La Detective Impertinente

Capítulo 4: El caso del caballero fantasma

   Pocos días después del incidente de Melanie, Amanda me comentó lo que había pasado con Raimundo: fue degradado, luego de que una comisión encargada de la alcaldía lo encontrara culpable de negligencia en el cumplimiento del deber por la muerte de los oficiales durante el caso de Axel, y por haber permitido que un sospechoso de un crimen cibernético tuviera acceso a una computadora. Sin embargo, lejos de ser expulsado, decidieron reasignarlo como agente de campo una vez más, gracias a su intachable expediente. 

 

   Mientras compartíamos una cerveza en un bar local, Raimundo nos aseguró a Amanda y a mí que estaba bien, y que más de diez años tras un escritorio lo estaban oxidando antes de tiempo, así que volver a las calles era un alivio. 

 

   Mi jefa lo felicitó y se bebió su cerveza de un trago, pidiendo otra ronda para nosotros. Obviamente, quien pagó la nueva ronda fui yo.

 

   Raimundo nos dijo que sería nombrado un nuevo comisario, y que era alguien que Amanda conocía muy bien, pero no dijeron su nombre. Parecía alguien que le traía muy malos recuerdos a mi jefa, por lo que no volvió a mencionarlo. 

 

   Durante los días que siguieron en la Agencia, mientras reparaba los agujeros de bala en la oficina, recordé el beso que me había dado Melanie. No habíamos vuelto a hablar desde entonces, ya que el peso de su fama le impedía llevar una vida social tranquila, pero concluí que era mejor así. 

 

   No siento nada en particular por ella, salvo una gran admiración por su valentía.

 

   Entonces Victoria vino a mi mente una vez más.

 

   Ya habían pasado unos años desde que había abandonado la academia de policía. Victoria fue la que más lamentó mi decisión, y cortó toda comunicación conmigo. No volvimos a hablar desde ese día y en todo ese tiempo, sentí mi corazón destruido por su indiferencia. Ella no comprendía que había vivido un infierno gracias al director de la academia, y que por mi bien abandoné. Victoria, Javier y yo nos prometimos graduarnos juntos; yo fui el primero en romper la promesa.

 

   Fue gracias a Javier, ya convertido en agente de policía, que supe de Amanda y su agencia. Un día lo encontré en mi último empleo como repartidor de comida de un restaurante local. Como él sabía que mi deseo era ser un detective como mi padre, me sugirió la idea de verla. Sabía de su existencia porque su novia vivía en el mismo edificio que mi actual jefa, así que encontrarla no había sido difícil. 

 

   El resto, es historia.

 

   Sin embargo eso debe esperar, porque una invitación a una sofisticada fiesta de disfraces que recibimos un día, se convirtió en el preámbulo de uno de los casos más extraordinarios que he vivido.

 

 

   —¡Apresúrate, Saltamontes! —me gritaba Amanda desde la oficina. Yo estaba en su habitación muerto de vergüenza mientras terminaba de ponerme el disfraz que ella había seleccionado—. ¡Ya casi es hora de que nos vengan a buscar!

   —¡No quiero salir a ninguna fiesta! ¡Mucho menos con esto! —contesté, luego de haber terminado de vestirme.

   —¡Si no vienes, te olvidas de tu salario del mes! —concluyó ella. 

 

   Exhalé un suspiro y salí de la habitación.

 

   En cuanto abrí la puerta, Amanda me miró de arriba a abajo con una sonrisa traviesa. 

 

   —¡Estás guapísimo, Saltamontes! Vas a robarte las miradas de la fiesta. 

 

   Me sonrojé hasta las orejas al verme a mí mismo usando el disfraz: un elegante vestido rojo, con una falda que me cubría hasta medio muslo y un collar de joyas de fantasía que Amanda guardaba desde hacía años. También usaba unos incómodos zapatos de tacón alto que hacían juego con el vestido. Tuve que rasurarme las piernas para no parecer más ridículo de lo que ya estaba.

 

   Amanda, en cambio, lucía un pantalón de vestir marrón con tirantes, camisa y corbata, además de un sombrero a juego. De no ser porque sabía que estaba disfrazada, me habría parecido una detective en toda regla. Era como una versión femenina de Dick Tracy sin su gabardina amarilla.

 

   —¿Por qué no uso yo el traje y corbata y tú el vestido? —Sentía mi cara enrojecida mientras ella se acercaba a mí—. ¿No te parece más lógico?

   —No, porque es una fiesta de disfraces. Ahora siéntate y no protestes.

 

   Amanda me sentó de golpe en una de las sillas del escritorio, y lo que me temía se hizo realidad: sacó un juego de maquillaje de una de las gavetas y comenzó a aplicármelo con cuidado.

 

   En cuanto terminó, me mostró el resultado con un pequeño espejito. 

 

   —¿No te ves bellísima, Saltamontes? —me preguntó burlonamente entre risas.

 

   Exhalé un suspiro profundo de frustración. El hecho de usar maquillaje me hacía desear que llegara el fin del mundo para acabar con mi sufrimiento.

 

   A los pocos minutos, tocaron a la puerta. Amanda fue a abrir de inmediato.

 

   —Perdóname la tardanza, pero tenía que escoger unos aretes que me hicieran juego con la cartera. ¿Ya están listos? 

 

   Reconocí la voz de Slash y volteé a verlo. En cuanto lo vi, sentí desencajarse mi mandíbula.

 

   Slash usaba un hermoso vestido de fiesta que le daba un aspecto delicado, como si fuera una princesa de una corte real. Su vestido era de color amarillo claro, con una falda que volaba con cada movimiento. Se había afeitado su barba, y su cabello completamente suelto, junto con su maquillaje, le daban un aire muy femenino. 

 

   Carraspeé para llamar su atención.

 

   —¿Viniste todo el camino desde tu casa hasta aquí a pie? —le pregunté sorprendido al hacker. 

   —¿Cómo crees? Claro que no vine a pie todo el camino. Vine en autobús.

 

   Tener la imagen mental de Slash vestido de mujer en el transporte público era lo último que deseaba en ese momento. 

 

   El teléfono celular de Amanda sonó en ese instante, y en cuanto respondió con frases cortas, se dirigió a nosotros.

 

   —Ya vinieron a buscarnos, en marcha.

