La leyenda D'Loxley

Capítulo 4: Frente a frente con el enemigo

A la gente siempre le ha importado su estatus, no les importa quién muera con tal de mantenerse en la cima, siempre callan a las personas que se rebelan. Las demás personas se quedan calladas para poder sobrevivir, el mal triunfa y los inocentes nunca tienen la libertad que añoran.

 

Pero hay quienes no se callan y luchan contra ese mal, a veces pierden, pero nunca se rinden, se levantan y siguen luchando, a pesar de todo, hasta dan la vida por esa libertad.

 

Ese era mi sueño, pero lo había olvidado, hasta que él apareció y me ganó, en ese momento recordé todo lo que quería, ahora lo haré y acabaré con él: Robin Hood.

 

 

En un bosque muy colorido había 4 personas, una de ellas estaba parada cuando vio que otra se acercaba.

 

—Nos buscan —comentó Fraile un poco cansado oculto con una capucha mientras le entregaba un papel a Robin.

—Cien mil libras, fiuuu —silbó Loxley con el papel en mano—. No sabía que valía tanto.

 

El chico se sentó en la raíz del árbol donde estaban sentados los demás, Marion se le acercó.

 

—Oye Robin.

—¿Si?

—¿Ahora qué haremos?

—¿Sabes de lo que me di cuenta en este mundo?

—No.

—El rey y los alguaciles abusan de su poder.

—¿Y qué?

—¿Nunca has querido hacer algo al respecto?

—Sí, pero, es el rey.

—Le robaste una corona.

—Pero me arrepentí después.

—Exacto, le tienes miedo, en mi mundo no hay reyes, obviando a la vieja eterna, pero el punto es: el miedo.

—Es el rey.

—Es un ser humano como tú y yo, es de carne y hueso, no tiene poderes.

 

Marion lo miró fijamente. ¿Había algo de razón en lo que Robin decía, o eran puros disparates? Lo pensó un momento, y entonces dijo:

 

—Ahora que lo pienso, tienes razón.

—Y basándome en eso, tengo un plan.

—¿Y cuál es?

—Robarle al rey todo lo que tiene y dejarlo en la ruina.

—¿Y qué haremos con el dinero?

—Dárselo a la gente.

—¿Para qué o qué?

—Para demostrarles que el rey es un ser humano, para hacer justicia y que los pobres no se mueran de hambre. Equilibraremos la balanza, les daremos un símbolo en el que confiar… Eso sonó muy al estilo del Caballero Oscuro.

—¿Ah?

—Nada, algo de mi mundo; el punto es: ganar la confianza de la gente y ser de ayuda.

—Bueno espero ser útil, me uno.

—¿Alguien además de Marion se une?

—Si voy a morir, espero que sea haciendo una locura, así que me uno —comentó Merlín con una sonrisa.

—El obispo confió en ti, espero que no se haya equivocado, también me uno —dijo Little John mientras levantaba la mano.

—Lo que dijo él —mencionó Fraile mientras señalaba a John.

—Bueno ya que somos 5 creo que mi plan funcionará.

—¿Crees? —preguntó Marion.

—Sí, primero buscaremos un objetivo, segundo lo robaremos y tercero repartiremos el dinero. Así de fácil.

—¡Uff, facilísimo! —exclamó Marion.

—¿Verdad?

—¡¡¡¿Cómo harás que funcione, idiota?!!! —gritó la pelirroja.

—Fraile, ¿qué nos puedes decir del pueblo?

—Bueno hay dos bancos de acopio, cinco bares, dos moteles, un hotel,  tres mercados, una iglesia y un banco de préstamos —dijo mientras contaba con los dedos.

—El banco de préstamos servirá. Según lo que me han contado ustedes, son unos usureros que prestan diez para cobrar cien, dejando a la gente en la ruina. Será lo primero que robemos, ¿recuerdan que se nos acusa de intento de derrocar al rey?, pues lo haremos.

—¿Y qué hay de tu hermano? —preguntó Marion.

