Las ocho vidas

Capítulo 4: Cuatro veces más que ayer, una menos que mañana.

La tormenta no paró en todo el día, así que no les quedó otra opción que comer el pan que Mack hacía aparecer y beber el agua que había purificado, a pesar de las quejas de Helga.

 

Al llegar el anochecer, y no tener espacio para estar acostados, Mack decidió pasar la noche sentado, permitiendo que ella durmiera acostada, con las rodillas pegadas a su pecho y su cabeza apoyada en una de sus piernas.

 

De alguna manera ya se había acostumbrado a dormir sentado, no era algo nuevo para él, pero últimamente su cabeza había estado muy activa, recordando tantas cosas, que prefería sólo cerrar los ojos y dejarlos descansar. Aunque de vez en cuando, el sueño le ganaba, y terminaba recordando varias cosas, sobre todo del pasado…

 

Era un día tranquilo, Mack ya había cumplido un año de edad y se encontraba en la casa de su madre adoptiva, una mujer demonio llamada Irys Thorne. Desde el día de su llegada, habían ocurrido muchas discusiones y peleas entre ella y su pareja, Gurgglo Frushchen.

 

Para él, aceptar a un humano en su familia, era algo imposible. Después de todo, había estado luchando durante varios años en contra de ellos.

 

—¡Debes deshacerte de esa criatura asquerosa!

—¿Qué pasará si no lo hago? ¿Me sacarás de la casa? Ah, no, disculpa, es mi casa. Mis padres me la dejaron antes de partir en dirección a Baal.

—¿Acaso no lo entiendes? He pasado los últimos años de mi vida defendiendo esta aldea de los de su especie. Esos mismos que asaltan nuestras caravanas, destruyen nuestras cosechas y asesinan a nuestros hermanos y hermanas.

—Tal vez no harían eso si no asaltásemos sus caravanas, destruyéramos sus cultivos y matáramos a sus guerreros…

—Irys, entiende lo que trato de decirte —dijo Gurgglo, tratando de suavizar su tono de voz—. Ese cachorro humano crecerá para asesinarnos. En cuanto tenga una oportunidad, tomará un objeto filoso y nos cortará la cabeza con él.

«No creo ser lo suficientemente fuerte como para hacer eso, amigo», pensó Mack, que tenía en la boca un tipo de biberón hecho con madera y lleno de jugo de frutas.

—Además, no tienes necesidad de ser la madre de esa criatura. En pocas semanas, nuestro hijo nacerá, y con él, no tendrá sentido alguno el que te hagas cargo de ese humano asqueroso.

—Tal vez esa sea una realidad, Gurgglo —replicó Irys, al tiempo que tomaba en brazos a Mack—. Pero también es muy real que por ningún motivo dejaré sólo a este niño. Puede que sea un humano, pero en sus ojos puedo ver que es uno diferente, uno que puede marcar la diferencia para nuestra sociedad.

 

Tras escuchar esas palabras, Gurgglo salió azotando la puerta de la casa. Irys no le prestó mucha atención, después de todo, él no tenía más opciones que aceptar su decisión y tratar de vivir en paz con el niño humano en su familia, o simplemente irse y manchar su reputación frente al resto de la aldea.

 

Al caer la noche, Irys decidió cocinar la cena. Sabía que si volvía, Gurgglo tendría mucha hambre, así que tenía que cocinar algo para satisfacer el hambre de su pareja. Estaba por terminar un estofado de verduras, carne y un adobo especial; cuando vio en el cielo nocturno, un tipo de explosión, la cual se dividió en siete proyectiles distintos, que poco a poco fueron cayendo a través del cielo.

 

Después de eso, sintió un malestar muy intenso en su vientre, que no le permitió continuar cocinando.

 

—Así que ya quieres nacer, ¿eh? ¡Aaah! —gritó, buscando una silla en la que sentarse. Le pareció extraño, no había percibido ninguna señal de que el nacimiento de su primogénito estuviera cerca. Era como si aquella explosión en el cielo hubiera acelerado las cosas.

 

Los gritos de dolor de la mujer, llamaron la atención de sus vecinos, quienes acudieron en su ayuda casi de inmediato. Al poco tiempo, llegó Farkl Druixl, su mejor amiga, buscando la manera en la que pudiera apoyar.

