La Detective Impertinente

Capítulo 5: El caso de los lamentos olvidados

   Un viernes en que llegué temprano a la oficina, Amanda me recibió vestida con pantaloncillos cortos y una camiseta ajustada, en la que se podía delinear su sostén deportivo. Tenía el cabello amarrado bajo una gorra de beisbol, y una toalla en los hombros.

 

   —Voy a trotar al parque, Saltamontes, vuelvo al mediodía —me dijo mientras se llevaba a la boca un termo con agua para beber un sorbo—. Si llegan clientes, te encargas tú.

   —Jefa… —la llamé justo antes que desapareciera por la puerta

   —¿Qué pasa?

   —Necesito que me prestes las llaves del auto.

 

   Amanda entró una vez más a la oficina, mirándome con los brazos cruzados.

 

   —Quiero que me des una razón válida e irrefutable de por qué necesitas mi auto. —La mirada de mi jefa se endureció.

 

   Sostuve su mirada manteniendo la calma.

 

   —Necesito vigilar el lugar de trabajo de Reinaldo Clemente. ¿Lo recuerdas? ¿El caso de la señora Lorena?

   —Oh… cierto… había olvidado que aceptaste ese caso.

 

   Amanda se acercó a su escritorio y de una gaveta, sacó las llaves del auto y me las arrojó. Las atajé por acto reflejo.

 

   —Quiero que lo lleves al autolavado cuando termines de usarlo. —Amanda volvió a salir de la oficina—. Y cuando regreses, voy a evaluar tu progreso. Aún sigues siendo mi Saltamontes y no quiero que me desprestigies con novatadas.

 

   En cuánto Amanda cerró la puerta, exhalé un suspiro profundo. Pese a que mi jefa era un completo desastre en su vida personal, sabía muy bien lo que hacía. Aún no me sentía preparado para ser un detective por mí mismo.

 

   Pero eso no significaba que no pudiera actuar por mi cuenta.

 

   Me acerqué a una vieja cartelera de corcho que Amanda usaba para pegar pistas de sus casos, y la limpié de recortes de periódico y documentos que no nos hacían falta. Luego decidí organizar mis propias pistas antes de salir a investigar el caso Clemente.

 

   En un lado, coloqué un recorte de prensa acerca de la extradición de Ishtoshnikov a Rusia y la clavé con una chincheta. A un lado, coloqué un recorte de prensa de la explosión del “Pin 5” y una impresión del garabato de Amanda que Axel le había mandado. Una vez que los clavé con una segunda chincheta, amarré un hilo rojo formando una línea recta entre ambas. Por último, en la parte inferior, coloqué un papel con la frase “Muelle 21”, y extendí el hilo rojo hacia la chincheta correspondiente. Había formado un triángulo entre estas tres pistas, pero el centro estaba vacío. Había un elemento faltante en estos tres casos que no había podido dilucidar aún, pero la conexión era palpable.

 

   Decidí cubrir con otros papeles las conexiones que estaba haciendo para evitar que Amanda se diera cuenta. Como ella se negó a explicarme qué significaba ese muelle, pensé que se enojaría si descubría que la estaba investigando en secreto, y no deseaba verla enojada bajo ninguna circunstancia. Ella era capaz de quebrarme los huesos si se lo proponía.

 

   En cuanto ordené todo, dejé la oficina para continuar el caso pendiente.

 

 

   Durante todo el día, permanecí sentado en el auto vigilando la entrada del edificio empresarial de una compañía llamada “Clement Import C.A.”, propiedad de la familia Clemente. Miré mi libreta de notas para repasar los detalles del caso, sin perder de vista la puerta de entrada del edificio, a varios metros delante de mí.

 

   Lorena Clemente, mi clienta, sospechaba que su esposo le era infiel. Eso se debía a sus desapariciones esporádicas de la casa por motivos laborales, viajes de improvisto y múltiples excusas sobre sus planes.

 

   La noche que vi al señor Clemente en la fiesta de disfraces, me hizo creer que las sospechas eran ciertas, por la mujer que lo acompañaba. La invitación tenía su nombre: Clarisa Martinelli.

 

   Sobre ella no había investigado mucho. Había muy poca información pública sobre su persona, y en el tiempo que había seguido al señor Clemente no la había visto cerca. Además, el itinerario de mi objetivo había sido bastante estricto los últimos días: del hogar al trabajo y viceversa.

 

   Amanda tenía razón: estos casos eran aburridos.

 

   Cerca del mediodía, vi salir al señor Clemente acompañado por la propia Clarisa. Era tal como la recordaba: cabello rubio y lacio que llegaba a sus orejas en un corte simétrico, un rostro perfilado como si se tratara de una escultura griega y un porte elegante. Se notaba que era sofisticada en todo sentido. Abordaron un vehículo oscuro conducido por un chofer uniformado y partieron. No perdí tiempo y los seguí.

 

   Llegamos a un restaurante elegante donde los vi entrar. Los seguí de inmediato luego de estacionar el auto, y fui guiado por el Maître a una mesa que afortunadamente, estaba cercana a mis objetivos. Disimulando lo mejor posible con el menú, tomé fotografías de la pareja con mi celular. Luego de eso pedí una cerveza para aparentar ser otro comensal, hasta me di cuenta muy tarde del costo de una botella.

 

   «Adiós a la comida del fin de semana», pensé al borde de las lágrimas.

 

   Luego de que ambos almorzaron, regresaron al edificio empresarial. Una vez más me vi obligado a vigilarlos por horas, y cerca de las tres de la tarde, Clarisa salió del edificio sola, abordando otro vehículo de color negro que llegó cruzando de una esquina.

 

   Como se acercó a mí en contrasentido, disimulé lo mejor posible para que no notaran mi presencia. Había tomado nuevas fotos de ella, por lo que decidí que había avanzado en el caso.

 

   Amanda me llamó al celular preguntándome dónde estaba y por qué no había devuelto aún el vehículo. Le di los avances de mi investigación y luego de una pausa, exhaló un suspiro.

