¿Por qué nadie le dijo a mi yo de 14 años que crear mundos era tan difícil?

Capítulo 4: Ataque Sorpresa

—¡Me cago en todos los dioses! —gritó Verotika fuera de sí.

—¡¿Cómo es que tienes tanta magia, pero no eres capaz de hacer un maldito hechizo de curación?! —gritó ella caminando de un extremo al otro del claro.

 

El sol, vencido y desangrado, caía en el horizonte, mientras que misteriosas criaturas de la oscuridad despertaban para otra larga noche de supervivencia en aquella maligna parte del bosque.

 

La súcubo llevaba varias horas maldiciendo todo lo que se le ocurría. La ira que la poseía hacía que toda su piel se tornara de un rojo intenso, su cola se movía errática dando golpes al aire en todas direcciones y sus pies se habían encendido en llamas quemando el pasto bajo ella.

 

—Podría preguntarte lo mismo —contestó Insomne, indiferente.

 

Él yacía tendido boca abajo en el centro del claro. Sus enormes y delicadas alas de mariposa se movían levemente intentando absorber los últimos rayos del día.

 

El dúo había permanecido en las mismas ruinas donde habían intentado, sin éxito, rescatar al rey necromante de su prisión eterna.

 

Ambos continuaban recuperándose de sus heridas de aquella noche. Aunque Verotika había sido impactada en la espalda con fragmentos del caldero ardiente, sus múltiples heridas no habían sido tan graves como las de Insomne.

 

El contenido dentro del caldero casi derritió las alas de Insomne, de no ser por Verotika, quien se quemó las manos al intentar quitárselo de encima.

 

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —gritó frustrada, mirándose las manos envueltas en hojas curativas—. Todavía no entiendo cómo me pude quemar. Tú eres un insecto, pero a mí el fuego no me hace daño.

—Verotika, ya te expliqué… —contestó Insomne con los ojos cerrados. Llevaba horas intentando dormir, pero los gritos de ella y el dolor a sus espaldas lo mantenían despierto—. La magia que usamos para intentar despertar al rey, ¡oh! Gran Señor, es una muy antigua y extraña. Lo más parecido ahora son algunos hechizos prohibidos por los magos. Rompe las reglas, toma lo que quiere y hace lo que le da la gana.

—Además, no te pedí que me ayudaras —susurró él.

 

A Verotika le dio un ataque de risa tras eso último.

 

—Mira, sólo para que te quede claro, no sobrevivirías un día sin mí —aclaró Verotika, todavía entre risas—. Puede que seas más o menos capaz de leer los garabatos del grimorio, pero sin mí no habrías llegado tan lejos con lo de rescatar al rey.

 

Insomne abrió los ojos y la miró con severidad.

 

Él jamás iba a reconocerlo frente a ella, pero lo que decía no era del todo falso.

 

Él era la mente y ella la fuerza bruta. Sólo juntos habían sido capaces de lograr tanto. En el pasado había tenido sus dudas respecto a ella y si realmente estaba comprometida con la causa, o si lo veía todo como un gran juego. Pero después de esa noche obtuvo su respuesta.

 

Sus manos.

 

Ella prefirió poner su apariencia de lado para salvarle y juntos rescatar al rey necromante de su injusto aprisionamiento.

 

—Por eso trascribo “los garabatos” abajo —respondió levantándose—, para que puedas leerlos. Sé que amas recitar hechizos y eres buena en ello.

 

Verotika sonrió orgullosa.

 

—Además, no confío en ti para que midas ni una cucharada de azúcar, después de lo que hiciste con las sales del cielo.

 

La gran sonrisa de Verotika desapareció de inmediato.

 

—¿Cuántas veces vas a sacarme en cara eso, Insomne? ¡Ya me disculpé!

—Como sea, mientras tú estabas aullando como un hombre lobo, yo estuve pensando en un plan para recapturar al autor.

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasa con las mil heridas que tenemos entre los dos?

­—Esa es la mejor parte: no tendremos que hacer nada, sólo sentarnos y disfrutar del espectáculo.

—Te escucho… —respondió con una turbia sonrisa en su rostro.

 

 

 

La noche había caído y las estrellas brillaban tímidas en el negro firmamento.

 

—¿De verdad es imposible que alguien ataque la cabaña mientras no estamos? —preguntó el muchacho con escepticismo.

—¿Acaso olvidaste cuál es mi trabajo, héroe? —preguntó Mamimmi, divertida.

