La Detective Impertinente

Capítulo 7: El caso de una joya carmesí (parte dos)

   Amanda destapó una lata de cerveza y tomó un sorbo mientras yo me servía una taza de café. Nos habíamos levantado temprano esa mañana para organizar nuestras ideas.

 

   Yo estaba usando unos pantalones cortos, que vestía bajo el smoking tomando las previsiones para no usar la ropa de Amanda una vez más, mientras que ella usaba ropa interior sencilla de color blanco, y una toalla colgando en su cuello.

 

   Me sonrojé al pensar que parecíamos una pareja de recién casados preparando el desayuno, aunque la sola idea de estar atado a Amanda en matrimonio me parecía una pesadilla. Rápidamente, deseché esos pensamientos de mi mente mientras la cafeína hacía efecto en mi organismo.

 

   Le conté a Amanda lo que había pensado durante la noche acerca de Esmeralda y Rubí. Mi jefa tomó otro sorbo de su cerveza antes de cerrar los ojos en actitud pensativa.

 

   —Así que crees que Rubí y Esmeralda son la misma mujer —dijo mi jefa mientras asentía levemente—. Es la teoría más ridícula y al mismo tiempo la más coherente que he escuchado nunca.

   —¿Por qué dices que es ridícula? —pregunté yo sintiéndome frustrado—. ¿No te has fijado en que ellas nunca comparten el mismo lugar al mismo tiempo?

   —Te recuerdo que fui yo quien te señaló la falta de fotografías de ambas mujeres en la casa de Esmeralda, así que no me faltes el respeto otra vez, ¿me oíste bien?

   —Sí, jefa. Está bien —contesté a regañadientes.

   —Tiene sentido lo que dices porque yo no las he visto juntas, pero no lo he dicho en voz alta por una pequeña razón: no tenemos pruebas. ¿Tú tienes alguna, Saltamontes?

   —No, aún no tengo pruebas —admití mientras me rascaba la cabeza.

   —Lo que me lleva a preguntarme lo siguiente: si se trata de una mujer aparentando ser dos personas distintas, ¿por qué lo hace? ¿Cuál es su verdadero objetivo? ¿Y por qué las otras mujeres han muerto y Esmeralda es señalada?

   —No tengo idea de nada, jefa. Me siento muy confundido.

 

   Sentí el contacto frío de la lata que Amanda me puso en la frente, lo que me hizo saltar del susto. Ella sonreía divertida.

 

   —Aclara un momento tus pensamientos. Ahora mismo nos interesa saber quién demonios es Esmeralda, o Rubí, o como se llamen. Y para saberlo, tenemos que pescar un pez aún más gordo que ella. ¿Sabes a qué me refiero?

   —Te refieres a Farelli, ¿verdad?

   —¡Exactamente! —exclamó mi jefa levantando su puño al aire—. ¡Un punto para el Súper Detective Salgado!

   «Payasa», fue todo lo que pensé.

   —Como para Farelli el caso está resuelto, sólo me queda ir a cobrar el dinero que nos debe. Esa será una buena oportunidad para sacarle algo más de información.

   —¿Y qué planeas ahora? —pregunté mientras terminaba mi café—. Yo debería ir a casa a cambiarme de ropa.

   —Te llevaré en el auto. En cuanto estés listo, iremos a su oficina, pero yo hablaré con él. Tú tienes otra misión.

   —¿De qué demonios hablas? ¿Cuál misión?

 

   Amanda me guiñó un ojo y se dirigió al baño para darse una ducha. Una vez más, sería víctima de otro de los planes locos de mi jefa.

 

 

   En cuanto ella se alistó para salir, me llevó a casa como habíamos acordado. Era la primera vez que Amanda la veía por dentro, ya que comenzó a deambular por mi sala, la cocina y mi habitación, sorprendida de verla ordenada y pulcra. Esta enseñanza me la inculcó mi madre, quien me enseñó desde pequeño a mantener un estricto orden. Mi padre era ordenado en su trabajo detectivesco, por lo que el orden en la vida era esencial para ser un detective completo. Todo lo contrario a lo que mi jefa representaba.

 

   Amanda se lanzó sobre el sofá y me ordenó bañarme mientras me esperaba, mirando la televisión.

 

   En cuanto terminé, mi teléfono celular comenzó a sonar desde la sala de estar. Ya estaba arreglado y listo para contestar, cuando vi a Amanda contestarlo.

 

   —Oficina del detective Salgado, ¿en qué puedo ayudarle? —contestó Amanda de forma cantarina—. Por ahora el detective está ocupado, pero puedo tomar su información… ¿Es muy urgente?... ¡Un momento por favor!

 

   Amanda me vio salir de la habitación y  me arrojó el teléfono. Lo atajé como pude. Le hice un gesto de desagrado antes de contestar, pero ella me había ignorado y volvió a mirar la televisión. Decidí cerrar la puerta y contestar de inmediato.

 

   —¿Diga? Soy Fernando.

   —¿Detective? Gracias al cielo —dijo la mujer desde el otro lado de la línea—. Soy Saida Maldonado. Nosotros hablamos poco antes del desfile.

   —Sí, lo recuerdo —respondí al recordar a la modelo morena a quien le había dado mi número—. ¿Puedo ayudarte? ¿Es sobre lo que querías contarme?

   —Me gustaría verlo hoy mismo si es posible. Estaré el día de hoy en las oficinas de Farelli. Hay un gimnasio en el cuarto piso del edificio principal. ¿Podemos vernos?

   «Vaya coincidencia», pensé. Ir a la oficina de Farelli resultaría muy conveniente.

   —Sí, allí estaré. Debo resolver unos asuntos, pero tenga la seguridad que estaré allí.

   —¡Muchísimas gracias, detective! —Colgó de inmediato.

 

   Regresé a la sala de estar, donde Amanda me esperaba de pie, lista para salir.

 

   —¿Quién era la chica, Saltamontes?

   —Es una modelo. Parece que tiene algo que decirme, pero no me lo dijo por teléfono.

   —Muy bien… tal parece que hay algo mucho más turbio de lo que pensaba. ¿Nos vamos?

 

   Partimos de inmediato al edificio donde estaban las oficinas de Farelli. Ahora que el día estaba nublado, pude ver mejor la altitud del rascacielos. ¡Era imponente! Representaba muy bien el poder que ostentaba el diseñador. Si era cierto que estaba metido en algún negocio turbio, al menos demostraba tener suficiente poder para manejarlo sin temor.

