La Detective Impertinente

Capítulo 6: El caso de una joya carmesí

   Esa tarde, le conté toda mi historia a Amanda.

 

   Cuando ingresé a la Academia de Policía, lo hice pensando en mi padre, siguiendo sus pasos, como un niño buscando la grandeza de ser un superhéroe. Él era tan famoso, que los profesores, todos experimentados agentes en su campo, sabían de lo que él fue capaz cuando estaba en la división de Homicidios. Era mi orgullo, y en parte mi carga.

 

   Fue poco después de mi ingreso, que conocí a Victoria Monreal.  El sueño de ella, era convertirse en detective de la división de Victimas Especiales, que investigaban casos de violencia de género o asalto a niños. Fue la primera que se acercó a mí sin haber mostrado interés en mi padre, y su honestidad me atrapó desde el primer momento.

 

   Después conocimos a Javier Salcedo, quien deseaba ser agente de la Unidad de Fuerzas de Choque. Era un bromista sin remedio, y en más de una ocasión, Victoria y yo fuimos víctimas de sus bromas; pero era un buen tipo, y los tres nos volvimos inseparables. No obstante, el director de la Academia en ese entonces, Reinaldo Benavides, lo echó todo a perder.

 

   Benavides sabía de la fama de mi padre, y por alguna razón, eso me convirtió en objetivo de su abuso de autoridad. Pese a todo el empeño que ponía en mis estudios o en mis prácticas de tiro al blanco, mis notas siempre eran inferiores a la media. Mis profesores poco o nada podían hacer. No importaba lo bueno que fuera en sus clases, Benavides les impedía darme buenas calificaciones. El muy hipócrita decía que todos estos obstáculos ayudarían a forjar mi carácter, pero lo que en realidad deseaba, era que abandonara. Y lo logró.

 

   Victoria quedó abatida cuando le comuniqué mi decisión. Hizo todo lo posible para convencerme de quedarme, y que juntos lograríamos superar la adversidad, pero no le hice caso. Recogí mis pertenencias y dejé la academia sin mirar atrás.

 

   Amanda me miraba fijamente mientras contaba mi historia. No percibí que ella hiciera algún gesto, por lo que dejé salir toda mi frustración luego de las cosas que Victoria me había revelado. Después de que terminé de contarle todo, Amanda me tomó de la mano y me llevó hasta la puerta.

 

   —Vete a casa, y tómate la tarde libre. Mañana quiero que me llames, y me digas si vendrás a trabajar. ¿Estamos claros?

   —Sí, jefa. —Fue todo lo que contesté.

   —Tómate una cerveza bien fría, y duerme bien. Mañana será otro día.

 

   Amanda cerró la puerta de su oficina apenas crucé el umbral. Exhalé un suspiro profundo, y me fui a casa. Poco después de haber tomado una ducha, sonó mi celular. Era Slash del otro lado de la línea.

 

   —¿Tienes unos minutos? Amanda no está contigo, ¿verdad?

   —No, estoy solo. —Me extrañó que preguntara por Amanda de esa forma, pero lo dejé pasar—. Dime, ¿descubriste algo?

   —Descubrí un jugoso filete de res de la mejor calidad. Me infiltré en uno de los servidores de la estación de policía, y averigüé lo que preguntaste sobre Benavides. ¡No tienes idea de lo jugosa que está la carne que encontré!

   —¡Deja los eufemismos y dime que encontraste!

   —No necesitas ponerte así. Te recuerdo que estoy trabajando para ti, y los honorarios los cobro yo. Te diré lo que encontré. ¿Estás sentado?

 

   Me incomodaba el tono que estaba usando Slash, pero considerando lo muy unido que es de Amanda, no me extrañaba que copiara sus mañas. Me senté en mi sofá y encendí la televisión mientras seguía con el celular pegado a mi oreja.

 

   —Sí, ya estoy sentado.

   —Resulta que Benavides no sólo estuvo involucrado con el tema de los fraudes de las casas de subastas, también ha estado relacionado con casos de drogas en el pasado. Parece que buena parte de sus investigaciones están relacionadas con traficantes que salieron en libertad poco después. Ese tipo sí que tiene las manos metidas en la masa.

 

   Mi mente procesaba todo lo que decía Slash a mil kilómetros por hora. Con ese hallazgo, era obvio que Benavides estaba involucrado en negocios turbios, pero sin evidencias sólo era especulación. Al menos ya tenía algo con qué distraerme para olvidar el mal trago de Victoria.

 

   —¿Hay algo que lo conecte con el Caballero Fantasma?

   —No hay nada de eso. No creo que sean cómplices por lo que me dijiste sobre las falsificaciones —concluyó Slash sonando pensativo—. Creo que sería al contrario. Benavides y el ladrón estarían uno contra el otro… y sobre el Muelle 21, no encuentro nada en particular que lo relacione con algo así, pero si fue un caso de los gordos y hay drogas de por medio, es posible que estén relacionados.

   —Tiene sentido —respondí recordando que Benavides estaba encargado del caso del ladrón—, pero lo que encontraste me ayuda mucho… Por cierto, ¿puedes ayudarme con otra cosa?

   —Sabes que eso te va a aumentar el costo de mi trabajo. Y no es que me moleste cobrarte más.

   —¿Puedes investigar sobre Clarisa Martinelli? Es sobre un caso diferente que estoy investigando.

 

   La línea permaneció en silencio por un instante. El ruido de los comerciales en la televisión me distrajo por un momento, pero en poco tiempo Slash retomó la línea.

 

   —Estás de suerte, porque todo lo que hice fue una búsqueda rápida. Ella es la presidenta de una organización filantrópica que se hizo pública recientemente. Están otorgando becas a niños genios para que estudien informática y ciencias. O al menos es lo que dicen las noticias de ayer.

   —¿Sólo eso? ¿No conseguiste antecedentes o algo por el estilo?

   —¿En qué estás pensando ahora? Si no hablas claro, no voy a ayudarte más. —Slash sonaba impaciente. Era mejor mantenerlo interesado.

   —Estaba relacionada con un hombre de apellido Clemente. Era el dueño de una compañía de importación, pero el caso fue cerrado antes de tiempo. Creo que hay algo más profundo, pero no estoy seguro que es.

   —¡Oh! Instinto de detective, me encanta. Amanda te está entrenando muy bien —reía del otro lado de la línea—, esto irá por mi cuenta. Déjame ver qué otra cosa descubro sobre ella, pero lo demás si te lo voy a cobrar, ¿eh? Te enviaré mis datos para el pago en un segundo.

   —Gracias Slash, te debo una.

   —Sólo págame el trabajo de Benavides y asunto arreglado. Cuídate.