 

Habían salido de noche hacia The Golden Pond. Aparentemente se trataba de pueblito cuyos habitantes trabajaban cuando se ponía el sol. A él esto le pareció algo extraño, pero decidió no formular preguntas para hacer la espera más emocionante. Quería ver cómo eran los humanos de este mundo, si es que los había.

 

—Soy la diosa guardiana de la última fuente de magia pura conocida —explicó mientras caminaban—. Cuidar, proteger y defender son mi especialidad.

—¿Fuente de magia pura? —preguntó el héroe.

—¿Mamimmi, podríamos llevarlo? Sería grandioso que la viera de nuevo y tal vez eso le ayudaría a recordar las cosas mejor —dijo Barbie ansiosa, dando saltitos y sujetándose del brazo de su alta amiga.

—Barbie, ya hemos tenido esta conversación —respondió exhausta Mamimmi.

 

Las dos amigas se quedaron atrás del héroe y Storga, discutiendo. Intentaban por todos los medios convencer a la otra para que cambiase de opinión.

 

—Tiene meses pidiendo que la lleve a ver la fuente de nuevo —susurró Storga.

—Asumo que algo malo pasó la última vez que fueron —le comentó intrigado el muchacho a la muñeca.

 

Ella se detuvo, sus hombros estaban tensos y su humo salía más denso de lo normal.

 

—Fue nuestra culpa —gruñeron con frustración sus voces.

 

El muchacho se sorprendió.

 

—Mamimmi fue a reforzar el escudo que oculta y protege su fuente —explicó Storga con un dolor evidente en sus voces—. Ella nos encomendó que cuidáramos a Barbie, pero nos distrajimos hablando entre nosotros de algo que ya ni siquiera importa, y cuando nos percatamos Barbie estaba dentro.

—¡¿Se cayó?! —exclamó él.

—Aún no entendemos cómo fue que sucedió, pero cuando volvimos a casa tuvimos que amarrarla y encerrarla en la habitación para que no se lastimara o lastimara a alguien más.

—¿Qué le pasó? —inquirió preocupado.

—Le dicen locura mágica —explicó Storga, retomando el paso hacia el pueblo—, es como una enfermedad que suelen padecer los magos que se exponen a ciertas artes mágicas por mucho tiempo. Es irreversible.

—Pero… yo la veo bien —dijo el muchacho despacio a la vez que observaba a su amiga gata.

—Eso es lo extraño, el estado de locura únicamente la afectó por medio día —replicó mientras ella también la veía caminar tras ellos.

 

Barbie estaba usando su arma secreta contra Mamimmi: sus adorables ojos gatunos. Era casi imposible resistirse a ellos.

 

—Ella no sufre de algún efecto secundario, ¿o sí?

—Tiene uno, pero sólo lo ha manifestado una vez. —Las llamas de sus ojos se apagaron al recordarlo—. ¡Le salen perlas de la melena!

­—¿Pe-perlas? —soltó entrecortadamente.

—Perlas… —repitieron las voces de Storga con preocupación.

—Espera, no entiendo. Es decir… sí, es extraño que te salgan perlas del cabello, pero no es como si le estuviera haciendo daño, ¿verdad?

 

Storga se mantuvo callada por unos segundos.

 

—La especie de Barbie está casi desaparecida. Los monarcas los ven como esclavos, mascotas lujosas. Y eso de las perlas… aquí en Acracia no existe acceso al mar, y cualquier producto que venga de allí es llamativo. ¿Entiendes el problema?

 

Una sensación de vacío se alojó en el estómago del muchacho.

 

—Storga —le dijo el héroe poniendo su mano en el hombro de la muñeca—, mientras estemos aquí no hay forma de que alguien le ponga un dedo encima a Barbie.

 

Las llamas en las cuencas de Storga brillaron con determinación.

 

—¡Héroe, mira! —Gritó Barbie corriendo hacia ellos.

 

En la distancia se veía el arco de entrada del pueblo.

 

­—Ya no falta mucho —comentó la centaura mientras se aproximaban.

—Por cierto, ¿de qué estaban hablando? —Quiso saber Barbie.

—Ah… pues… sobre… —El joven trató de inventar algo para despistarla.

—Le contábamos que la cabaña tiene una barrera similar a la fuente de Mamimmi —mintieron las voces de Storga.

—¡Oh! Espera Storga, ¿le contaste la historia del pueblo y la fuente?

—Oigan, no le cuenten eso —dijo apenada Mamimmi, acomodándose el cabello detrás de sus puntiagudas orejas.

—A Barbie le gusta mucho ese cuento. Es tan tonto —se burló la gatita.

