¿Por qué nadie le dijo a mi yo de 14 años que crear mundos era tan difícil?

Capítulo 2: Responsable

Papá, ¿cuál es tu animal favorito? preguntó el niño.

Mmm… contestó el señor escribiendo en su celular—, ¿qué dijiste?

¡¿Cuál es tu animal favorito?! insistió el niño.

¿Qué están haciendo los hombres de la casa? preguntó una mujer al entrar.

Le estoy diciendo a tu hijo cuál es mi animal favorito dijo el padre.

¿Ah sí? replicó la mujer extrañada, ¿y cuál es tu animal favorito?

Mmm… Pensó el hombre por unos momentos, acariciándose la barba—. La verdad no sé si son mis favoritos, ¿pero sabías que las nutrias conservan una piedra que les regalan sus padres por toda su vida?

¿En serio? contestaron sorprendidos madre e hijo al unísono.

No recuerdo dónde escuché eso, tal vez en un almanaque… ¿o fue un documental? se cuestionó el hombre mirando hacia arriba, como si la respuesta fuera a encontrarla en las grietas del techo.

¿Y a mí no me vas a preguntar por mi animal favorito? le preguntó la madre a su hijo.

¡Ah sí! exclamó el niño corriendo hacia ella y posando su cabeza en su regazo—. ¿Cuál es tu animal favorito, mamá?

La verdad es que me gustan muchos animales dijo la mujer mientras formaba un rizo con su pelo—, pero si me das a escoger, creo que mi favorito sería el pingüino respondió suavemente.

¿Cómo el de los libros? preguntó el niño sorprendido por la respuesta.

 

La madre dejó escapar una risita.

 

Sí, como el de los libros.

 

 

 

—L-li-br…— balbuceó el muchacho entre sueños.

 

El héroe estaba acostado en una cama demasiado grande para el tamaño de la habitación, había amplias ventanas por donde el viento soplaba suavemente.

 

Los rayos del sol le pegaron en la cara, despertándolo poco a poco.

 

Con los ojos abiertos se giró hacia la ventana contraria, huyendo del sol; distante resaltaba a la vista un frondoso árbol alzado sobre una pequeña colina florida en la que también se encontraba Barbie.

 

Ella llevaba una camisa blanca demasiado grande, en una mano sostenía una corona de flores y en la otra una gran canasta. Detrás de ella había un tendedero, donde colgaba la ropa del muchacho.

 

—Squeek, Squeek. —Un sonido lo distrajo de la vista exterior.

 

Era la misma criatura que había visto en el lugar del ritual. Yacía dormida, enrollada y haciendo sonidos sutiles entre sueños. Era tan ligero que no había notado que estaba allí en primer lugar.

 

—¡Despertaste! —sonaron unas voces desde una esquina de la habitación.

 

Allí una gran muñeca articulada de madera sentada en una sillita lucía un inmaculado vestido y un sombrero de ala ancha y mimbre blanco.

 

El joven notó cómo la figura giró hacia él, permitiendo ver un rostro liso, sólo interrumpido por una larga y profunda grieta que iba desde su frente hasta la cuenca del ojo izquierdo, vacía. La otra cuenca era ocupada por una tenue luz blanca.

 

—Despertaste, Héroe —repitieron las mismas voces de antes.

—¿Tú… eres Storga, cierto? —preguntó él, un poco asustado mientras bajaba de la cama.

 

El movimiento le provocó un fuerte dolor punzante.

 

—¡Ahhhgg…! —se quejó mientras llevaba las manos a su costado izquierdo.

 

Storga corrió rápidamente hacia el joven.

 

—No se mueva —dijo ella mientras lo tendía otra vez en la cama—. Debe mantenerse recostado, aún no se ha recuperado de sus heridas.

 

Ella se quedó sentada junto a él. Ninguno pronunció alguna palabra por unos minutos, hasta que ella sostuvo una de las manos vendadas del muchacho entre las suyas y la besó.

 

Aunque Storga estaba hecha de madera, el héroe pudo sentir el calor de sus labios. 