 

   Afuera del edificio, nos esperaba una limosina. Un chofer con su impecable uniforme nos recibió, con la puerta trasera del auto abierta.

 

   —Las damas primero —dijo Amanda entre risas.

 

   Slash y yo nos sentamos juntos, y ella a un costado, aprovechando para servirse un trago de whisky del pequeño mini bar que tenía el auto.

 

   —Gracias por invitarme a la fiesta. ¿Cómo fue que los invitaron a ustedes? —preguntó Slash mirándonos con curiosidad.

   —La semana pasada, Fernando y yo resolvimos el caso de un robo en una casa de subastas. —Amanda saboreaba el whisky mientras hablaba—. Un coleccionista y dueño de ese negocio nos contrató para recuperar una lista de objetos que planea vender pronto. Logramos encontrar el documento y descubrir al ladrón, un empleado de confianza de él, y como premio nos envió las invitaciones. ¿No es genial?

   —Imagino que si es tan rico la paga tuvo que ser muy buena —comentó Slash mientras silbaba de la impresión.

   —Eso es secreto, cariño —concluyó mi jefa guiñándole un ojo.

 

   La limosina nos condujo hasta una lujosa mansión en una de las urbanizaciones más exclusivas de la ciudad. En cuanto nos detuvimos y bajamos de la limosina, Amanda nos entregó las invitaciones y pasamos los guardaespaldas que revisaban a los invitados. 

 

   Ella no perdió tiempo y les dirigió miradas lascivas a los hombres que revisaban que no tuviera ningún arma encima.

 

   El interior de la mansión era ostentoso, incluso más que la embajada rusa. Los invitados se reunían bebiendo vino o comiendo bocadillos, mientras que en la pista de baile, bajo el compás de una orquesta pequeña, bailaban un vals. Todos tenían ropa llamativa y máscaras de todo tipo. Algunos hombres lucían trajes de arlequín para la ocasión, y algunas damas lucían como gitanas de feria. 

 

   Slash pasó bruscamente por entre la multitud y se dirigió de inmediato a la mesa de los bocadillos. Amanda y yo tomamos unas copas de la bandeja de un camarero. Si íbamos a hacer el ridículo, al menos había que disfrutarlo.

 

   Al poco rato un hombre de unos cincuenta años se aproximó a nosotros. Tenía el cabello negro con un mechón canoso, anteojos de montura dorada, y bigote poblado. Venía acompañado por un señor más anciano. 

 

   Este segundo hombre tenía el cabello totalmente blanco y un bigote que terminaba en punta, dándole un aspecto bastante gracioso. Caminaba apoyado con un bastón y su espalda estaba algo encorvada. Tendría unos ochenta años, pero por su aspecto tan envejecido habría jurado que tenía más edad.

 

   —¡Detective Manrique! ¡Qué bueno que aceptó la invitación! —El hombre de anteojos dorados estrechó la mano de Amanda.

   —No me perdería una fiesta del célebre Arturo Nogales. —Mi jefa le sonrió de vuelta y luego le dio una fuerte palmada en la espalda—. Al menos me dio una buena excusa para divertirme esta noche.

 

   «Como si necesitaras una excusa para salir de fiesta», pensé.

 

   —Se ven bastante… elegantes —dijo el señor Nogales riendo de forma nerviosa, lo que me hizo sentir incómodo—. Quiero presentarles al señor Sotogrande, uno de los expertos en arqueología más importantes que conozco.

 

   El señor Sotogrande, tan frágil como se veía, nos saludó cortésmente. Por un momento intentó besarme la mano, pero logré quitársela a tiempo.

 

   —Arturo me contó sobre el robo de la lista de obras de arte del otro día, y no paraba de hablar muy bien de usted, detective —comentó el anciano con voz cascada.

   —¿Qué puedo decir? Soy la mejor en mi terreno. —Amanda hinchó su pecho de orgullo, enfatizando su busto sin darse cuenta—. Había oído hablar de sus fiestas de disfraces anuales para fondos para el museo. Es usted muy generoso, señor Nogales. Y yo que pensaba que los ricos despilfarraban el dinero en yates y mujeres.

 

   Amanda reía de forma estridente, mientras que yo volteaba la cara para que no se me notara la vergüenza.

 

   —Me gustaría que viniera con nosotros a la biblioteca familiar para hablar de un asunto importante, usted también puede venir, señor Fernando —comentó el señor Nogales mientras nos guiaba fuera de la sala de fiesta. 

 

   Me preocupaba dejar solo a Slash, pero como dije, nos merecíamos pasarla bien.

 

   Nos dirigimos a una amplia biblioteca llena de libros de todo tipo, mucho más nutrida que la de la embajada. Nos acercamos a una mesa de centro para lecturas, donde nos esperaba una mujer de cabello castaño peinado de forma elegante, pero con un semblante triste en su rostro. Llevaba puesto un bellísimo vestido negro. 

 

   Sobre la mesa había un gran cofre cerrado.

 

   —Detectives —anunció el señor Nogales—, les presento a la señora Fabiana Lamont, viuda del explorador Damián Lamont.

   —Mucho gusto, detectives —dijo la señora Lamont extendiendo suavemente su mano, que Amanda y yo tomamos con delicadeza—. Arturo me habló acerca de sus habilidades y yo misma le pedí que los llamara.

   —Estamos a la orden, señora —habló Amanda—, pero usualmente no acepto casos fuera del horario de mi oficina, y mucho menos cuando estoy de fiesta.

   —Hay una razón para eso, detective. ¿Puedes contarle, Arturo?

   —Sí, por supuesto. —El señor Arturo sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se secó el sudor de la frente—. Verá, señorita Amanda… ¿puedo tutearla, verdad? En fin, el esposo de la señora Lamont falleció recientemente de un infarto, y en su testamento, pidió que su colección arqueológica pasara a manos de un museo, y que otros efectos menores fueran subastados para ayudar a su esposa. Entre los objetos donados al museo de arte de la ciudad, está el contenido de este cofre.

 

   El señor Sotogrande, que había estado junto a nosotros todo el rato, sacó una llave del bolsillo de su saco y con un poco de dificultad abrió el cofre, mostrándonos el contenido: una hermosa estatuilla con forma de ave con las alas extendidas en arco hacia arriba, con incrustaciones de piedras preciosas en las plumas, y en el pecho, un hermoso y enorme rubí. 

