La Detective Impertinente

Capítulo 8: El caso fuera de este mundo

¿Crees en los extraterrestres?

 

   Al principio, yo sí. Cuando era niño, miraba al cielo durante la noche pensando si era posible que allá afuera, en algún planeta distante, existiera alguna civilización capaz de viajar en una nave espacial hacia nuestro mundo. Había visto muchas series de ciencia ficción y películas sobre invasiones y guerras interplanetarias, pero aún creía que existía una especie de civilización súper avanzada que pudiera ayudarnos a curar las enfermedades o a acabar con la guerra en el mundo.

 

   Por supuesto, maduré y dejé de creer, como la gran mayoría.

 

   Sin embargo, recuerdo un caso en particular que se relacionaba mucho con los seres de otros mundos y lo sobrenatural.  Y aunque suene ridículo, fue también el caso que puso nuestras vidas al borde de la muerte. Nunca en mi vida había sentido tanto terror como cuando viví ese caso.

 

   Todo comenzó un par de días antes. Estaba en mi casa esa noche, estrujándome el cerebro con los indicios inconexos que tenía sobre del pasado de Amanda. La pieza faltante seguía eludiéndome, y tampoco había hallado nuevas pistas acerca de Clarisa Martinelli. Slash no me había llamado, por lo que supuse que seguía sin encontrar nada nuevo. Estaba atorado en ese rompecabezas, y seguía preocupado de que Axel, o quien fuera que lo hubiera contratado, hiciera algo contra ella sin poder hacer algo al respecto.

 

   Clarisa Martinelli era el más importante de mis indicios, pero su paradero era desconocido. Todo lo que sabía era acerca de esa fundación para becar a niños para estudiar ciencias, pero no conocía nada de su vida privada, o del lugar donde vivía. Para colmo, la susodicha fundación no tenía una oficina central. Pensé que en algún momento tendría que salir a la luz pública, y esa sería mi mejor oportunidad para abordarla antes que Amanda hiciera algún movimiento. Me froté el cuello recordando cómo había reaccionado en la oficina cuando dije su nombre.

 

   Me froté las sienes sintiendo un palpitante dolor de cabeza y decidí encender la televisión para distraerme. Casualmente estaban comenzando las noticias. La reportera mencionó las consecuencias del arresto de Lucio Farelli, y toda la red de trata de blancas que se había destapado a su alrededor. Muchas celebridades que se habían asociado a él declaraban en los medios acerca de cómo mantuvo en secreto un negocio tan ruin. Recordé que Farelli había mencionado al manager de Melanie como su amigo, pero su nombre nunca salió a relucir. Me preguntaba cómo estaría ella ahora y si se había visto afectada por el escándalo también.

 

   La siguiente noticia, fue acerca de un nuevo golpe del Caballero Fantasma, esta vez a una empresa de informática llamada Clovertech. Los directivos de la empresa declararon que no se robaron nada de importancia y habían solicitado a la policía que se encargara de las averiguaciones. Para mí, no tuvo ningún sentido.

 

   «El Caballero Fantasma no actuaría por nada que no tuviera valor», pensé, pero la noticia había pasado y sacudí mi cabeza para sacarme de la mente a ese condenado ladrón. «Nos veremos las caras otra vez», concluí con una sensación amarga en la boca.

 

   Mientras las noticias pasaban a la sección deportiva, volví a pensar en mi investigación acerca de Amanda, y por pura coincidencia, pensé otra vez en el misterioso “Gran M”. Una simple conexión me puso su nombre en contexto, y añadí esa pista a mis anotaciones.

 

            “El Gran Martinelli”

 

   Leí ese apellido una vez más, y lo percibí ominoso, como si representara algo mucho más turbio. ¿Se refería a Clarisa? ¿A algún familiar suyo? Todo eran puras conjeturas;  pero sentía que mi instinto me estaba llevando por el camino correcto.

 

   Luego, se anunció la aparición de una adolescente muerta en un bosque cercano a la ciudad, con signos visibles de tortura. Era la tercera en el mes, y aún no había sospechosos. Imaginé que si Raimundo siguiera como comisario, estaría gritándole a sus subalternos en esos momentos. Benavides seguramente seguía regodeándose con los medios por lo de Farelli, lo que me provocaba aún más asco.

 

   Poco después, en las noticias internacionales, el conflicto nuclear entre Irán y Rusia seguía escalando y había amenazas de una guerra entre ambas naciones. Me acordé de nuestro primer caso, pero no hicieron referencia a Ishtoshnikov por ninguna parte.

 

   Las noticias terminaron con Melanie, y el nuevo concierto que se llevaría a cabo en una semana. Melanie estaba en pantalla hablando de lo emocionada que se sentía por el continuo apoyo de los fans, y que deseaba tomar un descanso de los conciertos para intentar proyectos nuevos, como su participación en una película romántica que empezarían a rodar muy pronto. Al verla sonreír de una manera tan espontánea, me sentí feliz por ella. Estaba seguro de que tendría éxito.

 

   Luego que el estribillo musical de las noticias sonara, comenzó el siguiente programa, y sonreí de forma sarcástica al ver de qué se trataba. Era sobre misterios paranormales y civilizaciones extraterrestres, llamado “Los Caminos del Misterio”, conducido por el famoso investigador Iker Maussán. En pantalla estaba un hombre regordete, con una calva incipiente y una barba canosa, hablando de forma cantarina para inducir al público al mundo de lo sobrenatural. Lo miré por un rato pero luego decidí ir a dormir. No iba a perder mi tiempo viendo esas tonterías.

      

 

   A la mañana siguiente, acudí a la oficina como siempre, pero en cuanto entré, vi la puerta de su habitación entreabierta. Escuché la voz de Amanda hablando con alguien más, así que decidí acercarme en silencio. Abrí un poco más la puerta, de tal manera que evitara que me descubriera.

 

   Amanda estaba en ropa interior de color rojo, con una toalla rodeando su cabello. Estaba pintándose las uñas de los pies mientras sostenía su celular entre su mejilla y el hombro. No parecía haberse percatado de mi presencia.

 

   —¿Entonces saldremos esta noche, Slash? Tengo ánimos de fiesta y quiero que me acompañes —decía Amanda con una sonrisa—. Y quien mejor que tú para compartir las borracheras…

 

   Amanda reía en algunos momentos de pausa. La conversación con Slash la tenía de muy buen ánimo. Quizá tendría una mañana tranquila después de todo.

