Las ocho vidas

Capítulo 3: “Tres” brindis para la dulce victoria, o algo por el estilo

—Oye, despierta. ¡Oye, despierta! Pff, empiezo a entender cómo te sientes cuando te toca hacer esto por mi culpa.

—Tú eres la que siempre trata de dormir en exceso, todos los días. Ahora yo soy el que quiere hacerlo…

—Oh, quien lo diría. El señor “debemos respetar el itinerario” ahora no quiere predicar con sus acciones. Debería darte vergüenza.

 

Después de escuchar esas palabras, Mack Donaldson se sentó en el borde del catre en el que estaba durmiendo; se frotó los ojos, y volteó a mirar a aquella chica de piel pálida y cabello rojo intenso que lo había acompañado desde hacía dieciséis años. Ella también estaba sentada en su propio catre, sosteniendo su cabeza sobre su brazo derecho.

 

—Eres idéntica a mamá.

—Cierra la boca. Ya sabes que detesto que hagas mención de ella —dijo Helga, la hermana menor de Mack. Después de eso, volteó a ver a otro lado, con un gesto un poco triste.

—Bien, no lo volveré a hacer. Sé que muy en el fondo, también te sigue doliendo…

—No me malinterpretes, humano. Un ser casi perfecto como yo, no puede ser comparado con una mujer de clase baja como ella.

—Y aun así, se parecen.

—¡Cierra la boca!

 

Después de esa conversación, Mack y Helga salieron de la habitación donde habían pasado la noche. Debido a su falta de dinero, les había tocado pagar por una habitación sin ventanas; en una posada que se encontraba al interior de una gran montaña, situada en la ciudad demoníaca de Fae.

 

Al salir de la posada, se encontraron en una irreal red de cuevas, la cual los había dejado maravillados la primera vez que entraron en ella.

 

Los miembros de las diferentes razas demoníacas, se podían ver aquí y allá conviviendo pacíficamente. Algunos vendían mercancías, otros realizaban labores específicas como: ser médicos, hechiceros o cantineros. Y unos más, como Mack y Helga, se dedicaban a satisfacer ciertas necesidades de las diferentes ciudades que visitaban.

 

En pocas palabras, los hermanos eran mercenarios al servicio del Gremio Demoníaco de Aventureros.

 

—Debido a tus cinco minutos de sueño extra, ahora nos tardaremos más en llegar a Xeroudakis. Deberías estar avergonzado.

—Claro. Como yo soy el que se queda dormido...

—Oh, ¿tan pronto se retirarán de Fae? —preguntó el dueño de un negocio, una clase de duende, que estaba colgando ciertos embutidos de un color verde oscuro en el mostrador de su tienda.

—Así es. Nos espera un largo camino hasta llegar a Xeroudakis —respondió Mack, al mismo tiempo que Helga sólo ignoraba lo que estaba pasando.

—Yo lo pensaría mejor... Las criaturas como nosotros no somos bienvenidos en Xeroudakis, y ahí habita un grupo muy peligroso de cazadores de demonios.

—¿Se refiere a los miembros de la Familia Trevor? Sí, ya tenemos contemplado encontrarnos con ellos —dijo Mack, sin mostrar temor en absoluto—, de cierta manera, queremos encontrarnos con ellos.

—Vaya, esta juventud de ahora, no le tiene miedo a nada —comentó el dueño, lanzando un trozo de aquel embutido en dirección a Mack—. Un pequeño regalo, será un viaje largo.

—Oh, gracias —expresó él mientras le daba un codazo a su hermana—. Agradece, Helga.

 

Volteando a ver de mala gana a su hermano, y soltando un pequeño gruñido, Helga volteó a ver a aquel duende y le dijo:

 

—Acepto de buena gana tu tributo. Tomaré esto en cuenta cuando gobierne sobre este decadente agujero de la montaña.

—Oh, es del tipo rudo, ¿eh? Me agrada, señorita —afirmó el dueño del negocio mientras lanzaba otro pedazo de ese embutido—. Suerte en su viaje, y que le pateen el trasero a los Trevor si se encuentran con ellos.

 

Mack hizo un gesto con la mano en forma de aprobación, y luego, junto a Helga, siguieron con su camino hacia la salida de Fae.

 

Durante su trayecto, se la pasaron esquivando a otros individuos que transportaban grandes cantidades de mercancías, así como a un grupo de niños que jugaba persiguiendo un tipo de bola de cuero. Poco a poco, esa red de cuevas dejaba de ser sólo una maravilla de la ingeniería, y se transformaba en una pequeña ciudad llena de vida.