 

   Antes de entrar a la calle donde estaba el edificio, Amanda estacionó el auto y sacó del bolsillo de su pantalón el mismo bigote falso y los anteojos que había usado antes.

 

   —Farelli no debe saber que venimos juntos. Llegaré a pie y tú llegarás después. En cuanto veas mi señal, te colarás en el edificio y buscarás cualquier cosa que puedas sobre él. ¿Está claro?

   —¿Ese es tu fabuloso plan?

   —¡Ya cállate y prepárate! Sígueme, pero que nadie note que vamos juntos —dijo ella al momento de bajarse del auto.

 

   Una vez que me puse el disfraz, me bajé del auto y seguí a Amanda a una distancia prudencial. La vi entrar al edificio y detenerse en la recepción. A los pocos segundos, comenzó a agitar los brazos y azotarlos contra la mesa. Un grupo de vigilantes se acercaron a Amanda y comenzaron a sujetarla. ¡Estaba actuando de señuelo!

 

   Me colé en el edificio sin que notaran mi presencia, escuchando los agudos gritos de Amanda.

 

   —¡Exijo ver a Farelli! ¡Quiero mi dinero! ¡Tráiganlo inmediatamente y que me pague lo que me debe!

 

   Amanda finalmente fue arrastrada fuera del edificio. Caminé lo más natural que pude hacia los ascensores, pensando que el pequeño acto de Amanda había funcionado demasiado bien. Con suerte, podría descubrir algo turbio que también involucrara a Rubí y a su hermana.

 

   Recordé que Saida me había dicho que el gimnasio donde me esperaba estaba en el cuarto piso. En cuanto salí del elevador, me acerqué a las puertas de vidrio desde donde podía ver a algunas modelos ejercitándose junto con sus entrenadores. Noté con la mirada a Saida, que bebía agua de su termo. Usaba un traje deportivo color rojo brillante y ajustado que realzaba su piel morena y sus bien definidas curvas.

 

   Me acerqué a ella lo más que pude para no levantar sospechas, y apenas estuve frente a ella llamé su atención. Saida se acercó mirando sobre su hombro por si alguien la vigilaba.

 

   —Soy Fernando. Hablamos por teléfono —dije de inmediato. Ella me tomó del brazo y nos dirigimos a los vestidores. Entró al vestidor femenino, y al poco rato me hizo entrar, cerrando la puerta detrás de ella.

   —Creo que nadie nos vio. No tenemos mucho tiempo antes de que las demás vengan a cambiarse. —Saida respiró más profundo para calmar su ansiedad—. Lo que deseo contarle puede acabar con mi carrera, señor Salgado.

   —Lo que tenga que decirme, no saldrá de aquí. Se lo prometo —musité yo mientras me quitaba el bigote falso, que estaba irritándome el labio.

 

   Saida se acercó a uno de los banquillos del vestidor y se sujetó la cabeza con las manos.

 

   —Ese hombre… Farelli… es un degenerado —comenzó a decir ella con bastante nerviosismo—. Él nos está utilizando para todo tipo de depravaciones. Tiene tanta influencia que si no lo obedecemos, podría hundir nuestras carreras de modelo. Es un infierno.

   —¿Pero por qué no lo denuncian todas juntas? Estoy seguro de que la policía les brindaría protección.

   —No me entiende, detective —dijo Saida negando con la cabeza—. Farelli es muy influyente a todo nivel. Debe tener amigos en la policía, en los juzgados, y debe conocer muchísimos abogados. Mi amiga Nora, la modelo con la que hablaba anoche… ella había sido invitada a una fiesta de Farelli, y todas sabemos qué clase de fiestas son.

 

   Saida se sujetaba los brazos, mientras temblaba producto de los escalofríos.

 

   —Nos tocan… abusan de nosotras… nos hacen fotos comprometedoras… y si llegáramos a decir alguna palabra, Farelli se encargaría de que no volviéramos a trabajar nunca más.

   —Lo lamento mucho —dije mirando aparte. Sentía compasión por ella y el resto de las modelos.

   —No lo lamente. Sólo le pido ayuda —Saida me miraba suplicante—. No tenemos en quien confiar, y hay oídos en todas partes. Más ahora después de las muertes. Farelli es un hombre muy listo y hasta usted podría estar en peligro.

   —Por ahora necesito algo importante, y son evidencias concretas. Si Farelli es tan fuerte como dice, no basta la palabra de una o dos modelos. Necesitamos algo comprometedor contra él.

   —No tengo nada de eso, detective… ¿No me cree?

   —Yo podría creerle a todas ustedes, pero un juzgado no haría nada sólo con la palabra de todas. Haré todo lo posible por descubrir algo en su contra, pero si descubre algo, lo que sea, llámeme inmediatamente. Es todo lo que puedo hacer.

 

   Saida asintió. Luego se acercó hacia la puerta, abriéndola levemente para ver si había alguien cerca.

 

   —Detective… ese hombre provocó que una modelo se suicidara hace años. No recuerdo bien su nombre, pero si estoy segura que Farelli le hizo algo muy cruel.

 

   Saida abrió la puerta y salió, dejándome solo. Decidí abrir con cuidado la puerta luego de ajustarme el bigote postizo. Por fortuna, no había ninguna modelo cerca y salí de allí de inmediato. Si me atrapaban en el vestidor de las mujeres, estaba seguro de que terminaría con los huesos fracturados.

 

   Salí del gimnasio mirando de reojo a Saida, que había retomado su entrenamiento, y tomé el elevador una vez más, pero en lugar de dirigirme a la Planta Baja, subí un par de pisos más. Recordé el recorrido que nos dio Rubí el otro día, y nos había señalado la puerta que se dirigía al estudio privado de Farelli. Considerando que estaba cerca de los estudios fotográficos, sabía que el lugar estaría atestado de gente. Me bastaba con fingir que era un empleado más para pasar desapercibido.

 

   Al llegar, pude ver a los fotógrafos en acción junto con las modelos, que posaban en reveladores bikinis. Más al fondo, estaba la puerta del estudio de diseño de Farelli. En ese momento deseaba que el diseñador no estuviera allí, o sería echado a la calle a punta de patadas.

 

   Alcancé la puerta de forma disimulada y giré el pestillo. Para mi buena suerte, la puerta estaba abierta.