 

   —¿Qué me voy a poner esta noche? Ya estás poniéndote pervertido. ¿Tan temprano y quieres fantasear conmigo?... ¡No soportas ni una broma inocente! Pero está bien, te lo voy a decir. Estoy pensando en ponerme un vestido ajustado a la cadera con una minifalda muy escandalosa, y que solamente cubra lo que debe en el momento justo. Tal vez me ponga unos zapatos de tacón alto por si se me ocurre subir unas escaleras antes que tú. —Amanda volvió a reír como una niña traviesa—… ¡Era broma!... Eres un bobito, pero sabes que te quiero igual… ¿Entonces nos vemos esta noche?... ¡Perfecto! Un beso cariño. Hasta pronto.

 

   Amanda cortó y volvió a concentrarse en sus uñas, ajena a mi presencia. La miré por un rato más, imaginando la cara del pobre Slash ante esas insinuaciones. Estoy seguro de que ella sabía lo que estaba provocando en él, aunque me cuesta imaginarla en una relación seria.

 

   —Saltamontes, es de mala educación espiar las conversaciones de la gente —dijo mi jefa sin levantar la mirada de sus uñas, lo que me hizo dar un respingo—. ¿Podrías cerrar la puerta antes de que te deje el ojo morado?

   —Lo siento —me disculpé avergonzado mientras cerraba la puerta de su habitación.

 

   Me dirigí al escritorio y encendí la computadora para terminar el informe del caso Farelli. A los pocos minutos, Amanda estaba arreglada de manera sobria.

 

   —Es raro verte a esta hora del día sin tu ropa deportiva. ¿Pasó algo? —le cuestioné mientras tecleaba el informe.

   —¿No has visto las noticias? En cualquier momento un cliente va a llegar y vamos a encargarnos de esos casos.

   —¿Las muertes de las chicas? —pregunté recordando el noticiero—. ¿Y por qué estás tan segura que llegarán?

 

   Amanda se sentó en una esquina del escritorio, cruzándose de brazos.

 

   —Porque los padres de esas chicas necesitan respuestas rápidas, Saltamontes. Imagina que se trate de tu propio hijo el que desaparezca. Harán lo imposible por encontrarlas sin esperar que pasen las 24 horas. Además de que las que aparecieron fueron torturadas. ¡Piensa, Saltamontes, piensa!

 

   Amanda se había llevado los dedos a las sienes, enfatizando sus palabras. No pude negar que tenía razón.

 

   —Deberías pensar en promocionarte un poco más. No tienes ninguna publicidad de la agencia en Internet —sugerí a la vez que volvía a mi informe.

   —¡Detalles! Los clientes llegan solos. Ya viste lo que pasó con el último caso, y seguramente alguien cruzará por esa puerta en cualquier momento.

 

   Y justamente, escuchamos unos toques a la puerta, lo que me hizo levantar la mirada con expresión de sorpresa. Amanda sonreía triunfal, como una bruja que acertaba con un hechizo.

 

   —¿Qué esperas? ¡Ve a abrir la puerta! ¡Andando!

 

   Miré a Amanda con el ceño fruncido mientras me dirigía a la puerta. Ella no me prestó atención, sino que tomó su asiento como si nada hubiera pasado. Abrí la puerta y dejé pasar a la persona que había tocado: un hombre calvo de piel morena, que lucía musculoso. Vestía una camisa de mangas cortas de color amarillo, y un chaleco marrón con una insignia que no pude detallar bien. Su pantalón lucía desteñido.

 

   —Buenos días… ¿Esta es la Agencia de Detectives Manrique? —saludó cortésmente, mirando alrededor—. Necesito alguna orientación.

   —¡Vamos! ¡No sea tímido! —gritó Amanda desde su asiento—. Bienvenido a la Agencia. ¡Pase adelante! ¡Saltamontes, prepara el café!

 

   Negué con la cabeza, suspirando mientras hacía pasar al nuevo cliente, y me apresuré a la cocina, para hervir el agua para el café. No quería perderme nada de la conversación con el nuevo cliente. De inmediato volví a la oficina, donde el hombre ya había tomado asiento frente a mi jefa.

 

   —Verá usted, detective… el caso que me preocupa es sobre una desaparición. Ocurrió ayer en la noche, y temo que la policía no investigue mi caso.

 

   El hombre se veía nervioso, y en ocasiones miraba a su espalda. Mi jefa no hizo ningún comentario.

 

   —Primero dígame cuál es su problema, y cómo supo de mis servicios —exigió Amanda sin inmutarse.

   —Muy bien… yo trabajo para el canal de televisión BStudio. Soy ayudante de un presentador que es a la vez un prominente investigador. Tiene un programa nocturno que se transmite una vez a la semana, y se repite los fines de semana. —El hombre desconocido me miraba de reojo, como si se percatara de que siguiera su narración—. Mi jefe salió hace un par de días al bosque que se encuentra a dos horas de la ciudad, y aún no ha regresado. Pensé que se había tomado unas vacaciones para visitar a su familia, pero hace poco, recibí en mi celular una nota de voz que me hace pensar que algo le pudo haber pasado.

 

   Miré extrañado al hombre e intervine.

 

   —Un momento… señor…

   —Samuel Vera.

   —Señor Samuel… ¿Se está refiriendo a Iker Maussán?

   —¿Lo conoce? —preguntó el señor Vera—. ¿Ha visto su programa?

   —Lo vi anoche. ¿Esa es la retransmisión?

   —Así es, detective —prosiguió con su relato—: Nosotros nos dedicamos a la investigación de fenómenos paranormales, percepciones extrasensoriales y civilizaciones alienígenas. Estamos convencidos de que existen estos fenómenos y los documentamos para nuestro programa. Creo que mi jefe desapareció por culpa de un incidente de estos, y temo por su vida.

 

   Su relato se interrumpió por una estruendosa carcajada proveniente de Amanda. Estaba literalmente retorcida en su silla por la risa, tratando de respirar entre cada risotada. El señor Vera y yo nos miramos, y por la vergüenza ajena me cubrí el rostro con la mano.

 

   —Disculpen. ¿Extraterrestres? ¿Asuntos paranormales? Esas estupideces son sólo fantasías de ciencia ficción. —Amanda lentamente comenzó a recuperar la compostura—. En fin, por muy charlatán que me pueda parecer ese señor, un cliente es un cliente. Si cree que algo malo le pasó, tomaré su caso y lo encontraremos.

   —Pues… muchas gracias, detective… eso creo —dijo el señor Vera con cierto resquemor.

   —Pero exijo antes el pago de la mitad de mis honorarios, y si resulta que se trata de un evento paranormal, exijo el treinta por ciento de las regalías de cualquier libro que escriban sobre esto. ¿Está de acuerdo?

 

   El señor Vera me miró una vez más y luego asintió, extendiendo la mano.

 

   —Trato hecho, detective.

 

   Amanda escupió en su mano y la chocó con la de él, cerrando así el trato. Luego, nuestro nuevo cliente se limpió la mano en su chaleco.

