La leyenda D'Loxley

Capítulo 3: Merlín

La naturaleza es salvaje, sangrienta, violenta, brutal.

 

Sólo el más fuerte sobrevive y de seguro se preguntan: ¿Por qué este capítulo empieza como un documental?

 

Por dos razones:

 

1: Me pareció gracioso empezar así.

 

2: Nuestro protagonista y su grupo están siendo perseguidos por una parvada de aves salvajes.

 

15 minutos antes.

 

Robin y su equipo iban caminando por el bosque en dirección a su destino: ciudad escarlata. Su nombre le fue dado en honor a las personas que… ya verán.

 

La razón por la que estaban siendo perseguidos es por culpa de: la gula.

 

Robin se desvió del camino del bosque al ver a lo lejos un grupo de nidos con huevos gigantes.

 

—Marion, ¿crees que con esto podamos hacer tortillas? —preguntó con un huevo de más o menos un kilo en las manos.

—¡Robin, baja eso! —exclamó Marion en voz baja, con un tono alarmante.

—No me digas… Hay un grupo de pájaros furiosos detrás de mí, ¿cierto? —La jovencita asintió y Robin volteó—. Hola pajaritos.

—¡¿Qué haces?! —le espetó Fraile.

—Chicos, a la cuenta de tres corremos con todas nuestras fuerzas. —Todos asintieron y Robin soltó el huevo—. Uno, dos… ¡tres!

 

Entonces corrieron con toda su alma.

 

Desde la cima de las murallas que tenía la ciudad, un par de guardas observaba al pequeño grupo que venía corriendo hacia ellos.

 

—¡¡Abran las puertas!! —gritó Little John.

—¿Que abramos qué? —preguntó un guarda.

—No inventes, están siendo perseguidos por una parvada de perikans —dijo el otro.

—¡Abran las puertas y llamen a los Hanta-! —ordenó un hombre (cabello azul y 1,81 de estatura), que parecía ser el general o algo por el estilo.

 

Sus subordinados obedecieron y apenas abrieron las puertas, el grupo Hood (así lo bautizó Marion) entró en la ciudad.

 

Detrás de ellos salieron los Hanta-. Estos cazadores vestían como los caballeros más famosos del anime. Cortaban a los perikans por la mitad con sus espadas, y la sangre brotaba de las dos mitades de las aves azules, junto con las plumas que se desparramaban como en una pelea de almohadas. Era una masacre espectacular y lo más épico que Robin había visto.

 

«Necesito una cámara», pensó su parte otaku.

 

Una vez dentro de la ciudad, se le acercó un guarda al grupo.

 

—Bienvenidos a la Ciudad Escarlata.

—Tiene nombre de ciudad poquemón…

—¿De qué hablas Robin?

—¿Eh? Oh, nada, Marion, algo de mi mundo.

—Jovencito, esta hermosa ciudad lleva su nombre en honor a los que murieron en el archipiélago. Fue nombrada por la sangre de todos los caídos.

—¿Ah? ¿Todos los… que murieron?

—Tsk… Síganme.

 

Esto no era una sugerencia, así que el grupo Hood siguió al molesto guarda, que los guió hasta la cima de la muralla.

 

—Señor, aquí están los idiotas recién llegados.

—Buenos días, jóvenes, soy el aguacil que custodia esta ciudad, Mamoru Ao. ¿Quiénes son ustedes?

—Yo soy Robin H. D’ Loxley y ellos son… 

—Robin D’ Loxley —interrumpió Ao sonriendo macabramente—. Arréstenlos.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

—Por quemar un pueblo, sembrar anarquía, atacar a un alguacil mientras cumplía con su trabajo, matar a un obispo y hablar en contra de la corona.

—Tsk… maldito Vancamp… —soltó Robin.

—¡No puede hacernos esto! —exclamó Marion, furiosa.

—Sí puedo.

—Pero —medió Fraile— ¿no nos dejará explicarle lo que  realmente sucedió?

—No me interesa lo que tengan que decir unos fugitivos traidores.