—Creo que esto servirá… Es decir, usaré la gratitud de las personas a mi favor, cuando alguien se ponga de nuestra parte, le pediré que corra la voz, y les pasaré dibujos de Daniel, para que ellos los compartan a su vez. Estoy seguro de que en algún lugar, alguien sabe algo de él. Además, ya somos famosos —dijo con una sonrisa mientras agitaba el cartel de “Se busca” con su dibujo—. Mientras más problemas le causemos al rey, más nos buscarán, más de estos cartelitos aparecerán, y entonces de seguro Daniel se enterará, y sabrá que estoy en este mundo. Buscaremos un escondite que sólo daremos a conocer a nuestros aliados. Y entonces, si aún no he encontrado a mi hermano, él sabrá donde encontrarme a mí.

—Al parecer sabes usar la cabeza —rió Merlín.

—En mi mundo, la Tierra, no hice nada para encontrarlo. Mi madre se fue desmoronando poco a poco y ahora mismo debe estar destrozada. Primero un hijo y luego el otro, ambos desaparecidos. ¡Haré esto bien! —sentenció.

—¡Te apoyaremos! —dijo Marion con una sonrisa.

 

 

 

 

Eran alrededor de las seis de la tarde. Las sombras comenzaban a caer sobre el mundo, igual que el sol en el cielo. El pueblo de “Bosque Esmeralda”, en una de las islas del archipiélago escarlata, no era demasiado grande, pero rondaba los cuatro mil habitantes. Estaba bordeado por un bosque a lo lejos, y se encontraba tierra adentro, lejos de la costa.

 

—¿Está todo listo por allá? —inquirió nuestro protagonista, oculto en las sombras, desde un tejado—. Cierto, en este mundo no existen radios de mano —mencionó mientras sostenía una roca—. Jajaja.

 

Mientras el joven Loxley se burlaba de sí mismo, apareció Fraile.

 

—Ya está todo listo —susurró.

—Diles que esperen a mi señal, yo distraeré a los guardias —dijo Robin.

—Bien, ¿cuál será la señal?

—Lo sabrás.

—Tengo el presentimiento de que será algo muy estúpido.

—Sí, tienes razón, pero es seguro, nadie la va a reconocer, es algo de mi mundo.

—Espero que no hagas el ridículo.

—Ridículo es mi segundo nombre.

—Bueno espero que el robo salga bien.

—También yo.

 

Fraile comenzó a bajar por una escalera de mano, entonces Robin le lanzó una piedrita y cuando volteó a verlo, le dijo en tono serio:

 

—Si algo me pasa, dile a todos lo siguiente. —La tensión era palpable, pero Fraile pensó que sería algo estúpido así que no le dio importancia—: Que acaten el plan b.

—No, no, no, no.

—Eso sería en el peor de los casos, pero como soy optimista, no pasará.

—Tienes razón, espero que no pase.

—Anda, ya va a ser hora del cambio de guardias.

—Espero que no te equivoques.

—Yo también.

 

Fraile al fin se fue, cuando ya definitivamente no estaba cerca, Robin se sentó, tomó su cantimplora y bebió. 

 

Entonces empezó el cambió de guardia.

 

—Llegó el momento. —Se levantó y gritó casi desgarrándose la garganta, para que sus amigos pudieran escucharlo a lo lejos—: ¡¡¡Bueno señoras y señores yo les quiero cantar una canción de las buenas!!!

 

 

—Esa es la señal —le dijo Fraile en voz baja al resto del grupo, que esperaba en un callejón, junto a una edificación.

 

 

—El pequeño problemita es: no me sé la letra, mi tía de seguro se la sabe, porque es un bolero de los buenos, pero lamentablemente yo no me la sé.

 

Mientras Loxley estaba haciendo “su segundo nombre”, los guardias que venían llegando, y los que venían saliendo para ser remplazados, se le quedaron mirando. Se reían del chico y lo miraban divertidos, tirándole piedras.

