¿Por qué nadie le dijo a mi yo de 14 años que crear mundos era tan difícil?

Capítulo 0: Prólogo

—Las alas cristalizadas de un hada pigmea…

 

…El primer grito de una mandrágora recién nacida. Una sombra atrapada en un espejo…

 

…Los últimos rayos de un sol de medianoche…

 

…Los dientes de un unicornio…

 

Una lejana voz reverberaba en el pequeño espacio donde yacía encadenado el muchacho. Él intentaba en vano levantarse del suelo húmedo al que había sido arrojado, pero un fuerte dolor de cabeza lo tenía desorientado e incapaz de moverse o pensar. Poco era lo que podía recordar de los eventos que precedían a su estado actual: el sonido seco de su cuerpo cayendo al pavimento, una sinfonía tan aberrante que lo hizo vomitar… y después nada. Antes de darse cuenta estaba tirado en el suelo, con una herida en la cabeza, restos de su desayuno aún en su ropa y grilletes en sus tobillos. Estaba agotado y no podía entender por qué estaba sucediéndole todo esto.

 

El sonido de unas llaves chocando con la cerradura lo sacaron de sus pensamientos. Al abrirse la pesada puerta metálica, la luz del exterior bañó la pequeña celda y lo deslumbró. Unos brazos lo rodearon en un fuerte abrazo y algo suave se presionó contra su rostro. El muchacho intentó soltarse, pero los brazos sólo se aferraron más a su cuerpo.

 

—Y como ingrediente final, sangre del autor —dijo suavemente la misma voz distante que había escuchado del exterior.

 

Era una mujer y sus pechos presionaban el rostro del “autor”, ella recogía algunas gotas de sangre que aún le brotaban de la parte trasera de su cabeza.

 

—¿P-p-por qué? —preguntó lastimosamente el chico, demasiado mareado y adolorido para seguir moverse.

—No debes pensar en nada, ¿está bien? Sólo quédate quieto, unas gotas más y terminamos. Además… —La mujer empezó a usar un tono de voz grave y seductor—. Si te portas bien te dejaré jugar conmigo todo lo que quieras.

 

Mirándola fijamente, sus ojos esmeraldas brillaban bajo la penumbra.

 

—Ya basta, Verotika —ordenó severamente otra voz en la celda—. No podemos perder más tiempo. —En su mano sujetaba un manojo de llaves, con las que abrió los grilletes que tenían encadenado al muchacho.

 

El autor no se había dado cuenta de que la mujer no venía sola, el hombre que la acompañaba se levantó del húmedo suelo y le hizo una señal a ella para que salieran.

 

—Lo sé, lo sé —contestó juguetona levantando al muchacho como si se tratara de una novia—. Sostente bien Autor, ninguno de nosotros desea verte lastimado —rió—; al menos no más de lo necesario.

 

El autor se sostuvo de su cuello y salieron.

 

Al cerrarse, la puerta emitió un sonido que recorrió todo el corredor por el que avanzarían. Verotika caminaba al frente y su compañero los seguía de cerca. El pasillo estaba tenuemente alumbrado por una serie de antorchas, y esto le permitió al autor observar a sus captores con mejor claridad.

 

La mujer era alta, sin duda más alta que él, y su largo cabello oscuro estaba recogido en un intrincado peinado que aparentaba los cuernos de algún animal. Su compañero, quién parecía estaba sumido en sus pensamientos, también tenía el cabello largo, recogido en una cola baja y varios mechones ocultaban sus facciones. Los pasos de la mujer eran tan ligeros que apenas parecía tocar el piso; al contrario, el click, click, click de los tacones del hombre marcaban el ritmo de la marcha.

 

El autor cabeceaba en el regazo de la mujer, sus ojos se cerraban solos y todo lo que deseaba era volver a casa. Estaba convencido de que a donde fuera que esas personas se dirigían eran malas noticias. Necesitaba escapar; pero no tenía idea de cómo.

 

Verotika bajó la vista al chico y casi compasiva le sonrió.

 

—Descuida Autor —dijo como notando la angustia del chico en sus brazos—. Ya no falta mucho, ¿ves eso allá adelante? —Señaló frente a ellos. Una desdibujada puerta muy parecida a la de la celda los esperaba al final del túnel—. Cuando te llevemos con nuestro señor todo se arreglará… y las cosas serán como siempre debieron ser.

 

Entonces, el hombre se adelantó y abrió la puerta.