—Pero…

—Déjalo, Fraile, yo me encargo de esto —dijo Little John tomando su espada.

—Fíjense bien en dónde están. ¿Creen que pueden salir de aquí con vida si oponen resistencia? Con una sola orden mis guardas acabarán con ustedes. ¡Preparen ballestas!

 

A la orden de Ao, todos los guardas de alrededor apuntaron sus ballestas al equipo Hood.

 

Todos estaban a la defensiva, con sus armas a punto, excepto Robin.

 

—Chicos —dijo, haciendo que Fraile, Marion y Little John voltearan a verlo—. Bajen sus armas, no hay forma de que ganemos esto.

 

El grupo asintió, resignado e impotente. Fueron arrestados por los guardas de Ao y llevados a la prisión fuera de las murallas.

 

Al llegar a la prisión, fueron separados y encerrados en distintos bloques de celdas.

 

Todo lo que había sucedido, y apenas eran las diez de la mañana.

 

 

 

 

—¡Oye, Merlín! Tienes un nuevo compañero.

—¿Un nuevo compañero? —cuestionó el hombre (cabello blanco, 1,85 de estatura)—. Sabes que tuve muchos problemas con el otro…

—A mí no me importa si lo matas.

 

El guarda lanzó a Robin a la celda y echó la cerradura. El muchacho se levantó furioso y se pegó a la reja. Odiaba estar encerrado… de nuevo.

 

—¡¡Animal!! ¡Ni me leíste mis derechos!

 

Entonces sintió un aura oscura y misteriosa detrás de él. Giró lentamente la cabeza y encaró al hombre de cabello largo y ojos grises, de aspecto sombrío.

 

Robin tragó saliva.

 

—Hola dios, soy yo otra vez…

—Jajaja —rió estrepitosamente el hombre—. Me agradas.

—Okey… —Robin se irguió separándose de la reja.

—Soy Merlín.

—Yo soy Robin.

—¿Has estado antes en prisión, Robien?

—Es Robin.

—¿Has estado antes en prisión, Robin?

—Sí, no… bueno, algo así.

—¿Te gustaría escapar?

 

 

 

 

En la torre de vigilancia de las murallas que daba a la prisión:

 

—¿Quién es el compañero del prisionero… el traidor, Loxley?

—Señor, es Merlín.

—¡Son unos inútiles! Merlín debe estar aislado o si no…

 

Ao no pudo terminar. Una explosión sacudió la torre. Era la puerta principal de la prisión.

 

4 horas antes…

 

—Sí… supongo.

—Entonces, necesito que me consigas esto. —Merlín le entregó una lista de ingredientes.

—Está bien… ¿Cómo es que esto servirá para escapar?

—No te preocupes, soy un alquimista.

—¿Alquimista? ¿Sabes cómo hacer una transmutación?

—¿De qué hablas?

—Eh, no, nada. Bien entonces, ¿cómo escaparemos?

—Haremos volar la puerta principal como una distracción, luego nos abriremos una puerta secundaria en un muro del patio.

—Oh dios, no podían darme otro compañero, alguien que estuviera cuerdo.

—No te preocupes, funcionará. Te doy mi palabra.

—… Pero no puedo irme sin mis amigos.

—Con eso no hay problema. Dentro de diez minutos será el primer descanso, podrás encontrarlos ahí.

—¿Cuándo escaparemos?

—Durante el segundo descanso, en la tarde.

—Si puedes escapar con esto, ¿por qué no conseguiste los ingredientes antes?

—No puedo salir de mi celda. Mi anterior mi compañero no fue muy amable conmigo… me delató. Y ahora soy el único que no tiene permitido salir a ningún descanso.

—Oh, ya veo.

 

Robin lo pensó un momento, Merlín no parecía una mala persona, tal vez estaba algo loco, pero sentía que podía confiar en él.

 

—Está bien, te ayudaré.

—Qué bueno, si no tendría que matarte para que no hablaras. Jajaja.

Robin tragó saliva otra vez.