 

En un pueblo como aquel, que alguien se atreviera a robar un banco de préstamos del rey era algo impensable, así que los guardias se quedaron embobados viendo al jovencito cantar, sin la menor sospecha de lo que estaba sucediendo en ese instante, al otro lado del pueblo.

 

 

—Arriba las manos —pidió Merlín—. Esto es un robo, espero que estén teniendo un lindo día, ¿ya vieron el sol? Queremos su dinero y su oro.

—Pongan todo lo de valor que tengan en las bolsas —solicitó Marion.

 

Los encargados de ese banco se negaron.

 

—Amigos —dijo Fraile, evitando que Little John atacara a los pueblerinos—. Esto es por su bien, más adelante repartiremos las ganancias entre el pueblo. La opresión de este rey malvado tiene que acabar, de una vez por todas.

—¿De eso se trata? —preguntó una mujer, responsable de llevar las cuentas—. Sí así es… —Abrió la caja fuerte y comenzó a sacar todo el oro—. Benditos sean, ¡destruyan a ese infeliz!

—¡Sí! —afirmaron los demás empleados, al ver aquello.

—¿Esto no es demasiado sencillo? —preguntó Marion, a lo que Merlín le respondió:

—Mi apreciada jovencita, esta pobre gente vive esclavizada a los caprichos de un sucio monarca, trabajando día y noche por unas migajas. El chico tenía razón, encontrar aliados no será un problema.

—Es cierto…

 

 

—Está borracho —comentó un señor señalando al joven.

—No, no estoy borracho humilde señor, ni siquiera sé que estoy haciendo, pero quería… ya se me olvidó.

 

 

—Tenemos que apurarnos, no aguantara más —mencionó John.

 

 

Mientras Robin hacia el ridículo, inventando no sé qué rimas extrañas y canciones absurdas, los demás salieron. El chico subió a lo más alto del tejado y miró a lo lejos como subían a sus caballos. Con una sonrisa torcida, se acercó al borde del tejado y encaró a los guardias:

 

—Bueno mejor me voy, espero que la hayan pasado bien, hasta la próxima, si es que habrá —cuando iba a retirarse recordó algo—. Ah, por cierto, gracias por su dinero, como a ustedes no le sirve decidimos darle un mejor uso, se despide: Robin Hood —dijo con una reverencia.

 

Llevaba puestos, al igual que el resto de su equipo, un traje verde y marrón con una capucha que le cubría la cara, arrojando una sombra sobre sus ojos. Cargaba su arco y flechas en la espalda y con un gesto exagerado, saltó y bajó del tejado, corrió hasta un caballo que lo aguardaba frente a la taberna del pueblo.

 

Los guardias lo miraron incrédulos, y corrieron llenos de pánico hacia el banco de préstamos. Al llegar, no pudieron dar crédito a lo sucedido: el chico había dicho la verdad, no quedaba ni un centavo.

 

A toda prisa salieron a buscarlo, pero ya era tarde, los ladrones escaparon a caballo hacia al bosque a toda velocidad, sólo una nube de polvo a la distancia era lo que se veía de ellos.

 

Dos días antes.

 

—Mi plan es el siguiente: Marion, Little John, Merlín y Fraile entrarán al banco mientras yo distraigo a los guardias. Ustedes estarán aquí —dijo señalando un mapa que Fraile había conseguido—, en un edificio al norte del banco. Yo estaré aquí, al sur, así será más fácil distraer a los guardias. Gritaré como loco y llamaré su atención, entonces, aprovechando que estarán distraídos por mí, y dispersos por el cambio de guardia, ustedes atracarán. Fraile, ¿conseguiste los caballos?

—Sí, un amigo mío, mercader, me debía la vida. Comercia por aquí, y no fue difícil encontrarlo. Para saldar nuestra vieja deuda, me cedió cuatro caballos.

—Entonces, Marion tendrá que compartir con alguno de nosotros.

—¡¿Por qué yo?!

—Sensei, ¿alguna vez has visto a dos hombres compartiendo el mismo caballo? Lo siento, pero sería demasiado incómodo, jejeje, es mejor llevar a la damisela.

