¿Por qué nadie le dijo a mi yo de 14 años que crear mundos era tan difícil?

Capítulo 1: Noche Macabra

Al salir del túnel, se encontraron de frente con un bosque; sus imponentes árboles parecían los jueces del lugar. La fría brisa nocturna cortaba ligeramente el rostro del muchacho, en lo alto, las estrellas colgaban pálidas y la luna inundaba todo con su luz espectral.

 

—Vamos —ordenó secamente el hombre mientras los guiaba por un sinuoso sendero.

«Tengo que escapar», pensó el autor.

 

 

Algo en aquel lugar lo perturbó. Una terrible sensación le aprisionó las entrañas y una pesada angustia se alojó en su estómago.

 

Y sin tener un plan remotamente claro, el muchacho comenzó a moverse patéticamente para zafarse de los brazos de Verotika. Sin embargo, Verotika sólo se rio de su inútil intento y le enterró sus afiladas garras en la carne.

 

—¡Aaaaah! —El dolor lo hizo gritar.

 

Y antes de que su compañero se volteara para regañarla, tomo la cabeza del chico y ahogó su alarido entre sus pechos.

 

—Veo que no eres un hombre de palabra —dijo, presionándolo contra ella e impidiéndole respirar—. Creí que habíamos quedado en que te comportarías. Créeme, no suelo ser así en la primera cita, pero no estás dándome opciones…

—…Y necesito que te metas esto bien en la cabeza Autor —continuó, su voz ahora distante y venenosa—. no nos sirves de nada inconsciente, porque eres el único que puede completar el ritual.

 

La mente del chico estaba hecha un lío, el dolor no le permitía recordar casi nada, estaba confundido, desorientado y por encima de todo se sentía impotente. No sabía cómo había llegado allí, no sabía quién era esta gente que lo había encerrado, ni siquiera sabía por cuánto tiempo lo habían dejado en aquella celda.

 

Estaba aterrorizado.

 

Toda clase de extrañas sensaciones, sentimientos, olores, colores, sonidos se apoderaron de él, mezclándose sin forma aparente. Una masa sin forma, oscura y pulsante, lo ahogaba. Todo lo quería era gritar, huir, llorar y desaparecer de donde quiera que estuviese.

 

Verotika soltó su cabeza, y con lágrimas en los ojos él tosió y tomó grandes bocanadas de aire. El muchacho temblaba penosamente como una hoja al viento.

 

—Ya llegamos —anunció el hombre.

 

Estaban en medio de un claro. A su alrededor, las ruinas de lo que alguna vez había sido una antigua fortaleza, yacían casi consumidas por la vegetación.

 

El hombre se volteó ante ellos y miró al cielo.

 

Los rayos lunares le permitieron al autor por fin verle con total claridad. Era más alto que la mujer, pero caminaba ligeramente encorvado, su largo cabello platinado le daba un aura fantasmal y sus ojos rojos brillaban buscando algo entre las estrellas.

 

Al bajar la mirada, el autor notó algo que no había registrado antes, largos y finos cuernos negros salían de ambos lados de su cabeza. Una oscura capa y un revelador atuendo hecho de cuerdas atado a un apretado bañador era lo único que lo cubría.

 

—Tenemos que movernos rápido, la luna pronto llegará a su cumbre, si no nos apresuramos todo el plan se echará a perder —explicó—. Y Verotika, por nuestro señor, deja de perder el tiempo —ordenó casi en un gruñido.

—Bueno, la próxima vez que tengamos una de estas misiones, más vale que seas tú quien haga el trabajo pesado, Insomne —replicó fastidiada la mujer.

 

Al fondo del claro se asomaban los cimientos de lo que alguna vez habría sido una torre de vigilancia, ahora derribada y llena de hongos luminosos. En el centro había un gran caldero con largas llamas verdes, el olor que emitía era hediondo.