 

   Slash cortó la llamada. Las noticias habían comenzado, por lo que debían ser cerca de las siete de la noche. Decidí calentar algo de cenar mientras escuchaba una noticia que me llamó la atención: una modelo de pasarela, llamada Angélica Lindbergh, había sido asesinada durante un desfile de modas que se había celebrado el día anterior. Las autoridades aún estaban tras la pista del sospechoso, quienes presumían era un psicópata.

 

   Terminé de cenar, y me acosté a dormir temprano, pero me costó conciliar el sueño esa noche. El rostro de Javier y el de Victoria no se desvanecieron de mi memoria.

 

 

   A la mañana siguiente, llamé a Amanda para confirmarle que iría a la oficina y partí hacia allá de inmediato. Mi jefa me recibió con una sonrisa y me sujetó del cuello con su brazo como si se tratara de una llave de lucha libre.

 

   —¡Amanda! ¡Suéltame, por favor! —exclamé mientras forcejeaba con su agarre.

   —Vamos, mi niño llorón, ya no te pongas así. Estoy muy feliz de que ya estés de mejor ánimo.

   «Claro, tú no eres la víctima de un agarre», pensé sonrojado mientras trataba de zafarme. Tenía mi rostro presionado contra su busto del lado izquierdo. Sentí como me despeinaba de forma juguetona con su mano libre.

 

   Logré zafarme y me arreglé la corbata y el peinado lo mejor que pude. Amanda me miraba con los brazos cruzados.

 

   —Te propongo un trato, Saltamontes. Después que terminemos el día de hoy, te invito a tomar unos tragos para que te olvides de la tal Victoria. ¿Te parece bien? —sonreía enseñando sus dientes de forma amplia. Yo suspiré y acepté su invitación—. ¡Ese es mi niño! Ya no te preocupes y sonríe a la vida. No tienes la culpa de nada de lo que pasó. No importa lo que ella te diga —decía mi jefa mientras me pellizcaba una mejilla—, lo mejor es que sigas adelante y… todo estará bien, ¿está claro?

 

   «¿Qué fue eso?», pensé de pronto. Había notado un súbito cambio en el tono de voz de Amanda. Fue muy tenue, pero ahí estaba. Ella no notó mi inquietud. Estaba ocupada ajustando la solapa de mi chaleco mientras sonreía. Sabía que me estaba infundiendo fuerzas, pero ese momento de duda fue sumamente ruidoso en mi mente.

 

   En ese momento tocaron a la puerta. Amanda se dirigió de vuelta al escritorio y me ordenó atender la visita. En cuanto abrí la puerta, entró un hombre de traje y corbata negros, con anteojos oscuros. En la mano llevaba un portafolio negro. No nos dirigió la palabra en ningún momento, sino que se detuvo a mirar el interior de la oficina.

 

   Amanda levantó una ceja de forma inquisitiva. Luego, el hombre habló hacia el pasillo.

 

   —¡Todo libre, señor! —exclamó él de forma seca.

 

   Poco después apareció un hombre mayor, de unos 50 años, con una barriga prominente y una calva coronada por escaso cabello canoso a los lados. Tenía una barba blanca bien afeitada, y por su vestimenta ostentosa y bien cortada a su medida, se notaba que le gustaba lucir su riqueza.

 

   —Buenos días. Supongo que esta es la Agencia de Detectives Manrique. Me permito presentarme. —El hombre le extendió a Amanda una tarjeta—. Soy Lucio Farelli. Debe haber escuchado hablar de mí en los medios.

   —¡Oh! Supongo que usted es un cliente buscando mi excelente y exclusiva Agencia de Detectives. Me permito presentarme de vuelta. —Amanda extendió su mano, sin tomar la tarjeta—. Soy Amanda Manrique, detective excepcional y sin comparación, capaz de resolver cualquier problema que necesite. Seguramente escuchó hablar de mí por alguien más porque de lo contrario no estaría aquí.

 

   El hombre comenzó a reírse mientras dejaba la tarjeta en el escritorio, y se dirigió hacia su acompañante.

 

   —¡Me encanta su actitud! ¡Me fascina! —decía el señor Farelli entre risas. Su acompañante, que supuse era su guardaespaldas, ni se inmutó.

 

   Luego de su risotada, el señor Farelli tomó asiento frente a Amanda. Ella hizo lo mismo.

 

   —Saltamontes, prepara unas tazas de café para nuestros clientes. No hay que perder la cortesía —dijo ella guiñándome el ojo.

   —No es necesario, detective. No me apetece beber café, pero gracias por el gesto. Vine porque usted fue muy recomendada por mi buen amigo Sergio Lombardi. Usted resolvió un caso relacionado a su protegida, una cantante… no recuerdo su nombre ahora…

   «¿El manager de Melanie? Entonces la estrategia de Amanda para conocer clientes sí que funciona», pensé mientras me colocaba junto a ella en el escritorio.

   —Vengo a verla porque tengo un problema muy serio entre manos, detective —prosiguió el señor Farelli—. Estoy seguro de que debe haber escuchado sobre Angélica Lindbergh.

   «¿La modelo que mataron?», pensé sin poder disimular mi sorpresa. Miré a Amanda, pero ella ni se inmutó.

   —Ella fue encontrada muerta poco después de la presentación de mi última colección de moda de verano. Fue una pérdida lamentable.

   —¿Y la policía no se está encargando del caso? —preguntó Amanda con los brazos cruzados.

   —No confío mucho en ellos, si le soy sincero. Por eso necesito de su ayuda.

   —No me involucro en casos en los que la policía ya está investigando. Es malo para mis negocios —dijo mi jefa de forma tajante—. Sólo debe tener paciencia. Ya atraparán al culpable.

   —No he terminado, detective —replicó el señor Farelli levantando su mano en señal de “alto”—. Si fuera tan simple, ya me hubiera retirado de aquí. Se trata de otra de mis modelos. No sé si ha oído hablar de Esmeralda Saavedra.

   —No estoy interesada en las modas o la farándula, señor Farelli. Me parece una tontería estar pendiente de alguien que come y duerme igual que yo.

   «Y hace unos meses quisiste pretender ser modelo», pensé sobre la hipocresía que dijo mi jefa.

   —Esmeralda es la modelo más cotizada que trabaja para mí. Ha estado en portadas de las más prestigiosas revistas de moda del mundo, y el sujeto que mató a Angélica dejó una nota en la pared, diciendo que va tras Esmeralda. Si algo le pasa, no sólo afectaría mi negocio, sino que sería un escándalo para las pasarelas internacionales. Nadie querría trabajar para mí.

 

   Amanda cerró los ojos por un momento, como si pensara profundamente su decisión, aunque yo estaba seguro de que diría que sí.

 

   —Si mis palabras no la convencen, entonces creo que esto lo hará.

 

   El señor Farelli tomó el portafolio que el guardaespaldas aún sostenía, lo colocó sobre el escritorio y lo abrió. Miré con la mandíbula desencajada los incontables fajos de billetes que había en su interior.  Si Amanda aún no estaba decidida a aceptar, esto la convencería.