 

   —Saltamontes, en cuanto acabes deja el auto en su puesto y puedes irte a casa. Voy a salir con Slash esta noche.

   —¿Con Slash? —pregunté intrigado. Después de lo de Axel, sabía que eran muy unidos, pero no imaginé hasta qué punto.

   —¿Acaso estás celoso, Saltamontes? —preguntó mi jefa de forma socarrona.

   —No es por eso, mejor diviértete. No me prestes atención.

   —No tienes que decirlo dos veces. Que tengas un lindo día. —Amanda colgó el teléfono.

 

   Miré el reloj del teléfono. Como no habían pasado más de veinte minutos, decidí dirigirme a la casa de los Clemente. Era hora de darle los avances de mi investigación.

 

 

   El chalet de los Clemente era bastante acogedor, pero no por eso estaba libre de ser una casa para ricos. Debía entrar a una urbanización cerrada por una verja supervisada por el vigilante, que controlaba la entrada y salida de los visitantes. Una vez di las razones de mi visita, me dejaron entrar, y conduje un poco más hacia la casa.

 

   La señora Lorena me recibió con una sonrisa apagada y me invitó a pasar, guiándome hacia el sofá y ofreciéndome un jugo de manzana que ella misma preparó. Como no había almorzado lo agradecí gustoso. No me atreví a gastar más dinero en ese restaurante.

 

   —Supongo que viene a comentarme sobre mi esposo, detective —dijo ella mientras tomaba asiento en una butaca frente a mí—. ¿Ha averiguado algo?

 

   Le comenté sobre la existencia de Clarisa Martinelli, y cómo la encontré acompañando a su marido en la fiesta de disfraces del señor Nogales. Luego le comenté sobre el seguimiento que hice de su esposo, y le mostré las fotografías que tomé de la mujer. La señora Lorena tomó mi celular y pasó las fotografías una a una con su dedo. Luego se levantó y caminó unos pasos, dándome la espalda y sin dejar de mirar las fotografías.

 

   —Salvo la vez que la hallé en la fiesta, no he visto nada sospechoso, ni he podido averiguar nada sobre esa mujer. Pensé que si se la mostraba, usted podría darme un poco más de información.

 

   La señora Lorena no contestó.

 

   —Como verá, no hay muchas pruebas que indiquen que estén teniendo una relación a sus espaldas, pero si es cierto que han compartido tiempo juntos de forma pública.

   —La noche que usted me dijo lo de la fiesta, él me dijo que estaba de viaje —musitó ella conteniendo un sollozo—. Y lo peor de todo es que conozco a esta mujer.

   —Cuénteme todo lo que sepa, por favor —dije con firmeza.

   —Clarisa Martinelli vino a mi casa como una socia de negocios para discutir algún trato, o qué sé yo —contó ella mientras continuaba dándome la espalda. Vi como pasaba su mano frente al rostro, y pensé que estaba llorando—. Ella se portó muy amable conmigo, y me integré a la conversación con mi marido, pero no entendí nada y los dejé solos. Sólo la vi un par de veces más en la oficina de Reinaldo, y luego no la volví a ver. No puedo creer que haya tenido el descaro de revolcarse con él después de darle la bienvenida.

   —Como le dije, es muy pronto para acusarlo de adulterio, pero si es cierto que el día de la fiesta de disfraces, yo mismo los vi a ambos. No tengo por qué mentirle. —Me levanté del sofá mientras la señora Lorena se terminaba de enjugar las lágrimas—. Pero la información que usted me dio me ayuda a ubicar a Martinelli e investigarla. ¿Sabe en qué empresa trabaja ella?

   —No, y la verdad no deseo saberlo, detective. Usted ya hizo suficiente por mí.

   —Pero… no creo que…

   —Es suficiente, detective. Usted ya me ha dicho lo que deseaba saber. Le agradezco mucho su trabajo y no se preocupe por su paga. Le transferiré el dinero esta misma tarde.

 

   Nos despedimos y me retiré de su chalet sin decir nada más. Entendía el malestar por el que ella estaba pasando y decidí que lo mejor era cerrar el caso de una vez por todas.

 

   Amanda me había advertido sobre este tipo de casos, y ahora comprendía por qué le aburrían. Al menos recibí mi paga, y eso fue más que suficiente.

 

 

   Regresé a la oficina al atardecer.

 

   Estacioné el auto en su lugar correspondiente, pero en lugar de irme a casa decidí subir a la oficina. Todo estaba en absoluto silencio, y la luz rojiza penetraba por entre las persianas. No escuchaba ningún ruido proveniente de la habitación de Amanda.

 

   Me acerqué al escritorio, encendí la computadora y miré una vez más los archivos que nos había dejado el Caballero Fantasma en la unidad USB. Era una buena cantidad de denuncias de fraude contra la casa de empeño del señor Nogales, desde hacía más de cinco años, y ninguna de las denuncias había prosperado.

 

   Decidí leer con calma el primer documento, y noté algo que me llamó la atención: La firma del oficial encargado de dichos casos. Abrí otro documento al azar, y observé la misma firma. Luego me tomé mi tiempo para revisar cada uno de los archivos, y en la gran mayoría encontré la misma persona.

 

   Reinaldo Benavides.

 

   Si el señor Nogales había tenido contacto con Benavides para estafar a las víctimas, entonces era lógico que siempre saliera bien parado. Pero durante cinco años… era imposible que este tipo de estafas duraran tanto tiempo. Se requería de una mano aún más poderosa para mantener todo ese asunto por debajo de la mesa.

 

   Pero ¿quién?

 

   Imprimí uno de los documentos y  lo pegué en la cartelera, dibujando un círculo sobre el nombre de Reinaldo Benavides, y luego lo conecté a otro papel, donde escribí “Arturo Nogales” y los conecté con un hilo rojo. Ahora tenía una conexión nueva, pero no relacionada con el triángulo que los ataba con Amanda.