 

 

Robin salió al patio. Buscó con la mirada el alborotado cabello naranja de Marion, entonces la vio y encontró a su equipo, todos estaban recostados contra una pared, bajo una sombra.

 

—¡Chicos!

—¡Robin!

—Qué bueno que están…

 

Las palabras de Robin se vieron interrumpidas por una bofetada de Marion.

 

—¡Auch! ¿Por qué fue eso?

—¡Porque eres un idiota! ¡Pudimos haber tomado al alguacil como rehén y escapar de las murallas!

—Marion, eso habría sido una locura.

—Bueno —intervino Fraile—, pero es peor que estemos atrapados aquí, a los acusados de traición se les condena a muerte.

—Lo imaginé, es por eso que escaparemos.

—¡Qué! —exclamaron los tres en coro.

—Shhh… no llamen la atención de los guardias. Escuchen, conocí a alguien, bueno, es mi compañero de celda. Dice que puede hacer algo para volar la puerta de la prisión, luego hará lo mismo con un pedazo del muro.

—¿Crees que sea confiable? —preguntó Fraile.

—Yo creo que sí, me dio su palabra.

—¿Cómo volará la puerta? —preguntó Marion.

—Preparará algo con unos ingredientes que yo le conseguiré, él es un alquimista.

—Oh, un alquimista… —dijo Marion, acto seguido abofeteó de nuevo a Robin.

—¡Ay! ¿Y ahora por qué fue?

—Imbécil, los alquimistas están locos, nadie sabe bien qué es lo que saben hacer. Ese compañero tuyo seguro nos meterá en problemas.

—Es cierto —intervino Fraile—… pero, es nuestra única opción, Marion. Para mañana será tarde, probablemente la orden para que nos cuelguen ya está en camino.   

—Ash… está bien. Pero si nos metes en más líos, Robin… —dijo ella, amenazante con la mano en alto.

—Tranquila, deja el drama sensei. Algo me dice que todo saldrá perfecto. Nos reuniremos aquí en el segundo descanso y les explicaré el resto del plan sobre la marcha, ¿de acuerdo?

—Sí —afirmó Fraile.

 

Little John asintió con la cabeza.

 

—Está bien —soltó Marion con un suspiro—. Espero que todo salga bien.

—Yo también —concluyó Loxley.

 

 

—Bien —dijo Robin de vuelta en su celda, finalizado el primer descanso —, ya les expliqué la mitad del plan. ¿Ahora qué?

—Conseguirás los ingredientes.

—¿Dónde?

—En la enfermería.

—¿Cómo iré allá?

—Así. —Merlín sacó un vaso lleno de un líquido extraño—. Bebe esto, te dará dolor, pero se aliviará pronto.

—¿De dónde sacaste esto?

—Oh, pues, alguien me debía un favor y este era el momento perfecto para cobrarlo.

—Eh, está bien.

 

Robin tomó el vaso con el agua rara y se lo bebió de un golpe.

 

—Todo sea por salir de aquí.

 

De pronto, empezó a sentir un dolor de estómago tan terrible que lo hizo caer al suelo.

 

—¡Ayuda, el chico necesita ir a la enfermería!

—El médico ya va en camino —dijo uno de los reclusos.

—Gracias —susurró el alquimista con una sonrisa.

 

 

Robin despertó, se había desmayado por el dolor tan intenso. Se sentó en la “camilla”, una cama hecha de cuero y paja, y observó la enfermería a su alrededor.

 

Era un cuarto pequeño, con una estantería repleta de recipientes de barro y vidrio, un banco de madera, una mesita cerca de la camilla donde él estaba, y encima de esta mesita unas tijeras rusticas y vendas.

 

No había nadie más que él.

 

—Qué servicio tan bueno —susurró sarcástico.

 

Entonces, saltó de la cama, corrió hasta un recipiente cuadrado que estaba en una esquina de la habitación y vomitó.

 

—Maldito viejo loco… ¿acaso me quiere matar? Bueno, parece que eso era todo.