 

   Mi jefa esbozó una sonrisa al ver los billetes apilados de forma ordenada.

 

   —Muy bien, aceptaré la otra mitad una vez resolvamos su caso.

   —¿Cómo que la otra mitad? —preguntó confundido el señor Farelli. Amanda cerró el portafolio.

   —Considerando que la cantidad que me paga es en efectivo y no por transferencia bancaria, significa que usted tiene aún más recursos para contratar mis servicios. El señor Lombardi seguramente le contó que resolvimos el caso de su representada en apenas dos días. Si ocurriera un hipotético fracaso en este caso, le dejaré como garantía mi oficina más la devolución de su dinero. Si tiene dudas, ahí está la puerta.

   —¡¿Te volviste loca?! —exclamé mientras sentía un sudor frío bañar mi frente.

   —Trato hecho, detective. En ese caso, me gustaría que fuera conmigo al auditorio donde se hizo el evento. Quizá pueda encontrar algo útil. Tengo espacio suficiente en mi auto.

 

   Amanda y el señor Farelli estrecharon sus manos y se dirigieron a la puerta. Yo seguía en mi lugar con la boca abierta por la contraoferta de mi jefa. No fue hasta que sentí una palmada de mi jefa en la parte posterior de mi cabeza que pude reaccionar.

 

   Abordamos una camioneta lujosa de color blanco y nos dirigimos hacia un hotel que ya conocía muy bien: Presidente Plaza. El acceso al auditorio principal del hotel estaba cerrado con precintos policiales, pero mi jefa los atravesó sin preocuparle las consecuencias. El señor Farelli y su guardaespaldas nos guiaron a uno de los vestidores ubicados en la parte posterior del auditorio, donde fue encontrado el cadáver de Angélica.

 

   Mi jefa y yo nos detuvimos en la puerta. En el suelo, pintada con cal, estaba la silueta del cadáver, y una gran mancha de sangre seca en el centro. La habitación estaba en orden, salvo por algunos artículos de maquillaje tirados en el suelo. Sin embargo, lo que más nos llamó la atención fue una de las paredes. Con letras muy claras y escritas con sangre, estaba la palabra “Esmeralda”.

 

   —¿A qué hora dice que ocurrió el asesinato? —preguntó mi jefa sin dejar de mirar la pared, tomando una foto con su celular.

   —Encontramos el cuerpo alrededor de las once de la noche, cuando estábamos terminando el desfile —respondió el señor Farelli desde el umbral.

   —Ten cuidado y no toques nada, Saltamontes. Si dejaron todo esto intacto es porque la policía vendrá aquí más tarde.

   —Sí, jefa —contesté quedándome quieto. No me apetecía regar mis huellas dactilares por ahí.

 

   Amanda sacó del bolsillo de su chaqueta una linterna pequeña y la encendió, iluminando las letras. Luego iluminó el suelo, y parte del rodapiés. Después se acercó a la puerta e iluminó la cerradura y el picaporte, teniendo cuidado de no tocar nada.

 

   —La cerradura fue forzada. ¿Encontraron a la víctima aquí adentro?

   —Según me informaron mis empleados, cuando terminamos el evento y no encontraron a Angélica, hallaron este vestidor cerrado. Ellos forzaron la puerta para entrar y la encontraron aquí.

   —¿Y dónde estaba usted?

   —Yo me había retirado a mi casa. Me acompañó mi guardaespaldas por supuesto —contestó el señor Farelli señalando a su protector—. Pero durante la noche siempre estuve a la vista de todos. Estuve sentado en primera fila mirando a las modelos todo el tiempo, así que tengo una coartada impecable. La policía pudo comprobarlo.

   —No dudo de usted, pero no está de más preguntar. No es la primera vez que alguien pretende verme la cara de tonta —respondió ella mientras se agachaba a ver el charco de sangre seca—. Por la forma del charco, fue una puñalada fatal. Quizá la apuñalaron más veces pero sin ver el cadáver no puedo estar segura.

   —¿No pudieron haberle disparado, jefa? —pregunté de forma ingenua. Amanda me reprobó con la mirada.

   —Piensa, Fernando. Si de verdad le dispararon, alguien lo hubiera reportado. Aún si fuera un arma con silenciador, se puede escuchar perfectamente.

   —Si… lo siento jefa, tiene razón.

 

   El teléfono del señor Farelli sonó. Se excusó y se apartó de nosotros, mientras que seguíamos mirando los alrededores buscando pistas. En pocos segundos estuvo de vuelta con nosotros.

 

   —Parece que tengo que volver a la oficina. La representante de Esmeralda está en la oficina junto con la policía, y quieren hablar conmigo. ¿Gustan en acompañarme, detectives?

   —No hay problema. No quiero estar aquí cuando la policía venga a recoger más pistas. Además, ya vi suficiente —concluyó mi jefa mientras salía de la habitación. Yo la seguí de inmediato.

 

   Nos dirigimos a las oficinas de la casa de modas “Farelli`s”, ubicadas en una de las zonas comerciales más importantes de la ciudad.

 

   ¡Era un edificio impresionante! Los cristales de las ventanas reflejaban la luz del sol y me cegaron, por lo que no pude ver si era un rascacielos, pero se notaba ostentoso. Apresuré el paso para alcanzar a Amanda que ya me había dejado atrás. Los cuatro abordamos el ascensor y subimos hasta el último piso, donde estaban las oficinas de nuestro cliente y sus subordinados inmediatos.

 

   La secretaria del señor Farelli, vestida con un uniforme sobrio con el logo de la compañía, nos hizo una seña en cuanto nos vio llegar. Estaba hablando con otra mujer, que al darse la vuelta, me clavó la mirada como acero caliente. Era Victoria.

 

   —Buenos días, señor Farelli. Soy la detective Victoria Monreal, de la Unidad de Víctimas Especiales —dijo Victoria mientras mostraba su placa—, me gustaría hablar con usted acerca de la señorita Angélica Lindbergh… a solas.

   —Con gusto, oficial —contestó el señor Farelli, indicando la entrada a su oficina—. ¿Me disculpan unos minutos? —añadió, dirigiéndose a nosotros.

   —No se moleste, yo espero aquí. No es bueno interponerse con la autoridad —comentó mi jefa cruzándose de brazos. Yo decidí no responder.

 

   El pasillo donde nos encontrábamos era cómodo y alfombrado. Por un lado, las ventanas nos permitían ver la ciudad casi completa. Junto a las ventanas, estaban las butacas para que las visitas pudieran esperar a ser atendidas. La pared de enfrente estaba llena de imágenes de modelos caminando en pasarela, con miradas seductoras, maquillaje perfecto y escasas prendas de vestir. La que más resaltaba de todas ellas, era una mujer de cabello castaño con un vestido de gala de color verde oscuro, dándole un aire de sofisticación que no poseían las demás, y sus ojos eran de un verde muy vivo. Su imagen era de mayor escala que las demás, como si estuviera al frente de todas las modelos.