 

   Luego, como una revelación, hice otra conexión. Amanda y Benavides se conocían.

 

   De una u otra forma, Amanda aparecía en el centro de todo.

 

   Volví al escritorio y escribí un documento para organizar mis pensamientos, al menos para no volverme loco. Los hechos que ya sabía, eran que Amanda había sido detective de la policía, por lo que estaba conectada a Benavides sólo en ese punto. Este hombre debía estar recibiendo alguna clase de soborno para mantener limpio a Nogales, pero no estaba relacionado con el caso en la embajada rusa, aunque fácilmente podía tener acceso a ese caso.

 

   Pero no encontraba relación alguna con Axel. No podía ser el “jefe misterioso”, ¿o sí?

 

   Aún estaba el asunto del Muelle 21, que no había podido aclarar. Necesitaba algo más de información para conectar los puntos; pero estaba seguro de que había una conexión.

 

   Recordé mi época en la academia, y sabía muy bien de lo que ese hombre era capaz.

 

   Para ese entonces, era el director de la academia, y debido a que mi padre fue muy conocido en la policía, era lógico que supiera quién era él.

 

   Benavides se encargó de frenar mi carrera de muchas formas posibles. Un incidente en particular, ocurrió cuando estudiaba clases de criminalística junto a Victoria y Javier.

 

   Ambos presentamos el examen y confiamos en nuestras buenas notas, pero el día que fueron publicadas, descubrí que yo había sacado la nota más baja de todo el curso, mientras que ellos aprobaron con la máxima calificación. Los tres acordamos hacer revisión de nuestros exámenes, y descubrimos que habíamos escrito las mismas respuestas. Decidimos apelar la decisión del examen para obtener una nueva revisión, y llegó a manos de Benavides.

 

   Estuvimos los tres en su oficina de la dirección de la academia. Estaba revisando las respuestas delante de nosotros mientras esperábamos de pie frente a su escritorio. Luego de que terminara de revisar los resultados, asintió.

 

   —Es evidente que se cometió una grave equivocación…

 

   Javier, Victoria y yo sonreímos, porque pensamos que habíamos logrado obtener justicia.

 

   —...porque los tres están reprobados.

 

   Salimos de la oficina furiosos con su respuesta, en especial Javier, que nunca me perdonó el haberlo arrastrado conmigo. No tuvimos nadie más a quien acudir.

 

   ¿Cómo pudo Amanda trabajar al lado de este desgraciado?

 

   Volví a la computadora, y redacté el informe del caso de Lorena Clemente para darlo por cerrado. En cuanto terminé, ya era de noche. Según el reloj, eran más allá de las nueve. Tendría que pasar la noche en la oficina.

 

   Miré una vez más los documentos y fotografías buscando más detalles sutiles que pudieran hacer las conexiones que necesitaba, pero las fuerzas comenzaban a abandonarme, y me quedé dormido sobre el escritorio.

 

   Desperté a la mañana siguiente con un fuerte dolor de cabeza. Dormí apoyado sobre el escritorio, y me sentía entumido por la mala postura. Apenas pude moverme, percibí que algo me estaba cubriendo. Era una cobija.

 

   «¿Habrá sido Amanda?» pensé, y miré a mi alrededor. La puerta de su habitación estaba entreabierta. «¿A qué hora habrá regresado?».

 

   Me levanté con cuidado para no hacer ruido, y me acerqué a la habitación, abriendo la puerta con suavidad.

 

   Amanda estaba dormida en su cama. Usaba ropa interior roja con liguero y medias. Su vestido estaba desordenado en el suelo, y sus zapatos estaban tirados. Su cabello estaba despeinado, y aún tenía restos de maquillaje en el rostro.

 

   Miré a mi jefa dormir profundamente mientras pensaba en la clase de problema en que estaba metida sin buscarlo. Alguien deseaba hacerle daño, si es que no querían verla muerta, y ella no parecía ser consciente de todo. O quizá sí lo era, pero se hacía la desentendida. No podía estar seguro con certeza.

 

   La palabra correcta para definirla era “vulnerable”.

 

   Decidí cubrirla con la cobija que tenía en mis manos, y me retiré en silencio de su habitación.

 

   Antes de salir, miré la cartelera de corcho. Había olvidado acomodarla antes de dormir.

 

   Amanda había arrancado la hoja que decía “Muelle 21”.

 

 

   Una vez en mi casa, y luego de una larga ducha y haber desayunado bien, ya no me sentía tan cansado. Tenía cosas que hacer, aprovechando que estaba libre.

 

   Fui al departamento de Slash para hablar con él. No fue difícil regresar al edificio donde vive. En cuanto me detuve en su departamento, el número 42, repetí la misma secuencia de golpes que Amanda había utilizado.

 

   Un golpe… tres golpes… pausa… dos golpes.

 

   Nadie contestó.

 

   Decidí volver a tocar con un poco más de fuerza. Si había salido de fiesta con Amanda, seguramente estaría durmiendo profundamente.

 

   Silencio.

 

   —¡Oye! ¿Qué estás haciendo aquí?

 

   Giré hacia el pasillo con mi rostro deformado por el susto, pero luego respiré aliviado. Slash acababa de llegar de la calle. Tenía unas cajas de pizza en una mano, y en la otra, una bolsa llena con botellas de refrescos.

 

   Podía notar las profundas ojeras que tenía. Era obvio que no había dormido nada.

 

   —¿Cómo estás, Slash? —le dije de forma cordial—, me gustaría hablar contigo.

   —Aunque seas colega de Amanda, no haré ningún trabajo gratis —contestó mientras bostezaba—, además no he desayunado. ¿Quieres pizza?

 

   Me negué de forma amable mientras él abría la puerta de su casa. Como siempre, estaba llena de basura.

 

   Slash fue a la cocina, dejó sus compras y regresó de inmediato a la sala.