 

Un poco mareado y sudando frío, se acercó al estante. Revisó los recipientes y fue recolectando todos lo que Merlín le había enlistado con unas descripciones muy específicas.

 

Guardó todo en unos pliegues y bolsitas de cuero que el alquimista le había dado, y ocultó todo debajo de su ropa.

 

Volvió a sentarse en la camilla a esperar. Después de unos diez minutos, llegó el médico, un viejito con pinta de chamán. El señor lo examinó y le dio un remedio extraño que sabía horrible. Luego llamó a los guardias y escoltaron a Robin hasta su celda.

 

—¿Lo conseguiste todo? —preguntó el alquimista.

—Sí, aquí está.

 

Robin sacó todo lo que había recolectado.

 

—¿Ahora qué?

—Comienza la preparación. Pásame ese envase de ahí.

—¿Este?

—Sí, gracias. Ahora viene lo mejor. Primero dame ese polvo oscuro. Perfecto, y ahora dame el de tono rojizo. Muy bien, muy bien. Ahora…

 

Así estuvieron un buen rato. Merlín le pedía un ingrediente y Robin se lo daba, luego le decía que mezclara aquí o allá, que golpeara esto o lo otro y cosas por el estilo y el joven lo hacía. Tiempo después, ya estaba la mezcla lista.

 

—¡Perfecto! ¡Tenemos pólvora!

—¿Pólvora?

—Así es. Y si la usamos comprimida en este envase, así… Hará una explosión monumental. ¿Cómo lo bautizaré…?

—¿Qué tal bomba?

—¿Bomba?

—Bueno, hará boom y bam…

—¡Me gusta! ¡Bomba! Suena magnífico.

—Supongo que sí.

—Perfecto. Necesitaré que tus amigos y tú creen una distracción que lleve a todos los guardias al patio principal. Entonces yo aprovecharé para llegar hasta la puerta y hacerla estallar. Luego corran hasta el patio lateral, encontrarán un árbol con este símbolo. —Merlín le entregó un pliegue con el siguiente símbolo en él:        —. Es el símbolo de mi país natal, Camelot. En la base de ese árbol enterré unas provisiones hace tiempo, nos servirán en el viaje. Los encontraré ahí, haré volar el muro y entonces nos marcharemos cada uno por nuestro camino.

—¿Por qué me ayudas tanto?

—Me caes bien.

 

Robin lo pensó un momento y entonces dijo:

 

—…Ven con nosotros.

—¿Por qué?

—Bueno, irás a Camelot, ¿cierto? Nosotros pasaremos por allí de camino a España, no estarás solo en tu viaje. Es lo menos que puedo hacer por ti, considéralo un pago por tu ayuda.

 

Ahora fue Merlín quien se detuvo a pensar, recostado de la pared, sosteniendo su mentón con una mano mientras cerraba los ojos. Después de un par de minutos, respondió:

 

—…Está bien, iré con ustedes. Pero ahora, démonos prisa, el descanso será en breve, estuviste un buen rato en la enfermería.

—Pero… ¿Cómo colocarás la bomba, si no puedes salir de aquí?

—Oh, tengo una llave.

—¿Tienes una llave?

—Aún no, pero la tendré. Tú sólo confía en mí.

—¿Cómo conseguirás…?

—Shhh… Un alquimista jamás revela sus secretos.

—Está… bien. Entonces te esperaremos ahí, Merlín.

—No te preocupes, Robin, todo saldrá perfecto.

—¡Segundo descanso!

 

 

—Chicos, necesito que me ayuden a hacer una distracción.

—¿Qué tienes en mente? —inquirió Marion.

—Ah, no se me ocurre nada —respondió apenado con una sonrisa.

—De verdad eres un idiota… —bufó Marion con su rostro inexpresivo.

—Tengo algo en mente —dijo John acercándose a un hombre tan imponente como él, de cabello negro y con una cicatriz en su ojo izquierdo—. Oye, eres un idiota.