 

   Sentí una palmada en la parte posterior de mi cabeza. Amanda me miraba con el ceño fruncido.

 

   —Baboso. —Fue todo lo que me dijo.

 

   Varios minutos después, Victoria salió de la oficina. Amanda se dirigió hacia la puerta, pero yo no la seguí. Decidí seguir a Victoria hasta el ascensor, tratando de captar su atención mientras ella miraba a otro lado.

 

   —Por favor… no me ignores así… —le dije suplicante. Ella torció la boca en señal de desagrado.

   —Espero no encontrar ninguna huella tuya o de tu amiguita en la escena del crimen o te haré la vida imposible. ¿Está claro? —replicó Victoria frunciendo el ceño.

   —No te voy a molestar más, pero al menos hazme un favor. —Miré las luces del ascensor, que se aproximaban al piso donde nos encontrábamos—. Me gustaría saber dónde enterraron a Javier para visitarlo. Es lo menos que puedo hacer por él ahora. Eres la única que puede decirme… por favor.

 

   Victoria exhaló un suspiro y tomó una libreta guardada en su cartera, garabateó unas líneas y arrancó la hoja, extendiéndola hacia mí.

 

   Una pequeña campanilla anunció la llegada del ascensor. Victoria lo abordó de inmediato.

 

   —Al menos espero que tu conciencia pueda descansar —dijo ella mientras las puertas se cerraban. Guardé el papelito en el bolsillo de mi pantalón, y volví a enfocarme en el caso.

 

   Amanda me miraba de forma reprobatoria por haberla ignorado. Me haló de la oreja y me llevó hasta la oficina, haciéndome pasar vergüenza.

 

   La oficina del señor Farelli era amplia, y en toda la extensión de las paredes se veían fotos a tamaño natural de las modelos. Todas ellas eran muy hermosas, en particular una que me llamó la atención. Esta mujer era rubia, de ojos verdes muy brillantes y piel intensamente blanca. Los rasgos faciales eran similares a la de la primera fotografía en el pasillo, y el color de los ojos era de la misma intensidad. Pensé que el trabajo de peluquería era muy asombroso para hacerla parecer como dos mujeres diferentes, pero el parecido físico era innegable.

 

   —Me gusta estar rodeado de mis niñas, detective —bromeó el señor Farelli. Él se encontraba sentado en su escritorio frente a un enorme ventanal, que mostraba una vista panorámica de la ciudad. El guardaespaldas estaba de pie, detrás de él. Amanda estaba sentada junto al escritorio, mirándome con el ceño fruncido y los dientes apretados por la rabia. Me disculpé con ambos y tomé asiento al lado de mi jefa—. He cuidado de ellas con mucho amor y les he brindado mis mejores diseños y una carrera fructífera, así que me gusta sentir la presencia de todas ellas por medio de sus fotografías.

   —Ahora vayamos al grano, que ya perdimos mucho tiempo —interrumpió Amanda, cruzándose de brazos—. ¿Sabe de alguien que quiera hacerle daño a Esmeralda? ¿Alguna rival en particular?

   —Mis niñas son competitivas, pero no son asesinas, detective —sonrió el señor Farelli—. Lo peor que podrían hacer es arruinarse el peinado, pero saben que yo les brindaría atención. Sin embargo si tengo un sospechoso.

 

   El señor Farelli sacó de la gaveta de un escritorio una carpeta con documentos. Se veía el perfil de un hombre de 40 años, con cabello negro bien peinado hacia atrás, y mirada endurecida. Amanda y yo leímos su nombre: Carlos Carreño, y su trabajo era de cirujano plástico.

 

   —El doctor Carreño fue uno de los cirujanos plásticos más hábiles que he conocido, pero hace años, estuvo a punto de arruinar mi negocio. Además, descubrimos que traficaba medicamentos de otros hospitales para usarlos en su clínica privada. Lo arrestaron y fue enviado a prisión hace años.

   —¿Y cómo intentó arruinarlo? —preguntó Amanda con curiosidad.

   —Asesinó a una de mis modelos por mala praxis.

 

   Amanda y yo nos miramos, intuyendo lo mismo. Ese era nuestro primer sospechoso.

 

   —¿Salió de prisión? —pregunté yo, pero el señor Farelli se negó.

   —No que yo sepa. Quizá se fugó, o alguien lo sacó de la cárcel. Pero no dudaría en pensar que ese hombre es el asesino de Angélica.

   —Es una posibilidad —intervino mi jefa cerrando la carpeta—. Me gustaría llevarme este documento para mis archivos. Toda esta información me ayudará a encontrarlo.

   —Puede llevarse la carpeta, detective. Es sólo una copia.

   —¿Y dónde está la tal Esmeralda? Me gustaría hablar con ella.

   —Su manager me pidió que no revelara su ubicación por seguridad, pero dijo que estaría atenta por si la necesitaban. Ella está aquí en el edificio así que puedo llamarla si gustan.

   —¿Podrían llamar a alguien para que nos sirva algún café? Porque no me gusta trabajar para gente descortés. —Amanda sonreía divertida, mientras que yo me cubría la cara con las manos para disimular la vergüenza ajena.

 

   El señor Farelli se reía divertido por las ocurrencias de mi jefa y llamó a su secretaria, solicitando que nos trajeran café y que llamara a la manager de Esmeralda. La secretaria entró con una bandeja y tres tazas de café que olía exquisito, a comparación del agua de trapo sucio que Amanda servía en la oficina. Al cabo de pocos minutos, luego de que la secretaria se retiró, llegó la manager de Esmeralda. Escuchamos tocar la puerta y me di la vuelta al verla entrar, por poco me atraganto al verla.

 

   Ella era tan hermosa como las modelos, con cabello castaño peinado hacia atrás, terminado en una apretada cola de caballo. Vestía de forma elegante con un conjunto de oficinista bastante caro, de color gris. Y sus facciones físicas eran similares a las de las dos modelos que llamaron mi atención, pero sus ojos eran de color castaño oscuro.

 

   —Buenos días, señor Farelli —saludó ella de forma cortés—, ¿tiene información sobre el asesino?

   —Aún no, Rubí; pero tengo algo mejor. Le presento a la detective Amanda Manrique, y a su ayudante.

   —Encantada. Me llamo Rubí Saavedra, la representante de Esmeralda Saavedra.

 

   Noté como Amanda la miró con extrañeza.

 

   —Sí, soy la hermana gemela de Esmeralda —dijo la señorita Rubí de inmediato—. También soy su representante. Me estoy encargando de todos sus compromisos para proteger su integridad física.