—Eres un idiota… pero tienes razón.

—Bien. Como decía: Si algo me pasa, el plan b será: Marion tomará el liderazgo, asumiendo mi identidad como Robin Hood. ¿Recuerdan lo que les dije? Mi nombre no será sólo mi nombre, será un símbolo. Y si me atrapan, ustedes no deben detenerse y será Marion quien tome mi lugar (ni siquiera yo estaría contento con ese plan b). Sé que es un muy, muy mal plan, pero conozco a Marion mejor que a ustedes, así que es lo único que se me ocurre. Ade… —Antes de que terminara, Fraile lo interrumpió.

—No estoy de acuerdo con eso, es lo peor que se te pudo ocurrir.

—Tienes razón, oremos para que no se cumpla.

—¿Por qué son así conmigo? —preguntó Marion haciendo un puchero—. Es lo mejor que se le ha ocurrido a Robin en todo este tiempo.

—Tengo muy poco tiempo con ustedes —comentó Merlín—, pero Frailecillo tiene razón.

—Gracias, es Fraile.

—Robin tiene razón, la mejor opción es Marion —dijo Little John.

—Olvídense de mi estupidez, eso es sólo en el caso de que algo me pase, es un 80% contra un 20%, oremos a dios para que el 20% no se cumpla.

 

En el presente.

 

—Bueno, salió  bien, por lo menos no se dieron cuenta de mi intención —dijo Loxley—. Gracias a dios que no tuvimos que usar el plan b.

—¿Ahora qué haremos? —preguntó Merlín.

—Dárselo a la gente —respondió.

—Si buscas un pueblo pobre, será mejor ir al sur —mencionó Marion.

—Entonces, andando.

 

 

 

 

Robo dos:

 

—El objetivo es el siguiente: una joyería. Este es el plan: Marion y yo entraremos como si fuéramos a comprar una sortija de compromiso, en eso entrarán Merlín y John como ladrones. Fraile vigilara que no pase nadie, mientras que Marion, Merlín, John y yo robaremos todo, ¿alguien está de acuerdo con el plan?

—Desacuerdo —dijo Marion—. Es mejor usar el Plan B.

—¡No! —gritaron Robin, Merlín y Fraile.

—Bien, me calmo.

—Pero a pesar de todo no pienso cambiar el Plan B.

—¿En serio? 

 

 

 

 

Mientras tanto, en un bosque no muy cerca de donde estaba el Equipo Hood.

 

—Señor, conseguí huellas por aquí —comentó uno de los caballeros.

—Vamos —dijo Vancamp.

 

Los caballeros se acercaron sigilosamente a su objetivo, cuando estaban a 5 metros, la persona a la que estaban persiguiendo habló:

 

—Quiero hablar con su líder —afirmó—. No soy Loxley.

 

Después de eso, el alguacil se acercó lo más rápido que pudo, la persona extraña estaba sentada en un árbol.

 

—¿Quién eres? Y ¿Qué quieres? —preguntó Vancamp.

—Soy una persona que tiene los mismos objetivos que tú, me llamo Henry y quiero acabar con Robin —mencionó (cabello de color verde, 1.82 de alto) mientras se levantaba—. Además puedo darte lo que quieras.

—¿Por qué quieres acabar con Loxley? —inquirió Vancamp, suspicaz.

—Yo  lo  traje  aquí  por  venganza,  y  por  venganza quiero acabar con él —respondió.

—Veo que tenemos los mismos intereses —dijo mientras sonreía macabramente.

—Además —se acercó al oído del alguacil—… Mark Vancamp. ¿Te suena el nombre? Jajaja. Sé lo que le hiciste, sé la verdad.

—Tsk…

—Tranquilo nadie sabrá la verdad si me lo cuantas todo, me sé algunas partes como: que lo mataste y tomaste su apellido. ¿Tenemos un trato Jim?

—Tch… Sí, tenemos un trato.

—Jajaja, espero que la historia sea interesante.