 

   —Tengo en mi teléfono la nota de voz que me mandó mi jefe la otra noche. Permítanme.

 

   El señor Vera sacó de su bolsillo su teléfono celular y encendió la grabadora. La voz de Iker Maussán se escuchaba igual de cantarina que en televisión, pero esta vez no se trataba de un reportaje.

 

   —Samuel… Samuel… hay alguien… cerca… —La voz de Maussán sonaba sin aliento—. Alguien… entre los árboles… no veo bien… la linterna se apaga… ¡¡Aaah!! ¡¡Auxilio!! —La grabación terminó.

 

   Amanda se llevó la mano a su mentón y  cerró los ojos, como si meditara.

 

   —¿A qué hora recibió ese mensaje?

   —Lo recibí a las dos de la mañana de hace dos días, pero no lo revisé sino hasta el amanecer.

   —¿Y aun así no acudió a la policía?

   —Usted misma me dio un ejemplo muy claro de cómo reaccionarían. Pero al menos usted aceptó el caso, lo cual le agradezco.

   —No es como si lo hubieran secuestrado los enanitos verdes de Marte, pero es más que suficiente para saber que esto no es una farsa. Tendremos que ir al lugar donde ocurrió la desaparición y buscar más pistas.

   —Puedo llevarla hasta el bosque que planeábamos investigar, detective. Pero qué tan profundo se adentró, lo desconozco.

 

   Amanda miró su reloj de pulsera.

 

   —Aún es temprano. Saltamontes, vamos a ir a ese bosque.

   —¿Ahora mismo? —repliqué yo con desgano.

—¡Sí! O haré que limpies el inodoro dos veces al día durante un año entero. ¡Andando!

 

 

   Amanda y yo abordamos una camioneta azul propiedad de Samuel, y nos dirigimos hacia el bosque que había mencionado. Para cuando llegamos, ya era mediodía. Podía sentir mis tripas rugiendo del hambre, y el calor sofocante del día no ayudaba a sentirme cómodo. En cambio, Amanda se veía activa y fresca. Tal vez todo el tiempo que le dedicaba al ejercicio si le rendía frutos.

 

   En cuanto llegamos a los linderos del bosque, encontramos un auto rojo estacionado a un lado de la carretera. El señor Vera se estacionó a un lado.

 

   —¡Ese es el auto de mi jefe! —exclamó mientras bajaba del auto. Amanda y yo lo seguimos de inmediato.

 

   El auto tenía las puertas cerradas. Amanda y yo miramos a través de las ventanillas. En el asiento del copiloto vimos un mapa plegado. No había nada en el asiento trasero.

 

   Amanda tomó un pañuelo que guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón, cubrió su mano y trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada.

 

   —¿No tendrá alguna llave extra para el auto? —le preguntó al señor Vera. Este se palpó los bolsillos, y sacó una llave extra del bolsillo delantero de su chaleco.

   —Mi jefe me dio una copia para compartir el auto por si hacía falta, y siempre la llevo conmigo.

 

   Amanda tomó la llave y repitió la operación. Esta vez, la puerta se abrió fácilmente. Amanda tomó el mapa y lo desplegó. No era muy grande, y se mostraba una extensión de la zona boscosa. Había tres zonas marcadas con rotulador rojo en varios círculos.

 

   —Este bosque ganó notoriedad por los avistamientos OVNI, por lo que mi jefe pensó en explorarlos para el siguiente programa. Pero nunca imaginé que él se aventuraría a ir solo. Me hubiera informado antes —se lamentaba el señor Vera—. Espero que se encuentre bien.

   —Este claro de aquí es el punto más cercano. Vamos a investigar antes de que se haga tarde.

 

   Amanda no perdió tiempo  y se adentró al bosque, seguida del señor Vera.

 

   —¡Espérenme! —grité yo mientras mi jefa se alejaba.

 

   Estuvimos caminando por un largo rato a través del bosque. Me sentía agotado, sudando a chorros por culpa de la humedad y el calor, además de que los mosquitos comenzaban a molestar. El señor Vera iba a la cabeza, y Amanda le seguía el paso. Yo iba detrás de ellos, lamentando mi existencia. Nunca me gustó acampar, por lo que no me sentía a gusto. Si pudiera elegir dónde pasar un día libre, la playa sería mi primera opción.

 

   Nos tomó una hora aproximadamente llegar al claro que se indicaba en el mapa. Era un pastizal abierto, rodeado por más bosque. No había nada en particular, salvo la hierba que ondeaba con la brisa. Amanda caminó unos pasos hacia el claro y se detuvo, dejando que el viento hiciera ondular su cabello rojo.

 

   —No es un mal sitio de observación —concedió luego de tomar una bocanada de aire—. ¿Dices que aquí se han visto esos platillos voladores?

   —Sí, detective. Este sitio está libre de contaminación y luz externa, por lo que acampar aquí en la noche era uno de nuestros planes de investigación. —El señor Vera se detuvo al lado de Amanda, extendiendo su mano hacia el horizonte—. Algunos testigos nos informaron que por esas regiones, se ven luces moviéndose de forma irregular. También pensamos vigilar este lugar por si se forman los Círculos de Cosechas. ¿Ha oído hablar de ellos?

   —Son puras patrañas, así que no me molestaré en preguntar más detalles —Amanda se alejó del señor Vera, caminando un poco más hacia el claro.

 

   Me acerqué al señor Vera y puse la mano sobre su hombro.

 

   —Lamento mucho la actitud de mi jefa. Ella es algo… sincera en su forma de pensar —dije con una sonrisa nerviosa.

   —No se preocupe. Lo que importa es que aparezca mi jefe, no los Círculos de Cosechas.

   —¡Saltamontes, ven aquí! —exclamó mi jefa a lo lejos.

 

   Corrí de inmediato a su lado, y me señaló el suelo. Al lado de su pie, estaba un teléfono celular abandonado. Amanda lo recogió con su pañuelo y se lo mostró al señor Vera, que estaba acercándose a nosotros.

 

   —¿Este es el teléfono del señor Maussán? —le preguntó.

   —¡Sí! ¿Dónde lo encontró?

   —Estaba aquí mismo —Mi jefa señaló el punto exacto. Luego dio unos pasos y se dio la vuelta, mirando al bosque. Luego se agachó y miró la hierba con atención—. La tierra se ve apisonada rumbo hacia el bosque. Es probable que arrojara el teléfono mientras escapaba de alguien.

   —O de algo —añadió el señor Vera, de forma ominosa.

   —De todos modos encontramos una probable ruta de escape, lo que significa que este no fue su lugar de investigación. Él estaba en otro sitio.

