¿Por qué nadie le dijo a mi yo de 14 años que crear mundos era tan difícil?

Capítulo 3: Nueva Oportunidad

La noche era oscura y sin estrellas.

 

Storga se había escondido en lo profundo del bosque para no pensar en lo que el héroe les había revelado. La noticia la tenía perturbada.

 

—No existir… no suena tan diferente de cómo estamos ahora —dijo pensativo uno de los espíritus en su interior.

—Esto es más allá que sólo estar muerto. ¡Idiota! —replicó molesto otro.

—¿Entonces nunca vivimos en primer lugar? —musitó uno, confundido.

—¿Para qué mierda nos esforzamos entonces si nada existe? —espetó furioso otro.

—¡Maldita sea!, ¿entonces él creó este mundo sólo por mórbido placer o qué? —gritó uno frustrado.

—¡Se los dije! ¡Jamás debimos confiar en ese niñato! ¿Pero alguno me hace caso? ¡Nooo! ¡Jamás debimos salir de ese maldito sótano en primer lugar!

—¡¡¡Ya basta!!! —gritó Storga, callando las voces de los espíritus que la poseían.

 

Llevaban horas discutiendo sobre qué hacer, pero no llegaban a ningún acuerdo.

 

Las avispas que vivían dentro de ella tampoco parecían estar contentas con los recientes acontecimientos.

 

Eso o estaban molestas por el escándalo.

 

—¿Storga? —la llamó una voz a sus espaldas.

 

Era el antiguo espíritu de una can, sacrificada para ser la guardiana de un olvidado cementerio. Era muy buena ayudándole a mantener al resto en orden.

 

Su aura, aunque agitada, parecía la más estable de todas.

 

—Por favor Hudinni, no quiero pensar en nada ahora —contestó, escondiendo su rostro entre sus piernas—. Sólo déjame sola.

—Lo siento mucho Storga, pero necesito que me escuches —dijo suavemente.

 

Storga sólo hizo un pequeño quejido de resignación.

 

—Entiendo que lo que dijo el héroe es… aterrador. Pensar por más de un segundo en eso… —La can movía la cola con nerviosismo—. Pero tú lo sentiste, ¿no? Su aura no era malévola, se sentía culpable. Él dijo que hizo este mundo para compartirlo con sus amigos, creo que eso dice mucho de él. Quería ser un héroe y se volvió uno, quería tener aventuras y las tuvo. Sólo era un niño divirtiéndose, jamás creyó afectar a nadie con eso.

—¿Y qué? Creó unos juguetes con vida y cuando se cansó sólo nos botó, Hudinni —respondió Storga, molesta.

—Eso no lo sabemos Storga, él perdió sus recuerdos.

 

Ella miró a Hudinni con sorpresa, había estado tan enfocada en su propio dolor y tristeza que había olvidado ese detalle.

 

—Storga, creo que lo mejor sería regresar…

—¿Para qué? ¿Para que nos mienta? —interrumpió frustrada—. ¡No gracias, no quiero volver a ver su cara o escuchar su voz otra vez! ¡No volveré nunca!

 

Varios de los espíritus que debatían tras de ellas gritaron en apoyo, estaban muy asustados y confundidos como para querer regresar y confrontar al héroe por respuestas. Sin embargo, otros gritaban pidiendo regresar para vengarse del héroe por el destino que les había tocado.

 

Aunque Storga deseaba de alguna manera hacer pagar al héroe por ser el origen de todo lo malo que había en el mundo, se sentía demasiado abrumada para tomar una decisión.

 

—¿Entonces piensas abandonar a Mamimmi y Barbie?

 

Los espíritus callaron súbitamente.

 

A la distancia se escuchaba el suave rumor de un arroyo, el ligero rozar del viento contra las hojas de los árboles y los indescifrables sonidos de las criaturas de la noche.

 

—¿Qué? —susurró Storga, encendiendo las llamas blancas de sus ojos.

—Me oíste bien, sabes que no hay forma de que Mamimmi y Barbie abandonen al héroe, y conociendo lo testarudas que pueden llegar a ser, ellas viajarían hasta el fin del mundo para encontrarnos. Desperdiciaríamos toda nuestra vida huyendo de los únicos seres que nos han amado.