 

—¿Cuántos días de viaje nos esperan? —preguntó Helga, rompiendo el silencio después de un rato.

—Veamos —respondió Mack, al tiempo que sacaba un mapa de aquel bolso de cuero que siempre cargaba consigo—, nos encontramos en la ciudad de Fae, en las entrañas de una de las montañas de la Cordillera de Crix. Si seguimos en línea recta y atravesamos el Bosque de Crix, esta noche deberíamos estar acampando en las praderas de Xeroudakis…

—Me aburro. ¿Cuánto tiempo nos llevará llegar a la ciudad?

—Está bien, está bien. No entiendo por qué eres tan impaciente —gruñó Mack, guardando su mapa—, si seguimos la ruta al pie de la letra, llegaremos a Xeroudakis en seis días, siete si tenemos que hacer una parada innecesaria.

—Esto nunca tendrá un fin…

—Te recuerdo que fuiste tú la que decidió que fuéramos primero al norte. Fácilmente pudimos ir primero a Luminosiette e investigar ahí a cerca de “eso”.

—No sé en que estaba pensando en ese momento…

—Vaya, por fin aceptas que cometiste un error.

—¡Cierra la boca, humano asqueroso!

 

Tras salir de Fae, Mack y Helga se encontraron con que había una tormenta inclemente fuera de aquella ciudad demoníaca. Podrían haber seguido, de no ser porque además de la lluvia, había una terrible tormenta eléctrica.

 

—Oh, vamos. Sólo son un par de rayitos. Es muy improbable que te lastime uno…

—¡Cierra la boca! ¡No puedes decirme que no tema por mi vida al no querer pasar por esto!

—Estás demostrando que eres una gallina…

—¡Prefiero eso a que me caiga un rayo y me mate!

—En serio, a veces no te entiendo. Por momentos muestras valentía y orgullo, y en otras ocasiones, simplemente actúas como una gallina —comentó Mack, rodeando con sus brazos por la espalda a Helga—. No tengas miedo, aquí estoy para protegerte, hermanita.

—¡Deja de estar burlándote de mí!

 

Desafortunadamente, esa tormenta no cesó en todo el día. Los hermanos tuvieron que pasar el día dentro de los túneles de Fae mientras veían como las pocas monedas que les quedaban, se desvanecían; debido al pago de la posada y las comidas que habían ingerido.

 

Esa noche pasó, y a la mañana siguiente, el clima era muy diferente, era un día soleado y cálido, perfecto para seguir con su camino.

 

 

Las praderas de Xeroudakis se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Había plantíos de diferentes cultivos a lo largo de las mismas, así como extensos pastizales en los que la presencia de los árboles era casi nula.

 

Debido a su condición, Mack y Helga sabían que no podían seguir los caminos principales. A pesar de que él era un humano, y de que Helga podía adquirir la apariencia de una, no podían correr el riesgo de encontrarse con un grupo de cazadores de demonios. Sería muy peligroso para ellos, sobre todo por la falta de tacto de Helga con los humanos.

 

—Oye, ¡oye! ¡No me dejes hablando sola!

—¿Ya dejaste de lamentarte por milésima vez de la vida que perdiste? —preguntó Mack, después de haber ignorado por un par de horas a su hermana y sus constantes quejas.

—Sí —respondió Helga de mala manera.

—Bien. Podemos continuar con nuestro camino normalmente.

—Tengo hambre.

—Oh, pues come.

—¡No tengo nada qué comer!

—Es una lástima. Creo que nunca llegarás a Xeroudakis entonces.

—No tientes a la suerte, Mack Donaldson. Si quisiera, podría comerte en este instante.

—Adelante.

 

Intrigada y al mismo tiempo indignada por el desinterés de Mack, Helga no pudo contener su asombro y disgusto.

 

—Menos mal que eres lo suficientemente asqueroso como para que siquiera considere el comerte.

—Sabía que dirías eso.

—¡Argh!¿Qué demonios te ocurre? Estás más insolente que de costumbre.

—Nada —respondió Mack, conteniendo las ganas de reír que tenía en ese momento.

—¡Púdrete, humano asqueroso!

 

La noche llegó, y al estar despejado el cielo, los hermanos optaron por solamente encender una fogata y descansar a la intemperie. Mack cocinó los pedazos de embutido que aquel señor de Fae les había regalado, y ese fue el único alimento que consumieron ese día.