 

—Átalo a la silla, ¿quieres? —ordenó Insomne, en lo que recogía unas botellas y frascos, cuyo contenido el muchacho no tenía ganas de conocer.

 

A un costado del caldero había una pequeña silla de madera, ambos estaban conectados por una serie de círculos, con símbolos desconocidos dibujados en su interior, y un grupo de geodas enormes del mismo color de las llamas.

 

Verotika sentó al muchacho y lo ató.

 

—Creo que eso sería todo, hora de hacer tu magia —le dijo a Insomne, tras asegurar el último amarre—. Y tú tranquilo, sólo recita las palabras cuando sea tu turno —le susurró al oído, dándole un beso en la mejilla.

—¿Las…palabras? —preguntó ronco el muchacho.

—No te hagas el idiota, autor, haz lo que se te dice —replicó el hombre—. Pásame el veneno de mantícora, Verotika.

 

Insomne comenzó a revolver el fétido caldo a la vez que arrojaba el contenido de los frascos en el caldero. A su lado, Verotika sostenía un antiguo libro y recitaba una serie de cánticos en una lengua que, aunque el autor jamás había escuchado pronunciar, era capaz de entender.

 

 

Oh, Rey Necromante, que reinas sobre nosotros, regresa de tu exilio.

 

Oh, gran Rey dormido, oh, soberano regente de la oscuridad…

 

Nosotros tus servidores te invocamos, te necesitamos.

 

Te ofrecemos nuestra sangre, oh, nuestro Rey, oh, Señor nuestro.

 

 

En un parpadeo, todos los sonidos del bosque cesaron. Las estrellas fueron apagándose una tras otra, y el cielo se tornó de un color extraño. Al ver todo esto, Insomne y Verotika sonrieron dichosos entre ellos. Y esta última sacó el pequeño frasco con la sangre del autor y la vertió en el caldero.

 

 

Te hemos traído la más grande ofrenda de todas, oh, señor nuestro.

 

He aquí al autor de todas tus historias, de tus pesadillas y sueños,

 

contador de tus victorias y derrotas;

 

pero esta noche, oh, Señor de todos los señores que han gobernado,

 

y el último que gobernará,

 

esta inefable noche, está aquí para escribir tu regreso.

 

 

Las nubes giraban alteradas en el cielo, el aire se había tornado húmedo. La luna estaba tomando un brillante color rojo carmesí y en su centro una gigantesca brecha fue apareciendo, similar a los párpados de un ojo dormido.

 

Verotika e Insomne reían de júbilo ante tal espectáculo. 

 

Sus rostros estaban desfigurados de la felicidad; sus bocas eran demasiado grandes para sus caras, sus desorbitados ojos casi se les salían de sus cuencas, sus pupilas miraban hacia el interior de sus cabezas y ambos extendían sus brazos hacia la repugnante luna-ojo.

 

—Un par de demonios —susurró atónito el autor.

 

No lo había notado por el dolor y la confusión, pero el terror que estaba experimentando había aclarado un poco su mente. Las criaturas frente a él habían sido demonios todo este tiempo.

 

La capa que colgaba a las espaldas de Insomne se levantó y se extendió hacia el ojo, mostrando su verdadera forma: dos enormes alas de mariposa. Verotika hizo lo mismo, pero las suyas, más pequeñas, se asemejaban a las alas de un murciélago.

 

Ambos, tomados de las manos, daban vueltas en torno al caldero mientras los ingredientes burbujeaban y se quemaban en lo profundo.

 

Estaban extasiados, como dos polillas ante la llama de una vela.

 

Eran incapaces de ver nada más a su alrededor.

 

El autor reaccionó y se dio cuenta de que esta era la verdadera y última oportunidad que tendría para escapar. Se agitó en su asiento, intentando sacar sus puños y pies de sus ataduras, sus erráticos movimientos lo hicieron caer de lado y poco a poco fue arrastrándose, aún atado, lejos de los demonios.