   —Ellos se encargarán de encontrar a ese psicópata antes de que le haga daño a Esmeralda. Estoy seguro de que querrán hablar con ella también, ¿puedes arreglar un encuentro? —El señor Farelli encendía un tabaco mientras hablaba. Rubí hizo un gesto de desagrado por el fuerte olor.

   —Por ahora es imposible. Esmeralda debe estar cumpliendo una sesión de fotos para la revista “Ciao” en un estudio que seleccioné para ella.

   —Llámela por teléfono entonces —interrumpió Amanda de forma sarcástica—. Porque si ella es la más preciada gema de este sitio, entonces debo acercarme a ella. No tengo poderes de teletransporte para protegerla si algo malo le pasa.

 

   La manager frunció el ceño, pero no dijo nada. Sacó su teléfono celular, marcó de forma automática un número y encendió el altavoz. Del otro lado de la línea escuchamos la voz de otra mujer.

 

   —¿Hola? ¿Rubí? Tengo muy mala señal aquí —dijo Esmeralda del otro lado de la línea—. ¿Cómo estás cariño?

   —Hola Esmeralda. Disculpa que te interrumpa, pero tengo a una detective conmigo y…

   —¡No te escucho! Habla más fuerte… ¿Hola?

   —Dije que estoy con una detective, y necesita hablar contigo.

   —Mira, si quieres hablamos más tarde. Un besito. ¡Te quiero! —Colgó la llamada.

 

   La manager miró a mi jefa con una sonrisa muy sutil.

 

   —Ya la oyó, detective. Pero podemos conversar nosotras y en cuanto ella se desocupe, haré que se reúnan. Le doy mi palabra.

   —Peor es nada —soltó Amanda, para luego dirigirse al señor Farelli—. Muchas gracias por el café. Estuvo fenomenal. No se compara al agua de trapo sucio que hace mi ayudante.

 

   Preferí no comentar nada al respecto, pero estoy seguro de que ella notó la mirada furibunda que le dediqué.

 

   —Acompáñenme. Le mostraré un poco el lugar mientras conversamos.

 

   Seguimos a Rubí por los pasillos del edificio, donde llegamos a un estudio interno de fotografía. Nos comentó que todas las modelos eran fotografiadas en los estudios personales del señor Farelli, a excepción de Esmeralda. Me sorprendí al fijarme que las modelos sobrepasaban a Amanda en estatura. Incluso Rubí era más alta que ella.

 

   Nos comentó que el señor Farelli, durante las tardes, se encerraba en uno de los estudios para dibujar sus diseños en compañía de algunas asistentes, y después se retiraba a su hogar. La fama de Farelli era tal, que su nombre, convertida en la franquicia “Farelli´s”, era una de las más cotizadas en el mundo de la moda. No era de extrañar que pudiera financiar a tantas chicas a la vez.

 

   Amanda le hizo preguntas acerca de Carlos Carreño. La manager hizo un gesto de desagrado.

 

   —Conozco la historia de ese matasanos —comentó ella con odio en su mirada—. Por su culpa murió una modelo muy querida por el medio. De no ser por él, Mariela hubiera sido una de las modelos más famosas del mundo.

   —¿Mariela? —preguntó Amanda levantando una ceja.

   —Mariela Zambrano. Debe haber oído hablar de ella, Detective. Estuvo en muchas portadas y eventos alrededor del mundo.

   —No es algo que me interese, si te soy sincera —añadió mi jefa levantando los hombros—. Pero esta información puede ser muy útil. Sólo me queda hablar con Esmeralda. ¿Dónde la puedo encontrar?

   —No puedo decírselo, detective. Pero si puedo arreglar una cita con ella, y me aseguraré de que se vean lo más pronto posible. Entienda que es por la seguridad de mi representada, y sobre todo porque es mi hermana.

   —Muy bien. Entonces no tenemos nada que hacer aquí. —Amanda hizo un gesto con la mano de una forma soberbia—. Saltamontes, encárgate de darle mi número. Espero tu llamada, por el bien de tu hermana.

 

   Ofreciendo mis disculpas, le di el número de la oficina a Rubí y seguí corriendo a Amanda, que ya me llevaba algo de ventaja en el pasillo. Miré una vez más a la manager sobre mi hombro, quien no se movió de su lugar hasta que nos perdimos de su vista.

 

   Nos dirigimos hacia una fuente de sodas para discutir el caso de camino a la oficina. Amanda no reparó en gastos a la hora de pedir los sabores más sofisticados, que por supuesto terminé pagando yo. Tenía la boca manchada de chocolate mientras conversábamos.

 

   —Dime, Saltamontes, ¿qué te llamó la atención de todo lo que pasó hoy?

   —Pues… —Cerré los ojos, pensando en su pregunta—. Lo primero que se me ocurre es la maleta con dinero. Nunca había visto tanto dinero junto en mi vida.

   —¿Y por qué crees que ocurre eso?

   —No tengo idea, jefa —contesté mientras comía mi helado—. Recuerdo que dijiste algo sobre que tenía más recursos…

   —…que pudo haber transferido a una cuenta bancaria, pero prefirió no hacerlo. Eso significa que es dinero sucio, Saltamontes. Y si vamos a ensuciarnos las manos, al menos tenemos que saber en dónde nos metemos —concluyó ella señalándome con la cucharilla—. Nuestra misión es averiguar qué trapos sucios esconde el tal Farelli, y también descubrir si ese doctor es nuestro asesino. Si esa chica… la tal Victoria, está en el caso, significa que Raimundo también, por lo que tenemos parte del camino asegurado.

   —¿Crees que Raimundo nos ayude?

   —Es como si le preguntaras a la marea por qué sube o baja, así que deja las preguntas tontas de una vez.

   —Si jefa, lo siento —me disculpé mientras agachaba la cabeza.

   —Lo que me llama la atención es lo esquiva que se veía Rubí cuando hablaba de Esmeralda. Hay algo que no encaja en esto.

   —¿Te refieres a cómo la está protegiendo? A mí me pareció natural, es decir, es su hermana y…

   —Cariño, cuando tratas de proteger algo con mucha intensidad, es por dos razones: o lo amas demasiado, o pretendes esconderlo. Mañana sabremos la verdad si ella nos llama. Por ahora lo mejor es volver a la oficina y ver qué encontramos sobre el doctor Carreño. Menos mal que traje conmigo su archivo.

 

   Me tocó pagar el taxi de vuelta, así que dije adiós al pago de la factura de agua de mi casa.

 

 

   Una de las últimas enseñanzas que me inculcó mi padre, es que nunca debes sacar conclusiones apresuradas. A veces, lo que puede parecer obvio a la vista, puede significar algo totalmente diferente. Eso era algo que también repetía Amanda, por lo que me parecía bastante irónico que dos personas tan dispares como mi padre y ella opinaran lo mismo. Sin embargo, nunca había sido tan relevante como en este caso.