 

Entonces le dio un puñetazo en la cara. El hombre respondió con un golpe similar y John replicó con un golpe en el estómago.

 

Entonces un hombre, seguidor del pelinegro de la cicatriz, saltó e intentó apuñalar a Little John, pero Fraile se lo impidió, torciéndole la muñeca y tirándolo contra el suelo.

 

Una chica de cabello gris se unió a la contienda, también era seguidora del pelinegro, entonces Marion intervino, empujándola, lo que causó que ambas cayeran al suelo, y comenzaran a darse patadas y jalones de cabello.

 

Robin corrió por el patio, buscando y recogiendo piedras, y comenzó a lanzarlas a los demás sujetos en el patio, provocándolos.

 

—¡Oye tú! ¡Sí, tú, el cara de mono! ¡Ese sujeto de ahí me dijo que tú eras un simio imbécil! —le decía Loxley a un sujeto corpulento, señalando a otro tipo igual de imponente.

—¡¿Qué?! —gritó el primero—. ¡Te mostraré quien es el simio!

 

Entonces más y más personas se sumaron a la contienda y ya nadie sabía quién iba contra quién.

 

—¡Imbécil, ¿quién te crees que eres?

—¡¡Tú eres el imbécil!!

—¡¿Quién me golpeó con esta roca?!

—¡¡Malnacido!!

 

Aprovechando el disturbio, y luego de que Robin sacara a Marion de las garras de la fiera de cabello gris, tranquilamente, el grupo Hood se escabulló, y varios guardias entraron a detener a los peleadores.

 

 

Mientras tanto, nuestro alquimista estaba haciendo de las suyas:

 

—Oye, pss pss —llamó a uno de los guardias, un chico pecoso y algo tonto al que conocía bien, que estaba a cargo de su bloque de celdas.

—¿Qué qui…e…res? —preguntó el joven guardia.

—¿Está sucediendo algo en el patio?

—S-sí. Están peleando.

—Pues yo quiero proponerte algo, encontré la manera de que asciendas de rango, deteniendo esta pelea sin salir herido. ¡Ya no tendrás que pasar más tiempo en este sitio tan apestoso!

—¿Có…m…o? —preguntó el chico, expectante, frente a la reja, con la cara a la altura del rostro de Merlín.

—¡Así! —El alquimista lo tomó de la pechera y le estampó la cara en la reja, desmayándolo, para luego quitarle las llaves—. Ahora a poner la bomba.

 

 

Los pasillos estaban desiertos. En las celdas sólo quedaban los reclusos que gritaban enfurecidos, golpeando las rejas con sus cucharas y platos, haciendo un estruendo infernal.

 

Los reclusos vieron a Merlín, pero no lo delataron, todos le temían y lo respetan por distintas… anécdotas que compartían.

 

Mientras el caos gobernaba el patio, Merlín puso la bomba en la entrada principal (¿Cómo la encendió? Buena pregunta: hizo un camino con pólvora y luego lo prendió con un fósforo que sacó de quién sabe dónde).

 

Entonces fue cuando todo se sacudió, incluyendo la torre donde estaba Ao.

 

Pero esto era un señuelo, el verdadero objetivo era: la muralla sur. La distracción funcionó: Merlín abrió las celdas de las que tenía llave y los demás reclusos salieron, los guardias estarían diez veces más ocupados.

 

 

—Él dijo que escapáramos por la muralla sur.

—Bueno si tú lo dices —comentó Marion.

—Por aquí debe estar el árbol que mencionó. Es este —comentó Robin mientras señalaba un árbol.

—¿Seguro que es de fiar? —preguntó Fraile.

—Sí, eso espero.

 

El grupo Hood se acercó al árbol, cavaron un agujero con sus manos en la tierra y sacaron los suministros, cuando comenzaban a preocuparse, Merlín apareció:

 

—¿Ya partimos? —inquirió el alquimista.

—¡Necesitamos que vueles el muro! ¡¿Dónde estabas?! —espetó Loxley.

—Buscando suministros —sacó una botella de un bolso.