 

   Amanda volvió a desplegar el mapa, y miró el círculo más alejado. Ella le dio unos golpecitos con el dedo.

 

   —¿Qué hay en esta zona? —preguntó.

   —No estoy seguro, pero creo que es el depósito de una empresa de construcción que quebró hace varios años. El lugar estaba abandonado.

   —¿Y que hay en este otro lugar?

   —Nosotros lo investigamos hace unos días atrás. Es una casa abandonada. Posiblemente le pertenecía a algún obrero o un cuidador del bosque. No podría asegurarlo.

   —¿Vamos a ir al depósito a investigar, jefa? —pregunté, temiendo otra caminata a través de ese bosque.

 

   Mi jefa miró el cielo, y luego al mapa.

 

   —No creo que debamos ir ahora mismo. Para cuando volvamos, estará anocheciendo, y andar por un bosque de noche no es seguro. Además, no tengo una linterna potente.

   —Yo podría conseguir unas linternas de ser necesario, pero no sé si podamos perder más tiempo —intervino el señor Vera, pero Amanda negó con la cabeza.

   —Lo que debes hacer es llevar ese audio a la policía para dar el aviso de su desaparición. Nosotros debemos revisar este teléfono y saber qué investigaba el señor Maussán. Lo que fuera que buscara, es bastante serio como para que haya desaparecido.

   —No sé si deba encargarle el teléfono… pero qué demonios. Usted aceptó el caso, así que confiaré en su criterio.

   —¡Entonces está decidido! Mañana volveremos aquí bien temprano y revisaremos ese depósito. Quizá encontremos algo.

 

   Amanda volvió a recorrer el mismo camino de vuelta, esta vez liderando la caminata. El señor Vera y yo caminamos juntos mientras él me comentaba las investigaciones de su jefe que salieron en la televisión, como los avistamientos de los visitantes de otros planetas, la conspiración del viaje a la luna y diversas apariciones de fantasmas. Decidí no hacer ningún comentario irrespetuoso, pero es obvio que todo era pura charlatanería. Sin embargo, que hubiera sido secuestrado en mitad de una de sus indagaciones, me hacía sospechar que quizá la última investigación tenía un origen más mundano.

 

   En cuanto regresamos a los autos, decidimos llevarnos el mapa y dejar el auto rojo en el mismo sitio, como señal de la desaparición para la policía. Miré mi reloj y señalaba las tres de la tarde. Mis tripas rugieron recordándome que no habíamos almorzado.

 

   Gracias al señor Vera, regresamos a la oficina, con la promesa de volver a la mañana siguiente. Apenas estuvimos solos, Amanda se quitó los zapatos y los dejó tirados en el suelo, metiéndose en su habitación para arrojarse en su cama.

 

   —¡Estoy agotada! Esta caminata me dejó muerta. Saltamontes, masajéame los pies.

   —¿Estás loca? ¿Por qué debo masajearte los pies sudados? —repliqué haciendo una mueca de desagrado.

   —Es eso, o preparas tú el almuerzo. Tú decides.

   —Escojo hacer el almuerzo —dije resignado, esperando que Amanda hubiera comprado algo para su despensa. No deseaba perder mi apetito pensando en sus pies sucios.

 

   Por fortuna, encontré algo de carne y unos pocos vegetales, así que decidí preparar el almuerzo para ambos. Escuché la regadera poco después, por lo que no tuve que preocuparme por ella durante un rato. Para cuando terminó de ducharse, ya tenía el almuerzo casi listo. Nada como un poco de arroz cocido y un guiso de carne para recuperar las fuerzas.

 

   Amanda salió del baño vistiendo ropa interior blanca con encajes, secándose el cabello mientras se sentaba en la cama. Le llevé el plato de comida en una bandeja y ella comenzó a devorarlo sin agradecer el gesto. Decidí almorzar aparte de ella en la cocina, mientras que pensaba en el caso en el que nos habíamos metido. Iker Maussán no era precisamente una persona confiable en lo que a investigación se refería. Nadie que se involucre con estos fenómenos extraños puede considerarse como tal; pero sus ruegos en ese audio sonaban convincentes. Me sentía intrigado por lo que fuera que estuviera investigando.

 

   —¡Estuvo delicioso, Saltamontes! Serías una excelente ama de casa —dijo Amanda mientras entraba a la cocina, dejando el plato sucio en el friegaplatos—. Dime, ¿qué te parece este caso?

   —Es demasiado raro, jefa. No entiendo quién querría secuestrar a un charlatán como él.

   —Tal vez su teléfono sea la mejor pista. Intenté encenderlo pero está descargado. Por suerte usa el mismo cargador que el mío, así que esperemos un poco a que tenga energía —concluyó Amanda mientras abría la nevera para sacar una lata de cerveza. Tuve que desviar la mirada para no verla agacharse y recogerla de la parte inferior.

   —¿Crees que encontremos algo allí? —pregunté algo escéptico—. Si el teléfono fuera tan relevante, ¿por qué el secuestrador no se lo llevó?

   —Por lo que dijo el tal Vera, todo ocurrió en la noche, así que quizá el secuestrador no pudo encontrarlo. Tuvo que enterarse de algo que lo obligara a salir de noche a ese bosque. Ese teléfono y las locaciones del mapa son nuestra única pista.

 

   En cuanto acabé de comer, fuimos a su habitación y decidimos encender el teléfono. Vimos una imagen de pantalla de un platillo volador mal enfocado, pero el menú estaba bloqueado por una contraseña. Amanda comenzó a manipular el teclado digital. Probamos diversos números relacionados con avistamientos de extraterrestres o casos de fantasmas, pero ninguna combinación sirvió.

 

   —Creo que Slash podría ayudarnos, pero no será esta noche. No voy a agobiarlo con esto.

   —¿Por lo de tu cita? —inquirí tratando de no mostrar interés, pero no podía negar en ese momento que estaba intrigado.

 

   Amanda se apoyó sobre mi espalda cruzando sus brazos frente a mí, susurrándome al oído con una leve risita:

 

   —¿Acaso estás celoso?

   —Estás demente —solté mientras me separaba de su abrazo—. Lo que quieras hacer en tu tiempo libre es asunto tuyo.

   —Está bien. Pensaba contarte la noche candente que tendré con él, pero tú te lo pierdes.

 

   Miré a Amanda con expresión de sorpresa mientras sentía mis mejillas ruborizarse. Mi jefa soltó una sonora carcajada.

 

   —¡Era un chiste! Estás igual de mojigato que Slash. Al menos con él podré emborracharme a gusto.

   —Sí que tienes mucha confianza con él —dije con un suspiro.

 

   Amanda no me contestó, sino que se levantó de la cama para empujarme fuera de su habitación.