 

   Según los archivos que nos entregó el señor Farelli, el doctor Carlos Carreño fue uno de sus cirujanos plásticos de confianza para operar a sus modelos. La información de su expediente mostraba una carrera brillante en el Hospital General de la ciudad. No encontramos información sobre la modelo fallecida bajo su cuidado, así que decidimos ir al hospital e investigar la historia médica de Mariela Zambrano.

 

   Esa misma tarde nos reunimos con el director, un amable doctor de mediana edad a punto de jubilarse, quien nos permitió el acceso a los archivos del hospital. No tuvimos problema en encontrar el historial de Mariela Zambrano. Ella falleció por una embolia grasa producto de una liposucción. Según el director, era una complicación común, pero como se trataba de una modelo de pasarela muy famosa y sumándole las denuncias por tráfico de medicamentos, la carrera del doctor Carreño estaba acabada. Concluí que la motivación del doctor era cobrar venganza contra Farelli. Se lo dije a Amanda mientras conducíamos de vuelta a la oficina, pero ella se negó a aceptar esa hipótesis.

 

   —Si vas a buscar venganza contra alguien, atacas lo más preciado desde el principio. Si de verdad quisiera asesinar a Farelli hubiera comenzado con él, y si no puedes, ¿cuál sería el siguiente objetivo?

   —Creo que iría directamente contra su mejor modelo —respondí mientras miraba por la ventanilla del auto de forma reflexiva, pensando en Esmeralda.

   —Entonces, ¿por qué prevenir a esa modelo asesinando a alguien que no era tan relevante?

   —¿Entonces qué haremos? —le pregunté a Amanda mientras aparcaba el auto en su puesto de estacionamiento.

   —Por ahora no podemos hacer nada más. Llamaré a Raimundo para averiguar qué sabe, pero debemos hablar con Esmeralda. Ella es la clave de todo.

 

 

   A la mañana siguiente, recibimos una llamada por parte de la señorita Rubí. Nos envió un chofer en una enorme camioneta blanca para recogernos y ver a Esmeralda. Llegamos a una urbanización vigilada en las afueras de la ciudad, exclusiva para quienes ostentan riqueza. En ese momento pensé que siempre teníamos clientes muy adinerados, mientras que la oficina se mantenía desordenada y anticuada. Luego pensé en qué clase de cosas gastaba Amanda el dinero. Podía imaginarla saliendo de parranda y arrojando los billetes al aire, completamente ebria. Y eso explicaba todo.

 

   Nos bajamos cerca de la puerta, y el mismo chofer nos condujo al interior. La casa estaba sencillamente amueblada, pero estaba pulcra y aún en su sencillez se notaba la sofisticación de su habitante. Amanda y yo esperamos en la sala de estar sin decirnos nada. Me fijé lentamente en cualquier detalle que pudiera percibir de la habitación, considerando todos los casos que había vivido, sabiendo que en cualquier momento mi jefa me sometería a otra evaluación.

 

   —Buenos días, detectives —saludó una mujer aproximándose desde el pasillo. Era Esmeralda—. Lamento todo este ajetreo. Rubí me contó todo por teléfono.

 

   Esmeralda estaba idéntica a como la vi en las fotos. Perfectamente maquillada, con el cabello castaño bien arreglado y mirada cautivadora. Su ropa era sencilla: una camiseta blanca sin detalles y unos pantalones de mezclilla que seguramente eran de marca costosa. Tomó asiento junto a nosotros en una butaca, luego de que estrecháramos las manos y nos presentáramos con ella.

 

   —¿Dónde está Rubí? —preguntó Amanda mirando a todas partes—. ¿No va a venir?

   —Ella está ocupada arreglando mi próxima pasarela. No puedo dejar de trabajar sólo porque un loco anda suelto pretendiendo matarme.

   —¿Podría contarnos un poco sobre el incidente de Angélica Lindbergh? —añadí inmediatamente—. Tal vez usted pudo haber visto algo que nos pueda ser útil.

   —No vi nada esa noche, detective —respondió Esmeralda mirándome directamente. Sus ojos verdes eran muy brillantes, como si la luz se reflejara específicamente sobre ellos—. No tiene idea de la enorme cantidad de personas que caminan tras bastidores, entre maquilladores, modelos, vestuaristas… Si alguien se coló, es imposible que yo pudiera verlo. Además, yo era la estrella de esa pasarela. Todas las cámaras estuvieron sobre mí, así que no pude haberla matado.

   —¿Y sabe de alguien que si quisiera hacerlo? ¿Tenía algún enemigo? —preguntó Amanda cruzándose de brazos. Esmeralda negó con la cabeza.

   —No estoy segura. No me interesa la vida privada de mis compañeras. Bastante tengo con soportar la envidia de las que quieren estar en mi posición. Estoy segura de que yo tengo enemigos sin haberlos bus…

   —Me gustaría hablar con tu hermana. ¿Puedes llamarla?

 

   Esmeralda miró en silencio a mi jefa de una forma penetrante. La tensión que se sentía entre ambas había aumentado de forma súbita y se podía sentir sobre los hombros. Al poco rato, ella asintió y tomó su teléfono celular que tenía guardado en el bolsillo. Colocó el altavoz y pudimos escuchar el marcado automático. No pasó mucho tiempo hasta que Rubí contestó la llamada.

 

   —¿Hola? ¿Esmeralda? ¿Estás bien?

   —Sí, cariño. Estoy con los detectives. Quieren hablar contigo.

 

   Hubo un momento de pausa. Rubí volvió a hablar.

 

   —Ahora mismo estoy en una junta. Estaré desocupada más tarde. Llámame luego si todavía me necesitas.

   —Claro que sí, cielo. Cuídate mucho y un beso.

   —Un besito. Adiós. —La llamada se cortó.

 

   Amanda se levantó de su asiento y yo lo hice junto a ella.

 

   —Debemos irnos para poner en orden la información que poseemos, pero te aseguro que nada malo te va a pasar. Nos encargaremos de atrapar a ese psicópata.

   —Si mi hermana cree en ustedes, entonces yo también —comentó Esmeralda con una sonrisa.

 

   Abordamos la camioneta una vez más y nos condujeron de vuelta a la oficina. En todo el camino no nos dirigimos la palabra. Una vez que estuvimos a solas, Amanda se dio la vuelta y me sujetó de los hombros, sonriéndome.

 

   —¡Dime que te diste cuenta de lo mismo que yo, Saltamontes!

 

   La miré por un momento antes de compartir mis pensamientos.

 

   —No había ninguna fotografía de las dos en ninguna parte.

   —¡Exacto! Por eso es que eres mi estudiante favorito —dijo ella dándome un fuerte abrazo. Yo sonreí de forma nerviosa.

   —Soy tu único estudiante.