 

   Adentro no había nadie, por lo que respiré aliviado. Era una sala amplia, llena de escritorios inclinados y cientos de bocetos desperdigados en cada mesa. También había fotos de las modelos en las paredes, destacando a Esmeralda. También se mezclaba con fotos de la otra modelo que había visto en la oficina de Farelli. El parecido con Esmeralda era evidente. Todo el lugar estaba bien iluminado por la luz del día gracias a las enormes ventanas, que permitían una vista panorámica de la ciudad. Decidí no asomarme por miedo al vértigo y concentrarme en mi misión. Tenía que encontrar algo comprometedor contra él, o al menos alguna otra pista de quién era realmente Rubí Saavedra.

 

   De pronto, la puerta de la sala comenzó a abrirse. ¡Alguien se aproximaba! Tuve que pensar rápido para que no me descubrieran. Noté un casillero en una esquina y corrí hacia allí para esconderme. La persona que abrió la puerta estaba distraído hablando con alguien más afuera y no notó mi presencia. Tuve cuidado de no dejar caer algunas cajas con lápices que estaban dentro, además de un trozo de tela que colgaba a un lado, en una pequeña percha.

 

   En cuanto logré cerrar lo suficiente la portezuela para no quedar encerrado, vi como Farelli y dos mujeres rubias entraban a la sala. Sospeché que eran las ayudantes que había mencionado Rubí.

 

   —Es una pena que la fiesta se suspendiera, papi —dijo una de las rubias, apoyándose contra un escritorio.

   —Y yo que estaba lista para la hora caliente. Había comprado un vestido que te hubiera gustado, papi —dijo la otra, quien sujetaba de forma cariñosa el brazo del diseñador.

   —Ya tendremos otra oportunidad, mis gatitas —comentó Farelli mientras suspiraba pesadamente—. Lo que lamento es que el Gran M no podrá asistir. Sin el apoyo de su familia, no podría darles tantos gustos a mis niñas.

 

   Con mucho cuidado, extraje mi celular y activé la grabadora de voz. Había perdido esa parte, pero había comenzado a grabar el resto de la conversación. Sin embargo, ahora tenía una interrogante que me atormentaría por el resto del día. ¿Quién era el Gran M?

 

   —¡Oh! Eres un amor —dijo la primera rubia, colgándose de su hombro y dándole besos en la mejilla.

   —Todo para mis gatitas favoritas —musitó Farelli entre pequeñas risas mientras besaba una a una a las modelos.

 

   Las náuseas me habían invadido de inmediato. El diseñador tenía edad para ser el padre o incluso el abuelo de ambas, y aun así las manoseaba sin ningún pudor. No parecía importarle que tuviera una ventana gigantesca al lado, aunque estuviéramos en un piso elevado. Pero al menos tenía algo que podía usar en su contra, aunque no fuera suficiente.

 

   —Papi, ¿tus amigos van a ir a la fiesta de este fin de semana? Uno de ellos me invitó a su yate la semana que viene. ¿Puedo ir?

   —¿Y quién te invitó? —le preguntó Farelli a la rubia que tenía a su derecha.

   —Es un señor de la alcaldía. Dijo que ya había arreglado todo con su mujer para que creyera que estaría de viaje. Me prometió un bonito regalo también —concluyó ella entre risas.

   —Siempre y cuando logres atraparlo para que nos haga algunos favores después, tienes permiso.

   —¡Gracias! —Aplaudió dando pequeños saltitos de alegría.

 

   ¡Un hombre de la alcaldía estaba involucrado! Farelli estaba hundido en una situación turbia como para intentar chantajear a alguien influyente.

 

   —Por ahora, ¿qué les parece si le dan un poco de amor a este pobre hombre? —preguntó Farelli mientras volvía a besar a las rubias, pero su acto de amor fue interrumpido por unos toques a la puerta.

 

   Farelli dejó salir un bufido de frustración.

 

   —¡No me molesten! Estoy ocupado —gritó hacia la puerta.

   —Señor Farelli, soy Rubí. Necesito hablar con usted —contestó ella desde el otro lado de la puerta—. Es sobre la propuesta que me hizo de Esmeralda.

 

   Él dejó escapar otro suspiro de frustración.

 

   —Lo siento mis niñas, debo atender este asunto. ¿Qué les parece si más tarde las llevo a comer y luego nos bañamos en el jacuzzi?

 

   Las dos rubias festejaron con alegría y le dieron sendos besos en la mejilla al diseñador mientras se dirigían a la puerta. Al abrirla dieron paso a Rubí, que las miró de reojo hasta que cerraron la puerta.

 

   La espalda comenzaba a dolerme por el tiempo que estaba escondido en ese casillero, pero hacía un esfuerzo sobrehumano para no moverme. Esta conversación sería clave en toda la investigación.

 

   —¿Y bien? ¿Qué dijo Esmeralda? —preguntó Farelli mientras caminaba en círculos alrededor de Rubí. Parecía un tigre jugueteando con una presa—. ¿Asistirá a la fiesta del fin de semana?

   —Esmeralda no quiere asistir, señor Farelli. Y en eso no puedo obligarla.

   —¡Oh! Entiendo —continuó Farelli parándose frente a ella. Yo solo podía ver su espalda desde donde estaba—. Imagino que sabes qué le pasará a la carrera de Esmeralda si yo decidiera anular su contrato. ¿Te imaginas quién le ofrecería trabajo si yo la despidiera?

 

   Rubí no contestó. Estaba quieta en su sitio, y su expresión no parecía mostrar emoción alguna.

 

   —Por el bien de tu representada, yo le sugeriría que lo reconsidere. Es por el bien de su carrera, y yo sólo pienso en el bienestar de mis niñas. ¿No cree eso, señorita Rubí?

   —Sí señor, tiene razón… haré lo posible por convencerla.

   —Bien… eso me gusta. Si no tiene nada más que decir, entonces espero que tengas una feliz tarde.

 

   Farelli se dirigió a la entrada, y aprovechando la cercanía con Rubí, la palmeó en los glúteos con fuerza. Luego de eso, abandonó la sala.

 

   Rubí continuaba mirando la puerta por donde había salido. No pude ver su rostro desde donde me encontraba, pero lo que dijo quedó grabado en mi mente, y en mi celular.

 

   —Claro que sí, viejo decrépito. Esmeralda va a ir a la fiesta, y te va a llevar una sorpresa —concluyó ella antes de abandonar la sala.