 

Él estaba agradecido de haber aprendido aquel hechizo por el cual podía generar pan de la nada, ya que eso le sirvió para comer un emparedado en lugar de una simple brocheta.

 

Si Helga no considerase ese pan como la comida más asquerosa, habría comido lo mismo que su hermano.

 

Después de la cena, ambos se acostaron a los lados opuestos de la fogata. Mientras que Helga cayó dormida inmediatamente, Mack Donaldson se quedó contemplando el cielo estrellado, recordando tantas cosas de sus vidas pasadas, y preguntándose en cuál de aquellos diminutos puntos de luz se encontraba su planeta de origen.

 

Tras soltar un suspiro y poner sus brazos bajo su mejilla izquierda, Mack cayó profundamente dormido. Sabía que el siguiente día sería uno muy atareado, sobre todo porque ya no tenían dinero, así que les tocaría cazar o recolectar alimento para tener algo que comer la próxima noche.

 

 

—Oye, Gergald, ¡Gergald! ¡Presta atención! —exclamó aquel extraño hombre de edad avanzada, hablando en dirección a su aprendiz—. Te recuerdo que fuiste tú el que me pidió que te enseñara este hechizo, así que ahora presta atención porque no planeo explicarte ni una vez más.

—Lo sé maestro, lo sé. Pero no es tan fácil como parece. Lo he intentado una y otra vez, y por más que intento no logro ni un pequeño avance.

—Gergald, dime, ¿cuántos hechizos has aprendido desde que estás aquí conmigo?

—Los suficientes para sobrevivir, supongo.

—¡Nada de supongo! ¡Sé más concreto con tus respuestas!

—Lo siento…

—Gergald, escucha bien lo que voy a decirte. La generación espontánea de la materia no es nada más que convertir las motas de polvo que hay sobre tu mano en cualquier cosa inerte que se te ocurra. Puede ser una llave, un arma, o lo que tú quieres hacer; un pedazo de pan. Solamente debes concentrarte e imaginar aquello que quieres tener en tu mano —dijo el hechicero, al tiempo que un pedazo de pan, de la nada, apareció en su mano—, y voilá, lo que quieres está al alcance de tu mano.

—Empiezo a creer que usted hace trampa, lo hace ver tan fácil…

—Solamente son años de entrenamiento, mi querido aprendiz. Si lo que deseas es puro, en verdad lo necesitas, y tienes la energía y el polvo necesarios, con este método puedes hacer lo que quieras. Siempre y cuando entiendas a la perfección el funcionamiento de lo que quieras conseguir, obvio.

—Lo entiendo.

—Por cierto, más que generar pan de la nada, ¿por qué no me pediste que te enseñara a convertir las piedras en oro?

—Creo que lo llama intercambio equivalente. No quiero dar años de mi vida a cambio de un poco de dinero.

—Me gusta tu actitud, alumno mío —dijo el hechicero, convirtiendo su trozo de pan en un libro en blanco—. Ahora, debes seguir practicando.

 

 

 

Después de unas horas caminando por las praderas de Xeroudakis, Helga por fin se decidió a hablar con su hermano:

 

—Te ves fatal, como si no hubieras dormido bien esta noche.

—¿En serio? Es sólo que recordé mi cuarta vida y cómo fue que aprendí a crear pan de la nada.

—En todo caso, ¿por qué no aprendiste a generar oro de la nada? Así podríamos haber contratado un grupo de mercenarios humanos para que consiguieran lo que queremos sin salir ni siquiera de nuestra ciudad de origen.

—En primer lugar, porque existe una regla, tanto en la hechicería como en la alquimia, llamada el Intercambio Equivalente. Esa regla me dicta que para conseguir algo, lo que sea, debo ofrecer la misma cantidad de otro material, y si es algo valioso, debo ofrecer la cantidad de años que me costaría conseguir esa cosa que llegase a desear. En resumen, si quiero conseguir un lingote de oro, tendría que ofrecer uno de algún otro material, más unos cuantos años de mi vida.

—Nimiedades.

—Claro, a ti no te importa por qué tú puedes obtener la inmortalidad virtual después de conseguir esas cosas que tanto estás buscando. Pero yo, yo soy sólo un simple ser humano. El día que pierda la vida, se acabó, no tendré más intentos para vivir de nuevo.

—¿Y eso te molesta tanto? De cualquier forma, ya has vivido siete vidas antes. Has conocido diferentes culturas y personas, has visto el cielo estrellado de siete planetas distintos. ¿Qué más da perder la vida una vez más?