 

Pasó un tiempo, y después del ir y venir de quienes estaban ayudando y muchos gritos de dolor, Irys dio a luz a su primer hijo biológico.

 

—¡Es una niña! ¡Es una niña, y está igualita a ti! —exclamó Farkl, llevando en brazos a la pequeña recién nacida.

—¿Una niña? ¡Necesito verla! —gritó Irys, extendiendo sus brazos—. Gurgglo estará decepcionado de cierto modo.

—Oye, tiene sólo dos opciones: aceptar a su hija, o pasarse la vida amargado por el hecho de que su primer hijo fue una niña.

 

En ese momento, Gurgglo entró en la casa.

 

—Perdón, estaba patrullando cuando Gnarls me contó las noticias. Así que, ¡ahí está mi bebé!

—Sí, y es una muy bonita niña —dijo Farkl, volteando a ver a Irys, que tenía una expresión un poco sorprendida en su cara.

—¿Niña?

—Claro. Ahora no sólo tendrás conflictos con que Dobguagh sea humano, también estarás molesto con que Helga haya sido una niña.

—¿Helga?

—Sí, ese es el nombre que quiero que tenga, ¿hay algún problema con ello?

—Ese era el nombre de mi madre —dijo Gurgglo, acercándose a Irys y a su pequeña hija—. Es tan hermosa, se parece a ti.

 

Irys sólo sonrió, como siempre, de forma dulce y sincera. Además, un par de lágrimas cayó de sus ojos, haciendo que Gurgglo se asustara un poco.

 

—¿Ahora que dije para hacerte llorar?

—Has dicho las palabras más dulces y sinceras que podías decir. Me has demostrado que en verdad eres capaz de querer a alguien más que a ti, y eso me hace muy, muy feliz.

 

Gurgglo no pudo evitar sonreír. Se acercó un poco más a Irys y a Helga, les dio un beso a cada una, y se sentó al lado de ellas.

 

Mack, había visto eso mientras una de las vecinas lo cargaba entre sus brazos. En aquel momento, creyó que tal vez sería el comienzo de una nueva etapa para esa familia.

 

—¿Si ves ahí, pequeño? Esa es tu familia. Ahí están mamá, papá y tu nueva hermanita…

«No sé porque tengo el presentimiento de que he visto esa cara en algún otro lugar», pensó Mack, al encontrar de cierto modo familiar el rostro de Helga.

 

Sus sospechas se confirmaron cuando ella pronunció sus primeras palabras, un día que jugaban a solas en el patio de su casa:

 

—¿C-creíste que po-podrías deshacedte de mí tan fácilmete, humano asquedoso? —le espetó Helga, con las típicas limitaciones del lenguaje de una niña de un año y tres meses—. ¡Pu-pues te equi-equivocaste! ¡N-nunca podás acabad con el Rei-reinado del Terror del Rey D-demonio Hellgon!

 

 

 

De pronto, un rayo que cayó muy cerca de la choza, despertó a Mack.

 

«¿Por qué recuerdo todas esas cosas mientras trato de dormir?», pensó, al tiempo que veía la cabeza recostada de Helga, quien seguía durmiendo pacíficamente. No importaba cuántas veces lo hiciera, siempre que veía una expresión de su hermana, veía en ella a Irys, su madre.

—Aunque lo niegues todo el tiempo, sé que tú también la quisiste, y que también te duele recordarla.

 

Después de eso, Mack apoyó su cabeza en la pared de la choza, planeando sólo cerrar los ojos para dejarlos descansar, sin notarlo, volvió a caer en un profundo sueño al poco tiempo.

 

—¿En serio te está pasando esto una vez más? ¡Despierta, humano asqueroso!

 

Helga trataba de despertar a su hermano para continuar con su viaje, pero el simplemente no reaccionaba. Le había gritado en el oído, le había picado el abdomen con una varita de árbol que se había encontrado, pero nada había funcionado. Estaba dormido como un tronco.

 

«Está dormido, ¿verdad?», pensó, acercándose al pecho de su hermano para comprobar si seguía respirando. Nunca antes había resistido tantas travesuras sin despertar en el proceso. Posó su cabeza en el pecho de su hermano, y al hacerlo, sintió cierta comodidad, como si en ese preciso momento, nada ni nadie pudiera hacerles daño. Incluso no pudo contener una pequeña sonrisa, y soltar un suspiro.

—Quien lo diría, la señorita demonio en verdad me quiere.