 

El viento soplaba más fuerte que nunca y la luna-ojo que parecía que chocaría con la tierra se abrió. De su interior, gritos y colores extraños se retorcían y un par de ojos violetas brillaban en lo profundo de esa dimensión. Rayos salían en todas direcciones y el autor se detuvo en seco al casi ser impactado por uno.

 

— ¡¡Canta, canta, canta!! —entonaban eufóricos Verotika e Insomne dirigiéndose hacia el autor.

—¡Déjenme en paz! —gritó el autor fuera de sí.

 

Insomne salió de su transe por unos minutos y levantó del suelo al muchacho con sólo un brazo.

 

—Haz tu magia —amenazó, apoyándose en la silla y con las alas desplegadas. En estas, cuatro espantosos ojos se plasmaban—. Di las palabras y trae a nuestro soberano de vuelta, Autor. —Le gruñó sujetándole del manchado cuello de la camisa—. ¡No te trajimos desde tan lejos para que te acobardaras ahora! —le gritó.

 

Un rayo cayó al lado de ambos y el estridente sonido ensordeció al autor por unos minutos.

 

El muchacho volteó su mirada en dirección a donde el rayo golpeó tierra, y en donde había quedado una quemadura, un pequeño y extraño animal lo observaba con interés.

 

Era pequeño y de pelaje oscuro, a excepción de su cabeza, la cual tenía un tono más claro. Estaba parado en sus patas traseras y sus pequeñas alas las tenía frente a su pecho. Tenía el hocico abierto, su expresión era igual a la de un niño que acaba de ser atrapado haciendo algo que ya le habían dicho que no debía.

 

—Es como una nutria con un bebé pingüino empe…—se interrumpió el autor, sin completar la frase.

 

La mente del joven quedó en blanco por unos segundos, algo muy profundo en sus recuerdos se había desbloqueado y, a cuentagotas, diferentes imágenes comenzaron a brotar.

 

El autor estaba tan atónito que ni las sacudidas de Insomne, ni los gritos de Verotika, ni siquiera la maldita luna que se estaba cayendo lo hacían salir de su shock.

 

—¡Oye, oye! —gritó Insomne furioso, zarandeando al muchacho—. ¿Acaso no me escuchas o eres un retrasado?

 

Al escuchar esas palabras, el autor volteó hacia el hombre mariposa y lo miró, como si lo viese por primera vez.

 

Lo reconoció.

 

—¿Insomne…? —balbuceó el autor, como despertándose de un sueño.

—¡Sí, imbécil soy yo, ahora termina el maldito conjuro! —gritó cabreado—. Para poder matarte.

—¡Oye, nunca dijiste nada de matarlo! —bramó indignada Verotika, corriendo hacia ellos—. Esto no es justo, yo quería jugar un rato con él.

—¿Verotika? —le dijo sorprendido el autor.

 

La mujer empujó a Insomne de su camino y recorrió el rostro del muchacho con sus garras, hasta sujetar suavemente su mentón.

 

—No le hagas caso. Tú y yo quedamos en que jugaríamos cuando todo terminara, ¿recuerdas? —le preguntó, sonriéndole de forma coqueta—. A diferencia de ti, yo sí cumplo mis promesas, Autor… Así que, ¿qué dices? Recitas tu conjuro, traes de regreso a nuestro Señor y yo intercederé por ti para que formes parte de nuestras filas —propuso con dulzura, escondiendo su rostro en el cuello del joven—. Y tendremos el resto de la eternidad para divertirnos los dos.

 

El muchacho miró hacia el cielo nocturno, la luna-ojo los observaba con odio. Los azules rayos se habían incrementado, cayendo cada vez más cerca. La pequeña criatura que había visto el joven, se había escondido bajo uno de los hongos fluorescentes.

 

Finalmente, el autor había sido capaz de recordar y entender parte de lo que sucedía.

 

—Yo… nunca lo hice —dijo.

 

Verotika e Insomne lo observaron en silencio, ambos con rostros indescifrables.