 

 

 

 

—Gracias —dijo un señor con una bolsa llena de oro y piedras preciosas en sus manos—. ¿Pero por qué hace esto?

—Para que sepan que no están solos, que no deben temerle al rey. En nombre de Robin Hood, los ayudaremos en lo que pueda. ¿Hay algo que necesiten? —preguntó.

—No, nada por ahora.

—Yo sí. Este es —dijo Robin, desplegando un boceto del rostro de Daniel— mi hermano menor, su nombre es Daniel. Está desaparecido desde hace tiempo. Estoy buscándolo, ¿lo ha visto?

—Hmm… Temo que no. Pero, tal vez alguien por aquí sepa algo.

—Le dejaré este boceto, si llega a saber algo, no dude en comunicármelo.

—Les preguntaré a todos los que pueda —afirmó el señor tomando el papel en sus mano—. ¿Pero cómo le haré llegar la información?

—Usted no se preocupe, sabrá a dónde enviar esa información. Si llega a saber algo, dígaselo al mercader que vea con una pluma como esta —explicó mostrándole una pluma de perikan—. Esos son mis aliados, me harán llegar la información, no me importa dónde me encuentre.

—Eh… Está bien.

—Bueno, nos despedimos.

—Adiós, chicos de Hood, y gracias.

—Qué señor tan agradable.

—¿Cuál será el próximo objetivo? —preguntó Marion.

—Robar el castillo Lionheart suroeste.

—Pensé que nunca lo dirías.

—Tienes razón sensei,  lo planeaba para el robo 20, pero en el 18 estará bien, además el rey ya entendió el mensaje, y todos los recursos los está guardando en ese castillo.

«Tengo el presentimiento de que es una trampa», pensó.

—No puedo creer que ya llevamos seis meses meses en esto, el tiempo se ha ido volando —soltó Marion.

—Lo sé. Y aún no sé nada de Daniel —dijo Robin, apesadumbrado.

—Oye, no pongas esa cara… ¡Anímate! Ya tenemos un montón de aliados, la gente cree en lo que hacemos y nos ayuda. Por fin podremos viajar al continente, la semana entrante. ¿No te emociona? Ya hemos recorrido cada rincón de cada pequeña isla de este archipiélago que parecía no tener fin. Hemos ayudado a muchos a no morirse de hambre… Pronto encontraremos a Daniel.

—Supongo que tienes razón —sonrió—. Vamos, el tiempo es oro, ¡Jya!

 

Después de un rato, llegaron a una cascada en medio de un bosque. Todo estaba tranquilo, pero Robin lucía preocupado. Marion se dio cuenta y le dijo:

 

—Tranquilo todo saldrá bien.

—Sí, espero que salga bien, muchas personas confían en nosot… —No dejaron que Loxley terminara su oración, un disparo le rozó la mejilla.

«Una flecha no es tan rápida ¿Qué fue eso? ¿Una bala? ¿Hay más gente de mi mundo?», pensó mientras tumbaba a Marion de su caballo.

 

Tomó su arco y una flecha, y le dijo a Marion mientras se ponía en guardia:

 

—Espera, hay peligro.

—¿Contra quién nos enfrentamos?

—Alguien de mi mundo.

—Lo definiste rápido a pesar de tu intelecto —comentó una voz del otro lado de la cascada, al borde de la arboleda, justo frente a Marion y Loxley, pero a distancia.

—¡¿Quién eres?! —le espetó Robin, refugiándose detrás de una roca, sin poder ver a su atacante.

—¿No reconoces mi dulce voz? Soy yo, idiota. Soy Henry.

—No…

 

El muchacho no podía dar crédito a lo que oía. Ese sujeto, en este otro mundo…

 

—Siempre te estuve vigilando Robin, te traje aquí, pero no cumpliste tu parte del trato.

—¿Fuiste tú…? ¿Qué trato?

—Eso ya no me interesa, ahora lo que me interesa es: acabar contigo.

—¡¿Qué rayos haces aquí?! ¡Lárgate o sufrirás…!

—¿…diez mil veces más? —completó Henry, interrumpiéndolo.