 

Después de escuchar esas palabras, Helga dio un salto hacia atrás, cayó con su trasero en un charco, y soltó un grito de terror.

 

—Oye, no es para tanto.

—N-n, no, no te atrevas a decir nada al respecto —dijo Helga, tratando de ocultar su vergüenza—. S-si, si, si lo haces, estás muerto.

—Está bien, está bien. No ocurrió. Creo que me quedé dormido de nuevo…

—Ah, así es —susurró Helga, ocultando su cara totalmente sonrojada—. Vamos a atrasarnos de nuevo por tu culpa.

—Sí, es cierto. Esperemos que hoy no llueva de nuevo, no podemos ir talando árboles y dejando chozas por todo el camino.

—¿No hay alguna aldea cercana a este lugar?

—Déjame ver —comentó Mack, sacando su mapa—. Estamos más o menos en este punto, así que, estamos a dos días de la aldea más cercana…

—Oh.

—Y, no tenemos dinero, así que no serviría de mucho el que lleguemos a una aldea.

—Tenemos que asaltar una caravana humana.

—Helga, no podemos hacer eso. Nos pondría inmediatamente en la mira de la Familia Trevor, y aunque queremos encontrarnos con ellos, no es la forma en la que lo tenemos planeado.

—¿Y qué se supone que hagamos? ¿Morir de hambre y cargar esta choza todo el tiempo?

—Ya se me ocurrirá algo, espero. Por ahora, sigamos con nuestro camino, veré si puedo cazar algún animal pequeño o si podemos encontrar algún cultivo que podamos tomar “prestado”.

 

Después de decir eso, Mack Donaldson sacudió y guardó la lona en su bolso, así como su mapa. Él y su hermana siguieron con su camino.

 

 

 

La caravana en la que viajaba Corinna Trevor, estaba compuesta por: dieciséis soldados, dieciocho caballos cornudos, y un carruaje en el cual iban ella y un sargento. Aquel hombre, al igual que los demás soldados, iba vestido con una túnica blanca, cubierta por un peto metálico, unos guantes de malla hasta los codos, unos pantalones largos y negros, y unas botas de cuero. Llevaba la cabeza descubierta, ya que su casco lo hacía sudar demasiado.

 

—Señorita Trevor…

—Llámeme Corinna.

—Disculpe, no puedo hacer eso. Es parte del protocolo.

—Puede seguir con el protocolo siempre y cuando nos encontremos dentro de las murallas de Xeroudakis, aquí afuera, soy una persona más, igual que usted.

—Entendido —accedió aquel hombre, aclarando su garganta—. Señorita Corinna, debemos discutir el plan de acción. Usted sabe que…

—Disculpe que lo interrumpa, pero ¿cuál es su nombre?

—¿Perdón?

—¿Cuál es su nombre? Sí, soy la líder no sólo de esta expedición, sino también en un futuro, de toda la nación, pero nadie me ha dicho su nombre por aquí. Si voy a dirigirlo, necesito al menos saber cómo se llama.

—Oh, claro. Sargento Boris Ilja, a sus órdenes.

—Escúcheme, Boris —dijo Corinna, que veía a través de la ventana de su carruaje—. Esta será una misión de reconocimiento. Evitaremos en medida de lo posible el enfrentamiento directo con las fuerzas de Dobguagh. Aunque si es inevitable, sólo lucharemos a la defensiva. Después de todo, este grupo de hombres, pertenece a una de las compañías de élite de nuestro ejército, ¿no es así?

—Por supuesto. Lucharán hasta desfallecer.

—Eh, evitemos eso. Solamente enfoquémonos en identificar la ubicación de la guarida de Dobguagh, evitemos los combates a gran escala, y regresemos por refuerzos a Xeroudakis. Pero por ahora, hagamos una parada en esa aldea de ahí —musitó Corinna, señalando por la ventana.

—¿La aldea de Xonza? ¿Ocurre algo ahí?

—No, nada en particular. Es sólo que quiero visitar al líder de la aldea, y expresarle que el ejército de nuestra familia hará hasta lo imposible para que su gente no sea atacada por los demonios. Además, me gustaría visitar a un viejo amigo de la familia.

 

 

 

Después de caminar por varias horas, Mack y Helga decidieron descansar un rato a la sombra de un gran árbol. A pesar de ser un terreno llano, era agotador caminar bajo el sol durante tanto tiempo.