 

   Salí de inmediato del casillero, y de forma instintiva miré el trapo que colgaba en la percha con más detenimiento. Tuve una gran sensación de asco al darme cuenta que era un body de licra de color rosa, con un  corazón rojo en el área de la pelvis. Tomé una fotografía de la prenda y me retiré de allí.

 

   Lamentablemente, mi suerte se había terminado.

 

   —¡Oye! ¿Quién eres? ¡Detente! —Escuché gritar a un guardia de seguridad, que me vio salir de la habitación. Yo eché a correr de inmediato, sin importarme quien me viera en ese momento—. ¡Alto! ¡Identifícate!

 

   Sintiendo al vigilante pisándome los talones, corrí rumbo a las escaleras y descendí como si no hubiera un mañana. En un piso más abajo, dos vigilantes más abrieron el acceso a las escaleras y trataron de interceptarme. Sin pensarlo dos veces, me arrojé desde la altura contra los dos hombres y caímos pesadamente al suelo. Me lastimé la espalda, pero no podía pensar en el dolor. Tenía que escapar del edificio de inmediato.

 

   Me asomé por la barandilla y al mirar hacia abajo, noté que otros vigilantes comenzaban a subir desde los pisos inferiores.

 

   Corrí hacia la puerta que tenía en frente y salí en un piso de oficinas. Me dirigí hacia el elevador que, para mi fortuna, estaba abierto. Vi que estaba en el tercer piso, así que marqué el botón a la Planta Baja. Los vigilantes no tuvieron tiempo de entrar y se activó, rumbo hacia mi escapatoria, así que tomé un respiro y esperé que se abrieran las puertas.

 

   Pero al llegar, mis esperanzas comenzaron a desaparecer. Unos vigilantes que estaban en la puerta de salida me señalaron y comenzaron a correr hacia mí, así que comencé a marcar a toda prisa el botón que me llevaría al estacionamiento. Los veía venir corriendo hacia mí, y yo sólo podía rogarle a Dios que el ascensor funcionara de una vez. Y entonces, una vez más las puertas se cerraron antes de que los vigilantes pudieran entrar.

 

   En cuanto se abrieron de nuevo, corrí con todas mis fuerzas pese al dolor en mi costado derecho, rumbo a la salida. Mis zapatos repicaban contra el asfalto, levantando un eco que delataba mi huida en aquel estacionamiento.

 

   Por la salida de las escaleras emergía casi una docena de vigilantes. De al menos metro ochenta cada uno, y con un porte imponente; estaba seguro de que me machacarían al atraparme. Pensé que aunque lograra salir, seguramente me atraparían, pero no podía rendirme aún. ¡Tenía que escapar a como diera lugar!

 

   De pronto, como si se tratara de una señal angelical, mi salvación apareció bajo la forma de un auto que conocía muy bien. Amanda derrapó el vehículo haciendo chirriar los neumáticos, y tenía la puerta del copiloto abierta, haciéndome señas para que me subiera de inmediato. Salté de cabeza hacia el interior, y sentí el impacto del asiento contra mi espalda en cuanto Amanda aceleró el auto.

 

   Me incorporé como pude y cerré la puerta, tomando grandes bocanadas de aire. Atrás quedaban los vigilantes, quienes desaparecían de mi vista por el espejo retrovisor.

 

   —¡Buena zambullida, Saltamontes! —exclamó Amanda mientras reía como desquiciada—. Te mereces diez puntos y la medalla de oro.

   —¡Ya basta, Amanda! ¡Ya casi los tenía respirándome en la nuca! —solté yo con voz quebrada, aun sintiendo el terror en mi garganta.

   —Pero ya estás a salvo, así que todo salió bien. O al menos eso espero. ¿Conseguiste algo de valor?

 

   Saqué del bolsillo de mi pantalón el teléfono celular. Aproveché también de quitarme el bigote postizo y los anteojos, que me hacían sentir muy incómodo.

 

   —Tengo una grabación que suena comprometedora. La escuchamos en la oficina.

   —Entonces, misión cumplida. ¡Chócalas! —dijo mi jefa extendiéndome la palma de su mano. Correspondí su gesto con una pequeña risa de alivio.

 

 

   En cuanto volvimos a la oficina, inicié la grabación en mi teléfono y la conversación que tuve con Saida en los vestidores. Amanda escuchó todo con atención, incluyendo el nauseabundo momento con las dos rubias sin inmutarse. Al concluir, me estaba sonriendo de forma juguetona.

 

   —¿Disfrutaste ese momento, Saltamontes? —preguntó entre risas.

   —¡Tómelo con más seriedad, Jefa! Ese sujeto está chantajeando a las modelos. Tenemos que ayudarlas.

   —Cálmate, cariño. Sólo era una broma. —Amanda se sentó en su escritorio—. Aún no tenemos muchas pruebas, pero es un buen indicio. Lo que te dijo esa modelo… sobre el suicidio… ¿no te dio más detalles?

   —Parece que ocurrió hace mucho tiempo —dije yo de forma pensativa—. Tal vez haya algo en las noticias viejas.

   —¡Nada que no resuelva una búsqueda rápida! Veamos qué hay en Internet.

 

   Amanda encendió su computadora y de inmediato iniciamos la búsqueda. Tenía la esperanza de que un evento tan trágico como un suicidio saldría en los medios de todo el mundo.

 

   No paso mucho tiempo hasta que encontramos resultados contundentes en el buscador. Amanda abrió un enlace de una nota de prensa de doce años de antigüedad.

 

 

TRAGEDIA EN EL MUNDO DE LA MODA

 

   “En horas de la mañana de hoy, se confirma el trágico fallecimiento de la supermodelo Perla Rodríguez. La modelo, famosa por posar para las más prestigiosas portadas de moda y emblema de la firma del renombrado diseñador Lucio Farelli, fue hallada sin vida en su casa por una empleada de servicio, que no reveló su nombre por petición propia. La policía informó al momento de realizar esta nota que se trató de un suicidio, aunque no reportaron la causa. La modelo deja huérfana a la joven Rubí Rodríguez, de 13 años de edad, quien actualmente recibe tratamiento psiquiátrico en el Hospital Central de la ciudad. Familiares allegados a la madre decidieron no dar declaraciones.