 

   —Esta estatuilla es el dios Para`khur, de una civilización perdida en la historia, y que fue estudiada por el explorador Lamont —explicó con orgullo el señor Sotogrande. Parecía rejuvenecer al mirar la figura.

   —¿Y qué tiene que ver esto conmigo? —inquirió Amanda, dirigiéndose a la señora Lamont.

   —Planeamos colocar esta estatuilla en exhibición en honor a su legado, detective, pero recibimos un mensaje que nos dejó preocupados a todos. 

 

   La señora Lamont desplegó un papel doblado que estaba cerca del cofre, y que yo no había notado cuando llegamos. Amanda lo extendió y me lo enseñó.

 

 

Querida señora Lamont:

 

Lamento mucho la pérdida invaluable de su señor esposo Damián Lamont, pero debo decir que pese al dolor de mi alma, debo tener en mis manos su preciada estatuilla. No se moleste en llamar a la policía, porque nunca me atraparán. Sin embargo, espero que el resto de la herencia de su esposo pueda cubrir sus necesidades básicas. Una vez más, mis condolencias.

                                                                                                   El Caballero Fantasma

 

   —Ese ladrón planea robarnos en cualquier momento. —El señor Nogales resopló rabioso—. No sabemos cuándo ocurrirá, pero sí sabemos que cuando hace una amenaza la cumple.

   —Y por eso nos necesita, ¿estoy en lo correcto? —concluyó mi jefa luego de que intercambiáramos miradas. 

 

   «¿Desde cuándo este ladrón está al acecho? », me pregunté.

 

   —Al traerlos a la fiesta, es imposible que él sepa que ustedes son detectives. Por eso aproveché este momento para proponerles este trabajo —explicó el señor Nogales, limpiándose una vez más la frente—. Impidan el robo hasta que llegue el día de la exhibición, y si es posible descubran quién es y atrápenlo. Les recompensaré como la última vez.

 

   Creo que no es necesario recordar que los ojos de Amanda brillan como piedras preciosas, como las de la estatuilla en cuestión, cuando se trata de dinero. 

 

   —Entonces trato hecho —afirmó Amanda, escupiendo en su mano y extendiéndola al señor Nogales, que la estrechó haciendo un gesto de desagrado—. Imagino que nosotros somos los únicos enterados de su existencia, salvo el Caballero Fantasma ese.

   —Hasta esta nota, sólo el señor Sotogrande, la señora Lamont y yo sabíamos de esto. Ahora ustedes también, así que guarden el secreto. 

 

   El señor Nogales se limpió la mano con su pañuelo, y así quedó sellado nuestro nuevo caso. 

 

   Salimos una vez más a la fiesta para disfrutar de la música y los bocadillos.  

 

   Al cabo de un par de horas me sentía aburrido y esperaba el momento en que nos fuéramos de allí. Durante ese tiempo, no hubo ninguna señal del Caballero Fantasma.

 

   Hasta ese momento.

 

   De pronto las luces de la mansión se apagaron, provocando nerviosismo en todos los asistentes a la fiesta. 

 

   A los pocos minutos, la luz regresó, y desde lo alto de una escalera una figura enmascarada, con un traje de esmoquin y un bastón con un diamante en el mango, comenzó a dirigirse al público. 

 

   En sus manos, tenía la estatuilla.

 

   —Lamento mucho interrumpir la velada tan deliciosa que deben estar disfrutando —dijo el misterioso hombre—, pero debo completar uno de mis negocios más importantes a la fecha. Por favor, digan a la policía que el Caballero Fantasma les envía cordiales saludos. 

 

   Los guardias de seguridad de la mansión corrieron hacia el Caballero Fantasma, pero usando un extraño dispositivo en su muñeca, disparó un gancho que se enredó en un candelabro, y se balanceó sobre las cabezas de los asistentes para llegar hacia una ventana, que rompió sin dificultad. 

 

   Amanda y yo habíamos quedado sin habla. El Caballero Fantasma no era ninguna treta publicitaria o un loco pretendiendo ganar fama, sino alguien real ¡Y había robado la estatuilla de Para`khur en nuestra propia cara!

 

   —¡Amanda! ¿Viste eso?, ¿lo viste? —Slash corrió hacia nosotros sosteniendo la falta de su vestido para no tropezarse. 

 

   Mi jefa seguía mirando extrañada por unos segundos la ventana rota, luego esbozó una enorme sonrisa. Sus ojos refulgían de placer. Era como si hubiera esperado que la amenaza se cumpliera. Ahora tenía un rival que le impondría un verdadero reto a su carrera.

 

   De inmediato recordó dónde estaba y dio una orden en voz alta.

 

   —¡Que nadie se mueva! ¡Soy detective de la policía y necesitaré la cooperación de todos!

 

   Del bolsillo de su pantalón sacó una billetera que al abrirla, mostraba una lustrosa placa de policía. 

 

   «¿De dónde diablos la habrá sacado? », me pregunté.

 

   —No digas nada, Saltamontes —me susurró al oído—. Esta placa es falsa, pero ellos no lo saben.

 

   Por orden de Amanda, ayudé a coordinar a los guardias de seguridad para recoger datos de todos los presentes. Pese a las quejas de los invitados, algunos de ellos muy adinerados y acostumbrados a no recibir órdenes, logramos tomar sus datos y recoger sus respectivas invitaciones. Así podríamos saber quién era el invitado faltante, antes de permitirles abandonar la mansión. 

 

   Entre los hombres, un nombre me llamó la atención. Un hombre llamado Reinaldo Clemente había sido invitado a la fiesta, acompañado de una hermosa mujer rubia llamada Clarisa Martinelli.

 

   Era el esposo de la señora Lorena Clemente, mi clienta del otro día.

 

   Luego de que Slash y yo comprobamos que todas las invitaciones correspondían a sus invitados, les permitimos retirarse. 

 

   Le comenté a Amanda que el esposo de nuestra clienta estaba presente, pero no me prestó atención y me dijo que no le importaba, así que no pude decirle que otra mujer lo estaba acompañando. Me asignó el caso de infidelidad completamente mientras ella se enfocaba en el escurridizo Caballero Fantasma.

 

   Mi jefa y yo revisamos la ventana y miramos con atención los vidrios que habían caído y los restos del marco. Nos dimos cuenta de que el marco estaba cortado limpiamente para que pudiera separarse al menor movimiento, lo que significaba que el Caballero Fantasma había preparado su fuga de antemano. 