 

   —Soy todo oídos, Fernando. ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Quieres que me infiltre en alguna otra embajada o algo por el estilo?

   —Quería hacerte algunas preguntas sobre Amanda. Creo que tú eres el único que puede responderlas.

 

   Slash se rascó la parte posterior de la cabeza y apartó la mirada. Se veía incómodo.

 

   —No hablo de nada a espaldas de Amanda. Deberías preguntarle a ella lo que tú quieras, no a mí.

   —¿Recuerdas lo de Axel? —pregunté sin anestesia. Era mejor ser directo—. ¿Olvidaste cómo se puso Amanda ese día? Siento que lo que sea que la afecte, va a alterarla todavía más. Sólo quiero ayudarla.

 

   Slash se sentó frente a su computadora y se llevó las manos detrás de la cabeza. Cerró los ojos, como si meditara qué me diría a continuación.

 

   —Pues… aunque somos muy buenos amigos, hay cosas que desconozco sobre su vida, y no me gusta investigar los trapos sucios de mis amigos. Si ella no te lo ha contado, mucho menos me lo contaría a mí.

   —Pero tienes mucho más tiempo que yo conociéndola. Eres alguien de fiar para ella, y lo que sea que me puedas decir, posiblemente sea de mucha ayuda para mí. Quiero ayudarla, pero si no tengo ningún indicio, no puedo hacer nada.

 

   Slash se quedó en silencio por un instante, y luego me contestó.

 

   —A ella la conozco desde hace unos diez años. Yo le debo mi vida. Ella fue la única que me brindó una mano amiga en la policía cuando todos me veían como otro peligroso hacker. Fue gracias a ella que tuve protección, y pude rehacer mi vida de la mejor manera posible. Por eso me juré que jamás indagaría sobre ella más allá de lo que me cuente.

   —Sin embargo, ustedes salieron juntos anoche…

   —¡Ella es mi mejor amiga, y no nos hemos acostado juntos! —Slash se veía agitado, y noté como se había sonrojado súbitamente—. Sé que es hermosa, pero no me aprovecharía de ella para sonsacarle información. ¿Era eso lo que querías saber? —concluyó con el ceño fruncido. Hasta cierto punto, parecía que la estaba imitando. Era obvio que ella había influenciado mucho en él.

   —¿Qué sabes sobre el Muelle 21?

   —No sé nada sobre eso. Pregúntale a ella.

 

   Slash se concentró en el monitor, ignorándome por completo. Era obvio que no quería que lo molestara más. Opté por otra estrategia, y me metí la mano en el bolsillo de mi pantalón.

 

   Le mostré al hacker la memoria USB que el Caballero Fantasma nos había entregado.

 

   —Me gustaría saber si puedes revisar esos archivos. Nos lo dejó aquél ladrón de la fiesta de disfraces. Tiene tanta información que no puedo interpretarla bien.

   —Esto ya es algo diferente, pero si quieres que haga algún hackeo de estos archivos, te va a costar.

 

   Slash comenzó a revisar los diversos documentos e imágenes con indiferencia primero, y luego con creciente interés. De tanto en tanto me dedicaba algunas miradas, para luego volver a revisar los archivos.

 

   Al poco rato me devolvió la memoria USB.

 

   —¿De dónde dices que lo sacaste?

   —Nos lo dejó el Caballero Fantasma, ya te lo dije. ¿Qué encontraste?

   —¿Qué encontré? ¡Pues todo! ¡Yo encontré toda esta información en primer lugar!

 

   Miré sorprendido a Slash, y él a mí de la misma manera. No pudimos articular palabra durante unos segundos. Era evidente lo que había pasado.

 

   Había sido contratado por el Caballero Fantasma para recopilar toda esa información.

 

   Luego de que pasara la sorpresa, decidí pedirle un último favor al hacker. No tenía nada que perder con mi última estrategia. No sabía a dónde estaba apuntando, pero era la única posibilidad de dar con el blanco que estaba deseando.

 

   —Benavides tiene mucho que ver con todo esto, ¿sabes si puedes conseguir alguna conexión entre el Muelle 21 y él?

   —¿Qué esperas encontrar?

   —No te lo puedo decir, porque sé que le vas a decir a Amanda —dije con convicción.

   —¿Me creerías capaz de delatarte con ella?... espera, mejor no contestes. Olvida lo que dije.

 

   Esa era una buena señal.

 

   —Olvídate de Amanda, y concéntrate en el comisario. Creo que él y ese ladrón son los peces más gordos que vamos a pescar.

   —Suena divertido. Además que la policía nunca protege sus documentos. Veré que puedo encontrar y te aviso. Pero no creas que te saldrá barato.

   —Envíame la cuenta a la oficina —le dije a Slash antes de irme de su apartamento.

 

   Luego de salir del departamento, caminé sin rumbo fijo por las calles. Ya había pasado la hora del almuerzo, pero no me sentía hambriento. Amanda estaba en el centro de mis pensamientos.

 

   Cada pequeño detalle que conseguía, de alguna forma me llevaba a ella. Era como un imán de indicios que apuntaban a lo que ella sabía sobre el Muelle 21. Con Slash de mi lado, seguramente encontraría algo más.

 

   Mis pasos me llevaron a un parque. Decidí caminar sobre la hierba y respirar un poco el aire fresco que pasaba por los árboles. El bullicio de la ciudad se sentía lejano. Había algunos transeúntes paseando, y algunos niños jugando con sus pelotas, o correteando entre ellos.

 

   Una vez más, volví a pensar en Victoria.

 

   Poco después de que tomé la decisión de abandonar la academia, Victoria fue la que más se afectó. Ella había sido la que más me había apoyado para continuar, y cumplir la promesa de graduarnos juntos. Aun así, la dejé atrás.

 

   Durante mucho tiempo me sentí culpable, detestaba rememorar la mirada tan llena de dolor que ella me dedicó cuando recogí mis pertenencias y me fui de ese lugar.