—Ah… ya —dijo Robin mirando el alcohol.

 

Merlín se acercó al muro, dejó la segunda bomba y extendió su camino de pólvora hasta detrás del árbol. Entonces lo encendió y todos retrocedieron. En un instante una tronera apareció en el muro.

 

Corrieron fuera de la muralla de la prisión, hasta el inicio de la arboleda.

 

—Será mejor que nos vayamos de aquí lo más… —algo interrumpió a Robin antes de que terminara.

—¡Si estas por aquí Loxley quiero que sepas que te cazaré! —gritó nuestro “querido” alguacil.

—No inventes… Tsk… por eso odio los Isekais, siempre ponen a un villano idiota. No podías darme a otro villano, diosito —musitó mientras veía al cielo con sus manos extendidas.

 

5 horas antes.

 

—Ya despierta Jimmy —mencionó una chica (1.78 de alto, cabello de color rojo), entrando en la habitación.

—¡Te dije que no me llames así! —rugió Vancamp, sentándose en la cama.

—Encontraron al que te dejo así —mencionó ella mientras lo señalaba de arriba abajo.

—¿Dónde está?

—En Burakkuhōru.

—¡Vamos! —bramó poniéndose de pie de un salto.

—Espera tigre, primero hay que reunirnos con Rob y Madintong.

—…Está bien —bufó.

—El doctor te dio de alta.

—Perfecto. Le diremos a Rob que se apure con el arma. Después de que acabe con Hood, acabaré con tu querido hermano, Scarlett.

 

La chica sólo sonrió al escuchar aquello.

 

Esas palabras empezaron una persecución.

 

 

—Ao —dijo Vancamp al momento en que llegó a la torre de los muros.

—Vancamp. Me alegra que llegaran con bien, pero ahora mismo estamos en una situación complicada.

—¿Qué sucedió?

—Un prisionero, un maldito alquimista, hizo volar la entrada principal, y abrió las celdas de varios prisioneros. Al menos cincuenta reclusos han escapado.

—Maldición… Espera. El chico, Loxley. ¿Dónde está?

—No lo sé. Pero acabamos de encontrar al guardia que custodiaba su bloque de celdas, inconsciente, y su compañero de celda es que el causó todo este alboroto. Deben haberse ayudado. Y…

 

Una segunda explosión, más lejana, se escuchó, interrumpiendo de nuevo al alguacil de la ciudad.

 

—¡Vamos! —le gritó Vancamp a Scarlett—. Debe ser ese maldito mocoso, no salió por la puerta principal… Él y su grupo se dirigen al bosque.

—¿Cómo estás tan seguro? —preguntó Scarlett, corriendo a su lado, en dirección al patio exterior, a los caballos.

—Su amiguita sería un blanco fácil por la salida del frente… su cabello es muy vistoso. Y creo que todo lo demás es sólo una distracción, son un grupo ruin y tramposo, estoy seguro de que irán hacia el bosque.

—Entonces vamos. ¡Jya! —Ambos azotaron las riendas de sus caballos.

 

 

—¡Corran! —susurró Robin, con energía.

 

Todos los demás asintieron y corrieron hacia el bosque. Merlín se detuvo un instante, a toda velocidad cavó un hoyo en la tierra de la base de un árbol y dejó en él bastante pólvora. Encendió el caminito explosivo con otra cerilla y se fue corriendo a alcanzar a los chicos con una sonrisa.

 

—¡Ahí están! —gritó Scarlett.

—¡Infeliz! —Vancamp se lanzó hacia él, pero justo entonces…

 

La pólvora en la base del árbol explotó y el tronco salió volando por los aires.

 

El malvado alguacil giró con su caballo en el último segundo, por poco el árbol casi los aplasta. El camino quedó bloqueado, y sólo pudo observar impotente al grupo de ahora forajidos que huían a lo lejos.

 

—¡¡Voy a cazarte, Hood!! —Fue lo que escuchó Robin, riendo mientras corría con todas sus fuerzas.