—El pueblo se llama The Golden Pond porque es el más cercano a la fuente de Mamimmi, pero gracias a su barrera nadie puede encontrarla. En el pasado quienes entraban en el bosque y se acercaban a sus aguas color de oro decían que eran resguardadas por un terrible monstruo.

 

Barbie se comenzó a reír con fuerza. Para ella era tan extraño pensar en Mamimmi como un monstruo.

 

—Bueno, los humanos de ese entonces eran más simples y temerosos. Tenía sentido que se asustaran si veían una criatura que podían confundir con un monstruo —explicó Mamimmi.

 

Todos se detuvieron. Habían llegado.

 

Frente a ellos se alzaba una muralla de piedra. El arco que habían visto tenía un pequeño letrero iluminado que daba la bienvenida a todo el que entrase.

 

El muchacho creyó notar algo peculiar en el lugar, pero no lograba entender qué era lo que estaba viendo. O más bien lo que no.

 

El pueblo estaba inundado de luz, sin importar dónde dirigieras la vista, no había ninguna zona oscura.

Parecía de día.

 

Se podían ver las bonitas calles de ladrillo y la distintiva arquitectura que tenía desde afuera de la muralla, se olía la comida de los restaurantes cercanos, y se escuchaba la música y las voces de las personas.

 

Sin embargo, no se veía a nadie del otro lado.

 

Las chicas se habían quedado paradas en torno al héroe, esperando que este reaccionara.

 

—Oigan, ¿en dónde…?

—Cuando entremos lo entenderás —interrumpió Mamimmi, empujándolo ligeramente hacia el interior.

—No te asustes, Héroe —dijo Barbie con una sonrisa triste y las orejas caídas—. Muchas cosas cambiaron desde que te fuiste.

—Y antes de que lo preguntes —añadió Storga—, tampoco sabemos qué pasó.

 

En el momento que cruzaron el arco de entrada, todas las personas aparecieron, pero no de la manera que el muchacho esperaba.

 

El pueblo estaba repleto de sombras. Personas sombra.

 

Sombras de un grupo de trabajadores estaba arreglando el tejado de un local, una mujer y su bebe esperaban un pastel frente a una panadería, un grupo de niños correteaba por las calles en dirección a la plaza central, una anciana pareja sentada en una banca se tomaba de las manos y las de unos perros se ladraban en un callejón.

 

Y lo que empezó como murmullos poco a poco escaló hasta volverse prácticamente un grito de buena nueva en el pueblo.

 

—¿Ese no es el héroe? —preguntó esperanzado un hombre desde la puerta de una barbería.

—¡No puede ser! Escuché que lo habían asesinado en batalla. ¿Acaso es un milagro? —comentaban unas monjas que se asomaban desde la ventana de un convento.

—Te apuesto diez monedas de plata a que este sí es él —le decía un hombre a otro en la esquina de una calle mientras jugaban cartas.

—No recordaba que el héroe tuviese el mismo tipo de cabello que el mío —se avergonzó una chica junto a sus amigas, cubriendo su inexistente rostro.

—No es tan alto como en las historias, mi hermano es más grande que él —le aseguró un niño a su pandilla.

—Garret, ¿el héroe no tenía esa mancha de nacimiento del otro lado de la cara? —exigió saber una anciana a su pareja desde lo alto de un balcón.

 

Las sombras de las personas comenzaron a agolparse alrededor del héroe, formando una amorfa masa oscura en torno a él: unos lloraban de alegría, varios se esmeraban en elogios a sus respectivas deidades y otros no tardaron en exigirle que resolviera la situación en la que el pueblo se encontraba.

 

Las chicas se habían quedado varios metros atrás de él para evitar la multitud, pero igualmente se vieron rodeadas. También recibieron palabras de agradecimiento por el retorno del joven. Ninguna de las chicas planeaba revelar que no había sido cosa de ellas sino de Insomne y Verotika.

 

De entre la multitud, una pequeña y regordeta sombra se abrió paso, era el alcalde. Tomó de la mano al héroe y la agitó fuertemente, tras lo cual anunció que toda la semana se le dedicaría una serie de festejos de dimensiones nunca antes vistas en la historia del pueblo. Todo en honor al regreso del héroe y sus amigas.

 

El muchacho se encontraba abrumado por tantas preguntas que los habitantes le hacían, y de sólo ver sombras sin rostro.  Era incapaz de separar una persona de la otra. Además, él mismo tenía sus propias preguntas por hacerle a los pueblerinos, pero no parecía que hubiese alguien interesado en contestarle.

