a arrastrarme del brazo—. Apenas recoja mis cosas nos vamos.

 

   Una vez en el camerino, ella cerró la puerta mientras la esperaba afuera. Intenté llamar a Amanda una vez más, pero fue en vano. Al menos, el día había terminado y podría tomar una buena ducha para dormir antes de seguir con el caso.

 

   O eso pensé.

 

   Un grito de terror se escuchó desde el camerino. Forcé la puerta con todas mis fuerzas y logré abrirla. Lo que vi en ese momento me heló la sangre.

 

   Miranda estaba en el suelo y junto a ella había una persona de pie, sosteniendo un cuchillo que, desde donde me encontraba, se veía limpio. Los vidrios del espejo del camerino estaban esparcidos por el suelo. Vestía un overol de trabajo del estudio y tenía la cara cubierta por una gorra puesta con el visor hacia abajo, por lo que no pude mirarlo bien. El sujeto se lanzó contra mí y me empujó, haciéndome caer. Me levanté de inmediato y lo perseguí por los pasillos del canal. Por un momento lo perdí de vista hasta que noté las puertas de las escaleras de emergencia cerrarse. Bajé corriendo las escaleras mientras notaba la silueta del acosador bajar a toda prisa rumbo al estacionamiento. En cuanto llegué, no pude ver a dónde se había dirigido, hasta que una camioneta verde casi me atropelló. La misma siguió hacia la salida y desapareció de mi vista. En cuanto me incorporé, corrí de vuelta hacia el camerino. Temía por la vida de Miranda, seguro de que había ocurrido lo peor bajo mis propias narices.

 

   Al llegar, encontré al señor Sergio ayudándola a sentarse en el suelo. Tenía sangre en su frente, que corría por su mejilla, pero aparte de eso, estaba despierta. El acosador había roto el espejo azotando la cabeza de ella contra el vidrio. En cuanto Miranda me miró, me abrazó con fuerza y comenzó a llorar. Esto bastó para sentirme destruido por dentro, porque había fallado en protegerla.

 

   —Vamos, Miranda… acompáñame para que te vean los paramédicos —dijo el señor Sergio mientras la llevaba fuera del camerino. 

 

   Mientras era evaluada en una ambulancia a la salida del estudio, mi teléfono volvió a sonar. Era Amanda, quien me preguntó cómo me había ido, así que le conté todo. 

 

   —Ve a casa a descansar. Mañana vamos a terminar esto de una vez por todas. —Colgó el teléfono. 

 

 

   A la mañana siguiente, llegué temprano a la oficina. Amanda me recibió ya lista, mostrándome una transmisión de noticias desde su computadora. Los medios estaban explotando la noticia del ataque a Miranda en el estudio de televisión, y la noticia fue compartida en Twitter de forma explosiva. Mi jefa llamó al señor Sergio y le pidió que organizara una rueda de prensa. Después llamó al número personal de Raimundo, pero luego de unas cortas frases, Amanda colgó el teléfono. 

 

   —¿Qué te dijo? ¿Va a ayudarnos? 

   —Olvídate de Raimundo por ahora, Fernando. Vamos.

 

   Cuando Amanda está de mal humor deja de llamarme “Saltamontes”. 

 

   «¿Qué clase de problema es este?», me pregunté mientras íbamos al hotel.

 

   En poco tiempo, se había organizado una rueda de prensa en uno de los salones amplios del hotel. Miranda se veía seria y determinada. Sólo desentonaba en su imagen el parche en su frente, donde estaba la cicatriz producida por el ataque. Hablaba fuerte y claro, anunciando lo que mi jefa le había pedido que dijera: que sus compromisos serían cumplidos y que habían descubierto quién era el acosador. Amanda me comentó sobre todas las pistas que había encontrado, y llegamos a la misma conclusión: ya sabíamos quién era el misterioso atacante, pero debíamos desestabilizar su fachada. La rueda de prensa le haría cometer más errores.

 

   Al poco tiempo, llegó el señor Mauro al hotel, parecía lívido de preocupación. Mi jefa decidió reunir a todos los involucrados en un pequeño salón, acompañados de varios guardias de seguridad. Allí estábamos Amanda, Miranda, Sergio, Mauro, Nancy y yo.

 

   —Imagino, mi muy estimado público, que se preguntarán por qué los he reunido aquí —disertó Amanda—, pero creo que es más que evidente que nuestro acto está funcionando a la perfección.

   —¡Déjese ya de juegos, detective! —exclamó el señor Mauro—. ¡Díganos quién es el acosador!

   —Relájese, o le va a dar un infarto. Con esa gordura debe tener el colesterol alto —replicó mi jefa, lo que hizo que el señor Mauro tartamudeara por la impresión—. Lo que voy a decirles va a aclarar muchas cosas, incluyendo la identidad de nuestro acosador misterioso.

   —Espero que todo resulte, detective —añadió el señor Sergio—. Por el bien de Miranda.

