La leyenda D'Loxley

Capítulo 1: Desaparecido

Esta historia continúa en México, exactamente el día 17 de febrero de 2021.

 

Nuestro joven protagonista se despertó a las 07:38 a. m.

 

«¿Qué hora será?», pensó mientras se levantaba de la cama lentamente; tomó su teléfono que estaba en una mesita de noche, miró la hora, lo desbloqueó y comenzó a escribir:

 

“Querida Jessica, nuestra relación no es muy buena que digamos, así que he decidido que terminemos. Lo siento mucho, llora todo lo que quieras, pero eso es todo amigos. Se despide con AMOR, Robin H. Loxley. En otras palabras BYE”

 

Qué desalmado, ¿no creen? Bueno, esto ya era costumbre de Robin: romperle el corazón a las chicas.

 

Él era el clásico chico que las engatusaba, les prometía villas y castillos, y luego las cambiaba como si fueran un guante viejo y dañado.

 

Pero cálmense, no es ese tipo de historia, de: El casanova que las deja a todas y luego se consigue a la chica difícil de la que si se enamora; tan cliché no soy.

 

—¡Robin! —gritó una mujer, de 1.75 de alto con cabello rubio castaño; era la madre de Robin, Victoria,  desde la parte de abajo de la casa.

—Enseguida voy mamá —contestó con tono de aburrimiento.

—Está bien.

 

Robin se vistió rápidamente y bajó.

 

En la parte de abajo de la casa había un montón de cajas con etiquetas, la familia Loxley se mudaba a Tokio por el trabajo del padre.

 

Robin tenía 22 años de edad, pero vivía con sus padres porque hacía 6 años había cometido la mayor estupidez de su vida: un robo que beneficiaría a los pobres.

 

El robo iba de maravilla, pero lo atraparon.

 

En ese entonces Robin tenía 16 años, por eso le dieron 2 años de reformatorio, pero por la apelación en vez de cárcel le dieron 5 años de arresto domiciliario. Ya a Robin le quedaba un año, pero como su familia se estaba mudando a otro país, cambiaron su jurisdicción, o eso creyó él.

 

—Oye, mamá, ¿sabes dónde está papá? —inquirió Robin.

—Negociando para que vayas con nosotros —respondió su madre.

—¡¿Ahora?!

—Sí, ahora; tú sabes cómo es él.

—Si lo sé, y muy bien.

—Espero que venga pronto. Y que logre el cambio.

 

Afortunadamente, su padre llamó para decir que logró el cambio a tiempo.

 

 

Robin caminó por la casa por última vez antes de irse. Tuvo muy buenos recuerdos, cuando uno muy importante trató de abrirse paso en su mente, sonó la corneta de un auto, interrumpiendo su hilo de pensamiento. 

 

Tomó su maleta, salió por la puerta de enfrente y corrió hasta el auto de su padre, una clásica camioneta 4x4 de color azul eléctrico. Robin medio subió al asiento del copiloto:

 

—Al fin llegas ¿Soy libre, por un día? —preguntó el joven con un pie   dentro de la camioneta.

—Por un día no… —Robin lo vio con cara de decepción—... sino por dos  —El muchacho sonrió ante la broma de su padre.

—Oye, Robin, yo voy ahí —afirmó una pequeña persona, que era el hermano menor de Robin (1.65 de alto con cabello de color castaño oscuro).

—¿Enserio? Me entero —respondió el joven con un poco de sarcasmo—. ¿Sabías que era su asiento, Papá? —preguntó mientras volteaba para ver a su padre, que estaba a su lado derecho—, porque yo no lo sabía, ahora me estoy enterando.

—Jajaja —rió la pequeña persona en tono burlón—. Deja el sarcasmo para más tarde.

—Mejor súbete a la parte de atrás, eres menor de edad.

—Mira quién me da órdenes: el Sr. Criminal.

—No puedo pelear contra esa lógica. Toma el puesto enano, súbete antes de que cambie de opinión.

 

La pequeña persona, digo, el hermano de Robin, se subió al puesto del copiloto mientras Robin se pasaba al asiento trasero.

 

 

 

 

—124 C, ¿dónde estás asiento 124 C? —se cuestionó Robin con una maleta en el hombro mientras buscaba su lugar.

 

Mientras el joven buscaba su asiento ocurrió un accidente: a su maleta se le rompió el cierre y toda su ropa se desparramó por el suelo. Cuando Robin comenzó a meter la ropa en la maleta, alguien lo chocó.