 

   El señor Nogales nos dijo que varios meses atrás, se habían completado unas remodelaciones al salón en preparación de la fiesta, por lo que concluimos que el ladrón se había infiltrado desde mucho antes. 

 

   Luego fuimos a la biblioteca y revisamos el cofre donde estaba la estatuilla. No se veía forzada por ningún lado, y la señora Lamont era la única que poseía la llave para abrirla, que después le había dado al señor Sotogrande, porque confiaba en él plenamente.

 

   Amanda se llevó una mano a la barbilla y luego nos miró a todos en la habitación. Slash estaba con nosotros, tragando bocadillos como triturador de basura, ajeno a la conversación que teníamos los involucrados.

 

   —¿Dónde está el señor Sotogrande? —preguntó ella.

 

   Todos miramos a nuestro alrededor, pero no había rastro del anciano. Amanda sonrió al ver nuestra sorpresa reflejada por esa revelación.

 

   —Desde hace tiempo, le abrieron las puertas de esta casa al Caballero Fantasma. ¡Pero no sabe con quién se está metiendo!

 

 

   A la mañana siguiente, Amanda nos reunió a Slash y a mí en la oficina, para desarrollar nuestro plan de acción y capturar a nuestro misterioso rival. 

 

   Los hechos que teníamos en claro sobre el Caballero Fantasma, eran los siguientes: Poseía muchos recursos, debido al dispositivo con el gancho que utilizó para escapar. Era un gran maestro del disfraz y la actuación, por lo que podía pasar desapercibido en todo momento. Y por último, no dejaba pistas sobre su persona, salvo que siempre anunciaba sus crímenes a todos los involucrados. 

 

   Hasta entonces no había ningún reporte en las noticias, pero gracias a su pequeño acto de escapismo en la fiesta, supusimos que ganaría fama en la prensa.

 

   Revisamos el informe que yo había escrito sobre el misterioso robo de los documentos en la casa de subastas del señor Nogales. Dichos documentos conformaban un listado de los más recientes artículos arqueológicos en manos privadas que serían vendidos en las siguientes subastas. 

 

   Los habíamos encontrado en manos de un asistente contratado para organizar el avalúo de cada objeto. El asistente fue despedido y arrestado. El listado jamás fue transcrito a una computadora para evitar robos electrónicos, pero eso no significaba que esa información hubiera estado cien por ciento segura. 

 

   La conclusión más lógica fue creer que ese asistente, cuyos antecedentes estaban en la base de datos de la policía, y el desaparecido señor Sotogrande, eran la misma persona: el Caballero Fantasma.

 

   Acordamos ir a la casa de subastas una vez más para mirar la lista, y le encargamos a Slash que investigara los antecedentes penales del asistente. Para el hacker, que ya sabía cómo funcionaba la red de la policía, sería pan comido infiltrarse y buscar lo que necesitábamos. 

 

   El señor Nogales nos recibió en su oficina, secándose el sudor de su frente, y abrió una pequeña caja fuerte que tenía detrás de él. De allí extrajo un sobre manila que contenía la famosa lista que habíamos recuperado la vez anterior. Algunos artículos habían sido marcados con bolígrafo como vendidos. 

 

   Eran tantos objetos, que el Caballero Fantasma no intentaría robarlos todos a la vez, así que nos dedicamos a buscar un patrón. Descubrimos que sólo tres artículos estaban relacionados a la civilización perdida que estudiaba el señor Lamont en vida.

 

   El siguiente objeto era un anillo perteneciente a un antiguo rey, descubierto por el señor Lamont al menos diez años atrás, y que fue adquirido por un inversionista para su colección privada. El otro artículo, una corona con incrustaciones de piedras preciosas, pertenecía a un banquero que decidió revenderla, luego de comprarla al señor Lamont a un bajo precio años antes.

 

   Noté que Amanda, por un momento muy sutil, había fruncido el ceño. No duró mucho y entonces miró una vez más al señor Nogales y agradeció su ayuda. 

 

   En cuanto nos fuimos de la casa de subastas decidimos volver a la oficina. Desde allí, mi jefa se comunicó con los dos coleccionistas a nombre del señor Nogales, notificándoles sobre el incidente de la fiesta, que ya era del dominio público, y que deseaba saber el estado de las piezas que serían vendidas muy pronto. 

 

   El inversionista, el señor Lorenzo Paredes, dueño de una empresa de telecomunicaciones, aceptó encantado recibirnos en su oficina en la mañana, para mostrarnos el anillo que guardaba en su propia bóveda.

 

   El banquero, sin embargo, no contestó nuestras llamadas. 

 

   Definitivamente algo andaba mal.

 

   «¿Por qué no contestaría las llamadas de parte de la casa de subastas de su propio artículo?», pensé.

 

   Pocas horas después, Slash se comunicó con nosotros con la información hackeada a la policía. El asistente arrestado por el robo de los documentos había sido liberado bajo fianza poco tiempo después del arresto gracias a un benefactor hindú llamado Chhipa Jua. Nos envió la fotografía de su arresto y algunas de sus características: cabello castaño, peinado hacia atrás como si usara gel, de un metro ochenta de estatura, de rostro redondeado y ojos color café oscuro. 

 

   El registro decía que tenía treinta años. Su rostro era tan corriente a la vista que fácilmente podría pasar desapercibido si usara un disfraz. Al comparar sus características con el señor Sotogrande, no encontré mayores similitudes, pero sospeché que si el anciano caminara erguido, probablemente tendría la misma estatura de nuestro hombre. Presentía que estábamos viendo al Caballero Fantasma en persona. 

 

   —Quizá el hombre que pagó la fianza es un cómplice —le dije a Amanda, quien se echó a reír.

   —Pobre Saltamontes, te falta mucho por aprender. —Mi jefa me dedicó una mirada burlona—. “Chhipa Jua” no es una persona. En el idioma hindi significa “Escondido”.

 

 

   A la mañana siguiente, nos dirigimos al edificio principal de “TeleCall”, la empresa del señor Paredes. Nos recibió en su oficina. Tenía el cabello engominado hacia atrás con una raya perfecta en el centro de su cabeza. No mayor de sesenta años, según le calculé, con un bigote pequeño pero poblado, y con evidente sobrepeso. 