 

—¿Qué? —soltaron al unísono.

—No existe un hechizo para traer a su rey de vuelta —explicó el autor con determinación—. Porque nunca lo escribí…

 

Los rostros de Verotika e Imsomne se torcieron de temor.

 

—No me jodas, Autor. —Insomne lo tomó por los hombros y estrelló su frente contra la de él—. Ya basta de juegos, ya basta de perder nuestro tiempo, recita el maldito conjuro si no quieres que te corte la tráquea aquí y ahora.

—No lo harás, tu rey jamás te lo perdonaría —replicó indiferente—. Él te mataría antes de que pudieras ponerme un sólo dedo encima.

—¡Pues entonces escribe un nuevo conjuro y ya! —le espetó Verotika.

—¿Es que no me escuchaste? ¡Nunca lo hice! —les soltó, molesto—. ¡Y aunque hubiese escrito el conjuro, no hay forma de que recuerde algo que escribí hace más de treinta años! —gritó tan fuerte que por un segundo todo quedó en silencio.

—¡¿Qué?! —Verotika e Insomne gritaron en shock.

—¡¿Cuántos años se supone que tienes?! —exclamó Verotika, incapaz de creer.

—¡Cincuenta y dos!

 

Al otro extremo del claro, una flecha de luz impactó contra el caldero, haciéndolo explotar. Pedazos de metal cortaron la espalda de Verotika y el líquido ardiente quemó las alas de Insomne. Ambos gritaban espantosos alaridos de dolor.

 

—¡Ahora! —gritó alguien a la distancia.

 

De entre los árboles, un gigantesco enjambre de avispas voló en dirección al autor. Él se tiró al suelo asustado tras verlas. Sin embargo, su objetivo eran Verotika e Insomne, quienes se revolvían de dolor en el suelo intentando sacárselas de encima.

 

Dos veloces figuras salieron de la oscuridad del bosque.

 

Un haz de luz atravesó el cielo, y en medio del aire, se convirtió en un masivo circuito mágico que invocó cientos de flechas, todas en dirección a la luna-ojo.

 

La abominación en el cielo gritó con sus millones de voces, y en su frenesí por defenderse de las flechas, lanzó sin pensar una serie de rayos en todas direcciones, que acabaron electrocutándolo.

 

—¡Héroe, cuidado!  —gritó una voz cerca del muchacho. Una espada partió parte de la silla que lo tenía prisionero.

 

El muchacho alzó la cabeza y vio a su salvador.

 

O más bien salvadora.

 

La mujer llevaba una oscura gabardina abierta, que exponía una brillante bikini-armadura de mallas.

 

—¿Barbie? —se le escapó el nombre de los labios. Se sentía lejano, pero familiar. Como una canción favorita que dejas de escuchar por mucho tiempo, pero un día oyes por casualidad y recuerdas porqué te gustaba tanto.

 

La mujer saltó sobre el muchacho, abrazándolo y frotando su rostro contra él.

 

—¡Héroe, héroe! ¡Me recuerdas, recuerdas a Barbie! —exclamó la mujer, alzándose la capucha que la cubría.

 

Ella tenía una larga y salvaje melena roja con pequeñas cuentas doradas tejidas en trenzas, unas pequeñas marcas pintadas en los pómulos del mismo color y sus orejas no eran humanas…

 

Era una mujer gato.

 

—¡Tenemos que irnos!, Storga no podrá distraerlos más tiempo —dijo Barbie ,levantando al autor y cargándolo de la misma manera que Verotika había hecho.

—¡Espera! ¿Y qué hay de la luna-ojo, la cosa en el cielo? —preguntó el autor, preocupado.