 

   Intenté llamarla por teléfono, pero ella me había bloqueado. Nunca la busqué de vuelta; pero nunca dejé de pensar en ella. Había sido una amiga muy especial para mí. Me preguntaba si ella pensaba en mí de vez en cuando.

 

   Hacía meses que había perdido el contacto con Javier, luego de que me hablara de la oficina de Amanda. No lo había vuelto a ver desde entonces.

 

   «Creo que soy un amigo bastante patético.»

 

   Seguí caminando sin saber a dónde ir. Los árboles ya comenzaban a hacerme sombra mientras caminaba al otro extremo del parque.

 

   Las lágrimas se derramaron sin poder evitarlo. Aún me duele haberme separado de ellos.

 

   Mucho más, el haberme separado de Victoria.

 

   Mi celular comenzó a sonar y atendí. Amanda se escuchaba muy seria al otro lado de la línea.

 

   —Tú… en la oficina… trae analgésicos… ¡Ahora! —Colgó.

 

   Exhalé un suspiro profundo y continué mi camino, pero ahora rumbo hacia cualquier nueva locura que se le hubiera ocurrido a Amanda.

 

 

   En cuanto entré a la oficina, encontré a Amanda sentada en su escritorio. Tenía puesta una camiseta blanca y pantaloncillos cortos de color azul cielo. Mantenía de forma equilibrada una bolsa de hielo en su cabeza.

 

   «Seguramente despertó con resaca», concluí.

   —Ya llegué. Pensé que querías descansar así que decidí tomarme el día.

 

   Amanda se levantó de su asiento, dejó la bolsa de hielo sobre el escritorio y de forma amenazante se aproximó a mí.

 

   Por instinto, di unos pocos pasos hacia atrás hasta que mi espalda se apoyó contra la puerta cerrada. Ella se apoyó en contra mía con todo su peso, mirándome con el ceño fruncido y un evidente enojo. No pude evitar sonrojarme al sentir la presión de su busto contra mi pecho, ya que no llevaba puesto un sostén.

 

   Aparté la mirada, avergonzado e intimidado. Ella había apoyado su mano contra la puerta, limitando mis movimientos. Yo no podía parar de temblar.

 

   —¡Mírame! —dijo ella con autoridad.

 

   No tuve el valor para mirarla.

 

   —¡Mírame de una maldita vez!

 

   Obedecí. Con la otra mano, levantó la hoja de papel donde yo había escrito “Muelle 21”.

 

   —¿Me estás investigando? —preguntó. Su ira contenida era palpable, pero hablaba serenamente. Eso la hacía más peligrosa—. Dime la verdad. ¿Estás investigándome a mis espaldas?

 

   Mantuve el silencio y aparté la mirada una vez más. Escuché como arrugaba el papel con la mano y lo arrojaba al suelo. Ya me veía en el hospital con múltiples fracturas.

 

   —¡Contéstame! ¿O los ratones te comieron la lengua?

   —No es lo que crees…

   —¡Oh! ¡No es lo que creo! —sonrió de forma burlona—. ¿Entonces qué es lo que creo, detective?

 

   Tragué saliva, y decidí asumir mi responsabilidad.

 

   —Creo que no eres consciente del peligro en el que estás. Creo que no me tienes suficiente confianza para ayudarte. Y también creo que estás cargando con algo que te está atormentando. No me explico por qué has tenido tantos dolores de cabeza tan seguido, cuando antes podías lidiar con eso.

   —Y es por eso que quieres ser mi redentor, el caballero andante que salva a la damisela en peligro, el guerrero defensor de la justicia que salva a la pobre chica desdichada. ¿O me equivoco, detective?

 

   Su tono era más agresivo de lo usual. Había tocado una fibra sensible, pero ya no había marcha atrás. Si quería ayudarla, tenía que seguir escarbando.

 

   —No. Eres muy hábil y puedes defenderte sola. Ante todo eres mi maestra, y te guardo demasiado respeto para pretender otra cosa —le dije con convicción—. Además, creo que somos un buen equipo, y si no te ofrezco mi mano amiga, sentiría que estoy traicionándote.

 

   Amanda perdió su sonrisa lentamente y sólo me miraba a los ojos. Podía percibir el aliento a alcohol y el aroma de su cuerpo inundándome por completo. Era como una gata jugando con su presa antes de lanzar un zarpazo letal.

 

   Vi como levantó su mano libre y comenzó a cerrarla. Cerré mis ojos y volví a tragar saliva, esperando un puñetazo que me dejara inconsciente por al menos una semana.

 

   Pero pasó algo inusual.

 

   Chasqueó su dedo medio y me golpeó en la frente con él. Luego se separó de mí.

 

   —No busques lo que no se te ha perdido, Saltamontes —dijo mientras regresaba a su escritorio.

 

   Estaba confundido por su reacción. No supe en ese momento si estaba enojada o… decepcionada.

 

   En cuanto se sentó, mi jefa extendió su mano.

 

   —Mis pastillas —dijo mientras se colocaba la bolsa de hielo en la cabeza.

 

   Le entregué sus analgésicos y tomé asiento frente a ella. Vi que se tragaba una de las pastillas sin beber agua, y luego me miró a los ojos.

 

   —Quiero que me reportes todo lo que hiciste con el caso de Lorena Clemente, de principio a fin. Recuerda que es mi reputación la que está en juego.

 

   Comencé a relatar todo el tiempo que estuve vigilando el lugar del trabajo del señor Clemente, su itinerario, sus contactos, todo lo relacionado con él. Había descubierto que el señor Clemente se dedicaba a la importación de todo tipo de bienes desde el extranjero, y que sostenía reuniones con algunos empresarios de vez en cuando. Amanda mostró más interés cuando comencé a relatarle sobre la segunda mujer, y la vez que los seguí hacia el restaurante.

 

   —Después de eso, fui a informarle a la señora Clemente a su chalet.

 

   Amanda abrió los ojos con una expresión de sorpresa, y sentí como me perforaba la cabeza con su mirada.