 

De repente una persona lanzó un desgarrador grito.

 

Un enorme enjambre de avispas bajó peligrosamente en picada hacia la multitud, haciéndola correr en todas direcciones.

 

—¿Storga? —soltó el muchacho al ver que las avispas permanecían suspendidas a centímetros de su rostro.

—¡Héroe! —gritó Barbie haciéndole señas desde una esquina para que la siguiera.

 

El muchacho corrió hacia ella. A sus espaldas, estaba Mamimmi protegiendo el cuerpo vacío de Storga.

 

Las avispas poseídas regresaron y se metieron en ella. Mamimmi la tomó entre sus brazos y guió al resto a una taberna.

 

Tuvieron que recorrer varios callejones torcidos y pasadizos confusos para finalmente dar con el lugar. Las chicas tenían meses de no ir y desconocían que el establecimiento se había mudado a otra área mejor iluminada.

 

“Light's Bottle” decía un viejo y descolorido letrero en la entrada.

 

—¿Están seguras de que este lugar no ha estado aquí siempre? —preguntó el muchacho.

—No puede tener más de cinco meses de haber abierto —dijo indiferente Mamimmi—. Por fuera se ve peor que el viejo local—. Cómo sea… —bufó encogiéndose de hombros y sentándose en el suelo junto con Storga en sus brazos—. Estaré aquí esperando a que Storga despierte —continuó, acariciando las alas de la muñeca—, ustedes vayan y vean qué trabajo pueden conseguir.

­—De acuerdo, vamos —dijo Barbie emocionada, agarrándose del brazo del héroe y sosteniéndolo contra su pecho—. Será divertido, como en los viejos tiempos.

 

El muchacho se sonrojó ante la proximidad con Barbie y suspiró.

 

—Adelante —susurró avergonzado, dejándose guiar por ella.

—¡Hola a todos! Tiempo sin verlos ­—saludó la chica gato a los comensales del bar.

—¡¡¡Barbie!!! —respondieron los presentes casi al unísono.

 

La mayor parte de las sombras que frecuentaban ese bar eran hombres entre sus treinta y cincuenta años. Eran consumidores frecuentes y vivían más allí que en sus propias casas. Este era su hogar y se sentían como una familia.

 

Barbie procedió a saludar personalmente a las catorce personas reunidas. El muchacho lograba entender cómo era capaz de reconocerlos.

 

Estos estaban muy contentos de verla y le preguntaban sobre sus aventuras y sobre Mamimmi y Storga.  Por un momento Barbie se alejó de ellos y tiró del chico, quien no se había movido de la puerta, para que lo vieran.

 

—¡Ven, Héroe! Todos te esperan —le dijo Barbie con un dulce brillo en los ojos.

—Uhh… Hola, es un placer verlos de nuevo —saludó el muchacho disimulando su nerviosismo. Se sentía avergonzado. Deseaba poder recordar a estas personas para saludarlas apropiadamente.

 

Hubo un largo silencio.

 

—Entonces sí era cierto —dijo alguien asombrado.

—Volvió —comentó entre lágrimas otro.

—Gracias a los dioses, al fin nos escucharon —clamó otro mientras juntaba sus manos.

—¡Maldita sea, héroe! ¿En dónde mierda te metiste cuando te necesitábamos? —Señaló una figura desde la barra.

—¡Loren! —gritó el más joven del grupo.

 

Los demás quedaron indignados por sus palabras.

 

—¡Oh, por favor! Todos ustedes son una bola de hipócritas —exclamó Loren aún más fuerte, mirando a cada uno—. Recuerdo nuestras pláticas maldiciendo a este infeliz: que era un inútil, que había huido como un cobarde. Yo no soy un bastardo doble cara. Si tengo que decirle a ese chiquillo todo lo que pienso de él, lo haré aquí mismo.

 

Varios comensales se levantaron empujando sus sillas, mesas y lanzando sus tarros de cerveza al suelo furiosos.

 

—Oigan, por favor… —dijo molesto el muchacho.

 

Un sonido chirriante penetró los oídos.

 

Barbie había sacado sus filosas garras y arañado una de las paredes del establecimiento.

 

—No es su culpa —dijo con una voz peligrosamente baja y ronca que el muchacho no sabía que podía producir—. Él estuvo en una misión secreta intentando salvar a otras personas y después fue capturado y torturado.

 

Las pupilas de Barbie eran apenas dos rendijas. Su desordenada melena y cola la hacía ver del doble de su tamaño real mientras enseñaba sus largos colmillos.