 

—Debemos buscar algo que comer.

—Sí, eso creo. Suerte.

—Infeliz, ¿cómo te atreves a decirme eso?

—Yo tengo el pan que puedo crear de la nada. Con eso, estaré bien por este día, pero si quieres un poco…

—¿Bromeas? ¿Y tener que probar por tercera vez esa cosa desagradable? Prefiero perderme en la inmensidad de estas planicies, antes de volver a comer ese asqueroso pan.

—Perfecto. Que sea como tú quieras, arréglatelas en conseguir tu comida, estoy completamente agotado, así que descansaré aquí un rato — dijo Mack, haciendo aparecer un pedazo de pan en su mano derecha.

 

Disgustada, Helga decidió no seguir discutiendo. Sabía que no llegaría a ningún lugar si seguía molestando a Mack, así que prefirió buscar algo que comer antes de morir de hambre.

 

No caminó demasiado, cuando vio a lo lejos una caravana comercial de humanos. Donde había caravanas, había comida, y si había comida, ella tenía que estar ahí.

 

Antes de ser notada, volvió a cambiar su ropa, ahora por un vestido totalmente blanco, sacudió su cabello para tratar de hacerlo parecer lo más humano posible, y se acercó a la caravana, haciendo señales con sus brazos. En cuanto notaron su presencia, los comerciantes se detuvieron. Uno de ellos descendió del vehículo jalado por dos caballos cornudos, y al ver a Helga, le dijo:

 

—Oiga, señorita, ¿qué hace en medio de la nada?

—Oh, gracias por detenerse —agradeció Helga, con un tono de voz sobre actuado, y desatando un hechizo de hipnosis a través de sus ojos—. Han pasado tantos días en los que no veía a ninguna otra persona.

—¡Pero mire que pálida está! Necesita comer algo urgentemente —expresó el hombre, sacando una bolsa de su chaleco café—. Tenga, son galletas que horneó mi mujer.

—Muchísimas gracias por la comida, pero también tengo un hermano enfermo que no vivirá por mucho tiempo si no come algo más que pan y agua.

—¡Lo hubiera dicho antes! —exclamó el hombre, que tomó un saco de tela y lo empezó a llenar con frutas y algunas verduras, así como con tres trozos de carne—. No puedo darle nada más, pero espero que le sirva de algo.

—Muchas gracias por el tributo, humano asqueroso…

—¿Eh?

—Oh, perdón. Creo que confundí mis palabras. Gracias por su generosidad, buen hombre. Espero que la vida se lo devuelva al doble de su valor.

—Oh, no es nada señorita. S-sólo, sólo estoy ayudando a al-alguien, a alguien —tartamudeó aquel hombre, que había comenzado a parpadear constantemente.

«Oh, no, hora de salir de aquí», pensó Helga, al darse cuenta de que su hipnosis estaba a punto de terminar.

—Lo siento, debo volver con mi hermano, su pie de atleta está empeorando demasiado. Gracias por su ayuda —soltó, y salió corriendo en dirección a donde estaba Mack.

 

Aquel hombre, confundido, volvió a subir al vehículo donde viajaba, y reanudó su camino.

 

—Oye, viejo, es muy raro que regales cosas así como así —comentó el acompañante que llevaba aquel hombre de la caravana.

—¿De qué estás hablando? ¡Yo, Sussus Ammoggus, nunca regalaría ni un pedazo de pan a alguien sin dinero! Oh, por cierto, ¿y mis galletas?

—Viejo…

 

Helga, pasó todo el trayecto entre ella y Mack pensando en la deliciosa comida que haría, con lo que había conseguido de aquel pobre diablo. También imaginaba lo que su hermano le diría al no recibir ni un poco de la comida.

 

En cuanto estuvo cerca de Mack, sacudió efusivamente la bolsa, y gritó:

 

—¡¿Ves esto?! ¡Verdadera comida!

 

Él estaba comiendo un pedazo de pan, sentado a la sombra de aquel árbol, sin darle importancia a lo que Helga hacía, solamente viéndola con esa mirada maléfica de cuando cree que se salió con la suya.

 

—Dime, ¿estás hambriento? Porque no te daré ni un poquito de lo que vaya a cocinar —sentenció, enseñándole su botín a su hermano.