 

   Amanda se aclaró la garganta antes de continuar.

 

   —Primero, debemos dejar en claro que el acosador conoce perfectamente los pasos de Melanie. Es alguien que sabe cómo evadir toda la seguridad, y dejar todos los mensajes amenazantes. Alguien en quien todos confían muy bien.

 

   Todos miramos al señor Sergio, y el señor Mauro fue el primero en reaccionar.

 

   —¡Así que fuiste tú! ¡Todos estos años pretendías que ella te interesaba! 

   —¿De qué habla? ¡Yo fui quien contrató a los detectives en primer lugar! —replicó. 

 

   Amanda interrumpió de inmediato el intercambio.

 

   —Y es por eso que no lo considero un sospechoso. Si Sergio fuera culpable, no me habría entregado las copias de los mensajes amenazantes. Los originales están a buen resguardo como evidencias, eso elimina por completo a nuestro querido manager.

 

   Amanda caminaba despacio, pero segura, hacia el señor Mauro.

 

   —Sin embargo, hay gente que tiene mucho dinero invertido en todo este incidente. ¿No es así, señor Mauro?

   —¡¿Me está acusando a mí?! ¡Yo no tengo nada que ver en esto!

   —¿Entonces por qué me está acusando a mí en primer lugar? —intervino el señor Sergio. 

 

   Yo sentía que Miranda apretaba mi brazo, temblando por los nervios. 

 

   —¡Yo sólo estoy apoyando a la detective! —replicó Mauro, exasperado.

 

   Amanda volvió a carraspear, atrayendo una vez más la atención hacia su monólogo.

 

   —Señor Mauro, ayer conversamos en su oficina, y en un momento en que usted se distrajo, encontré en una gaveta de su escritorio algo muy interesante. ¿Qué hacía con un contrato por un disco de Grandes Éxitos de Melanie?

 

   Sergio dio un paso al frente. Se veía amenazante.

 

   —¿Acaso está preparando un disco de Melanie a mis espaldas? ¿Qué significa esto, jefe? ¿Por qué no dijo nada?

   —¡Cuidado de a quién te diriges, Sergio! ¡Yo tengo derechos comerciales sobre Melanie y puedo producir cuantos discos desee!

   —Tanto así que es capaz de matar, ¿no es así, jefe?

   —¡Pero yo no soy un asesino!

   —Y en eso le doy la razón —contestó Amanda, risueña. Todos volteamos a verla, ella apoyó un dedo sobre el pecho del señor Mauro—. Usted es un baboso, aprovechado, pervertido y codicioso empresario. Pero… no es un asesino. Usted sólo quería aprovechar su inversión en caso de que le pasara algo a Melanie. Un disco así luego de su muerte valdría mucho dinero, pero perdería valor rápidamente. No creo que le convenga una artista muerta en su agencia. 

 

   Amanda dirigió sus pasos hacia la única persona que no había dicho una palabra en toda la reunión.

 

   —Sólo alguien con un odio tan profundo contra Melanie podría tomarse tantas molestias para quebrarla emocionalmente, y atacar en el momento más oportuno… ¿No es verdad, Nancy? Tantos años sufriendo maltratos, seguramente pasaron factura en ti, querida.

 

   La aludida se volvió tan pálida como un fantasma. 

 

   —Pero… ¿de qué habla?  —preguntó con la voz temblorosa.

   —En esto puedo intervenir yo —comencé a hablar mientras me zafaba con cuidado del abrazo de Miranda—. Encontramos un marcador azul en la habitación del hotel el otro día, luego del altercado. Las únicas personas que entramos allí fuimos Miranda, tú y yo. El momento en que entraste con la comida de Miranda fue cuando dejaste la nota escrita del mismo color, y tiraste el marcador para hacernos creer que estaba en el suelo desde el principio. De haberte registrado, no habríamos encontrado nada.

   —¡Eso no es evidencia de nada! ¡No tienen nada contra mí!

   —Eso es verdad. Por sí solo no es evidencia. —Amanda le sonrió con malicia a Nancy—. Pero contamos con la letra manuscrita en las cartas. Todas tienen el mismo tipo de letra. Y aún tengo una última prueba.

 

   Amanda sacó del interior de su blusa un disco compacto. La portada del disco tenía una foto de Nancy en un vistoso vestido, y las palabras “Vanilla Sky” estaban escritas con marcador negro.

 

   —Es muy triste que tu carrera como ídolo pop muriera por culpa de un fallido primer disco, y que terminaras siendo la primera manager de una artista como Melanie. Yo también me sentiría frustrada —condescendió mi jefa—. Pese a que fuiste la manager del dúo “Melikel” en el pasado, te degradaron a una simple asistente luego de su separación. Soportar las malcriadeces de Melanie debió ser muy duro para ti, una estrella en ascenso. Todo eso me lo dijo el mismo Kel anoche, cuando fui a una presentación suya en una discoteca.