—¿Estarías dispuesta a vivir de esa manera, Storga?

 

Los espíritus comenzaron una nueva discusión, varios de ellos tenían sentimientos encontrados por el héroe, pero ninguno deseaba abandonar a Mamimmi y Barbie.

 

—¿Por qué lo defiendes, Hudinni? —preguntó Storga fríamente.

—¿Recuerdas cuando nos encontraron en ese sótano? ¿Y por cuánto tiempo le tuvimos miedo a la oscuridad porque nos recordaba a ese lugar? ¿Acaso olvidaste esa soledad, Storga?

—Espíritus malignos o no, por mucho que nos mintamos, todo lo que queríamos era que alguien nos ayudara. —La can se levantó girando en torno a la muñeca—. Cometimos muchos errores y lastimamos a mucha gente, pero él escuchó nuestra versión de la historia, al menos la que podemos recordar y nos perdonó. Luego nos aceptaron…

­—No quisiera que nadie se sintiera como nosotros en ese sótano.

 

Las luces de sus cuencas se apagaron y Storga soltó un desgarrador alarido sin voz. Humo morado salió a presión de su cabeza rota, desbordando la cueva donde estaban ocultos. Ningún animal ni criatura se atrevió a hacer un sólo sonido.

 

Al terminar, Storga cayó de rodillas y su cuerpo no paraba de temblar a pesar de no poder sentir frío.

 

A excepción de uno de ellos, todos los espíritus se escondieron en lo más profundo de la muñeca y no volvieron a pronunciar una sola palabra.

 

—¿Te sientes mejor? —preguntó Hudinni.

 

Pese al episodio de Storga, ella no se había movido de su lugar. Sus ojos rojos reflejaban una fuerte determinación.

 

—A veces quisiera poder llorar —contestó en un susurro con las voces de los espíritus.

 

La can se acercó a la muñeca arrodillada y frotó su oscura cabeza contra ella. Storga se quedó sin reaccionar por varios minutos, hasta que la rodeó entre sus brazos.

 

—No las hagamos esperar más —dijo Hudinni antes de desaparecer.

 

Storga se levantó con esfuerzo, sentía como si hubiese luchado mil batallas, pero estas aún no terminaban. Se dirigió a la entrada de la cueva para extender sus enormes alas y mirar el cielo nocturno. Continuaba nublado.

 

Pero no importaba, había dejado de tenerle miedo a la oscuridad hacía mucho tiempo.

 

 

Barbie y Mamimmi estaban esperando a Storga fuera de la casa. Ambas estaban convencidas de que volvería, pero ya habían pasado dos días y empezaban a preocuparse. Barbie no podía permanecer quieta, los esfuerzos de Mamimmi no eran suficientes para relajarla.

 

Tenía miedo de que su amiga no regresara o que le hubiese sucedido algo.

 

Durante ese tiempo, el autor había permanecido en cama. El esfuerzo emocional y físico que le había tomado el hablar con sus amigas le había drenado toda su energía.

 

—Esa es… —dijo para sí Barbie, observando una silueta en la distancia—. ¡Mamimmi! ¡Mamimmi, mira! —gritó la felina señalando al cielo.

 

Barbie y Mamimmi corrieron hacia su amiga que acababa de aterrizar.

 

La mujer gata se tiró sobre ella y la abrazó con fuerza, Mamimmi permaneció varios pasos lejos de ellas para darles espacio.

 

—¡Sabía que no nos dejarían! —exclamó Barbie entre lágrimas.

 

Ella sintió una punzada de culpa tras oír eso.

 

—No, claro que no —contestó Storga incorporándose y acariciándole la mejilla a su querida amiga—. Yo jamás las abandonaría —aseguró besándole las lágrimas a Barbie.

 

Ambas se levantaron del césped y Storga caminó hacia la centaura. Al estar frente a ella hundió su rota cabeza humeante en su pecho, apenas cubierto por sus largos mechones dorados.