 

   Luego de estrecharnos las manos, lo noté muy nervioso, pero colaboró con nosotros en todo momento. Se ofreció a llevarnos a su colección personal, que guardaba en la parte más alta de su torre, reservada para reuniones selectas. 

 

   Después de caminar por unos pasillos solitarios y adornados con una que otra planta, llegamos a las puertas de la sala. 

 

   El señor Paredes nos dejó pasar con una risa nerviosa, que me hizo sospechar, pero cuando Amanda y yo entramos, fue demasiado tarde.

 

   La habitación sólo tenía una mesa de reuniones y nada más. No había ninguna colección privada. 

 

   Nos dimos la vuelta de inmediato, pero había cerrado la puerta con llave.

 

   —¡Maldita sea! ¡Abra la puerta ahora o voy a arrancarle la piel a mordiscos! —Mi jefa pateaba la puerta con furia mientras yo trataba de sujetarla con todas mis fuerzas.

   —¡Cálmate ya! ¡No empeores más las cosas! —le grité, pero ella siguió pateando violentamente hasta que pude separarla de la puerta.

 

   Tomó varios minutos lograr que se tranquilizara, pero a pesar de eso, nuestra situación no mejoró. La puerta se abrió y varios agentes de policía entraron a la sala, apuntándonos con sus armas. 

 

   Detrás de los agentes, un hombre uniformado, con varias condecoraciones en la solapa, entró a la sala de reuniones seguido del señor Paredes. 

 

   El hombre se veía muy complacido. Demasiado para mi gusto, al punto en que me hacía sentir náuseas.

 

   Porque yo conocía muy bien a ese hombre.

 

   —¡Menuda sorpresa encontrarte aquí después de tantos años, Manrique! —exclamó el uniformado—. Creo que tendremos una muy agradable conversación en la comisaría. 

 

 

   Estuvimos sentados en la sala de interrogatorios por horas. Amanda y yo nos dedicábamos algunas miradas sin mediar palabra, pero pudimos comprender lo que pasaba. 

 

   Había una denuncia contra nosotros, nos habían tendido una trampa, y sospechábamos que el Caballero Fantasma podía estar involucrado de algún modo. Eso fue lo que pensamos al principio.

 

   Sin embargo, nuestras dudas serían aclaradas en poco tiempo, debido a que el hombre que nos arrestó acababa de entrar a la sala de interrogatorios.

 

   Reinaldo Benavides era el recién nombrado comisario de la estación de policía y por lo que dedujimos en ese momento, estaba encargándose de los robos del Caballero Fantasma. 

 

   Había pasado los sesenta años, y pese a sus canas, se le veía rebosante de energía gracias a su corpulencia. Hojeaba unos documentos mientras caminaba lentamente a la silla libre que había frente a nosotros.

 

   —Detective Manrique y… señor Salgado —esbozó una sonrisa al decir “señor”, lo que me hizo hervir la sangre—. No pensé volver a saber de ustedes después de tantos años. 

   —Supongo que no supo dónde buscar bien, porque nunca estuve escondida —contestó Amanda de forma altanera—. Veo que a usted le fue muy bien.

   —No puedo quejarme. Después de lo que pasó con Cabral, era evidente que elegirían a alguien más apropiado para el puesto. —Reinaldo se relamía de gusto ante la situación en la que estábamos—. Y es muy curioso que de entre todos los casos, sea el más interesante donde vuelvo a encontrarte después de tu retiro.

   —Siempre me vas a encontrar donde hay acción, y hablando de acción, sabes que no puedes retenernos aquí mucho tiempo —soltó Amanda cruzada de brazos, colocando sus pies sobre el escritorio. 

 

   En lugar de avergonzarme, admiré su rebeldía.

 

   —Claro que no, pero si me gustaría advertirles algo a usted y a… ¿Salgado? ¿Ese era tu apellido? —Miré con odio al comisario. El irrespeto era demasiado—. Es que tantos años después de que abandonaste tu carrera hicieron que no recordara bien tu rostro… En fin, les advierto que se alejen de este caso de inmediato porque yo estoy encargado de esto, y no quiero que gente ajena al cuerpo de policía se involucre. ¿Hablé claro?

   —Fuimos contratados para resolver este caso, y vamos a resolverlo, con su ayuda o sin ella —dije mirando fijamente al comisario.

 

   Benavides silbó ante mi gesto de arrogancia. Su cara mostraba una falsa decepción. 

 

   —Puedo aceptar esa actitud de Manrique porque ya la conocía, ¿pero de ti, Salgado? ¿Qué pensaría tu padre al escucharte hablar así?

 

   Azoté mi puño contra el escritorio, lo que hizo que Benavides se callara, pero lejos de intimidarlo, se mostró complacido. Me había sacado de quicio, como él deseaba.

 

   Amanda me dirigió una mirada severa, pero no sentí que me reprobara. Me hizo un gesto con la mano para que me tranquilizara.

 

   —Es obvio que están al tanto de los robos de ese Caballero Fantasma —prosiguió Benavides, hablando despacio—, el de la casa de Arturo Nogales fue el último que cometió, porque ya había robado otras dos piezas antes. Creo que de eso no estaban enterados. Es por eso que estoy a cargo de este caso, y la razón por la que los traje aquí.

 

   Por eso el banquero no había contestado nuestras llamadas. Su pieza ya había sido robada, así que no tenía sentido que su casa de subastas lo llamara a estas alturas. 

 

   —Es bueno que hayas aclarado que no somos sospechosos. Qué amabilidad de tu parte —interrumpió mi jefa, volviendo a su sarcasmo habitual—, y creo que tu siguiente petición amable y cordial será pedirnos la información que nosotros tenemos, ¿verdad?

   —Eres muy sagaz, Manrique, como siempre. Y sabes que podría arrestarlos por obstrucción de una investigación policiaca si mienten sobre esto.

   —Pues no nos dejas otra opción. Usted es la ley. —Amanda exhaló un suspiro—. ¿Qué desea saber, comisario?

 

   Mi jefa respondió cada una de las preguntas del comisario acerca del robo de la mansión del señor Nogales, pero tuvo el ingenio de modificar sus respuestas para despistarlo. 

 

   En lugar de mencionar a Slash, dijo que había invitado a una amiga suya que vino de lejos a visitarla. 