—Creo que no estás entendiendo el punto, Helga. Este es mi último intento, el último intento de ver esto —musitó Mack, abriendo sus brazos como si quisiera abrazar todo lo que había a su alrededor, y luego arrancó un poco de pasto y se lo enseño a su hermana—. Es mi última oportunidad de sentir esto, de embriagarme con su olor, de escuchar el canto de las aves y de saborear las cosas —añadió al tiempo que se metía ese poco de pasto a la boca y comenzaba a masticarlo, para después darse cuenta de lo que había hecho y escupirlo súbitamente.

—Estaba entendiendo tu punto, hasta que lo arruinaste todo con ese patético intento de imitar a una vaca —dijo Helga, mostrando cierto desagrado en su cara.

—Ignoras de nuevo todo lo que he dicho…

—¿Y? ¿Eso importa? Entiendo lo que tratas de decir, pero al mismo tiempo, no me interesa lo que hagas o dejes de hacer. Después de todo, en cuanto consiga esos siete Núcleos del Caos, seré nuevamente un ser todopoderoso ante el cual todo el mundo tendrá que arrodillarse y obedecerle. ¿Crees que debo preocuparme por perder un par de años buscando ese objetivo? Sacrificaría lo que sea con tal de conseguir mi objetivo.

—Sabes Helga, yo siempre supe que dirías algo como eso el día que tuviéramos esta conversación. Pero muy dentro de mí, tenía la inocente esperanza de que pudieras tener cierto aprecio por mí…

—¿Sentir aprecio por aquel que terminó con mi vida anterior? Eso es imposible. Lo único que siento por ti es desprecio y lastima. Después de todo, un ser casi perfecto como yo, no…

 

En ese momento, un rayo cayó a lo lejos, haciendo que el trueno violento que le siguió asustara a Helga, quien soltó un gritito de terror.

 

—Estaba entendiendo tu punto, hasta que ese rayo volvió a demostrar que ya no eres más ese “rey demonio” y que ahora sólo eres una niñita miedosa…

—¡No me llames de esa manera!

—¿Cómo? ¿Niñita? ¿O miedosa?

—Tú, te juro que, ¡Aaah! —Otro rayo interrumpió lo que iba a decir—. Continuaremos con esta conversación luego, pero por favor, debo alejarme de los rayos.

—Pero si eres un ser casi perfecto, ¿cómo es posible que un par de rayos te…? —Mack dejó de hablar cuando vio los ojos llenos de lágrimas de su pequeña hermana.

 

Sabía que era especialista en hacer esa cara para conseguir lo que quería cuando quería, así lo había engañado muchas veces. Pero esta vez, era de ese cinco por ciento de las veces cuando esa cara mostraba verdaderamente el terror que ella estaba sintiendo.

 

—Está bien, está bien. Pero no hay ningún lugar en el que podamos cubrirnos las cabezas…

—Construyamos una pequeña choza.

—No es tan sencillo, necesitamos madera y…

—¡Ahí hay tres árboles!

—Nos tomará varias horas talar…

 

En ese momento, Helga salió corriendo con una increíble velocidad en dirección al primer árbol, extendió las uñas de su mano derecha y de un tajo, cortó el árbol en varios troncos. Luego, hizo lo mismo con los otros dos árboles, y gritó:

 

—¡Listo! ¡Ya podemos empezar a construir!

 

«Es verdad lo que dicen, el miedo motiva a las personas a hacer las cosas», pensó Mack, acercándose a donde estaban Helga y la madera.

 

Después de afinar algunos detalles, de cortar ciertas ramas y troncos en diferentes tamaños y formas, ambos terminaron de construir una pequeña choza de tres paredes y un techo que los cubriría perfectamente, siempre y cuando permanecieran sentados. Terminaron su trabajo justo a tiempo, pues la lluvia se desató en cuanto entraron a la choza.

 

—Oh, nos vamos a mojar el trasero —musitó Helga.

—Te dije que debíamos construir un pequeño piso. Podíamos estar bien sólo con dos paredes.

—¡Tú no sabes eso! ¡Un rayo puede caer detrás de nosotros!

—Existe la posibilidad, sí, pero lo que es cien por ciento seguro es que nuestros traseros terminarán empapados. Podríamos poner la lona que usamos como tienda para acampar en el piso, pero la estás usando como abrigo.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Morirme del frío?

—¿No puedes cambiar a voluntad tu vestimenta?