 

—Barbie estuvo dos días enteros a su lado. Mamimmi y nosotros nos preocupamos por ella. No quiso levantarse, bañarse o siquiera comer con tal de no separarse de usted ni un segundo —dijeron sus extrañas voces con una profunda tristeza—, creyendo que usted volvería a desaparecer.

 

El muchacho volteó hacia la ventana nuevamente. Barbie estaba jugueteando con unas mariposas azules que se le enredaban en su indomable cabello.

 

—Pero le dijimos que nosotros podíamos cuidarlo hasta que despertase —continuó Storga.

 

Su pequeña boca tallada pareció arquearse en una sonrisa.

 

—Nosotros también lo extrañamos mucho, Héroe.

—¿¡Se despertó!? —gritó emocionada Barbie desde el otro lado del prado—Barbie te escuchó hablar, Storga —comentó juguetona corriendo hacia ellos, soltando lo que traía consigo.

 

Pero en su entusiasmo no vio por donde iba y se tropezó, cayendo de cara.

 

—Barbie… Barbie escuchó que estaban hablando entre ustedes —dijo de nuevo, levantándose y acercándose, cojeando hacia la ventana—, pero luego escuchó la voz del héroe y Barbie se alegró tanto que corrió para darle los buenos días.

 

Storga se levantó de la cama y sujetó la mano de su amiga, quien intentaba entrar por la ventana.

 

—Debes tener más cuidado —musitó Storga suavemente.

 

Sus voces por un segundo se tornaron en una sola mientras, sujetando una de las mejillas de Barbie, cerró los ojos posando brevemente su frente contra la de ella.

 

Este pequeño acto hizo que Barbie se calmara, suspendiendo así toda emoción. Esto no duró mucho, pues Storga hizo reír a su amiga quitándose el sombrero y liberando de su cabeza un denso humo morado que al disiparse iba dejando estelas con formas curiosas.

 

—Buscaremos un cuenco y medicina para limpiarte la herida en la frente y tus rodillas —dijo despacio, caminando hacia la puerta—, y también unas vendas limpias para su cabeza, Héroe.

 

Storga se detuvo en el marco de la puerta y lo miró una vez más.

 

—Bienvenido de vuelta, Héroe —pronunció antes de salir.

 

Barbie se quedó observando la puerta por la que había cruzado su amiga, sonriendo.

 

—No sabes cuánto te quiere —le susurró Barbie.

 

El muchacho comenzó a tener una sensación de pesadez en el estómago, muy similar a la que tuvo con sus captores días atrás. Con mucho esfuerzo él se reincorporó.

 

—Barbie…—fue interrumpido.

—¡¿Un urrapapau?! —exclamó Barbie tras identificar al animal que descansaba junto al chico—. ¡Barbie pensó que ya no existían!

 

El muchacho intentó callar a la mujer gato. Sorprendentemente, el ser no se despertó a pesar del ruido. Apenas se estiró perezoso y bostezó. Le acarició la barbilla y este se frotó contra su mano, dócil.

 

«Tal vez por eso no quedan muchos», pensó el chico.

 

Mamimmi abrió la puerta seguida de Storga, quienes ya contaban con todo lo necesario para las curaciones.

 

Los ojos de Mamimmi brillaron al ver al héroe y Barbie juntos.

 

—¿Terminó la siesta? —preguntó bromeando la tercera compañera.

 

Como no había suficiente espacio en la habitación para que todas permanecieran de pie, decidieron sentarse en torno al héroe sobre la cama.

 

«Debes estar bromeando, nos vamos a caer», pensó el chico.

—No pongas esa cara, Héroe —contestó Mamimmi, viendo la expresión desconfiada del muchacho—. La cama está reforzada especialmente para sostener nuestro peso sin problemas.

—¿Ustedes duermen juntas? —preguntó él.

—No —dijo pícara Barbie al otro extremo de la cama—. Storga no puede dormir, ¿recuerdas? Sólo Mamimmi y yo.

—¿No has pensado que tal vez hay un motivo por el que la cama es tan grande? —agregó Mamimmi.