 

   —Tengo que alistarme, Fernando. Si quieres, puedes irte temprano a tu casa.

   —Pero…

   —¡Que te salgas! —exclamó mientras cerraba la puerta. Exhalé un suspiro sintiéndome frustrado.

 

   Miré el mapa plegado sobre el escritorio y pensé que sería buena idea tomarle una foto. Podría investigar por mi cuenta esas locaciones usando alguna aplicación satelital en el teléfono y prepararme para el día siguiente. Al menos así preservaría una valiosa evidencia.

 

   Al atardecer, ya no quedaba mucho trabajo que pudiéramos hacer. Amanda no salió de su habitación por el resto de la jornada, quizá mirando la televisión o jugando sus videojuegos mientras llegaba la hora de su cita con Slash. Intenté una vez más desbloquear el teléfono pero no lo logré, así que lo mejor sería dejar al hacker a cargo del tema. Estaba seguro de que para él sería pan comido.

 

   Pensaba en irme a casa, cuando tocaron a la puerta. Era raro que recibiéramos nuevos clientes al atardecer, pero decidí responder por cortesía.

 

   Lo primero que sentí al abrir la puerta, fue una gran sorpresa; después de todo, hacía tanto tiempo desde la última vez que nos habíamos visto, que su presencia repentina me dejó impactado.

 

   Melanie estaba de pie frente a mí, con el mismo sombrero de ala ancha con que la conocí. Sonreía de forma radiante y no supe qué decirle por la sorpresa.

 

   —¿No te alegras de verme, Fernando? —preguntó Melanie manteniendo su picardía—. ¿O te comieron la lengua los ratones?

   —¡Oh, discúlpame! Pasa, por favor…

   —No hace falta, cariño. En serio, sólo vine a saludarte, y quería saber si te gustaría acompañarme un rato.

   —¿Quieres… salir conmigo? —pregunté mientras veía hacia la puerta de la habitación de Amanda. Ella seguía sin salir.

   —Será algo sencillo. Es que mañana empezaré la filmación de una película, y no podré tener más tiempo libre, y por eso pensé que al menos podríamos pasar un rato agradable. Te prometo que no te voy a morder… a menos que tú quieras.

 

   Melanie me guiñó un ojo con picardía, y una vez más, las mejillas se me enrojecieron de forma más intensa.

 

   —¿Qué dices? ¿Me acompañas?

 

   Vi su mano extendida, y no tuve fuerzas para negarme. Un segundo desplante habría sido inapropiado. Asentí con la cabeza, y ella de inmediato tomó mi mano.

 

   —¡Genial! Vámonos ya antes de que se nos haga tarde —dijo mientras me arrastraba fuera de la oficina.

 

   Estuvimos caminando por varias calles mientras las luces del atardecer se hacían más evidentes. Melanie me sostuvo de la mano todo el rato, literalmente halándome hacia donde ella iba; de tanto en tanto volteaba a verme con una sonrisa. No podía creer que había extrañado esa sonrisa. Mantuvimos comunicación con esporádicos mensajes de texto desde aquél caso, pero nunca insinuamos nada más. La compañía de la artista sin la presión de tener que cuidarla era agradable. Imaginé que algún camarógrafo nos debía estar siguiendo, pero eso a ella no parecía importarle. Su sombrero de ala ancha le cubría muy bien su característico mechón rojizo.

 

   Después de caminar un buen rato, llegamos a una lujosa pastelería. El lugar estaba bastante iluminado y lleno de gente. Miré los pasteles en las vitrinas y palidecí al ver los precios, pero Melanie me aseguró que ella me invitaría. De haber sido Amanda, ya le estaría diciendo adiós a mi despensa por un mes.

 

   Ambos pedimos un par de pasteles de chocolate hermosamente decorados y unas tazas de café caliente. Nos sentamos cerca de la ventana que daba a la calle y disfrutamos el postre mientras el sol caía en el cielo dando paso a la noche.

 

   —Dime Fernando… —comenzó a hablar Melanie—. ¿Y quién es la afortunada?

   —¿A qué te refieres? —pregunté confundido. Melanie dejó escapar una risita.

   —¿Recuerdas que me rechazaste en ese concierto? La única razón que se me ocurre es porque ya tienes novia.

   —No creo que sea buena idea que hablemos sobre eso…

   —Tranquilo, cielo. Ya no tengo esa obsesión contigo. Pero si quiero que tengas una mejor imagen de mí. —Melanie comió otro pedazo de su pastel—. Cuando me declaré a ti, lo hice de forma sincera, pero también fue mi culpa no haber pensado en tus sentimientos. Por eso quería verte antes de que me desaparezca por quién sabe cuánto tiempo.

   —No sé qué decir a eso… —respondí avergonzado, apartando la mirada.

   —Comienza contándome quién es la afortunada.

   —Pues… no hay ninguna afortunada —dije exhalando un suspiro. Por un momento, la imagen de Victoria pasó por mi mente—. No creo que la haya.

 

   Melanie frunció el ceño mientras tomaba un sorbo de café.

 

   —La verdad, eres un pésimo mentiroso. Y yo detesto a los mentirosos… pero eso es una cualidad en ti. Nunca cambies por nada del mundo.

 

   Miré confuso a Melanie por un buen rato. Parecía que había madurado bastante desde la última vez que nos vimos, y el contraste me estaba dejando sin palabras.

 

   —Se te nota en la mirada que estás pensando en algo, o en alguien. Tienes unos ojos muy claros y llenos de bondad, y eso fue una de las cosas que me enamoraron de ti, pero careces de algo importante, y quizá sea la clave para que seas feliz con la persona que deseas.

   —¿Qué es lo que me falta? —pregunté mientras tomaba un poco de mi café.

   —Confianza en ti mismo, Fernando. Necesitas dejar de depender de lo que piensen los demás. No debes depender tanto de lo que opine tu jefa, y tampoco pensar que me harás daño por decirme la verdad.

 

   Melanie había terminado su pastel cuando terminó de hablar, y bebía despacio su café. Yo aún no había terminado así que comí mi postre pensando en sus palabras. Me sentía desnudo ante sus observaciones. Realmente había madurado mucho desde la última vez.

 

   —Fernando, quiero que sepas que si hay una mujer en tu vida que de verdad ames, debes tener confianza en ti mismo e ir a por ella. Estoy segura de que será una mujer muy afortunada. Es una lástima que esa mujer no sea yo, pero al menos cuento con tu hermosa amistad. Nunca dejes de ser quien eres.

 

   Una vez más ella sonrió, y sentí un vuelco en el estómago. Era muy cautivadora cuando se lo proponía.