 

—Ay, perdón —se disculpó la persona y siguió su camino.

 

Si Robin hubiera sabido quién era persona y lo que buscaba, esta historia sería diferente y no correría tanta sangre…

 

Al final, Loxley encontró el asiento 124 C, le pidió a su madre cinta adhesiva e hizo un desastre al arreglar la maleta, la metió en el maletero y empezó el viaje. De ciudad de México a Tokio son 18 horas con 10 minutos de las cuales Robin durmió 12 horas.

 

Al bajarse del avión lo esperaba la policía de Tokio para cambiarle la custodia de México a Japón. Robin tuvo que pasar todo un día en la comisaría de Tokio para cambiar su custodia.

 

 

—Hola Robin, soy el oficial Homare Kato —se presentó el oficial (1.76 de alto, cabello color negro).

—¿Sabe hablar español? —inquirió Robin.

—Sé hablar  20 idiomas gracias a este trabajo —respondió.

—Ve…in…te id…diomas —dijo con tartamudez.

 

El hombre rió, le tomó la pierna y escaneó el monitor para cambiar la jurisdicción.

 

—Vamos a ir todas las veces que intentes escapes estúpidos, como tratar de hacerte pasar por el cartero.

—De seguro ya leyó mi historial…

 

 

 

 

Inscribieron a Daniel a una escuela cercana, el padre de la familia se instaló en la nueva oficina, Robin probó casi todos los juegos de realidad virtual que encontró y su madre era realmente feliz con esta vida nueva.

 

Pero, créeme no quisiera decir esto, esa “Felicidad” no duro mucho más de seis meses.

 

Todo comenzó con dos palabras: viaje escolar.

 

 

—¿Lo llevas todo? —preguntó la madre de Daniel.

—Si mamá, lo llevo todo —respondió el jovencito mientras el ascensor abría sus puertas—. No vayas a llorar.

—Tranquilo no lo haré —afirmó, ya afuera del ascensor.

—Entonces, Robin quedara libre dentro de 6 meses, ¿no? —preguntó Daniel al salir a la calle.

—Sí —respondió su madre mientras caminaba por la acera—. Aún no entiendo por qué le robó a esa gente.

—Yo tampoco… —mencionó Daniel al acercarse al autobús—. Bueno mamá nos vemos en dos semanas.

—Sí mi amor, cuídate.

 

Esas fueron las últimas palabras que le dijo a su hijo.

 

 

Días después, la madre de Robin estaba en la cocina, él estaba en la sala viendo televisión, con la cara llena de pánico por el titular en pantalla:

 

  学校旅行に20人の子供が行方不明

見つかったのはバスだけでした

  [“20 NIÑOS DESAPARECIDOS EN VIAJE ESCOLAR”]

[Lo único que se encontró fue el autobús]                                    

    

 

Lo que estaba leyendo Robin no era una noticia falsa.

 

«Debe ser otra escuela»  pensó.

 

Lo siguiente que pasó fue que la policía llamo a la mamá de Robin y le confirmaron que Daniel era uno de los niños desaparecidos.

 

 

 

 

Robin llevaba 10 minutos en la estación Sakuradamon esperando el tren a Yurakucho, ya había pasado 1 año de la desaparición de su hermano, Daniel; mientras esperaba el tren, jugaba con su celular, cuando de repente le llegó un mensaje de un número desconocido. El mensaje decía:

 

“...  .  -..  ---  -.  -..  .  .  …  -  .-”

 

Robin pensó que era una broma de algún amigo, por eso no le dio importancia; pero, al pasar 2 días le llegaron 2 nuevos mensajes. A él no le gustó la broma, así que se molestó y decidió que los borraría. Cuando los iba a eliminar, llamaron a su puerta.

 

—Ohayo Robin-kun [Buenos días Robin]. —Robin la vio extrañado—. Etsukodesu [soy Etsuko]. —Aún la seguía viendo extrañado—… ¡37 Kaede!

—Ah, ya —dijo él.

 

En los últimos días, Robin había estado jugando en línea un videogame de espías y Etsuko lo había ayudado; además Etsuko era atractiva, medía 1.65 de alto, y su cabello era largo de color negro.

 

—Okoro [pasa]. —Él abrió la puerta de par en par y la invitó.