 

   No mencionó al señor Sotogrande ni la información que manejábamos del sospechoso del robo de los documentos. Las respuestas de Amanda eran ambiguas, pero lo suficientemente convincentes, incluso para hacerme creer que eran ciertas. 

 

   Después de una hora más de interrogatorio, Benavides nos dejó ir, no sin antes recordarnos su advertencia de permanecer alejados del caso.

 

   Al salir de la comisaría fuimos a la oficina. Slash nos volvió a llamar para saber qué había pasado en todo el tiempo que no contestamos el teléfono, y le dimos una nueva misión. 

 

   Si todos los artículos relacionados a la civilización perdida que estudiaba el señor Lamont habían sido robados, significaba que iban a parar a algún lugar en particular, por lo que le pedimos investigar qué lugar pudiera recibirlos, ya fuera conocido en los bajos fondos o en las redes más profundas de Internet.

 

   —Eso es muy fácil. —El hacker sonaba confiado al teléfono—. Preguntaré en los foros de la Deep Web que pueda encontrar. Yo les avisaré.

 

   Al anochecer, Slash nos dio la ubicación de una tienda de antigüedades que quedaba por el centro de la ciudad, donde algunos conocedores de arte e incluso traficantes de piezas robadas pedían un avalúo para revender. 

 

   Decidimos que vigilaríamos ese sitio durante todo el día próximo por si alguien que encajara en el perfil que teníamos del Caballero Fantasma aparecía, y con un poco de suerte, tal vez podríamos recuperar los artículos robados antes que Benavides. 

 

   Pero teníamos la sombra del comisario encima, y debíamos despistarlo en caso de que decidiera seguirnos.

 

 

   A la mañana siguiente comenzamos nuestro plan. 

 

   Llamamos temprano a Slash para que nos ayudara y le presté algo de mi ropa para hacerlo parecer como yo, en cambio yo usaría su ropa. Para arreglar el tema del cabello del hacker decidimos usar el sombrero que Amanda llevaba el día de la fiesta. Eso despistaría a los agentes que Benavides podría enviar para seguirnos el rastro. 

 

   En cuanto Slash salió del edificio, y bajo nuestra atenta mirada desde la oficina, vimos como un par de hombres vestidos de civil comenzaban a seguirlo por la calle. Esa era nuestra señal para salir hacia la tienda de antigüedades, donde con algo de suerte podríamos encontrar a nuestro sospechoso.

 

   Nuestra única ventaja sobre el Caballero Fantasma, era que la tienda no trabajaba los fines de semana, en que coincidió la fiesta del señor Nogales, por lo que debía esperar para poder vender lo robado. 

 

   Esto nos daba el tiempo justo para interceptarlo, si es que no se nos había adelantado. Era la única pista que teníamos, y debíamos apostar por ella si queríamos atraparlo.

 

   La tienda no tenía señalización y quedaba en el interior de un pequeño callejón comercial. Daba la impresión de ser poco frecuentada y los objetos en exhibición se veían viejos y sin valor, pero Slash nos había asegurado que así evitaban que los curiosos se acercaran al lugar y ser descubiertos.

 

   Amanda y yo nos colocamos en sitios estratégicos de la calle, como tiendas cercanas o esquinas donde pudiéramos apoyarnos, evitando en lo posible atraer sospechas. 

 

   Nos turnamos para caminar y ausentarnos lo suficiente para que nadie se percatara de nuestra presencia y poder cubrir nuestras necesidades básicas, pero las horas avanzaron, y hasta entonces no detectamos nada fuera de lo habitual. 

 

   Cerca del atardecer, tuve un golpe de suerte. 

 

   El hombre que había salido en libertad bajo fianza se acercaba por la calle, llevando un saco en sus manos. Sospeché que las tres piezas arqueológicas estaban allí, así que clavé mi mirada en él para no perderlo. 

 

   Como había pensado, desapareció en el interior de la tienda. Después de media hora, el mismo hombre salió de la tienda con el saco aún en sus manos. No entendía en ese momento por qué había vuelto a salir sin haber dejado los objetos, pero de todas formas lo seguí. 

 

   No fue fácil, dado que miraba sobre su hombro constantemente. Tuve que ser muy cuidadoso para no ser descubierto.

 

   Amanda no estaba a la vista por ningún lado, así que todo dependía de mí. Lamentaba terriblemente no tener un arma para defenderme por si las cosas salían mal. 

 

   El hombre giró por una esquina y penetró en un callejón. Oculto en la pared, miré hacia el interior.

 

   Nuestra hipótesis se había esfumado.

 

   El Caballero Fantasma estaba allí junto al hombre. Recibía en sus manos el saco con los objetos robados, y le daba a cambio un fajo de billetes.

 

   —¡Quietos! —grité al instante.

 

   Ambos hombres me miraron, y con una sonrisa, el Caballero Fantasma disparó su gancho hacia lo alto. Quedó enrollado en las rejas de una ventana del tercer piso, impulsándolo hacia arriba. El otro hombre me miraba aterrado en el callejón, teniendo una pared cubriendo su salida del otro lado.

 

   Tomé una decisión drástica: decidí perseguir al Caballero Fantasma.

 

   Apenas vi que entró por la ventana, corrí hacia la puerta del edificio. Para mi fortuna, alguien estaba abriendo desde dentro y casi tropecé con la persona que salía. Corrí hacia las escaleras y al empezar a subir, escuché los pasos del Caballero Fantasma haciendo eco; iba subiendo. 

 

   «¡Va a escapar por la azotea! », pensé mientras corría.

 

   La puerta de la azotea estaba abierta cuando llegué, pero al entrar perdí el equilibrio y caí. El Caballero Fantasma había usado su bastón para hacerme tropezar, y desde el suelo vi que se despedía con una mano, burlonamente.

 

   Me levanté de inmediato y lo seguí. Él había saltado hacia la azotea contigua y me llevaba ventaja, pero de pronto se detuvo, y lentamente levantó las manos. 

 

   Frente a él, estaba Amanda emergiendo detrás de una pared apuntando con su pistola. La Glock se veía brillante con la luz del atardecer, dándole un aspecto intimidante a mi jefa.

 

   —Sube tus manos donde pueda verlas, muy despacio —ordenó lentamente, sin perder cada movimiento de vista—. Y suelta el bastón también.