 

Después de escuchar eso, Helga se llevó una de sus manos a su cara, cuyo pálido color hizo muy evidente el que esta se había sonrojado.

 

—Los rayos en verdad me aterran tanto, que no me permiten pensar claramente…

—Creo que lo he notado.

 

Después de eso, Helga cambió aquel pequeño top con cordones de color negro que llevaba comúnmente, por un tipo de abrigo del mismo color, también amplió el pequeño short que llevaba, para que fuera un pantalón ajustado. Luego, los hermanos extendieron esa lona de trapos que tenían como casa de acampar en el piso, permaneciendo ahí, hasta que la lluvia pasara.

 

 

 

La lluvia que había comenzado a caer sobre la Ciudad de Xeroudakis, hizo que se retrasaran los planes de Corinna Trevor, una joven cazadora de demonios y heredera del símbolo de su familia. Se encontraba en una de las habitaciones de su enorme mansión, mirando por la ventana mientras esperaba a que la lluvia cesara.

 

Como heredera, se volvería la líder de su familia, y por consecuencia, gobernadora de Xeroudakis en cuanto cumpliera los dieciocho años; hasta ese momento, su padre gobernaría sobre la nación y se encargaría de administrar los recursos de la misma.

 

La familia Trevor, había recibido reportes sobre algunas aldeas siendo asaltadas por demonios al cargo de un señor llamado Dobguagh, los cuales además de robar recursos, secuestraban mujeres y niños. Corinna había decidido que se encargaría personalmente de ese asunto, como una forma de mostrar su liderazgo y de buscar ganarse aún más el cariño y la confianza de la gente de su nación.

 

—Oh, ya veo que tu primer acción importante como futura “líder” de la familia se ha visto retrasada por un poco de agua.

—Gracias por demostrar tu apoyo como siempre, hermano.

—Vamos, vamos Corinna. Finge al menos que te da gusto verme.

—Me da gusto verte, a pesar de que no sea mutuo el sentimiento.

—¿Y cómo quieres que me sienta, Corinna? He estado luchando contra esos monstruos desde los trece años, he sido herido, he visto morir aliados y amigos. Mierda, he estado al borde de la muerte, ¿para qué? ¡Para que la consentida de mi hermana, la que nunca ha salido a luchar fuera de las murallas de esta ciudad, sea elegida como la heredera de la familia en mi lugar! ¡Yo soy el mayor, yo soy el que debería estar al mando de toda esta gente de mierda, no tú!

—¿Sabes algo, Maxwell? Me importa una mierda lo que pienses o digas de mí. Yo no elegí estar en el lugar donde estoy, fue nuestro abuelo el que así lo decidió.

—¿Y si tú no fuiste la que decidió, por qué sigues al mando entonces?

—Porque no pienso ir en contra de la voluntad no sólo de mi abuelo, sino del pueblo de Xeroudakis. Si ellos creen que yo debo dirigir esta nación, no veo la razón para llevarles la contraria.

—No sabes cuantas ganas tengo de meterte esas palabras por el…

—¡Maxwell! ¡Deja en paz a Corinna! —exclamó un hombre mientras entraba a la habitación.

—Padre, tú más que nadie sabes que esa decisión del abuelo fue una estupidez. ¿No me corresponde ser el líder de la familia sólo por ser el hijo mayor? ¿O mejor aún, no te corresponde a ti serlo por el simple hecho de ser nuestro padre?

—Lo que piense o deje de pensar, no importa. Esa fue la decisión que tomó mi padre, y pienso respetarla hasta el último momento de mi vida.

 

Disgustado, Maxwell dejó la habitación, no sin antes empujar a su hermana en el proceso. Después de eso, Corinna volteó a ver a su padre, el cual sólo apartó la vista y salió de la habitación. Ella tomó con fuerza el mango del sable que llevaba colgando a la izquierda de su cinturón, y se dijo a sí misma:

 

—Ya verán. En cuanto derrote a ese tal Dobguagh y libere a esas mujeres y niños secuestrados, no tendrán otra opción más que aceptarme como la líder de esta familia. Después de eso, ni el idiota de mi hermano tendrá los cojones de desconocerme y tendrá que respetarme.

 

Tras pronunciar esas palabras, Corinna salió de esa habitación. Si quería demostrar de qué estaba hecha, un poco de agua no podía detenerla. Sin importarle si esa lluvia empeoraría a una tormenta, llamó a sus hombres de confianza y salió en dirección a la cordillera de Crix, al lugar que  seguramente, era el escondite de ese señor demonio.