 

   Antes de que me diera cuenta, ya había anochecido. Melanie pagó la cuenta y decidí acompañarla al hotel donde se estaba hospedando. Estuvimos hablando sobre su futura película, y prometió que me invitaría al estreno una vez que la hubieran terminado.

 

   Llegamos a un cruce peatonal donde tuvimos que separarnos. Melanie se despidió de mí con un beso en la mejilla.

 

   —Me encantó haberte visto de nuevo, Fernando. En cuanto esté libre, volveré a buscarte.

   —Sabes dónde encontrarme —le dije sonriendo.

 

   Melanie se alejó de mí caminando de espaldas un poco, para luego retomar su camino normalmente. Para ese momento, sólo sentí un respeto aún mayor por la ídolo. No sabía si podía amarla como ella merecía, pero al menos honraba sus sentimientos.

 

   Con ese pensamiento, tomé mi camino a casa. Eran las siete de la noche cuando vi mi reloj. Amanda ya estaba disfrutando su cita con Slash para ese momento.

 

 

   A la mañana siguiente, estalló un fuerte aguacero. Eso retrasaría la investigación en el bosque, así que Amanda y yo decidimos que iríamos a la casa del señor Maussán para buscar nuevas evidencias. Samuel Vera nos llevó a un edificio y nos guió hasta su apartamento, que pudo abrir fácilmente por tener las llaves.

 

   Amanda y yo entramos. El apartamento tipo estudio estaba lleno de papeles arrumbados sobre el sofá, las butacas y el escritorio, que estaba pegado a la pared. También había una cartelera con diversas fotografías borrosas, que parecían verse como seres extraños huyendo a la cámara. También se unían en hilos rojos entre sí, pero estaba mucho más enredado que en mi investigación. Todo estaba en penumbras debido a que las persianas estaban corridas, además de la fuerte lluvia que caía contra la ventana.

 

   —¿Le avisó a la policía sobre la desaparición de Maussán? —Amanda se dirigió al señor Vera.

   —Lo hice apenas regresamos del bosque —contestó él desde el umbral. Mi jefa asintió y sacó unos guantes de látex del bolsillo de su chaqueta. Me extendió un par a mí.

   —Mejor ponte estos guantes, Saltamontes. La policía puede venir aquí a investigar y no podemos dejar huellas. No muevas nada fuera de su sitio y toma fotografías.

   —Sí, jefa —asentí mientras tomaba algunos de los papeles en el escritorio. Por lo poco que pude leer, se trataban de casos de secuestro.

   «Seguramente fueron los enanitos verdes», pensé en modo sarcástico, pero igual tomé unas fotos de algunos papeles.

 

   Luego me acerqué hacia la cartelera, y tomé unas fotografías en diversos ángulos. Miré a Amanda, que hojeaba un cuaderno.

 

   —Jefa... ¿de verdad es posible que haya vida afuera?

   —Sería una necedad negar que en el universo no exista vida en otro planeta —contestó a la vez que hojeaba las páginas—. Pero que existan todas estas cosas tan detalladas me parece una estupidez.

 

   Amanda me enseñó el cuaderno. Estaba lleno de bocetos de diversos extraterrestres con todo tipo de descripciones. Parecía el trabajo de un ilustrador de ciencia ficción.

 

   —Mi jefe es un fervoroso creyente de la vida en otros mundos, y de avanzadas civilizaciones —intervino el señor Vera—. Además de eso, también se han documentado muchos fenómenos paranormales en todo el mundo. No todo puede explicarse por la ciencia oficial, detectives. Es por eso que nos hemos dedicado a desvelar la verdad que tratan de ocultarnos.

   —Sí, claro, los Iluminatti que gobiernan en las sombras y los reptiles que se roban nuestras pieles. Ya me conozco toda esa historia —dijo Amanda cerrando el cuaderno y dejándolo en su lugar—. Lo que me interesa saber es su última línea de investigación. ¿Sabe algo sobre eso?

   —Estábamos investigando las desapariciones de algunas adolescentes en días recientes. Han reaparecido torturadas y asesinadas, y creemos que es por abducciones de extraterrestres que nos usan como conejillos de indias.

 

   Amanda dejó salir otra risotada.

 

   —Esa siempre es una respuesta clásica, pero te daré crédito en algo, y es que quien las está matando, es muy terrenal. ¿Sabe dónde guarda el señor Maussán esa última investigación?

   —No lo sé. Como ve, mi jefe no es precisamente organizado —contestó el señor Vera señalando el montón de papeles desperdigados en los muebles—. Buscar eso ahora retrasaría el trabajo de mi jefe. Tenemos que encontrarlo rápido o le pasará lo mismo que a las adolescentes.

   —No nos queda de otra, tendremos que buscar lo más rápido que podamos. Saltamontes, revisa los papeles del sofá. Yo veré los del escritorio.

 

   Amanda y yo nos tomamos un par de horas revisando los papeles y tomando fotografías. El señor Vera se ofreció a encender la luz pero mi jefa se negó, pensando que podría dejar huellas que lo ubicaran en una posible escena del crimen. Cada papel que leí se refería a múltiples conspiraciones del gobierno, agencias de seguridad, bancos y líderes políticos mundiales sobre el tema extraterrestre, y no encontraba un patrón relacionado con los secretos. Estábamos perdiendo el tiempo.

 

   —Jefa, a este paso se hará muy tarde No creo que encontremos nada en este montón de basura.

   —No te quejes y sigue buscando. Si quieres ser un buen detective no puedes dejar nada al azar —contestó ella mientras tomaba fotos de otros papeles. Ni siquiera levantó la mirada.

 

   Poco tiempo después, escuchamos como la lluvia bajaba la intensidad. Ya habíamos visto todo lo que podíamos, pero nuestro progreso fue en vano. Le recordé a Amanda que la policía podría llegar al apartamento en cualquier momento para buscar pistas. Mi jefa estiró los brazos y dejó los papeles a un lado.

 

   —Tienes razón. No ganaremos nada más aquí. —Amanda se dirigió al señor Vera, que se mantuvo aparte todo el tiempo, cerca de la puerta—. ¿Podríamos ir a los lugares marcados del mapa?

   —Si nos apresuramos, podríamos llegar al iniciar la tarde y estaríamos de vuelta antes del anochecer.

   —¿Todavía pretende ir a ese bosque? —pregunté de forma quejumbrosa. Me parecía una pésima idea, pero ella se negó a responder. Cuando una idea se le mete en la cabeza, no hay quien que se la saque.

 

   Amanda se acercó a mí, y dejó en mis manos el teléfono del señor Maussán.

 

   —Lo mejor es que lleves este teléfono a Slash para ver qué más encontramos. Yo iré con el señor Vera al bosque a investigar un poco más.