 

 

   Esa noche, nos encontramos con Raimundo en un restaurant para beber unas cervezas. Se veía agotado por la falta de sueño. Le contamos todo lo que sabíamos sobre la muerte de Angélica Lindbergh, y nos confirmó que estaba encargado del caso junto con Victoria.

 

   —Es una mujer excepcional. Benavides la puso al mando de la investigación. No sé si se deba al enorme talento de Monreal, o porque Benavides quiere hundir mi carrera aún más.

   —Ya te dije que puedes trabajar conmigo cuando gustes. —Amanda le dio una sonora palmada en la espalda, haciendo que derramara parte de su cerveza—. Siempre tengo espacio para más empleados.

   —¿Y negarme a disfrutar de mi próxima jubilación?

   —Como sea, eso puede esperar. ¿Conseguiste algo sobre el expediente criminal del doctor Carreño?

   —No es algo difícil de acceder, pero sabes que no puedo sacarlo de la comisaría. Le tomé unas fotografías al informe con el celular —respondió Raimundo mientras bebía otro sorbo de cerveza—. Ese doctor recibió una condena de 10 años, pero salió antes por buen comportamiento. Fue condenado por tráfico de anestésicos, además de la muerte de una mujer en la mesa operatoria.

   —Seguramente se volvió loco y planea vengarse de Farelli por no poseer su apoyo —comenté yo, mirando las fotos del informe.

   —Tenemos que atraparlo primero, y si él está planeando atacar a Esmeralda, entonces tendremos que preparar una trampa —dijo Amanda luego de beberse su botella de cerveza de un trago—. Victoria podría ayudarnos si quiere servir como anzuelo.

 

   Fruncí el ceño al escuchar a Amanda hablar así de ella, pero preferí no comentar nada.

 

   —No voy a arriesgar a Monreal a uno de tus planes locos, pero si podemos cerrar el cerco en el próximo evento de modas que organice Farelli. Mientras tanto estamos buscando al doctor por toda la ciudad. Ya investigamos su casa y no lo encontramos, así que tenemos orden de captura en su contra como principal sospechoso.

   —Lo vamos a atrapar. Estoy segura. —Amanda, levantó la mano—. ¡Mesero! Trae más cervezas, mi asistente invita.

 

   Golpeé mi frente contra la mesa por la frustración. Sentí como Raimundo me daba unas palmadas condescendientes en la espalda.

 

 

   Dos días después de nuestro encuentro con el señor Farelli, decidimos ejecutar nuestro plan. Recibimos una invitación a uno de los desfiles que se llevarían a cabo en uno de los anfiteatros más prestigiosos de la ciudad. Logramos convencer a Farelli de invitar a Raimundo y a Victoria para actuar como policías encubiertos, pese a su desconfianza. Decidimos llegar en autos separados. Amanda y yo caminamos en la alfombra roja aparentando ser celebridades. Ella disfrutó ser el centro de atención, usando un vestido de gala de color crema con un escote generoso, y una falda que le  llegaba a medio muslo. Yo usé un smoking de color negro, con corbata de lazo. Las luces de las cámaras me aturdieron en mi camino al anfiteatro, aunque no tuve que preocuparme de ser enfocado todo el tiempo. Amanda era bastante escandalosa con su sola presencia para hacer el trabajo por ambos.

 

   Al poco tiempo, Raimundo y Victoria llegaron juntos. Victoria se veía hermosa con un vestido de color rojo, más discreto que el de Amanda. Raimundo usaba un smoking similar al mío. Le hice una seña a Victoria a modo de saludo, pero ella sólo desvió la mirada. Le hizo una seña a Raimundo para decirle algo al oído, y luego se separó de nosotros.

 

   —Monreal estará por su cuenta. Estaré al tanto si vemos al sospechoso por ahí —dijo Raimundo mientras se separaba de nosotros.

   —Muy bien, Saltamontes, ve tras bastidores. Yo trataré de estar cerca de Farelli. Voy a aparentar ser su asistente.

   —No estarás pensando en sentarte a mirar el desfile, ¿o sí?

 

   Sentí un intenso dolor en el pie, producto del pisotón que recibí con el generoso zapato de tacón alto de Amanda.

 

   —Otro comentario así, y el taconazo lo recibirás en partes más nobles. Andando.

 

   Con disimulo, me colé tras bastidores y Esmeralda tenía razón: el lugar estaba atestado de gente. Las modelos estaban siendo maquilladas, y algunas otras terminaban de arreglarse sus trajes. Encontré a Esmeralda siendo maquillada. No vi nada sospechoso en ese momento, pero sí ocurrió algo que cambiaría el curso de la investigación de forma inesperada.

 

   Escuché la conversación de dos modelos que estaban esperando su turno para salir a la pasarela. Una chica morena hablaba con una rubia en cuchicheos, pero fue lo suficientemente audible para escucharlas.

 

   —…y me invitó a la fiesta de esta noche. Odio que ese cerdo me invite —dijo la rubia.

   —Tenemos que decirle a alguien, o seguirá esta maldita pesadilla —continuó su amiga, indignada—. No podemos aguantar más este abuso.

   —¡Baja más la voz! Él debe tener oídos aquí también.

   —Disculpen… —Me acerqué a ellas, observando el pánico que las invadió. Faltaban pocos minutos para empezar el desfile—. Me llamo Fernando Salgado y soy detective privado. No pude evitar escucharlas, y me gustaría saber en qué puedo ayudarlas.

 

   Las dos mujeres se miraron mutuamente, y luego la morena, con cierto temor, me hizo acercarme a ella.

 

   —No puedo hablar con usted ahora, pero es sobre Farelli. Por favor, hablemos después del desfile.

 

   Asentí y me aparté en cuanto las demás modelos se aproximaban a la pasarela, tomando sus posiciones. Observé cómo una a una salían a desfilar los costosos vestidos, y Esmeralda pasó a mi lado, pero aparentamos bien el no conocernos. Noté como uno de los organizadores vociferaba algo a uno de los empleados del Protocolo que no pude comprender debido a la música estridente, así que me fui de los bastidores.

 

   Mientras me movía entre los asistentes, observaba el espectáculo. Las modelos caminaban con naturalidad y sonreían ante las luces de los reflectores de forma sutil, mostrando los curiosos vestidos diseñados por Farelli. Busqué con la mirada a Amanda y la noté hablando con unos caballeros que se veían mayores, pero que la rodeaban sin ningún pudor mientras señalaban a la pasarela, y para variar, Amanda sonreía extasiada con la atención que estaba recibiendo. Farelli estaba más cerca del escenario y a pocos metros de Amanda, mirando todo el espectáculo desde su asiento. No encontré a Victoria ni a Raimundo por ninguna parte.

 

   El evento se desarrolló con normalidad, y pasadas un par de horas, el presentador del evento presentó a Farelli para que subiera al escenario mientras era ovacionado por los asistentes y las modelos. El diseñador se levantó, y comenzó a moverse entre las sillas para subir a la pasarela, pero de pronto, noté como un hombre con un poblado bigote y traje del personal de protocolo del evento se acercó y extrajo de su chaqueta un cuchillo, vociferando: “¡Muere, maldito!”