 

   —¿Fuiste a decirle a la señora todo lo que me dijiste? —Amanda ocultó su cabeza entre sus brazos—. ¡Me vas a matar del dolor de cabeza!

   —¡Pero no hice nada malo!

   —Saltamontes, cariño, déjame hacerte una pregunta muy simple: ¿Cuál es nuestro deber como detectives?

   —Pues descubrir la verdad. Eso es obvio.

   —No, Fernando. No es así de obvio —negó Amanda mientras sostenía su bolsa de hielo una vez más contra su frente—. Los clientes no están interesados en saber la verdad, sino en que contestes sus preguntas. Si ellos quieren saber si están siendo engañados, basta con que des una pequeña confirmación de sus sospechas para que lo asuman como verdad. ¿Y qué te dijo ella?

   —Pues… decidió suspender nuestro contrato —dije avergonzado.

   —¡Lo sabía! —Amanda volvió a ocultar su cabeza entre sus brazos, simulando un llanto—. ¡Voy a matarte, Fernando! ¡Te juro que voy a matarte!

   —No volverá a pasar —musité, deseando que me tragara la tierra. No me gustaba verla tan decepcionada, considerando que se estaba tomando las molestias en enseñarme.

 

   Amanda suspiró profundamente mientras se reclinaba en su silla, cubriéndose los ojos con la bolsa de hielo.

 

   —Lo hecho, hecho está, y que te sirva de lección. Por cierto… ¿Qué descubriste sobre esa mujer?

   —Según lo que pude averiguar, es una asistente directa del señor Clemente, e incluso su esposa pudo conocerla e invitarla a su casa. Tiene trabajando con él alrededor de seis meses, cuando ella comenzó a sospechar que su marido la engañaba.

 

   Pasé unas páginas de mi cuaderno de notas.

 

   —Su nombre es Clarisa Martinelli, y ella…

   —¿Qué dijiste?

 

   Levanté la mirada de mi cuaderno. Mi jefa me miraba de una forma extraña. Apenas pestañeaba, y noté como su labio inferior comenzaba a temblar. No la había visto así de tensa… «Desde lo de Axel», pensé.

 

   —¡Repite lo que dijiste!

 

   Noté como la tensión se elevaba en cada palabra de Amanda. Su ceño comenzó a fruncirse, y su boca se notaba muy apretada.

 

   —Dije que… el nombre de ella es Clarisa Martinelli…

 

   Tan rápida como una leona, me sujetó de la corbata y me atrajo hacia ella por encima del escritorio. Su mirada reflejaba una furia incontrolable. Sentí miedo de que fuera a comerme vivo.

 

   —¡Quiero que me lleves con esa mujer! ¡Ahora!

 

   Amanda me soltó la corbata y caí pesadamente sobre la silla. Ella corrió hacia su habitación y salió de inmediato con una chaqueta deportiva puesta. Antes de salir de la oficina, me lanzó las llaves del auto.

 

   —¡No te quedes ahí parado! ¡Muévete! —gritó antes de desaparecer por el pasillo.

 

   No me detuve a pensar mucho tiempo y obedecí. Llegamos juntos hasta el estacionamiento y pusimos en marcha hacia el chalet de los Clemente.

 

   Mientras conducía, no nos dirigimos la palabra. Mi jefa miraba por la ventanilla, mordiéndose una uña por el estrés. Eso me mantuvo inquieto todo el viaje. Me preguntaba constantemente si estaba ante una pista faltante en el rompecabezas que era el pasado de Amanda.

 

   Mi sorpresa fue enorme cuando entramos a la urbanización donde vive la familia Clemente. Conforme nos aproximábamos  al chalet, se veían con claridad las luces de las sirenas de la policía y de una ambulancia estacionada en la puerta.

 

   Nos estacionamos algo alejados y nos acercamos a pie, con Amanda a la delantera. Toda la zona cerca de la entrada estaba acordonada, y algunos vecinos estaban apiñados varios metros más lejos, tratando de ver lo que pasaba.

 

   En cuanto nos acercamos al chalet, un oficial de policía trató de impedirnos el paso. Amanda comenzó a gritarle al policía exigiendo pasar, pero a pesar de la intimidación, el oficial se mantuvo en su puesto, impidiendo que entrara a la casa.

 

   En eso, escuchamos la voz de alguien muy conocido, que llamó la atención del oficial, y con una seña, le ordenó que nos dejaran pasar.

 

   Raimundo Cabral estaba en el umbral de la puerta de la casa.

 

   —¿Qué demonios está pasando? —preguntó Amanda, tratando de mirar al interior de la casa.

   —Primero contéstame qué haces aquí. ¿De dónde conoces a esta familia?

   —Fueron mis clientes —contesté de inmediato—. La señora Lorena Clemente me contrató para un caso. ¿Puede decirnos qué fue lo que ocurrió?

 

   Apenas formulé mi pregunta, unos hombres uniformados sacaron una camilla con una bolsa negra encima. No es necesario decir que estaban levantando un cadáver. Miré una vez más sorprendido al ex comisario, que estaba inmutable.

 

   Detrás de la camilla, otro oficial escoltaba esposada a la señora Lorena, que al verme, bajó la mirada. Los seguí con la mirada hasta la patrulla, entrando por la puerta trasera.

 

   La única conclusión lógica, es que Lorena Clemente asesinó a su esposo.

 

   Miré a Amanda, que me dedicaba una mirada tan penetrante como una navaja. Pude comprender mejor las palabras que me había dicho antes.

 

   “Los clientes no están interesados en saber la verdad, sino en que contestes sus preguntas”.

 

   —La señora Clemente se entregó luego de confesar el crimen —nos dijo el ex comisario—. Apuñaló a su marido con unas tijeras en el pecho y en el cuello, matándolo al instante. Luego de eso nos llamó. Creemos que se trata de un crimen pasional.

 

   Asentí con su respuesta, me sentí responsable.