 

   Eso explicaba la música estridente de la noche anterior.

 

   —Sin embargo, la verdadera estrella en este caso es mi querido Saltamontes —continuó una vez más mi jefa, señalándome—. Como estuvo todo el día con Melanie, no te brindó mucha oportunidad para matarla, salvo en la noche, en el estudio de televisión. Y aun así, Fernando estuvo allí para ayudarla.

   —¡No! ¡Es mentira! ¡No fui yo!

   —En eso te equivocas, Nancy —retomé yo la explicación—. Es verdad que estuviste con nosotros todo el día, pero te fuiste en la tarde. Yo sé a dónde fuiste: al estudio de televisión. Las cámaras de vigilancia te vieron entrar, pero ninguna te vio salir. La razón fue porque usabas una gorra y vestías un overol de mantenimiento, haciéndote irreconocible a primera vista. La camioneta que usaste para escapar quedó grabada en las cámaras del estacionamiento, la misma camioneta verde que casi nos atropelló a Melanie y a mí la primera vez, por lo que puede identificarse. 

 

   Volteé hacia el señor Sergio, que permanecía sin moverse.

 

   —¿La agencia de talentos tiene alguna camioneta verde registrada oficialmente?

   —Sí, es correcto. Es una camioneta Chevrolet. Con ella trasladamos equipos y carga pesada. Nancy tiene libre acceso a ella.

   —Con todas esas evidencias, Nancy… ¿qué tienes que decir? —concluí mientras me paraba junto a mi jefa.

 

   Súbitamente, Nancy se transformó. Frunció el ceño de una forma profunda, y nos dirigió a Amanda y a mí una mirada de odio que pudo habernos fulminado allí mismo. 

 

   —Muy bien, detectives. Los felicito. Me atraparon —dijo con saña—. Ustedes sí que saben hacer su trabajo… y usted señor Mauro… ¿Todos estos años invertidos en su maldita agencia, las clases de baile, de canto y modelaje, para servirle a una engreída?

   —Debes entender, Nancy, tu carrera no funcionó. Te di empleo y una buena paga y…

   —¿Qué hizo con todas esas fotos que me tomaron en bikini y lencería?... No… mejor no me lo diga; me da asco pensarlo… Y tú, Melanie, ¿así me pagas todo lo que hice por “Melikel”? ¿Así me pagas el éxito que tuvieron? ¿Con todos estos maltratos?

 

   Melanie no contestó.

 

   —Lo suponía… no quiero saber nada de ustedes nunca más. Todos ustedes son escoria de lo peor.

 

   A una señal de Amanda, los guardias del hotel sujetaron a Nancy y se la llevaron de la habitación. Miranda también se fue, luego de mirar ceñudamente al señor Mauro, con el señor Sergio llamándola para que lo esperara.

 

   —Felicidades, detective Salgado. Un caso resuelto —comentó Amanda, risueña.

 

   Dejamos atrás a Mauro Herrera, quien parecía estar cerca de sufrir un infarto, por todo lo que estaba perdiendo en tan poco tiempo.

 

 

   Varios días después, comenzó la celebración del concierto. En el escenario cantaba otro grupo de pop, y la música se escuchaba tenuemente en el camerino de Miranda.

 

   —Entonces… ¿No es posible? —preguntó ella al borde del llanto.

   —Lo siento. No puedo ser tu novio —reiteré de forma delicada—. Por ti siento un gran respeto y admiración por todo lo que has pasado, pero no siento nada más que eso. No sería justo para ti.

 

   Miranda hizo lo posible por contener las lágrimas que se habían formado en sus ojos. Escuchamos la voz del señor Sergio, anunciando que quedaban pocos minutos para su turno en el escenario. 

 

   —Si no es posible, entonces déjame llevarme un recuerdo tuyo.

 

   Miranda se abalanzó hacia mí y me besó intensamente. No tuve fuerzas para rechazarla, así que correspondí su beso.

 

   —Muchas gracias por estar conmigo siempre, Fernando. Por haberme protegido.

   —Sabes que siempre estaré a la orden para ti, cuando gustes.

 

   Miranda… mejor dicho, Melanie estaba en el umbral de la puerta, dedicándome una última mirada y una sonrisa.

 

   —Lo tendré en cuenta —respondió antes de perderse en el pasillo, rumbo al escenario.

 

   En cuanto salí del camerino, Amanda me esperaba apoyada en la pared.

 

   —¿Sabes? En el fondo, Melanie no es “tan” odiosa —dijo mientras hacía comillas con sus dedos.

   —No empieces, por favor —repliqué amargamente.

   —¿Qué te parece si te invito a unas cervezas? Creo que nos las ganamos.

   —Me parece bien —contesté con voz cansada.

 

   Mientras caminábamos, escuchamos a Melanie interpretar uno de sus temas musicales. El público estalló en una lluvia de aplausos. 

 

      *** CASO CERRADO***