 

El muchacho dejó escapar una carcajada y Mamimmi lo observaba con curiosidad.

 

—Acércate y dame tu brazo, yo te cambiaré esos vendajes. Storga, tú encárgate de Barbie y que no intente lamerse sus heridas como la otra vez.

 

Storga afirmó con la cabeza, colocó los frascos de medicina en la cama y se dispuso a limpiar las heridas de Barbie.

 

—¡No, no le pondrás esa cosa a Barbie otra vez, huele mal y arde! —replicó ella, cubriéndose la frente y ocultando su rodilla bajo las sábanas.

—Eso significa que está haciendo efecto, Barbie —respondieron sus voces con calma.

 

El humo de Storga tomó la misma apariencia que antes la había hecho reír.

 

Ella se relajó al verlas y se descubrió la frente.

 

Storga la acarició por detrás de una de sus orejas, haciendo que su amiga sonriera y moviera la cola, contenta.

 

Mamimmi volteó para asegurarse de que estuvieran haciendo bien lo que les había pedido mientras ella terminaba de cambiar los vendajes.

 

El muchacho veía en silencio a las tres mujeres en la cama.

 

Era una escena doméstica, las tres amigas atendiéndose, haciéndose reír, preocupándose la una por la otra.

 

Pero algo no estaba bien con el Héroe.

 

Pero algo no estaba bien con el Autor.

 

Pero algo no estaba bien con el Muchacho.

 

Algo no estaba bien en Él.

 

La angustia que se había acumulado en su estómago se fue filtrando al resto de su cuerpo. Sentía el cuerpo frío y caliente a la vez, sus brazos y piernas pesadas, el corazón le estaba palpitando con rapidez, no podía respirar y su mente estaba turbada, como si un muro nebuloso le impidiese ver el camino.

 

Estaba extraviado en un lugar que debía conocer, pero que no podía recordar.

 

«Storga, Barbie, Mamimmi… ¿Qué hacen aquí? ¿Qué hago yo aquí?».

 

¿Héroe?

¿Amigo?

¿Autor?

 

—¿Kyu? —Un sonido familiar lo sacó de su trance.

 

Ahora el urrapapau estaba despierto y lo miraba con intensidad. Sabía que intentaba comunicarle algo, pero él no era capaz de entenderlo. Una nueva caricia no tuvo efecto.

 

Al alzar la cabeza, el muchacho vio que aún seguía sentado en la cama rodeado por sus amigas visiblemente preocupadas.

 

—¿Héroe? —inquirió Mamimmi cubriendo su mano entre las de ella.

 

Él cerró los ojos y tomó aire, lo que estaba a punto de hacer iba a ser difícil.

 

—Chicas… necesito hablar con ustedes —dijo seriamente.

 

Las tres mujeres asintieron.

 

Los recuerdos del héroe aún continuaban difusos, pero creía recordar lo necesario.

 

—Escuchen, no tengo idea de cómo llegué aquí. Ni siquiera sé cuánto tiempo fui prisionero de esos dos. Pero quiero que sepan algo: todo este tiempo ustedes me han llamado “Héroe”, pero no recuerdo haber hecho nada heroico. Quiero decir… —el muchacho suspiró. Su cabeza le volvía a doler—. Lo que intento decir es yo… no soy ningún héroe.

—¿De qué hablas? ¿No recuerdas la misión Ópalo Oscuro? —preguntó Barbie.

—¿La vez que salvamos a un grupo de enanos de una jauría de elementales del fuego? —añadió Mamimmi.

—¿O cuando salvamos de la muerte no sólo a una aldea, sino a todo un grupo de golems que habían sido manipulados contra su voluntad? —completó Storga.

 

El muchacho cerró los ojos y negó con la cabeza.

 

—No —susurró.

 

Sus amigas se miraron entre sí, asustadas.

 

—¿Ustedes escucharon cómo me llamaban Verotika e Insomne, cuando intentaron convocar a su rey? —preguntó despacio el muchacho, eligiendo con cuidado sus palabras. 

—Autor —respondió Barbie—, ellos te llamaron autor.