—Oh, gracias por la información. Dime, ¿qué vas a cocinar? ¿Un estofado? ¿Una ensalada? ¿Una sopa? ¿La carne que tienes ahí la cocinaras junto a los demás ingredientes, o la prepararás azada? ¿El jugo de esas frutas lo usarás en una bebida, o será para…?

—¡Ya entendí, ya entendí! No tienes que ser tan engreído.

—Mira quién lo dice, la que no planeaba darme ni un bocado de esa comida.

—¿Me ayudarías a cocinar esto, entonces? —susurró, casi imperceptiblemente.

—¿Perdón? —cuestionó, llevando su mano a su oído derecho y levantándose de su asiento—. Creo que no te escuche bien.

—Te doy el privilegio de cocinar mis alimentos del día de hoy —dijo Helga, conteniendo su rabia—. A cambio, obviamente, de una pequeña porción.

—Hey, no había notado que cuando te enojas hablas con términos muy refinados…

—¡Sólo cállate y empieza a cocinar!

—Como ordene, su majestad —contestó sarcásticamente Mack, haciendo incluso una reverencia.

 

 

 

Mack y Helga siguieron con su viaje por las amplias planicies de Xeroudakis. Afortunadamente el clima había estado de su lado, así que no tuvieron la necesidad de parar durante dos días. Sin embargo, la comida se les había agotado la noche anterior, así que ahora tendrían problemas para comer ese día.

 

—Oye, pedazo de idiota, tengo hambre —espetó Helga, que caminaba un par de pasos detrás de Mack.

—Ya sabes, sólo puedo darte pan o agua.

—No comeré tu pan…

—Entonces no hay comida para ti.

—¡Moriré de hambre! ¿No permitirías que tu inocente hermana muera de hambre, verdad?

 

Mack volteó a ver a Helga, que tenía una cara triste y lamentable en su rostro. Él sentiría un poco de lástima, si ella no hubiera usado ese mismo truco, en tantas ocasiones, los últimos cinco días.

 

—No volveré a caer en tus trampas.

—¡Si tuviera todo mi poder…!

—Me matarías en este instante. Ya lo sé. No necesitamos pasar por la misma rutina cada vez que actúas como una niñita malcriada.

—¿Cómo te atreves a hablarle así al Gran Rey Demonio Hellgon?

—Sin todo tu poder, no eres nada más que mi hermanita, Helga.

—¡Ya te he dicho que no me llames así!

—Oh, claro. Entonces supongo que debería llamarte frente a las demás personas “Su alteza demoníaca, él gran señor de las tinieblas, Hellgon el Iluminado”. De cualquier manera, no es como si las personas de esta nación odiasen a los demonios, o como si tuvieran a la Familia Trevor encargada exclusivamente de asesinar a los demonios y a aquellos que claman ser o seguir a un demonio.

—Yo…

—Es más, vayamos a esa aldea de ahí y reclamémosla como el primer asentamiento en este mundo bajo el yugo de Hellgon, el Gran Rey Demonio.

—Estás siendo muy insolente. ¿Aldea?

—Y tú, muy imprudente —dijo Mack, hablando al aire y caminando al mismo tiempo—. Creo que has olvidado que ya no eres todopoderosa, y que no lo serás hasta dentro de mucho tiempo. Así que por ahora, seamos prudentes y…

 

En ese momento, Mack se dio cuenta de que Helga ya no estaba a su lado, y que se dirigía corriendo a la aldea que le había señalado.

 

—¡¿Estás loca?! ¡¿Acaso quieres que te maten?!

 

Después de caminar un poco, esperando que la Familia Trevor se encargase de su hermana, Mack entró al pueblo. Esperaba ver una turba furiosa corriendo detrás de Helga, con tridentes y antorchas en sus manos, mientras corría y lloraba de la desesperación de no poder ni siquiera defenderse.

 

—¡Oh, Mack, por favor sálvame! Tú tenías razón y yo estaba terriblemente equivocada —se decía a sí mismo, viendo a un par de niños corriendo a lo lejos—. Por favor, utiliza uno de tus muy increíbles hechizos de destrucción masiva y envía este pueblo al infierno…

—Oh, otro viajero —dijo un hombre viejo, que se encontraba sentado en las escaleras de la entrada de una de las casas del pueblo—. Bienvenido a Xonza.

—Buenos días, anciano. Supongo que ya se ha encontrado con mi acompañante.