 

Barbie se le acercó por la espalda y la abrazó mientras Mamimmi le acariciaba las alas, ahora encogidas.

 

Este dulce gesto hizo recordar a Storga esos primeros días cuando apenas acababa de unirse al grupo y le seguía teniendo pavor a la oscuridad. Sus amigos siempre se turnaban para hacerles compañía durante la noche.

 

El héroe les contaba sobre todos los lejanos países que visitarían juntos.

 

Barbie les relataba graciosas anécdotas de misiones que habían tenido, pero nunca llegaba a terminarlas por su estruendosa risa.

 

Y Mamimmi, siempre los recostaba contra su pecho y los mecía durante toda la noche.

 

Fue con sus amigos donde descubrió las tres cosas que para ella eran las más hermosas del mundo.

 

La eufórica risa de Barbie.

La hermosa sinfonía que era el corazón de Mamimmi.

Y la voz del héroe.

 

«En qué estaba pensando, este es mi hogar», pensó Storga.

 

Las tres amigas permanecieron juntas por un largo rato.

 

—Storga… —musitó Barbie tímidamente, separándose—. Ustedes… pues… si quieren… es decir, no tienen que… pero…

 

Mamimmi se acercó a Barbie y la acarició detrás de sus orejas, relajándola.

 

—Lo que intenta decir Barbie —interrumpió la diosa, colocando su otra mano sobre los hombros de Storga—. Es que si necesitan tiempo para pensar las cosas no nos entrometeremos.

—Pero recuerden que estamos aquí para lo que necesiten —dijo Barbie, parecía avergonzada, como si de repente no supiera cómo interactuar con su amiga—. Si en algún momento desean hablar, escucharemos lo que quieran decir.

 

Storga se quedó en silencio mirando el pasto y volteó la mirada hacia la cabaña donde vivían.

 

Pensó en el héroe.

 

La ira y el miedo de los espíritus ardían en su pecho.

Storga asintió hacia sus amigas y juntas entraron en la casa.

 

 

Escuchar a Storga no fue fácil para Mamimmi o Barbie.

 

Fue honesta con ambas, sus amigas fueron el motivo por el que había decidido volver. Sus sentimientos por el autor, aunque continuaban confusos, eran en su mayoría negativos.

 

Pero el amor que sentía por ellas era mayor a la ira que sentía por él.

 

Storga pensó en las palabras de Mamimmi: «“Aún no tenemos un plan, pero él tiene una misión”».

 

Ella estaba sentada en la esquina del cuarto del héroe mirando a través de la ventana.

 

Mamimmi y Barbie dormían al pie de la colina de flores, ambas estaban exhaustas tras permanecer despiertas esperándola.

 

—¿Storga? —inquirió el muchacho al despertar, incorporándose con menos dificultad de la cama.

—¿Puedes levantarte? —preguntaron las voces.

—Creo que sí…

—Déjanos ayudarte —dijo, tomándolo del brazo para que se apoyara.

 

Storga sostuvo al muchacho y ambos se sentaron en el marco de una ventana. Permanecieron en silencio observando cómo las largas sombras que formaba el atardecer cubrían todo a su paso.

 

—¿Ya te lo dijo Mamimmi? —preguntó él.

—Sí, esta nueva misión no es tan diferente de la original —contestaron sus voces.

—¿La misión original? —preguntó confuso.

 

Storga no sabía qué pensar de él.

 

En ese momento, el aura del muchacho se sentía pesada y abrumada, pero lo más seguro es que fuese por la confusión y la ansiedad, no necesariamente porque tuviera malas intenciones o estuviese ocultando algo.

 

Muy en el fondo, una parte de sí deseaba creer en el chico. Seguir pensando en él como un noble héroe que los había rescatado alguna vez de la desesperación y no como un cruel dios que abandonó su creación a su suerte.

 

—Lo siento, Storga —dijo el muchacho.

 

La muñeca se giró hacia él con sus cuencas vacías.

 

—Sólo puedo imaginarme cómo te debes sentir, pero… —El muchacho sentía su cara acalorada—. Yo escribí mis historias sobre ustedes, porque…

 

El muchacho se detuvo para elegir sus palabras.