—Ie, watashi wa sugu ni kimasu  [No gracias, es que vengo rápido]. —Etsuko sacó un sobre de su bolso y se lo entregó a Robin—. Bai bai  [Adiós].

 

Robin abrió el sobre y encontró instrucciones del juego.

 

«Hubiera bastado con una llamada… Entonces, nos comunicaremos por código morse porque hay un traidor. Je, lo más estúpido es que yo soy el traidor; no sé código morse, buscaré alguna imagen como guía por internet», pensó.

 

Cuando estaba descargando la imagen, le llegó la notificación de un mensaje, aún no había visto la notificación cuando abrió la imagen:

 

       

En ese pequeño instante se dio cuenta de que los mensajes del número desconocido eran en código morse, el primero decía:

 

“Sé dónde esta”

 

El segundo decía:

 

“Tu hermano”

 

El tercero decía:

 

“¿Quieres saber dónde está?

 

Revisó la notificación y encontró otro mensaje que había llegado hacía unos minutos, tocó la pantalla y se abrió. Este mensaje no estaba en código morse como los otros, decía:

 

“Si lo quieres saber, ven a la fábrica abandonada en Taitō, a las 12: 30 p. m. Él te espera, ROBIN”

 

Robin se vistió con una camisa verde, una chaqueta amarilla y un pantalón marrón (no es una muy buena combinación de colores, que digamos) y salió corriendo de su apartamento; al muy estúpido se le olvidó su celular.

 

 

 

 

Al llegar a la fábrica, vio que en la entrada estaba un Lincoln Town negro.

 

«¿Sera de la mafia?», pensó mientras se acercaba a la entrada del edificio.

 

 Al entrar por una rendija de la puerta rota, algo duro lo golpeó en la cabeza y se desmayó.

 

Cuándo despertó, notó que estaba amarrado a una silla. Todo a su alrededor estaba oscuro, tanto, que no podía distinguirse ni su propia forma en la oscuridad.

 

De pronto algo o alguien se movió. Robin comprendió que en frente de él estaba una persona, aunque apenas podía ver una silueta más negra que el resto de las sombras.

 

—¡¿Quién anda ahí?! ¡¿Qué es lo que quieres?! —gritó.

 

La persona misteriosa le respondió en un tono extraño:

 

—En el lugar a donde vas, tendrás que aprender a protegerte muy bien, y creo que en ese lugar está él. Si no hubieras cometido esa estupidez hace 7 años, nada de esto hubiera pasado, y tu familia no habría pagado las consecuencias. —La silueta agarró algo de lo que tal vez era una mesa; parecía un control remoto.

—¡¿Quién eres y qué hiciste con Daniel?! —le espetó Robin.

—Tendrás que averiguarlo tú solo. —La silueta oprimió un botón del control.       

 

En ese instante algo empezó a brillar detrás de Robin.

 

—Quiero que sufras lo que yo sufrí, cien veces más, mil veces peor. —Colocó el pie en la silla—. Y después de que sepas lo que se siente y comprendas lo que es la soledad, te ayudaré. —Rápidamente sacó un cuchillo, cortó las cuerdas que ataban a Robin y empujó la silla hacia atrás.      

 

Robin fue absorbido por la cosa brillante detrás de él antes de poder hacer algo.

 

«¿Quién o qué era? Bueno ya no importa, me llego el momento de morir. Y ni siquiera pude hacer algo por Daniel», pensó mientras caía. Cerró los ojos y de repente, sintió que cayó en algo suave.

 

 

—Me estas pisando —dijo una voz femenina medio ahogada.

—¡¿Quién dijo eso?! —inquirió Loxley mientras se levantaba. 

 

La silla había caído más lejos. Sin las ataduras, se había separado por completo del muchacho mientras caían.      

 

—¡Yo! —gritó la voz con todas sus fuerzas.

 

Cuando el joven terminó de levantarse vio hacia abajo. Una chica estaba desparramada en el suelo. La ayudó a levantarse, y ella se sacudió el polvo mientras le decía furiosa:

 

—¡¿Tus padres nunca te dijeron que a las mujeres no se les pega ni con el pétalo de una rosa?!

—Sí, me lo dijeron. —Robin se hizo hacia un lado y encaró a la jovencita—. Oye una pregunta, ¿sabes qué día es hoy?

—Yo te tengo una mejor: ¿Qué es un día?

—¿Aaaah?