 

   Otra voz, esta vez de mujer, se escuchó desde dentro de la casa.

 

   —Detective Cabral, ya terminé de clasificar las evidencias. Sólo queda volver a la comisa…

 

   La mujer se interrumpió en cuanto nos miró. O mejor dicho, en cuanto me miró a mí en el umbral de la casa. Yo mismo quedé boquiabierto al verla, y no pude articular ninguna clase de sonido.

 

   Podía reconocer su piel morena, su cabello castaño y rizado hasta sus hombros, y sus ojos de color café oscuro. Vestía de forma sobria, con pantalón de vestir negro y blusa color azul oscuro. Su placa de policía colgaba de su cuello con una pequeña cinta.

 

   Luego de unos eternos segundos, pude decir su nombre en voz alta.

 

   —Victoria…

 

   Raimundo se dirigió a ella, asintiendo con la cabeza.

 

   —Muy bien, detective Monreal. Vayamos a la comisaría a hacer el informe. No queremos decepcionar a Benavides.

 

   Victoria pasó al lado de nosotros y esquivó mi mirada, dirigiéndose hacia la patrulla. La seguí de inmediato, ignorando a mi jefa.

 

   —Victoria… ¡Victoria! —repetí su nombre. Ella se detuvo y se volteó a verme.

   —No deberías estar aquí, Fernando. Estamos en una escena del crimen —me dijo de manera cortante.

   —Sólo quería saber cómo estabas…

   —Es el peor momento para hablarme. Pero ya que preguntas, estoy muy bien. Y no precisamente gracias a ti.

 

   Victoria le dedicó una mirada a Amanda, que estaba junto a Raimundo.

 

   —Por lo que veo, a ti te fue bien —soltó cortantemente—. Me alegro por ti.

 

   Victoria se dirigió hacia un segundo auto de color negro y entró, cerrando la puerta de un portazo. Me quedé mirándola un poco más, hasta que sentí la mano de Amanda en el hombro.

 

   Raimundo pasó a nuestro lado despidiéndose con la mano, entró al otro lado del auto donde estaba Victoria y ambos se retiraron. Los seguí con la mirada un poco más hasta que desaparecieron en una curva. Las patrullas ya comenzaban a retirarse.

 

   Volvimos a la oficina cuando ya entraba la noche. Dejé a Amanda en el estacionamiento y le entregué las llaves.

 

   —Mañana te quiero en la oficina a primera hora —me dijo mi jefa, caminando hacia el elevador.

 

   No le contesté, y salí del edificio por la entrada del estacionamiento.

 

   Caminé hacia la parada del autobús para dirigirme a casa. Sólo quería llegar y acostarme a dormir. Mis ojos estaban nublados por culpa de las lágrimas que había derramado en el camino.

 

   La mirada de Victoria había sido gélida, y su voz estaba llena de decepción. Era lógico, porque yo había sido el responsable de ese cambio.

 

   Victoria Monreal…

 

   ¿Dónde quedó la mujer que me había tratado de forma tan cálida en la academia?

 

 

 

   A la mañana siguiente, decidí volver a la estación de policía. Gracias a Raimundo, pude visitar a Lorena Clemente una vez más. Pronto sería trasladada a prisión en espera de su juicio, y ya no tendría mayores oportunidades para verla.

 

   Me permitieron entrar a la sala de visitas. La señora Lorena estaba esposada, y su rostro se veía cansado. Tomé asiento frente a ella en el escritorio, y por unos minutos, no nos dijimos nada, hasta que tomé valor de hablarle.

 

   —Lamento mucho lo que pasó. No pensé que este asunto acabaría así.

   —No se moleste, detective —dijo ella, inclinándose un poco hacia adelante—. Creo que hubiera hecho lo mismo, aunque no me haya dicho nada.

   —¿Por qué lo hizo? ¿Por qué asesinó a su esposo? —le pregunté tratando de mantenerme cordial—. No quiero juzgarla por lo que hizo. Sólo quiero saber sus razones.

 

   La señora Lorena exhaló un suspiro, y apoyó su frente contra sus manos.

 

   —¿Sabe lo difícil que es vivir con alguien en quien no confía más? —me preguntó ella en voz baja, como si el esfuerzo de hablar le pesara—. He vivido quince años con mi marido, y en todo ese tiempo, mi relación con él fue cambiando. Era como si viviera con un conocido, o con un vecino.

 

   No dije nada mientras permitía que se desahogara. Podía notar el dolor de cada una de sus palabras.

 

   —Cuando esa mujer llegó a nuestras vidas, todo ese desgaste se aceleró. Las horas extra en su oficina, la falta de atención, la desconfianza… todo eso se hizo inaguantable, y por eso necesitaba respuestas. No pude soportarlo más, y quise acabar con todo. De nada servía vivir en una jaula de oro, si el dueño que la mantenía ya no mostraba interés.

   —Quizá no era la mejor alternativa, pero… —comenté yo, pero ella me interrumpió.

   —Ya no importa, detective. No me importa pagar el precio. Es todo.

 

   Ella levantó la mirada hacia el guardia que nos acompañaba, haciéndole una señal para que se acercara. Estaba dando por terminado nuestro encuentro.

 

   —Una última pregunta, si me lo permite. ¿Qué más sabe sobre Clarisa Martinelli? Cualquier cosa que me diga puede ayudarme a investigar un poco más. No está relacionada con usted.

 

   La señora Lorena se levantó de la mesa, y mientras se retiraba, me contestó.

 

   —Ya se lo dije. No sé nada —concluyó ella mientras era escoltada fuera.

 

   Abandoné la sala de visitas, y me dispuse a retirarme a la oficina a resistir la lluvia de insultos que me esperaban por llegar tarde. Pero al menos, sabía de la importancia de encontrar a Clarisa Martinelli. No tenía idea de qué relación guardaba con Amanda, pero por la forma en que reaccionó, era una excelente pista que me llevaría a saber más sobre su pasado.