—Sí, eso —contestó Robin secamente—. Somos dos contra uno.

—Eso crees tú… Es tu turno, preciosa. —A la orden de Henry apareció  alguien conocido.

 

Robin asomó su cabeza por encima de la roca, vio al infeliz de cabello verde que le había traído tantos problemas hacia tanto tiempo. Y entonces también pudo ver a…

 

—¡¿Etsuko?!... —preguntó incrédulo y confundido.

«¡¿Qué significa todo esto?!», se preguntaba Marion, alarmada, aún tirada pecho tierra.

—Sí, llegó tu hora Robin —sentenció Etsuko.

—¿Dónde están los demás cuando los necesitas? —se lamentó el chico.

—Ahora comienza la guerra —dijo Henry con una macabra sonrisa—. Así que deja de esconderte como el estúpido cobarde que eres, ¿quieres? Me encantaría verte a los ojos mientras te destruyo.

 

Robin respiró profundo.

 

«Sé que es una locura, pero de todos modos estar oculto no me servirá por mucho. Y yo también quiero encarar a este idiota», pensó. Entonces se irguió, dándoles la cara a la chica con la que solía jugar videojuegos, y al hombre que alguna vez fue su amigo, pero que ahora deseaba aniquilarlo.

—Las guerras suelen ser entre más personas, y somos dos contra dos.

—¿Seguro? —Henry chasqueó los dedos, y del bosque a sus espaldas, aparecieron Vancamp y 20 personas más.  

—Esto ni se acerca a una batalla, imbécil. ¿Cómo es que conseguiste mascotas tan feas? —preguntó Robin.

—Yo le di los soldados —respondió Jim Vancamp, con rabia.

—Awww… Se volvieron amigos sin contármelo. Entonces… —En ese instante miró hacia un lado, detrás de sus enemigos, y vio a Fraile, Merlín y John, escondidos y listos para atacar—. Sería mejor abogar por la paz, ya que somos 2 contra 28, para ser exacto.

 

Robin le hizo señas a Marion y ambos se levantaron. Comenzaron a caminar hacia sus enemigos con las manos en alto. Cuando estaban cerca, Vancamp se dio cuenta de sus intenciones y atacó.

 

—Maldición —dijo Robin.

 

La emboscada que él había planeado en ese instante, para tomar a Henry y a Vancamp y hacer que los demás se retiraran, falló.

 

Marion desenvainó su espada y Etsuko hizo lo mismo con su katana, y se lanzó sobre ella. Robin fue atacado por el alguacil y por Henry. Little John, Fraile y Merlín salieron del bosque y comenzaron a atacar a los demás soldados.

 

El alquimista le soltó un polvo pica pica a un grupo de seis soldados. Los hombres salieron corriendo despavoridos, desesperados por el ardor que les escocía la piel de forma despiadada.

 

—¡Buena suerte con eso! —exclamó Merlín al verlos huir—. ¡Se quita con leche tibia! Jajaja.

 

El alquimista saltó hacia un lado, evadiendo la espada de un soldado. Entonces soltó un fósforo en el suelo y el camino de pólvora se encendió.

 

—Yo que tú, correría —dijo sonriendo como maniático mientras se escapaba a la carrera.

 

Acto seguido, dos árboles salieron volando y aplastaron a nueve soldados. Ninguno de ellos murió gracias a sus armaduras, pero estaban fuera de combate.

 

Fraile y Little John mantenían a raya a los demás. El rubio corpulento arremetía contra los otros con mucha facilidad, noqueándolos con sus puños.  Fraile, tan ágil como siempre, derribaba a los soldados, lazándolos y enredándolos con un fino cable de alambre, tendiéndoles trampas entre los árboles. 

 

Mientras tanto, Robin peleaba a muerte contra Henry y Vancamp.

 

—Siempre fuiste un cobarde —dijo Henry mientras lo atacaba.

—¡¿Dónde está Daniel?! —preguntó Loxley, hirviendo de odio.

—Pensé que te habías olvidado de él.