 

—¿Cómo se atreven a exigirle cosas como si fuera su sirviente? ¡Ya pasaron tres años! ¡Y no he visto a ninguno de ustedes hacer algo al respecto! ¿¡O acaso alguno de ustedes ha intentado recuperar sus cuerpos en ese tiempo!?

 

Barbie parecía estar a punto de abalanzársele a alguien a la menor provocación.

 

Al muchacho le pareció que lo que Barbie decía era más que sólo un mensaje para los hombres del bar. Que era algo que se había estado guardando para sí desde hacía mucho tiempo.

 

Esa reacción dejó fríos a todos.

 

—El héroe no puede estar en todas partes a la vez —agregó ella, más calmada.

 

Suspirando con fuerza para sacudirse la ira, prosiguió.

 

—En fin, no estamos aquí para saludar, ¿dónde está Prisma?

 

Afuera, una fuerte explosión hizo temblar el bar.

 

El muchacho y Barbie se miraron alarmados y corrieron juntos hacia la salida.

 

Storga volaba peligrosamente cerca de los tejados de las casas, intentando evadir la masiva cola de una criatura que el héroe no recordaba. La bestia acorazada buscaba hacer caer a la muñeca embrujada, pero ella era más rápida y lanzaba fuegos fatuos al animal para cortarle el paso.

 

—Corran hacia el este, aún hay luz allá —gritó señalando en esa dirección, hacia un grupo de sombras asustadas.

 

Aún más arriba en el cielo nocturno, dorados círculos mágicos dejaron caer incontables flechas luminosas hacia el oeste del pueblo.

 

—¿Cómo llegó una tarasca aquí? —cuestionó Barbie en un hilo de voz.

—¿Una qué? —le preguntó el muchacho.

—¡Es como un dragón! —Le gritó corriendo en cuatro patas—. Apresúrate, sigue la ruta Barbie.

 

El muchacho aceleró por los laberínticos pasajes y aunque no era tan ágil como su amiga, lograba no perderla de vista.

 

Barbie se desvió hacia la plaza central y finalmente fueron capaces de ver el escenario completo.

 

En medio de ella, Mamimmi había invocado una gigantesca flor sobre la cual podía ver mejor a la tarasca. Las flechas de luz que invocaba desde el cielo no eran para atacarla sino para evitar que las personas desaparecieran.

 

El gigantesco invasor había destruido varias lámparas y farolas. Ello generó puntos oscuros que ponían en riesgo la vida de las sombras.

 

—¡Mamimmi! —gritó Barbie.

 

Desde su lugar, Mamimmi abrió un puño e hizo crecer una gran hoja que extendió hacia ellos.

 

—¡Súbanse! —respondió sin voltearse.

 

De un brinco, Barbie se colgó fácilmente.

 

—¡Ven con Barbie! —le dijo la felina al héroe, estirándose en su dirección.

 

El héroe, casi agotado, se impulsó y ella lo atrapó en el aire.

Storga vio a su equipo reunido y se aproximó hacia ellos.

 

—¡Miren! —Les advirtieron unas sombras desde el suelo.

 

La tarasca lanzó un alarido y se detuvo de repente frente a los héroes.

 

En su espalda dos figuras de revelaron.

 

—¡Vaya! ¡Pero si son el enano y sus niñeras! —exclamó Verotika explotando a carcajadas—, ya veo que conocieron a nuestra mascota.

—No tenemos intenciones de destruir este insignificante lugar, sólo dennos al autor y nos marcharemos —mintió Insomne.

—Pues tendré que luchar —respondió el muchacho con determinación—, porque no tengo intención de irme con ustedes.

 

Las tres chicas se sorprendieron al escucharlo, les recordaba al héroe que habían conocido.

 

—Defenderemos este pueblo de lo que decidan arrojarnos —gritó Mamimmi.

­—Su magia no será suficiente contra nosotras —gruñó Barbie

—Terminaremos lo que ustedes empezaron esa noche —añadió Storga.

 

El chico estaba harto, no tenía magia, no tenía armas, no tenía nada para defenderse. Estaba cansado de sentirse impotente, pero no iba a permitir que sus captores lo vieran débil otra vez.

 

«No, no estoy indefenso», pensó.

«Tengo a mis amigas de mi lado y con ellas tengo más que suficiente»

«Ellas me necesitan».

«No pienso abandonarlas de nuevo».

«No pienso morir, no aquí y no ahora».

«Tengo que escribir un final feliz para ellas».