—Sí —contestó, mirándolas a los ojos—. Eso es porque yo… —suspiró—. Yo escribí este mundo.

 

Las chicas estaban en silencio.

 

—¿Qué? —replicó confundida Storga.

—No tengo cómo demostrarlo, pero… —continuó él mirándose las manos—. Cuando era joven, mi pequeño grupo de amigos y yo pasábamos todo el tiempo leyendo historietas y viendo series de fantasía con caballeros, dragones, elfos y hadas. Siempre soñábamos con vivir en un mundo así.

 

El muchacho en algún momento había cerrado sus ojos, y al abrirlos vio sus puños temblorosos y empapados de sudor.

 

—En ese entonces existía esta historieta, era mi favorita. ¿Cómo se llamaba?... “Solo quedan 10,000,000 km para llegar”. Era una historia larguísima sobre una compañía de guerreros cuya única misión era entregar un mensaje de su rey a un país lejano.

 

Prosiguió sin atreverse a ver a las chicas.

 

—En el trayecto vivían toda clase de aventuras. Como no me conformaba con sólo leerlas y no sabía dibujar ni un círculo, me animé a escribir mis propias historias en donde acompañaba a los personajes principales. Con el tiempo fui añadiendo elementos que me gustaban y sin darme cuenta acabé creando este mundo.

 

Ya mirándolas, incrédulas, un largo silencio llenó la habitación.

 

—Pero eso no tiene sentido —dijo Barbie confundida— ¿Cómo alguien puede hace algo así?

—No lo sé, pero el hecho de que yo esté aquí con ustedes…—intentó explicar el joven, sin éxito.

 

Él realmente no sabía cómo su mundo había cobrado vida.

 

—¡Espera! Pero ¿no podría estar bajo un hechizo de Insomne?—cuestionó alarmada Barbie a sus amigas—. Tal vez no nos recuerda y piensa esas cosas raras por culpa suya.

—No Barbie, hemos peleado contra él muchas veces, su magia ilusoria no funciona de esa forma —respondió Mamimmi—. Yo lo hubiera notado —agregó para sí.

 

La muñeca sólo observaba en silencio.

 

Mamimmi la vio de reojo.

 

—Storga, ¿Pueden ver su aura? —le preguntó seriamente.

 

Ella asintió.

 

—Dinos lo que ves, Storga —ordenó Mamimmi monótona—. ¿Está diciendo la verdad?

 

Las llamas de sus ojos se tornaron de un color azul intenso.

 

El joven estaba nervioso, pero no tenía nada que esconder.

 

Tras verlo con detenimiento por un par de minutos, Storga bajó la cabeza y las luces de sus ojos se apagaron.

 

—No está mintiendo… —susurraron de forma extraña sus voces.

 

Barbie estaba sentada con sus manos cubriéndose la boca e intentando entender. Mamimmi permanecía inmóvil con los ojos cerrados y los brazos cruzados encima de la cama. Y Storga miraba intensamente al chico.

 

—Si es así… —razonó Storga, cuyas voces sonaban como si pelearan entre sí para salir—, quiere decir que eres la razón de todas las cosas malas que nos han pasado.

—No, ¡no! —negó consternado—. Yo jamás escribí sobre ustedes para hacerlas sufrir ¡Te lo juro! De haber sabido que ustedes serían reales nunca hubiese escrito nada en primer lugar.

 

De improvisto, Storga se levantó de la cama, extendió unas enormes alas oscuras y voló hacia afuera por la misma ventana que había usado Barbie para entrar.

 

Había salido disparada tan rápido que su sombrero blanco se le cayó encima de la corona de flores que Barbie había olvidado cerca de la colina. Y sin él, terminó revelando un gran agujero en su cabeza del que salía un largo rastro de humo que dejaba a su paso.

 

—¿Eso significa que no existimos? —se preguntó Barbie con sus orejas pegadas a la cabeza y su cola enrollada entre sus piernas.

 

Ella no entendía qué significaba el no existir. Pero sabía lo que significaba no importarle a nadie y no quería sentirse así.

 

No de nuevo.