 

—Recuerdo que me sentía solo. —Miró hacia fuera de la ventana y sonrió al ver a Mamimmi y Barbie en la distancia—. Pero también recuerdo la alegría que me daba volver a casa, porque todo en lo que podía pensar era en las aventuras que tendríamos juntos. Los lugares que recorreríamos y los nuevos amigos que haríamos en el camino. Pero ahora apenas puedo recordar algo de este mundo y casi no recuerdo nada de donde vengo. —Su cabeza comenzaba a dolerle—. Sé que tenía pocos amigos y que mi trabajo era…  ¿escuchar a la gente?

—Y creo que algo pasaba con mis padres… —susurró casi inaudible, tras una pausa.

 

El muchacho pensó que los rayos del atardecer le estaban afectando porque empezó a sudar más de lo normal y su corazón se aceleró tanto que parecía que se le iba a salir.

 

Su cuerpo recordaba algo, pero su mente no.

 

—No sé por qué dejé de escribir… —añadió, tapándose los ojos y posando su mano sobre su pecho intentando calmar su corazón.

 

A Storga le pareció que era suficiente información para un día. Iban a necesitar un buen tiempo para meditar todo lo que el muchacho les había contado.

 

Además, él no se veía bien, decidieron que lo mejor sería cambiar el tema.

 

—Aún no lo hemos comentado con Mamimmi o Barbie, pero hemos estado pensando en un plan.

 

El muchacho se destapó uno de los ojos.

 

—Si de verdad vamos a buscar a nuestras… familias…—Storga guardó silencio por un instante—. Necesitaremos mucho dinero para viajar.

—Creemos que lo mejor sería que fuésemos a The Golden Pond, es la villa más cercana de aquí —explicó mientras ayudaba al muchacho a levantarse y ambos salían de la habitación.

—Allí hay una taberna a la que siempre íbamos a buscar empleos. ¿La recuerdas?

—No, lo siento —contestó el chico, distraído al ver unas pinturas y dibujos en las paredes del corredor por el que pasaban.

«Tendremos que ponerlo al corriente de todo lo que ha pasado en su ausencia», dijo Hudinni en lo profundo de Storga.

«Seguramente Mamimmi se encargará de eso, ella es mucho mejor con las palabras que nosotros», respondió Storga hacia su interior.

—¿Quién hizo todos esos dibujos? —preguntó el muchacho en voz alta.

 

Cuando Storga y los espíritus hablaban entre sí, su cuerpo se detenía en seco. Era un momento muy vulnerable para ellos, por lo que era algo que sólo hacía cuando Mamimmi y Barbie estaban cerca o cuando estaba en un lugar seguro.

 

Aunque en el pasado también lo había hecho cuando el héroe estaba con ellos. Tal vez inconscientemente lo hizo porque sabía que él no era una amenaza.

 

Cuando el muchacho se dio cuenta de que Storga no se movía, aprovechó para separarse de ella y darle un vistazo más de cerca a las ilustraciones. Necesitaba mantener su mente alejada del tema de sus recuerdos.

 

Unos trabajos estaban enmarcados, otros estaban directamente pegados a la pared.

 

Incluso había un cartel de “se busca” con las caras de ellos y una gran suma de dinero.

 

—Disculpa… ¿Qué dijiste? —contestó Storga saliendo de sus pensamientos.

—Las pinturas —dijo señalándolas—. ¿Quién hizo todo esto?

—Nosotros las hicimos.

—No sabía que dibujabas —contestó sorprendido el muchacho.

—Cuando no necesitas dormir tienes mucho tiempo libre —explicó Storga.

—Fue Mamimmi quien insistió en poner las ilustraciones en las paredes.

—“Esa es la forma más fácil de evaluar el proceso de evolución de su técnica” —imitó con una de sus voces, casi a la perfección el tono de Mamimmi.

—Sus palabras, no las nuestras —agregó con rapidez.

 

Al muchacho se le escapó una pequeña risa.

 

—Increíble —agregó impresionado.