 

   El padre de la joven Rubí, el actor de televisión Leonardo Manzano, declaró a la prensa que se hará cargo de los cuidados de su hija una vez que sea dada de alta del hospital. Mientras tanto, el señor Lucio Farelli expresó sus condolencias en el último desfile realizado con motivo de su nueva colección de Otoño…”

 

 

   Amanda y yo nos miramos por un segundo y releímos la noticia. Luego buscamos entre los demás resultados del buscador, y la noticia era exacta. Incluso se veían fotos de la misma modelo que yo había visto en la oficina de Farelli. Definitivamente, se trataba de Perla.

 

   Era evidente que mi jefa y yo nos estábamos haciendo la misma pregunta.

 

   ¿Quién era Esmeralda?

 

   —La única forma de saberlo, es por medio de dos opciones —comenzó a decir Amanda mientras se llevaba una mano al mentón—. O nos infiltramos en su casa y revisamos sus pertenencias, o vamos al Hospital y buscamos ese historial psiquiátrico.

   —Ya viste cuanta vigilancia tiene Esmeralda en su casa —dije yo con preocupación—. Dudo mucho que nos hagan preguntas amistosas si nos atrapan.

   —Tienes razón. Sólo nos queda ir al hospital. Tal vez con ayuda del director podamos hacerlo; pero no tenemos mucho tiempo.

 

   Amanda tomó su teléfono y comenzó a marcar unos números.

 

   —¿A quién llamas? —pregunté con curiosidad. Amanda me guiñó el ojo y me hizo una seña de silencio.

 

   Al cabo de un rato, escuché la voz de Farelli del otro lado de la línea.

 

   —¿Hola? ¿Quién habla?

   —Lamento molestarlo ahora mismo, señor Farelli. Soy Amanda Manrique.

   —Ah, sí… la mujer que estaba haciendo escándalo en el edificio, según me informaron.

   —Sí, perdone, me extralimité un poco —dijo mi jefa con una risa nerviosa que a todas luces era falsa—. Necesitaba hablar con usted, pero no me dejaban pasar. Olvidé que usted me dejó la tarjeta con su número.

   —Supongo que después de ese escándalo estará reconsiderando lo de pagarle la otra mitad del dinero. —La voz de Farelli se notaba exasperada—. Porque si no es así, esta conversación ha terminado.

   —Le tengo dos noticias, una buena y una mala. La mala, es que usted aún está en peligro. El doctor Carreño no mató a las modelos.

   —¡Pero usted misma lo vio atacarme anoche!

   —Eso no lo pongo en duda, pero piénselo con lógica. Si él fuera el asesino de las modelos, no perdería el tiempo atacándolo a usted o a otra modelo. Hubiera ido tras Esmeralda sin dudarlo. Definitivamente el culpable de esas muertes sigue por ahí muy cerca de usted, y va a traicionarlo cuando menos lo imagine

   —¿Y cuál es la buena?

   —¡Que yo estaré ahí para salvarle la vida! ¿Qué mejor noticia que esa?

 

   Hubo un momento de pausa al otro lado de la línea.

 

   —Si estoy equivocada, le haré entrega del dinero que me pagó sin ningún tipo de problema. Ya vio de lo que soy capaz.

   —Muy bien. Venga a verme mañana a mi oficina. Y por favor, no vuelva a hacer otro escándalo.

 

   Farelli cortó la llamada. Amanda se veía complacida.

 

   —Amanda… tú ya gastaste parte de ese dinero, ¿no es así? —pregunté con nerviosismo.

   —No le hará daño que haya gastado una pequeña parte. Ya verás que la recompensa que voy a obtener va a ser mucho mayor.

   —Y sobre las modelos…

   —Ese malnacido pagará todo lo que les ha hecho, pero necesitamos averiguar qué ocurrió en realidad con Perla. Quizá encontremos algo en el hospital, y esa será tu tarea.

   —Entendido, jefa —dije asintiendo más tranquilo. Al menos no tendría que lidiar con docenas de vigilantes a mis espaldas.

   —Por hoy ya hemos terminado. Puedes irte a casa. Te mereces la tarde libre.

 

   Me despedí de mi jefa acordando encontrarnos temprano en la mañana. Debíamos organizar nuestro plan de acción para descubrir a Farelli sin dar lugar a dudas, y descubrir quién era Esmeralda en realidad. Si la Rubí que conocíamos era la misma hija de aquella modelo, entonces estábamos a un paso de resolver ambos problemas.

 

   En cuanto llegué a casa, me acordé del único detalle del que no hablé con Amanda. Aún no tenía idea de quién era el “Gran M” que había mencionado Farelli. Pensé que podía tratarse de algún socio importante del diseñador, por lo que no tendría mayor relevancia. Sin embargo, decidí escribir ese apodo en mi libreta de notas. Tuve el presentimiento de que ese apodo significaba algo mucho más importante.

 

 

   A la mañana siguiente, Amanda me dejó en la puerta del Hospital Central. Ella asistiría a la reunión con Farelli y después discutiríamos que hacer. Aún teníamos un par de días antes de la misteriosa fiesta y debíamos buscar la manera de colarnos. Todo dependía de la capacidad de persuasión de Amanda.

 

   El director del hospital me recibió una vez más de manera cordial y le expliqué lo que Amanda y yo habíamos investigado hasta el momento. Después de pensarlo un poco, decidió llevarme al ala psiquiátrica del hospital, donde podría acceder al historial médico de Rubí. Sin embargo, considerando que dicho historial era antiguo, no podía asegurar que estuviera disponible. Por fortuna ese no fue el caso. Pude obtener el archivo y comencé a hojearlo bajo la atenta mirada del director, quien se había puesto a la orden para contestar cualquiera de mis preguntas.

 

   Mientras leía, sentí como mis manos comenzaban a temblar. Toda la información que necesitábamos estaba allí, y Amanda debía saberlo. Lamentablemente el director se opuso a que me dieran una copia del historial, pero se comprometió a mantenerlo guardado. Tomé todas las notas que consideré necesarias y me retiré del hospital. Llamé a Amanda, pero no contestaba. Me tocó viajar en taxi hasta la oficina y esperarla allí.

 

   Ahora tenía mucha información vital y necesitaba ponerla en orden. Ya sabía la verdad sobre Rubí y Esmeralda. Era momento de darle fin a este caso, y de paso, hacer que Farelli pagara por sus depravaciones contra las modelos.

 

   Pocas horas después de mi regreso a la oficina, Amanda volvió. Se veía radiante de júbilo.

 

   —¡Misión cumplida! Acordé con Farelli que sería su acompañante en la fiesta que está organizando. Como no le dije que sabía de la fiesta, sacarle la información no fue problema. Ahora dime qué descubriste tú.