—Sé todo de ti Loxley —comentó Vancamp.

—Ajá te felicito —masculló Robin mientras esquivaba.

—No tengo ni la más mínima idea de dónde esté Daniel, le pasó lo mismo que a ti, ambos se alejaron del objetivo.

 

A Robin se le hacía demasiado difícil esquivar a ambos contrincantes y hablar, se defendía hasta más no poder, había mejorado mucho desde la última vez que había peleado con Vancamp, pero aún estaba lejos de igualar al alguacil.

 

Mientras tanto Marion luchaba con Etsuko.

 

—¿Tú y Robin tienen historia? —preguntó Etsuko, su acento japonés no era muy marcado.

—No tenemos nada, maldita perra.

—Son palabras fuertes para una niña.

—Y tú muy niña para ser tan fuerte.

 

El combate del alguacil y Henry contra Robin tendría un resultado no muy bueno para este último. Este combate era peor que el otro, el joven no podría mantener la defensa por mucho tiempo.

 

¿Recuerdan que dije que estaba cerca de una cascada? Pues estaban cerca de la orilla. Ambos, Vancamp y Henry, tenían la intención de lanzarlo:

 

—Te doy dos opciones Robin: 1 ayudarme y vivir, o 2 ser mi enemigo y morir ahora —propuso Henry con una sonrisa malintencionada.

—¿Hasta ahora me propones algo? ¿Cuáles son las condiciones, idiota?

—Si quieres vivir, tendrás que ser mi perro, y tus amigos morirán. O dos, morirás y yo me daré por satisfecho, dejando a tus amigos en paz. ¿Qué eliges?

—Nunca te daré el placer. Tsk —saltó, evitando una estocada del algualcil—… ¡De acabar conmigo, imbécil!

«Yo, no puedo rendirme, debo ganar. ¡Tengo que encontrar a Daniel y volver a casa! ¡Tengo que pedirle perdón a mamá por ser tan idiota! ¡Quiero ser alguien en la vida!», pensó con desesperación, con su determinación creciente.

 

Justo cuando creía que podía hacerlo, Henry mostró su sonrisa torcida, y sacó su arma, apuntándole a Marion, que luchaba contra la japonesa a pocos metros de distancia. Disparó hacia ella, hiriendo a la chica en un brazo, aunque no fue grave. Marion cayó hacia un lado, sangrando, haciendo presión en su herida con su mano; Etsuko sonreía, clavándole superficialmente la punta de la espada en la garganta.

 

—Detente Etsuko. —A la orden de Henry, la japonesa se detuvo—. Jugar a los espadachines fue divertido, Loxley, pero ya estoy harto. ¿Qué te parece si acabo con la pelirroja, para después matar de un tiro a tus otros amiguitos? Claro que, si te rindes ahora, ninguno de esos idiotas morirá. Ellos no me interesan en lo más mínimo. ¿Lo entiendes ahora?

—Tsk… Maldito seas, Henry —dijo Robin, bajando su espada, resignado, comprendiendo perfectamente su situación—. Supongo que… escojo lo que hay detrás de la puerta número 2 —completó con su sarcasmo de siempre.

—¡No lo hagas, Robin! —gritaba la adolescente, que había podido escuchar lo suficiente, con lágrimas en los ojos.

—No te preocupes, sensei —sonrió con tristeza—. Fue un placer.

—Pero qué cursi…Tú lo pediste. —Henry sonrió, se colgó el arma a la cintura y sacó un cuchillo y en un parpadeo se lo clavó en el costado, a la altura de los intestinos, luego lo empujó hacia la cascada.

—¡¡¡Robin!!! —gritó todo el equipo Hood, al ver caer al chico.

—Lo mataste, y, ¿ahora que harás? —inquirió Vancamp.

—Matarte a ti. —El joven tomó su pistola y le disparó, luego lo empujó a la cascada—. Espero que sepan nadar, Jajaja. Y ahora, a deshacerme de todos los testigos… El mundo creerá que Robin Hood asesinó al buen alguacil.