   —Pero…

   —Tú haz lo que te digo. Ese teléfono puede contener alguna pista valiosa, y también hay que revisar esas zonas marcadas en el mapa. No podemos perder más tiempo.

 

   Me quedé mirando a mi jefa un poco más. Sus ojos se veían llenos de determinación. No podría convencerla de lo contrario.

 

   —…Está bien, jefa. Por favor, llámame apenas sepas algo.

   —Te mantendré al tanto. Por ahora, busca a Slash. Él sabrá cómo hackear el teléfono —Amanda se dirigió una vez más al señor Vera—. Vayamos al bosque de inmediato.

 

   El señor Vera me llevó hasta el edificio donde vive Slash gracias a las indicaciones de Amanda. Ella me hizo una seña con la mano en señal de despedida.

 

   —Te llamaré en un par de horas —dijo ella antes de que el auto arrancara. Los vi alejarse hasta que desaparecieron tras una esquina. Miré el teléfono de Maussán una vez más, y después entré en el edificio.

 

   Una vez más, toqué frente al apartamento 42 la misma secuencia de golpes a la puerta. La voz de Slash se escuchó fuerte y clara tras la puerta.

 

   —¿Cuál es la contraseña?

   —Soy yo, Slash. Por favor, abre —contesté. Escuché abrirse los diversos cerrojos de la puerta y la abrió.

   —Pasa, Fernando —dijo Slash mientras miraba al pasillo— ¿Y dónde está Amanda?

   —Te explicaré en un momento —respondí entrando a su apartamento. Ya no me impresionaba tanto la basura acumulada adentro.

 

   Slash pasó una vez más los cerrojos y se dirigió hacia su computadora, sentándose en el escritorio.

 

   —Si vienes por el trabajo que me encargaste, aún no he descubierto nada —dijo mientras tecleaba, mirando fijamente la pantalla—. Pero me habrías llamado antes de venir. ¿Por qué vienes esta vez?

 

   Saqué del bolsillo del pantalón el celular de Maussán y se lo extendí a Slash.

 

   —Hay un investigador desaparecido y nos contrataron para encontrarlo. Este teléfono es nuestra única pista, pero está bloqueado. Amanda me pidió que te lo trajera.

 

   Él tomó el teléfono y dejó salir un silbido.

 

   —Es de alta gama. Seguramente vale unos cuantos miles. —Slash le daba varias vueltas en su mano, observando los detalles—. Hackearlo me tomará un tiempo, pero es fácil de hacer. Dame un momento.

 

   El hacker se levantó y se dirigió a su habitación. Escuché algunos trastes caer con fuerza, pero al poco rato regresó con un pequeño dispositivo lleno de cables. Lo conectó al celular y luego a la computadora, para después teclear unos comandos.

 

   —Esto servirá, pero tomará al menos unos treinta minutos. Te aconsejo que te pongas cómodo por ahí. ¿Se te antoja un refresco?

   —No, gracias —me negué mientras hacía espacio en su sofá repleto de trastos sucios—. Revisaré algunas pistas que tomé en mi teléfono.

   —Como quieras. Te avisaré cuando esté listo.

 

   Revisé las fotografías que había tomado, con la esperanza de encontrar alguna información que hubiera pasado por alto. Las primeras fotos que había tomado se referían a los secuestros de adolescentes. Después, activé el buscador para ver las noticias. Los nombres de las victimas concordaban. Todas habían sido encontradas sin vida y con signos de torturas horribles, como dijo el señor Vera. Quienquiera que lo hubiera hecho, era un psicópata peligroso.

 

   Luego miré la foto de la cartelera. Las fotos eran un clásico en los medios conspiranoicos. Todas eran borrosas y con pésimos planos, semejando humanoides huyendo. Luego noté los hilos rojos, y me di cuenta de que dichos humanoides no estaban unidos por estos hilos. Toqué la pantalla para ampliar la foto y seguirlos, hasta que vi que las fotos que se unían, eran de adolescentes. Sentí que un latido de mi corazón se había saltado de su ritmo.

 

   ¡Había encontrado un patrón!

 

   Comencé a seguir cada patrón, y encontré las fotos de otras dos chicas. Todas ellas se unían entre sí, y terminaban señalando otros documentos que me parecían ilegibles, pero los hilos confluían en un último papel, cubierto por otros documentos. Apenas se leían unas letras grandes:

 

       HAB…

                   ESC…

 

   Decidí hacer otra búsqueda en internet colocando “HAB ESC” en el navegador de mi celular. Algunos hallazgos eran canciones en idiomas impronunciables para mí, pero uno de los enlaces me llevó a una página sobre mitos de la Internet Profunda. Tenía entendido que esta red estaba centrada en páginas ocultas a la vista de los buscadores, relacionadas a la venta de armas o drogas, pero luego, vi un enlace que captó mi atención. Estuve a punto de abrirlo, cuando Slash me llamó.

 

   —Oye, Fernando, el teléfono ya está hackeado. ¿Quieres ver qué contiene?

   —Sí, tal vez encuentre alguna pista sobre el paradero de Maussán.

 

   Slash enarcó una ceja, mirándome con suspicacia.

 

   —¿Iker Maussán? ¿El investigador paranormal?

   —Ese mismo. ¿Lo conoces?

   —¡No me pierdo su programa! —exclamó emocionado—. No sabía que lo estabas investigando… ¿Dijiste que había desaparecido?

   —Sí, eso dije…

   —¡Cuéntame todo lo que hayas averiguado!

 

   Comencé a relatar todo lo que habíamos hecho Amanda y yo, desde el momento que el señor Vera nos contrató, hasta nuestra visita al bosque. Empecé a notar que el rostro de Slash pasaba de la emoción a la incredulidad, pero después, empezaba a reflejar nerviosismo.

 

   —Pero… si tú estás aquí… ¿Dónde está Amanda? —me preguntó con preocupación.

   —Estaba investigando las ubicaciones que Maussán marcó en su mapa del bosque…

 

   Slash saltó de su asiento y me sujetó de la solapa, empujándome hasta la pared. Estaba rubicundo por la furia, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

 

   —¡¿Y por qué demonios la dejaste sola?! —gruñó con impotencia—. ¿No te diste cuenta del peligro que ella está corriendo?

   —¿A qué te refieres? —le pregunté con la voz quebrada por el susto. Slash me soltó y volvió a la computadora. Comenzó a mostrarme algunos archivos de texto guardados en el celular.

   —Me refiero a esto. Mira con atención.

 

   Observé algunos textos copiados de Internet, haciendo referencia a algo llamado “Habitación Escarlata”.