 

   Le conté todo lo que había descubierto en el hospital, y aunque me reclamó no haberme apoderado del historial (cosa que estaba seguro ella habría hecho), terminó felicitándome por mi trabajo. Aún nos quedaba un día más para prepararnos y asistir a esa fiesta, y ambos coincidimos que necesitaríamos una carnada.

 

   La única persona que podría cumplir ese rol, era Saida.

 

 

   A la mañana siguiente, llamé a la modelo para que viniera a la oficina. También nos acompañaba Slash, que aceptó de inmediato la invitación de Amanda. Le explicamos nuestro plan para atrapar a Farelli con las manos en la masa, y ella decidió aceptar aunque con muchos reparos en el plan. Sabíamos que estaríamos lanzándola a la boca del lobo, pero necesitábamos pruebas aún más fuertes en su contra. Amanda le garantizó que estaría bien bajo su cuidado, lo que terminó de convencerla.

 

   Slash se paró junto a la modelo, mostrándole una pequeña cajetilla negra atada con un cinturón pequeño.

 

   —El día de la fiesta te pondré este pequeño transmisor, y llevarás un micrófono inalámbrico en la cartera —explicó el Hacker mientras se lo colocaba a Saida alrededor del abdomen—. Como sé que tendrás que usar un vestido algo caro y ceñido, te aconsejo que evites que te toque o se dará cuenta. Pero servirá para que Amanda escuche todo lo que él te diga.

   —¿Y si él me descubre? Estoy segura de que sería capaz de matarme.

   —Yo misma estaré cerca, en la fiesta. También pondré en alerta a Raimundo. Él nos ayudará a arrestar a ese malnacido —recalcó Amanda.

 

   Saida me dedicó una mirada llena de temor, pero se tranquilizó luego que asentí levemente con la cabeza.

 

   —Farelli… podría acabar con mi carrera también, aun si entra en prisión… pero es la única forma de hacer que pague por todas las veces que me tocó a mí y a mis compañeras.

 

   Las palabras de Saida estaban llenas de odio contra el diseñador. Sentí mucha compasión por ella.

 

   —Todo estará bien. Yo también estaré ahí —afirmé.

   —¿Pero cómo podrá entrar, detective?

   —De eso me encargaré yo —dijo Slash lleno de orgullo—. Entré a los servidores de la empresa de vigilancia que trabaja para Farelli y añadí una identificación falsa. Fernando podrá colarse como un vigilante más y no lo identificarán, a menos que se encuentre frente a frente con él. Ahí sí que no habrá Dios que lo salve.

   —Gracias por tus buenos deseos —solté yo entre dientes. Slash ignoró mi comentario.

   —¡Ya es suficiente! —exclamó Amanda de forma autoritaria—. Este plan debe salir a la perfección, así que necesito que se comporten. Yo estaré ahí en el centro de todo y me toca ser la amiguita de Farelli, así que la primera que se verá en peligro si nos descubren seré yo. Dejen las inmadureces y repasemos una vez más el plan. ¿Está claro?

   —¡Sí, jefa! —afirmé yo de inmediato, mientras que Slash hizo un saludo militar.

 

   Amanda se acercó a Saida y la sostuvo de los hombros, mirándola a los ojos.

 

   —Ese bastardo pagará todo lo que les ha hecho.

 

   

   Finalmente, llegó el día de la fiesta.

 

   El lugar fue una mansión a las afueras de la ciudad, propiedad del diseñador. Amanda y Farelli llegaron juntos en una limosina, mientras que yo me había trasladado en la comitiva de la compañía de vigilancia que se encargaba de proteger a Farelli. Eso me dio tiempo de conocer los alrededores y e identificar posibles rutas de escape que pudiéramos usar de ser necesario. Nadie sospechó que yo era un infiltrado gracias al trabajo de Slash.

 

   Lentamente los invitados llegaban y Farelli los saludaba efusivamente, llevando del brazo a Amanda como una especie de trofeo. Ella parecía cumplir muy bien su papel, vistiendo un elegante vestido rojo abierto en su pierna izquierda, y con un generoso escote, terminando en una sola tira sobre el hombro izquierdo. En su cartera había guardado su Glock, y nadie se atrevería a registrarla por ser la acompañante del diseñador.

 

   Un tiempo después, ya entrada la noche, Saida había llegado con uno de los guardaespaldas de Farelli. Cuando noté su presencia, mientras cumplía mi trabajo encubierto, ya estaba junto al diseñador.

 

   Saida llevaba un hermoso vestido negro, que resaltaba su piel tostada. Terminando en una minifalda bastante ajustada y abierto en la espalda. Por fortuna, el cinturón que ataba el pequeño transmisor no era visible, pero el vestido era un enorme riesgo para nosotros. Farelli, en cambio, no pareció notarlo.

 

   Varios hombres bastante mayores rodearon al diseñador mientras conversaban, y señalaban a Amanda y a Saida con intenciones desconocidas. Ambas mujeres sonreían divertidas, pero Saida se veía más nerviosa que mi jefa. Decidí dejar de mirarlas y continuar caminando por los pasillos de la elegante casa, mientras que los invitados seguían llegando y disfrutando de los bocadillos que servían los mesoneros.

 

   Aproveché un momento para separarme de todos y enviar un mensaje de texto para advertir a Raimundo. Él estaba cerca, vigilando la casa. No estaba seguro si Victoria estaba con él, pero al menos siempre contábamos con su ayuda en caso de ser necesario. Sólo él podría hacer el arresto en el momento preciso.

 

   Cuando regresé al salón principal, Amanda estaba sola bebiendo una copa de champagne.  Me acerqué a ella y conversamos de forma disimulada.

 

   —Saida fue a una habitación aparte con Farelli, y otras dos modelos que vinieron. Espero que no descubran el micrófono.

   —Ya identifiqué algunas áreas donde podemos salir si esto se complica.

   —¡Bien hecho, Saltamontes! Mantente alerta —concluyó mi jefa mientras tomaba otra copa de champagne de la bandeja de otro mesero.

 

   Poco después, Saida estaba una vez más en el salón. Vi que se alejaba a un pasillo lejano y la seguí. Apenas la alcancé, me entregó el micrófono que tenía guardado en su cartera. Estaba temblorosa.