 

   ¡Era el doctor Carreño!

 

   Traté de moverme entre las sillas de los asistentes, pero el pánico provocado por su grito me impidió moverme libremente entre el enorme tumulto. Sin embargo, cuando pude acercarme, me fijé que el hombre estaba siendo arrojado contra el suelo. Amanda estaba más cerca, y tenía una pierna levantada que estaba bajando lentamente. ¡Lo había pateado en la cara!

 

   El psicópata se levantó como pudo y arremetió contra Amanda con el cuchillo, pero usando un rápido movimiento de judo, lo volvió a arrojar al suelo con facilidad, pisándole el cuello para mantenerlo inmóvil. El bigote falso colgaba de forma patética de su labio. La falda de Amanda se había apartado un poco de su pierna, dejando ver su media de nylon expuesta, dándole un aspecto de Mujer Fatal. Yo sólo miraba embobado a mi jefa por la sorpresa de verla usando artes marciales.

 

   Los guardaespaldas se habían llevado a Farelli del lugar mientras ocurría todo.

 

   Victoria y Raimundo se acercaron a nosotros con las armas desenfundadas. Ella apartó con su cuerpo a Amanda y procedió a inmovilizarlo con un par de esposas, mientras que Raimundo le apuntaba con su arma y repetía sus derechos como sospechoso. Amanda hizo un mohín de disgusto por la actitud de Victoria, pero no dijo nada. Finalmente me miró, y me extendió la mano con el pulgar hacia arriba. Habíamos resuelto el caso sin ningún herido.

 

   O eso pensábamos.

 

   Escuchamos el estruendoso grito de una mujer tras los bastidores. Yo corrí primero hacia allá. Noté que Amanda y Raimundo me siguieron cuando llegué al lugar, donde unas pocas modelos miraban al interior de los baños públicos. En cuanto nos acercamos noté como todas ellas miraban horrorizadas hacia el interior.

 

   Adentro, una modelo yacía muerta con una herida de cuchillo en el abdomen. En el espejo, escrita con sangre, se leía claramente una palabra.

 

   “ESMERALDA”

 

 

   En menos de una hora, la policía había acordonado el lugar del evento.

 

   El doctor Carreño había sido escoltado hacia la estación de policía, y el cadáver de la modelo había sido levantado. Raimundo coordinaba a los oficiales gracias a sus dotes de líder, mientras que Victoria tomaba declaraciones de cada una de las modelos. Pensé que era momento de retirarnos del lugar, pero antes de irnos, vi a la modelo morena que estaba sentada aparte en una silla, con la cabeza apoyada en sus manos. Recordé la conversación que tuvimos y me acerqué a una de las mesas para maquillajes. Encontré un trozo de papel y un lápiz de color negro para maquillar las cejas. Escribí mi nombre y mi número de teléfono, y disimuladamente se lo extendí a la chica. Sentí un tirón del papel y lo solté. Si algo le pasaba, estaba seguro de que me llamaría.

 

   Amanda me llamó la atención con una mano, y decidimos volver a la oficina. Tuve que pagar otro taxi para el viaje de vuelta.

 

 

   Una vez que llegamos a la oficina, Amanda arrojó sus zapatos de tacón, que llevaba en la mano, y se sentó en su silla detrás del escritorio, levantando las piernas. Me sonrojé ligeramente al notar un poco de su ropa interior blanca.

 

   —¡Estoy molida! —exclamó estirando los brazos—. Andar con tacones es un castigo infernal. Deberían ser declaradas armas de destrucción masiva.

   —Al menos resolvimos el caso, y nos pagaron bastante dinero. No nos fue tan mal —dije yo mientras me quitaba la corbata de lazo.

 

   Amanda me miró de forma ceñuda y bajó las piernas del escritorio. Ahora apoyaba su cabeza sobre sus manos, dándole un aspecto inquisidor.

 

   —¿Realmente crees que está resuelto el caso, Saltamontes?

   —No lo creo —repliqué mientras negaba a la vez con la cabeza—. Hay cosas que no cuadran aquí.

   —Quiero que me las enumeres, porque yo no vi nada en los bastidores. Tú estuviste allí antes que yo.

   —Entendido, jefa. —Cerré los ojos un momento, analizando todo lo que habíamos visto—. Lo que hizo el asesino hoy en la noche fue muy extraño. Atacó a Farelli a la vista de todos, y aun así tuvo tiempo de matar a otra modelo. Yo no vi nada fuera de lo común tras bastidores, salvo la ocasión en que salí al área pública.

   —Muy bien, Saltamontes. Prosigue.

   —Lo segundo, es que si el asesino ya había anunciado que Esmeralda sería su siguiente víctima, ¿por qué mató a otra modelo?

   —Eso nos lleva a otra conclusión más obvia —dijo Amanda mientras esbozaba una sonrisa.

   —El doctor Carreño no es el asesino.

   —¡Muy bien, Saltamontes! —Amanda aplaudió mi deducción—. Este caso está lejos de terminar. Por ahora lo mejor será irnos a dormir. Puedes quedarte conmigo si quieres, pero ya sabes que mi lado de la cama es territorio apache para ti. ¿Te quedó claro?

 

   Amanda se levantó, y me dio un beso en la mejilla mientras me abrazaba desde atrás.

 

   —Voy a darme una ducha. Mañana hablaremos de esto. Ponte cómodo si quieres.

 

   Esa noche, no pude dormir tranquilo.

 

   Mientras Amanda dormía a mi lado, yo miraba hacia el techo, pensando en un último detalle que no habíamos analizado. Al principio, se lo atribuí al insomnio combinado con el agotamiento físico. Sin embargo, seguía allí, merodeando mis pensamientos.

 

   Por un lado, la supermodelo Esmeralda Saavedra, la más cotizada modelo y portada internacional de muchas revistas de moda. Por el otro, Rubí Saavedra, la eficiente manager que se encargaba de planificar sus contratos. Ambas eran hermanas gemelas, y por eso el parecido físico era abrumador. Dos mujeres que funcionaban al unísono, como si una supiera lo que pensaba la otra sin importar las distancias.

 

   Como dos mitades de una misma moneda.

 

   El sueño se me quitó al instante y me incorporé como si poseyera un resorte en mi espalda. Amanda se movió un poco a mi lado, pero no se despertó. Sin embargo, yo estuve más despierto que nunca.

 

   «Dos mitades…»

 

   Las palabras salieron de mi boca por si solas. No podía creerlo en ese momento, pero todo quedaba claro ahora. Sólo me quedaba demostrarlo.

 

   —…de una misma moneda.

 

                                     ***CASO EN INVESTIGACIÓN***