 

—No, Barbie, claro que eres real —respondió el autor con dolor.

—Así es —reafirmó Mamimmi, tomándola de las manos y por un segundo miró de reojo al autor—. ¿Cómo vas a decir eso? —le preguntó a la chica felina.

—Es que el héroe dijo… —contestó ella en voz baja.

—Barbie, mírame —pidió tomándola suavemente del mentón—, puedes sentir el sol de la mañana, ¿no es así? Ríes cada vez que te hago cosquillas en la panza, te enfermas cada vez que comes lo que Storga cocina, te molestas cada vez que te empapas de lluvia y te alegras cada vez que juegas con los niños de la villa. Todas nuestras experiencias hacen quienes somos. Todo lo que sentimos y hasta lo que no. Puede que sea cierto lo que el héroe dice y sólo seamos los personajes de una historia, pero ¿no lo somos todos? Todas las personas a las que hemos ayudado, los buenos y malos recuerdos que hemos vivido, eso es real, Barbie —explicó, peinando la melena de su amiga—. ¿O me dirás ahora que el amor que siento por ti y Storga no es real? —inquirió una triste Mamimmi.

—¡No, no, no! —gritó Barbie aterrorizada y abrazando el pecho desnudo de su amiga centaura—. Claro que no, claro que no, yo sé que tú quieres a Barbie y a Storga. Cuando el héroe desapareció nunca nos abandonaste, dejaste tu fuente y te quedaste con nosotras. Siempre has estado con Barbie y ella te lo agradece mucho, mucho, pero mucho, mucho.

 

Barbie se puso a llorar y Mamimmi la abrazó y meció entre sus brazos hasta que se cansó. La centaura le susurró algo que la hizo levantarse y salir cojeando de la habitación, no sin antes mirar al héroe con preocupación.

 

Ninguno de los dos pronunció una palabra. El autor no sabía qué decir y Mamimmi sólo miraba la puerta por la que Barbie había salido, dándole la espalda.

 

—Mamimmi… —comenzó a decir el autor.

—Por favor. ¿Héroe, Autor? Como te llames, sólo cállate —replicó ella sin voltearse.

 

Las cigarras comenzaron a cantar.

 

—Cuando desapareciste, Barbie y Storga quedaron devastadas. Estuvieron semanas esperándote en nuestra colina. Llegué a pensar que morirían de tristeza.

—Mamimmi, no puedo acordarme de todas las cosas que escribí: lugares, fechas, personajes…

—¡No te refieras a nosotras como personajes! —Volteó iracunda.

—Lo siento —se disculpó el autor.

 

La centaura suspiró.

 

—No, está bien. Yo lo lamento, no debí haberte gritado —dijo dándole la espalda y cubriéndose los ojos—. No tienes la culpa de nada de esto.

 

La cola tejida con flores de Mamimmi daba pequeñas sacudidas. Estaba pensando en qué decirle al Autor.

 

—Si Storga estuviera aquí, sé que me pediría que te castigara de alguna forma, más por lo que le hiciste a Barbie que por lo que le hiciste a ella; pero no pienso hacer eso. Sin embargo,  como diosa y guardiana de estas tierras sí te ordenaré una cosa.  Ayuda a Barbie y Storga a encontrar a sus familias y escríbeles un final feliz.

—Mamimmi, yo no sé cómo hacer eso… —contestó el autor dudoso ante tal responsabilidad.

—Ya encontrarás la manera, siempre lo has hecho —aseguró ella.

 

Ambos callaron unos instantes, observando el paisaje tras la ventana.

 

—Lo haré, pero… —titubeó—. ¿No me pedirás algo para ti? —preguntó el autor.

—Sólo contéstame una pregunta —exigió ella tras unos segundos.

—Dime.

—¿Cómo acababa?

—¿Qué cosa?

—Tu historia favorita, la de los mensajeros.

—¡Oh! pues… en realidad nunca lo supe.

—¿Y eso? ¿Dejó de gustarte?

 

Un escalofrío recorrió el cuerpo del joven tras recordar.

 

—El autor falleció antes de escribir el final.