—Incluso nos regaló unos cuadernos y materiales para experimentar. No tenemos idea de cómo los pudo conseguir.

 

Algo en Storga se había calmado. Su interacción con el chico, casi la hacía sentir como en los viejos tiempos.

 

En ese momento, Mamimmi y Barbie entraron a la cabaña.

 

La centaura se veía tranquila y de buen humor, pero la mujer gata aún continuaba con un pie en el mundo de los sueños.

 

—¡Oh! Así que aquí estaban —exclamó Mamimmi sonriente—. En la galería de Storga…

—Mmm… —contestó Barbie recostando su cabeza en el lomo de su amiga.

 

Mamimmi se volteó hacia ella.

 

—Barbie, querida —le susurró acariciándole la cabeza—, vete a acostar en la cama y llévate al pequeño contigo para que no esté solo.

 

De entre los cabellos dorados de Mamimmi salió el urrapapau. Se lo colocó en los hombros a Barbie y ella marchó soñolienta a la única habitación de la cabaña.

 

—Buenas noches, Héroe —dijo ella al pasar a su lado.

 

Él le sonrió.

 

—Descansa, Barbie ­—dijeron dulcemente las voces Storga.

 

Barbie sólo ronroneó y se metió en la habitación.

 

—¿Tienes hambre? —le preguntó Mamimmi al muchacho.

—Oh sí, estoy tan hambriento que me comería un caba… —El muchacho detuvo.

 

Storga y Mamimmi lo miraban con curiosidad.

 

—Es decir, tengo mucha hambre —agregó rápidamente—, no sé cuándo fue la última vez que comí.

—Hace dos días, ¿no es así, Mamimmi? —le respondió Storga

—Sí, el día que te fuiste fue la última vez que comió.

 

El cuerpo de Storga se tensó al oír eso.

Mamimmi se dio cuenta y la tomó de la mano.

 

—Ven, acompáñame a prepararle algo al héroe —musitó Mamimmi con ternura.

 

Storga se sorprendió y uno de sus ojos se encendió de repente. Le apretó suavemente la mano a Mamimmi.

 

—Creo que deberíamos hacer un poco más de comida, para Barbie. Ella siempre tiene hambre cuando termina de dormir.

—¡Esa es una gran idea! —exclamó Mamimmi juntando sus manos

—¿Te parece si me pasas los ingredientes y las ollas y yo preparo el resto?

—Sí, está bien —dijeron alegres sus voces.

 

Juntas se dirigieron a la cocina y estuvieron hablando mientras preparaban la comida.

 

Storga le habló a Mamimmi del plan que le había comentado al héroe, a ella le pareció muy bueno, aunque había ciertos detalles que debían de aclarar antes de hacerlo oficial.

 

De vez en cuando las chicas volteaban hacia el muchacho para hacerle alguna pregunta sobre cómo quería su comida.

 

El chico sabía que el camino que le deparaba sería difícil, era responsable probablemente de todo un planeta del cual apenas podía recordar unos vagos detalles.

 

Pero no se sentía asustado. Porque por un breve instante un fugaz recuerdo pasó por su mente.

 

Se encontraba en la misma cabaña, sólo que esta era un poco más pequeña que en el presente, en un extremo de la mesa estaba parada encima de una silla una pequeña Barbie, tal vez de unos cinco o siete años, con un gigantesco pedazo de carne que estaba intentando desgarrar con sus pequeños colmillos. La mesa estaba colmada de toda clase de platillos que, aunque era incapaz de reconocer alguno, sabía que todos eran sus platos favoritos.

 

A unos pares de metros frente a él estaba Mamimmi, quien no parecía haber envejecido un sólo día. Estaba cantando en la cocina mientras preparaba unas galletas, las cuales sabía eran las favoritas de Barbie.

 

Y en el otro extremo estaba una nerviosa Storga quien estaba preparando en un caldero algún platillo probablemente ilegal en tres reinos diferentes.

 

El muchacho sentía nostalgia por una vida que nunca había vivido. Y cómo deseaba poder sentir esa desconocida paz de nuevo.