 

   Cuando me paré junto a Amanda luego de saltar a la azotea, vi que él sonreía. Dejó caer el bastón al suelo sin moverse ni un milímetro. 

 

   —Bravo, detectives. Ustedes son los primeros que se acercan tanto a mí. Me encanta que haya sido una detective tan hermosa.

   —¡Ahórrate tus estupideces! —exclamó mi jefa tajantemente—. Entrega los objetos robados y ríndete.

   —¿Puedo saber al menos cómo supo por dónde escaparía?

 

   El sujeto supo cómo adular a Amanda, porque ella comenzó a sonreír con orgullo. 

 

   —Me dediqué a deambular por la zona buscando posibles salidas de escape con ese disparador que llevas en el brazo —explicó mientras señalaba el dispositivo con forma de brazalete, de donde salía un gancho bastante pequeño de punta triple—. Cuando encontré el callejón, se me ocurrió que escaparías por la azotea más cercana que podrías encontrar. Por eso decidí subir y esperarte. Sólo era cuestión de tiempo.

   —¡Maravilloso! No esperaba menos de una mujer tan atractiva como usted.

   —Ahora entrega los objetos de una vez si no quieres una patada en los testículos. 

   —¡Qué agresiva! Pero es parte de su encanto… ¿Puedo? —preguntó el Caballero Fantasma haciendo un gesto con las manos aún en el aire.

   —Saltamontes, quítasela.

 

   Me fijé en que la bolsa donde guardaba los objetos estaba colgada de la hebilla de su pantalón, así que se la quité y la abrí. Dentro estaban la estatuilla, el anillo y la corona, con sus joyas intactas.

 

   —Ahora vendrás con nosotros a la comisaría, sin intentar ningún truco —continuó Amanda, tensando sus músculos. 

   —¡Oh, vamos! ¿De verdad creen que vale la pena la molestia por unos objetos falsos? 

 

   Amanda y yo nos miramos extrañados.

 

   —Sí, ya conozco el resultado del avalúo. Los objetos son falsos. Si fueran reales los habría vendido al poco tiempo, ¿no le parece, detective Manrique?

   —¿Cómo sabes mi nombre? —Amanda frunció el ceño.

   —¿Acaso olvida que la saludé como el señor Sotogrande en la fiesta? Por cierto, tuvo muy buen gusto en los disfraces. —Luego añadió con voz cascada—. También su ayudante.

 

   Sentí la cólera invadirme con ese comentario.

 

   —¿Por qué deberíamos creerte? —le pregunté iracundo. 

 

   Él sólo se encogió de hombros.

 

   —No tengo porqué mentir cuando mis negocios no me son favorables. Los objetos son suyos. Se los devuelvo. Por ahora, me temo que no puedo acompañarlos más tiempo. 

 

   Con un rápido movimiento azotó las manos al frente, y tras una fuerte explosión, una cortina de humo nos envolvió a Amanda y a mí. 

 

   En ese instante sentí un fuerte golpe en la quijada, producto del puñetazo que me había dado él, y casi caí al suelo. Luego vi como la Glock de Amanda se deslizaba por el suelo hacia mí. Cuando levanté la mirada, vi que el Caballero Fantasma sostenía a Amanda de forma inclinada, como si pretendiera besarla.

 

   —Hasta pronto, madmoiselle. Espero verla una vez más. 

 

   Luego la levantó para que no cayera al suelo, y corrió hacia una de las cornisas, donde se dejó caer al vacío. 

 

   Ambos corrimos hacia donde había saltado, pero no contábamos con que había un edificio un poco más abajo, con un colchón de gran tamaño preparado para amortiguar su caída en la azotea. Desde allí nos hizo un último gesto de despedida antes de perderse de vista.

 

   Para cuando bajáramos, seguramente habría escapado.

 

   Amanda azotó sus manos contra la cornisa, rumiando su enojo por nuestro fracaso. Sin embargo, atrás había quedado la bolsa con los objetos robados y su bastón.

 

   Tomé el bastón negro y lo miré atentamente. Estaba hecho de madera y era bastante duro al tacto, pero casi no tenía peso. El mango era una especie de diamante transparente, y dentro tenía un pequeño objeto negro y alargado. Comencé a girarlo y para mi sorpresa, se soltó como si se tratara de un pomo enroscado. Llamé a Amanda de inmediato para mostrarle mi descubrimiento. 

 

   En el interior del bastón, sobresalía un objeto de plástico negro adherido a la madera. Lo despegué con cuidado y me di cuenta de que era un dispositivo USB.

 

   Seguramente nos había dejado un mensaje.



   En cuanto regresamos a la oficina al anochecer, encendimos la computadora y colocamos el dispositivo USB. Tenía varios archivos de texto e imágenes, pero nos llamó la atención un archivo de video con el título “ABREME”. 

 

   Amanda hizo doble clic con el ratón y nos preparamos para lo que fuera que nos había dejado.

 

   El Caballero Fantasma estaba sentado en un sillón con varios libros a su espalda. Sonreía de forma fanfarrona, cruzando las piernas delicadamente.

 

   —Saludos, detectives. Si están viendo este video, significa que me escurrí de sus manos y estoy a salvo en algún lugar fuera de su alcance. Se deben estar preguntando por qué les dejé ese pequeño dispositivo con tanta información, pero para que comprendan todo el panorama, les contaré una pequeña historia. Verán, el señor Lamont tuvo en vida una prestigiosa carrera como arqueólogo, ganando fama y fortuna y escribiendo libros aquí y allá, pero en realidad era un completo fraude.

 

   Amanda y yo nos miramos una vez más, totalmente confundidos. 

 

   —Damián Lamont —continúo el video— era un contrabandista de primera, y su principal negocio eran las piedras preciosas. Bajo una fachada de arqueólogo podía robar cualquier piedra preciosa que encontrara, y para hacerlo pasar por una propiedad histórica, preparaba cualquier figura que pudiera esculpir para incrustarla. Así fue como construyó toda una historia de una civilización perdida, que hasta el sol de hoy nadie ha podido desmentir. No ha sido por falta de detractores, que los tuvo, sino por la enorme popularidad que había cosechado escribiendo sus mentiras.

 

   El Caballero Fantasma tomó de una mesita que tenía a su lado una serie de libros. Fue mostrándolos uno por uno en la pantalla y luego los arrojó a un lado diciendo de forma tranquila “patrañas”, hasta que terminó con la pila de libros. Luego continuó su relato.