 

   —Casi me descubren… me estaban obligando a desvestirme para que me miraran… no puedo con esto…

   —Está bien. Tranquila. No te culpo —le dije de forma consoladora, pero manteniendo el disimulo. Varios meseros pasaban a nuestro lado desde la cocina—. ¿Pudiste grabar lo que te dijeron?

   —Creo que si… necesito estar sola… por favor…

 

   Dejé que Saida se retirara mientras guardaba el micrófono en mi bolsillo. La cajetilla atada al cinturón no estaba. Posiblemente aún la seguía usando. Si Farelli la había descubierto, estábamos en un serio aprieto.

 

   Sin embargo, el momento más importante de la noche había llegado. Esmeralda estaba entrando en la residencia.

 

   Su figura era imponente, tal como se veía en sus fotografías de modelaje. Su cabello estaba peinado de forma elaborada, digna del mejor salón de belleza. Su vestido era de color verde oscuro y sus zapatos de generoso tacón, dándole una altura destacable al lado de otras modelos. Los invitados murmuraban entre ellos. Noté como Amanda le daba la espalda, esperando que no la reconociera. Yo me mantuve al margen para evitar su mirada.

 

   Farelli y otros invitados la rodearon, la apartaron del resto de invitados y se mantuvieron conversando. Busqué a Saida pero no la encontré. Me acerqué una vez más a Amanda, y me reveló que ella se había ido, pero había dejado en sus manos el segundo dispositivo. Al menos habíamos asegurado alguna evidencia, y con suerte, protegeríamos su carrera.

 

   El momento de la verdad llegó cerca de la media noche, cuando algunos invitados comenzaban a retirarse. Vi a Esmeralda dirigirse a las habitaciones de la planta superior de la mansión, escoltada por Farelli. Pronto se quedarían a solas. Amanda también lo notó, y de forma disimulada comenzamos a seguirlos al piso superior. Los vigilantes en esa área eran escasos, pero pudimos esquivarlos.

 

   Nos detuvimos en una esquina y vimos como Esmeralda y Farelli entraban en una habitación. Amanda sacó la Glock de su cartera.

 

   —Prepárate, Saltamontes —me susurró mi jefa. Tenía un fuerte aroma a alcohol, pero no se veía ebria.

 

   Nos colocamos a ambos lados de la puerta y escuchamos atentamente. Por unos pocos segundos, nada pasó. Sentía la saliva como una roca por los nervios.

 

   Hasta que escuchamos el grito.

 

   Un desgarrador grito de dolor salió de la habitación. Amanda intentó forzar la puerta en vano, por lo que empuñó el arma y apuntó contra el pomo, disparando sin dudar. Apenas saltó la cerradura, Amanda empujó la puerta con fuerza y apuntó al interior.

 

   —¡Detente ahí, Esmeralda!

 

   La escena era digna de una película de terror. Esmeralda estaba de pie, empuñando una navaja, que había mantenido escondida, completamente ensangrentada. Su mirada estaba llena de odio y locura. El señor Farelli estaba en el suelo gimoteando de dolor mientras se sostenía el hombro derecho. Tenía la mano ensangrentada, y suplicaba auxilio.

 

   Los disparos alertaron a los vigilantes quienes sacaron sus armas y nos apuntaron a todos. Nadie se atrevía a mover un músculo, salvo Amanda, que dio unos pocos pasos al frente.

 

   —Ya todo terminó Esmeralda… baja el cuchillo.

   —¡No defiendas a ese malnacido! —gritaba Esmeralda empuñando con más fuerza la navaja—. Él me lo arrebató todo.

   —No, Esmeralda… a ti no te arrebataron nada… la verdadera víctima es Rubí.

 

   Esmeralda miró a Amanda con los ojos desorbitados.

 

   —Sí, lo sé todo. Sé lo que este hombre le hizo a tu madre, Rubí. También sé lo que te hizo a ti —proseguía Amanda sin bajar el arma. Mientras ella hablaba, yo le envié mi señal a Raimundo, y no tardaría en aparecer—. Sé todo sobre Perla y el chantaje que ella sufrió, y los abusos sexuales que vivió por culpa de este depravado. También sé que este maldito abusó de ti cuando tenías trece años. Por eso tuviste ese tratamiento psiquiátrico, y por eso tu madre se suicidó.

 

   Esmeralda comenzaba a respirar de forma más agitada, mirando a Farelli con un odio creciente.

 

   —También sé que desarrollaste una personalidad múltiple, bajo la forma de Esmeralda. Cambiaste tu apellido, usaste lentes de contacto para cambiar el color de tus ojos, y lograste que Esmeralda se convirtiera en una supermodelo para acercarse a Farelli y cumplir tu venganza. Fue muy inteligente de tu parte preparar esas grabaciones telefónicas para dar la ilusión de que hablaban por teléfono. Engañaste a todo el mundo durante muchos años; pero no puedes engañarme a mí.

 

   Se escucharon fuertes pasos en la entrada de la habitación. Raimundo acababa de llegar, con una comitiva policial, sacando sus armas y apuntando a Esmeralda. Se veía rodeada.

 

   Raimundo se agachó a ver el estado de Farelli, quien seguía asustado por el ataque.

 

   —Era obvio que el doctor Carreño no habría podido atacar solo. Gracias a mis contactos en la policía, supe que él salió en libertad luego de haberse cumplido la mitad de su condena con la ayuda de muy buenos abogados pagados por Esmeralda. Y que gran plan el haberlo usado para culparlo de unos crímenes que no cometió. Esas modelos asesinadas no son culpa de él, sino tuya —sentenció Amanda con resolución.

   —¡Cállate! ¡Cállate de una maldita vez! —gritó Esmeralda, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Tú no entiendes nada!

   —Lo entiendo perfectamente, porque tuviste a alguien que trató de detenerte, Esmeralda. Que tu nombre estuviera escrito en sangre no era una advertencia para protegerte, sino para detenerte. Esos mensajes los escribió Rubí cuando recuperaba la conciencia… Rubí… si estás ahí, en algún lugar de tu cerebro… sal ahora y acaba con Esmeralda. Todo terminó.

 

   Me sorprendí al observar la transformación en la mirada y las expresiones de Esmeralda. La modelo orgullosa, con esa mirada penetrante y llena de odio, se convertía poco a poco en la representante, con ojos arrepentidos, llenos de dolor y pesar, y las lágrimas comenzaron a brotar de forma abundante.