—¡Ah! No te preocupes por eso, Héroe —ronroneó despreocupada—. Ellos hacen esto cada fin de semana. ¡Lo nuevo fue el que aparecieras otra vez! Todos creyeron que no te volveríamos a ver. ¡Pero Barbie nunca dudó! Bueno tampoco Mamimmi ni Storga…—dijo bajando las orejas y moviendo su larga y peluda cola nerviosamente—. Siempre supimos que regresarías para salvarnos. Aunque creo que esta vez te salvamos a ti, Héroe.

 

El autor estaba aliviado.

 

Pese a que no entendía todo lo que le decía, se sentía a salvo con ella.

 

—Muchas gracias —susurró.

 

Barbie le sonrió con dulzura. Pequeñas lágrimas se formaron en sus ojos.

 

—¡Hora de irnos! —mencionó agitada una mujer a sus espaldas—. Las flechas los mantendrán a raya, pero no podemos quedarnos más… —calló. Sus grandes ojos claros miraban sorprendidos al autor en los brazos de Barbie.

 

Sonrió.

 

—Barbie, Héroe, móntense, es hora de volver a casa —dijo sonriendo.

 

El autor no se había dado cuenta, pero la mujer a sus espaldas era una centaura. Barbie colocó al muchacho en el regazo de su amiga y luego se montó en ella. En todo momento Barbie acariciaba delicadamente el cabello del autor.

 

—Agárrense bien —advirtió la centaura de ojos claros y dulce voz.

 

Sus fuertes patas parecían volar a través del claro. En el trayecto dibujó en el aire una serie de símbolos que invocaron unas enormes raíces y zarzas que cubrían sus espaldas, impidiendo que los siguieran.

 

—¡Storga, regresa! —gritó la centaura hacia el cielo.

 

El sonido de avispas se escuchaba acercándose en la distancia.

 

De entre las copas de los árboles, una figura alada alzó vuelo y les siguió desde las alturas.

 

—Storga es genial —concedió Barbie riéndose.

—¡Oye!, ¿y qué hay de mí? Yo también me esforcé, ¿sabías? —intervino la centaura, fingiendo sentirse ofendida.

—Mamimmi, ¡tú sabes que eres la mejor de todas! —le dijo entre risas, dándole pequeños besos en su espalda desnuda.

—¡Aaaah! —gritó Mamimmi al sentir sus besos—. ¡Barbie, detente! Tus bigotes…

 

La centaura se rio tan fuerte que por poco se cae junto con sus compañeros.

 

Al bajar la mirada, Barbie se dio cuenta de que el héroe se había desmayado del cansancio en sus brazos.

 

—Todavía no puede creerlo —ronroneó en voz baja.

—Yo tampoco… —susurró Mamimmi, saltando con ligereza sobre un árbol caído —. Cuando escuché de las golondrinas, que Verotika e Insomne planeaban invocar al Necromante otra vez y en tan poco tiempo, sólo creí que estaban desesperados. Pero esto es algo…sin precedentes. 

—¿Acaso ellos tuvieron al Héroe secuestrado todo este tiempo? —preguntó Barbie consternada, al instante su pelaje se levantó haciéndola ver más grande de lo que era y mostrando sus largos colmillos—… Si esos infelices tuvieron al Héroe encerrado todo este tiempo yo… yo… —rugió al borde de un ataque de ira.

 

Sintiendo su angustia, el autor despertó, se removió entre sus brazos y posó su cabeza a un costado del cuello de Barbie, calmándola de inmediato.

 

Ella estaba a punto de llorar, todo lo que deseaba era abrazar al héroe, pero él estaba tan lastimado que tuvo que contenerse

 

—Todo estará bien Barbie, mira —afirmó Mamimmi señalando al cielo.

 

Este comenzó a despejarse, las estrellas empezaron a aparecer de nuevo, la luna fue retrocediendo y la brecha en ella se fue cerrando, ahogando los gritos de los malévolos entes que habitaban del otro lado.

 

El pesado ambiente se fue despejando, haciendo más fácil el respirar, y la fría brisa nocturna que cortaba ligeramente el rostro de Barbie dejó de molestarle.