 

   —Con ese olor de santidad que había creado, se había vuelto intocable y  las autoridades no podían hacer nada para descubrirlo. Por supuesto, vi en sus piezas una enorme oportunidad, y no soy quien para desaprovecharla. 

 

   Metió una mano en el bolsillo de su traje, y extrajo unas piedras preciosas. Eran muy parecidas a las de las figuras robadas. 

 

   —Estas piedras que tengo aquí, son falsas. Son sólo cristales de cuarzo tallados. Mi objetivo era recuperar los objetos, extraer las joyas reales y colocar estas falsificaciones. Todo este plan funcionó gracias al señor Arturo Nogales, que había hecho esa lista que robé junto con mi querido doble de acción. El señor Nogales estaba al tanto de las falsificaciones, pero no tuvo reparo en hacer negocio vendiendo a colecciones privadas sus creaciones. Que estas piezas hayan sido robadas le resulta beneficioso, porque debe estar por cobrar la indemnización de la póliza de seguro, a menos que el objeto sea devuelto, y aun así quedaría limpio de toda culpa porque técnicamente, sólo es un estafador de poca monta, no un falsificador. 

 

   Luego, sacó una vez más de su bolsillo el mismo dispositivo USB que estábamos usando y lo mostró ante la cámara. 

 

   —Aquí les entrego toda la evidencia que he recopilado sobre las falsificaciones que están esparcidas por el mundo, y que fueron vendidas por Arturo Nogales. Tendrán fotos, esquemas, análisis de todo tipo muy bien organizados para que ustedes puedan demandar a ese sujeto por estafador. Pero antes de que lo hagan, piensen un momento en la señora Lamont. Ella no es responsable del negocio oculto de su difunto esposo. Sólo es una víctima más que ahora está en una posición vulnerable. Si ustedes denuncian a Arturo Nogales, la fachada creada por el señor Lamont se destruirá, y el castillo de naipes en el que vive su viuda se derrumbará a su alrededor, dejándola en la miseria. Es por eso que les dejaré dos opciones, detectives: entregan a ese estafador a las autoridades, apelando a su gran sentido de la justicia, o devuelvan los objetos para que continúe la farsa y le brinden a la señora Lamont la estabilidad que ella necesita. Por mi parte, debo prepararme para mi siguiente golpe. No revelaré aquí cuando será, pero cuando ocurra, ustedes serán los primeros en saberlo… Y una cosa más, no se preocupen por el bastón. Quédenselo como un recuerdo de nuestro encuentro. Espero verla una vez más, detective Manrique. Ta ta.

 

   El video terminó.

 

   Amanda revisó uno por uno los diversos archivos y nos tomamos buena parte de la noche leyendo. 

 

   Toda la historia dicha por el Caballero Fantasma era correcta. Había fotos de recortes de periódico relatando los robos de diversas gemas en zonas arqueológicas, algunas traducidas al español en los archivos adjuntos, además de denuncias por estafa por las ventas que el señor Nogales realizó, pero que no prosperaban. Era como una gigantesca masa de información que podría hundir la casa de subastas, además de la reputación del arqueólogo. Y estaba allí, a nuestra disposición. 

 

   La pregunta que Amanda y yo nos formulábamos era: «¿Qué hacemos ahora?»

 

 

   A la mañana siguiente, entregamos al señor Nogales la estatuilla robada. Nos agradeció de forma muy efusiva, pero no se nos escapó la sutil mirada de decepción que nos dedicó. 

 

   La señora Lamont, un poco más animada, aceptó pagar nuestros honorarios por haber recuperado la estatuilla.

 

   También nos comunicamos con el señor Paredes y devolvimos el anillo desaparecido, además de dejar al tercer dueño la corona. Recibimos la gratitud de ambas víctimas, y se dio el caso por resuelto.

 

   A los pocos días, Benavides acudió a la oficina con su típica altanería, pero ya estábamos por encima de sus provocaciones. Nos advirtió que nunca más volviéramos a involucrarnos en ningún caso que el llevara, y abandonó la oficina cerrando con un portazo. 

 

   Amanda le sacó la lengua como una niña pequeña y le extendió el dedo medio de la mano a la puerta cerrada.

 

   Slash continuó investigando todo lo que pudo sobre el Caballero Fantasma. Para los lados más oscuros de la Internet, era una especie de héroe. Sus robos eran tan elegantes y las ganancias que generaba tan cuantiosas, que nadie soltaría la lengua tan fácilmente. 

 

   La exhibición de la estatuilla en el museo despertó admiración en el público, y no faltaron los titulares en la web y la prensa escrita. 

 

   Cuando compré el periódico esa mañana, no podía dejar de mirar la foto de la estatuilla de Para`khur y toda la historia que se relacionaba a ella para honrar a Damián Lamont. Sabía que en el museo yacía un objeto completamente falso, y las piedras que eran vistas como valiosos, solo eran cristales sin valor.

 

   En cuanto llegué a casa, miré en la televisión las noticias acerca del famoso ladrón que acechaba a los coleccionistas y anunciaba sus robos, y de cómo la policía se había encargado de recuperar los objetos. 

 

   Benavides se veía orgulloso y elogiaba el trabajo de su equipo, dedicado de forma exclusiva a recuperar los objetos, prometiendo que lo capturaría muy pronto. 

 

   Recordé la forma como había hablado de mi padre y me dieron ganas de romper el televisor, pero me contuve. Ese sujeto no volvería a afectarme como lo hizo en la academia. Aún tenía el recuerdo muy fresco en mi mente. 

 

   Benavides fue responsable de mi separación de Javier y Victoria, pero ya no tenía poder sobre mí. 

 

   También pensé en la forma como trató a Amanda durante el interrogatorio. Era evidente que la conocía, y si Amanda trabajó para Raimundo Cabral antes, entonces era un hecho que se habían cruzado en el pasado, y no precisamente para salir de copas.

 

   Un nuevo reporte sobre la relevancia de Damián Lamont para la historia de la arqueología apareció en pantalla, pero decidí apagar el televisor e irme a dormir.

 

   Me sentía burlado en muchos sentidos, no sólo por el Caballero Fantasma que había robado con éxito las joyas, sino por Damián Lamont, que seguramente se reía de todos nosotros desde el más allá.

 

      ***CASO INCONCLUSO***