 

   —No lo entiendo…

   —¿No tienes idea de lo que es una habitación escarlata? —me preguntó tratando de contenerse. Yo negué con la cabeza—. Es una especie de sala de torturas que se transmite por Internet. Todos los participantes votan para decidir cómo van a torturar a una víctima hasta que muere. La sola entrada a uno de esos sitios se considera un delito federal en casi todo el país. ¡Ni siquiera yo me atrevería a entrar en una de esas cosas!

   —Amanda acordó llamarme una vez que encontrara algo. Confío en que todo estará bien.

   —¡Más te vale! —El hacker sonaba claramente amenazante. Me sentía intimidado—. ¡Si algo le pasa a Amanda… juro que… juro que…!

 

   Slash azotó su mano contra el escritorio, haciendo temblar las computadoras. El trago de saliva que tomé se sintió pesado en la garganta, y decidí revisar yo mismo la computadora. Vi algunos archivos de audio, y decidí abrir uno. La voz de Iker Maussán se escuchó fuerte y clara en los auriculares.

 

   —Hace poco apareció una segunda jovencita en el bosque con signos de tortura en todo su cuerpo. La joven es hija de un importante ingeniero de sistemas relacionado con el conglomerado Clovertech. Se encontró en el mismo lindero del bosque donde apareció la primera. Todo parece indicar que se trata de la Habitación Escarlata de la que se habla en las redes. Estoy calculando los lugares cercanos a esa zona boscosa donde han sido encontradas, y hay unos lugares sospechosos. Seguramente la Habitación Escarlata está instalada cerca, o quizá sólo sea una pista falsa.

 

   Miré mi reloj. Había pasado más de una hora desde que dejé a Amanda. En cualquier momento podría llamar. Activé otro audio.

 

   —Una tercera jovencita apareció. Es un diplomático del consulado de Irán. Esto no es bueno porque hay relaciones tensas entre ambos países, y estaríamos al borde de una guerra. Fue encontrada en el mismo sitio. Debo ir a investigar ya.

 

   Activé el último audio, y era el mismo que escuchamos en el teléfono del señor Vera. La misma llamada de auxilio que ahora, tenía una connotación más siniestra.

 

   El resto de archivos del teléfono se relacionaban a preparaciones para su programa de televisión, por lo que no nos sirvieron de ayuda. Slash se veía claramente angustiado, y yo trataba de mantener la compostura. Internamente, rogaba que Amanda me llamara para decirme que habían encontrado al investigador y habían capturado a su secuestrador. Nunca antes había sentido la ausencia de Amanda como en ese momento.

 

   Finalmente pasaron las dos horas. Amanda no llamó. Slash se sujetaba la cabeza, temblando por el pánico. Yo intenté llamar a mi jefa en múltiples ocasiones a su teléfono, pero la línea sonaba muerta.

 

   Amanda había desaparecido.

 

   —¡Maldita sea, Fernando! ¡Tú deber es estar a su lado! —me gritó Slash después de levantarse de su silla—. ¡Ese es tu maldito trabajo!

   —¡Amanda me ordenó venir aquí! ¿No crees que ella también me preocupa? ¡Sólo estoy cumpliendo mi trabajo!

   —¡Tu trabajo es protegerla! ¡Si de verdad te preocupara, ya estarías corriendo a buscarla!

 

   Las palabras del hacker me aguijonearon de la misma forma que las de Victoria. Estaba cometiendo el mismo error del pasado. Estaba abandonando a los que me importaban. Me sentía miserable a cada minuto que pasaba.

 

   De pronto, escuchamos un sonido proveniente de la computadora. Slash y yo nos acercamos a ver qué era. Había ingresado un correo electrónico al buzón personal del hacker.

 

   Slash abrió el correo, y lo que vimos nos erizó la piel, dejándonos paralizados por el miedo. No podíamos dar crédito a lo que veíamos. Sentí que todo se estaba cayendo en pedazos, y que algo caótico y dantesco se avecinaba.

 

   El correo contenía el logotipo de los Picaros, y un archivo de video con el título “ABREME”. En cuanto se descargó el archivo y fue abierto, vimos la nefasta imagen de Axel sonriendo cínicamente en la pantalla.

 

   —¡Hola Slash! Cuanto tiempo, amigo mío —decía Axel como si se deleitara con su propia voz—. ¿Están alguno de esos idiotas de Izzy y Ashba contigo? Bueno, da igual. El que si me interesa que esté, es el inútil del ayudante de Amanda.

 

   Mis músculos se tensaron al escuchar cómo se refería a mí.

 

   —Resulta que tengo ganas de jugar un juego, y tiene que ver con ese inútil. Por si acaso está ahí, empezaré otra vez… —Se aclaró la garganta e hizo una pausa—. Hola Fernando… Quiero jugar un juego… —Se me erizó la piel al escuchar mi nombre en boca de ese tipo—. Tu amiguita, la detective Amanda Manrique, es alguien que yo conozco desde hace años, y ese traidor de Slash puede dar fe de lo que digo. ¿Recuerdas lo que dije acerca de que puedo salvarlos como puedo destruirlos? Pues tengo ganas de cumplir con lo segundo.

 

   Axel se apartó un momento de la cámara, y enfocó a dos siluetas atadas en un par de sillas. Un foco proveniente de la linterna iluminó perfectamente ambas siluetas, haciendo que mi estómago se retorciera por el miedo.

 

   Con la cabeza caída por la pérdida de consciencia, estaban Amanda y Melanie.

 

   —Tienes una novia muy linda, Fernando. ¿Quién diría que te acostaste con la célebre Melanie? Esto hace mucho más interesante el juego, ¿no crees? —La risa de Axel sonaba de forma estridente—. Pero no te preocupes, ambas están con vida, y dependerá de ti que sigan así. En este juego, te daré cuarenta y ocho horas para encontrar mi Habitación Escarlata, y te doy permiso para que te ayude una sola persona. Puede ser quien tú elijas, pero si te ayuda alguien más, ellas serán el espectáculo de mi programa especial antes de tiempo. Si la policía se involucra, las echaré a mi Habitación Escarlata. Enviaré unas coordenadas para que empiecen la búsqueda, y el único deber de Slash es ayudarte a descifrarlos, pero él tiene prohibido acercarse al lugar. Sólo tú y otra persona. Tic Tac, señor ayudante. El tiempo comienza a correr. ¡Qué empiece el juego!

 

   El video había terminado.

 

   Slash se sujetaba la cabeza, preso por la impotencia, repitiendo una y otra vez el nombre de Amanda.

 

   Yo permanecí en silencio, mirando la pantalla, sintiendo como la furia y el terror se apoderaban de mí en una mezcla difícil de manejar. Apreté mis dientes y mis puños.

 

   Juré que mataría a Axel, aunque fuera la última cosa que hiciera en la vida.

 

***CASO EN INVESTIGACIÓN***