 

   Sin embargo, me crucé con Victoria rumbo a la salida. Llevaba varias carpetas en su mano y se le veía atareada. Le llamé su atención, y al levantar la mirada hacia mí, me sentí perforado por la frialdad que expresaba con sus ojos cafés.

 

   —Fernando, estoy ocupada —dijo tratando de evadirme. Esta vez no se lo permití.

   —Por favor, al menos me gustaría hablar contigo. No quiero interrumpirte mucho tiempo. Además, ya casi es mediodía. Al menos permíteme comprarte un café.

 

   Victoria me miraba fijamente a los ojos con el ceño fruncido.

 

   —Hay una máquina de café instantáneo aquí en la comisaría. Ven conmigo.

 

   Ella me guió por otro pasillo hacia la máquina expendedora que estaba libre. Me adelanté para insertar los billetes en la máquina, pero ella se interpuso y compró su propio café. Yo pagué por el mío, y bebí un sorbo para darme fuerzas mientras ella soplaba el vapor que emanaba de su vaso.

 

   —Tienes cinco minutos, Fernando. Estoy ocupada —soltó ella de forma cortante.

   —Pues… sólo quería saber cómo estás y… y… —Estaba sudando frío, incapaz de formar una frase coherente.

   —Estoy bien. Como ves, ya soy detective de víctimas especiales, justo como prometí que sería.

   —Qué bueno… —dije yo, bajando la mirada—. Siempre supe que lo lograrías. Eras una de las mejores de la academia y…

   —Yo también pensé lo mismo de ti, pero veo que me había equivocado. —Victoria bebió otro sorbo de su café. Era obvio que quería acabar con la conversación—. Yo pude resistir. Todos pudimos. Pero eso ya no importa, porque tú seguiste con tu vida.

 

   Aún seguía enojada, y no podía culparla.

 

   —Y… ¿qué pasó con Javier? —le pregunté para extender un poco más la conversación—, él fue quien me recomendó trabajar como detective privado hace unos meses. No volví a verlo desde entonces.

 

   El rostro de Victoria se endureció todavía más, y su mirada me atravesaba el cráneo con fiereza. Sin embargo, cuando me contestó, su voz era tranquila, como un huracán a punto de desatarse. Y ese huracán me destruyó por completo.

 

   —Javier murió hace unos meses.

 

   Sus palabras retumbaron en mi mente con intensidad, y me quedé sin palabras para responder. «¿Javier está muerto?», me pregunté una y otra vez.

 

   —¿Qué? ¿No te habías enterado? No me extraña, si no perdiste el tiempo para jugar al detective privado y enamorar cantantes. —Victoria arrugó su vaso y lo tiró a la basura —. Vi tus fotos en todos los periódicos con la cantante esa, así que no tienes por qué avergonzarte de tu novia. Y para tu información, Javier murió en la explosión del “Pin Cinco”, cuando estaban por arrestar al hacker. Pero claro, es obvio que estabas demasiado ocupado para preocuparte por la gente que de verdad le importabas.

 

   Seguí paralizado, temblando por la impresión, y agujereado en el corazón por las palabras tan duras de Victoria.

 

   —Ahora, si me permites, tengo trabajo que hacer.

 

   Victoria se alejó de mí, dejándome petrificado y dolido. No supe cómo reaccionar. Javier estaba muerto, y Victoria me odiaba. Me sentía abatido al saber cómo habían desaparecido las únicas personas que me brindaron su apoyo en mis peores momentos de la academia, y peor aún, sin saber qué les había ocurrido después de mi partida.

 

   Me sentía responsable.

 

   Abandoné la estación de policía, pero decidí dar una mirada atrás. No supe por qué, pero deseaba ver una vez más a Victoria en las puertas, pero era obvio que no iba a aparecer.

 

   Sus palabras eran más que claras. Para ella, yo también había muerto, mucho antes que Javier.

 

   El teléfono sonó en ese momento, y como un autómata lo contesté. Amanda estaba al otro lado de la línea, gritándome por no haber ido a la oficina, y me exigió que fuera para allá inmediatamente antes de colgar.

 

   El solo acto de tragar saliva se sentía como tragar piedras por todo lo que había escuchado. Ni siquiera mantuve el interés en Clarisa Martinelli. Estaba demasiado devastado para pensar con lógica.

 

   Sin darme cuenta, mis pasos me llevaron al edificio donde está la agencia de detectives. En mi interior no quería entrar, pero mis pasos ya eran automáticos. En poco tiempo ya estaba frente a la puerta.

 

   Tomé aire para darme algo de valor, y abrí la puerta.

 

   Amanda se levantó del escritorio con el ceño fruncido, llevándose los brazos a la cintura mientras se plantaba frente a mí.

 

   —¿Estas son horas de llegar, Saltamontes? ¡Tenemos trabajo pendiente y tú te tomas la mañana para andar por ahí sin avisarme! Te he dicho miles de veces que tienes que estar temprano en la oficina para organizar los expedientes y recibir a los clientes, sin contar que tienes que mantener el lugar impecable. Sabes que esto es una reducción de tu paga y un severo castigo por tu falta de responsa…

 

   No me contuve más.

 

   Avancé hacia ella y la abracé con fuerza. Hundí mi rostro en su hombro, y lloré en silencio.

 

   Lloré por mi amigo Javier, sepultado por los escombros del Pin Cinco.

 

   Lloré por Victoria, que me guardaba un enorme rencor.

 

   Y lloré por mí mismo, por haber sido tan débil.

 

   Amanda se mantuvo en silencio por un rato. Luego, me abrazó. Pude sentir como la presión de sus brazos era lo suficiente como para sentir su apoyo y su calidez. Me aferré a ella, como mi único salvavidas.

 

   Sentí su mano acariciar mi cabello, y su voz susurrándome al oído.

 

   —Tranquilo, Fernando… tranquilo…

 

                                             *** CASO CANCELADO ***