—¿Hablas de aquella preciosa chiquilla, verdad?

«Pervertido», pensó Mack.

—Ella misma. Es mi hermanita menor.

—Afortunadamente, no se parece nada a ti. Ella es demasiado bonita para tener la misma sangre que tú.

«Te mataré, viejo desgraciado», pensó Mack.

—Ja, ja, ja, es muy gracioso anciano.

—No hay nadie más divertido que yo en este pueblo, muchacho.

—¿Podría decirme a dónde se dirigió? Le dije que se adelantara mientras yo liberaba un par de ratones silvestres.

—Claro. Ella y su comitiva se dirigieron a la plaza central del pueblo. No es difícil llegar ahí si sigues esta calle por tres cuadras y doblas a la derecha, caminas otras dos cuadras, y después doblas a la izquierda y caminas una cuadra más.

«¿Comitiva? ¿A caso Helga usó una ilusión en este pobre viejo?», pensó, aunque no le dio mucha importancia a ese detalle.

—Muchas gracias por la información. Si tuviera con que pagarle…

—Oh, no te preocupes. Seré feliz si convences a esa preciosa chiquilla de que me dé un besito en la frente.

«Qué asco, ¿quién querría besar a alguien como Helga», pensó Mack, que decidió despedirse con una sonrisa y una pequeña reverencia.

 

Aquel era un pueblo pequeño y pacífico, en el que las niñas y los niños jugaban alegremente en las calles.

 

Luego de seguir al pie de la letra las indicaciones del anciano, Mack llegó a la plaza central del pueblo. En ella había un kiosco, y varias jardineras lo rodeaban. Además, al fondo de la misma, podía verse una iglesia y un gran edificio, el cual intuyó que era la casa del regidor del pueblo. En la plaza, pudo observar que había un grupo de niños jugando, y de repente, una distinguida señorita se les había unido.

 

Lo que atrajo su atención, fue que en frente de aquel gran edificio, se encontraba un grupo de personas, todas llevaban la misma vestimenta extraña y estaban acompañados por muchos caballos cornudos.

 

Pero por mucho que Mack había observado, no encontró ni un rastro de Helga.

 

«¿Dónde te metiste?», pensó.

 

De repente, una bola de cuero salió volando en dirección a la cabeza de Mack, quien al estar distraído, no la pudo esquivar. Tras recibir ese golpe en la cabeza, cayó de espaldas.

 

«Supongo que se acabó…», pensó, al mismo tiempo que el dolor empezaba a invadir su cuerpo.

 

De pronto, en medio de las voces y risas de los niños, sintió unos pasos aproximándose a él. Cuando pudo estabilizar sus sentidos, escuchó:

 

—¡Oye, oye! ¿Te encuentras bien?

 

En cuanto volteó a ver de dónde provenía aquella voz, Mack se encontró con la señorita que había estado jugando con los niños. Era una chica muy linda, de cabello rojo similar al de Helga, pero en lugar de ser un rojo intenso como un atardecer, el de ella era uno claro, como si de un amanecer se tratara. El verde de sus ojos, lo cautivó de inmediato, así como la dulce voz con la que le había hablado.

 

—¿Acaso estoy de regreso en Nirvana, Pandora? —preguntó Mack, con su voz un poco ronca y aún un poco confundido por el golpe.

 

—No sé a qué te refieres —dijo la señorita, sonriendo al ver que Mack había reaccionado—. Pero me alegro de ver que te encuentras bien, o al menos, aparentemente bien…

 

Después de tomar una gran bocanada de aire, Mack se sentó, mientras aquella señorita permanecía en cuclillas a su lado.

 

—¿Te duele algo? Si lo necesitas, puedo hacer que el médico del pueblo te revise...

—No, no. Estoy bien, gracias por preocuparte por mí.

—Es lo mínimo que puedo hacer por ti después de haberte golpeado de esa forma —dijo, algo apenada.

—Creo que en este caso, fue culpa mía, no estaba prestando atención —comentó, poniéndose de pie poco a poco y extendiendo su mano derecha—. Por cierto, soy Mack Donaldson. Puedes llamarme Mack si quieres.

—Mucho gusto, Mack —musitó aquella señorita, tomándolo la mano de con una amplia sonrisa—. Yo soy Corinna Trevor, pero llámame Corinna. Es un placer conocerte.