 

   —Mamá… perdóname… no pude vengarte… mamá… —Lloraba Rubí de forma desconsolada—. Por favor, perdóname, mamá…

 

   Raimundo se puso lentamente de pie, aun empuñando su arma.

 

   —Pon la navaja en el suelo, y no ofrezcas resistencia. Rubí Saavedra, quedas bajo arresto por el asesinato de…

 

   De pronto, un aura desquiciada, como un relámpago, cubrió la faz de Rubí. Ella miró con odio a Raimundo, y con un grito que sonó inhumano, levantó la navaja contra él.

 

   Luego, escuchamos un disparo, y el cuerpo inerte de Rubí cayó al suelo. El arma de Raimundo humeaba por la detonación, y su rostro se veía inmutable. Amanda lo miró por unos instantes y luego al cadáver de la mujer, que había caído con los ojos abiertos. Su mirada ahora se dirigía a ninguna parte.

 

   —¡Muchísimas gracias! —decía Farelli tratando de ponerse de pie. La herida sangraba de manera profusa, y unos oficiales se aproximaron para ayudarlo—. Me salvaron la vida, los voy a recompensar a todos, se los prometo. Por favor, traigan a un médico…

 

   Amanda frunció el ceño y se acercó al diseñador, y sin mediar palabra, le dio una fuerte patada en la entrepierna. Nadie la detuvo.

 

   Farelli se arrodilló por el dolor, mirando a Amanda, quien le devolvía el mismo odio que Rubí le había dedicado.

 

   —¡Púdrete! —tronó ella antes de abandonar la habitación. Yo la seguí, dejando a Raimundo encargarse del resto.

 

 

   Durante los días siguientes, el mundo de la farándula se inundó con la escandalosa noticia de los abusos de Farelli.

 

   Gracias al arresto, las modelos que trabajaban para él decidieron denunciarlo públicamente. Sumado a las grabaciones que Saida había obtenido, en el que ella y otras modelos estaban siendo usadas como mercadería sexual frente a otros hombres, la fama y prestigio de Farelli se había derrumbado.

 

   Gracias a Raimundo, supe que Victoria se había llevado el crédito de la investigación, pero ella se negaba a rendir declaraciones, así que las felicitaciones cayeron sobre Benavides, quien aparecía orgulloso en los medios por haber acabado con una red de trata de blancas.

 

   Algunos nombres grandes en la política, celebridades y empresarios salieron a relucir, y todos negaron su participación en dicha red, pero el daño público estaba hecho, y las manifestaciones no se hicieron esperar.

 

   En poco tiempo, la marca “Farelli´s” que tanta presencia tuvo en el mundo de la moda había desaparecido. Amanda y yo mirábamos las noticias desde el televisor de su habitación mientras ella me abrazaba efusivamente.

 

   —Resolvimos un caso muy complicado, y destruimos a un depravado sexual. Tú y yo nos merecemos una fiesta por todo lo alto. ¿Qué te parece si invitamos a Slash y nos emborrachamos hasta el amanecer?

   —No estoy de humor, Amanda… ya sabes que no me gusta beber.

   —¡Eres muy aburrido! —exclamaba mi jefa mientras soltaba un bufido de frustración.

 

   No estaba de ánimos para ninguna celebración, sobre todo porque no había nadie con un apellido que iniciara con una M entre los involucrados. Quienquiera que fuera el “Gran M” seguiría siendo una incógnita.

 

 

   Al día siguiente, me tomé la mañana libre y me fui al cementerio de la ciudad. Llevaba dos ramos de flores, y la nota que Victoria me había escrito. Caminé por unos cuantos minutos que se me hicieron eternos, hasta que di con la lápida que buscaba.

 

JAVIER SALCEDO

 

   Me agaché frente a la lápida, y dejé uno de los ramos de flores sobre la hierba.

   

—Hola Javier… cuanto tiempo sin haberte hablado… —Sentía como las lágrimas me nublaban la vista—. Gracias a ti, estoy cumpliendo mi sueño de ser detective. Nunca te agradecí lo suficiente por haberme hablado de la oficina de Amanda… no tienes idea de lo atolondrada y testaruda que es, pero a pesar de eso, es una detective asombrosa. Nunca dejo de aprender algo nuevo de ella… Quería… quería pedirte perdón por haberte abandonado, a ti y a Victoria. No fue justo para ninguno… yo… no sé qué puedo decir.

 

   Me levanté y me limpié las briznas de paja del pantalón.

 

   —Al menos ya sé dónde estás, y podré visitarte sin dudarlo, aunque no sé si sirva para algo. Soy un pésimo amigo. —Levanté la mirada, y comencé a dirigir mis pasos a otra dirección—. Por ahora debo ver a alguien más; pero te juro que vendré aquí a dejarte unas flores y contarte sobre mi vida, al menos mientras mi conciencia me deja en paz. Donde quiera que estés, espero que sea un lugar mejor. Hasta pronto.

 

   Caminé unos metros más lejos de la lápida de Javier sintiéndome miserable. Tener que verlo en el cementerio fue más doloroso de lo que imaginé, y con el odio de Victoria sobre mis hombros, la carga se hizo muy pesada. No obstante, tuve que sobreponerme y mirar hacia adelante, pero no sin antes visitar a dos personas muy queridas para mí.

 

   Llegué a dos lápidas unidas, cada una con un nombre.

 

MAURICIO SALGADO                      MIREYA DE SALGADO

 

   —Hola papá… hola mamá… ¿Cómo están? Lamento no haber venido desde hace tiempo, pero he tenido mucho trabajo. Estoy trabajando como detective privado ahora, y mi jefa es algo… especial… pero por nada del mundo me arrepiento.

 

   Separé el ramo de flores que me quedaba y coloqué un ramillete en cada florero que acompañaba las lápidas.

 

   —Creo que no les conté sobre Amanda Manrique, y es una historia algo larga de contar. Si la hubieran conocido, creo que hubieran impedido que me acercara a ella, o mamá sufriría otro infarto como el de la última vez… En fin… creo que no les he contado aquella vez en que…

 

   El sol del mediodía comenzó a cegarme. Para cuando terminé de hablar, habían pasado varias horas. El teléfono celular comenzó a sonar. Era Amanda, que solicitaba a gritos mi presencia en la oficina.

 

   Me despedí de mis padres una vez más, prometiéndoles volver para contarles un poco más de las desventuras que vivo con esta detective impertinente.

                                               

***CASO CERRADO***